Por Carlos Valdés Martín
En lo que sigue está un fragmento de mi participación en el libro El poder de la masonería en México. Ahí presento también a José Vasconcelos y Gilberto Bosques, cada uno destacado en un campo de la actividad humana en el México del siglo XX. Debo aclarar que esta edición fue motivada por el esfuerzo personal de Arturo Cruz como líder del proyecto y con la colaboración de 30 autores destacados que nutren esta obra. Por fortuna ya está por agotarse la Primera Edición a unos meses de ser presentada, todavía se consiguen algunos ejemplares en Sadi Carnot 75 PB.
Si me preguntan por el mejor presidente mexicano del siglo XX, contestaré que Lázaro Cárdenas y sus antecedente no lo señalaban en ese sentido. Su trayectoria previa se calificaría de modesta, pero su periodo está marcado por los mayores logros. En fin, basta de preámbulos y les dejo el texto:
La leyenda popular de que todos los Presidentes de
México han sido masones esconde una verdad interesante, pues no ha sido la
unanimidad (no todos lo fueron), sino la importancia de los personajes lo
que cimentó esa impresión. Entre los muchos políticos ilustres de la masonería
debe destacar el constructor de la gran obra reformadora del siglo XX, que fue
Lázaro Cárdenas del Río. Resulta imposible evaluar la compleja obra de este
personaje y bastará señalar su importancia para la forja de la nación mexicana.
Después de tres siglos de colonia y uno de turbulenta independencia, para la
mayoría de los compatriotas la faz del país adquirió la forma de una patria
material. En el periodo del gobierno de Cárdenas, la mayoría del país estaba
compuesta por campesinos semi analfabetos, sometidos a terribles condiciones de
explotación; entre los cuales una importante fracción conservaba la aspiración
a las tierras de sus antepasados, plasmadas en títulos virreinales que les
otorgaban derechos. Sin embargo, la mayoría ni siquiera poseían un lejano
título antiguo sino aspiraciones de justicia, expresadas con vehemencia
revolucionaria. La Reforma Agraria había comenzado desde las luchas
revolucionarias y en el texto de la Constitución de 1917 ya estaba planteado el
fundamento legal para el reparto, sin embargo, la resistencia de los terratenientes
y cacicazgos locales había mantenido a la mayoría del agro en las mismas manos.
El país estaba harto de la violencia y el campesinado tenía hambre de justicia
y tierras. En los gobiernos previos habían comenzado el reparto, pero la gran mayoría
del país esperaba su turno. Faltaba el líder decidido a romper con cualquier
limitación y convertir en realidad la promesa que dio la Revolución a los
campesinos. En el momento preciso surgió Cárdenas, quien llegó a la Presidencia
con la apariencia más apacible y con la palabra mesurada, pero dispuesto a cumplir.
En los seis años de su gestión se reparten las extensiones enormes de las
haciendas henequeneras, algodoneras, cafetaleras y azucareras, regiones de
riego y de temporal, extensiones ganaderas y zonas forestales; en fin, esa
superficie es la mayor en extensión y también en calidad de zonas entregadas.
Los rincones del país se conmocionan con el impulso
de una reforma que daría sentido material a la patria del campesino, porque
para la gente del campo, la patria sería mucho más que solamente una bandera y
relaciones con un lejano gobierno, para convertirse en la tierra bajo sus pies
y el surco arado por su propio esfuerzo[1]. Esta transformación fue
la verdadera revolución social en el campo, que liberó a los peones “acasillados”
de sus amos y entregó las tierras, sin detenerse por su alto valor económico,
como sucedía con los ingenios azucareros y plantaciones algodoneras. Por
primera vez, con el reparto agrario, se nacionalizó a los campesinos de un modo
radical: dándoles la fuente misma del sustento material.
Esta hazaña de nacionalizar al campesinado en un
sentido integral, se complementó con un efecto parecido dentro de las ciudades,
debido a que el grupo obrero adquirió mejores derechos mediante prestaciones y
un fuerte incremento de sus ingresos reales. El gobierno de Cárdenas fue el
mejor ejemplo de modelo progresista: integrando el ideario de izquierda y
liberal favoreciendo a las clases desposeídas, para mejorar su condición
económica pero respetando las libertades esenciales[2]. En cuanto lo obreros
sintieron la evidente mejoría de su posición económica y social, también
mostraron un nuevo entusiasmo nacionalista, que se expresaría de modo claro durante
la expropiación petrolera.
Ante el reto de las empresas petroleras
extranjeras, el gobierno de Cárdenas optó por una acción casi inimaginable de
desafío al poderío económico y militar norteamericano y europeo. La decisión de
expropiar, atrajo el entusiasmo sincero de la población de manera inmediata,
que observó a un líder por entero decidido a salvar los intereses del país.
Uniendo estas reformas sociales y al nacionalizar esta
industria estratégica y emblemática, las acciones de Cárdenas establecieron un
programa nacional práctico y modernizador, que dignificó a la población, devolvió
el orgullo patriótico y garantizó concordia social durante décadas.
Por si fuera poco, el esfuerzo gubernamental de ese
periodo continuó integrando a la población en un sistema educativo creciente,
con un enfoque para favorecer la movilidad social, que también integraba
culturalmente a la población. Es decir, la obra educativa favoreció la
integración nacional de un modo real y cercano al pueblo, con una cultura que generaba
un sentido de identidad.
NOTAS:
[1]
Cf. VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas
reflejantes, el espejo de la nación, Ed. Romel.
[2]
El balance total del
sistema político esterilizó el sistema electoral y terminó fortaleciendo
aspectos semicorporativos, los cuales generaron un sistema político,
interpretado como “único en su género” por parte de la ciencia política.
Algunos lo ven como “populismo” pero ese término hoy resulta más ideológico que
de análisis. Cf. IANNI, Octavio, La
formación del Estado populista en América Latina, CÓRDOVA, Arnaldo, La política de masas del cardenismo.
1 comentario:
Excelso, Felicidades
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