
Por Carlos Valdés Martín
Palabras
iniciales: el mercado es el metabolismo vital
En el mercado la
persona hace lo mismo que en sus demás actividades: presentarse como un ser
completo con su conciencia completa, sus emociones y sus carencias corporales.
Ese ser completo de cada persona (ya en etapa adulta), en su actitud mental y
eficiencia física vence a la muerte mediante una trascendencia activa. La más
simple institución del mercado expresa esta complejidad, sin agotarla. El acto
mercantil puede parecer un simple acto de presentar dos mercancías (en el
trueque primitivo) o presentar una mercancía ante el dinero y viceversa, pero
arrastra la existencia humana y social completas. En el acto mercantil también
se juega el metabolismo individual y colectivo, su éxito o fracaso, por tanto,
hay un jugarse la existencia completa.
En las sociedades
más primitivas este “jugarse la vida” en el acto mercantil resulta menos
claro que en las sociedades mercantiles donde la mayoría del sistema económico
atraviesa por el metabolismo del mercado. Sin embargo, en toda
producción-consumo las personas se juegan la vida, en cuanto actúan luchando
contra el tiempo y la finitud completa.
Afirmó Freud que
la mente desconoce psíquicamente a la muerte, por eso actúa con indiferencia,
pero se refería a la situación individual de imaginarse como cesación de toda
existencia.
Hegel descubrió (con el romanticismo) que una de las primeras posiciones para
la consciencia es superar un miedo a la muerte, para lo cual exige un
reconocimiento. En un prólogo Bataille recuerda que Hegel ya había descubierto
que el código de las células que se dividen implica negar la muerte en la reproducción, donde
aplican una estrategia extrema: la mitosis es desaparecer para encontrarse
enteras.
Algo contrapuesto interpreta Marx, cuando afirma que la muerte es “la victoria
dura de la especie sobre el individuo”,
de tal manera que el grupo permanece mientras el individuo perece, de ahí que
lo auténtico le parezca el “ser genérico” (al estilo más de Feuerbach) y luego
lo interprete como la sociedad: fuente de todos los bienes y trascendencias en
su perspectiva. Por su parte, Sartre anota con profundidad que la perspectiva
de la muerte está presente en el enfoque de la consciencia como negación del
ser del mundo, como capacidad negadora y que, constantemente, mantiene el
horizonte de su propia finitud y mortalidad.
Post-producción
y que producir es afirmar la vida y negar la muerte
Llevar una
mercancía hacia el intercambio es un gesto adicional al del productor de
auto-consumo. Con la mercancía la producción se extiende, como un desdoblamiento,
que pone en contacto lo producido con su espejo de otro. Esa llegada al mercado
es una especie de
post-producción, que alarga a primer acto de producción material. Cada
mercancía que sale de la esfera de la producción para entrar al intercambio,
está en un más allá para ligarse (socializar) en un gesto de re-producción, en
el sentido, de ir más allá.
La producción más
simple es un acto del ser humano en el tiempo, buscando escapar del
dolor de su cuerpo lleno de necesidades imperiosas y, casi sin variación,
compartirlo con el prójimo con quien está superando ese horizonte de muerte. En
la historia no existen individuos aislados por la carencia biológica y el
dispositivo de la reproducción sexual, los dados están cargados desde el
principio, así hay siempre relación con otros, por tanto, toda individualidad
es condición social, y toda producción es también re-producción (la
especie).
El acto mercantil
posee esa rara afinidad con el parir, pues el objeto se aleja del productor
directo (individuo o grupo) para alojarse en otro consumidor (a partir de quien
compre la mercancía). En ese sentido, el mercado es gesto de reproducción y
simple alejamiento. La mercancía es la unidad productiva que escapa de sus
fronteras y se liga al metabolismo de vida más allá. En ese sentido, la mercancía
es “el servidor del otro”
y, además, con una figura abierta, pues los circuitos mercantiles no están
cerrados, sino abiertos o vuelven a abrirse con cada nueva producción y
renovación de necesidades.
El individuo y
la herramienta
La unidad mínima
a considerar en el acto económico es el individuo, sin embargo, su
aislamiento es imposible. El desconcierto ante ese aislamiento extremo, es la
base da la afirmación aristotélica del “zoón politikón”, donde se
resalta la imposibilidad del aislamiento. Sin embargo, el acto de producir con
una herramienta, lo más probable es que sea con las propias manos y con una
herramienta individual. En el momento más primitivo con una herramienta de una
simple piedra o un palo. Sin embargo, hay contexto y un compartir, donde afirma
Hegel que la herramienta es la “objetivación del espíritu”, como tal es
la escala de su expresión y el medio de su astucia, que deja la huella más
palpable del progreso.
La permanencia de la herramienta es la objetivación astuta del espíritu, que da
continuidad a una operación, que permite repetir los triunfos ante la
precariedad natural y el tiempo imperioso, al satisfacer después las
necesidades.
Una paradoja
constante es que cada individuo resulta más que un individuo, porque está atado a sus
congéneres como especie y, sin duda, al pasado como evolución biológica y
antecedente histórico (condiciones de producción). Por si fuera poco, toda
consciencia incluye una proyección de futuro constante, entonces hay tres
dimensiones en todo individuo que lo desbordan. Cada individuo es un punto atravesado por esas tres
dimensiones y todas operan en el proceso productivo, tanto en la producción
inmediata como en un acto mercantil. Incluso enfocando al individuo como unidad
mínima ya aparecen las tres dimensiones de pasado, contemporaneidad y futuro.
Cuando se mira un conjunto resulta sencillo perder de vista al individuo,
incluso aunque sea un acto mercantil que se describa como M-M (mercancía por
mercancía). Desaparece el individuo en su integridad porque deja de ser productor,
no importa su pasado ni se indica su proyecto futuro, más allá de la otra M,
que se relaciona con la primera.
Cuando miramos
solamente al individuo con su herramienta en las manos, ahí pareciera que se ha
aislado y se afirmara algo distinto que esas dimensiones (pasado,
contemporaneidad y futuro). ¿Cómo parecieran desaparecer? La herramienta
sustituye al pasado (pues la herramienta ya se hizo, no importa cómo); la
acción de trabajar sustituye a la contemporaneidad (no importa cuántos otros
prójimos haya que luego recibirán o condicionan esa producción) y el futuro
(está suspendido, no importan otras elecciones, ya se tomó la única valedera,
que es hacer ese trabajo. En esta ecuación separada, la herramienta es una
maravilla que ya fue hecha antes y el individuo es la maravilla viva que ya fue
reproducida antes; entonces, en vez de colisionar estos dos microcosmos se
vuelven unificados y la dupla se vuelve el operario-trabajador, del individuo
con herramienta. Ya que están juntos individuo herramienta se hace evidente que
se oponen al objeto de trabajo. La herramienta se vuelve parte del individuo (exoesqueleto y, en este
presente, en cyborg)
para enfrentarse al objeto. El individuo a mano desnuda podría ser el sujeto,
pero ya estamos acostumbrado a que no lo sea, pues la herramienta ya está
apegada y adaptada a su ser. La herramienta ya es ergonomía completa del mundo
asimilado, y afuera está el magnífico objeto de trabajo.
El trabajo
manual no existe: individuo complejo
Por más que se
simplifique la operación, el trabajo puramente manual en el sentido de
materialidad mecánica no existe. La complejidad del individuo con mente
y emociones se mantiene atada a su mano y al gesto más simplificado. La
división del trabajo con su reducción extrema posible, jamás desaparece las
demás dimensiones de cada persona.
Antes de mover la
mano hay un proyecto, el apetito y la idea de lo que se hará. En el trabajo,
casi desde el comienzo apareció la herramienta, que hemos comentado, y al
crecer las luces de nuestros antepasados, pronto surgió la máquina: el motor
con astucia, la repetición planeada, la estratagema de las modificaciones. La
primera máquina simple es hermana de la herramienta simple, pues basta un
simple palo para convertirlo en palanca y así, casi sin notarlo, pasara a otra
etapa.
Cuando decimos
máquina ahora pensamos en mecanismo más sofisticados con engranajes, casi no
recordamos que todo empezó con la palanca, polea y plano inclinado, donde ya
está un principio de potenciación del esfuerzo y su conversión. Con las poleas
y las cuerdas, luego llegaron los engranajes y surge lo que consideramos más
propiamente máquina.
Y luego vino una
propulsión no humana: el viento en las velas, los animales de tiro y carga,
hasta alcanzar la sofisticación del vapor y los combustibles. La máquina se va
convirtiendo en la entidad compleja, que abre el camino hacia la fábrica.
A la complejidad
del individuo corresponde la complejidad de la máquina y su integración en la
fábrica.
Embrutecimiento
del trabajador y grandes concentraciones
Los estudios
técnicos del taylorismo intentaron reducir los gestos para sacar provecho
máximo de los actos, pero no desaparecen la mente y emoción detrás de los actos
más sencillos. La
simplificación bajo una división del trabajo genera una explosión de
productividad, pero también el tedio, la rutina y hasta cierto embrutecimiento
por desvitalización del obrero. De diversas maneras, el obrero manual se
debe rebelar en contra de la simplificación extrema, de ahí el sindicalismo y resistencias
obreristas junto con el socialismo, anarquismo, etc.
Algún nivel de embrutecimiento en el trabajo no
es un invento moderno, la dificultad extrema que presenta la
naturaleza, resistiéndose a entregar sus frutos, implica esa precariedad de
vida y un trabajo agotador. El ejemplo del cazador bosquimano persiguiendo
durante días y noches a una presa herida hasta vencerla recuerda la dificultad
inherente y la exigencia extrema a que se ha sometido el ser humano. La
naturaleza no es una cornucopia perpetua, el “estado de naturaleza” ha sido una
condición de adversidad complicada para la sobrevivencia. Para la más antigua
tribu un cambio de clima o alejamiento de las manadas era fatal, para el
individuo de ese contexto una herida, una fractura o una picadura venenosa eran
condiciones fatales.
Concentrar en grandes poblaciones en centros de
trabajo y someterlas a la más espantosa explotación no es un invento
capitalista bajo la relación asalariada. Aunque Marx juega a que sí, en sus
mismos estudios históricos, sabe que ha sucedido antes de la relación
capital-trabajo que le interesa. Las conquistas militares entre pueblos y el
sometimiento a situación de esclavitud inventa ese conglomerado labora y la
reducción al trabajador máquina como castigo de los vencidos. Repito, someter
masas laborales a una espantosa explotación no fue un invento capitalista,
pero sí fue una realidad palpable durante la Revolución Industrial capitalista.
Otro tipo de regímenes lo hicieron antes y el supuesto Estado que iba a liberar
al proletario inventó la más espantosa pesadilla para someter y destruir al
trabajador en el Gulag, fantaseado como campo para reeducar a los delincuentes
o disidentes políticos.
Vuelta de
tuerca a la concentración laboral son altos salarios: Owens a Ford
La concentración
laboral para producir podría parecer el mal en sí, pero no lo es. Las mentes
esclarecidas descubrieron que podía ser un medio de productividad superior y
por tanto de mejora del trabajador. El mérito de Charles Owen y de otros
socialistas llamados utópicos (cuando él era más práctico, que otra cosa) fue
mostrar que una gran fábrica podía dar un resultado en favor del trabajador
directo. Por su parte, Ford al diseñar la fábrica más productiva, comprendió
que el corolario lógico era el incremento del salario, a un nivel que antes se
creería soñador, entregando 5 dólares diarios al obrero.
En ese sentido, la productividad del trabajo generada por la gran industria es
la fuente para una condición de vida arriba de la simple subsistencia.
Antes del
capitalismo, la mayoría absoluta de la humanidad debía sobrevivir con ingresos
inferiores a los 2 dólares mensuales. En 1914 Ford lanza una espectacular
iniciativa de Acuerdo general sobre salarios, para ofrecer 5 dólares
diarios, lo cual era un salto descomunal, pues previamente se mantenía un
promedio de 2.5 dólares diarios, en la ya muy avanzada condición de los Estados
Unidos y ya traspasada la “barrera” de la Revolución Industrial.
Los reportes
históricos indican que los aumentos salariales directo con el cooperativismo de
Owen fueron moderados, pero en términos de reducción de horarios (bajando un
promedio unas 2 horas diarias) y prestaciones alrededor como proporcionar
hogares, pagar durante los paros, etc. fue una auténtica revolución.
Henry Ford fue
capitalismo puro y duro con competitividad técnica de vanguardia, Owen fue la
creatividad de una perspectiva cooperativista, bajo una libertad experimental,
efecto de un modelo y no de la competitividad.
De las muchas
fábricas: el taller, la Moloch, la fábrica normal y utopía lúdica (Google)
Conforme el
trabajador se apropia de un espacio, crea el espacio productivo, primero en lo
que llamamos taller, por la simple composición entre el trabajador, su
herramienta, su medio, un espacio confinado y la acumulación de resultado.
Sucede lo mismo que con el templo: se corta la extensión para consagrarla a
algo. Casi siempre hay una vestimenta o mandil del trabajador, sumado al
encierro espacial. Los antiguos hacían rituales para consagrar sus actividades
y los más astutos y misteriosos, establecían un área de secrecía, para que
nadie profanara su situación con una mirada hostil o no les robara sus
secretos. Los antiguos gremios eran confundidos con magos, en especial, cuando
realizaban transformaciones misteriosas, como la arena en cristal o las rocas
en metales cortantes.
Después, que los
trabajadores se separaran de los demás se convirtió en algo como reflejo, como
si fuera una definición auto-evidente de propiedad privada, cuando hay muchas
coordenadas de sentido, para definir a la persona que se dedica a trabajar sin
interrupciones y con un esfuerzo concentrado hacia su objetivo.
Una vez, que el
trabajo productivo se volvió usual, la fábrica es cualquier sitio donde se
hacen las cosas y, por época, se identificó como el gran establecimiento que
concentra a las máquinas y los trabajadores. Algunos ilustrados llamaron al
individuo como una fábrica y al conjunto social también. La época le
proporciona su estilo y estética.
El despertar de
la revolución industrial propagaba fábricas destructoras del trabajador, que
llamaré como Moloch: la deidad devoradora. De manera estética esto se plasmó
hacia la sociedad como un conjunto maligno, pletórico de trampas y sujeciones,
por ejemplo, en Metrópolis de Lang.
La ideología
soviética escindió la fábrica en una versión maldita, como cámara de tortura
capitalista y como epopeya socialista; donde la dualidad implicaba una crisis
hacia el fracaso, conforme se atoraba en la zona oscura del Gulag, como su institución
peculiar.
Después, el mismo
proceso de incremento de la productividad acelerado por la competencia
capitalista, implica una transición hacia una “fábrica normal”. Grandes
galerones con techos simples y un espacio cerrado, donde aposentar suficientes
máquinas y trabajadores se volvió el panorama de las zonas industriales del
siglo XX.
El último
tránsito está en las fábricas ya casi utópicas de centros de trabajo lúdicos,
tipo proyectos de Google o Facebook. En la propaganda y la ilusión la URSS
planteó alcanzar la fábrica utópica, cuando realmente destiló lo contrario en
el Gulag, para terminar en algún punto intermedio (una fábrica gris e
improductiva como el estándar post-estalinista), en la “sociedad fábrica”
improductiva.
A la fecha,
desconocemos si los proyectos futuristas para levantar un ambiente más lúdico y
relajado por los gigantes de la electrónica son un nuevo estándar o, con menos
sentido, son espuma sobre la siguiente oleada de cambios. Sin embargo, la
productividad abre las posibilidades para una vida mejor.
Hombre de
mármol: heroicidad del simple trabajador
Todo ser humano
existe contra el tiempo y la adversidad, estando sometido a un final de muerte,
donde ningún escapará, y bajo la condición constante que cualquier finalidad
deseada está sujeta a la hipótesis de su fracaso. Es en la actividad de la
cacería donde quedó establecida la estructura del ciclo heroico, aunque su
arquetipo mental puede integrarse (en potencia) hacia cualquier trabajo humano.
El ciclo del héroe implica una estructura típica que implica: el personaje que
siente un llamado, que traspone un umbral, entra a un área de peligro y
confusión, descubre un talismán y/o herramienta, obtiene un mentor (o un
consejo divino), enfrenta un enemigo superior, que lo reta y lo pone en peligro
real, surge una lucha donde puede perder, se alcanza el triunfo, que al ganar
le da una recompensa satisfactoria, incluso tendrá algún reconocimiento y con
quien compartir, para regresar hacia su origen, hogar o tierra con la
satisfacción de su triunfo. La partida de cacería posee ese tipo de estructura
conforme se aleja del hogar y enfrenta animales peligrosos, sin embargo,
incluso donde el trabajo humano no parece peligroso, sí existen peligros
serios. Por ejemplo, el campesino y el ganadero durante milenios tuvieron el
asecho de animales fieros o ponzoñosos, riesgos de caídas y de un medio natural
con rayo y otros riesgos. Incluso los trabajos domésticos no son carentes de
riesgos inusitados de caídas, animales, incendios y pérdidas súbitas.
Sin importar el
trabajo particular, su estructura ontológica implica al sujeto, su esfuerzo
orientado a un fin, las herramientas y los objetos sobre los cuales se trabaja.
Esa relación tan general está sujeta a la frustración y además implica una
entrega. El trabajo puede fallar por miles de causas técnicas y fortuitas. El
objeto que resulta del trabajo no se consume de inmediato, sino que se
desprende del presente para un consumo futuro y, desde que hay familias, que es
siempre implica una entrega de ese producto a otros. La producción egoísta únicamente para sí es un imposible
técnico, casi todo lo que hacen los humanos comienza por ser dualidad para uno
mismo y para los otros. Gran parte de cualquier producción es para entregarse y
ahí también se presenta la estructura potencialmente heroica del proceso de
trabajo.
¿Cómo? El trabajo
es una actividad que requiere de esfuerzo, que puede fallar, que existe
intensión y habilidades, que debe triunfar contra la naturaleza y que el
resultado traerá una manera de compartir y la satisfacción, que en el camino
hay riesgos de fracasar y de ser dañado (accidente laboral, etc.) En base a tal
estructura, es fácil tratar al trabajador como a un héroe y benefactor del
prójimo, incluso aunque se mueva en un círculo de actividades egoístas.
El socialismo
descubrió ese potencial heroico en el proceso de trabajo y le dio una
utilización política. La ideología oficial comunista llevó hasta el absurdo el
ensalzar como héroes extremos a los simples trabajadores. Cierto que todo
trabajo posee algo de heroico y gratificante, pero el discurso comunista
excedió los límites, para engañar al trabajador mientras le arrebataba los
“medios de producción” que le había prometido entregar y se los quedó el
Estado.
Enfoque
equivocado de Marx del perder-ganar en suma cero
El enfoque de Marx es muy interesante y hasta apasionante,
pero su enfoque es totalmente negativo: la enajenación total y la pérdida completa
de humanidad del proletario. Sin embargo, comparando con el periodo anterior y
con el tipo de conflicto social propio de la Revolución Industrial, el ideario
comunista omite todo lo positivo que sucede simultáneamente según lo muestran
Adam Smith y otros. Marx en su análisis omite qué sucede con el metabolismo de
la mercancía dejándolo como “valor de uso” que se intercambia, para subsumirlo
a la forma valor (mero movimiento bajo su fórmula de suma cero) donde supone
que se intercambian equivalentes, cuando no es así. Precisamente suceden, la
menos dos cosas, en un simple trueque: tanto una equivalencia (el intercambio)
como una ventaja sobre la equivalencia (el metabolismo de los valores de uso).
A cierto nivel, Marx respeta el argumento de los clásicos (valores de uso
distintos-valores de cambio como equivalentes), sin embargo, hace un giro en el
argumento para únicamente interesarse en la conversión cuantitativa, para
convertirla en “sujeto” del valor.
En otras partes, he seguido el argumento, por un lado, Marx
es genial, pero también comete un desastre teórico, al únicamente señalar el
lado oscuro de esa dialéctica, para absolutizarlo (el capital es un valor que
se autovaloriza sacando la máxima plusvalía al obrero, hasta desangrarlo). Los
clásicos y los neoclásicos señalan lo contrario del mismo fenómeno: hay cambio
porque las mercancías son no-equivalentes, si lo fueran no se llegaría al
cambio. Y lo más importante, un metabolismo complejo donde millones de
consumidores deciden ellos mismos cuáles son sus necesidades reales, establecen
el intercambio.
No sigue la forma M-M
En un sentido muy materialista un intercambio no sigue la
fórmula de Marx como dos M-M, dos mercancías, sino en una duplicación de Necesidad-Producto.
Quien ofrece da Producto, quien compra adquiere para su Necesidad. Quien es
Productor duplica su Necesidad, como necesidad de vender (oferte) y Necesidad
de comprar (adquirió) conforme sus requerimientos del Cuerpo (para sí, consumo
final) o del Proceso productivo (para la producción continuada).
Desde los antiguos, se entendió que el ser humano es una
unidad compleja, por lo que algunos lo interpretaban como una dualidad:
cuerpo-espíritu. Todavía mejor resulta una tríada, que será espíritu (mente),
alma (emoción) y cuerpo (metabolismo). Marx intenta reducir esta dualidad en el
acto mercantil a una unidad, siendo que dos mercancías se cambian y luego lo
complejiza, poniendo al dinero en medio. Pero no es bastante, porque la M-M no
se lleva por sí misma, sino por ese humano triple: lleva en cada M, mente-emoción-cuerpo
engarzado en la Mercancía. A su vez, esa mercancía es Producto, la misma
Mercancía y es Consumo (la demanda que el productor hará con esa M que él
lleva).
Quien lleva un lienzo de tela y lo intercambia, también está
cargando su necesidad de alimento, entonces lo cambiará por X de pan y carne.
Siempre el movimiento es Producto-Necesidad. El Producto es una realización triple con mente-emoción-materia,
donde la emoción pareciera desaparecer, pero resurge como motivación. La mente
la reduce Marx a la idea que se plasma en el producto: la idea de hacer algo
que se realiza en la cosa producida. Pero la idea sigue en todo su presente,
luego seguirá la urgencia de llevarla al mercado y realizar la venta (Marx
tiende a considerarla algo automático, lo que se lleva se vende sin
complicaciones, lo cual es una gran falsedad).
Quien produce más de lo que requiere para el autoconsumo, en
estricto sentido, produce un gran problema: el exceso de tela le estorba, se
hacina, le causa un problema porque no es para su consumo. En algún pasaje de El
capital Marx se da cuenta de esa tensión cuando señala que llevar al
mercado algo es el “día del juicio final”. Pero ese gran problema proviene de
una característica anti-Fourier que también descubrió Smith: el consumo
requiere muchos objetos diferentes (cada vez son más y más), mientras la variedad
a producir con eficiencia es reducida. Incluso si se producen varias cosas por
una misma persona (o pequeña organización), el paso de un producto a otro
implica complicaciones.
Etapa primitiva
De ahí la “división natural del trabajo” entre los sexos
donde se marca una diversificación mayor de la mujer por la exigencia de
atender a los hijos, mientras el varón cazador se especializaba en matar y
sobrevivir. Aunque el varón no es monomanía de cazador y también requirió hacer
varias cuestiones diferentes, lo que importa, es la dificultad intrínseca de
hacer muchas cosas en un mismo día entre pocas personas. Hacer puntas de flecha
y lanzas permite sobrevivir, pero no es un gran salto durante miles de años.
Las herramientas metálicas ya son una especialización absoluta, donde era
imposible que todos los hicieran.
Incluso una etapa muy primitiva de paleolítico requiere de
alguna variación de productos. Fabricar fuego y conservarlo ya es una
especialización. Donde Marx y Engels fingen que no hay mercado, puede asumirse
uno bajo el mero intercambio, sin requerir de muchas cuentas: el cazador atrapa
al antílope y lo da para que coma la familia tribal, la mujer le da el fuego y
los niños a salvo.
Donde parece que no hay mercado
Cierto que los pueblos más primitivos no tienen una
noción muy rigurosa del intercambio, incluso establecen las instituciones
del don: entregar donde parece que nada se recibe. Al menos se recibe no estar
en hostilidades, eso ya es un intercambio, el mismo principio de los impuestos.
Las necesidades múltiples provienen de la naturaleza, pero
especialmente de la mente y la emoción las hacen proliferar. ¿Cuándo comienza
la humanidad? Para algunos con la herramienta, que une la mente y el cuerpo,
para transformar. Otros señalan que comienza con el culto a los muertos, donde
la mente nota la ausencia y deja flores en los entierros: funciona la mente, la
emoción y casi nada se encuentra de materia en ese acto. Otra señal es la
curación del herido: el fracturado sobrevive en la tribu a diferencia de las
manadas. Cuidar al herido y al enfermo, por principio parece anti mercado; pero
solamente para los superficiales. Quien da ahora, quizá recibe en su corazón y
en su mente que lo lleva al futuro, además tener al Otro herido presente, ya es
recibir algo, el abrazo de la primera fraternidad.
¿Qué M da el herido cuando se deja curar? Ninguna entrega el
herido. Ese ofrecer los objetos de caridad o fraternidad no exige un
intercambio de cosas. Pero el herido está dando el significado de su cuerpo, no
su materia objetiva. Que el
intercambio sea siempre de equivalentes es una ficción. ¿Un vaso de
agua por un dólar es realmente equivalente? Como valores de uso jamás. Lo
serían en el caso limitado que luego el mismo dólar vuelva a comprar un vaso de
agua, y se regrese a un intercambio ilógico de un vaso de agua por un vaso de
agua.
Donde se comienza a notar un gesto como de mercado
A diferencia del gesto rápido que lanza piedras y flechas
con agresiva contundencia, el desprenderse de la mercancía exige delicadeza. El intercambio
no acepta gestos brusco ni hostilidad, requiere de un desprendimiento suave. No
basta que haya excedentes para crear mercados, también se requiere que los
puntos de contacto posean alguna suavidad. El M-M requiere de gestos recíprocos
de entrega que no dañen el producto ni la reputación en el proceso, por tanto,
la violencia y la ofensa se excluyen. El ciclo mercantil, en ese sentido,
resulta como un modelo pacífico, que requiere de paz para su desenvolvimiento.
La irrupción de actos violentos o la presencia armada alrededor del acto
mercantil M-M es una interferencia de ambiente, de la misma manera que las tormentas
no son inherentes a las caravanas de mercaderes.
El ritual de la donación silenciosa, donde se dejan objetos (pre mercancía) en
un punto fijo para una tribu diferente, es una especie de primer paso del
mercado; pero sin contra-prestaciones claras.
La conservación de la mercancía, con frecuencia, implica un
largo desplazamiento y el viaje en caravanas o barcos es el complemento
perfecto del gesto suave de intercambio. La larga espera mediante un viaje largo garantiza que
la diferencia de apreciación y costos de los bienes se imposible de
equivales, como señala la hipótesis de la utilidad del Mediterráneo como ruta
marítima privilegiada. El mejor intercambio es el desigual, donde ambas partes
maximizan su ganar, para duplicarlo. Durante siglos los mercados prósperos
implican travesías complicadas y viajes conectando regiones que no saben o no
pueden producir lo que se compra.
Demasiados productos parecen un problema por Cronos
Decíamos que el productor de muchos productos iguales se ha
metido en un problema serio, pues siempre está la hipótesis de que no serán
vendidos y, la otra realidad, el producto terminado puede ser perecedero.
Algunos son perecederos rápido y con evidencia, como algunos alimentos, y otros
duran como la piedra, pero con los siglos se perderán.
En ese sentido, M (la mercancía) siempre está en agonía,
pues su existencia es efímera, pues busca encontrar su puerto final de
satisfacer necesidades. La crisis mercantil o capitalista es una confirmación
de esa naturaleza frágil de lo que se produce más o menos en masa y exceso. Sin
embargo, esa crisis también está presente desde antes, pues el productor puede
fracasar en su hacer: lo más paradigmático surge con el cazador primitivo, quien
puede volverse la presa cazada. El productor mercantil también puede ser la
presa cazada por el mercado, por no querer su producto o quererlo a un precio
demasiado bajo. Lo anterior es
el defecto del tiempo (la boca de Cronos), no es un defecto específico
del mercado ni del capitalismo. El Estado totalitario que se pretende comunista
comete esa tarea de Cronos en una escala monstruosa, entregando recursos y vida
a las “obras faraónicas”, las cuales terminan en fracasos colosales o un
desperdicio de vidas (Gulag) y de recursos (Planes Quinquenales fracasados).
La ironía del tiempo muerto y su sustanciación
El tiempo de Cronos muere de inmediato, pues cada fracción
de segundo nunca regresa. El presente vive en el ahora, pero huyendo del pasado
que nunca lo alcanza y persiguiendo al futuro inalcanzable. El futuro está
huyendo, pero es perseguido, de ahí le perpetuo proyecto teleológico (o
finalista). Esa estructura de la percepción de tres modalidades de tiempo,
representa un dilema (y drama) para el productor, pues en cuanto el producto
terminado se separa del productor, surge la potencia de la separación definitiva;
lo que el joven Marx, lamenta como la enajenación radical. El producto separado
del productor está sometido a una nueva ley, ajena a las continuas
transformaciones de un proceso productivo (imaginemos al alfarero). En sentido
estricto ¿dónde queda el tiempo de la producción frente al producto? En el
mundo físico ha desaparecido, está en el pasado inalcanzable. Algunos
economistas creen que ese tiempo anterior, queda incorporado en el objeto.
Algunos argumentan como sí ese pasado permaneciera en el objeto salido
de la producción, pero Marx juega a que el tiempo sí vive como sustancia. El
filósofo idealista Hegel señala que el Espíritu (emanación divina) entra en la
materia y que por eso es interesante, como encarnación, pero no supone que sea
un fluido medible. El ingenio de Marx radicaliza la economía clásica,
pretendiendo que la sangre
temporal se cristaliza en sustancia del valor, filtrada por el mercado,
pero que siempre conserva el tiempo del proletario. Su argumento hace un gesto
religioso: el proletario se vuelve la fuente perpetua del valor y, mientras
existan objetos, la sustancia del tiempo laboral estará animando a los objetos,
en sus movimientos de precios, incluso en el movimiento del dinero y sus
finanzas. El tiempo físico es irrecuperable (la física cuántica especula sobre
si sería viable un viaje en el microcosmos contra las manecillas del reloj),
pero la teoría del valor-trabajo específica juega a que nunca muere, sino que
es la sangre del sistema económico.
La evidencia material señala un proceso por completo
distinto y, por cierto, maravilloso. El tiempo puesto en cada objeto producido
se muere, sin embargo, en cuanto el objeto entra en contacto con un individuo
vivo también vuelve a la vida. Imaginemos al jarrón del alfarero, que se ha
quedado en una bodega olvidada. Permanecerá inmóvil por siglos y con mínima
lentitud resecará hasta romperse por efecto los siglos, a menos que sea
rescatada del reino de los muertos, por el humano que pondrá agua o licores en
su seno, dándole sentido y convirtiéndolo en un satisfactor de necesidades. El
producto como mercancía no vendida está muerto o, si se gusta, como una semilla
o un zombie, hasta que un gesto mágico lo vuelve a la vida. La fórmula M-M del
intercambio significa que dos mercancías vuelven simultáneamente a la vida, es
el concepto de Ganar-Ganar más fuerte mediante un renacimiento. La fórmula
M-D-M significa que el D del Dinero, es el psicopompo (Hermes o Mercurio) que los va
sacando del “reino de los muertos”.
¿Elegir el trabajo como un factor tercero es error o una simple
medición con sentido filosófico?
Cuando se mira de manera simple M-M y se dice que se
cambiaron, pero hay que señalar que hay una equivalencia, varios pensadores
importantes señalaron que el tercero debía ser un signo de igualdad. Aristóteles
no estaba convencido de que hubiera igualdad espontánea en el intercambio, pero
buscaba una solución justa que garantizara tal igualdad.
Por cierto, la realidad es que M-M no requiere de un
tercero como referente de valor, incluso eso lo asume parcialmente hasta
Marx en su versión de la “polarización” de la mercancía en el trueque
interpretado como dos polos.
Lo real es que el tercer elemento que emerge es el Dinero.
Pero algunos clásicos les parece que el trabajo es un buen referente, por su
importancia, y que la mejor manera de cuantificarlo es volverlo tiempo de
trabajo. Algunos economistas derivan esto hacia un “costo salarial” y como una
aproximación; otros lo usan como una medida aproximada. Algunos dan una
importancia al trabajo como tal, como eje filosófico de la existencia, el punto
de unión entre la consciencia y la materia (Hegel); garantía de la
humanización, etc. En cierto sentido, no es un error utilizar al trabajo y su
tiempo como una referencia de valor,
sin embargo, llevar al extremo un argumento lo convierte en una falacia.
Hay muchos argumentos sobre la importancia del trabajo, el
tiempo y el tiempo de trabajo en relación al valor, con lo cual surgen teorías
objetivistas (valor trabajo en sus variaciones), pero el error es el llevar al extremo de creer
que el tiempo de trabajo vive siempre en la mercancía y se desliza por
todas las ranuras del sistema económico para regular sus tendencias de
composición orgánica del capital y crisis económicas. En sentido estricto, el
tiempo (su transcurso igual) únicamente es una unidad de medida y no de
contenido de las mercancías, pues nunca se cristaliza. Precisamente los excesos
y carencias de la producción total del mercado caótico agregar la dificultad
final, donde es imposible predeterminar la acumulación de jornadas laborales
para satisfacer las necesidades reales, que cambian constantemente. De ahí, que
habrá una perpetua divergencia entre valores (supuestos) y precios (reales),
que nunca se va a zanjar.
Que el tiempo de trabajo tenga sentido filosófico no
significa que sea la respuesta, en realidad, se volvió un segundo problema al
justificar una línea donde el proletario se supone víctima y el capital no
estaría aportando nada positivo, al contrario, generaría un esquema de suma
cero, donde todo lo que gana el capitalista lo ha perdido el proletario.
Fórmula de la riqueza en Smith
Según lo observado la fórmula M-M implica una doble ganancia. Esto funciona con
todo tipo de mercancías, incluso con una muy peculiar, que es el trabajador
mismo. El obrero se puede presentar como una Mercancía y ofrecer su servicio
temporal a cambio de otra Mercancía (o su representación en Dinero). Ahí es
donde Marx se alarma y pretende que sucede algo terrible, pues el que compra
trabajo, obtendrá más de lo pagó. Esto lo acepto como cierto, pero también es
propio de cualquier M-M. Quien entrega pan que no se comerá a cambio de ropa
que usará gana más de lo que ha gastado y viceversa, visto desde quien vendió
la ropa.
Este ganar-ganar entre dos mercancías es posible que (en
condiciones de precariedad productiva) no sea un asunto ventajoso para las dos
partes. El que vendió la tela y adquirió el pan quizá tiene muchos hijos y no
le alcance para la alimentación con lo que obtuvo; al revés, también podrá ser
que el lienzo no alcance para vestir a la familia.
Smith encontró la solución muy sencilla, que se convierte en
estratagema sistemática:
basta que haya suficientes productos del trabajo, es decir, que haya una
técnica adecuada (para él basada en la división del trabajo) que dé abundantes
resultados, para que todos tengan suficientes ventajas. Suficientes
panes de un lado y se cambian por suficiente tela del otro, para garantizar que
el M-M sea un auténtico ganar-ganar.
Marx objeta que el comprador de trabajo siempre será malo y
pagará poco al obrero, por lo que seguirá siendo pobre y deberá a contratarse. La
historia de Inglaterra le estaba demostrando que los obreros comenzaban a ganar
más cada vez. La historia posterior demuestra que la productividad de las
empresas mercantiles está creciendo y que las masas van escapando de la
miseria. Smith descubrió la fórmula: más división del trabajo y competencia
generan más producción y subirá el nivel de ingresos.
La fórmula de Smith es sorpresivamente sencilla: incrementar
la división del trabajo en unidades productivas separadas y dentro de los
talleres, para que esa doble división (reunida en el mercado) fuera la
fuente de progreso técnico. Antes la idea era acaparar buenas tierras,
esclavizar a los vecinos o conseguir minas de oro y plata. En cambio, con Smith
no se requiere de una naturaleza privilegiada sino de un procedimiento basado en el mercado y
permitir que los privados emprendan, para que desde ahí surja la riqueza de las
naciones. Surge una estratagema del crecimiento entre las páginas de Smith, una
astucia digna de Ulisis: la división termina reuniéndose. La pequeña
división del trabajo de la familia extensa y de las tribus se expandirá hacia
una división de trabajo a escala de mercado mundial. Bulle la revolución
capitalista de las fuerzas productivas.
Adam Smith no inventó un sistema capitalista, simplemente observó lo que
estaba sucediendo de Inglaterra y otras partes, para ponerlo en papel en 1776.
Por su parte, los admiradores de Marx intentaron experimentar con sus
lineamentos comunistas en 1917 y después, con resultados desastrosos por lo que
en 1991, los dirigentes de la URSS desistieron de ese experimento, colocando el
letrero de “cerrado hasta nuevo aviso”.
A manera de conclusión: el mercado resulta con una
ventaja única, sin ser perfecto
La producción mercantil fracasa a veces, fallando en este y
aquel caso (produciendo demasiado o haciéndolo caro), sin embargo, presenta una
doble ventaja que la hizo revolucionaria: es más productiva y depende de pocos
para cumplirse. Al combinarse ambos factores, resulta una figura con dinámica
ascendente y auto-regulada que ha sorprendido a la Historia, pues nadie
diseñó previamente al mercado.
La ventaja de más producción al especializarse, al
principio, parece una casualidad. Hubo más cosecha de la que requieren un
individuo, una familia o una tribu, y ese exceso se coloca en el mercado. El
exceso de la producción se coloca en la familia bajo un principio gratuito (o
desmedido), se entrega a la tribu (y luego al Estado) bajo un principio de
gratuidad obligatoria y ante los otros más indiferentes bajo un pacto de mutua
conveniencia (el llamado equivalente, la contra-prestación medida). El gran salto
en la situación económica viene cuando se abandona la producción para
autoconsumo, para dedicarse al puro producir para vender, entonces el productor
adquiere una siguiente funcionalidad y personalidad de vendedor más sistemática.
La división del trabajo hasta el exceso favorece una revolución
de la productividad y la expansión mundial del mercado, resultando el tipo
de sociedad del presente, basada en el intercambio de mercancías.
La perfección del mercado amplificada como noción extrema es
una ficción. Atrás he mostrado que el intercambio es un ganar-ganar, donde su multiplican
los valores de uso, sin embargo, eso no desaparece los problemas económicos y
humanos. Producir mucho no significa producir con perfecta calidad y, por si
fuera poco, el productor puede
ser tramposo o generar externalidades. El consumidor también posee
defectos y tampoco consume a
la perfección, como lo demuestra la obesidad y la drogadicción. Debido a
que el mercado es el encuentro de productores y consumidores, entonces los
defectos previos estarán presentes en el proceso de intercambio mercantil. El
mercado no resuelve los complejos problemas humanos por sí mismo, pero sí
establece un marco de alta productividad y la oportunidad de establecer
continuas correcciones, en un marco de elecciones libres a nivel de la
producción.