
Por Carlos Valdés Martín
No es la de la
lucha de clases: simplificación cómica
Ningún libro serio
de historia utiliza a las clases antagónicas como el único sujeto colectivo,
aunque Marx lo indica en su Manifiesto comunista y muchos marxistas
pretenden que únicamente las clases principales son los sujetos de la historia.
Sin embargo, todavía no conozco ningún libro de historia que desaparezca a los
pueblos, naciones, Estados, ciudades, campos, geografías, profesiones, etc.
para operar exclusivamente con clases sociales. A la hora de hacer estudios, la
simplificación alrededor de dos clases antagónicas fracasa
sistemáticamente y lo más trágico, es que en la construcción del
socialismo-comunismo, el fracaso es aún más estruendoso cuando el Estado se
convierte en el protagonista único de la sociedad y el proletariado se
convierte en pueblo sometido (súbdito), que nunca se apropia de los medios de
producción, sino que el Estado soviético se apropia de todo: economía, poder,
comunicación, pensamiento, etc.
Como la
investigación seria pretende integrar todos los datos e integrar todas las
dimensiones, en cambio, el esfuerzo marxista minimiza y descarta la importancia
de las dimensiones estructurantes de las clases como las profesiones y las
técnicas, sin las cuales, cualquier clase socioeconómica es una caricatura. El
intento de radicalización de esta operación queda claro desde La ideología
alemana, cuando Marx y Engels procuran desaparecer la significación del
pensamiento, para intentar remitirlo todo de todo a la producción. Hay una
parte muy cierta en ese argumento, pues la producción es una clave siempre
presente en la vida; pero en ese mismo punto emerge una falla evidente, al
negar que las ideas funcionen, afirmando que el pensamiento carece de historia.
En realidad, Marx está haciendo un acto trascendente del pensamiento al
fundar una doctrina para conmocionar a su sociedad. El pensamiento pesa de
manera crucial en las doctrinas políticas y religiosas que cimbran sociedades y
son utilizadas en la configuración de los Estados. El Manifiesto comunista
exige convertir una doctrina en partidarismo, aunque es el talento práctico de
Lenin que define la estructura partidaria que lo lleva a cabo, con
resultados inesperados y desastrosos.
Los historiadores
serios, por ejemplo, Braudel revelan la continuidad de otros aspectos, por lo
que la desagregación se perpetúa en las geografías, en el Mediterráneo. El mismo
Lenin convierte a las clases en un concepto de Estados y guerras en su célebre El
imperialismo fase superior del capitalismo, donde lo importante es su
fusión de las clases con los estados imperiales.
Importan infinitamente
más las “profesiones” que las clases
Marx insiste en
que la dimensión esencial está en las clases, cuando lo que hay es otro nivel de la producción siempre más
importante donde se establece la realidad de la producción y que
llamamos oficio o profesión, referente a qué hace el productor en realidad.
La diferencia entre soldado y médico es tan radical que pareciera no requerir
de explicaciones, uno produce muerte (de preferencia únicamente la amenaza de
violencia) y el otro, salud (para prolongar la vida). El soldado y el médico
pueden estar en condiciones de asalariados bajo un capitalista para seguir haciendo
su misma actividad, o estar sujetos a un Estado recibiendo otro tipo de ingreso,
como un caballero medieval) y un médico acupunturista en la dinastía Ming. Para
la teoría de clases marxista lo único relevante es la relación del agente de la
producción respecto de los medios de producción, en un caso es proletario
(cuando está asalariado de un capitalista) y en otro es funcionario del Estado,
el caballero en una relación feudal y en China bajo un imperio, quizá, también
feudal (de otra variación indefinida).
Visto con detalle y verdad, el producir muerte y vida (o salud) son antagónicos
completos, pero para la pretensión marxista ortodoxa lo que importaría es el
contenido de clase, por eso Lenin hace del Estado posrevolucionario un aparato
policial-militar sin ninguna vergüenza y Stalin lo corona con el gulag masivo, encerrando
y matando a millones de proletarios que no son dóciles a su tiranía roja.
Marx no fue un
tonto, sino un genio, que se enredó en una ilusión. Sí importa la
producción, por eso lo más importante de todo, absoluta y completamente, es lo
que se hace en la producción de la vida material. Las ideas y las cosas
materiales están atadas sin posibilidad de divorcio. Por eso, sí importa que el
proletario del siglo XVI estaba sudando muchas horas ante un telar con un
mecanismo ingenioso, pero de baja productividad que alegraba los días de los
cortesanos. Me encanta que Marx soñaba con la redención de los proletarios, sin
embargo, desvió el enfoque, porque la redención del trabajador sí depende de
cómo se hace el trabajo y el tipo de trabajo que se hace. El gran error de El
capital es que subestima el valor de uso del producto y la tecnología la
convierte en una especie de simplificación y caricatura sobre los horrores de
la gran industria del siglo XIX, que fue una etapa transitoria, bajo el impulso
de la propia competencia y tecnología.
En el siglo XIX
el obrero industrial se profesionalizó y transitó por la etapa salvaje que
describe vívidamente El capital de Marx, pero fue cambiado por la acción
colectiva de muchos actores sociales y por el mismo desarrollo de la ciencia y
tecnología aplicada (las fuerzas productivas en los potentes términos de Marx).
El obrero hambriento y enfermo del inicio del siglo XIX fue transformándose. Y
ese es un cambio basado en el pensamiento. ¿Cómo es esta afirmación tan anti
Marx pero tan verdadera? El mercado permite y exige la aplicación del saber,
con lo cual facilita y fomenta una revolución continua en producción. Ya en
vida de Marx había surgido un proletariado con salarios crecientes, leyes
laborales protectoras y los comienzos de un sistema de seguridad social. En esta
trayectoria, importa más la profesión del proletario industrial, cada vez más
productivo y mejor pagado.
Desde la
revolución industrial a nuestros días el salario promedio del obrero industrial
se elevó unas 50 veces, para redondear en una cifra. El nivel de vida sacó al
proletario desde el infierno de los arrabales londinense (infectos y hediondos)
hasta lo que se ha llamado nivel de “clases medias o acomodadas”, aunque aquí “clase”
no sea sino un sector intermedio más que una clase productiva en el sentido de
Marx.
La profesión representa
infinitamente más que la “relación social”
Llega la peste en
un siglo lejano y la ciencia médica está tan atrasada que nadie tiene ni idea
de que hacer. Una orden del Estado es tajante, simplemente, hay que encerrar a
todos en la ciudad. Separar y cuidarse del contagio. No importa que sean
proletarios o capitalistas, la orden ante la muerte por peste es encerrarlos a
todos. El gobernante es el profesional del mando, el soldado profesional de
infundir miedo, el funcionario para cumplir órdenes. El médico produce salud,
pero ante una nueva epidemia resulta impotente por un tiempo. Las epidemias
revelan que no importan más la relación de proletario frente a propietario,
todos deben quedar encerrados y únicamente la profesión militar/policiaca
guarda el orden; la profesión estatal señala las órdenes y la profesión médica
busca restaurar la salud. En los siglos pretéritos la profesión médica estaba
en pañales y el encierro por la peste terminó hasta que murieron suficientes y
la enfermedad se acabó por sí misma. En la revolución industrial capitalista la
profesionalización de los médicos (con sus profesiones afines) avanzó gracias a
los otros científicos afines que lograron mirar a los microbios y comprenderlos
(biólogos, laboratoristas). La inteligencia audaz de John Snow comenzó a
comprenderse que en el agua se de Londres era el medio por el cual se
reproducía la epidemia. La creencia de la época creía que eran los malos olores
y partículas aéreas llamadas miasmas los que enfermaban. La investigación independiente
y la acción original de John Snow detectó que el problema estaba en una fuente
de agua y que al retirar el maneral se evitaban las muertes por cólera en el
lugar. Aunque la ideología y prejuicio de que los miasmas eran el problema no
permitió que se generalizaran las medias de la epidemiología, luego el nuevo
enfoque fue ganando terreno, hasta que nuevas investigaciones de médicos y
biólogos comprobaron que el enfoque era correcto ¿Para la resolución de esa
terrible epidemia importa más que eran proletarios o propietarios? Esa denominación
de “clases sociales” resulta por completo irrelevante durante la epidemia,
porque únicamente es un aspecto del complejo panorama humano.
Para la visión
del marxismo ordinario las muertes masivas por epidemias en Londres del siglo
XIX serían simple efecto de la miseria y la acumulación del capital. La
historia concreta muestra que un médico, John Snow, con una mente original
rompió el círculo de la enfermedad y muerte en Londres y desde ahí se fue
irradiando al mundo. La profesión sí importa, es la diferencia entre la vida
y la muerte.
El qué y el cómo
de la profesión sí importan desmedidamente
Así como elogiamos
a los médicos y toda persona enfocada a mantener la salud (enfermeras,
laboratoristas, etc.) debemos reconocer que el desconocimiento de la salud y la
biología comenzó siendo total. Es famosa la narrativa que los antiguos
hospitales para mujeres parturientas que se volvían un sitio peligrosísimo cuando
no existía la higiene y se reutilizaban los mismos instrumentales y ropas sin
esterilizar. La tasa de muerte de mujeres fue tremenda, y el pionero que clamó
por esterilizar los instrumentales y ropas en los hospitales para partos fue
rechazado y marginado por la comunidad médica de su tiempo. El médico
húngaro Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865) impuso la asepsia médica en un
hospital, pero fue rechazado y apartado por completo de ejercer su profesión. Para
el marxismo clásico, Semmelweis era un pequeñoburgués más entrampado en la
lucha de clases, lo cual es un argumento absurdo, que no aporta nada. En los hospitales
sucios, las parturientas morían entre 10 y 30%, una tasa de mortalidad superior
a una guerra. En esos años, todos los colegas médicos estaban equivocados
creyendo que la transmisión del mal era solamente por respirar malos aires, los
miasmas, y no aceptaban esterilizar su instrumental, y con el mismo, sin
esterilizar, volvían a atender a otra mujer después de cada parto. Los casos de
fiebres puerperales eran tan frecuentes, que los médicos no estaban preparados
para prevenirlos. La actividad médica mal realizada provocaba lo contrario de
lo buscado por los médicos en esos hospitales al inicio del siglo XIX. Hacer la
actividad bien sí importa.
La profesión médica bien realizada generará salud y
bienestar, evitando la muerte en lo posible. Sin embargo, en el espectro
contrario, la profesión militar bien realizada provocará mayor efecto letal.
Claro que después de la guerra se llega a una paz (Clausewitz) y, a su vez, la
guerra está instrumentada por la política y los intereses económicos. El éxito
militar de los hoplitas macedonios cambia la faz del encuentro de Occidente y
Oriente; el éxito militar de los legionarios romanos, impone una Pax romana, y
funciona hasta que la disgregación del imperio; etc.
El rumbo de los
pueblos, civilizaciones y la humanidad entera está marcado por la configuración
de las profesiones. Los agricultores marcan la revolución agrícola, el paso del
nomadismo al sedentarismo, cuestión que se mantiene después con el surgimiento
de las ciudades. Las ciudades dependen de los constructores y que las
edificaciones sean las correctas, incluso las conexiones, como las calzadas
romanas que ligaron al Imperio. El encuentro de técnicas específicas de
construcción permite que se levanten techos de piedra mediante el arco y el
cemento de los romanos es toda una revolución en sus técnicas constructivas,
permitiendo monumentos que resisten el paso de miles de años. El tamaño de las
piedras utilizadas por los egipcios y los incas sigue intrigando sobre cómo fue
posible ese portento. La perfección en cómo se hacen las obras sí importa, pues
define el horizonte de posibilidades. Durante siglos las murallas fuertes
alrededor de las ciudades era un ingenio indispensable ante los ataques
militares y llegaban a ser imbatibles durante siglos, hasta que mejoró la
artillería.
Con lo anterior, señalo
que la producción material se entiende mejor cuando concretamos el nivel más allá
de salarios y propiedades, para comprender las profesiones. Y que para entender
las profesiones (entendiendo esto desde el oficio más sencillo imaginable) hay
que adentrarse en la calidad de lo que hacen: murallas o cañones, salud o
muerte, arte o fanatismos, poder estatal o sembradíos, etc.
La lucha de
clases es un dulce envenenado
¿Cómo empieza la
carrera política de Marx con una brillante proclama recordada hasta el
presente? Cualquiera responderá con razón que es en el Manifiesto comunista.
Al comenzar el Manifiesto comunista con el tema de las clases, queda
revelada la genialidad política del fundador del comunismo y, menos sabido, la falla
filosófica. La proclama
comunista funde y confunde una categoría laxa (socioeconómica), fruto de
la ideología cotidiana (que las clases sociales no son invento de un teórico en
especial), con una perspectiva trascendente de la política. En esto más que una
idea brillante con falla, hay un dulce envenenado. Esa línea se volvió guía
de la acción del partidarismo en Lenin y la historia de la humanidad
cambió durante el siglo XX.
¿Siempre es una
idea envenenada la lucha de clases marxista? Todo depende de la dosis y de su
interpretación. Un error teórico no siempre lleva al fracaso. Colón no sabía
hacia donde se dirigía y tuvo un éxito colosal. Los primeros marxistas
aplicaron su propia mezcla y tuvieron resultados interesantes en la arena
política en sus países, agrupados alrededor de la figura de Engels y la
Segunda Internacional. Hasta antes de Lenin, los herederos del marxismo
predominaron como un abanico de políticos moderados, con sueños radicales,
pero una práctica totalmente adaptada y de resultados prácticos democráticos,
siendo llamados social-demócratas, porque unían un ensueño de socialismo
comunista con una vocación democrática eficiente. El éxito de la
socialdemocracia europea fue enorme y su obra constructiva continúa hasta el
presente, aunque no resulte una etapa conocida en la actualidad.
Reduciendo
como Frankenstein
¿Qué siguió
después? Surgió la figura de Lenin que cambió la estrategia política
socialdemócrata en un 100%, bajo la intención de seguir la ortodoxia de
Marx, que luego se mostró como una alteración monstruosa o la falla
sistémica colosal. La lucha de clases es el concepto de una semilla
envenenada, que no mostró su veneno hasta después de la
Revolución Rusa. No es durante la conmoción, sino después de Lenin que se hacen
evidentes todas las consecuencias de ese veneno: la teoría de clases reduce
a las personas a marionetas desechables, bajo un rótulo socioeconómico. Los
más destacados líderes bolcheviques se dieron cuenta de las consecuencias
demasiado tarde, cuando ya estaban en una lista de personas desechables.
¿De verdad Lenin
sigue a Marx? La historia real se parece a la ficción del Doctor Frankenstein,
que en lugar de rehacer un humano, inventa su propio monstruo. Con partes de
marxismo aquí y allá, Lenin la rehace como un sistema de poder descarnado, que
muestra ser efectivo, pero el albergue para la perversidad del Estado
totalitario. Algunos han llamado a esta paso del Estado revolucionario al
Estado totalitario soviético como una degeneración burocrática y otros creen
que fue la consecuencia inevitable de la semilla plantada. Incluso Lenin, en
sus últimos días,
postrado y enfermo, expresó su honda preocupación por la deriva del Estado
soviético.
El
totalitarismo ataca al comunista con torturas
¿Qué sucedió en
realidad? Murió Lenin y entonces Stalin se quedó con el control absoluto del
Estado en la URSS. Que los mejores líderes comunistas eran desechables bajo
la dinámica perversa del monopolio del poder y la semilla envenenada de una
lucha de clases extremista. Se llamaron los Juicios de Moscú, cuando líderes
bolcheviques intachables, que condujeron la Revolución Rusa hasta sus últimas
consecuencias. Kamenev y Bujarin eran líderes intachables, sin ninguna falta
en su hoja de servicios a la revolución y su Estado. Estaban en las manos de la
policía política de Stalin, la Cheka (luego NKVD y después KGB). Esta policía
política soviética estaba al nivel criminal de la Gestapo alemana y quedó
caracterizada por secuestros, torturas, amenazas sin límites, asesinatos a
traición, fingir suicidios los incómodos, hasta a los familiares les aplicaba
secuestro, tortura y amenazas, etc. La función esencial de la policía política
siguió siendo la misma cuando cambió a su nombre más conocido de siglas KGB. La
función de la KGB fue infundir el terror y destruir a cualquiera que el
dirigente del país considerara su enemigo.
El “moderado”
Stalin persigue a los comunistas
Pocos saben que
Stalin se había posicionado como un aparente político moderado de la dirigencia
bolchevique, pero ocultaba su cara de tirano. Lenin, ya estando incapacitado,
se dio cuenta de esa cara de Stalin cuando reprimió a sus paisanos georgianos
con una dureza que revelaba criminalidad e inhumanidad. Cuando Stalin adquirió
el control del Estado soviético, lo hizo controlando al Partido Comunista. El
sistema de control dictatorial ya estaba integrado desde Lenin y siguió rodando
la misma maquinaria. Pronto Stalin se dio cuenta que no había ningún
obstáculo para la utilización del aparato del Estado, pues podía acusar de
ser enemigos de clase y traidores a la patria a quien le molestara en lo más
mínimo o le hiciera la más mínima sombra.
El sistema
totalitario se perfecciona persiguiendo a sus propios partidarios y
artífices. Los auténticos burgueses los hizo desaparecer la Revolución Rusa al
expropiar todas las fábricas, pero la dinámica totalitaria estaba abierta por
lo que se comenzó a atacar a todos los demás. Aquí la palabra “todos los demás”
es estricta y terrible. El Estado soviético levantó una maquinaria represiva
sin obstáculos que se dedicó a aplastar cualquier grupo que incomodara al
poder. El enemigo no eran los capitalistas sino todos, absolutamente todos,
incluyendo los proletarios más insignes y los comunistas más colaboradores,
pues siempre había algún pretexto para ejercitar el poder sin freno. Repito, para
Stalin el enemigo lo eran todos en potencia y ese criterio paranoico lo
aplicaba en la realidad, porque tenía todo el poder del Estado en sus manos y
sin ningún freno.
¿Comunistas
matando comunistas?
Por extraño que
parezca, aquí se altera el dicho de que “perro no come perro”. El dirigente
comunista triunfador, que controla al primer Estado que intenta el gran
experimento comunista, Stalin, se dedica a perseguir y destruir a los demás
comunistas que no adivinan lo que él dirige en ese momento. Es decir, Stalin
persigue y aterroriza a los bolcheviques que hicieron la Revolución Rusa. Y no
es la psicología de Stalin lo que explica su totalitarismo, sino la naturaleza
política del sistema que inauguró Lenin.
Hay una ironía
terrible que muestra Stalin:
a los comunistas bolcheviques son a quienes perseguirá con más
saña, para destruirlos hasta en su reputación, incluso borrarlos de las
fotos históricas, fingiendo que nunca existieron. El ejemplo extremo de ese
proceder del estalinismo son los llamados Juicios de Moscú.
Los viejos
bolcheviques eran el término para señalar a quienes sí hicieron la
Revolución de Octubre. Kamenev, Zinoviev y Bujarin eran viejos bolcheviques,
líderes intachables, sin ninguna falta en su hoja de servicios a la
revolución y su Estado. Sin embargo, estorbaban para el autoritarismo
sin límite de Stalin y había que eliminarlos de la manera más soez. Detenidos
sin previo juicio, bajo acusaciones descabelladas, los viejos
bolcheviques estaban obligados a confesar las calumnias de su acusador. Los viejos
bolcheviques, los revolucionarios intachables, fueron incomunicados, bajo
tortura psicológica y bajo la amenaza de que sus familiares serían eliminados
si no se declaraban culpables. Bastó la incomunicación y la tortura psíquica
para quebrar a los viejos bolcheviques.
El ataque contra
los viejos bolcheviques, quienes sí hicieron la Revolución Rusa, fue creciendo
y también asesinaron hasta sus familias. Por ejemplo, de Bujarin también
mataron a su esposa.
Volviendo a
las clases sociales
El error de Marx
era que eliminando a una clase capitalista se despierta una dialéctica
histórica de salto y esto lo intenta Lenin de manera práctica, poniendo todo el
poder en manos del Estado revolucionario, levantando un Leviatán reforzado con
la persecución a los burgueses y acaparando el poder económico. Hay un error
teórico político envenenado que desencadena una práctica totalitaria que le
sigue. Está justificado que una teoría busque intelectualmente las raíces, pero
que una práctica se radicalice es muy distinto; la teoría hace un ejercicio
mental y experimenta buscando una verdad, la práctica que rompe barreras,
depende de sí está sujeta a un marco ético, pues cuando se rompe la brújula
moral, comienza el desastre. Lenin intenta aplicar a Marx, mientras rompe su
brújula moral. El error
teórico de la
teoría de las clases sociales es la utilización de una imagen ideológica
cotidiana, sobre cómo agrupar a las personas. Que hay burgueses y proletarios (empresarios
y obreros) no lo inventó ningún teórico. Las clases sociales no formaban
ninguna teoría, pero Marx intentó convertirla en arquitectura conceptual
radical. Toda la prensa y literatura reflejan las realidades y dramas de
burgueses y obreros, es el ambiente social de la literatura desde el siglo
XVIII, que buscaba una explicación. Marx intenta dar una explicación
científica, que fácilmente cae en absurdos.
Por ejemplo, hijo
de empresario, Engels era un burgués práctico que seguía las reglas comerciales
del capitalismo. Ahora demos la interpretación comunista habitual, de que ahí
está todo el mal sin remedio. Entonces a Engels ¿habría que fusilarlo y
expropiarlo por el mero hecho de ser burgués? ¿Marx era el mantenido de Engels,
el capitalista práctico, y por eso era el ideólogo personal del un burgués? La
reducción de una calificación socioeconómica de inmediato conduce a paradojas y
absurdos. Y la lectura de Marx permite esas conclusiones con la mayor facilidad.
En este caso, el fallo es un dulce envenenado, pues con las clases sociales,
Marx intenta fundar una teoría extrema que hiciera manar agua de la roca, es
decir, una fantasía extrema. Por desgracia, la interpretación práctica
predominante de Marx ha sido la que condujo al Estado de terror que encabezó
Stalin, y luego produjo otras variantes con el mismo tipo de tragedias.
¿No existen
las clases sociales?
En el sentido
extremo de la teoría de Marx, simplemente no existen, porque él convierte la
condición socioeconómica en un destino fetichizado y cosificado. En la teoría
de Marx, al capitalista se
deshumaniza y
estigmatiza para facilitar su asesinato sin remordimientos, mientras al
proletario se le deshumaniza y
elogia sin límites, convirtiéndolo en un ángel en la tierra, para
facilitar su manipulación y sustituir su pago material por una dosis del dulce
envenenado. Como en vida de Marx no hubo ningún experimento para realizar su
teoría es fácil afirmar que jamás se dio cuenta de las consecuencias de su
teoría. Lo más probable es que Marx se hubiera horrorizado con los crímenes de
Stalin y, de estar al alcance, también hubiera sido fusilado tras la farsa de
los Juicios de Moscú.
Entonces, las
clases sociales existen en un sentido más laxo y más real que lo afirmado por
Marx. Las personas producen y tienen ingresos, lo que modifica su modo de
pensar. Pero nunca jamás el dirigir una fábrica o manejar una herramienta
bastan para definir la personalidad íntegra. Ahí está la falla radical de la teoría marxista: es
reduccionismo del ser humano (en su complejidad) a una sola
de las determinaciones materiales (su papel en el proceso de producción).
La conclusión es
que la clase social es una categoría lateral del análisis, pero que la sociedad
misma no se reduce a la dimensión capitalista. El otro gran problema, es que el
Estado acaparando toda la economía y todo el poder se convierte en un peligro
en sí mismo. Los marxistas de la Revolución Rusa fueron ciegos e inocentes ante lo que
estaban levantando y tenían la ilusión que la determinación de clase se
imponía, cuando no era eso real. El exiliado Trotsky mantuvo la ilusión de que
la “clase obrera” dormía bajo el poder del Estado soviético, que podría
soltarse de la burocracia de Stalin.
Coherencia de
Marx, plusvalía y tragedia de la historia
La falla es
universalizar las clases y está muy claro en la apertura del Manifiesto
comunista: la historia hasta nuestros días es la historia de la lucha de
clases. Dos afirmaciones ciertas que se convierten en una falacia, y así funciona
la lógica sofista. A Marx no se le debe acusar de ignorante, sino de un
error teórico más sofisticado.
Este error además
se integra en ajustes teóricos con errores en otros niveles como la fantasía de
la teoría del valor trabajo, la cual se ha intentado ajustar y comprobar sin
resultados.
Con la escritura de El capital
y la sustancia del valor trabajo, la teoría de las clases se vuelve una clave
compleja y el error de origen se potencia hasta niveles difíciles de descifrar.
Porque Marx hace varias tareas al mismo tiempo: intenta descifrar la economía
capitalista tal cual aparece en los datos; integrar la economía política
clásica y fundamentar su teoría histórico-política basada en las clases
sociales. El error evidente lo descubrió el profesor Escohotado, al señalar que
las clases sociales son un capítulo final únicamente con un esbozo mínimo,
donde se evidencia la posible difuminación y confusión entre la profesión
(médico, soldado) y las clases social. Aunque una crítica de fondo la tiene
clara Sartre.
Hay que repetir,
Marx para perfeccionar su afirmación de base que contiene una falacia sutil de
“la historia hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases, recurre
a una teorización monumental, que mete otros errores teóricos fundamentales, como
puse el ejemplo de la teoría del valor. El tema es que la teoría del valor le
resulta indispensable para fantasear
que todo lo que hacen los capitalistas es explotación, por tanto,
una injusticia sobre el proletariado. No importa que un capitalista se quite el
bocado de su propio plato para dárselo a un obrero abriendo, el raro caso de un
capitalista filántropo, que sí los hay. Al alterar la interpretación de la
realidad con la teoría de la plusvalía, Marx inventa que todo capitalista está
explotando a todo obrero, por el mero hecho de existir ambos en una relación.
La teoría de la plusvalía es una construcción
mental de tercer grado que resulta
un sofisma y por tanto una fantasía difícil de desmontar si antes
se ha creído en la teoría del valor-trabajo y que las clases sociales son la
realidad de fondo, y que todo ser humano está obligado a su destino de clase. Y
es una construcción mental basada en dos errores anteriores. Error de
reduccionismo teórico: reducir al humano a una máquina del sistema. Error
teórico puro: convertir la economía en sistema de valor trabajo fingiendo que
opera en la realidad, cuando nadie ha logrado medir el valor trabajo
mismo (tiempo necesario con un loop ilógico) ni lo hará porque no es un
concepto científico, sino un sofisma de un intento de hacer ciencia
social.
¿Qué hace el
dulce envenenado con el capitalista?
La teoría radical
de las clases sociales le exige a toda persona que se considere buena (o más o
menos bien intencionada) que no escuche más al capitalista y que lo desprecie como una clase
explotadora y parasitaria. Esta conclusión, la sacan los políticos marxistas de
inmediato. Se abre el proceso de deshumanización, que prepara la lucha política
consecuente. ¿En qué consecuencia? En seguir una “guerra de clases” sin
descanso hasta lograr la explotación de los burgueses. La cuestión grave es que
esto no fue un mero argumentario, sino que desde los bolcheviques se llevó a la
práctica, incluyendo la licencia
para matar.
Esto fue el pasar
de la discusión ideológica al combate práctico y se abrió la puerta a la
Revolución Rusa, como la primera tentativa extrema de llevar estas ideas al
plano práctico.
La licencia
para matar clases enteras y algo más
Quien mata a una
persona es un asesino, quien lo hace de manera masiva puede ser un militar o el
peor masacrador, inclusive, un genocida monstruoso. Rotas las barreras morales,
la carrera desbocada es difícil de detener. Una lectura completa encuentra con
facilidad qué cerca están Marx y Engels en el borde del precipicio moral. Hay
una frase famosa de Engels que mezcla ataque de clases y racismo: Las
clases y razas que son demasiado débiles para dominar las nuevas condiciones de
vida deben ceder el paso. Deben perecer en una tormenta revolucionaria mundial."
Aunque el racismo es otro asunto, lo que sí corresponde al marxismo por
completo es la visión de una lucha de clases sin cuartel, que rebasa las
barreras usuales de la moralidad. Lenin se tomó al pie de la letra la frase de
la “tormenta revolucionaria mundial” y procuró una guerra con armas para abatir
a la burguesía mundial. La violencia revolucionaria ya estaba justificada por
Marx y Engels, entonces Lenin sacó todas las consecuencias prácticas.
Después nos espantamos de la criminalidad nazi, pero no nos
detenemos a pensar qué tan criminal es la propuesta de eliminar a clases sociales en
estricto sentido, en primer lugar, a la burguesía y aristocracia en un
sentido físico y, por si fuera poco, extender esa aniquilación hacia la pequeña
burguesía, los campesinos, las “clases demasiado débiles” y las razas ligadas a lo anterior, que
también les parecen “demasiado débiles”.
La guerra civil que sucedió con la Revolución Rusa fue
mortífera, pero el domino pacífico del modelo comunista de Stalin terminó
siendo más mortífero. La cifra en millones de personas muertas en la URSS bajo
el yugo de las políticas comunistas es impresionante y supera a los daños de
las bombas atómicas. Únicamente el horror y destrucción completo de la Segunda
Guerra Mundial superó a la catástrofe de la construcción de socialismo
comunista en la URSS. Esa comparación extraña, hizo que la licencia para matar
de la versión radical de marxismo no fuera vista en su horror. Durante décadas
Occidente intentó una convivencia en el clima de una “Guerra Fría”, donde los
países más democráticos brindaban clima de tolerancia a los partidos
comunistas.
¿Desaparecieron las clases en la URSS y otros intentos
comunistas?
La respuesta directa es simplemente no sucedió. Las clases económico-sociales
no desaparecieron en la URSS, únicamente se modificaron mediante una dictadura.
En lugar de un sistema complejo marcado por la economía mercantil-capitalista, en
el sistema soviético pasó a estar todo regido por el Estado, donde su
élite forma la clase social privilegiada, aunque surge una paradoja. El
marxismo oficial en la URSS negaba las clases sociales privilegiadas, y
pretendía que el aparato de Estado era el garante del bienestar del pueblo, y
que sus líderes eran proletarios encumbrados para servir al pueblo. La
hipocresía quedó en el extremo, pues quienes explotaban (en el sentido que se
quiera dar al término) al proletariado, fingían que le servían a cambio
de no darle ninguna oportunidad de acción independiente, sin ninguna libertad.
La farsa se derrumbó cuando el proletariado soviético miró que era menos
próspero y con menos derecho que un proletario occidental explotado por
burgueses ordinarios. En la URSS toda la riqueza y los lujos se concentraban
en los altos funcionarios, pero todos deberían fingir que la estrella del
sistema eran los simples obreros.
Hay dudas entre los académicos sobre qué tipo de clase son los funcionarios comunistas
que monopolizan todo el poder y las empresas entre sus manos como grupo.
Algunos no quieren llamar a la nomenklatura una clase, como si eso debería
enfocarse solamente a lo que Marx comentó. Las clases sociales no fueron
inventadas por Marx, y en cada periodo a la división básica de las sociedades
se le llama clases sociales, sin ocuparse de su estructura al detalle. Es otra
ironía de la historia que intentando desaparecer las clases sociales, se las
sustituye bajo otra forma de opresión de clases (grupos), con la
diferencia que el opresor se centraliza en el Estado.
El segundo veneno: la propaganda sistemática
Lenin fue muy claro en la necesidad de la propaganda
sistemática para que su partido ganara la batalla de las ideas y se hiciera con
el poder, para después incrementar su presión para más propaganda desde el
aparato del Estado. La propaganda comunista busca generar una alteración
radical de la percepción de la realidad, para alinear a los individuos y los
grupos con los “intereses del partido comunista”. Este rasgo no es exclusivo
del comunismo político, pero su operación sistemática y radical sigue siendo un
modelo. Se ha cuestionado mucho a la propaganda nazi por su modelo burdo y
repetitivo, pero el movimiento comunista desarrolló sus propios modelos,
relacionados con esos mismos conceptos de clase social, que han sido el hilo
conductor de este análisis. Hay un modelo de propaganda para separar a las
clases antagónicas, que en esos tiempos lo llamaban “agit-prop” para sintetizar
la agitación y la propaganda. Ese modelo no ha desaparecido, y se ha
reciclado y adaptado a nuevas realidades. Al mismo, tiempo se entretejí con el
método de construcción de un partido político y un movimiento social a su
alrededor, formado por sindicatos, organizaciones populares, asociaciones,
clubes culturales, etc. Alrededor procuraban levantar lo que ahora llamaríamos
un ecosistema.
¿Quién inventó la lucha de clases?
La propaganda sistemática arraiga la idea de las clases
sociales, pero desarrollando su propio imaginario donde simplifica y
deshumaniza. Los “padres fundadores”, Marx y Engels, del autodenominado “comunismo
científico” no inventaron la idea de la lucha de clases, pero sí la
elevaron a un nivel jamás antes conocido. Cualquier periódico del siglo XIX
daba noticias de huelgas y sublevaciones que tenían los términos de ricos y
pobres, de burgueses, aristócratas, obreros, campesinos, etc. Pero los
argumentos de la vida cotidiana del siglo XIX no referían a esos antagonismos
de grupos, como un eje que explicara todo y con la pretensión de ser una
fórmula universal, donde avivar el fuego de una guerra de clases tuviera un
resultado forzosamente feliz. Lo que sí pretendieron estos amigos, era
que Marx había convertido una visión política en una ciencia social científica
y radical, pretendían que habían encontrado un método científico
aplicado a la ciencia social, que atizando el fuego de una revolución violenta
desembocaría en un beneficio absoluto para las sociedades. La historia reveló
que sus ideas eran capaces de alimentar el fuego de las revoluciones episódicas
para construir tiranías de
corte totalitario y con tintes ideológicos nunca antes vistas.
Las clases dejan de ser mero objeto de estudio social
Bajo la propaganda política interesada, entonces las clases
sociales abandonan su naturaleza de objeto de estudio, para convertirse en
bandera de agitación. Mientras en el ámbito académico o económico el uso
generalizado tiene diversas utilizaciones y cualquier estudioso sabe que bajo
el rótulo burgués hay una enorme variedad de realidades cambiantes, para el
propagandista hay un drama que agitar y un programa de intenciones qué imponer.
La mercadotecnia utiliza una clasificación en base a ingresos convencionales
para poner grupo socio económicos más altos, medio y bajos, para mirar los
flujos de ingresos y comportamientos. Para la propaganda marxista el
burgués-rico es la fuente de todos los males y una etiqueta para asociar
cualquier desastre. Para la propaganda se trata de demostrar cualquier elemento
que los llene de oprobio y estigmatice, siendo su línea la deshumanización. En
la propaganda los ricos siempre serán malos y lo serán por cualquier motivo,
sin remedio, en preparación del castigo supremo mediante una revolución
violenta y radical. En el esquema marxista-leninista, la opresión de clase
siempre debe llevar hacia la revolución, de lo contrario ha fracasado. En la
política marxista-leninista la agitación-propaganda debe llevar del discurso hasta
la revolución radical, que transita por la fase violenta y apoderarse por
completo del Estado para expropiar a los ricos-burgueses-capitalista, que
son los explotadores. La violencia práctica que implica ese proyecto es
bastante evidente y la consecuencia de la muerte de millones de personas
después de las revoluciones socialista-comunistas era un corolario evidente.
Dos rutas que pasan por la propaganda
La propaganda leninista-estalinista-maoísta-castrista y
demás se alimenta con la mayor parte de lo planteado por Marx. En la teoría de
Marx hay montones de “piezas verdaderas”, porque él estaba intentado diseñar
una teoría científica de su realidad social. Arriba señalé fallas sistemáticas,
que trastornan cuestiones reales en una figura de ficción ideológica al
servicio de una causa extrema, que fantasea con una sociedad perfecta mediante
una vía que transita por la violencia. Aunque, brevemente mencioné que algunas
interpretaciones derivadas de Marx pretenden eludir la violencia,
suponiendo que una ruta puramente pacífica podría llevar a un socialismo y
luego comunismo. Esa vía pacífica se identificó con la socialdemocracia y Lenin
la repudió con vehemencia, mientras lograba éxitos con una vía armada y
sangrienta.
Quiero dejar claro que la propaganda predominante sobre
Marx se enfoca hacia ese tobogán que desemboca en la violencia y el Estado
totalitario. Cierto, que hay una interpretación distinta de Marx, que se ha
denominado socialdemócrata, que se contenta con sacar otros contenidos y evita
el derramamiento de sangre y no asume que se deba “expropiar a los
expropiadores”, ni “abolir la propiedad privada”. Lenin acusó de inconsecuente
y adaptada al capitalismo a esa socialdemocracia que no saca las conclusiones
violentas de Marx. Los radicales leninistas acusan a los socialdemócratas de
aburguesados y tienen razón. Los socialdemócratas promedio escapan de las
consecuencias destructivas del marxismo radical, aunque el debate actual
desconoce de matices políticos.
Aparatos de propaganda manipuladora
La sistematización de la propaganda de agitación
revolucionaria requiere de una institucionalización en aparatos organizados.
Lenin fue uno de los grandes impulsores de la forma partido político, que se
alimentaba de propaganda y su primera obra notable fue el debate agrupado en el
¿Qué hacer? Donde propone centralizar un periódico para los marxistas
revolucionarios rusos, de tal manera que se canalice toda la fuerza de la
agitación en un único órgano central. Lenin fue teórico y práctico de cómo
organizar un partido que agitara sistemáticamente a las masas de todos los
grupos para avivar una lucha de clases revolucionaria. La rusia del Zar
Nicolás, más allá de lo que pretendiera Lenin, ya estaba al rojo vivo en sus
contradicciones violentas y resultó el escenario idóneo para las agitaciones
del partido que construyó y dirigió Lenin. El resultado fue la Revolución Rusa,
pero la agitación planteada por Lenin buscó universalizar su escenario y por
eso convocó a una Tercera Internacional de Partidos comunistas, para enseñar y
exportar su modelo a todos los países. Antes había habido un movimiento
socialista robusto en muchos países, que no siguió las consecuencias radicales
de Marx y se contentaba con las reivindicaciones sociales que llamamos
socialdemocracia.
Lenin convirtió al partido y su ambiente en un eficiente
aparato de propaganda para manipular a las masas. Estaba enfocado en el
proletariado, pero se interesaba por llevar sus ideas e imponerlas en todos los
grupos sociales que la aceptaran. Cualquier grupo pobre o agraviado era un
elemento aceptable para llevar su programa comunista y formar su partido.
El Partido Comunista de Lenin fue una poderosa máquina de
propaganda y organización antes de la Revolución, y después se convirtió en la
organización que acaparaba el poder político y filtraba el ascenso social. El
modelo de partido político, en sus rasgos generales, no fue inventado por
Lenin, pero sí lo perfeccionó como arma de propaganda sistemática.
En el siglo XXI, la idea de la propaganda sistemática
como vehículo de poder recibe nuevos adeptos, incluso en figuras tan antagónicas
como Putin. El tirano de Rusia persigue a los comunistas locales y se amafia
con los capitalistas del petróleo, pero desarrolla una estrategia de propaganda
sistemática derivada de Lenin, mezclada con Goebbels. La estructura de la
propaganda pagada por el Kremlin sigue siendo bastante parecida a lo que
propugnaba Lenin: hay unos ricos opresores que se pueden ampliar o sustituir al
gusto con occidentales, élites, wokes, ateos, judíos, decadentes, nihilistas,
ucranianos… La función es la misma que consiste en colgarles todos los males al
grupo al cual se debe deshumanizar y atacar por sistema, vinculándole a
cualesquiera efectos malos, y se les atribuye: pobreza, degeneración sexual,
desviacionismo, impiedad, degradación ecológica, violencia, etc. A su vez, se
desarrolla la imagen del grupo bueno al que se colma de elogios, en el caso de
Putin y su actual operación desde Kremlin: rusos, cristianos (ambiguo con
intención pues ellos son otros cristianos llamados ortodoxos), con valores,
auténticos civilizados, multipolares, pacíficos (que matan a sus vecinos
sistemáticamente), rusoparlantes, conservadores, varoniles, hermosos, etc. En
la propaganda rusa Al grupo propio se le dan características de heroica
santidad, para justificar una salvaje guerra de invasión al vecino ucraniano.
Esa propaganda posee esa estructura belicista: deshumanizar al contrincante,
santificar al propio grupo y declarar que el medio de resolución es una
agresión brutal que es justificada por la propaganda.
Una vez creado el modelo y generado el patrocinador, el
aparato de propaganda funciona en diversos ambientes. La propaganda del Kremlin
muestra la adaptabilidad a las pretensiones de la conveniencia del presidente y
van cambiando.
Lucha de clases en clave ¿es teoría científica o modelo
ideológico?
Este largo recorrido muestra que el concepto posee una arquitectura conceptual de la
ideología no científica, que Marx pretendió colocarla en el corazón
de una teoría científica social. Resulta un modelo adaptado y adaptable a la
propaganda política, por eso, el talentoso Marx la coloca al comienzo de un
manifiesto político de 1848, donde comenzó su propia leyenda. El mensaje del Manifiesto
Comunista con el transcurso de setenta años se reveló en su enorme
dimensión del dulce envenenado,
donde una fantasía ideológica arraigó en la práctica política. A partir de la
Revolución Rusa, por si fuera poco, hubo una tarea oficial de expurgar y
desechar de las partes de Marx y Engels no encajaban con los argumentos que
servían al oficialismo soviético, tan plagado de sangre y horrores. Las partes
donde Marx cuestiona al aparato del Estado como un sistema opresivo que urge
también hacerlo desaparecer se disimulaban o se pretextaba que eso llegaría
después, la defensa más sencilla de las libertades del proletariado se omitía
por completo y, entonces, la “lucha de clases” se volvía un juguete en manos de
tiranos que oprimieron a su propio proletariado y arruinaron la vida de
generaciones enteras. Los aspectos humanistas de la teoría de Marx y Engels se
conservaron como el dulce para proporcionar el veneno de un sistema de Estado
tiránico, que sigue atorado en la realidad del siglo.
Una parte de verdad bajo el esquema: dialéctica hegeliana
Si con la armazón derivada de la “lucha de clases
revolucionaria” se alteró la faz del mundo, es porque bajo las ideologías y
errores también hay un tramado potente. Bajo ese diseño y hasta falsificación
fetichista que levanta Marx hay algo poderoso y cierto. Bajo el lema de que la
historia hasta nuestros días es la lucha de clases, se sostiene sobre un
esquema de la dialéctica, como oposición y lucha de contrarios. Ese esquema es
general y poderoso, al cual, en lógica se le llama dialéctica. El filósofo Hegel renovó y perfeccionó el
concepto de la lógica dialéctica, para ponerlo a tono de proponer un
sistema universal. Hegel no sacó conclusiones revolucionarias, pero estableció
un método filosófico enfocado en el movimiento.
Ahí estaba la dialéctica para cualquiera que gustara
tomarla. Casi de inmediato, Hegel se puso de moda en Alemania y sus seguidores
sacaron conclusiones políticas, por lo que hubo derecha e izquierda en sus
interpretaciones. El joven Marx resultó el más brillante al hacer una
aplicación que rompía con Hegel, pero sacaba elementos de su método. De hecho,
en términos actuales valdría afirmar que traiciona a Hegel (mucho más pausado,
conservador y de talante idealista) para empotrar su teoría con un enfoque político
revolucionario, que rompe el esquema hegeliano mismo. El problema es que desde
el siglo XX, la interpretación de Hegel pasó por la visión de casi puros fans
del marxismo, por lo que su misma visión se volvió una caricatura, bajo un lema
cuando Marx afirmó que él puso en sus pies materialistas a un filósofo idealista,
como quien corrige a un crío, cuando el tema mismo de la unidad y lucha de
contrarios presente enorme e interesantes diferencias.
El esquema de la oposición y lucha de contrarios es
poderoso, además de que existen muchas maneras de elaborarlo partiendo de Hegel.
La manera en que lo hace Marx no es la única ni la mejor. Hay hegelianos filosóficos
y estrictamente liberales, como Ortega y Gasset.
Reivindicación del humilde y redención proletaria fuera
del marxismo
El marxismo pretende que monopoliza la causa de los pobres y humildes,
como si fuera el único y auténtico redentor del proletariado, cuando el proceso
histórico señala una ruta diferente. Las intenciones de Marx o Lenin suponiendo
que fueran angelicales, quedaron invalidadas por la práctica aplicación de sus
teorías de manera repetida. Solamente una parte de la aplicación llamada
socialdemocracia o socialismo liberal no ha causado destrozos contra los mismo
que pretendía redimir. Por otra parte, hay una larga historia de actividades de
reivindicación de los pobres desde el antiguo cristianismo, los proyectos de
caridad y filantropía más modernos, un enorme activismo social por el bienestar
y los derechos de obreros y pobres fuera del socialismo, en especial, los
liberales clásicos y reformistas de todo estilo abogaron y lograron beneficios
masivos para la causa de los trabajadores. En el plano de la propaganda, el
marxismoleninismo de corte comunista pretende acaparar la causa del
proletariado y su redención. Eso es falso y opera una línea de propaganda que
ignora a todos los tipos de luchas políticas que han ayudado a mejorar las
condiciones de vida en desde hace tres siglos. La elevación de las condiciones
económicas, a la fecha muy poco se pueden atribuir a la operación exitosa marxistaleninista.
La única situación diferente es el curioso caso del Partido Comunista Chino,
que con un poder tiránico, se embarcó exitosamente en una reforma capitalista,
que ha sacado de la miseria a su población. En general, las tiranías rojas
son pésimos administradores, incluso han logrado arruinar a países ricos
como el caso de Cuba y Venezuela. Esa pésima administración no se debe a
“injerencias extranjeras” sino a la naturaleza misma del Estado tiránico que
centraliza tanto, que arruina al circuito económico.
Los sindicatos en países capitalistas ordinarios y bajo
tiranías rojas
Redondeando lo anterior, las “luchas de clases” que
efectivamente han ayudado a elevar las condiciones de vida de los obreros, en
muchas ocasiones no son de corte marxistaleninista, aunque por propaganda y
simplificación se llegó a creer que los pobres y proletarios le deben mucho a
los comunistas. Un buen ejemplo, son los sindicatos nacieron sin comunismo como
organizaciones espontáneas de defensa del trabajador. Después del surgimiento
espontáneo las organizaciones políticas de la Internacional Socialista (luego
llamados socialdemócratas o moderados) se propusieron multiplicar las
organizaciones sindicales por el mundo. Cuando llega el modelo de los
comunistas soviéticos la Internacional Socialista también intenta seguir ese
camino ya andado por los socialistas. La cuestión clave aquí es ¿qué sucede con
los sindicatos bajo los regímenes sovietizados? La lección de la historia es
contundente. La sindicalización se vuelve obligatoria, pero también es una
cadena para que no haya luchas salariales y derechos. Los movimientos
sindicales fuera del control del Estado estalinista son perseguidos sin piedad,
desapareciendo los derechos sindicales. El primer sindicato autónomo en la
Europa del Este, en Polonia, terminó enfrentado al régimen y logró barrerlo del
escenario político. Cuando gobiernan los estalinistas marxistas se revelan
como antagónicos a los sindicatos, porque no son los trabajadores
gobernando, sino que son los líderes burocráticos que fingen ser y representar
al proletariado.
Falsación de la teoría de la lucha de clases: la
movilidad social
El argumento de la movilidad social capitalista ha sido
bastante astuto frente a la teoría de la lucha de clases. ¿Para qué luchar
contra el capitalista si mañana tú, proletario, serás el capitalista? El
argumento vale en los dos sentidos. El argumento de la movilidad social
disuelve el corazón duro de la lucha de clases en ambos sentidos. También el
capitalista se vuelve obrero, entonces ¿para qué oprimir a tu futuro yo
proletario?
A la movilidad social de tránsito de proletario a
capitalista, se complementa con la demostración empírica de los periodos de
ascenso salarial.
El marxista típico se ilusiona con la catástrofe, suponiendo que la
clase proletaria siempre cae, se vuelve más miserable en términos absolutos y
relativos. Porque la catástrofe salarial justifica la revolución en perspectiva
y la alimenta en la práctica. Un mondo de proletarios miserables, cada vez más
hambriento es la pradera seca que espera la chispa revolucionaria. El progreso
económico de mayores salarios y más prestaciones se vuelve una selva verde que
no se incendia con ninguna fogata. El anhelo marxista se que los salarios
siempre sean bajos y más bajos, para dar pretexto a una lucha proletaria cada
vez más radical. En ese sentido, el buen revolucionario marxista espera el
horizonte pesimista con deleite.
La mejora gradual y real de salarios y/o prestaciones alimenta
al reformista, que no es radical, que está contento reformando al capitalismo,
es el típico socialdemócrata reformista. Y si no crecen los salarios, sino que
simplemente crece una clase media con buenos ingresos, también es el terreno
para la reforma social, que desacredita al revolucionario comunista.
La movilidad social más evidente son ingresos y tránsito
hacia posiciones más acomodadas e integradas en el capitalismo. Otro modelo
típico de movilidad con ascenso social e integración es la migración
exitosa del campesino atrasado a las ciudades florecientes. Personas sin
estudios ni habilidades bien remuneradas pueden estudiar y sus hijos son
profesionistas, proletarios bien pagados o funcionarios acomodados. Eso sucede
constantemente y es la pesadilla de lo marxista revolucionario, pues las
personas miran una mejora dentro del capitalismo.
Además, siendo más agudos con la dialéctica (el cambio es
una constante)
Falsación de la lucha de clases convertida en
antagonismo: teoría marxistaleninista del ganar-perder
El modelo económico del marxismo comunista se basa en la
idea del ganar perder, que luego ha sido llamado de suma cero. En el modelo de
Marx, al medir la producción en la ilusión del valor-trabajo la ganancia es
totalmente algo sacado del obrero asalariado. Eso no es cierto, la ganancia es
un resultado de un proceso mercantil complejo, que no proviene de una sustancia
de tiempo del trabajador. En la empresa hiper-tecnológica el tiempo real de
trabajo vivo agregado es insignificante, mientras la ganancia generada
gigantesca sí es. El ejemplo más elocuente son las empresas tecnológicas del
siglo XXI que han dominado el mercado emergente. La importancia de Microsoft,
Tesla o Google no surgió de su acumulación de empleados. El modelo de la
concentración de personas de la gran Revolución Industrial Inglesa del siglo
XIX desapareció para no volver y sobre esa realidad teorizó Marx.
La teoría
marxista del ganar perder supone que todo lo que gana el capitalista
lo pierde el obrero, por tanto, el interés privado del capitalista es envilecer
al obrero y reducirlo a una miseria abyecta. Ese modelo puede suceder como una
ecuación simple. Sin embargo, las empresas maduras mostraron que sin obreros
bien pagados y con habilidades suficientes tampoco prosperaban. Es demasiado
conocida la aceleración de capitalismo que surgió con el clásico caso de Ford
dando mejores salarios a sus obreros, lo cual señaló una nueva pauta para el
capitalismo norteamericano que lo llevó a su florecimiento. Con el éxito de
Ford el viejo modelo simplista del ganar-perder que denunció Marx como el
corazón del capitalismo quedó hecho añicos. El modelo de Ford de salarios
mayores y muchas prestaciones novedosas, marcó la pauta de un modelo de
ganar-ganar donde el capitalista gana más dinero, el obrero directo gana más
salario y, para redondear, el consumidor gana más productos de mejor calidad a
mejor precio. En ese sentido, el
modelo de Ford era de ganar-ganar-ganar, una auténtica revolución del
capitalismo bajo las reglas capitalistas.
Ese modelo era la pesadilla de los marxistas revolucionarios
que soñaban con el fracaso del capitalismo.
Pero ese modelo no esa tan extraño, en las narices del
propio Marx, algunos socialistas utópicos mostraron que se podían hacer
empresas de otra manera, sin un enfoque de ganar perder. Algunos experimentos
de cooperativismo capitalista tuvieron gran éxito, para disgusto de Marx,
Engels y Lenin, por lo que los condenaron bajo el rótulo de “socialismo
utópico”.
De hecho, el modelo de la cooperativa exitosa de Charles Owen es un veneno
contra el modelo marxista revolucionario, porque sí entrega los medios de
producción directos a un grupo de obreros, que se vuelven dueños de sí mismos.
También ese tipo de cooperativas autónomas resultan antagónicas al modelo del
Estado dueño de todo del estalinismo realmente existente. Cuando un grupo de
obreros se pueden volver ricos trabajando y administrando bien una gran empresa
entonces ya no requieren de una revolución y demuestran que “otro mundo es
posible”, para el disgusto del revolucionario radical.
¿Cuál es la realidad general de la relación
capital-trabajadores? Depende del análisis concreto de la situación
concreta (parafraseando a Lenin) para saber si resulta un gana-perder,
ganar-ganar o hasta ganar-ganar-ganar. Sí hay casos y hasta trágicos de
ganar-perder. Es cierto que hay malos capitalistas o empresas obsoletas, que el
único ingenio que emplean es empobrecer al empleado, obligándolo a trabajar
mucho y reduciendo su salario. Incluso es fácil encontrar muchos testimonios de
empresas que directamente roban al empleado, como en los sistemas de Tiendas de
Raya y otras crueldades. Es correcto y justo criticar a los malos capitalistas
y con leyes laborales de base sacarlos del mercado capitalista y laboral. En El
capital Marx se enfocó en los casos de ganar-perder, y los casos de ganar-ganar
los disimuló bajo la teoría del valor-trabajo.
Entonces “lucha” como término extremo es propaganda
El sentido dialéctico de la “lucha” nos lleva hacia procesos
de transformación no hacia la línea de la violencia como su esencia. En el Manifiesto
comunista, Marx sí intenta que ese tono de lucha sea el de la violencia,
con lo cual falsifica a la dialéctica hegeliana. De hecho, la relación entre
Marx y Hegel ha dado pie a muchos textos, bastante profundos, con la limitación
de que hay pocos hegelianos no marxistas metidos en ese análisis. Por lo mismo,
la dialéctica hegeliana termina siendo alterada. Siendo estrictos (desde la
orilla de Hegel) la visión de la lucha de clases es una especie de caricatura
de la dialéctica hegeliana, deslizada hacia el dulce envenenado útil a una
causa política. Porque en el motor de la visión hegeliana es el Espíritu el que
se contrapone y desarrolla en las contraposiciones, de tal manera que no hay un
salto puramente material, como pretendió Marx. La llamada dialéctica del amo y
el esclavo conduce hacia la modificación de la conciencia, desembocando en la
ética estoica, y no salta a la “consciencia de clase” proletaria.
Marx afirma que tomó la dialéctica del maestro Hegel sin
alterarla, únicamente “poniéndola sobre sus pies”, al abandonar el idealismo y
al sacar las consecuencias políticas que el antecesor nunca sacó, porque detuvo
su razonamiento ante el Estado Absolutista Prusiano. De hecho, Marx y Engels
manifiestan una fuerte admiración, que se repite en el sucesor práctico, Lenin,
quien afirma con firmeza que “sin entender a Hegel, no se puede comprender a
Marx”. Estas afirmaciones las han repetido la mayoría de los estudiosos del
tema, pues parten de una admiración incondicional hacia Marx y sus secuelas.
Sin embargo, las diferencias entre Hegel y Marx son mucho más amplias que tales
afirmaciones. Y aquí únicamente nos centraremos en el término de “lucha”
(aunque aplica perfecto para “sustancia de valor”, “revolución”, “comunismo”,
etc.).
La lucha de clases de Marx busca y pretende estar montada
sobre la dialéctica Hegeliana, cuando está alterando de manera unilateral un
término clave de la dialéctica idealista. El desdoblamiento de las figuras del
espíritu está en el eje, mientras que la “lucha de clases”, altera un concepto
amplio sobre cambios cualitativos, en sistema casi mecánico de antagonismos y
destrucción recíproca. El término preciso y precioso para la filosofía es
“Aufhebung” de G. W. F. Hegel y no el de lucha y antagonismo, aunque sean parte
de su concepto amplio. Para Hegel los llamados “opuestos” se mueven mediante la
“Aufhebung”, con una asombrosa descripción de que la estructura del universo es
un ritmo de continuas superaciones. Esto está planteado con toda claridad,
desde su obra juvenil, Fenomenología del Espíritu. De otra manera, desde
Hegel se habla de trascendencia (superación), aunque no estaría delimitada
tanto a su manifestación material, sino a la integración del Espíritu, que es
el auténtico agente del movimiento histórico.
La permanencia de la “lucha de clases” que afirma Marx desde
su Manifiesto Comunista, es una alteración radical del método hegeliano,
pues dicha “lucha de clases” corresponde a una fase muy primitiva del despertar
del Espíritu, que Hegel explica en términos de la “dialéctica del señor (amo) y
el siervo (esclavo)”. En Hegel, la entrega del trabajo obligado (sometido,
explotado) deriva de un hambre entre espíritus y no del apetito físico; cuando
en Marx es todo lo contrario, siendo el interés material (hambre física, por
ejemplo), lo que explica la permanencia de esta contradicción. Lo que en Hegel
es fase primitiva, en Marx es el meollo de la dinámica social ad perpetuam,
mientras no estemos colocados en los extremos (un idílico “comunismo primitivo”
y un utópico “comunismo, etapa superior”)
Falsa demostración empírica
Para que la “lucha de clases” tenga el sentido que Marx le
otorga debería ser el corazón del proceso social “hasta nuestros días” y no un
simple componente de conflictos, más o menos episódicos. En ese sentido, debe
quedar claro que los abundantes estudios políticos, económicos y sociales en el
sentido de composición de clases, dinámicas de ingresos por clases y luchas
políticas enfocadas hacia clases lo único que demuestran es que la idea de
clases sociales es un instrumento útil de acercamiento a diferentes realidades,
sin comprobar el núcleo duro del marxismo. El núcleo duro del marxismo es que
esa lucha antagónica de clases forma el hilo explicativo de toda la historia y
que los periodos históricos son “sociedades de clases”.
El tema ha de la preponderancia de las clases sociales
antagónicas ha sido debatido entre los historiadores, cuando los marxistas han
procurado demostrar que el eje de interpretación está en las clases que surgen
de las relaciones sociales de producción. Esta tentativa del historiador
marxista puede ser bastante productiva, mientras no se pretende volver una
especie de dogma para que la forma “lucha” antagónica se sobreponga al material
empírico. La contrapartida está en historiadores que procuran dejar a la
producción material en un plano inferior, como las historias políticas, donde
los grupos de poder y el Estado son los protagonistas; y esto lo hacen muchas
historias, aunque creen que están haciendo marxismo, cuando están volviendo el
factor determinante a la política y las luchas de poder. Esa misma tendencia se
aplica en magnificar el poder militar como la clave de expansión de los reinos,
imperios y estados como el factor clave. Otro aspecto está en una fórmula ya
poco aceptada, es que las religiones son el factor predominante, lo cual fue
muy popular en el pasado, cuando por civilización se entendía religión. Un
criterio, diferente está en quienes ven la historia de las ideas como un factor
determinante, dentro de ello el avance de la civilización y la cultura como una
clave que desborda los contenedores que ponga la economía misma.
Los historiadores marxistas, afines a la teoría de las
clases en lucha, se fascinan por las interpretaciones de las revoluciones y las
conmociones sociales, pues ahí miran como la efervescencia donde se demuestra
ese fenómeno. El propio Marx lo intentó centrándose en temas como la “guerra
civil en Francia”, que llevó a la Comuna de París. Sin embargo, con facilidad
se cuestiona a los marxistas que terminan enalteciendo al elemento político,
tal como lo demuestra su política más conocida, que es el intento político de
la toma del poder del Estado.
Una misma investigación empírica puede mostrar
simultáneamente que los proletarios existen y que se enfrentan entre sí, como
la coyuntura de las guerras nacionales y mundiales. La hipótesis marxista sería
que el proletariado se uniera internacionalmente (porque cree que no tienen
patria) y que no se matara entre naciones opuestas para servir a sus
burguesías. La realidad empírica muestra más que los proletarios se enrolan en
sus ejércitos nacionales y se matan entre ellos. La simple categorización en clases
sociales y su muestra empírica no significa que tengan el rol que le atribuye
el marxismo, como el motor de las contradicciones sociales, etc. Incluso la
propia Revolución Rusa sería una contradicción para el marxismo, cuando la
revolución social que debería ser del proletariado, termina acaparada por un
Estado tiránico oprimiendo a todas las clases subordinades y fingiendo que no
hay clase explotadora, cuando sí la hay, aunque ligada al Estado. Por una rara
ironía los empleados obligados del Estado soviético intentaban hacer
investigaciones para demostrar que el proletariado era el motor de la historia
revolucionaria, cuando la tragedia de su propio aparato de Estado, la URSS,
señalaba hacia otra realidad más extraña: el sometimiento de las clases productivas
ante el Estado.
¿Qué hay más allá de la lucha de clases?
Frente al aforismo marxista de que “la historia hasta
nuestros días es la historia de la lucha de clases”, vale contraponer y afirmar
la superioridad de los oficios que producen las realidad productiva y humana,
por lo que la historia hasta nuestros días es el despliegue de los oficios,
que resultan en integración o conflicto. La importancia de la producción no
pretendo negarla, lo que sí hay que cuidar es que el conocimiento está
en le corazón de la producción y que el proceso es emocional y simbólico,
comunicado con lenguaje y guiado por la inteligencia. La historia no es el despliegue
de una misteriosa sustancia valor-trabajo, que explique la base
productiva, sino que se despliegan las propias legalidades de los niveles
reales, entre producción, pensamiento, relaciones y poder.
La teoría radical de la lucha de clases finge que desprecia al
Estado, cuando se ha entregado en brazos del autoritarismo, bajo una operación
de sometimiento de todos al Estado. El conflicto llevado al extremo conlleva hacia
la impotencia práctica de los oficios, sustitución final del trabajo por el
arma.
Bajo las clases está el nivel más concreto de los oficios y
profesiones. Los funcionarios integran uno más de los oficios y su tarea
estratégica es cuidar el bienestar de sus gobernados, su tarea ideal no es
sustituir y someter a los demás grupos.
Sin los oficios y profesiones, las clases en
movimiento son una caricatura de sí mismas. La condición socioeconómica que abjura
del oficio o profesión cumplida, se convierte en una cáscara vacía, en un
fantasma sin una causa propia.
La lucha misma es un principio dinámico y constructivo, pero
sacándola de su dimensión creativa, opera como un elemento tóxico, que desborda
a la clase y al oficio. La lucha en el extremo es violencia, transición al
extremo que, en lugar de representar a cualquier clase, se convierte en la
profesión de soldado. En el extremo, esa lucha se vuelve militarización del
Estado en un modelo dictatorial. Pero, como la parte jamás forma por sí misma
el todo, sobreviene una debacle y el proceso debe volver a construirse.