Música


Vistas de página en total

lunes, 26 de octubre de 2026

EL SÍMBOLO Y LA EDUCACIÓN SIMBÓLICA

 


 

Por Carlos Valdés Martín

 

La masonería recibe el rótulo de que es una “educación simbólica” por ello lo primero que debería poseer son definiciones muy claras y distintas de estos dos términos. Surgen dos problemas para una definición simple: la educación es un flujo, pues cambia lo que toca, lo cual dejamos para otro momento. El símbolo se refiere hacia la “parte” que señala en otra dirección, de preferencia hacia lo más hondo o lo más alto.

 

Etimología y leyenda de la palabra símbolo

Comencemos por acercarnos al símbolo con sus fronteras y capacidades de movimiento, que los símbolos no están tan fijos.

 

El origen de la palabra está en “simbolón” cuando los griegos indicaban una parte, un segmento, algo separado; entonces a partir de esa separación se recuerda el elemento completo. La leyenda señala que para garantizar un compromiso importante se dividía en dos una moneda o un sello para que en una próxima reunión al pedir el cumplimiento o garantizar el trato se presentaran las mitades. Entonces la media moneda o el medio sello en su figura establecían una comprobación para restablecer lo que estuvo por completo unido, como los corazones enamorados. La reunión de medias medallas o monedas resultaba en una curiosa prueba de verdad. Parece claro que “media moneda” nada vale, es un objeto atrofiado que deja de moverse, lo mismo sucede con el símbolo sin su referencia.

Otra vertiente de esa misma leyenda apuntaba que, cuando dos amigos se estimaban entrañablemente, procedían a partir una moneda en mitades, y cada uno se quedaba con una. Estas partes demostraban el mutuo aprecio entre amigos y hasta se heredaba a los hijos para que ellos honraran ese afecto. Media moneda representaba lo mismo que un corazón partido como una afinidad irrenunciable, así entonces con la parte separada señalaban al conjunto.

 

Definición de símbolo

La explicación directa es que un símbolo es el objeto o parte que representa a otro, tal como un círculo alargado representa al cero y como una manzana anuncia a la tentación. Esta capacidad de representación resulta clave para el pensamiento y el lenguaje. El pensamiento es sobre un contenido o un pensar sobre algo. En el lenguaje cada palabra es un significante que remite a un significado. La semiótica es la ciencia especial que estudia los símbolos y los sistemas de comunicación, aunque es válido afirmar que ya estaba incluida desde los orígenes de la filosofía.[1]

 

Del símbolo nadie escapa

Las palabras, las letras y los números también resultan ser símbolos. Conforme el lenguaje humano y el científico-matemáticos están formados de ellos, entonces resulta imposible escapar a la red de los símbolos. Pensamos y calculamos por tales medios, así que más vale que aprendamos su íntima naturaleza y nos “eduquemos simbólicamente”, sin embargo, la mayor parte de la educación formal transcurre de espaldas al tesoro que representa el simbolismo, por más que sus elementos aparezcan en aprendizajes de Gramática, Matemáticas, etc.

 

Distinguirlo del signo

Para distinguir mejor un concepto hay que colocar sus fronteras inferior y superior.[2] El símbolo se distingue del signo por su grado de complejidad. El signo reprime las interpretaciones variadas en un contexto dado, así tenemos los prosaicos signos de tránsito, donde el semáforo en verde significa inequívocamente que el vehículo puede avanzar en un cruce. El círculo verde puede significar una infinidad de cuestiones, como referirse a un jardín o una cesta con lechugas, pero la reducción a solamente verde del semáforo lo hace que sea un signo. El signo es un símbolo simplificado, para una finalidad convencional bien definida.

 

 

El símbolo en sí es complejo

El símbolo es complejo, pero esto no implica que sea imposible de comprender. El símbolo es complejo porque el mundo lo es y, para colmo, la mente humana también tiene una operación compleja. A este nivel, afirmo que existe una dificultad para comprender, que requiere de un esfuerzo para desentrañar el sentido de los símbolos. Andamos por un camino fructífero, porque la mente está predispuesta a interpretar en un sentido simbólico lo que ve y escucha, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por motivos culturales y religiosos estamos habituados a interpretar el cruce de la línea vertical con la horizontal como una cruz, y esto nos trae una enorme cantidad de evocaciones, sobre la espiritualidad, la trascendencia de la divinidad, un culto religioso, etc. Así, como ese cruce de direcciones lo comprendemos simbólicamente, casi cualquier elemento con el poder para interpretar o ser interpretado nos conduce hacia el simbolismo.

 

El más primitivo

Por la línea del tiempo, te pregunto ¿desde cuándo vienen? ¿son un invento novedoso? ¿nacieron con el hombre mismo? Imagino al humano apenas dejando la condición del antropoide y si ya tiene una especie de pensamiento, supongo que interpreta sus sentidos como refiriéndose. Imaginemos que el más primitivo cazador miraba huellas y entendía que por ahí pasaron las manadas que lo alimentaban. La pisada del animal es menos que un símbolo, cuando es la cosa designada como un rastro. Imaginemos que, sin hablar, un cazador quiere indicar que por ahí caminaron bestias y no hay huella a la vista, entonces con su dedo simula una pisada de animal. Esa evocación ya es propia de un símbolo.

Quedan testimonios en las cuevas que llamamos pinturas rupestres, ahí están unos trazos sobre la pared, unas manchas oscuras o pardas, que nos representan animales y cazadores. En efecto, esos dibujos ya integran una narrativa, unas anécdotas inciertas, donde la pared y la pintura se han convertido en una especial lengua de símbolos. Vemos un torso, cuatro patas, una cola y unos cuernos: bastan unos pocos rasgos para descubrir la imagen de animales cuando son cazados. No hay tales animales, ellos murieron hace miles de años, y quedan esos dibujos, que nos indican a quiénes con unos pocos trazos los retrataron. Con las pinturas de las cuevas confirmamos que los primitivos dejaron el testimonio de su actividad simbólica.

 

El esfuerzo propio en la educación

El niño recibe la primera educación de manera pasiva con las palabras como si fueran leche materna, bebiendo cada idea que acompaña al sonido sin cuestionar nada. Para el infante todo lo que mira es admirable y todo lo escuchado es digno de creerse, pero el adulto no se debería permitir ese lujo, y digo que es un lujo, porque a la larga, el exceso de credulidad sale costoso. Busco distinguir entre la verdadera educación, donde se forja un pensamiento y un carácter activamente, respecto de las enseñanzas pasivas, que hemos vivido durante los años dorados en la escuela. En una escuela el buen alumno es el que calla y permanece sentado durante el tiempo reglamentario, que después de meses contesta preguntas en las que él repite los preceptos del maestro. Para un nivel básico esa educación es útil, pero para un nivel superior resulta problemático, porque la repetición de los pensamientos de otros es asunto de autómatas, no de seres libres y pensantes. En la educación del adulto, entran en juego la contradicción y la duda junto con la divergencia de opiniones. La opinión que hoy posees puede ser científica, pero resulta inútil que la repita mi vecino cuando él no ha pasado por un aprendizaje, lo más probable es que solamente copie por imitación y no entienda el fundamento científico. En el sentido anterior se aspira a una educación activa y con fundamentos de ciencia, pero requiere emplear símbolos desde sus primeros grados.

 

La educación simbólica y filosófica con la duda

La educación a la que aspiran los adultos conscientes no es una para repetir como niños o hasta como loros, sin embargo, ya hay malas acostumbres esparcidas. La mala costumbre y la ignorancia son como un iceberg a la deriva, un macizo de hielo justo frente a nosotros. La inercia simple no facilita esquivar tal iceberg, pues la inercia es como quedar sonámbulo. Pensar por sí mismo, rompiendo la inercia de las creencias superficiales y removiendo la ignorancia requiere de esfuerzos conscientes. Romper una inercia es menos doloroso que estrellarse contra el iceberg del fracaso.   

 

La primera medida para superar a la ignorancia es empezar por la duda. La duda filosófica (con método y ciencia) está orientada para remover las falsas apariencias y los prejuicios. Partir de la duda para avanzar por el esclarecimiento es un camino que nos conduce hasta la verdad.

 

Sin embargo, muchos prefieren la mala costumbre de seguir las opiniones de otros, agravado porque ahora son pequeños videos anónimos o de personajes simpáticos sin mínima educación (influencers). Cada persona tiene su propia mala costumbre de repetir sin analizar las ideas de otros, ahora envueltas en videos de pequeñas imágenes de escándalo o de glamour. Requiere de un esfuerzo digno de elogio el formar la propia opinión analizando cada argumento en detalle: muchos prefieren ser partidarios fáciles de posturas, partidos o doctrinas antes que analizar los argumentos.

 

Quedas invitado para seguir el camino difícil, pero el más exitoso. Sigue el camino de empezar dudando, para seguir investigando hasta llegar a las convicciones propias e individuales, que estén tan bien fundamentadas como las piedras sobre las que se levantaron las antiguas catedrales hoy nos siguen causando admiración.

NOTAS:

[1] Planteamiento de Umberto Eco.

[2] El límite superior del signo ¿cuál es? Cabe señalar, un tanto hegeliamente, que en sentido intelectual es el “concepto”, el tomar en conjunto la apariencia con la esencia, etc. y que en sentido material es el “sistema”.  

sábado, 17 de octubre de 2026

DE CUAUTLA TROPICAL AL CONGELADOR DE POPO PARK

 

 

                Por Carlos Valdés Martín 

“Donde haya una alberca asoleada, los niños estarán felices”, decía mi padre, Carlos. “Donde haya bugambilias, nos quedamos contentos”, afirmaba mi madre, Ruth.

Él se ponía tan nervioso ante un volante que renunció para siempre a manejar. Sucedía lo contrario con mi madre, Ruth, que disfrutaba el conducir un automóvil. La indemnización de su último trabajo fue un auto importado.

¿Qué hacer? Para ella el premio completo era un viaje corto al paraíso turístico del Valle de Cuernavaca; así, con toda la familia salir el viernes en la tarde y quedarse el fin de semana en algún hotel. La situación económica en las nuevas clases medias mejoraba, por lo mismo, cada fin de año, viajaban tantas familias que se saturaba la hotelería.  

Como sea, era una temporada invernal y de vacaciones escolares. El vehículo era cómodo, un Volvo 120 (quizá un modelo 1961, bien conservado), que se deslizaba en la carretera. El destino final era la paradisíaca ciudad de Cuautla.

Los hoteles grandes ya tenían una línea telefónica y la costumbre era “reservar” una habitación llamando antes del fin de semana. El lugar elegido era el Hotel Vasco (famoso por haber servido de escenario para películas en blanco y negro).

 

Los dos primos llegaron tarde a nuestro hogar en la Ciudad de México (entonces el Distrito Federal). Fue un atraso de 3 horas por un contratiempo que he olvidado. En total sumamos cinco para ese viaje.

Preparados para un clima cálido, el maletero del automóvil guardó chanclas y trajes de baño para la alberca, toallas y bronceador para las pieles delicadas, y gorras para el sol quemante.

Desde el principio del viaje, mientras daba una bocanada a su cigarro marca Del Prado, transmitió su nerviosismo advirtiendo a los niños que no deberíamos platicar para no distraer a la conductora. A cambio, sintonizó la radio AM en un partido de fútbol, con lo que los niños deberíamos permanecer entretenidos.

En la bajada, una ligera bruma, como la cola de una nube, se aproximó hacia la carretera y  se detuvo para estorbar la vista. La bajada dejó ver hacia el costado derecho la vista del Valle de Cuernavaca, hacia donde nos acercábamos.

Los adultos platicaron sobre cómo se toman de manera correcta ese tipo de curvas. La curva más pronunciada, que se llama La Pera, con nombre propio, provocó un nerviosismo colectivo. El vehículo bajó mucho la marcha. Hoy sé que se llama fuerza centrífuga y, cuando terminó, la voz más ronca suspiró ruidosamente.

Cuando llegamos al Hotel Vasco de Cuautla pardeaba el atardecer.

Con una sonrisa cínica, la empleada advirtió que se habían terminado las habitaciones. Por más que Carlos discutía, la encargada insistía que en que por la temporada decembrina el cupo se agotó.

Ese hotel tenía un restaurante y un amigo de mis padres llamado Armando había quedado en coincidir en ese mismo hotel. Mientras comimos, el señor Armando salió a buscar otro hotel dentro de la pequeña ciudad.

Regresó con malas noticias. No había ningún cuarto disponible dentro de la ciudad, pero dijo que había confirmado en unas cabañas afuera de la ciudad como a unos 20 minutos en carretera.

Mi madre tomó el volante y el cielo quedó por completo oscuro. Siguió al vehículo de Armando, de color hueso que ayudaba a distinguirlo en la penumbra. La carretera era distinta: de un solo carril de ida y otro en contraflujo, con más curvas. Mientras el ambiente enfriaba, también aumentaban las nubes y la carretera marcó su pendiente hacia arriba. Después de media hora, el vehículo de Armando se detuvo y explicó que se había pasado de largo debido a la oscuridad.

Dimos media vuelta en sentido opuesto y avanzamos despacio. El doctor Armando bocinó y gritó por la ventanilla que lo esperáramos. Salió de la carretera y se perdieron sus luces en una curva.

Transcurrieron unos minutos en silencio y el ambiente se sintió más frío.

Reapareció la luz del automóvil del doctor.

—¡Síganme!

Aquella terracería no tenía indicaciones. Tras pocas curvas llegamos a otro terregal y apareció la silueta de una cabaña. Armando dijo que su cabaña estaba un poco adelante, que ya había localizado al encargado.

Salió de la niebla un empleado cubierto por una cobija gruesa y un sombrero de paja. Con llave en mano escoltó a mi padre hasta la puerta de la cabaña, la abrió y prendió la luz eléctrica. Pidió en efectivo el pago de la noche.

Fuera del carro el aire que soplaba venía desde la montaña Popocatépetl. Todos entramos a la cabaña en tropel.

—¡Vaya que está frío!

No trajimos cobijas para cama.

—Mamá, tengo hambre, pero me conformo con las golosinas.

Con permiso los chicos nos acabábamos las frituras.

—Hay chimenea, pero no veo la leña —se lamentó mi padre y salió de la cabaña y le estuvo gritando al encargado, que no respondió.

Había una cobija delgada por cada cama. El frío siguió arreciando y los vidrios se comenzaron a escarchar por las orillas.

Los niños también nos quejamos del frío.

—Para dormir, pueden dormir con la ropa puesta y, además, intenten taparse con estas toallas. Concluyó mi madre.

Después de varias quejas por el frío, al final, mis padres decidieron que yo dormiría mejor en su cama. Envuelto en una toalla grande me ganó el sueño.

Me despertó un sol intenso que se colaba por una cortina delgada.

Cuando amaneció mi padre salió a dar la vuelta y encontró leña atrás de la cabaña para quemar en la chimenea. Se alcanzaba a ver humo en la chimenea de la cabaña que ocupó Armando.

Mi madre nos apuró para que fuéramos a desayunar a Cuautla.

—Un día sin bañarse no hace daño.

Volvimos al restaurante del Hotel Vasco, donde seguía sin haber habitaciones disponibles, pero el desayuno en su restaurante era muy sabroso. Los niños pedimos ir al balneario, pero Carlos se impuso argumentando que se sentía mal por esa noche de frío.

No hubo balneario ni juegos en la alberca. El cuchicheo con mis primos era por la decepción de no quedarnos en el balneario.

Mi madre condujo hasta la casa y, todavía demostró un aguante de maratonista, cuando en la noche nos llevó a los niños al cine. Era una película titulada “La batalla de los pasteles”, protagonizada por Viruta y Capulina. 

 

NOTAS:  La imagen es una composición con IA, integrada con rostros reales de Ruth Martín Sosa y Carlos Valdés Vázquez, y un modelo Volvo de la época, en ambiente aproximado a Cuautla, Estado de Morelos.  

domingo, 4 de octubre de 2026

ZERMEÑO: MÉXICO 1968 EL MEJOR LIBRO

 

 

Por Carlos Valdés Martín

El mejor libro sobre el movimiento estudiantil es el de Sergio Zermeño, titulado México: una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68. Su único error importante es un título que distrae un poco, cuando es un estudio muy objetivo sobre lo que fue ese movimiento y no tanto sobre las aspiraciones del movimiento o de los voceros. Uno de los motivos de su calidad es que se trata de una tesis de doctorado, un trabajo académico de largo aliento, dirigida por el notable sociólogo Alain Touraine en la Sorbona. El autor lo vivió como parte de los activistas involucrados de lleno en ese movimiento y, con sobriedad académica, destila amor combinado con objetividad.

Cuando se compara el texto de Zermeño con el más leído de todos, el de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, la ventaja es evidente. El libro de Elena es una recopilación modesta de recortes de periódicos, revistas y testimonios textuales, y cometió una gran torpeza al copiar el texto del dirigente reprimido Luis González de Alba sin citarlo. Un error evidente de la talentosa escritora que el agraviado, siendo perseguido político de primer nivel, jamás perdonó.

El libro de Zermeño es un análisis objetivo de quiénes eran los estudiantes movilizados como grupo social y activo, frente al Estado mexicano, donde se retoman con lujo de detalle y rigor de investigación los acontecimientos. El enfoque de rigor fue empujado por la labor académica de investigación y el contexto implícito del paralelismo ante el 68 francés, que estudió su asesor Touraine.

El libro describe con perfección los acontecimientos como la pelea de la Ciudadela, las provocaciones de julio y el contexto olímpico para contrastarlos con el ambiente político y social de México. Los acontecimientos comenzaron con pleitos irrelevantes y en unas semanas se convirtieron en un movimiento de masas resistente y retador ante el esquema de represión preparado desde el Estado: golpizas de granaderos y encarcelamiento de un puñado de dirigentes. Pronto el movimiento escapó de lo previsible. En torno, el Estado robusto y organizado, que heredaba 40 años de estructuración manifiesta en el priismo y la ideología de la Revolución, se mostraba incapaz de comprender la dinámica desatada y ofrecía respuestas cada vez más torpes.

El movimiento planteaba unas cuantas demandas elementales, resumidas en el pliego petitorio, tales como libertad de presos políticos, derogación del delito de disolución social, destitución de jefes policiacos, indemnización a las víctimas y deslinde de responsabilidades. Para el régimen se volvió un callejón ideológico y terminó provocando su deslegitimación a largo plazo, que se consolida tras la masacre de Tlatelolco.

La velocidad de extensión y la fuerza inmediata de respuesta del movimiento estudiantil requirió el estudio en detalle de Zermeño, para explicar lo que parecía un rayo en un día sin nubes.

Si te interesa el movimiento de 1968 y tienes paciencia para leer, te recomiendo esa lectura.