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viernes, 23 de septiembre de 2016

SIGNIFICADO DEL OMBLIGO DE LA LUNA: MÁS ALLÁ DE LO TRIVIAL







Por Carlos Valdés Martín


Definición
El significado más aceptado del nombre de México proviene del náhuatl: “en el ombligo de la Luna”. Aunque esa versión avanzó con lentitud, dicha dificultad se debe a que reúne dos términos curiosos, con cierta contrariedad para asociar: ombligo y Luna. Los términos que forman el actual “México” provienen del náhuatl: Mexitli es Luna; Xictli es Ombligo, y Co es Lugar. Últimamente, esa resulta la interpretación más aceptada.[1]
La versión como “ombligo de la Luna” es correcta, sin embargo, resulta bastante extraña. ¿A cuál Luna se refieren? ¿Por qué el ombligo? Si nos quedamos en las etimologías pareciera que la elección es arbitraria, pues no hay noticias sobre un culto lunar relevante ni una adoración al ombligo. La explicación geográfica también es singular pues corresponde al Gran Lago de Texcoco visto desde el cielo, que en su contorno semejaba muy vagamente al “conejo de la Luna”, con Tenochtitlán en su centro imaginario. Con todo, es agradable fantasear con que nuestros antepasados sobrevolaban para mirar desde los cielos al espléndido panorama del Lago con la Luna reflejándose y la capital Tenochtitlán radiante, a modo de ombligo flotando sobre tal sistema de espejos acuáticos. Pero ellos —los indígenas— no usaban globos aerostáticos ni naves aéreas. ¿Qué figura entregaban los lagos desde las laderas de las montañas? No estoy cierto si ellos alcanzaban a observar ese “conejo” en la figura del lago.
Entonces habrá que ahondar la hipótesis alentada por la filología y el estudio de las raíces lingüísticas; buscando una explicación más redonda sobre esa misma pista.
Congruencia y duda
Traducido en términos de las tradiciones aztecas, el “ombligo-de-la-Luna”, también significaba el ombligo de la derrotada y descuartizada por su dios-hermano-guerrero. ¿Esconde alguna relevancia esa referencia? Sí, según se muestra adelante. Explicar la congruencia remite hacia el mito fundacional de Huitzilopochtli derrotando a la Luna y sus 400 hermanos-Estrella para defender a la madre Tierra, que debe interpretarse en la clave de la formación nacional. Únicamente, de esa manera encontramos un sentido superior a la anécdota referente al nombre y comprendemos la dinámica que poseyó la palabra “México” y por qué sí determinó un nombre admirable para nuestra nación. Así, que como comunidad no heredamos un término arbitrario (ni infundado ni lunático), sino resultado de un rayo luminoso dirigido para nacer de modo perpetuo con el alba de cada nuevo Sol, que derrota a la Luna nocturna y fertiliza al cosmos. Es decir, la perplejidad se resuelve a partir de la importancia de Huitzilopochtli para la civilización azteca. 

El otro lado de la moneda: Nacimiento de Huitzilopochtli
Expliquemos más de cerca este gran mito de sentido cósmico y social. El nacimiento humano, en su aspecto natural, es el más desvalido de los partos. Por regla las crías de todas las especies nacen bastante adaptadas para su lucha contra el medio ambiente, por ejemplo, las pequeñas tortugas surgen del huevo impetuosas para lanzarse hacia el bravo mar y comenzar su existencia autosuficiente. En el extremo está nuestra especie: inmadura y dependiente durante años. Los bebés expuestos a los peligros de su propia falta de madurez dependen por completo de su progenitora y requieren del medioambiente artificial que protege su crecimiento. El niño que nace adulto narra un prodigio que jamás acontece en el plano material, mediante dibujo trazado en el cielo de los mitos: afirma una negación extrema de nuestra condición biológica. Planteando un niño-dios que nace armado, su utilidad estriba en los significados para comprender una situación y procesarla en creencias.
De modo breve, ese mito nos dice que la tierra Coatlicue quedó encinta por unas plumas prodigiosas; por tanto ocurrió el embarazo de una virgen. Los previos 400 hermanos se consideraron deshonrados por esa última preñez y se enfurecieron, capitaneados por la hermana Luna Coyolxauhqui, prometiendo asesinar a la madre. Mientras los descendientes conspiran, dentro del vientre el Huitzilopochtli nonato consuela a su madre con palabras de aliento. La sublevación matricida avanza con lentitud y la Coatlicue queda sitiada sobre un monte. Por completo sitiado, el dios-Sol está listo para la pelea y, entonces, nace con armas; con rapidez se apresta y emplea su arma extraordinaria, una serpiente de fuego, que identificamos con el rayo solar. De inmediato, con su arma aniquila y descuartiza a la hermana sediciosa; así, al pie del cerro queda la diosa-Luna descoyuntada. Alguno relata que luego se lanza la cabeza al cielo, para convertirse en la actual Luna. Después el bebé guerrero persigue a los hermanos, los mata, ahuyenta o asimila; imponiendo una victoria fulminante. La interpretación astronómica es sencilla, aludiendo al amanecer que con sus rayos fulgurantes aleja a la noche.
Sin embargo, también ese relato se debe interpretar en la clave de las acciones cumplidas por la tribu azteca, que enfrentó a sus vecinos y los venció de modo militar, luego combinando con alianzas. Ahora bien, además un papel estratégico de esta leyenda, conviene observarla en lo que permaneció durante la civilización. 

Belleza de las indígenas y los cascabeles de Coyolxauhqui
Aunque los códigos católicos del siglo XVI condenaban el amancebamiento, los conquistadores se sintieron atraídos por las hermosas indígenas. Desde el principio, los emparejamientos entre los fuereños y las hembras autóctonas fueron frecuentes, de tal manera que el atractivo de las locales se asumía con naturalidad.
Este nombre de la Luna significa “adornada de cascabeles”, esa designación no posee una nota guerrera sino festiva y de baile. Los cascabeles son elementos musicales y de mero ornato sin función para la lucha; el término del “adorno” hace más explícito el sentido. El nombre completo apunta hacia la mujer-ornato, vuelta objeto en su belleza; un aspecto que ahora hasta nos incomoda por la ideología feminista y el despertar de la conciencia sobre los roles.  Aquí no hay sitio para juzgar, sino para colocarnos en ese lejano ambiente, cuando se relataba la leyenda y entonces el gentío se congregaba en alrededor del Templo Mayor para observar lo que sucedía. La enorme piedra con escudo de la Luna- Coyolxauhqui quedaba a los pies del Templo más imponente en la urbe y, además, recibía despojos de los sacrificados (según se sospecha), que imitaban el desenlace mítico de esa dama rebelde.
Para el grupo masculino azteca, la hembra se mantenía como foco de atracción; pero había barreras y prohibiciones para el acceso, bajo sus propios rituales y tradiciones matrimoniales. La mera imagen de un dios-solar-niño aniquilando a la diosa-lunar-hembra provocaba una tensión y un despliegue de inclinaciones anímicas difíciles de reproducir. Esa piedra enorme de una Luna-caída-desmembrada pero imponente ¿Seducía o excitaba a los varones? ¿Entristecía o animaba a las féminas? ¿Su presencia era inhibitoria o enardecedora? El monolito grandioso de Coyolxauhqui nos queda a deber algunas respuestas; pero su rememoración remota, bajo la intimidad de las chozas, daba otro tipo de respuestas. Con independencia de cualquier respuesta precisa, esa diosa lunar era parte del conjunto de féminas divinizadas, que tutelaban a esa civilización. Para nosotros, hoy todas esas imágenes de diosas con cráneos, heridas, colmillos y serpientes montadas en grandes imágenes resultan inquietantes; sin embargo, entonces podían sincretizarse donde la parte atractiva (el adorno de cascabeles) mantenía su brillo y encanto, engarzado contiguo a la herida y la presencia mortuoria. Nuestra educación de la sensibilidad sí requiere separar la belleza frente a esa inquietud, pero otros pueblos colocaban a sus diosas ataviadas con atributos guerreros, como Atenea con casco y lanza, a Artemisa con carcaj de flechas y arco. Desde el ahora, nos cuesta reconocer y aceptar que una figura de Luna desmembrada sí integraba el código de la belleza y la seducción.   

Del ombligo sensual al capital
En tanto huella de origen, el ombligo exige quedar interpretado. Por un lado conserva la cicatrización de la herida original y representa la bisagra entre el misterio de lo nonato opuesto a los niños visibles. En ese aspecto, el ombligo ofrece un recordatorio sobre las puertas de la vida en el sentido más corporal, desde donde surge el término linaje.[2]
Los pueblos antiguos fueron extremadamente conscientes de los linajes, incluso rayaban casi en una obsesión por delimitar los vínculos generacionales, siendo proverbiales los recuentos de la Biblia para conservar decenas de sucesiones y testificar la continuidad milenaria. El ombligo señala la huella discreta de que somos hijos, e hijos de hijos… un eslabón en la continuidad de la existencia.
Asimismo, el ombligo recuerda la sensualidad, en especial, la interpretada de modo femenino, por esa insinuación de una abertura y su posición ventral. En algunas culturas se exige ocultar el ombligo para no provocar la lujuria y, así, evitar el acceso a los demonios de la carne.
También se ha creído, con ingenuidad, que conserva cualidades para fertilizarse; luego creer que el óvulo fertilizado habita el ombligo implica considerarlo una zona hipersensible. El ombligo tan delicado habrá que protegerlo. Asimismo, indica la referencia de la centralidad, de modo evidente está colocado en el eje del cuerpo: desde ahí creció el tejido vital. Mientras el término de “capital” evoca la cabeza, la partícula “co” de México, indica al otro centro, en mitad del cuerpo. Si creemos que la cabeza manda por el pensamiento, ¿el ombligo manda por las emanaciones vitales, quizá sensuales, pero siempre biológicas? Que Tenochtitlán radique sobre el ombligo del imperio la convierte en central, en eje de aproximaciones y alejamientos: el vértice para un futuro. ¿Cuál provenir? El futuro cuerpo de la nación entera, entonces Tenochtitlán es un ombligo-capital. 

Evocación de un antiguo matriarcado destruido en un periodo anterior
En la leyenda resulta significativo que Coyolxauhqui capitaneó a todas las Estrellas sin que ninguna objetara ni cuestionara, a modo de un mandato consuetudinario que nunca queda puesto en duda. Entre los antiguos, las costumbres eran leyes y cualquier derecho remitía al pasado; el mandato de la diosa parece consagrado por la costumbre. En el detalle de la narración se agrega que solamente un hermano-estrella traiciona a los 400 hermanos y sirve de correo para ir advirtiendo a Huitzilopochtli dentro del vientre, que ellos se acercan. Si la Luna manda, en este relato, no aparece precisamente armada, sino adornada con cascabeles. ¿Qué son los cascabeles? Emblema de su belleza junto con su derredor: su poder, su mando incuestionado y su carácter sagrado. En calidad de capitana sagrada de todas las estrellas (el cosmos nocturno) se enfila para profanar a la Tierra; pero el Sol naciente se lo impide, en un acto de contra-profanación.
Esa diosa lunar confirma las teorías sobre los antiguos matriarcados, tal como se muestran en la predominancia de las figuras femeninas y de fecundidad en los vestigios arqueológicos mucho más antiguos y primitivos. Asimismo, el proteger a otra figura femenina de Coatlicue es la justificación del Sol, entonces alude a un matriarcado pasivo (la Tierra) que justifica aniquilar al matriarcado activo (la Luna). Por más que se relegara a las mujeres de la participación política y religiosa de los aztecas, tampoco desaparecía su posición; ellas seguían manteniendo importantes roles, indispensables en la colectividad. Aunque no mandaran resultaban respetadas y hasta veneradas; el motivo del relato es mantener intocada la veneración hacia la madre Tierra Coatlicue, que se mantiene metamorfoseado en la veneración hacia las vírgenes del catolicismo. 

Piedad y ecos positivos: imagen de la derrota Lunar
Cabe preguntarse si, en el contexto azteca, la imagen de la diosa derrotada y lacerada no provocaba un arrebatador sentimiento de conmiseración y piedad a la manera de La Pietá de Miguel Ángel. Las obvias distancias del relato suponen que Coyolxauhqui no era inocente sino una singular conspiradora contra la madre-tierra. Su castigo se argumentó un acto justo, sin embargo la rudeza de su desmembramiento mueve a los sentimientos: nuestra mente exige que cualquier cuerpo se presente entero y la separación provoca horror, de ahí el gusto de las tiranías por decapitar a sus enemigos y exhibirlos en la plaza pública. El escándalo sentido ante la separación del cuerpo, genera una respuesta en contraparte que es esa piedad ante el personaje caído. Junto con la sangre de la Luna brota un manantial de piedad ante su desgracia. En este relato, la caída queda mitigada porque la cabeza voló hasta el cielo, para convertirse en la Luna nocturna que nos alumbra. 

Separación tajante y unión instantánea
Las cualidades opuestas de Coyolxhautli y Huitzilopochtli son tan antagónicas que evocan más cualidades del pensamiento que eventos reales o míticos. La Coyolxhautli advierte separación de las partes y el desmembramiento con condición de lo imposible de reunir; situación desesperante y trágica de la entropía. En cambio Huitzilopochtli ostenta la unidad instantánea, una proeza que solamente realizan la luz fulgurante y los dioses. Esas dos características puestas en paralelo merecerían inaugurar dos series distanciándose hacia el infinito: las separaciones (tanáticas, mortales) y las uniones (eróticas, vitales), por tanto coronando una jerarquía. Caso curioso que lo erótico pertenezca a lo masculino y lo mortuorio a lo femenino, pero apunta un caso harto importante para la psique, donde la velocidad de la excitación masculina erótica se fusiona con la agresión paranoide (en el sentido estructural de Deleuze); mezclando Huitzilopochtli la impotencia infantil con la potencia masculina, en una ejemplar paradoja. Del otro lado, la erótica abertura femenina se convierte en la mortal separación de coyunturas, la distancia anti-erótica entre lo desmembrado se sobrepone al erotismo del cascabel, como signo del baile. Ese universo de dioses estelares está invertido (una inversión muy al gusto de Bataille),[3] donde lo súbito se une con lo eterno, el instante de serpiente Xiuhcóatl (el arma de fuego) se fusiona con la caída terrestre de la Luna (otra inversión, pues la Luna jamás ha tocado la Tierra). La Luna destazada representa lo que ya jamás se reunirá, lo que permanece separado en la eternidad, de tal manera un desgarramiento “esquizoide” (en términos de la psicología de Deleuze de nuevo).[4] Queda establecida la dualidad perfecta de la unión instantánea y la separación eterna; alrededor quedan otros dos modelos diferentes: un modelo de una madre Tierra terrible, que es lo pre-formado, en otros términos el Caos original; otro modelo de la pluralidad, las estrellas huidizas, también derrotadas. En el texto, de la leyenda náhuatl las estrellas derrotadas son integradas al fulgor de nuevo Sol, pero cientos huyen y permanecen dispersas. En ese sentido, la leyenda ofrece un modelo de pensamiento bastante complejo con cuatro polos y una alternativa: lo preformado; la unión instantánea; la eternidad de lo separado; la dispersión que puede unificarse o huir hacia la separación perpetua. 

Reconciliación con la hermana caída y los perseguidos
En la distancia centenaria de las interpretaciones, por los muchos filtros de la distancia, no quisiera esquivar el argumento de un hipotético sentimiento positivo hacia la Luna exclusivamente en una piedad. Cabría asumir diversas evocaciones positivas, como su liderazgo entre las estrellas; su celo ante un parto inapropiado; su capacidad para compartir entre sus hermanos; luego de su caída el no quejarse ni urdir venganzas, quizá perdonar o contentarse con su nuevo destino (lo que no sería una imposibilidad imaginativa para una divinidad relatada). ¿Para qué argumentar esto? Por la función unificadora que descubrimos en este mito particular. El pequeño Sol naciente sí se convirtió en el patrono de la nación azteca y su modelo de actuación; combinación de guerras e integraciones de los vecinos.
El efecto positivo de los hermanos derrotados aparece de modo todavía más explícito en la leyenda, a modo de una multitud que muere y se integra; en el sentido de una “y” que agrega elementos poco consolidados. El relato indica “Huitzilopochtli los acosó, los ahuyentó,/ los destrozó, los aniquiló, los anonadó. (…)Sólo unos cuantos pudieron escapar de su presencia, / Pudieron liberarse de sus manos. / Se dirigieron hacia el sur / se llaman 400 Surianos, (…) les quitó sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl, / se los puso, se los apropió, / los incorporó a su destino, / hizo de ellos sus propias insignias.”[5] Anotamos que fueron contados 400 originales hermanos, luego de su masacre escapan en monto igual 400 Surianos, curiosa matemática revelando que ese número no es cifra sino referencia hacia lo múltiple o lo infinito.[6] La apropiación de las estrellas en el Sol, agrega la metáfora directa de integración en el cuerpo social o el todo. Adelante en el poema se narra el servicio de los aztecas a su dios y la entrega de sacrificios; ambas partes del relato también metamorfoseadas, de tal manera que se refiere a una integración doble: de estrellas alegóricas y de servicios a la colectividad representada por el dios. La referencia al proceso de reconciliación bajo la amenaza constante es diáfana, un modelo que repitieron los Conquistadores peninsulares. 

La imagen del colectivo nacional: femenino, Luna…
Para ellos ¿en qué posición quedaba la femineidad a nivel colectivo o nacional? Ellos levantaban un nosotros-femenino a modo de la Patria, respecto de la cual estamos tan acostumbrados sobre su representación delicada y pasiva, un tanto poetizada, que no nos preguntamos si existe otra opción.  Para ellos era viable imaginarse ¿una Luna-Patria-Sacrificada escindida de una Tierra-Patria-Defendida con ambos modelos femeninos gravitando hacia un nosotros colectivo? La hipótesis más sencilla (bajo la economía de la navaja de Occam) es que la Tierra-Coatlicue servía de referencia como colectivo-patria; pero cabe preguntarse si una parte de los atributos permanecían agregados a partir de la Luna caída. Después de estas reflexiones estimamos que, sin duda, una región de los atributos del grupo nacional se aglutina alrededor de la Luna derrotada.
Hasta los días presentes esa imaginación sobre la debilidad de la mujer se convierte en un atractivo. En este caso, construir y mantener visible al monolito de Coyolxauhqui indica ese magnetismo positivo.[7] Ha sido largo el camino para establecer todas las conexiones entre la Luna derrotada y el Sol naciente, entre el ombligo y la capital, la herida original y la integración de pueblos emparentado con los aztecas. Vale el esfuerzo, pues una vez comprendido el vínculo entre Luna y Sol naciente, adquiere consistencia el término de “Ombligo de la Luna” para designar a la nación.  

NOTAS:


[1] A partir de la interpretación de Gutierre Tibón, es que comenzó a predominar esa versión, antes predominó la asociación con el término maguey.
[2] Deleuze señala que el término linaje se liga con la génesis de la Idea platónica, en Lógica del sentido.
[3] Se cumple el precepto de Bataille, de que la belleza existe para ser mancillada, a modo de la transgresión fundamental para establecer una unidad que desafía la muerte, en El erotismo.
[4] Deleuze en Kafka para una literatura menor.
[5] Códice Florentino.
[6] Anotemos que en las matemáticas de cantidades infinitas, la sustracción de cualquier cantidad discreta a un infinito, le deja aún infinito, sin esa alteración de las matemáticas de cantidades discretas. Cf. Asimov, Isaac, Los números.
[7] De modo espontáneo no resulta fácil asumir que un cuerpo descoyuntado adquiera un valor positivo de veneración, pero sí estamos acostumbrados al Cristo crucificado, alrededor del cual se organiza la iconografía religiosa. Eso nos permite comprender que esa diosa derrotada podía ofrecer un contenido positivo para ligar a sus fieles y a su hermano solar; en fin, la herida convertida en ligamento.  

sábado, 3 de septiembre de 2016

TRAS EL SIMBOLISMO EN HUITZILOPOCHTLI… UNA ESTRATEGIA DE INTEGRACIÓN NACIONAL ANCESTRAL






Por Carlos Valdés Martín


Los mitos no son pueriles, algunos poseen un diseño estratégico que nos revela la actuación de un pueblo y almacenan el secreto de sus éxitos. Los aztecas triunfantes fueron motivados por las leyendas de Huitzilopochtli, el dios del Sol[1] que fue el hilo conductor de sus narraciones desde Aztlán hasta la fundación de Tenochtitlán y presidió su principal Templo. En lo que sigue más que explicar sutilezas de creencias remotas, mostraremos un diseño que demuestra el comportamiento integrador de un pueblo, lo que en términos modernos se ha llamado “proyecto de nación”. Comprenderemos el relato de este dios solar nos descubre ese diseño interior del éxito azteca; además entenderemos que una dimensión mítica es imprescindible para la formación nacional.   

Geometrías: El compás sirve para representarse el círculo de la Luna o el Sol, el cual en su dispositivo usual contiene una punta para fijarlo y un elemento de dibujo. En otros periodos bastó amarrar una cuerda a una estaca para cumplir la misma función dibujante de círculos. Los pueblos antiguos eran grandes geómetras,[2] aunque no siempre quedaba claro que la Tierra formase una esfera, pero sí diáfana la redondez de la Luna y el Sol, los hermanos celestes. Asimismo, las complejas relaciones de esos dos hermanos divinos han sido interpretadas de varias maneras; casi siempre masculino el Sol y femenina la Luna.
Se afirma que el círculo es una figura perfecta por dos cualidades: que su línea no presente principio ni fin, por haber cumplido a cabalidad lo que representa la serpiente Ouroborus de atrapar su cola para no acabar jamás. Los antiguos que representaban al Sol y la Luna con reverencia utilizaban con destreza el compás o un dispositivo más modesto. 

Ombligo lunar: Progresivamente avanza la aceptación de que México significa “en el ombligo de la Luna”.[3] Esto se debe a que se relaciona nuestra lengua náhuatl donde se unen los términos ombligo y Luna. Sin embargo, ¿a cuál Luna se refieren? ¿Por qué el ombligo? Si nos quedamos únicamente en las raíces de las palabras pareciera que la elección es bastante arbitraria.
La explicación geográfica corresponde al Gran Lago de Texcoco, que en su forma semejaba al “conejo de la Luna”, con Tenochtitlán en su ombligo imaginario. Esta vista geográfica resulta bastante extraña al considerar que la más exacta “visión de Anáhuac” se efectuaba desde las montañas aledañas y no era común obtenerla, de tal modo que debió inventarse alguna cartografía prehispánica. Pero esa “cartografía azteca” aún nos resulta desconocida y entonces se revela una hipótesis audaz, pues desconocemos sus preceptos y técnicas, no hay referencias precisas. Sin embargo, la explicación de la congruencia remite hacia el mito fundacional de Huitzilopochtli derrotando a la Luna y sus 400 hermanos para defender a la madre tierra, Coatlicue, que debe interpretarse en la clave de la formación nacional. 

Línea y escalón: La geometría dice que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta; la ciencia física asevera que la velocidad límite en nuestro universo pertenece a la luz. Ahora bien, la línea recta no es tan común en la naturaleza, pues los cuerpos biológicos tenemos sutiles curvaturas y la orografía es sinuosa. Una línea recta trazada a la velocidad límite la presenciamos a diario, pero ya no comprendemos su maravilla, pues un simple rayo de luz posee cualidades únicas que solemos olvidar. En el pasado la línea recta ha requerido de ingenios para trazarse; en especial, los arquitectos y albañiles emplearon la plomada, donde se aprovecha la fuerza de gravedad para dibujar la vertical. El poema se permite la alegoría de un rayo-serpiente de luz para indicar esa recta lanzada en cualquier dirección, por el primer rayo del amanecer.[4]
Por lo común, las ancestrales pirámides imitaron a los cerros como centros ceremoniales. ¿Qué sitio más sacro imaginaban los antiguos sino la punta del monte donde nacía su dios-niño-guerrero? La sensibilidad de las antiguas religiones la empujaba a elevarse y descubrir su espíritu en los parajes más cimeros y cada escalón de las antiguas pirámides marcaba la conjunción de vertical con horizontal. Sobre ellos, paso a paso, los sacerdotes de las religiones de los pueblos originales se aproximaban a reverenciar a sus dioses, como sucedía en el Templo Mayor, adoratorio de Huitzilopochtli y dejando a los pies a la diosa lunar vencida y desmembrada.  

Nacimiento prodigioso: El nacimiento humano, en su sentido biológico, es el más desvalido de los partos. Por regla las especies nacen adaptadas para su lucha contra el medio ambiente, así las pequeñas tortugas surgen del huevo impetuosas para lanzarse hacia el bravo mar y comenzar su existencia autosuficiente. En el extremo está nuestra especie: inmadura y dependiente durante años. Los bebés expuestos a los peligros dependen por completo de su progenitora y requieren de ese medioambiente social que protege y completa la madurez.
El niño que nace adulto es un prodigio que jamás acontece en el plano material, sino un dibujo trazado en el cielo de los mitos: es una negación cruda de nuestra condición biológica. Planteando un extremo opuesto del niño-dios que nace armado, su utilidad está en los significados, para comprender algo, una situación y procesarla en una creencia.
Huitzilopochtli fue el dios que trajeron los aztecas durante su mítica peregrinación por los semi desiertos del Norte. El Sol, a diferencia del humano, tiene el privilegio de nacer completo y renovado cada amanecer. Desde el primer instante de su destello matutino no requiere de ayudas ni está limitado en su esplendor.[5]
Primero es amenazado siendo un inocente y nonato; por eso su respuesta es una venganza ante el crimen cometido sobre la inocencia; pero no en el sentido de vendetta humana sino de acto objetivo, como desplazamientos de la naturaleza.[6] La leyenda del niño-guerrero que nace desafiante del seno de la madre tierra, desde el punto de vista astronómico es sumamente comprensible. Huitzilopochtli dicen que nació armado y que con su dardo de fuego mató a su hermana belicosa, persiguiendo a sus malos hermanos.

El gesto horrible de la Luna: La hermana Luna fue representada en un aspecto terrible, con motivo de una enorme afrenta. El hijo dios protege a la madre contra un matricidio potencial, pues Coyolxauhqui pretendió herir a la tierra; su derrota simplemente restableció el orden cósmico.[7]
Las leyendas más relevantes son poli-sémicas: con muchos significados. Siendo una leyenda central no solamente nos habla de la lección elemental de astronomía, sino del nacimiento del último pueblo que arribó al Valle de México. Hasta donde sabemos es cierto que los Aztecas fueron los últimos parientes en arribar al paradisíaco Valle de México y, además, su alianza con el dios Sol poseía otro significado.
Visto desde el punto formador de naciones, la Luna acaudillaba a 400 hermanos-estrellas que son representación de la multitud del pueblo que surca la noche. Esa unión entre la lideresa con su pueblo queda cuestionada cuando pretenden atacar un fundamento mayor, a la madre-tierra representativa del conjunto final, en ese ámbito, a la patria. Esa tentativa es un pecado superlativo; en términos de esa época rebasa cualquier transgresión e inmoralidad concebible, bajo el reproche del matricidio.[8] En esta perspectiva se integra un mito nacional, donde se agrega un elemento de violencia justiciera, práctica e instantánea, representada por el rayo de luz del hermano Sol.

El castigo para la Luna: En este ciclo, la hermana no muere del todo, queda a los pies de la montaña. Su derrota es relativa, permanece como un círculo al pie de Cuautepec. Recordemos que en los siglos del esplendor de los aztecas, cada noche de luna, ésta se reflejaba en los lagos que besaban los pies de las islas y montañas del Valle de México. El desmembramiento de la diosa Luna no debe verse como un castigo excesivo sino como la representación de las caras del satélite que se muestra en fases, o sea, partido. Para la mente mítica, la separación del cuerpo de un dios no es un final, recordemos a Osiris reintegrado para presidir la ultratumba.
De modo práctico, el hermano Sol permanecía como residente permanente en el recinto superior del Templo Mayor y, cada amanecer recibía el primer rayo de luz en esa región. Simultáneamente, la hermana Luna derrotada quedaba a los pies de la pirámide en un gesto de sometimiento perpetuo y ligada a los rituales de guerra y ciclos periódicos.[9]

Efecto en la visión de la Nación: Ahora hay la aceptación de que México significa “en el ombligo de la Luna”. La observación resultaría bastante extraña si no recordamos la centralidad que tuvo la leyenda de Huitzilopochtli en la cultura azteca y qué sencillo es relacionarla con la formación de una nación.[10]
El Ombligo es el sitio de la génesis del cuerpo y la huella de que nacimos de madre, así es recordatorio del origen, asimismo motivo para observar esa debilidad original. El compás que se apoya en una punta, quizá deja una sutil huella que recuerda el centro originario.
El término nación se refiere al origen, a los que han venido desde el mismo manantial. El ombligo nos recuerda exactamente lo mismo.

Reordenamiento luminoso: La luz es una representación usual de la inteligencia o razón, siendo el Sol y la Luna dos modalidades de tal concepto. La débil luminosidad lunar se ha asociado con la intuición y lo inconsciente; la fuerte luz solar expresa la claridad de la razón y el dominio del logos. La leyenda de Huitzilopochtli no evoca a una rebelión fracasada, porque levantar la mano contra la tierra misma, que para la formación nacional llamamos la Patria, resulta un sinsentido que rebasa la definición de rebeldía. Volver a encausar a las fuerzas de la rebelión equivocada en otro esfuerzo requiere de un elemento clave: la luz de la razón que permite reordenar a las 400 estrellas que son el pueblo. Más que un sinsentido, bajo la apariencia de una rebelión e intento matricida, lo principal es un cambio de sentido: desde el movimiento periférico hacia el interior de los hermanos y la Luna aproximándose hacia la Tierra pasiva; viene el cambio instantáneo desde la Tierra mediante el Sol que se expande usando un rayo-serpiente, que evoca la luz solar expansiva.

Dos movimientos y dos ritmos: Cualquier comunidad la describimos entre dos movimientos opuestos —uno dirigido al interior y otro al exterior— que no siempre armonizan. En el drama del nacimiento del dios Sol hay dos movimientos contrapuestos: el ataque paulatino y multitudinario contra la madre Coatlicue, que va hacia el interior; el contra-ataque desde el dios-niño, en sentido expansivo, perseguir a los hermanos-estrellas.
Hay dos ritmos lentos (la gestación en la madre y el lento avance de las estrellas) que remiten al tiempo oculto, una discurrir orgánico y bajo un manto (uno de piel, otro la noche). Hay dos velocidades en el relato: el pausado acoso contra la madre y el lento embarazo, el acelerado ataque del Sol. Mientras es obvio que el Sol nace completo, la nación no resulta obvio que surge entera; el primer rayo hace obvia la unidad del Astro Rey. La primera manifestación no vuelve evidente a la nación; a menos que sea una evidencia recordada, entonces sí, la separación es diáfana y rápida, cuando se acepta que la nación nació con una declaración, una insurrección o cualquier acontecimiento notable.

El rayo implacable: La velocidad del rayo de Huitzilopochtli rebasa la noción de movimiento y nos invita a percibir un Absoluto que representado por la velocidad límite (de rayo) conduce hacia un más allá del tiempo: ruptura del Cronos que traerá otro resultado. Los griegos adoraron al Rayo de tormentas bajo la figura de Zeus (de donde viene etimológicamente nuestra palabra Dios) cuya hazaña fue destronar a Saturno-Cronos (el Rey del tiempo que devora a sus Hijos); nuestros ancestros adoraron al Rayo de Luz bajo este dios-niño solar que ataca su familia (Luna y estrellas) para defender a su familia (Madre tierra y los despojos de estrellas). Esa ambigüedad radical del amor-odio es la justificación de una guerra relámpago (jamás estuvo mejor aplicado ese término militar) y pretexto para la instauración de un nuevo poder, el reino Solar.

La estrategia formando una Nación y lo que sí sucedió: Todo el relato encaja perfectamente en una estrategia para formar la nación azteca, uniendo belicosamente a sus hermanos nahuas tras “guerras floridas” hasta su asimilación en una nueva unidad: la nación alrededor de Tenochtitlán. Según algunas interpretaciones, el nuevo dios que los aztecas cargaban a cuestas (literalmente en costal de huesos sagrados) era a Huitzilopochtli. Una pequeña cantidad de aztecas llegó a la región del Lago de Texcoco y se asentó en el pequeño islote, porque eran pocos. En el trayecto, desde 1325 hasta su esplendor de la triple alianza, no fue el crecimiento poblacional la clave de su triunfo, sino una fusión de pueblos vecinos acaudillados por una nueva “luz” azteca que deslumbró la región: eso es formar nación, fusionar bajo una “retotalización” superior, para mantener una reproducción en nivel superior.  
Lo más deslumbrante del mito de Huitzilopochtli es que simboliza la trayectoria histórica de la joven nación azteca. Una explicación del mito como evento del Sol naciente es muy sencilla y casi textual, donde el amanecer corresponde casi uno a uno con los personajes. Dada la interpretación astronómica cabe preguntarse ¿por qué argumentar la sedición de los hermanos y explicar la guerra con un vencedor? Ese texto de la guerra no aparece en la astronomía desnuda (nadie ha visto al sol hacer una guerra), ese discurso es una parte muy humana que se sobrepone al relato divino: los astros se hacen antropomorfos.
El movimiento histórico real de los aztecas fue hacia el exterior y muy veloz. Ese modelo de la pequeña tribu que integra a sus parientes lo encontramos en otros ejemplos de éxito comprobados: la tribu romana y la tribu mongola. El movimiento hacia el exterior implica nacionalizar espacios y, sobre todo, gente exterior; que en ese contexto únicamente puede ser de parientes. La persecución de las estrellas rebeldes representa la metáfora de la asimilación de los vecinos-malos-hermanos.

En la fundación la posición del Centro es…: Para el movimiento interior-exterior del proceso nacional (de cualesquiera pueblos, no únicamente el azteca) la frontera es un punto relativo; el punto absoluto es su centro. Por eso seguimos tan orgullosos por el sitio de la Fundación, aunque tan preocupados si efectivamente había una serpiente en el primer símbolo del Centro, respecto de lo cual el Códice Mendoza ilustra con maestría esa posición relativa al rodear de tiempo (signos de calendario) y agua, además de establecer una cruz (tipo X) formada con agua para coincidir con al sitio del águila.[11]  Dada la fundación, la periferia es abordada desde el centro en el proceso expansivo. Una nota concluyente es que Centro es un término geográfico para denotar al Poder, con su estructura integradora y dominante, que terminó llamándose capital, proveniente del término “cabeza”.
Lo que hoy está de moda en la fantasía de una Muralla planteada por el candidato Republicano Donald Trump, implica la detención del movimiento expansivo. ¿Qué pensar de un imperio que detiene su movimiento expansivo pues se siente acosado? El único gran ejemplo fue la China imperial, que dio señal de su decadencia, aunque fuera esplendorosa e indomable. Quien sueña con murallas es porque percibe un temblor de reversa, dirección hacia una reversión de su pasado expansivo. Por su lado, la rústica muralla de la fundación de Roma sí pretendía rodear un centro y se levantó en su comienzo, también legendario aunque modesto. El problema es que tras una larga expansión, el erigir el muro denota que ha terminado la expansión. Los aztecas no llegaron a tal previsión de un muro, aunque sí hubo guarniciones en su frontera nómada con los chichimecas. El agua del Lago de Texcoco servía de fortín natural para Tenochtitlán, no se requerían de muchas otras disposiciones, bastando vigilar bien las grandes calzadas; entonces no se imaginaban la construcción de bergantines con cañones; de ese modo, la ventaja estratégica del gran lago se convirtió en debilidad.

Amanecer el Acontecimiento que re-significa: El amanecer cambio todo, esa irradiación transforma por entero el ambiente y la situación de los seres humanos, definiendo los nuevos significados y estableciendo las jerarquías. Esa situación natural de la salida del sol es el mejor paradigma de cómo un acontecimiento (positivo, potente, arrasador) cambio el universo entero. De modo negativo, la guerra es otro acontecimiento que arrastra a los pueblos enteros hacia una dirección y trastorna el entorno completo; por eso generar un gran acontecimiento es un atributo del Poder.[12] En sentido positivo, Ortega y Gasset lo interpretó como la capacidad de ciertos reinos para empujar hacia grandes “empresas”, en el sentido de un involucramiento colectivo en las grandes expediciones y colonizaciones del periodo expansionista del reino español.[13] Con el Poder lo que importa es el Acontecimiento colectivo para movilizar las fuerzas enteras.

El hilo de las tres leyendas fundamentales: Aunque las leyendas remitan a un tiempo singular y único (el nihil tempo) como instante de la fundación y a un espacio singular (el Centro absoluto), ellas mismas son organizaciones plurales que aceptan plácidamente la cohabitación de sus leyendas complementarias. En este caso, la narración del Sol naciendo armado se complementa con la salida de Aztlán y la Fundación de Tenochtitlán. La parte indígena que narra la formación de la nación mexicana se complementa con estos tres episodios y, para redondear, basta adosarles la leyenda de Quetzalcóatl que sirve como bisagra para explicar el tema de la Visión de los Vencidos sobre la Conquista.[14] El hilo de las tres primeras leyendas es el mismo Huitzilopochtli, por lo que ha resultado clave comprender a este personaje-dios-dinamo.
De modo astronómico el tema de la salida de Aztlán ocurre antes del amanecer, remite a la oscuridad de las cavernas y la indefinición (desértica). El relato del nacimiento del dios define el amanecer mismo de ese pueblo. La fundación de Tenochtitlán apunta a la representación del mediodía, por eso se empleó una fecha de solsticio de verano para ubicarlo y su emblema fue el águila, el animal que más se acercaba a la altura solar. En los tres casos, el mismo personaje, dios solar, es el hilo rojo de estas tres narraciones.

Una estrategia de unión: Concluimos que entre los significados que vitales en las leyendas de Huitzilopochtli, el relato de su nacimiento pinta completo el procedimiento. Durante los servicios y conflictos con sus vecinos-hermanos (la gran familia de origen náhuatl) los aztecas supieron integrarlos mediante una nueva luz, que combinaba su capacidad política y de liderazgo, junto con su empuje bélico. Su facultad de integración se muestra en la estabilización de la llamada Triple Alianza, que unió a las otras ciudades importantes de la región para levantar su poderío. Su ventaja guerrera fue patente durante dos siglos de ascenso. En fin, sus vestigios en piedra siguen maravillando en el presente; aquí reinterpretamos el mito para asociarlo con la inteligencia para elaborar una ruta que los impulsó hasta la cima. Estos grandes mitos aztecas, filtrados por los siglos, todavía traslucen la clara huella de una inteligencia colectiva que los llevó a la cumbre.


 NOTAS:


[1] Sin embargo, habría que aclarar que este no es el único dios solar entre los aztecas. Existen diversas representaciones, cuando se refieren a otras facetas, como la leyenda del Quinto Sol o las representaciones de Tonatiuh. En la modalidad, de Huitzilopochtli el sol se presenta especialmente dinámico y activo, metamorfoseando en un colibrí para algunas apariciones.
[2] Trazar figuras es la facultad de los geómetras, quienes dominan en su mente el espacio y lo recrean en la imaginación material.
[3] Una antigua alternativa le daba al dios solar ese atributo, deriva de Mexictli, nombre dado al dios Huitzilopochtli, "el colibrí del sur" o izquierdo que condujo a los mexicas hacia la región lacustre de centro de México. Mexictli se compone de las raíces metl (maguey), xictli (ombligo) y el locativo co, su traducción sería "en el ombligo del maguey".
[4] Se le nombra Xiuhcóatl, siendo un atributo principal del dios, este es un rayo-serpiente-quemante, a modo de una alegoría bélica pero tomada del “dardo solar”. La misma arma se ha atribuido a otros dioses solares en distintas culturas: las flechas de Apolo.
[5] Para comprender la morfología de los mitos, anotemos el paralelismo con el relato de Apolo, quien debió defender a su madre Leto a los pocos días de nacido; por lo que, con la ayuda de arco y flechas divinas, mató a la serpiente primordial Pitón y luego enfrentó a un Gigante. La diferencia está en que su hermana melliza Artemisa le ayuda; así, no hay una batalla fratricida.
[6] El potencial del pecado en los hijos es superior al bíblico, pues están atentando directa y descaradamente contra la madre y el neonato inocente. Esa sublevación para-edípica merece un castigo según esta leyenda.
[7] Aquí no consideramos los atributos de la Luna, pero su nombre significa “adornada de cascabeles”, lo cual evoca la Belleza; en ese sentido, nos transporta a la atracción entre las polaridades femenina y masculina. Aquí la unión entre los polos de Fuerza y Belleza se convierte en un Candor trágico, por la conversión en violencia guerrera; por tanto es silogismo falaz, pues su resultado lleva al callejón sin salida de la muerte.
[8] El arquetipo justiciero de la defensa del Inocente, aquí queda desplazado desde el infante hacia la madre, a la cual suponemos inocente por partida doble; pues se embaraza milagrosamente y el enojo de los hijos es injustificado. En el mismo, acto quedará vengada la inocencia con la sangre de quienes pretenden mancillarla.
[9] Cabe preguntarse si otro sentido polisémico de esta leyenda sería un recordatorio del derrocamiento de antiguo matriarcado, para reubicar la posición social de la mujer en una posición hogareña, fuera de toda participación en el Poder. Véase alguna especulación en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels.
[10] “Y cuando Huitzilopochtli les hubo dado muerte, cuando hubo dado salida a su ira, les quito sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl,  se los puso, se los apropió, los incorporó a su destino, hizo de ellos sus propias insignias.”  Códice Florentino, Lib. III. Cap. I Traducción directa del náhuatl hecha por el Dr. Miguel León-Portilla)
[11] La famosísima imagen del Códice Mendoza no trae la serpiente, en cambio otorga gran fuerza a la piedra-glifo que está bajo el nopal, quizá en representación del Corazón de Copil, que es otro gran tema, pues Copil sería un hijo de Huitzilopochtli y de otra hermana Luna que lo odia y se rebela para matarlo, pero fracasa y es matado por el padre.
[12] El término acontecimiento lo maneja Deleuze de un modo semejante a como Sartre emplea la retotalizaciones, los eventos colectivos que arrastran al conjunto completo. En la Lógica del Sentido.
[13] José Ortega y Gasset en España invertebrada.
[14] En la narración de la Conquista también resalta el traspaso de las cualidades de las divinidades aztecas hacia los invasores, mediante el mismo gesto de muerte. En especial, durante una festividad para Huitzilopochtli y Tezcatlipoca resalta la matanza del Templo Mayor dirigida por el capitán Alvarado, a quien los indígenas habían identificado con la otra figura solar, Tonatiuh.