Música


Páginas vistas en total

domingo, 14 de diciembre de 2008

DISTORSIONES DE LA MEXICANIDAD AL INICIO DEL TERCER MILENIO. 1a Parte.



Por Carlos Valdés Martín


La imagen tradicional de la mexicanidad hoy es tan obsoleta como la idea ilusa de que los tradicionales “comales” son un medio para competir contra las empresas trasnacionales, está tan fuera de lugar como Pancho Villa vendiendo chicles en los cruceros durante los treinta segundos de semáforo rojo, está tan caduca como las memorias inéditas de los amores adolescentes de Porfirio Díaz... Esa imagen obsoleta quedó fijada en la teoría de la mexicanidad clásica como se puede leer en las tesis de El Laberinto de la soledad, sin embargo, así como tuvo sus méritos también no rebasa límites, tanto por su momento histórico (nacida al mediodía del autoritarismo semi-corporativo) como por su ontología. La reflexión sobre la mexicanidad ha continuado y existe un momento notable en La jaula de la melancolía de Roger Bartra, quien conjuga virtudes de reflexión materialista compleja y fino estilo artístico. El verdadero reto es que el objeto de estudio ha cambiado, el ser de México ha cambiado, y la reflexión no alcanza a una realidad que se mueve veloz. La idea común sobre la mexicanidad integra la mezcla entre una situación clásica, de consolidación del Estado nación con sus circuitos reproductivos (económicos y poblacionales) unidos con una densa red de circuitos culturales (escuelas, lenguaje, radio, televisión, cinematógrafo...) que cristalizan en otra realidad de lo mexicano, diferente y contraria a la anterior imagen dominante.

La imagen de lo mexicano cuajada por los circuitos ideológicos y refinada por la reflexión estaba lista desde los años treinta, ya Samuel Ramos, el clásico filosofo de lo mexicano, creía posible la captación se una ontología de lo mexicano, una especie de espíritu general que explicara la consistencia (casi sólida) del fenómeno de México y que su población presentara ciertos rasgos consistentes a lo largo de varios siglos. Por eso se propuso una filosofía de lo mexicano, una interpretación al nivel más general que permitiera la exposición sistemática de cada grupo humano característico. Sin embargo, tratar de fijar a las naciones en una esencia, mediante un espíritu ontológico a la manera del “positivismo organicista” (de donde abreva la concepción original de Ramos) es un proyecto fracasado, porque ignora completamente la práctica social que lo sustenta[1]. Afortunadamente, el momento histórico le sonríe al filósofo de lo mexicano, porque su tiempo es la hora de cristalizar una identidad mexicana densa y estructurada en instituciones culturales y obras de pensamiento. En efecto, la cultura oficial del México prerrevolucionario se presenta como una fórmula cosmopolita y sin raigambre nacional a los ojos de la "ideología de la revolución", más aún, a los ojos de la ciudadanía común de ese ambiente. Se vive un despertar nacionalista muy significativo, que recorre al conjunto de manifestaciones políticas y culturales. Ese momento resulta el adecuado para tratar de hacer una reflexión general de la mexicanidad, el objeto de la identidad lo creen el definido, parece que ha nacido completo "el mexicano" y es el tiempo justo para retratarlo. Así, a pesar de sus fallas teóricas, la reflexión de Samuel Ramos queda firme como un pivote para los estudios siguientes, indicando la definición de un campo de estudios, que se llamó la "filosofía de lo mexicano", el cual se retroalimentaría ampliamente con la cultura popular[2],

La obra de Octavio Paz se debe considerar como la culminación de la escuela de pensamiento de la "filosofía de lo mexicano", por lo que también estaría indicando la cristalización del objeto de estudio. La totalidad del momento de México a nivel de todas sus manifestaciones había tomado cierta solidez al grado de engendrar la quimera del sistema político más inmovilista del siglo XX, una fórmula nacional de conservadurismo político, que exige considerar su dimensión nacional, aunque ésta no agota su explicación en el terreno de las manifestaciones culturales nacionales, de su relación política con la nación o del modo de reproducción de su población. Por eso la obra de Octavio Paz merece destacarse como la reflexión de mediodía, y durante varias décadas ya no se presentaría una tentativa seria de superación. Después de esta síntesis de lo que se creyó que era el mexicano, la población podía mirarse en un espejo, que también era una jaula, un nicho de una historia triste donde las mayorías permanecían como víctimas de un progreso capitalista y una minúscula élite reinaba en lo alto, disfrutando de un carrusel congelado.

EL ESPEJO ROTO

La superstición popular indica que romper un espejo trae aparejados siete años de mala suerte ¿Quién rompió el espejo de la identidad nacional? De alguna manera la convocatoria a los símbolos convenientes se fue perdiendo. El mariachi, las adelitas, y el silencio indígena se fueron corroyendo con la masiva urbanización. Como monumental y hermosa ruina vemos el mariachi, las adelitas, y el silencio indígena conservados pero sin su magnetismo pleno, sin el código de su eficacia, como cactus trasplantados a la mitad de la selva. Por su parte, el mariachi podría ser el más emblemático de esto símbolos porque su forma conservada es una alegoría comercial de un evento campirano, la inautenticidad está presente en su forma precisa, porque no existían esa clase de conjuntos musicales en el campo mexicano del siglo XIX. El silencio indígena muestra un sello peculiar para un problema secular surgido desde la conquista, el silencio como código de la derrota, de la incomprensión y de la marginación es una construcción dolorosamente fraguada; porque el indígena para sí no calla silencioso, sino el oído culpable de la colonización lo quiere silencioso, ese oído que no desea (pues no le conviene) escuchar una multitud de lenguas de pueblos derrotados. Una multitud de lenguas indígenas que permanecían como murmullo de fondo o convertidas en el silencio parlanchín y elocuente de las piedras monumentales prehispánicas. Afortunadamente, la crisis de ese silencio es el surgimiento de un indigenismo desde abajo, presente como rebeldía y gritos de los silenciosos, presente como reclamo de la autonomía cultural y regional.

Cuando nos referimos a indígenas y mariachis pareciera que realmente nada ha cambiado, indicamos que México sí ha cambiado, pero la mayor ruptura está presente en la modernización. Haciendo un interesante juego, Paz ya había tomado como uno de sus ejes de interpretación a personaje del "pachuco" porque está en el filo del cambio, en el territorio de abandonar el ser mexicano, trasplantarse y ser otra cosa, una hibridación de culturas. Con el tiempo, la hibridación se ha radicalizado y el influjo del otro lado de la frontera decanta su influencia y pone en crisis a la nacionalidad mexicana.

¿Crisis de la nacionalidad mexicana? El tema se ha abordado poco y merece integrarse como parte de la problemática de la globalización. Por el lado de la Comunidad Europea el proyecto de integración de un mercado común es tan radical que indica la fusión de las nacionalidades implicadas en un nuevo ser. La cristalización de la Comunidad Europea implica en nacimiento de un ser europeo, una imagen del aquí y ahora de los sujetos singulares europeos, lo cual pondrá en cuestión su entidad nacional. Ahora bien, el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, en principio, no indica tal radicalidad... pero es el primer paso. Ese paso inicial es consistente con una serie de crisis interiores en la formación de la nacionalidad mexicana.

LA INFERIORIDAD Y LA RAÍZ AGRÍCOLA

El tema de la inferioridad aporta uno de los clásicos campanazos de la filosofía de lo mexicano. Samuel Ramos lo concibió como una aberración sicológica (en el sentido de Adler, el psicólogo austríaco) proveniente del rezago cultural del nuevo mundo frente a los modelos culturales superiores de Europa. Roger Bartra ya observó que el sentimiento de inferioridad nacional es el resultado de una inferioridad material. Bastaría redondear el argumento llegando tan lejos para interpretar la inserción de México en el mercado mundial, en base a un intercambio desigual y un desarrollo industrial subordinado; es decir, caminaríamos desde las honduras del subconsciente acomplejado hasta las grutas del mercado mundial. La inferioridad sicológica era un laberinto adecuado para discusiones sin sentido, para que cada quien se pusiera el saco o se lo quitara, por que la sicología social no se podía convertir en un sello de uniformidad social. La inferioridad material cambia con el movimiento de la tecnología y sus revoluciones, con las redefiniciones de las vanguardias industriales y de servicios, por las variaciones en el término real del subdesarrollo que pasa de sociedades agrícolas y mineras al 100% a sociedades con una industria compleja pero relativamente rezagada.

Para México la unidad de medida de su inferioridad material son las comparaciones y relaciones reales con Estados Unidos, con el nivel más alto del capitalismo mundial. El sexenio de cambios clave ha sido el de Salinas de Gortari, cuando se intenta una nueva inserción en la división del trabajo, cuando se formaliza un tratado de libre comercio que estaba enlazando una serie de transformaciones de primer nivel en todo el mundo. En especial, la economía norteamericana estaba urgida de encontrar nuevas fórmulas de competitividad contra los imperios ascendentes: las ventajas tecnoeconómicas de japoneses y el reto de una integración europea liderada por una Alemania competitiva y reunificada. Un eslabón importante de las fórmulas de competitividad de EUA se ubica en la reubicación de procesos de trabajo (ejemplificado por la integración internacional de la industria automotriz), modelos de maquila internacional (México se ha convertido en la principal maquiladora del mundo) y modificación del juego de la competencia por mercados regionales. Curiosamente, el TLC nace como si se tratara de una petición mexicana, una iniciativa personal de Salinas de Gortari. El efecto directo de esta integración en una crisis económica catastrófica desde 1994 no se llega a percibir como el resultado de esta integración comercial, por lo mismo no se capta la dimensión de lo ocurrido. La relación de inferioridad material cambia de nivel, pareciera que se entra en la época de la igualdad, de las relaciones trilaterales con las grandes ligas, y además el país queda integrado dentro del club de la OCED, las economías desarrolladas. A nivel de la conciencia, la imagen de inferioridad material se desdibuja, asimismo la desnacionalización de la economía se profundiza. El único resultado que podemos considerar, entonces es que existe una modernización de la inferioridad nacional: tecnificación de la dependencia.

Las imágenes agrícolas de la mexicanidad recopiladas por las tradiciones nacionales y la filosofía de lo mexicano tienen como referente esencial al mundo precapitalista, preurbano, prehispánico. Encontramos una interesante suma de espejos de la otredad, que indicaban que la nación mexicana se había consolidado con el capitalismo, la urbanización y la europeización. No me refiero solamente a un efecto ideológico de quien se descubre dentro de su propio no ser[3], sino en un fenómeno masivo de transición. En los años treinta, la mayoría del país era campesina, y el referente histórico de una revolución, tenía el sello extraordinario de una sublevación de los peones contra los señores de las haciendas. La conciencia nacional de México, a carta cabal, tenía que considerar y así lo hizo, las raíces rurales. Las figuras de los sombrerudos y güarachudos pintaban los contornos de los verdaderos mexicanos, el corazón profundo y las huestes de la epopeya revolucionaria. El lema de "Tierra y Libertad" era una causa para el conjunto del país y no una bandera exclusiva para un sector rural arcaico.

De hecho, las formaciones históricas nacionales adquieren uno de sus ejes característicos con las articulaciones entre el campo y las ciudades. El tipo de campo y de ciudad marcan las posibilidades de tensar el arco para formar las naciones unificadas, si bien, las ciudades concentran las fuerzas productivas y al poder, por su lado el campo también marca las coordenadas de la vitalidad de un pueblo. La relación entre campo y ciudad crea la geografía real donde se definen los centros y las periferias, el interior y las fronteras. El centro urbano mexicano, como cualquier urbanización, ocurre paulatinamente, pero el desarrollo capitalista le permite una aceleración especial. Después del relativo fracaso económico de los experimentos de ejidos y de una masificación de los servicios de salud (reducción súbita de la tasa de mortalidad) se vive una aceleración de la urbanización en el país. Al mismo tiempo que la cultura oficial cantaba odas a las raíces agrícolas del país, el proceso objetivo desarraigaba masivamente a los campesinos y los convertía en los desamparados de las ciudades. Entre los desamparados de las ciudades se mantenía una vinculación sentimental y familiar con las parcelas, pero era cuestión de tiempo, para que sus hijos se olvidaran de lo que significa la milpa y el metate, el maguey y el chalchihuite, quedando como una referencia secundaria la cultura del maíz refuncionalizada por empresarios monopolistas de la masa, que como la empresa Maseca, importan maíz africano o norteamericano para manufacturar tortillas (además con esto se crea una dependencia alimentaria hacia el extranjero en varias líneas esenciales). Podría afirmarse que la mayoría de la mayoría urbana, de los chilangos o regiomontanos de toda estirpe, no son hijos directos del campo, ya no son los hombres del maíz, sino los hijos del asfalto.

Para la mayoría de los hijos del asfalto las metáforas campiranas no son un adecuado reflejo de su otredad constitutiva. El México rural, para los hijos del asfalto, les parece un universo poco atractivo, que no les reporta suficiente identificación o nostalgia. Incluso tenemos interesantes recodificaciones cuando las ficciones del mundo agrícola se fijan al Norte, como indican las aficiones por la música country (que sonoriza la supuesta música rural norteamericana), las epopeyas de campesinos mojados, el estilo Mex-Tex (mexicanos texanos), etc.

LA DECADENCIA DEL AUTORITARISMO TLATOANICO

La misma solidez material del largo reinado priísta y presidencialista, donde las decisiones nacionales se delegaban en una figura individual y providencial, la del Presidente de la República, se había retroalimentado y sellado los estilos del ser nacional. La amabilidad y cortesía proverbiales del mexicano también son el sustento cotidiano de una cadena de autoridades despóticas: el niño era bien educado por la madre, que se sometía a un marido, que se doblegaba ante su jefe inmediato, que se doblegaba a los superiores, que culminaban en el jefe supremo de la nación. La amabilidad proverbial condensada tan claramente en la expresión cortés de "mande usted" para indicar simplemente "lo escucho" es cimiento para esa clase de cadenas de mando. El tiempo de romper cadenas no podía llegar, mientras una cortesía proverbial generara millones de ecos por lo largo y ancho de la nación, repitiendo: "mande usted". El ritmo pausado de la vida campesina es el escenario adecuado para repetir esa frase, en cambio, las urbes alocadas no tienen el ritmo adecuado para repetir al infinito "mande usted". Dentro de las grandes ciudades mexicanas la cortesía, poco a poco, se ha ido achatando, recortando, menguando. Ahora el urbanita se define en términos semejantes a la de cualquier neurótico urbano.

No parece casualidad que las grandes ciudades son el territorio donde se diluyen las bases electorales del priísmo. Las cabeceras y capitales pasan electoralmente a manos de la oposición y las van siguiendo los estados más urbanizados. El neurótico urbanita no respeta a sus superiores con ese reflejo condicionado del "mande usted".

Al mismo tiempo, que vientos de modernización en todo el planeta ponen en entredicho al autoritarismo llano, a la simple violencia descarnada a la que podía recurrir el presidente en turno sin oposición significativa. Recordemos que la masacre de Tlatelolco en 1968 gozó de amplia impunidad, y que los gobernantes se salieron con la suya sin mayores tropiezos. Pero el presidencialismo mismo ha sido el blanco del ataque político permanente. En toda la historia del PRI y sus antecedentes no había existido un poder legislativo o judicial independiente de los caprichos. Los diputados opositores fueron aniquilados por Obregón, los militares opositores fueron asesinados por Calles, los gobernadores opositores fueron destituidos por Lázaro Cárdenas. En cambio, la presión acumulada contra Zedillo marca un sendero de separación de poderes. El Tlatoani se debilita porque desde antes ha perdido sustento su omnipotencia, más adecuada a las relaciones paternalistas del Estado frente a los campesinos, que frente a los ciudadanos.
Al debilitarse el vértice autoritario de la pirámide nacional, también es posible que las tensiones y las diferenciaciones internas de la unidad nacional pueden ser más hondas (¿abismales como se mostró entre las nacionalidades de los Balcanes?) de lo que se había creído. Cuando se termina el eco de la frase "como usted mande señor Presidente" entonces las definiciones tienen oportunidad para mostrarse más regionales, más diversas. Asimismo, al terminar el factor de homogeneización política, queda la producción en masa capitalista. El mercado y sus medios de comunicación entran en juego como determinaciones poderosas del modo de vida de los mexicanos, que por lo mismo (bajo la variedad de forma) entran a ciertas reglas y modas internacionales.

NOTAS:
[1]La crítica al método de Ramos la presenta de forma muy completa Roger Bartra en su obra La Jaula de la Melancolía.
[2]Se cumple con la articulación de los diversos niveles de la cultura, tal como lo había planteado Grasmci para el caso italiano, entramando desde el folklore hasta la filosofía (en su sentido particular) pasando por las diferentes reflexiones que lo puedan articular. La filosofía de lo mexicano, entonces era también la indicación de que se estaba consolidando una amplísima alianza de clases, un bloque histórico consolidado. Cf. Gramsci, Antonio, Los cuadernos de la cárcel.
[3]Roger Bartra presenta una interesante discusión sobre la universalidad del mito de buen salvaje para la conciencia occidental del mundo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola
qué es un tlatoani?