
Por Carlos Valdés Martín
“Donde haya una alberca asoleada, los niños estarán felices”, decía mi padre, Carlos. “Donde haya bugambilias, nos quedamos contentos”, afirmaba mi madre, Ruth.
Él se ponía tan nervioso ante un volante que renunció para siempre a manejar. Sucedía lo contrario con mi madre, Ruth, que disfrutaba el conducir un automóvil. La indemnización de su último trabajo fue un auto importado.
¿Qué hacer? Para ella el premio completo era un viaje corto al paraíso turístico del Valle de Cuernavaca; así, con toda la familia salir el viernes en la tarde y quedarse el fin de semana en algún hotel. La situación económica en las nuevas clases medias mejoraba, por lo mismo, cada fin de año, viajaban tantas familias que se saturaba la hotelería.
Como sea, era una temporada invernal y de vacaciones escolares. El vehículo era cómodo, un Volvo 120 (quizá un modelo 1961, bien conservado), que se deslizaba en la carretera. El destino final era la paradisíaca ciudad de Cuautla.
Los hoteles grandes ya tenían una línea telefónica y la costumbre era “reservar” una habitación llamando antes del fin de semana. El lugar elegido era el Hotel Vasco (famoso por haber servido de escenario para películas en blanco y negro).
Los dos primos llegaron tarde a nuestro hogar en la Ciudad de México (entonces el Distrito Federal). Fue un atraso de 3 horas por un contratiempo que he olvidado. En total sumamos cinco para ese viaje.
Preparados para un clima cálido, el maletero del automóvil guardó chanclas y trajes de baño para la alberca, toallas y bronceador para las pieles delicadas, y gorras para el sol quemante.
Desde el principio del viaje, mientras daba una bocanada a su cigarro marca Del Prado, transmitió su nerviosismo advirtiendo a los niños que no deberíamos platicar para no distraer a la conductora. A cambio, sintonizó la radio AM en un partido de fútbol, con lo que los niños deberíamos permanecer entretenidos.
En la bajada, una ligera bruma, como la cola de una nube, se aproximó hacia la carretera y se detuvo para estorbar la vista. La bajada dejó ver hacia el costado derecho la vista del Valle de Cuernavaca, hacia donde nos acercábamos.
Los adultos platicaron sobre cómo se toman de manera correcta ese tipo de curvas. La curva más pronunciada, que se llama La Pera, con nombre propio, provocó un nerviosismo colectivo. El vehículo bajó mucho la marcha. Hoy sé que se llama fuerza centrífuga y, cuando terminó, la voz más ronca suspiró ruidosamente.
Cuando llegamos al Hotel Vasco de Cuautla pardeaba el atardecer.
Con una sonrisa cínica, la empleada advirtió que se habían terminado las habitaciones. Por más que Carlos discutía, la encargada insistía que en que por la temporada decembrina el cupo se agotó.
Ese hotel tenía un restaurante y un amigo de mis padres llamado Armando había quedado en coincidir en ese mismo hotel. Mientras comimos, el señor Armando salió a buscar otro hotel dentro de la pequeña ciudad.
Regresó con malas noticias. No había ningún cuarto disponible dentro de la ciudad, pero dijo que había confirmado en unas cabañas afuera de la ciudad como a unos 20 minutos en carretera.
Mi madre tomó el volante y el cielo quedó por completo oscuro. Siguió al vehículo de Armando, de color hueso que ayudaba a distinguirlo en la penumbra. La carretera era distinta: de un solo carril de ida y otro en contraflujo, con más curvas. Mientras el ambiente enfriaba, también aumentaban las nubes y la carretera marcó su pendiente hacia arriba. Después de media hora, el vehículo de Armando se detuvo y explicó que se había pasado de largo debido a la oscuridad.
Dimos media vuelta en sentido opuesto y avanzamos despacio. El doctor Armando bocinó y gritó por la ventanilla que lo esperáramos. Salió de la carretera y se perdieron sus luces en una curva.
Transcurrieron unos minutos en silencio y el ambiente se sintió más frío.
Reapareció la luz del automóvil del doctor.
—¡Síganme!
Aquella terracería no tenía indicaciones. Tras pocas curvas llegamos a otro terregal y apareció la silueta de una cabaña. Armando dijo que su cabaña estaba un poco adelante, que ya había localizado al encargado.
Salió de la niebla un empleado cubierto por una cobija gruesa y un sombrero de paja. Con llave en mano escoltó a mi padre hasta la puerta de la cabaña, la abrió y prendió la luz eléctrica. Pidió en efectivo el pago de la noche.
Fuera del carro el aire que soplaba venía desde la montaña Popocatépetl. Todos entramos a la cabaña en tropel.
—¡Vaya que está frío!
No trajimos cobijas para cama.
—Mamá, tengo hambre, pero me conformo con las golosinas.
Con permiso los chicos nos acabábamos las frituras.
—Hay chimenea, pero no veo la leña —se lamentó mi padre y salió de la cabaña y le estuvo gritando al encargado, que no respondió.
Había una cobija delgada por cada cama. El frío siguió arreciando y los vidrios se comenzaron a escarchar por las orillas.
Los niños también nos quejamos del frío.
—Para dormir, pueden dormir con la ropa puesta y, además, intenten taparse con estas toallas. Concluyó mi madre.
Después de varias quejas por el frío, al final, mis padres decidieron que yo dormiría mejor en su cama. Envuelto en una toalla grande me ganó el sueño.
Me despertó un sol intenso que se colaba por una cortina delgada.
Cuando amaneció mi padre salió a dar la vuelta y encontró leña atrás de la cabaña para quemar en la chimenea. Se alcanzaba a ver humo en la chimenea de la cabaña que ocupó Armando.
Mi madre nos apuró para que fuéramos a desayunar a Cuautla.
—Un día sin bañarse no hace daño.
Volvimos al restaurante del Hotel Vasco, donde seguía sin haber habitaciones disponibles, pero el desayuno en su restaurante era muy sabroso. Los niños pedimos ir al balneario, pero Carlos se impuso argumentando que se sentía mal por esa noche de frío.
No hubo balneario ni juegos en la alberca. El cuchicheo con mis primos era por la decepción de no quedarnos en el balneario.
Mi madre condujo hasta la casa y, todavía demostró un aguante de maratonista, cuando en la noche nos llevó a los niños al cine. Era una película titulada “La batalla de los pasteles”, protagonizada por Viruta y Capulina.
NOTAS: La imagen es una composición con IA, integrada con rostros reales de Ruth Martín Sosa y Carlos Valdés Vázquez, y un modelo Volvo de la época, en ambiente aproximado a Cuautla, Estado de Morelos.
