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sábado, 8 de marzo de 2014

RESEÑA DE "LA MASONERÍA EN MÉXICO EN EL SIGLO XIX" PARTE FINAL



Por Carlos Valdés Martín

Del Plan de Ayutla, la Reforma
La figura terrible y anticlimática del periodo había sido López de Santa Anna, resultando sorprendente su último regreso a la presidencia, sin embargo, también parecía redondear el ciclo de los golpes de Estado y batallas de facciones sin base ideológica ni de proyectos. El último periodo presidencial de ese personaje aglutinó a su alrededor al conservadurismo católico y concentró los vicios del gobierno tiránico, con una persecución contra los opositores, bajo el lema de “o encierro, o destierro o entierro.”[1]

Frente a ese Santa Anna oprobioso debió surgir un adalid que lo derrotara, y ese fue Juan Álvarez, un caudillo del Sur, quien reunió todos los méritos de heroísmo en la Independencia y guerras patrias, sufrimiento personal, entrega de su patrimonio personal a la causa, y hasta terminar sus días sin riqueza alguna pero rodeado de honorabilidad y respeto. Así, el libro reivindica la figura de Juan Álvarez, personaje dominante en el periodo y clave para comprender la situación regional y el nuevo salto cuántico en el proceso del país, al establecer la Constitución de 1857. La última presidencia de Antonio López de Santa Anna aglutinó al conservadurismo y adquirió el cariz más odioso, cuando se autoproclamó “alteza serenísima”, de tal modo que Álvarez logró sublevar al país con el Plan de Ayutla, reuniendo a la pléyade de masones y liberales, entre los que destacaban Ocampo, Altamirano y Juárez. Tras ese movimiento, Juan Álvarez tuvo una breve presidencia interina, que abrió el camino hacia el legislativo crucial, que elaboró la Constitución de 1857, y además estableció algunas de las llamadas Leyes de Reforma, que rompieron los diques para establecer un Estado laico en el país[2].

En este periodo surge con plena fuerza la generación de masones liberales que mejor marcó el rumbo del siglo XIX. En un ambiente de tantas agitaciones y de aspiraciones frustradas se formó el ideario y carácter de esa generación. El ideario liberal del periodo se centró en el respeto a las libertades, igualdad ante las leyes, superar las inercias coloniales, independencia nacional y formación de instituciones republicanas. El carácter de esa generación liberal —casi por completo masónica— fue combativo a riesgo de sus vidas y patrimonios, honesto hasta el extremo y esclarecido, abrevando de corrientes intelectuales avanzadas de la época —lo cual se estudiaba en los talleres masónicos. A modo de comparación, recordemos que Europa todavía estaba dividida bajo Estados monárquicos, atrasados y despóticos que coartaban las mínimas libertades a sus países, lo cual nos muestra el ambiente internacional que precipitó la Segunda Intervención Francesa.
El fruto legal de esa generación cumbre de los masones del siglo XIX fue la Constitución de 1857, donde se expresó el respeto a las libertades y un republicanismo, que compuso la separación del poder civil frente al eclesiástico como su piedra clave, para sostener el edificio de la convivencia nacional[3]. Con esa Constitución se saldaba gran parte de la herencia colonial y se facilitaba el camino para una segunda modernización del país.

El Imperio de Maximiliano y la restauración de la República
Si el influjo ideológico de los masones mexicanos hubiera culminado con la Constitución de 1857 su tarea histórica hubiera resultado ejemplar, pero todavía surgiría una prueba más difícil.
Para comprender esa coyuntura el libro reseña con elegancia la trayectoria personal y masónica de Benito Juárez, y sobre este personaje existe reconocimiento general de su pertenencia masónica, pero resulta poco divulgada su trayectoria dentro de la masonería mexicana.
El conjunto de circunstancias que traen a Maximiliano al país resultan conocidas por lo que no detallaré; baste mencionar que su gobierno no cumplió las expectativas del conservadurismo extremo. Se ha discutido la posible pertenencia del emperador a la masonería[4], y, en caso de haberse integrado, nunca lo hizo a la mexicana y, de modo patente traicionó los principios seguidos por la masonería moderna de respeto y afecto por la patria. El autor nos recuerda que Maximiliano “traicionó” este principio masónico: “Se buen ciudadano porque la patria es necesaria a tu seguridad, a tus placeres y a tu bienestar. Defiende a tu país, porque es el que te hace dichoso y porque encierra todos los lazos y todos los seres queridos a tu corazón; pero no olvides que la humanidad tiene derechos.”[5] En ese sentido, las especulaciones sobre el fusilamiento del emperador, como si existiese alguna obligación metafísica del Presidente Juárez para perdonarle, son vanas y sin fundamento de análisis. Resulta sumamente curioso que todavía existan “partidarios” de un hipotético perdón a Maximiliano, cuando tras la derrota un emperador extranjero no tenía más destino que el destino fatal.
En la defensa de México contra la intervención francesa y la ocupación, también resalta una enorme lista de masones que cayeron en la batalla o sufrieron persecuciones sin fin. Por eso cuando se exalta tan repetidamente la figura de Juárez, en sentido amplio, se reconoce la contribución de esa generación de patriotas y sus familias —ellos también sufriendo la persecución y la pérdida irreparable— que levantaron al país de las cenizas de la guerra de intervención.

El porfiriato
Pese al triunfo que representó rescatar a México de la intervención extranjera, el país estaba colmado de contradicciones y el gobierno en condiciones de suma debilidad. La muerte de Juárez dejó un vacío en el sistema de poder que pronto se hizo patente. El sucesor Lerdo de Tejada gobernó cuatro años, pero al intentar relegirse despertó una fuerte oposición y el militar Porfirio Díaz lo derrotó en una sublevación. Este personaje dominó la escena del país y se convirtió en dictador de facto mediante un sistema de relección. El inicio de su trayectoria había sido notable como patriota contra la Intervención francesa y, desde su juventud, participó en logias masónicas.
Desde el inicio de su mandato, el Presidente Díaz tuvo capacidad para conciliar fuerzas y pacificar al país, además de promover una modernización en muchos aspectos. La obra material del periodo con nueva infraestructura como ferrocarriles, carreteras y telégrafos, el inicio de la red eléctrica y un mejor abasto en el mercado interior, puso las bases para una modernización del país; pero dejó una gran deuda de injusticia social, al permitir toda clase de abusos contra campesinos (favoreciendo el despojo a favor de los hacendados), obreros (reprimiendo con violencia cualquier reivindicación) y confiscando las libertades públicas consagradas en la Constitución de 1857. El general gobernante favoreció la centralización del poder, minimizando la autonomía de las regiones y estados federados. Esa centralización fue de la mano con la pacificación definitiva del país, en contraste con el turbulento siglo XIX. Asimismo, el contexto internacional significó el final del peligro extranjero para nuestro país, con fronteras aseguradas y relaciones comerciales estables en el exterior.
En la crónica particular de la masonería, ese periodo fue de florecimiento de organizaciones y cambio en su composición. El rito nacional mexicano perdió protagonismo y decayó[6], entonces las logias se desplazaron hacia el rito escocés, que tuvo gran expansión. Al estabilizarse el sistema político, desde entonces las logias mexicanas dejaron de funcionar directamente como organizaciones de poder, aunque siguieron educando a nuevas generaciones comprometidas con su país. Con ese cambio, se perfiló con más claridad la nueva relación entre los masones y la cuestión nacional, tal como ocurrió en el siguiente siglo, cuando ya no se fundirían los términos de logia y partido. 
La figura ideológica y de contrapunto que elige el autor para representar a la masonería en el periodo porfirista es a Ignacio M. Altamirano, quien estuvo a la cabeza de algunas organizaciones. Este personaje dejó un gran legado intelectual y literario, mantuvo en alto el principio de libertad intelectual característico de la masonería, cuando polemizó con los poderes políticos, aunque existiera aunque fueran afines[7].

Habiendo sido su trayectoria masónica tan conocida, al final de su periodo Porfirio Díaz llegó a renegar de su filiación de masón para contentarse con la iglesia católica, cuando fue presionado y chantajeado inmoralmente para que su esposa recibiera la extremaunción[8]. La anécdota pinta un matiz más dentro del juicio de la historia, según sucedió con Díaz, quien tras acaparar el poder quedó preso de su propia maquinaria; entonces su triunfo se convirtió en el fracaso ético. En su ocaso el dictador quedó arrinconado y desterrado por el proceso revolucionario, donde la joven generación, liderada por el también masón Francisco I. Madero, abrió el nuevo rumbo del país.

NOTAS: 


[1] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 156.
[2] “la creación de un estado laico (…) se hizo realidad en México de manera contundente y ejemplar, en una época en la que la ideología de la Santa Alianza se imponía en el mundo occidental, afirmando la unidad de los poderes políticos terrenales bajo el poder espiritual del Estado Vaticano” LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 162-163.
[3] La contradicción palpable entre el avance de la superestructura jurídica y el atraso de la estructura nacional en ese periodo, ha motivado reflexiones paradójicas sobre el tema nacional, como la contenida en Samuel Ramos, quien asevera que el alto nivel de nuestros valores, marcaban un modelo ideal que contradecía nuestra realidad. De modo equívoco, Ramos no capta que el constitucionalismo mexicano se adelantaba al reloj de Europa. Cf. RAMOS, Samuel, El perfil del hombre y la cultura en México, y VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.
[4] Casi existe consenso popular sobre la pertenencia de Maximiliano a alguna orden masónica, pero aquí presento un testimonio en contra, encontrado por el historiados Konrad Ratz autor de Nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo (Siglo XXI-Conaculta-INAH, 2008), el cual se sustenta en documentos hallados en archivos austriacos y escritos en alemán: “Un aristócrata alemán que fue muy buen amigo de Juárez, aunque no siempre se llevaran bien: Carlos von Gagern, oficial republicano, fue a visitar a Maximiliano cuando estaba preso porque quería saber si era masón o no. “Empezó a realizar señas de masones, Maximiliano no reaccionó y sacó la conclusión de que no lo era. ¿Qué hubiera significado?: se dice, aunque es un rumor, que un masón no puede matar a otro masón”. También existen más indicios en contra, como su rechazo a recibir el reconocimiento de la masonería de rito escocés.
[5] LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 176.
[6] El libro nos anota un factor de división interna en ese rito, y también un desconocimiento de los supremos consejos en los principales países europeos. LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 182 .
[7] Por ejemplo, reclama al Presidente Díaz sus concesiones al clero y, en particular, una carta de denegación de su filiación masónica, LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 184.
[8] La anécdota rescatada por Leyva muestra las contradicciones y fragilidad de las opiniones en ese contexto. Cf. LEYVA, Mauricio, op. cit., p. 184.

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