
Por Carlos Valdés Martín
La masonería recibe el rótulo de que es una “educación simbólica” por ello lo primero que debería poseer son definiciones muy claras y distintas de estos dos términos. Surgen dos problemas para una definición simple: la educación es un flujo, pues cambia lo que toca, lo cual dejamos para otro momento. El símbolo se refiere hacia la “parte” que señala en otra dirección, de preferencia hacia lo más hondo o lo más alto.
Etimología y leyenda de la palabra símbolo
Comencemos por acercarnos al símbolo con sus fronteras y capacidades de movimiento, que los símbolos no están tan fijos.
El origen de la palabra está en “simbolón” cuando los griegos indicaban una parte, un segmento, algo separado; entonces a partir de esa separación se recuerda el elemento completo. La leyenda señala que para garantizar un compromiso importante se dividía en dos una moneda o un sello para que en una próxima reunión al pedir el cumplimiento o garantizar el trato se presentaran las mitades. Entonces la media moneda o el medio sello en su figura establecían una comprobación para restablecer lo que estuvo por completo unido, como los corazones enamorados. La reunión de medias medallas o monedas resultaba en una curiosa prueba de verdad. Parece claro que “media moneda” nada vale, es un objeto atrofiado que deja de moverse, lo mismo sucede con el símbolo sin su referencia.
Otra vertiente de esa misma leyenda apuntaba que, cuando dos amigos se estimaban entrañablemente, procedían a partir una moneda en mitades, y cada uno se quedaba con una. Estas partes demostraban el mutuo aprecio entre amigos y hasta se heredaba a los hijos para que ellos honraran ese afecto. Media moneda representaba lo mismo que un corazón partido como una afinidad irrenunciable, así entonces con la parte separada señalaban al conjunto.
Definición de símbolo
La explicación directa es que un símbolo es el objeto o parte que representa a otro, tal como un círculo alargado representa al cero y como una manzana anuncia a la tentación. Esta capacidad de representación resulta clave para el pensamiento y el lenguaje. El pensamiento es sobre un contenido o un pensar sobre algo. En el lenguaje cada palabra es un significante que remite a un significado. La semiótica es la ciencia especial que estudia los símbolos y los sistemas de comunicación, aunque es válido afirmar que ya estaba incluida desde los orígenes de la filosofía.[1]
Del símbolo nadie escapa
Las palabras, las letras y los números también resultan ser símbolos. Conforme el lenguaje humano y el científico-matemáticos están formados de ellos, entonces resulta imposible escapar a la red de los símbolos. Pensamos y calculamos por tales medios, así que más vale que aprendamos su íntima naturaleza y nos “eduquemos simbólicamente”, sin embargo, la mayor parte de la educación formal transcurre de espaldas al tesoro que representa el simbolismo, por más que sus elementos aparezcan en aprendizajes de Gramática, Matemáticas, etc.
Distinguirlo del signo
Para distinguir mejor un concepto hay que colocar sus fronteras inferior y superior.[2] El símbolo se distingue del signo por su grado de complejidad. El signo reprime las interpretaciones variadas en un contexto dado, así tenemos los prosaicos signos de tránsito, donde el semáforo en verde significa inequívocamente que el vehículo puede avanzar en un cruce. El círculo verde puede significar una infinidad de cuestiones, como referirse a un jardín o una cesta con lechugas, pero la reducción a solamente verde del semáforo lo hace que sea un signo. El signo es un símbolo simplificado, para una finalidad convencional bien definida.
El símbolo en sí es complejo
El símbolo es complejo, pero esto no implica que sea imposible de comprender. El símbolo es complejo porque el mundo lo es y, para colmo, la mente humana también tiene una operación compleja. A este nivel, afirmo que existe una dificultad para comprender, que requiere de un esfuerzo para desentrañar el sentido de los símbolos. Andamos por un camino fructífero, porque la mente está predispuesta a interpretar en un sentido simbólico lo que ve y escucha, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por motivos culturales y religiosos estamos habituados a interpretar el cruce de la línea vertical con la horizontal como una cruz, y esto nos trae una enorme cantidad de evocaciones, sobre la espiritualidad, la trascendencia de la divinidad, un culto religioso, etc. Así, como ese cruce de direcciones lo comprendemos simbólicamente, casi cualquier elemento con el poder para interpretar o ser interpretado nos conduce hacia el simbolismo.
El más primitivo
Por la línea del tiempo, te pregunto ¿desde cuándo vienen? ¿son un invento novedoso? ¿nacieron con el hombre mismo? Imagino al humano apenas dejando la condición del antropoide y si ya tiene una especie de pensamiento, supongo que interpreta sus sentidos como refiriéndose. Imaginemos que el más primitivo cazador miraba huellas y entendía que por ahí pasaron las manadas que lo alimentaban. La pisada del animal es menos que un símbolo, cuando es la cosa designada como un rastro. Imaginemos que, sin hablar, un cazador quiere indicar que por ahí caminaron bestias y no hay huella a la vista, entonces con su dedo simula una pisada de animal. Esa evocación ya es propia de un símbolo.
Quedan testimonios en las cuevas que llamamos pinturas rupestres, ahí están unos trazos sobre la pared, unas manchas oscuras o pardas, que nos representan animales y cazadores. En efecto, esos dibujos ya integran una narrativa, unas anécdotas inciertas, donde la pared y la pintura se han convertido en una especial lengua de símbolos. Vemos un torso, cuatro patas, una cola y unos cuernos: bastan unos pocos rasgos para descubrir la imagen de animales cuando son cazados. No hay tales animales, ellos murieron hace miles de años, y quedan esos dibujos, que nos indican a quiénes con unos pocos trazos los retrataron. Con las pinturas de las cuevas confirmamos que los primitivos dejaron el testimonio de su actividad simbólica.
El esfuerzo propio en la educación
El niño recibe la primera educación de manera pasiva con las palabras como si fueran leche materna, bebiendo cada idea que acompaña al sonido sin cuestionar nada. Para el infante todo lo que mira es admirable y todo lo escuchado es digno de creerse, pero el adulto no se debería permitir ese lujo, y digo que es un lujo, porque a la larga, el exceso de credulidad sale costoso. Busco distinguir entre la verdadera educación, donde se forja un pensamiento y un carácter activamente, respecto de las enseñanzas pasivas, que hemos vivido durante los años dorados en la escuela. En una escuela el buen alumno es el que calla y permanece sentado durante el tiempo reglamentario, que después de meses contesta preguntas en las que él repite los preceptos del maestro. Para un nivel básico esa educación es útil, pero para un nivel superior resulta problemático, porque la repetición de los pensamientos de otros es asunto de autómatas, no de seres libres y pensantes. En la educación del adulto, entran en juego la contradicción y la duda junto con la divergencia de opiniones. La opinión que hoy posees puede ser científica, pero resulta inútil que la repita mi vecino cuando él no ha pasado por un aprendizaje, lo más probable es que solamente copie por imitación y no entienda el fundamento científico. En el sentido anterior se aspira a una educación activa y con fundamentos de ciencia, pero requiere emplear símbolos desde sus primeros grados.
La educación simbólica y filosófica con la duda
La educación a la que aspiran los adultos conscientes no es una para repetir como niños o hasta como loros, sin embargo, ya hay malas acostumbres esparcidas. La mala costumbre y la ignorancia son como un iceberg a la deriva, un macizo de hielo justo frente a nosotros. La inercia simple no facilita esquivar tal iceberg, pues la inercia es como quedar sonámbulo. Pensar por sí mismo, rompiendo la inercia de las creencias superficiales y removiendo la ignorancia requiere de esfuerzos conscientes. Romper una inercia es menos doloroso que estrellarse contra el iceberg del fracaso.
La primera medida para superar a la ignorancia es empezar por la duda. La duda filosófica (con método y ciencia) está orientada para remover las falsas apariencias y los prejuicios. Partir de la duda para avanzar por el esclarecimiento es un camino que nos conduce hasta la verdad.
Sin embargo, muchos prefieren la mala costumbre de seguir las opiniones de otros, agravado porque ahora son pequeños videos anónimos o de personajes simpáticos sin mínima educación (influencers). Cada persona tiene su propia mala costumbre de repetir sin analizar las ideas de otros, ahora envueltas en videos de pequeñas imágenes de escándalo o de glamour. Requiere de un esfuerzo digno de elogio el formar la propia opinión analizando cada argumento en detalle: muchos prefieren ser partidarios fáciles de posturas, partidos o doctrinas antes que analizar los argumentos.
Quedas invitado para seguir el camino difícil, pero el más exitoso. Sigue el camino de empezar dudando, para seguir investigando hasta llegar a las convicciones propias e individuales, que estén tan bien fundamentadas como las piedras sobre las que se levantaron las antiguas catedrales hoy nos siguen causando admiración.

