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jueves, 18 de junio de 2015

EL CAPOTE DE GÓGOL, RESUMEN CONTEXTUADO







Por Carlos Valdés Martín


La confección literaria de El capote es ejemplar, pues muestra a la perfección las estructuras y procedimientos de la narrativa moderna con destellos geniales. Además los temas predilectos de Nikolai Gógol han perdurado en el gusto literario mediante la crítica moralista, la exaltación de sentimientos, el cuestionamiento al aparato de Estado, la enfermedad mental, los recursos cómicos y la fantasía espectral. En el contexto del “alma rusa”, tan arcaica frente a Europa occidental, resaltaban los fenómenos de la modernización, por ejemplo, el interés por las mercaderías de calidad y la fascinación por lo extranjero[1], mientras se contraponían la añeja religiosidad y un enorme gobierno que amenazaba con aplastar cualquier aspiración. 

Trama
Narrado con humor e ironía nos muestra el ambiente de los pequeños burócratas y el enrarecido espacio citadino, desde un punto de vista del narrador omnisciente aunque parcial[2]. El capote expone cómo un burócrata de categoría mínima, Akaki Akákievich[3], copista de una oficina anónima en San Petersburgo [4], sale de su rutina por la urgencia imperiosa de adquirir un capote (en otras traducciones se prefiere llamarlo “el abrigo”) nuevo que lo proteja del frío invernal. Sus ingresos exiguos implican una enorme dificultad para obtener ese artículo que sería un lujo para él, por tanto se somete a una austeridad rigurosa hasta juntar el dinero. El sastre le confecciona un hermoso capote que provoca hasta elogios de sus compañeros de oficina y al protagonista, Akaki, una gran felicidad; sin embargo, debe quedar claro que para los jefes de la burocracia no resultaba un artículo de lujo extraordinario. Coincide que el mismo día del estreno del capote y las felicitaciones por la adquisición, un jefe tendrá su fiesta de cumpleaños, por lo que el protagonista es invitado a esa celebración y debe acudir cual festejo de su capote. Por su situación humilde y reservada, Akaki no acostumbra pasear por la ciudad, el barrio elegante le resulta remoto y casi un descubrimiento. La ostentación en la fiesta del jefe burocrático lo sorprende y hasta termina por causarle malestar; en ese contexto notamos que su capote extraordinario no sobrepasa a las confecciones lujosas. El regreso a pie y solitario por zonas que desconoce lo conduce hacia una plaza donde unos personajes altos de bigote lo atacan y arrebatan el capote, afirmando que le pertenece a uno de ellos[5]. La maravillosa vestimenta que trasmutaba a Akaki le ha durado esa jornada única. Despojado de su preciosa prenda, intenta pedir auxilio pero es inútil, el guardia que rondaba esa plaza imaginó que los malandrines eran amigos suyos. Ahí comienza el viacrucis del personaje que intenta pedir eficiencia policiaca y luego justicia, para recuperar su prenda. Las pesquisas que intenta lo llevan a solicitar auxilio de una “alta personalidad”, lo cual resulta contraproducente en un incidente fatídico, pues por solicitarle que intervenga dicha “alta personalidad” lo maltrata y humilla. La impresión por el maltrato recibido resulta tan abrumadora que Akaki cae enfermo y en breve tiempo muere. Tras el fallecimiento, la narración opera un giro fantástico, pues aparece el fantasma del empleado robando capotes de transeúntes solitarios. Las correrías del fantasma de Akaki continúan hasta que él atrapa a la “alta personalidad” que lo humilló y el arranca su lujoso capote. Después del incidente desapareció el fantasma, aunque el cuento termina con el testimonio sobre otro espectro que cabría confundir con el primero del relato, el cual es alto y de largos bigotes.
Esta trama también ha sido objeto de diversos análisis, porque se presta a varias interpretaciones ya que sus escenas permiten interpretaciones ambiguas. El tema de quiénes son y qué representan los fantasmas ha sido motivo de largas discusiones, entre las que destaca la de Edmund Wilson, afamado crítico literario. El humor de la narrativa también facilita las oscuridades y la interpretación múltiple.

Curiosidad de la burocracia                                  
El zarismo modernizó el gobierno tradicional y resultó una institución notoria para ese país, extenso y predominantemente agrícola. Las oficinas ordenadas controlando la política y economía de un imperio ambicioso resultaba notable para los analistas rusos. En este caso el primer objeto de El capote es un “departamento ministerial” y sus empleados, la agrupación jerárquica, donde Gógol decide destacar a una de sus piezas humanas más humildes: el copista. Sobre ese departamento se omiten detalles, lo cual, en lugar de disimular su naturaleza, sirve para demostrar su universalidad de oficina, donde se distribuye mando y no existe un objeto para hacer. El relato muestra sistemáticamente que el trabajo burocrático mismo está vaciado de contenidos humanos, para lo cual analiza la tarea de un copista, dedicado infinitamente a repetir su servicio sin interesarse por lo escrito. También demuestra que el aparato oficinesco es peligroso repartiendo desde hostigamiento entre compañeros de idéntica escala, hasta el castigo de los gendarmes y el control sobre vidas y honras en las escalas superiores. El simple relato pronuncia un grito de alarma sobre el poderío de los gobiernos burocráticos, el cual con las décadas se afinaría en la teoría social (extensión de aparato y tiranía) y en la crítica literaria (Kafka). Las discusiones sobre el crecimiento del Estado, su naturaleza y sus dispositivitos proliferaron durante el siglo XIX y continúan sin terminar[6]. La precisión y crítica sobre el microcosmos de la burocracia, junto con su irónico efecto en la personalidad, alcanzó su cumbre con la obra de Franz Kafka, aunque no fue excepcional atacando esa temática[7].  
La estructura burocrática sería irrelevante si no fuera por su alta jerarquía y la cuestión de que manda sobre las existencias y bienes. En este cuento, se muestran los lujos de los jefes, su soberbia ante los subordinados y su influencia en las existencias, con la búsqueda del capote. La queja sobre el excesivo poderío de una estructura aparece implícita y explícita, junto con la indiferencia y hasta despotismo del funcionario.

Gran ciudad: laberinto y separación
La modernización de la Rusia imperial poseía un crisol especial en la ciudad de San Petersburgo, la capital imperial creada exprofeso por la voluntad del zar Pedro el Grande. A orillas del Mar Báltico, la urbe era un modelo de avances y recursos invertidos para mostrar la grandeza de un proyecto; puerta ante el Occidente, ostentando su avanzada militar y comercial. De modo simultáneo, para la conciencia más adelantada esa edificación imperial representaba el atraso y hasta la barbarie, con su mezcla de feudalismo, fe ortodoxa y explotación inhumana sobre la población. Paradójicamente, una metrópoli perfectamente planificada por los arquitectos del zar, también representa el cariz de laberinto para el protagonista, quien se enreda entre sus calles y plazas. Ese laberinto no resulta de un problema de trazados, sino por la oposición entre el súbdito ordinario y la enormidad de las edificaciones y un trasfondo misterioso de distancias; porque esa ciudad estaba destinada a separar radicalmente a los de arriba y los de abajo, incluso cada escalón jerárquico debía dar la impresión de un abismo. Una sucesión de abismos porque la población jamás debía acceder hasta la cúspide gubernamental que, coincidentemente, aglutinaba a una aristocracia de sangre, una fe dogmática, un aparato militar-policiaco y el privilegio económico. Por eso, en la narración las oportunidades son inusitadas para que el humilde Akaki visite la zona de los ricos mandatarios y, después, la cita con el funcionario encumbrado que lo humilla; dichos eventos son excepcionales, a pesar de que el personaje está ubicado en las proximidades de los jerarcas cual engranaje silencioso.

Personaje principal
A Akaki Akákievich su descripción física lo señala carente de gracia, bajo de estatura, bastante feo y con defectos como marcas de viruela, arrugas, calvicie, miopía y hasta insinuando hemorroides. A esa falta de gracia se agrega la pobreza y un carácter apocado, aunado a torpeza para lidiar con sus semejantes. El carácter rutinario y temeroso del personaje principal —siendo simple copista y repetidor sin creatividad— sirve para revelar ese dispositivo que es la máquina burocrática: cada individuo convertido en engranaje, sometido a la repetición y vacío de contenidos. Desde los iguales de su oficina el protagonista sufre burlas y desde arriba desprecio e incomprensión; sin embargo, él no persigue ninguna vía de escape bajo la lógica del sistema, rechazando la única oportunidad de ascenso[8]. Sin embargo, este personaje disfruta auténticamente su trabajo y goza su labor, lo cual se refleja en su rostro[9]. Su actividad repetitiva se le ha integrado tan íntimamente que pierde la noción de caminar entre las calles y cree que continúa en mitad de una línea de copiado. Él encarna un modelo de enajenación, rayano en el autista, impedido de comunicarse con eficacia, sin vínculos familiares y, además, sometido a una estricta soledad y frugalidad aunque casi feliz[10].
Sus medios de defensa ante el mundo son casi inútiles, aunque permiten una tregua con su entorno hostil, así emplea un argumento contra las continuas molestias de sus compañeros de oficina: “¡Déjenme! ¿Por qué me ofenden?” Lo mismo sucede con su rechazo a tomar tareas diferentes que le permitirían ascender en la escala laboral, encarna una táctica para el fracaso. Su carácter ahorrativo corresponde a esa misma clase de estratagemas, casi rituales, más reflejo de una negación del mismo Akaki que medio enérgico para obtener algo. 

Los secundarios
Varios personajes secundarios sirven a la trama como son la madre de Akaki, un padrino y madrina cuando nació; el sastre Petrovich y su esposa; de la oficina los compañeros y el jefe que invita a su fiesta de cumpleaños; los primeros ladrones y el guardia que presencia el robo del capote; la amante e hija del antagonista, etc. Entre todos destaca el sastre con su intervención para convencer al protagonista que es inútil seguir remendando el viejo capote y cumple a la perfección el pedido nuevo. La descripción del sastre es graciosa, mostrando su físico curioso, suele coser descalzo y sobre una mesa, donde “Lo primero que llamaba la atención era el dedo grande, bien conocido por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la concha de una tortuga.”[11] Este artesano es gracioso por su físico y también por sus actitudes, siendo un briago que oscila entre la molicie y la brillantez.
Provoca inquietud en este relato la proliferación de dos series, que forman el tejido de su trama social: burócratas y policías-militares. En el ambiente petersburgués ambas series terminan confluyendo, pues comparten su integración dentro del Estado, dirigiéndose hacia arriba en la jerarquía (una cúspide evidente a la cual Gógol, con precaución, omite evidenciar) y hacia abajo abrazando al todo social; confluyen y aprietan pues tejen la red del poder, definiendo lo posible y lo imposible, lo peligroso y lo rutinario. Los gendarmes están, inclusive, a un tris de capturar al fantasma de Akaki pero fracasan, con lo que se confirma la imposibilidad[12]. Las dos series dibujan un ambiente de prohibiciones constantes y el general-funcionario maximiza esa perspectiva, al sellar que es imposible recuperar el objeto extraordinario y humillar irremediablemente al protagonista. 

El antagonista humillador
Con cuidado se mantiene el anonimato del antagonista quien se denomina la “alta personalidad”, cuyo puesto se conjuga con que también posee rango de general, aunque no despliega actividad bélica. De este personaje su sello más característico es el ejercicio concienzudo de la jerarquía y una doble existencia, entre su agresivo papel de funcionario y su corazón amable, reservado para la intimidad o con sus iguales. Su función exterior predomina, y por sus actos prolifera la intimidación y hundimiento contra sus subordinados, quienes sienten un temor permanente; en el relato, su tarea externa es mantener un orden que produce distancias y separación ante lo deseado. A nivel interior, se insiste en que sigue siendo un ser humano y hasta de buen interior[13], que tras humillar a Akaki (efecto de su función exterior, donde se alegra con sadismo) se preocupa por él y hasta manda a buscarlo, cuando ya falleció.
Por los excesos agresivos que prodiga, combinados con su costumbre licenciosa de adquirir una amante extranjera, él resulta el blanco idóneo para una venganza poética. Su agresión gratuita ante la petición de justicia, que desemboca en la muerte de Akaki, debe ser vengada en algún momento y lo cumple el fantasma del copista, robándole su capote y provocándole un gran terror. Tras el gran susto, este personaje modera su prepotencia y “ya rara vez”[14] lanza esos desplantes.

Sentimientos que despierta y función de aniquilación
Sin embargo, al principio del relato para Akaki —a pesar de su mediocridad— surge un objetivo de lucha y la narración se dinamiza, conforme asume la búsqueda de un objetivo, él se convierte en combativo para romper su monotonía. El capote despierta al personaje y muestra luces potenciales con una vivacidad desconocida, “su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o...”[15] Ese despertar sirve para colorear mejor su trágico desenlace, porque comenzaba a escapar del nivel de simple engranaje, cuando el acaso conspira para hundirlo. Por lo anterior, la existencia gris y pobre con su ambiente repetitivo y sin motivaciones, sirve para levantar el telón de fondo oscuro sobre el cual destaca la súbita alegría que le da ese esfuerzo por conseguirlo y el capote obtenido cual trofeo; sobre tal monotonía y mediocridad la pugna por alcanzarlo y la calidad de la prenda cobran su mayor estelaridad.
Las dificultades y privaciones de Akaki despiertan el lector sentimientos de simpatía por su desvalimiento; luego su embate para lograr su capote abre las posibilidades del personaje, para que pronto el trofeo se convierta en un inmenso lastre que hunde con su robo. El don nadie convertido en momentáneo triunfador coloca la trama en un terreno dramático, luego el objeto robado desencadena los acontecimientos por la senda fatal. 
El mecanismo de la trama se dirige hacia la aniquilación una vez robado el precioso capote, porque la dificultad enorme para su obtención se revela en fatalidad absoluta de su pérdida. El mecanismo de retribución al justo esfuerzo del trabajo (humilde y repetitivo) queda roto por la violación ética del robo y remachados los clavos de ataúd mediante la soberbia del jerarca que es llamado la “alta personalidad”. En vez de que la jerarquía sirva al fin justiciero, se convierte en cómplice del oprobio y hunde a Akaki en la muerte. El personaje sufre una triple violencia: su privación económica que le dificulta al extremo conseguir su bien[16]; su arrebato injusto que le roba su prenda; y la humillación del funcionario poderoso cuando se niega ofrecer justicia. En ese proceso se desemboca en la aniquilación del personaje, cuando se redondea su calidad de víctima[17]. En el giro fantástico de la trama, donde antes todo fue verosímil y realista, el copista se convierte en fantasma malandrín que repite el origen su martirio, pero convertido en vengador. Se perfila un castigo metafísico que repite la injusticia original y no se detiene hasta cuando también ataca a quien lo había humillado. Entonces el objeto del desquite se destina contra el poderoso, dándole una satisfacción moral al lector que se ha encariñado con Akaki, diríase una justicia poética.

El objeto del deseo: capote
Desde el título hasta el desenlace este relato se teje en torno a un objeto del deseo, que se mueve entre el estricto realismo y un toque de fantasía[18]. El objeto se argumenta verídico, en cuanto no posee alguna característica fantasiosa, sin ninguna magia ni conjuros en sí, sino que la situación del copista tan monótona y miserable le otorga esa característica. Es evidente el argumento: ya que Akaki ha sufrido tantas privaciones materiales y espirituales es porque su capote descuella y casi vida cobra. En el relato la prenda es notable por méritos propios: en lo objetivo, por la elección de los materiales y confección del sastre que resulta en su utilidad manifiesta (bien diseñado y protege contra el frío), y en lo subjetivo posee cierta belleza y es felicitado por los colegas. La comparación contra el capote anterior es notable: era inútil contra el frío, sujeto a múltiples remiendos, incómodo y deshaciéndose, provocando mala impresión y hasta burlas.    
Ese capote nuevo traspasa el ámbito de las prendas de vestir ordinarias para convertirse en una especie de “segunda piel” o habitación individual. Esa identificación extrema entre el sentido protector y de bienestar rebasa la categoría de ordinaria (lo práctico y utilitario, incluso desechable de la vestimenta), para convertirse en un objeto sobresaliente. Notemos que proviene de la confección de un sastre artesano curioso pero con talentos, que cuando termina su tarea está tan orgulloso, que sigue y espía al cliente algunas calles para admirar su confección. Esa noción de que la hizo un artesano talentoso le confiere singularidad y mérito al objeto, que rebasa el término de manufacturas industriales o de marca[19]. Asimismo, el proceso de ahorro para su compra rebasa el límite natural, para colocarse en el plano del sacrificio y lo inusitado, por lo que su obtención y pérdida posterior adquieren una dimensión extraordinaria.
Tras todas las justificaciones verosímiles sobre la calidad de ese capote, el relato juega con la enajenación de esa cosa y su influjo exorbitado. Antes de confeccionarse la lucha por obtenerlo le confiere emoción y sentido, cual si fuese una novia[20]; al obtenerlo le proporciona una gran alegría y aceptación en su microcosmos de oficina, desde elogios de sus compañeros hasta participar en una fiesta. El uso del capote concede cierta libertad y audacia, Akaki actúa con más confianza y de modo distinto, sale en la noche, mira escaparates de tiendas y hasta sigue a una mujer sin intención alguna: el objeto inanimado transmite fuerzas al personaje. El objeto ha cobrado tanta vitalidad que trasmuta en talismán de envidia y unos ladrones son encarnación de la injusticia, aunque con el desenlace resultarían espectros. Esto cumple un designio de enajenación en el sentido sociológico, cuando el objeto pareciera más vivo que el personaje, por tanto su pérdida definitiva sella una sentencia de muerte.

Dispositivos del poder en el discurso y la humillación
Destaca la táctica de la “alta personalidad” para hacerse el importante y adquirir “majestad” ante sus empleados. Bloquea la comunicación mediante la repetición de una palabra-talismán, convertida en amenaza, que es “Severidad, severidad y… severidad”[21].
El relato desnuda la utilización de preguntas retórica de autoridad que no son interrogaciones para comprender, sino “preguntas-clausura” que señalan hacia la cúspide castrante de la jerarquía que impide la acción de los subordinados, por eso ante sus supeditados se limitaba a blandir estas frases retóricas: “¿Cómo se atreve? ¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe a quién tiene adelante?”[22]  Cuando este tipo de argumentos se enfocan hacia Akaki, profieren en una humillación insoportable, la cual parece hasta divertir al agresor. En ese instante estalla el nudo dramático en este relato. El efecto es destruir la esperanza del protagonista y hundirlo en una humillación insoportable, que revela su nulidad completa ante el discurso del poder. El desenlace es la breve agonía de Akaki, su muerte y conversión en fantasma.

El giro fantasmal
El giro del relato lo presenta explícito Gógol al anunciar el cambio de tono, pasando desde lo realista, hasta “un final fantástico e inesperado”[23]. Incluso, con algo de audacia, el cuento cambia de género, saltando desde el drama cuidadosamente realista hasta la ficción fantasmal. En ese giro, el cuento reduce intensidad de dramatismo, lo hace con medida para compensar y proporcionar[24] lo siguiente: el gusto de la justicia poética contra “la alta personalidad” y consuelo para el alma en pena de Akaki, además hasta una apertura (la ahora famosa técnica literaria del final abierto) con un desenlace que permitiría interpretar que los ladrones iniciales del capote también eran fantasmas. Si esto fuera certero, los sucesivos arrebatos de capotes traerían una cadena de desgracias inacabable porque esa prenda sí afecta durante el invierno ruso.

Lo insignificante y lo significante
Esta es la discusión trascendente y casi filosófica explícita del relato: “Pero siempre habrá personas que consideran como muy importante lo que los demás califican de insignificante.”[25] Lo que llamaríamos la lección moral, se centra en la despreocupación generalizada ante el pequeño personaje, tildado como insignificante por su entorno, despreciando su aspecto, limitaciones y pobrezas. El capote entero clama por reivindicar a la gente ignorada y, con gran tino, emplea la metáfora de la mosca bajo el microscopio del científico, la cual recibe más atención[26]. En el aspecto opuesto, el jerarca posee otra escala de valores, donde la posición es lo más importante. El relato completo ofrece el dilema ¿importa la persona o la jerarquía? Lo plantea con cuidado: no redacta un panfleto político ni un lema anarquista. La colisión de este dilema ocurre con la humillación de Akaki, cuando se muestra que la balanza está cargada por entero en quien manda. El resultado es que el discurso del poder y su reparto injusto de bienes marca la separación convencional entre lo significante y lo insignificante, donde queda claro de qué lado termina la gente. También por ese diseño cuidadoso y su mensaje que trasciende este cuento destacó en el panorama de la gran literatura rusa y Dostoievski sentenció “Todos crecimos bajo El capote”.


NOTAS:

[1] Según se muestra en las escenas de la amante alemana del general (El capote, p. 71) y los escaparates con alusiones a lo español y la prevalencia de los franceses, El capote, p. 48, bajo sello editorial de Editores Mexicanos Unidos, traducción de Joaquín Torres Rodríguez.
[2] El análisis de Benítez Burraco proporciona un interesante catálogo de recursos humorísticos de Gógol, además anota que el narrador hace intervenciones y comentarios que saltan la objetividad, presentando rasgos orales muy interesantes, en BENÍTEZ BURRACO, Antonio,  Tres ensayos sobre literatura rusa: Pushkin, Gógol y Chéjov, pp. 106-122.
[3] El nombre ruso Akaki se debe traducir por Acacio, que deriva del árbol de acacia el cual proviene del griego, para significar “sin mancha” o “sin maldad”, por tanto emblema de la inocencia; también representativo de la inmortalidad, porque en la antigüedad su madera se consideraba incorruptible, por tanto inmune a la muerte. Su apellido Akákieviech significa que también es hijo de un varón con el mismo nombre, según la costumbre rusa.
[4] Que Gógol no mencione nombre de la oficina ni de altos funcionarios se justifica en función de la censura y represión bajo el zarismo, cuestión que explica al comienzo de este cuento, al referir la queja de un capitán de policía, pues una novela romántica contenía a un personaje que se emborrachaba. La maquinaria de espionaje y censura interior del zarismo era enorme como se mostró tras la Revolución de Octubre. Cf. SERGE, Víctor, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión.
[5] Esta escena ha abierto agitadas especulaciones, al nivel de sospechar que ese par inicial son fantasmas y el que habla es el propio Akaki espectral que genera un nudo en el tiempo, para él mismo originar su desgracia.
[6] El marxismo se mostró optimista ante el crecimiento del Estado y la burocracia, suponiendo que emanaba cual subproducto de una división del trabajo en el seno del capitalismo. La duda creció cuando los mismos remedios comunistas ampliaron una burocratización, la cual fue elevada a un nivel monstruoso y de tiranía. Cf. TROTSKY, León, La revolución traicionada.
[7] El horror de la burocracia salta en cualquier rincón de la literatura, incluso en fábulas de ciencia ficción, brota ese temor en la Ciberiada de Stanislav Lem. 
[8] Cuando su jefe le encarga un trabajo de mayor nivel, él resulta incapaz, por lo que solicita volver a su tarea de copista. En ese sentido, él es adaptado y resignado.
[9] El cuento subraya la sinceridad y hasta amor en la labor del copista, El capote. p. 21.
[10] La crítica nota que los personajes de Gógol aportan la perspectiva del “póshlost”, que es el orgullo necio que siente “la persona inferior por su inferioridad”. DOMÍNGUEZ MICHAEL, Chrístopher, Gógol en perspectiva, en revista Letras libres, 3/07/2009.
[11] El capote, p. 29.
[12] El capote, p. 69, se narra que el fantasma tomado por el cuello estaba siendo detenido, pero la aspiración de rapé de mala calidad, hizo estornudar al difunto “que empezó a salpicar por todos lados” y desapareció.
[13] “La compasión no era para él realmente ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos, aunque a menudo su alta posición impidiera expresarlos”. El capote, p. 70.
[14] El capote, p. 75. La secuela es que la “alta personalidad” evita sus actos agresivos y palabras humillantes, aunque no por completo.
[15] El capote, p. 40.
[16] La presencia de eventos económico son recurrentes aunque paradójicos y se mueven al filo de la lógica mercantil. El capote, objeto del relato, linda con el fetichismo y lo fantasmal. El dispositivo capitalista de ganar dinero se disuelve entre la miseria y el ahorro perdido en un instante. La retribución está más sujeta al capricho de los funcionarios que a cualquier eficiencia en el trabajo. En este cuento el panorama es complejo y su economía verosímil se somete a las pasiones y jerarquías.   
[17] El perfeccionamiento en la calidad de víctima hasta alcanzar contornos irreales, es un dispositivo notable en la literatura de Kafka, que aquí encuentra un notable precedente.
[18] En el cuento dice: “el espíritu de la luz en forma de capote” y ese es el elogio final sobre la contribución del objeto hacia el personaje. El capote, p. 67.
[19] BAUDRILLARD, Jean, El sistema de los objetos. El artesano antecede al industrial, pero el sistema comercial después recupera en la fantasía y potencia ese carácter deseable de los objetos, incluso cuando su obsolescencia está programada.
[20] La alusión al capote cual novia fantasma se justifica en el relato y cabría inferir fetichismo en sentido psicológico, como escarba Freud en La Venus de las pieles, obra de Leopold von Sacher-Masoch. Bajo tal óptica, el protagonista es un masoquista funcional, incapaz de aspirar a una mujer real, quien recibe la prenda que lo cohabita y trasviste (en el juego de la ficción se permite este doble objetivo: poseer y convertirse en el opuesto) y es despojado por figuras masculinas, lo cual se remata con la humillación ante el funcionario con cariz de padre autoritario. Entonces la osadía del deseo terminaría castigada, pero se daría una compensación fantasmal al arrebatar al padre su prenda, siendo entonces el capote una fémina fantasmal.   
[21] El capote, p. 58.
[22] El capote, p. 59. En sentido cartesiano nos muestra las antípodas de la duda metódica, porque sirven para matar la sucesión de dudas e interrogantes que exige la investigación racional. Cf. DESCARTES, René, El discurso del método.
[23] El capote, p. 68. Al mismo tiempo, el relato entero emparentaría con el tipo de “literatura menor” que se define en Kafka para una literatura menor. 
[24] Cabe especular otra ventaja del cambio de género: reduce la presión hacia una censura, una institución peligrosa en el régimen zarista. 
[25] El capote, p. 57.
[26] El capote, p. 66.

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