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lunes, 15 de diciembre de 2008

DISTORSIONES DE LA MEXICANIDAD AL INICIO DEL TERCER MILENIO. 2a Parte.




Por Carlos Valdés Martín

LA PRIVATIZACIÓN DE LA VIOLENCIA: DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA A LA CRIMINALIDAD ORDINARIA.

La privatización como tráfico de objetos que se pueden tocar es parte de la profanación del mundo, porque lo intocado (o tocado de una forma especial, superior) es lo que se puede considerar sagrado. Así, la oleada capitalista que privatiza la vida del Estado, haciendo que el territorio de su imperio estatal, la vida política y sus símbolos, también le quita lo sagrado a ciertos aspectos inesperados de la sociedad. Aquí se debe mencionar la violencia, que antes fue el monopolio del poder del Estado (la milicia como árbitro exclusivo, así como la impartición de justicia) y de los grandes eventos sociales (la Revolución como momento fundacional), pasa en el momento neoliberal a una vulgarización y generalización de un acto privado y sin aureola de aceptación, pasa a ser protección policiaca (cuando es positiva) y criminalidad (cuando es negativa). Antes el binomio dominante era violencia estatal (milicia, represión) antagonista de violencia popular (revolución, sublevación). La violencia popular que se vio triunfante como la revolución mexicana y se veía como derrotada con la revolución institucionalizada. Pero estas figuras magnas o magníficas de la violencia como Golem estatal o como Tormenta social se desdibujan en el periodo neoliberal, pierden filo como realidades, para tomar fuerza como fantasmas. Por ejemplo, el neozapatismo es la vida intensa del fantasma de la revolución mexicana, con un curioso sesgo de que no se cree en su fuerza ofensiva, no se tiene fe en la Tormenta que viene del Sur, y se prefiere imaginar que se trata de un Viento (metáfora preferida de algunos partidarios del subcomandante). Si las grandes violencias nacionales pierden fuerza es porque están opacados por la sombra de otras violencias, y porque se ha dispersado. La criminalidad es más dispersa ¿por ello es menos real? En cierto sentido se puede imaginar que la criminalidad creciente es un mal sustituto de la convulsión revolucionaria. Porque el neoliberalismo tensa los corazones entre la miseria y la opulencia crecientes, una disipación de contrarios que no se pueden resolver, y los ciudadanos desquiciados de cualquier clase tratan de robar por el medio que sea para rescatar su lugar en la sociedad de consumo o avanzar peldaños en la misma. La violencia criminal, no cabe duda, es un producto casi natural de la sociedad de consumo en condiciones de división abismal entre riqueza y pobreza. Y ese producto no le resulta una crisis, sino un fenómeno funcional, un ataque privado a la propiedad privada, que confirma su santidad, porque la criminalidad (especialmente la violenta) parece la irrupción de la maldad humana contra la santidad de la riqueza. Ese camino no lleva a ninguna parte, al contrario de la amenaza comunista de una revolución que ofrecía una salida contraria, un cambio de rumbo definitivo. En ese punto, la criminalidad sirve al sistema, es un complemento a la injusticia, porque el robo es un complemento extremo a una injusticia, es su potencia al cuadrado porque la propiedad privada parecería tener justificaciones (herencia, trabajo, negocios...) comparada contra el brutal empleo de la violencia de ladrones que se apoderan de cualquier cosa por el camino más corto.

La profundidad de la criminalidad crea un ambiente enrarecido de pánico social, de temores crecientes, que deviene en una especie de contaminación, una paranoia universal que impide el adecuado flujo de las relaciones humanas o la gestión de mínimos proyectos de vida. Ambos también son fenómenos funcionales a algunos de los peores rasgos de la enajenación capitalista de una nación.

Y esta reflexión debe incluir la consideración de que la “ideología de la Revolución Mexicana” fue el pegamento ideológico de muchas décadas del régimen priísta. Si bien, esa ideología se podía cuestionar por su inconsistencia o contradicciones internas, su vaguedad o sus transformaciones, no obstante era un eje de identidad histórica, de continuidad y cambio de un proyecto, con raíz nacional muy bien perfilada. Las administraciones priístas, con el paso de las generaciones y con la variación del proyecto de “la Revolución hecha gobierno” se han alejado de los rasgos populistas y plebeyos de antaño; una normalización de gobernantes con educación superior y lejanía con el fragor de cualquier batalla, obligó a deslavar, cada vez más, los discursos de la fundación de un régimen por vía revolucionaria, es decir, por la vía de la violencia de las masas. Ahora, el fantasma de la violencia se le escapa al Estado bajo las formas más triviales de criminalidad incontrolada y también como una bandera de violencia simbólica, porque la existencia de un ejército indígena en “tregua permanente” también es un signo de que el Estado mexicano ha perdido la legitimidad en el ejercicio de las armas.

SOMBRA Y OSCURIDAD DEL NACIONALISMO MEXICANO

Para la imaginación política y popular, el régimen de Porfirio Díaz representa la época oscura del nacionalismo, porque el país estaba embarcado en un rumbo de asimilación de las influencias extranjeras para poner al día las relaciones sociales capitalistas; en cambio, esta interpretación del porfirismo como antipatriotismo, surgió después del cambio de ruta, la etapa de la revolución de 1910 y después, el retorno a un nacionalismo militante. En especial, la interpretación de la cultura nacional cambió dramáticamente, mientras el periodo porfirista estuvo marcado por una educación inspirada en modelos universales, en especial, el positivismo científico imaginado como una iluminación racional, contrastó con la educación nacionalista, que arrancó en 1922. El positivismo del porfirismo se esforzó en llevar la educación hacia mayores capas de la población, sin pretender una educación básica universal. Esa educación trataba de elevar el nivel espiritual y racional de los educando acorde a modelo que podían valer en cualquier latitud. La educación nacionalista de la era pos revolucionaria agregó un sentido de redención para las masas populares y de exaltación de las raíces vernáculas. Por ejemplo, Vasconcelos -el inspirador de las primeras grandes campañas de educación popular- creía que los muralistas operaban una educación popular, pues el indígena oprimido se podía identificar estéticamente y levantar la cabeza contra su opresión centenaria. Bajo este concepto posterior no era suficiente sembrar la semilla de la razón del alumno, sino ofrecerle los elementos de su identidad particular. Para ofrecer la identidad particular del alumno mexicano también se valieron de símbolos y mitos, así, el foco de admiración de ese periodo estaba en el mito de Quetzalcóatl como el héroe educador prehispánico, que podía ofrecer una figura ejemplar a las masas de raíz mestiza.

Las correspondencias (evocaciones no tan secretas como sugiere Baudelaire) entre Carlos Salinas y Porfirio Díaz se han traslucido en la vida política, mostrando las afinidades. Dejando de lado otros campos, aquí resaltamos que el filo nacionalista del régimen también preparó una correspondencia de tiempos. El discurso nacionalista oficial era uno de los aspectos más fuertes de su ideología porque en diversos sexenios se había sostenido con hechos significativos; pero el complejo proyecto del Tratado de Libre Comercio vino a cambiar la historia. El 1º de enero de 1994 queda como la inauguración de una nueva era de la cuestión nacional mexicana: antes la jaula de la melancolía era una metáfora. Si el campo de decisiones de la economía sale de la soberanía nacional también el discurso nacionalista debe ser afectado, aunque la realidad y las ideas se contrapongan. El discurso nacionalista oficial se fue vaciando de sus contenidos. Para tener una adecuada correspondencia debemos recordar que también el porfirismo trató de cubrirse con cierto manto nacionalista, precisamente en 1910, Díaz alcanzó a celebrar las fiestas por el centenario de la Independencia, en gestos conmemorativos por los cuales pretendía ser el continuador de los próceres de la lucha de independencia. Ese es el nacionalismo oficial que se contrapone al nacionalismo real de la población, que está fuera de los recintos rituales (y espacios de caricatura).

El orgullo que no es grito y exhibicionismo es un pobre rubor de mejillas. A partir del sexenio salinista, los desplantes de orgullo nacional quedan en la sombra. La nacionalización petrolera permanece como el vestigio de un machismo mal comprendido visto en la perspectiva de la nueva generación de políticos tecnócratas, una generación dirigente que piensa en términos de globalizaciones y mercados mundiales. Esos desplantes del nacionalismo de los años treinta lo trata de esterilizar la nueva capa gobernante firmando compromisos internacionales de niños cumplidos dentro del concierto del mundo libre. Esos desplantes que enfrentaban al gobierno mexicano con el de Estados Unidos, luego los tecnopolíticos de todos los partidos (muchos de ellos educados en Harvard y otras “universities”, curiosamente graduados o postgraduados en Estados Unidos o en otro confín geográfico) lo consideran como una forma de primitivismo ya superado.

LA CONTINUIDAD Y PIRUETA DE LA CONQUISTA

La evidencia no se quisiera ver para ocultar su obviedad, por lo mismo la dificultad para que sobreviva la nación a sus contradicciones se ignora. Si la Conquista de los pueblos indígenas aconteció con increíble facilidad, donde millones sucumbieron ante un puñado de audaces “adelantados” fue porque se presentó un desequilibrio histórico y tecnológico entre Europa y América, donde muchas maravillas y portentos autóctonos como el arte en piedra o su extraordinaria arquitectura no podía detener la avalancha que se les vino encima. Las desgracias naturales que acompañaban a los ibéricos, como las enfermedades desconocidas, estaban predeterminadas también por cierta pobreza tecnológica, pues así podemos llamar a la ausencia de medicina para tales enfermedades. El desequilibrio entre la tierra de Anáhuac y el entorno capitalista no desapareció con la colonización, ni con la Independencia, ni con la Reforma, ni con la Revolución. Cambiaron los parámetros de ese desequilibrio, en los cuales nuestra nación permanece como la parte débil, la que establece lazos de dependencia y de debilidad.

Con los años el eje del conflicto exterior pasa a los Estados Unidos, país con el que se mantienen ahora los más estrechos lazos dentro de todos los órdenes. Sin embargo, la vinculación económica dio un salto muy importante con la firma del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, porque ahora ya las decisiones de mercado internacional quedan bajo una instancia tripartita, que delimita y reconfigura el concepto de “soberanía nacional”, mediante una pérdida “suave” de mecanismos internos de decisión de las políticas económicas nacionales y además existen tendencias de homologación con los vecinos del Norte son muy fuertes en muchos campos, como se puede ejemplificar en la presión para que se homologue la “competitividad laboral” con los estándares del Norte. La suavidad y benevolencia de la integración queda cuestionada por la continuidad de desequilibrio de fuerzas, pues esa continuidad desequilibrada resulta histórica y de largo alcance, de tal modo, que la bilateralidad (suposición de una contratación libre entre voluntades nacionales formalmente iguales) queda vulnerada en su raíz por una correlación de fuerzas excesiva, cuando el movimiento constante tensa los intereses materiales reiteradamente chocando. La historia de la relación entre México y Estados Unidos es la narración de un largo desencuentro, un choque de fuerzas con atracción mutua y de intereses desestructurados. Los eventos de 1847, con la guerra de conquista estadounidense, que culminó con la amputación territorial de la mitad de México (entonces semi-desierta de población), indican el punto más agudo de las colisiones externas de intereses entre ambos países, y en el posterior periodo las contradicciones se relativizaron, sobretodo, porque el vecino del Norte dejó de tener una dinámica imperial de expansión territorial, para centrarse en una dinámica de expansión más puramente comercial y de intereses financieros industriales. Esta situación quedó muy clara después de las Guerras Mundiales cuando no efectuó una expansión territorial correlativa a su superioridad militar, sino que centró su dinámica exterior hacia “zonas de influencia” para la penetración de las formas trasnacionalizadas del capital, y si empleó masivamente sus fuerzas militares no convirtió su ocupación en colonización territorial significativa. La situación nacional mexicana permitió el libre juego de las fuerzas económicas expansivas, aunque la nacionalización de recursos naturales como el petróleo, generó una tensión de intereses al punto de la colisión. El desarrollo del capitalismo norteamericano no se puede quejar respecto de la funcionalidad de un mercado atrasado y poco competitivo en su “patio trasero”, efectivamente, una industria poco competitiva viene mejor con la supremacía mundial norteamericana, que enfrenta desafíos más lejanos en la eficiencia europea y nipona.

El desarrollo de un capitalismo atrasado en México es funcional a los intereses norteamericanos, y la permanencia de esta situación implica una compleja relación de adaptación constante a presiones externas y necesidades internas. Ciertamente, que el interés de Estados Unidos no es generar una colonización territorial sino que la salvaguarda de sus “intereses estratégicos” acepta la existencia de Estados políticamente independientes, sin embargo, la complejidad de los intereses de la densa y múltiple trama de trasnacionales mundiales norteamericanas implica infinidad de puntos de fricción actuantes y más posibles con naciones independientes, por lo mismo la lógica de política externa norteamericana exige que se dobleguen los intereses antagónicos, exige presiones sutiles y presiones descarados, exige acuerdos amistosos y exige chantajes, exige sutileza diplomática y la presión de la armada más costosa del globo, en fin, exige una multiplicidad de estrategias que socava o vulneran la capacidad de acción de sus socios y rivales. En ese contexto la configuración del mercado integrado más grande del globo (al momento, pero luego será rebasado) implica que la suave asociación también contiene algo del herrumbroso (por añejo y oxidado) sabor de la empresa de la Conquista.

VER DESDE EL OMBLIGO

Si planteamos las cosas con mayor delicadeza podemos considerar que el nacionalismo mexicano está evanesciendo, convirtiendo la materia pétrea y brutal de sus giros históricos en una sutil emanación de un aire enrarecido. De cualquier forma, estamos ante una fase debilitada, cansada y menos ruidosa del nacionalismo. La fuente del término, la nación misma, es la que ha cambiado. La manera en que la nación totaliza a sus integrantes, el modo en que extiende una atmósfera completa integrando a sus partes humanas, eso ahora ha cambiado. Debemos remitirnos a observar que el modo de reproducción final de los mexicanos (su ser antes, ahora y como porvenir proyectado) ha cambiado en su unidad (México), para definir que el punto de vista desde el cual se aprecia está modificado.

La teoría del “punto de vista”, en el fondo no es complicada, surge de considerar las determinaciones materiales que afectan la capacidad de percibir. Durante muchos años estuvo de moda imaginar que las naciones generaban una especie particular de carácter sicológico, cuyo motivo no se podía explicar, así en la teoría de Otto Bauer se consideraba que entre los alemanes existía una inclinación particular de espíritu propicia a la generalización, diferente a la de los franceses. Sin embargo, esta determinación siempre ha sido inconveniente porque no ayuda a explicar, sino que convierte las observaciones empíricas en regularidades sicológicas, a su vez, inexplicadas. El punto de vista, nos permite definir las condiciones de posibilidad de la interpretación corriente en un pueblo, en clases sociales y en épocas definidas. La existencia de la nación también es una situación de las personas que condiciona cierto punto de vista, respecto de lo cual podemos imaginar que muchas personas están en la cima de una montaña, así, su punto de vista como panorámica hacia el valle circundante es similar y todas mantienen esa visión desde lo alto, sin embargo, cada cual tiene su ubicación precisa y diferente para observar las cosas. El punto de vista nacional es una determinación, que se une a las demás determinaciones reales de clase, época, etc. para precisar el punto de vista exacto de que se trata, lo cual no se opone a la captación de lo verdadero, unión de la universalidad con el aquí y el ahora (situación)[1].

Las discusiones de los filólogos nahuatlistas parecía que no lograban dar en el clavo para una cuestión tan básica como el nombre el país. La raíz de la palabra México parecía hundirse en los tiempos legendarios y no existe consenso de la explicación. El erudito Gutierre Tibón plantea una solución interesante: que la raíz náhuatl significaba "en el ombligo del conejo". El motivo indicado es que el mapa antiguo de la región central de los lagos asemejaba al gran Conejo de la Luna y Tenochtitlán se instaló en su centro. Lo que llama la atención es la ubicación en el centro. Siempre el centro es el punto privilegiado, y el ombligo no es un órgano vital, sino que su geometría indica lo nodal. El centro es el punto cardinal esencial, porque es el eje de los demás, y existe una buena circunstancia para esto, pues al ubicarse, todo ser humano mira desde un centro, la mirada es concéntrica y cada conciencia individual capta el universo entero desde un centro[2]. A partir de su peculiar geografía con-céntrica es que el ser humano domina su mundo (o lo pierde). La capital es la cabeza, el centro de un centro, como en el cuerpo humano.

Resulta que el apelativo de la nación es ya el emblema de un punto de vista, en el ombligo del Conejo de la Luna. Claro, cada nación es un centro y existen muchos otros, pero las naciones oprimidas, colonizadas en un tiempo tienen un destino especial, y han de ver el mundo desde sus cadenas, desde sus traumas históricos. Volver la mirada al interior es también compararse, conocer a los demás también es reconocerse. El centro de la nación mexicana se descubrió como unidad separada del mundo a partir de 1821, y en un largo viaje de descubrimientos observó que estaba atrás, a la saga, frágil, en condiciones de recaer en la condición colonial... Conviene regresar a una metáfora geográfica, pero inversa, la nación se descubre como situada en un gran agujero, el país yace dentro de un hoyo, en una prisión. En esa topografía imaginaria ver el mundo es mirar hacia arriba, incluso muy alto, hacia lo inaccesible. Por desgracia, en la frontera inmediata, la más grande e importante, crece uno de los fenómenos históricos más impactantes, Estados Unidos, la nación triunfadora y dominante de la historia mundial es nuestro vecino. Nuestro punto de vista nacional padece una especie de tortícolis por mirar tan alto. Las comparaciones son odiosas y comparar a nuestro país con Estados Unidos lo es todavía más. Casi cualquier grandeza mexicana, que es abundante y prolífica, no basta para eclipsar ese malestar de las comparaciones; cualquier gloria prehispánica y monumental se disuelve ante el presente contrastado; cualquier modesto orgullo patrio palidece ante la soberbia del Norte, un punto cardinal convertido en la mayúscula de las referencias.

El trayecto más largo posible, según lo indica el arquetipo de los viajes, ese viaje de Ulises, termina en casa y el ombligo señala la casa del ser humano, la huella primera por donde se alimentó. Si la posición nacional presente de la mexicanidad queda como inmovilizada, atrapada ante colosales fuerzas externas, el camino de salida lo debe encontrar hasta el final de su viaje, descubriendo el sitio de su ombligo. El llamado predominio de la tecnocracia neoliberal en la política mexicana (continuidad hasta con cambio de partidos políticos gobernantes) es una distorsión de la necesidad real, que siente la nación de modernizarse y asimilar democráticamente mayores fuerzas productivas como base de una mejor convivencia y libertad. Por su naturaleza general las naciones son el conglomerado de sujetos vivos codeterminando su presente y su futuro, pero esta fuerza de vida no puede sustentarse solamente en una multitud de personas, sino que se alimenta de su entorno, y por entorno, la bola de cristal del porvenir, nos indica que no se trata de ciertos accidentes geográficos, sino del vértice de la capacidad humana colectiva para crear: la tecnología misma entendida como la unidad de producción con saber. El único futuro posible para la mexicanidad es encarrilarse hacia su centro como ombligo tecnológico del Conejo de la Luna, un futuro que vuelve a chocar con las imágenes tradicionales de la mexicanidad, con su estilo agrario y su sabor a ranchería[3].

NOTAS:
[1]Existe una larga discusión filosófica y de ciencias sociales al respecto. En mi punto de vista, la situación de la episteme no niega la universalidad del conocer, la objetvidad del saber, sino que la complementa. Las determinaciones concretas mismas del proceso del conocimiento no invalidan los niveles de verdad que se logran en cada captación. Cf. Lukács, George, Historia y conciencia de clase, quien plantea que la solución es la existencia de un punto de vista de clase privilegiado; si bien es cierto que la clase emergente tiene condiciones mejores para interpretar objetivamente la realidad social, esa solución recuerda epistemológicamente al punto absoluto de referencia de Newton o la Razón de los ilustrados.
[2]Remitirse a J. P. Sartre y su importante interpretación de la mirada y la estructura de la conciencia. El ser y la nada.
[3]Como última paradoja debemos considerar que las reivindicaciones de los indígenas mexicanos cumplen una importante labor para dar un sentido democrático e integrador a las exigencias de modernización, además no se tiene que entender como “tecnología” únicamente donde las universidades y las marcas registradas muestran, pues también en las raíces ancestrales existe saber y producción de vida.

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