Por Carlos Valdés Martín
El vendedor de dulces intentó consolarlo: —A pesar de eso, no se derrumbó el mundo.
Sentado
sobre la banca de hierro fundido, el músico Olegario Corchea siguió sollozando
y como clavado al asiento, no atinaba a moverse. Sollozaba en seco, pues no le
alcanzaban las lágrimas a brotar. La incredulidad o la desesperación mantenían un desierto en su córnea. ¿Qué es un músico sin su
instrumento? Una hoja sometida al viento de la amargura.
Romualdo
Rosas era un viejo y para sobrevivir deambulaba por las calles de la ciudad con
una cajita de dulces y antojos baratos. Así, subsistía y se privaba de gastos básicos
como autobuses para alcanzar las grandes avenidas, pues para él eran costosos.
Vendía el contenido de una pequeña caja, avanzando hasta el perímetro donde soportaban
sus piernas de anciano. En un minúsculo cuarto de azotea se refugiaba cada
noche, luego salía a trabajar antes del amanecer, mientras su mujer Dorotea
permanecía en el cuartito, limpiando, fabricando dulces y soñando despierta con
el televisor como ruido de fondo. En ese único cuarto ella era capaz de hacerlo
todo: en la misma hornilla cocinaba la frugal comida diaria o el maíz endulzado que convertía en caramelo
comercial.
Romualdo
y Dorotea crecieron en un pueblo olvidado de una serranía norteña y no se
imaginaban existir el uno sin el otro. Enamorados desde adolescentes, emigraron
a la gran ciudad; procrearon dos hijas que salieron del país, luego los
olvidaron y habían pasado décadas sin recibir ninguna noticia de ellas.
Olegario
cargaba una gran bolsa negra con la silueta de su guitarra, pero esa alforja se
escurría hacia abajo como reloj de Dalí, pues su contenido había desaparecido. Sus
lentes negros lo protegían del sol que caía a plomo. Preguntaba entre visitantes
usuales del jardín público por el instrumento ausente. Saludaba como siempre,
con una sonrisa grande y franca, que mostraba los dientes irregulares, bordeados
con amarillo alquitrán de cigarrillo. Pedía la disculpa anticipada, como
acostumbran los borrachos, mostraba la funda vacía e insistía: —¿Seguro que no
la han visto?
Parecía
se la hubiera tragado la tierra y él no lo aceptaba.
Ante la
frustración, de su gabán raído sacaba una botella traslúcida de refresco, pero
rellena con alcohol barato. Ese trago provocaba más calor por eso lo acostumbraba
al mediodía; empezaba a sentir pánico y el bebedizo lo calmaba.
Preguntó
hasta que un anciano habitual, que pasaba los días enteros sentado en una misma
banca, temeroso de ser escuchado hizo una confesión en voz baja: —Fue el
Muecas, ese raterillo.
El
quiosco modesto, con el estilo de un siglo anterior, estaba adornado con signos
moriscos y figuras de relojes de arena simulados y parecía dormir la siesta. Un
viento cálido sopló entre los árboles de la rotonda y se entretuvo con las
hojas muertas; luego atravesó las rejas del quiosco. En la cercanía, sonó una
campanada desde la iglesia, se detuvo el tiempo y permaneció el mediodía
inclemente.
Con el
eco de la campana Olegario sintió desesperanza y temor. El Muecas era un
ladronzuelo amenazante que no entendía razones, pues su hermano mayor ostentaba
el cargo de Juez en ese distrito. Por increíble que pareciera, el Muecas se
escondía en una pocilga e ingería droga barata, aunque cada vez que cometía un
atropello su hermano mayor se acomedía para rescatarlo de la cárcel. Si no
fuera por el pariente influyente, el Muecas sería un preso a perpetuidad, pues
de cuando en cuando se ponía violento. Corría de boca en boca el recuerdo de una
noche cuando enfrentó y golpeó a cinco uniformados; esa vez todos en el barrio
juraban que el malviviente nunca saldría, pero, al amanecer siguiente ya vagaba por las
calles.
Cuando
se terminó el trago de su botella plástica, el músico cruzó unas cuantas cuadras
hasta el callejón donde se escondía el Muecas. Urdió un plan de emergencia,
tenía unos pesos en los bolsillos e imaginó que sería un rescate suficiente por
su amada. El músico se detuvo y pasaron minutos lentos como eternidades antes
de atreverse a tocar en la puerta de lámina. Abrió el raterillo, con la mano
mugrosa se rascó la barba crecida y sin preguntas de por medio confesó: —Sí, me
llevé tu pinche guitarra y fui corriendo a los Empeños; ahí está tu pinche
guitarra. Me dieron una mierda de dinero. Y me vale mierda lo que digas, hasta
rompí la boleta de empeño. Ni creas que te voy a pagar. Ya te vas largando,
antes de que te suene a cabronazos.
El
Muecas cerró la puerta con un azotón.
Sorprendido
y en silencio, Olegario caminó sin fijarse y terminó en el parque, cerca del
último sitio donde lo acompañó a su guitarra. Pensó con cariño, como hablándole
a una mujer extraviada: “Eras tan hermosa, te traje de Paracho. ¡Qué pueblo tan
bonito!”
Divagó
un poco y tuvo una idea. Corrió a los Empeños para suplicar un trato.
El
sitio estaba a una cuadra y casi vacío, solamente una ventanilla de atención.
Preguntó con ilusión: —¿Le trajeron una bella guitarra de madera hace un rato?
¿Sabe? En realidad es mía y el señor perdió la boleta.
Confirmó
sus temores: sin boleta no hay desempeño, es imposible. Tendría que esperar dos
meses para comprarla, porque la sacarían a la venta una vez cumplida la condena
del empeño.
El
músico se imaginó dos meses sin trabajar, sin comer, encerrado en su cuarto,
alimentándose con agua de la llave. Alcanzó a decir: —Es una larga espera.
—Ni que
fuera tanto —contradijo la voz femenina atrincherada tras la ventanilla—, ni
tanto, una mujer espera nueve meses para un bebé.
Olegario
se encaminó hacia la misma banca, como lo haría un náufrago a una balsa en
mitad de la tempestad. Mientras avanzaba quiso recordar si antes tuvo otra vida
y sintió la venda de Cupido sobre los ojos. Intentó imaginar a su madre y sólo
una cabellera castaña venía a su mente; intentó con su padre y apareció una escena lejana con tareas
escolares en casa, pero faltaban rostro y cuerpo. Evocó el parque hacia donde
se dirigía. Con gran esfuerzo recordó los restaurantes donde pedía permiso para
interpretar melodías y recibir unas monedas de parroquianos caritativos.
Al
sentarse vio personas viejas y se sintió igual. ¿Qué edad tenía? Lo estaba
olvidando, hasta ayer se sentía joven, pero se engañaba. La juventud quedó
atrás, arrugada bajo el pliegue de una década. De repente apareció un recuerdo muy
claro: Visitó un río junto con su hermano menor, eran unos niños; su madre
entretenida preparaba la comida; su padre se alejó a buscar leña para la
fogata. Los niños se apartaron de la vista de los adultos, y empezaron a jugar
con el agua de un caudal profundo. Unas rocas lisas junto al río parecían
seguras y divertidas. Escaló una laja liza, donde cabían dos chicos. Su hermanito tendría 5 años y él lo invitó
para compartir el sitio. Cabían los dos. Miraban el agua y el bosque,
platicaban y reían. De momento una palabra agria y un empujón. Olegario
recordaba que su hermanito lo jaloneó y al zafarse cayó al caudal. Un ruido
breve, una mano agitándose. Ninguno sabía nadar. Olegario dio un breve grito y
salió corriendo por auxilio. Vociferó: —¡Mamá, Abelito se cayó al agua!
La señora
tampoco sabía nadar, así que gritó hasta que apareció el padre. Ya era muy
tarde para rescatar a Abelito. Olegario juraría que, desde entonces, su padre
jamás lo volvió a mirar con cariño sincero, siempre sintió un reproche o una
acusación, como si el nombre de su hermano le heredara una maldición bíblica.
Un par
de años después vino el divorcio. Vivió pocos meses más con la madre, pues ella
lo encargó con unos tíos, y Olegario se mudó a otra ciudad. Conservó nostalgia
por el hogar maternal, hasta que un mal día un telefonazo avisó que era
huérfano.
Nunca
tuvo interés por estudiar y la música le encantaba. Encontró un modo de vida,
primero en grupos de estudiantinas, luego en tríos y, al final, fue músico
callejero, por su cuenta y sin compañía, que cantaba en restaurantes, cantinas,
parques... Aborrecía la simple idea de ser padre pues se aparecía el fantasma
de un niño ahogado. Esquivó la compañía femenina y cultivó la soledad, la hizo su
destino. Tenía la garganta anudada y, al fin los ojos se contagiaron del río,
rodó una sola gota salada.
El
viejo vendedor de dulces lo conocía y se sentó a su lado. Le movió el hombro con
suavidad hasta que Olegario contestó: —Es una pérdida irreparable. No sé qué
hacer, sin ella estoy perdido. No puedo conseguir dinero.
—Tampoco
se ha caído el mundo.
—Sí se
ha caído; además soy ajedrecista —se entretenía con un maestro de ajedrez que
daba clases gratuitas a todo público— miro las cosas más allá. No hay bondad en
el planeta, nadie me va a solucionar mis problemas, estoy abandonado.
—Acompáñeme
a mi casa.
El
vendedor de dulces insistió en la petición, casi lo obligó a acompañarlo. Para
ser exactos, Olegario estaba agradecido con el músico, un día anterior surgió
un cliente casual. Quería comprarle a Romualdo
un producto pero no cargaba suficiente dinero suelto, le faltaba una moneda
para completar el pago. El trato estaba por fracasar, cuando el músico pasaba
por ahí, se dio cuenta y entregó la moneda faltante. Así, solía portarse
Olegario, con una generosidad espontánea, compartía lo poco que poseía. El
vendedor de dulces estaba agradecido.
Caminaron
en silencio varias cuadras. El paso de Romualdo era lento por los achaques de
la edad. El músico miraba al suelo, no deseaba platicar. Al llegar ante la
puerta del cuartito, surgió la pregunta: —¿Me va a pagar la moneda? No se fije,
yo se la regalé, usté me agrada.
Romualdo
no contestó y cambió de tema mientras movía la llave:—Pase, no se quede afuera.
—hizo un pausa, dirigió la mirada al interior y saludó a su esposa— Hola mira
quién me acompañó; es Olegario, el señor músico.
Un olor
a melaza y muebles rancios escapó por la puerta. Adentro el único foco emitía
una débil luz y temblorosa, diríase que no tardaría en fundirse. Después de los saludos
ordinarios, Romualdo se agachó con lentitud hasta hincarse, descendió a ras de piso y
buscó bajo su cama, hasta arrastrar un estuche negro de cuero, y dijo: —Mi hija,
la mayor, trató de estudiar música, pero no se le daba eso. Compré el
instrumento y este inocente sigue esperándola, pero no creo que cuando regrese
se acuerde de esto.
Levantó
un estuche empolvado y con silueta de mujer rodeada de telarañas y
sopló la superficie. Miró y sonrió como si ese gesto contuviera una disculpa ante la
nubecilla polvosa. Izó el estuche con los brazos temblorosos y dijo: —Ahora
será tuya.
Puso la
guitarra en brazos de Olegario y éste no tuvo palabras para agradecerle, lo
abrazó y suspiró como se recibe a los marineros cuando nos salvan del naufragio.
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