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lunes, 26 de mayo de 2014

FAVOR DE NO PISAR LA LÍNEA DEL TIEMPO



Por Carlos Valdés Martín


La simpleza de mis primeros…
En mis días de secundaria imaginaba que no existía otra manera para concebir el tiempo distinta a la lineal. Este asunto lo miraba tan recto como la regla escolar. En algún momento había comenzado a existir el tiempo, era un instante tan lejano que se volvía completamente nebuloso, pero seguramente se trataba del origen mismo del universo. El universo debía de haber empezado con su propio cronómetro, ajustado a mi reloj mesurable con las horas, minutos y segundos que se dibujaban entre las manecillas. En efecto yo suponía que debió de existir un primer segundo de la creación, tan pequeño como el breve espacio que existía en ese reloj de pulsera con la marca desaparecida de una fábrica: Diesel Nacional[1]. Mucho después me di cuenta que esa ingenuidad era compartida por importantes científicos y filósofos en su estructura esencial. Se trata del modelo newtoniano del tiempo con su medida absoluta y eterna de la simultaneidad. Cuando encontré tanta afinidad con importantes pensadores supuse que mi intuición adolecente fue perspicaz. Poco a poco me enteré de que existen otros modos de captar el asunto y que en las ciencias físicas impera el relativismo o la explicación cuántica, en donde casi nadie cree en ese sencillo, concepto lineal y homogéneo del tiempo, de una simpleza casi estética.

Aunque se conciba una imagen sencilla no por eso deja de contener sus complejidades. Si se afirma la infinitud y entonces el tiempo no tiene inicio ni termina, de tal modo que no existiría un principio del mundo sino una continuidad incontable de las transformaciones del universo, de tal modo que la fantasía vagaría sin punto de terminación en torno a la interrogación de lo que existió antes que antes. En una velada platicaba con el amigo Sergio sobre esa línea de regreso interminable. Antes de nosotros existió el hombre antiguo, antes que éste el hombre primitivo, antes el mono, antes el mamífero, el dinosaurio, antes el reptil, antes el pez, antes el trilobite, antes el microorganismo, antes un caldo de aminoácidos, antes un planeta incandescente, antes un sistema solar en formación, antes una nebulosa, y antes que ésta ¿qué encontraremos? El pasado de lo supuestamente conocido sobre la línea recta del infinito pretérito nos lleva por caminos tortuosos, adecuados a la imaginación y la ansiedad. Por eso es preferible, para evitar el riesgo de la especulación excesiva, definir un inicio un corte, como principio de todo tiempo, y dejar la infinitud como propiedad exclusiva del futuro. Los creadores de todos los calendarios humanos actuaron de modo semejante, definiendo un año inicial y siguiendo la cuenta. Pero esa simplificación administrativa de la línea infinita le reduce encanto, porque la cuerda de la imaginación queda más tensa sin asideras ni al principio ni al final y, sobre esa prolongación sin fin, posee cierta hermosura intangible.

El otro lado elegante de la simple recta infinita se conecta con el tema del movimiento. Para medir el efecto temporal está el movimiento, y desde la antigüedad se buscaba medidas más precisas de tiempo en base a procesos regulares de caída de cuerpos, como la arena y el agua, Galileo encontró que el péndulo manifiesta mayor regularidad. En la actualidad, el paso de los electrones por los circuitos integrados es la medida que se impone. La siguiente pregunta ingenua y obligada es si transcurre el tiempo sin movimiento alguno. Bajo la visión sencilla deberá de existir una especie de reloj absoluto para todo el universo, lo estimado por los deístas como un cronómetro de Dios[2]. Pero si hubiera un estado de reposo absoluto entonces no transcurriría eficazmente el tiempo para el objeto de inmovilidad perfecta. Con ese argumento la juventud adquiere la idea más simple para un viaje al futuro: congelarse. Para los demás seguiría la ley del tiempo y para un objeto congelado cesaría. Este argumento suena a injusticia. Sobre todo debería de existir algún registro aún dentro de tal congelamiento, para que entonces el transcurrir ineludible no sea una mera idea. Me imaginaba en una cápsula de  congelamiento incrustado dentro de una oscuridad interestelar, condenado para siempre al estancamiento perpetuo, y de alguna manera imaginar a las estrellas prisioneras de un tal maleficio, donde precisamente el desprendimiento de la luz era el camino de la separación de su corazón de estrella, de tal modo que ese corazón profundo vivía enterrado dentro de la luz, congelado y separado del resto del universo. Recurriendo a una metafísica más convencional la muerte es una escapatoria del reino de Cronos, una vía de escape hacia lo inmutable o trasmundo de eternidades.


La esfera de la época agrícola
Ya la primera diferencia entre dos iniciadores griegos de la filosofía implicaba una radical oposición sobre este asunto. La separación radical entre el estático Parménides y el fluido Heráclito estaba en su sensibilidad frente al transcurrir. El primero, prefería las definiciones claras y el sentido estático, para definir que "lo que es, es y lo que no es, no es", por lo que el cosmos debía de ser una esfera, representación geométrica de lo estable e inmutable. Por su parte Heráclito prefería zambullirse en las aguas del río, y quedaba contento de que nunca se bañaba con la misma agua, porque todo cambia y todo pasa.

Entre los pueblos agrícolas existía la convicción de que el movimiento cronológico era firmemente circular, que los ciclos anuales regresaban al mismo punto calendario de manera plena y estricta. De tal modo el movimiento en espiral de la existencia era más aparente que real; pues predominaba, a final de cuentas, la esfera como resultado de transformaciones ilusorias. Las narraciones y los ritos se repetían sin cesar: gestos idénticos. Los dramas griegos cuando apelaban a un Destino, lo hacían en sentido estricto: repetición humana de un designio divino pero oculto. En un concepto como el hinduismo esta existencia debía de ser un reencarnación de otra: copia mejor o peor del pasado. Las ideas de Platón como arquetipos repetían en la material al trasmundo ideal: más repeticiones. Al recordarse los mitos de lejanas épocas, la narración decía: antes existieron otras humanidades caídas en una rueda, pero renacidas durante el siguiente giro. La serpiente Odradeg, que sostiene a la tierra en algunas mitologías germanas representa esa repetición, cuando se muerde la cola, demostrando que su final es también su principio. Las diversas mitologías y religiones estudiadas por Mircea Eliade insisten en esta idea de la circularidad del tiempo[3]. El viejo ritual del año nuevo describe una renovación del tiempo, los rituales de romper vajillas y estrenar ropa el 31 de diciembre tienen su raíz en la convicción ancestral: reinaugurar el tiempo o presenciar su renacer, es decir, su última natividad.


Cada filosofo contiene su…
Esta idea redonda del cronómetro trata de consolidarla otro filósofo, Nietzsche, reconocido por su explicación del eterno retorno. El tiempo antiguo es llevado al extremo por Nietzsche con esta eternidad a cuestas. No es tan fácil definir si retrata una visión de pesadilla o un deleite especulativo. El eterno retorno supondría la repetición exacta de lo ahora sucedido, lo cual lo podemos proyectar hacia el pasado y hacia el futuro. Al mismo tiempo quedaríamos atrapados en la fugacidad, pues todos los momentos particulares se repiten, de tal forma que son tan fugaces y eternos. Curiosa contradicción para un alma romántica, que cada segundo sea fugaz y eterno. El lado negro de tal repetición lo comenta Milan Kundera, imaginando la eternidad como el clavo de Cristo en la cruz, la reiteración de ese culpable gesto de crueldad[4]. Bajo la condena de la eternidad la vida obtendría una responsabilidad demasiado pesada, abrumadora, aplastante. El lado luminoso de tal idea está en la eternidad de todo lo significativo. Cada acontecimiento, clavado en la rueda de la eternidad adquiere la majestuosidad de lo perpetuo, la densidad de lo infinito. Bajo esta noción de que el tiempo es curvo, entonces el instante produce un encadenamiento completo, conduciendo hacia un encadenamiento infinito, que conoce un camino de regreso siempre hacia atrás. El instante resulta todopoderoso porque se produce a sí mismo sobre esa cadena sin término, igual a la materia auto-engendrada y eterna que imagina Engels[5]. En fin, el eterno retorno es un pensamiento concebido en el libro Así hablaba Zaratustra para sorprender y anonadar a los espíritus de cortos vuelos [6].


La sensibilidad de Kant…
En base a las perplejidades tejidas en torno al tiempo, es simpático el esfuerzo de Emmanuel Kant por sacar las dimensiones del mundo real, y afirmar que tiempo y espacio son condiciones ideales de la sensibilidad humana. Según el alemán espacio-tiempo son unos moldes indispensables instalados dentro de la cabeza que permiten darle sentido a todo fenómeno percibido, como si nacieras con cronómetro y regla integrados. Esas coordenadas serían percepciones subjetivas y forzosas, que organizan el vasto mundo ante nuestros ojos y conciencia.
Al parecer a Kant no le resultaba convincente la existencia de un tiempo infinito lineal y de un espacio extenso infinito por problemas lógicos conocidos. Desde la antigüedad, se cuestionó ¿qué hay antes sobre la línea del tiempo? Siempre existe algún posible antes y esa posibilidad de una regresión infinita es problemática. El primer motor no se encuentra y se debe colocar en hipótesis arbitraria. A esas paradojas, Kant las llamó aporías y buscó una salida elegante. La salida elegante fue que no existían esas cosas contrarias a la lógica formal: tiempo y espacio.
En esencia, la manera de captar el asunto por este filósofo era plenamente newtoniana, con una ingenua y extrema fe en la bondad de los relojes. Por un lado, encontramos la majestuosa elegancia de los conceptos newtonianos, que mediante pocas premisas y mínimas relaciones cuantitativas (ley de gravedad) logra un conjunto de conceptos, que adicionalmente corresponde con infinidad de percepciones sensoriales. La continuidad, simultaneidad absoluta y homogeneidad del tiempo poseen su correlato sensorial en millones de acontecimientos cotidianos de nuestra escala personal que confirman ese sentido. Cualquier trabajador está convencido, que por muy tediosa que haya sido la jornada y por lento que sienta el paso de los minutos, en realidad, su horario de salida es el mismo. Son muy pocos los acontecimientos de percepción cotidiana que van en contra de tal idea y espontáneamente son agrupados en el terreno de lo misterioso, sospechoso o paranormal, como sucede con las llamadas premoniciones.


Big Bang pisa la cola…
El principio del tiempo sería la cola de la serpiente Odradeg si el mítico gigante existiera. Colocar un principio a una proyección infinita es detener la reflexión en un punto. ¿No existe un antes del Big Bang? Una entidad anterior al universo conocido es una puerta abierta a la fantasía. Si ya imaginar un segundo primero del universo es una puerta de ficciones, donde cabe argumentar casi cualquier principio de génesis. Según Paul Davies en esas fracciones de segundo iniciales se está creando el espacio-tiempo y todas las leyes junto con la materia, así que ahí ocurre una sucesión de edades del universo, lo cual ya es bastante extraño[7]. En esa cuestión extraña la “línea del tiempo” queda torcida y desmenuzada hasta convertirse en añicos y           quedar sustituida por otra noción extrema. ¿Qué de extremo tiene ese Big Bang? Es la génesis absoluta en un momento, lo significa una especie de Dios creando el universo[8], aunque el científico debe mirarlo como un acto material, pues el método no le permite salirse de su carril de materia probada y realidad probable.  


La pérdida de ímpetu…
En las leyendas de los pueblos antiguos era común encontrar épocas pasadas con más vigor, por ejemplo, indicadas como periodos de habitantes de oro o etapas de semidioses que nos precedieron. Entre los griegos en Los trabajos y los días[9] está reflejada esa creencia en periodos de humanidades superiores clasificadas en oro, plata, hierro y bronce. También entre el hinduismo plasmada en los Vedas existe una visión análoga desde los metales más finos, decayendo en una actualidad, de existencia más ruda y corrompida. Si esta noción de decadencia de los periodos se aplica al cronómetro universal, el relativismo también nos invita a especular con algún escepticismo, pues quienes indican que el tiempo depende de la velocidad, deben relacionar esto con la velocidad de expansión del universo. El Big Bang hace crecer el universo a una velocidad considerable y nuestra física del tiempo depende de ese movimiento. La tendencia a la expansión modifica ese tiempo relativo y dependiente de la velocidad de desplazamiento. En algunas ficciones se imagina que ese ímpetu se va perdiendo y hasta el avance temporal se convertiría en una cámara lenta y cada vez más pausada, hasta alcanzar una especie de parálisis. Bajo esa imagen de parálisis progresiva el universo entero cae en una enfermedad de entropía extrema, cae en depresión para terminar en catatonia, en una especie muerte de congelación perpetua. Aunque sea pura imaginería, no deja de ser curioso suponer un universo cayendo en la cámara lenta, hasta la sofocación paralítica bajo el hechizo de su cuerda de reloj moribunda. Un universo lento caería en una distinta y última paradoja de Aquiles y la tortuga[10], pues bajo esa cámara lenta, cualquier persecución sería inalcanzable. Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga, aunque no por la tradicional división en partes más pequeñas, sino por una pérdida de ímpetu que termina en inmovilidad.


NOTAS:

[1] Durante el periodo promotor de la industria local, el Estado mexicano patrocinó diversas empresas. En Ciudad Sahagún, Hidalgo, se integró un conjunto de empresas, entre las que destacaban Renault de México y Diesel Nacional, más conocida por su marca comercial DINA. El reloj contenía una publicidad de Diesel Nacional, que fabricaba motores y no cronómetros. 
[2] Esto parece estar incluido en la visión del tiempo de Descartes.
[3] ELIADE, Mircea, El mito del eterno retorno.
[4] KUNDERA, Milán, La insoportable levedad del ser, “Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada.”
[5] ENGELS, Friedrich, El anti-Dühring.
[6] NIETZSCHE, Friedrich, Así hablaba Zaratustra, "De la visión y el enigma", p. 177-182.
[7] DAVIS, Paul, El universo.
[8] Es un argumento de corte teológico encontrar una causa de todo que no posea causa, acto absoluto de Génesis y ante ese acto absoluto lo demás resulta efecto. Ese ha sido un argumento clásico para demostrar la “existencia” de Dios. Cf. DESCARTES, René, Meditaciones metafísicas.
[9] HESÍODO, Los trabajos y los días.
[10] BORGES, Jorge Luis, Borges oral, Emecé Ediciones, p. 22. Según recuerda el escritor argentino las aporías de Zenón han sido motivo de regocijo y especulación sobre el tiempo usado como espacio, como línea a recortar.

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