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sábado, 17 de octubre de 2026

DE CUAUTLA TROPICAL AL CONGELADOR DE POPO PARK

 

 

                Por Carlos Valdés Martín 

“Donde haya una alberca asoleada, los niños estarán felices”, decía mi padre, Carlos. “Donde haya bugambilias, nos quedamos contentos”, afirmaba mi madre, Ruth.

Él se ponía tan nervioso ante un volante que renunció para siempre a manejar. Sucedía lo contrario con mi madre, Ruth, que disfrutaba el conducir un automóvil. La indemnización de su último trabajo fue un auto importado.

¿Qué hacer? Para ella el premio completo era un viaje corto al paraíso turístico del Valle de Cuernavaca; así, con toda la familia salir el viernes en la tarde y quedarse el fin de semana en algún hotel. La situación económica en las nuevas clases medias mejoraba, por lo mismo, cada fin de año, viajaban tantas familias que se saturaba la hotelería.  

Como sea, era una temporada invernal y de vacaciones escolares. El vehículo era cómodo, un Volvo 120 (quizá un modelo 1961, bien conservado), que se deslizaba en la carretera. El destino final era la paradisíaca ciudad de Cuautla.

Los hoteles grandes ya tenían una línea telefónica y la costumbre era “reservar” una habitación llamando antes del fin de semana. El lugar elegido era el Hotel Vasco (famoso por haber servido de escenario para películas en blanco y negro).

 

Los dos primos llegaron tarde a nuestro hogar en la Ciudad de México (entonces el Distrito Federal). Fue un atraso de 3 horas por un contratiempo que he olvidado. En total sumamos cinco para ese viaje.

Preparados para un clima cálido, el maletero del automóvil guardó chanclas y trajes de baño para la alberca, toallas y bronceador para las pieles delicadas, y gorras para el sol quemante.

Desde el principio del viaje, mientras daba una bocanada a su cigarro marca Del Prado, transmitió su nerviosismo advirtiendo a los niños que no deberíamos platicar para no distraer a la conductora. A cambio, sintonizó la radio AM en un partido de fútbol, con lo que los niños deberíamos permanecer entretenidos.

En la bajada, una ligera bruma, como la cola de una nube, se aproximó hacia la carretera y  se detuvo para estorbar la vista. La bajada dejó ver hacia el costado derecho la vista del Valle de Cuernavaca, hacia donde nos acercábamos.

Los adultos platicaron sobre cómo se toman de manera correcta ese tipo de curvas. La curva más pronunciada, que se llama La Pera, con nombre propio, provocó un nerviosismo colectivo. El vehículo bajó mucho la marcha. Hoy sé que se llama fuerza centrífuga y, cuando terminó, la voz más ronca suspiró ruidosamente.

Cuando llegamos al Hotel Vasco de Cuautla pardeaba el atardecer.

Con una sonrisa cínica, la empleada advirtió que se habían terminado las habitaciones. Por más que Carlos discutía, la encargada insistía que en que por la temporada decembrina el cupo se agotó.

Ese hotel tenía un restaurante y un amigo de mis padres llamado Armando había quedado en coincidir en ese mismo hotel. Mientras comimos, el señor Armando salió a buscar otro hotel dentro de la pequeña ciudad.

Regresó con malas noticias. No había ningún cuarto disponible dentro de la ciudad, pero dijo que había confirmado en unas cabañas afuera de la ciudad como a unos 20 minutos en carretera.

Mi madre tomó el volante y el cielo quedó por completo oscuro. Siguió al vehículo de Armando, de color hueso que ayudaba a distinguirlo en la penumbra. La carretera era distinta: de un solo carril de ida y otro en contraflujo, con más curvas. Mientras el ambiente enfriaba, también aumentaban las nubes y la carretera marcó su pendiente hacia arriba. Después de media hora, el vehículo de Armando se detuvo y explicó que se había pasado de largo debido a la oscuridad.

Dimos media vuelta en sentido opuesto y avanzamos despacio. El doctor Armando bocinó y gritó por la ventanilla que lo esperáramos. Salió de la carretera y se perdieron sus luces en una curva.

Transcurrieron unos minutos en silencio y el ambiente se sintió más frío.

Reapareció la luz del automóvil del doctor.

—¡Síganme!

Aquella terracería no tenía indicaciones. Tras pocas curvas llegamos a otro terregal y apareció la silueta de una cabaña. Armando dijo que su cabaña estaba un poco adelante, que ya había localizado al encargado.

Salió de la niebla un empleado cubierto por una cobija gruesa y un sombrero de paja. Con llave en mano escoltó a mi padre hasta la puerta de la cabaña, la abrió y prendió la luz eléctrica. Pidió en efectivo el pago de la noche.

Fuera del carro el aire que soplaba venía desde la montaña Popocatépetl. Todos entramos a la cabaña en tropel.

—¡Vaya que está frío!

No trajimos cobijas para cama.

—Mamá, tengo hambre, pero me conformo con las golosinas.

Con permiso los chicos nos acabábamos las frituras.

—Hay chimenea, pero no veo la leña —se lamentó mi padre y salió de la cabaña y le estuvo gritando al encargado, que no respondió.

Había una cobija delgada por cada cama. El frío siguió arreciando y los vidrios se comenzaron a escarchar por las orillas.

Los niños también nos quejamos del frío.

—Para dormir, pueden dormir con la ropa puesta y, además, intenten taparse con estas toallas. Concluyó mi madre.

Después de varias quejas por el frío, al final, mis padres decidieron que yo dormiría mejor en su cama. Envuelto en una toalla grande me ganó el sueño.

Me despertó un sol intenso que se colaba por una cortina delgada.

Cuando amaneció mi padre salió a dar la vuelta y encontró leña atrás de la cabaña para quemar en la chimenea. Se alcanzaba a ver humo en la chimenea de la cabaña que ocupó Armando.

Mi madre nos apuró para que fuéramos a desayunar a Cuautla.

—Un día sin bañarse no hace daño.

Volvimos al restaurante del Hotel Vasco, donde seguía sin haber habitaciones disponibles, pero el desayuno en su restaurante era muy sabroso. Los niños pedimos ir al balneario, pero Carlos se impuso argumentando que se sentía mal por esa noche de frío.

No hubo balneario ni juegos en la alberca. El cuchicheo con mis primos era por la decepción de no quedarnos en el balneario.

Mi madre condujo hasta la casa y, todavía demostró un aguante de maratonista, cuando en la noche nos llevó a los niños al cine. Era una película titulada “La batalla de los pasteles”, protagonizada por Viruta y Capulina. 

 

NOTAS:  La imagen es una composición con IA, integrada con rostros reales de Ruth Martín Sosa y Carlos Valdés Vázquez, y un modelo Volvo de la época, en ambiente aproximado a Cuautla, Estado de Morelos.  

domingo, 4 de octubre de 2026

ZERMEÑO: MÉXICO 1968 EL MEJOR LIBRO

 

 

Por Carlos Valdés Martín

El mejor libro sobre el movimiento estudiantil es el de Sergio Zermeño, titulado México: una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68. Su único error importante es un título que distrae un poco, cuando es un estudio muy objetivo sobre lo que fue ese movimiento y no tanto sobre las aspiraciones del movimiento o de los voceros. Uno de los motivos de su calidad es que se trata de una tesis de doctorado, un trabajo académico de largo aliento, dirigida por el notable sociólogo Alain Touraine en la Sorbona. El autor lo vivió como parte de los activistas involucrados de lleno en ese movimiento y, con sobriedad académica, destila amor combinado con objetividad.

Cuando se compara el texto de Zermeño con el más leído de todos, el de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, la ventaja es evidente. El libro de Elena es una recopilación modesta de recortes de periódicos, revistas y testimonios textuales, y cometió una gran torpeza al copiar el texto del dirigente reprimido Luis González de Alba sin citarlo. Un error evidente de la talentosa escritora que el agraviado, siendo perseguido político de primer nivel, jamás perdonó.

El libro de Zermeño es un análisis objetivo de quiénes eran los estudiantes movilizados como grupo social y activo, frente al Estado mexicano, donde se retoman con lujo de detalle y rigor de investigación los acontecimientos. El enfoque de rigor fue empujado por la labor académica de investigación y el contexto implícito del paralelismo ante el 68 francés, que estudió su asesor Touraine.

El libro describe con perfección los acontecimientos como la pelea de la Ciudadela, las provocaciones de julio y el contexto olímpico para contrastarlos con el ambiente político y social de México. Los acontecimientos comenzaron con pleitos irrelevantes y en unas semanas se convirtieron en un movimiento de masas resistente y retador ante el esquema de represión preparado desde el Estado: golpizas de granaderos y encarcelamiento de un puñado de dirigentes. Pronto el movimiento escapó de lo previsible. En torno, el Estado robusto y organizado, que heredaba 40 años de estructuración manifiesta en el priismo y la ideología de la Revolución, se mostraba incapaz de comprender la dinámica desatada y ofrecía respuestas cada vez más torpes.

El movimiento planteaba unas cuantas demandas elementales, resumidas en el pliego petitorio, tales como libertad de presos políticos, derogación del delito de disolución social, destitución de jefes policiacos, indemnización a las víctimas y deslinde de responsabilidades. Para el régimen se volvió un callejón ideológico y terminó provocando su deslegitimación a largo plazo, que se consolida tras la masacre de Tlatelolco.

La velocidad de extensión y la fuerza inmediata de respuesta del movimiento estudiantil requirió el estudio en detalle de Zermeño, para explicar lo que parecía un rayo en un día sin nubes.

Si te interesa el movimiento de 1968 y tienes paciencia para leer, te recomiendo esa lectura.

MOCTEZUMA HACIA EL INFRAMUNDO POR LA CUEVA DE CINCALCO

 

 

 


 

Por Carlos Valdés Martín

 

Era el máximo gobernante de un imperio que había florecido, pero ocho augurios desconcertantes presagiaban un final terrible. A unos pocos kilómetros, él creía que una caverna abría la puerta hacia el lugar que después llamaron «inframundo». Aunque entonces se lo imaginaba como un cosmos distinto, que hoy no alcanzamos a comprenderlo por completo: algo así como la «Puerta Interestelar», abierta a un lugar paradisíaco. ¿Por qué Moctezuma quería entrar por esa cueva llamada Cincalco?

El relato de una frustrada salida de Moctezuma Xocoyotzin hacia la puerta del inframundo es consistente con otros temas de la geografía espiritual y mítica, en primer término, porque la región de Occidente, donde se pone el Sol, suele ocultar esa asociación.

La cueva se llama Cincalco (también escrita Cicalco o Cíncalco). En náhuatl significa «casa de las mazorcas», de centli/cintli, mazorca de maíz. Los cronistas españoles a veces la interpretaron como «casa de las liebres» y la asociaron con una entrada al «infierno»; en la tradición nahua era un umbral hacia el Mictlán o hacia un paraje paradisíaco y acuático ligado al dios Tláloc.

Visos de verdad

A diferencia de otros relatos prehispánicos que fueron muy alterados, este cuenta con la ventaja de surgir en varias expresiones muy tempranas, mediante crónicas de colonizadores e indígenas. Veamos algunas de esas fuentes:

Fray Diego Durán en su Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme relata los presagios que espantaron a la población y el intento frustrado de Moctezuma de abandonar Tenochtitlan. Durán describe cómo el tlatoani envía mensajeros (enanos, corcovados y pieles de desollados) a la mítica cueva, en Chapultepec.

Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España, la misma narrativa, cuando menciona Cincalco como un destino posible (junto con el Mictlán, la casa del Sol y el Tlalocan). Otra vez se señala que Moctezuma intentó huir por los presagios.

Fernando de Alvarado Tezozómoc en su Crónica mexicana incluye un relato semejante con embajadas presentadas a Huémac, custodio de la cueva. El texto incluye un ayuno de ochenta días para Moctezuma y que, al final, el encuentro con el inframundo queda frustrado.

Otro detalle curioso, es el personaje de Huémac. Se le considera como el último gobernante tolteca, que murió o ya no pudo salir de esa misma cueva de Cinalco, según los Anales de Cuauhtitlan.

Una anécdota familiar del siglo XX

El tío César abandonó la escuela por comportamiento rebelde, pero era un niño consentido de familia rica. Su chófer lo llevaba a jugar en solitario en el rumbo donde están los cárcamos de Chapultepec. La palabra se refiere a sistemas de aguas con pozos mecánicos, que se levantaron en tiempos de Porfirio Días, que arriba están adornados por torres y alrededor hay muchas fuentes, que ahora están secas, pero siguen siendo lugares encantadores. Siendo un niño travieso, me contó el tío que terminó cayendo por unos de los agujeros abiertos que daban a los pozos, bajo esas construcciones. En su miedo o alucinación infantil, el tío César escuchó una voz. Quizá surgía de su cabeza, en la confusión también lo invitaba a adentrarse más hacia las profundidades, pero esa voz más amigable le enseñó una ruta de salida. Por lo que cuenta, salió de milagro, pues cayó en un túnel donde había completa oscuridad, además de filtraciones de agua que convertían la tierra en lodo resbaladizo. El niño salió ileso y el chofer ni siquiera se había dado cuenta del extravío, pues se alejó para comprar unas tortas para almorzar.

Localización real

La cueva oficial de Cincalco está en la Primera Sección del Bosque de Chapultepec y se quedó integrada al Audiorama. La remodelación fue inaugurada en 1972 y el cronista oficial de la ciudad Salvador Novo lo rotuló In xochitl in cuicatl (De flor y canto). Muy cerca están el ahuehuete famoso conocido como «El Sargento», la Tribuna Monumental y del monumento al Escuadrón 201.

En la actualidad, no es posible entrar a la caverna de Cincalco, ya que fue sellada para evitar riesgos. Hay que agregar, que podría haber otras cavernas inexploradas y entradas desconocidas en la zona, ya que la actividad orográfica —lenta del agua o la súbita de los sismos— provoca cambios alrededor de Chapultepec.

Resumen

El máximo gobernante de los aztecas, Moctezuma Xocoyotzin fue impresionado por diversos presagios funestos, que luego se unieron a las noticias reales de la llegada de misteriosos extranjeros. Hubo ocho presagios, desde cometas hasta hombres y animales bicéfalos que desaparecían después de presentarlos al tlatoani. Uno de los presagios fue un espejo dentro de una garza, que al mostrarla dio la visión terrible de los enemigos que se aproximaban. El terror fue subiendo al corazón del rey y terminó por buscar una salida desesperada.

Había una leyenda sobre Huémac quien entró vivo a Cincalco, y Moctezuma pretende repetir ese prodigio para entregar el cuerpo al inframundo y no sentir el dolor por la caída de Tenochtitlan. Envió mensajeros y ofrendas en diversas ocasiones, pero fracasaron las mediaciones. La voz que salía de la caverna se atribuía a la aparición de Huémac. El rey intentó con más regalos y hasta con la penitencia de 80 días de ayuno. En el último intento por entrar, Moctezuma recibió el rechazo. Dicen que Huémac reprendió a Moctezuma para exigirle que enfrentara su destino, para no huir y luego se imaginara que el valiente jefe resultara un cobarde. Esto último es muy interesante, pues tras la derrota, Moctezuma Xocoyotzin comenzó a ser visto como un culpable y su diplomacia comenzó a interpretarse como falta de carácter y hasta vil cobardía. Ese cambio de perspectiva sobre el personaje de Moctezuma abre el compás para otra investigación.