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jueves, 15 de abril de 2010

MOMENTOS DE LA LÓGICA ASCENDENTE HEGELIANA, 1a Parte


Por Carlos Valdés Martín



Lógica tradicional

En la Antigua Grecia para el pensamiento racional se descubren ciertas reglas básicas de operación. En este magnífico despertar de la razón se encuentran también las relaciones básicas para iniciar una verificación de las afirmaciones humanas. La lógica aristotélica, plasmada en el Organón, resulta de la búsqueda de una fórmula para la comprobación de la verdad, y esta comprobación nace entre la estructura misma de las afirmaciones. El propósito consiste en pasar desde la mera opinión de los juicios hasta el asentamiento firme, con cimientos graníticos, de las afirmaciones verdaderas. ¿Cómo distinguir una afirmación verdadera de otra cualquiera, que no puede ser verdadera? Pero la lógica no integra completamente una ciencia del contenido verdadero de las afirmaciones, pues esta materia requiere de la comparación con el objeto particular, sino que con la lógica se establecen ciertas reglas de verdad, en especial reglas de forma o negativas, que establecen imposibilidades de concatenaciones, por tanto se demuestran las afirmaciones erróneas como desechables. El clímax de estas aplicaciones lógicas aparecen con los estudios del silogismo y las “tablas de verdad”, mediante las cuales se logran desechar argumentos por su mera forma errónea.

Lógica dialéctica

Bajo la extraña (pero poderosa) premisa de que la verdad es sujeto, Hegel trabaja una nueva línea de la lógica, sostenida por la demostración del movimiento del concepto. El concepto no es una idea que aparece casualmente, en un momento dado y sin conexiones, no es el producto objetivo de un sujeto vivo como su cosa exterior, sino que el concepto mismo implica sujeto. El sujeto se opone al objeto, como mundo exterior, y el concepto es un movimiento que aspira poderosamente hacia su objeto, de tal modo que el concepto está obligado al movimiento. Algunas veces el concepto parece detenido (fijo o suspendido) imposibilitado para salir de sí mismo, pero eso a Hegel el parece ya un problema, cuando el concepto queda como retenido, como encarcelado o atorado dentro de un bote de basura, pero así no florece el pensamiento. El concepto al moverse florece, pero su fruto más propio acontece con la verdad, el conocer mismo.

Siempre se empieza entre lo inmediato

La lógica del Hegel se dedica a demostrar el camino que sigue el concepto para perfeccionarse y revelar su objeto. Pero el objeto de estudio no consiste en una “cosa” limitada (atorada en un bote o en cajón), sino que consiste en el mundo completo, que además aparece considerado (ya entonces) como un infinito. El objeto del conocimiento significa tal entidad enorme que se convierte en el mundo infinito. Ahí está el objeto de estudios más amplio posible. Hasta donde alcance la vista y más allá; hasta donde nos transporte la imaginación y más allá, esa es la naturaleza inmensa del objeto del conocimiento. Pero si la “cosa” es infinita, también posee tal escala el sujeto decidido a revelarla mediante el conocimiento. Y ese infinito no se devora de un bocado (por grande que se pretenda), sino implica el largo viaje que se debe empezar alguna parte, y el primer paso está en la inmediatez. Y la inmediatez significa esto: las cosas como se aparecen ahí, justo delante de una mirada ingenua.

En lo inmediato el objeto aparece caótico y cambiante, porque la percepción inmediata varía a cada instante. La integración entre las partes del carnaval de momentos brillantes y fugaces parece una quimera, la cual solamente se logra entender mediante un salto de plano. Quizá el conocimiento empiece con una simplificación, pero la simplificación implica una traición al conocimiento. Al simplificar el conocimiento, irónicamente, inicia con su derrota, al solamente captar la parte de la parte, el rasgo mínimo para integrarlo a la conciencia por medio de la atención, porque de lo contrario la fuga incesante de momentos cambiantes no le conduce hacia una captación. Entonces el inicio no solamente significa lo inmediato sino su simplificación, la captación parcial de la parte, la migaja desprendida de la migaja, porque inmediatamente no alcanza a captar más allá.

Lógica dialéctica, una lógica que no está completamente aceptada como tal

La lógica dialéctica, en su versión hegeliana y luego en la marxista no está completamente aceptada entre los medios académicos. Evidentemente disfrutó su hora de esplendor durante el periodo ascendente del movimiento comunista mundial (1917-1989), porque el éxito político del marxismo implicaba prestigio y aceptación ideológica, incluso una aceptación a regañadientes entre sus adversarios. En ese sentido, conocemos la lógica dialéctica de Hegel por medio de una traducción con intensión política efectuada desde Marx y Engels, la cual constituye una versión “puesta sobre los pies”, la versión materialista de la dialéctica. En esencia esta interpretación marxista acepta que la peculiar de Hegel forja una lógica del movimiento, las leyes generales del cambio en el universo, que se deben integrar dentro de las formas generales del pensamiento verdadero, porque la forma del pensamiento coincide con la forma de movimiento universal de la materia. Por eso la ciencia más general para el marxismo se denominaba el “materialismo dialéctico”. Esto implica ciencia: “materialista” como profesión de fe, por el primado universal de la materia y el pensamiento como una forma especial derivada, pero finalmente parte de la materia, y “dialéctica” por revelar la forma de movimiento de la materia y la lógica superior que permite una mejor verificación de la verdad, superior a la simple lógica formal (aristotélica). Pero como la lógica dialéctica de Hegel no fue aceptada por sí misma, entonces al caer la tendencia política marxista mundial, también cae el relativo prestigio de la dialéctica y el tema se hunde, suavemente y sin ruido casi en un olvido. Aunque algunos autores de otras perspectivas, en los hechos tengan respecto de Hegel cierta afinidad de enfoque y sean importantes, no por ello se reanima el término dialéctica, que actualmente permanece como “pasado de moda”, casi incomprendido.

La verdad es sujeto

Entonces a la dialéctica hegeliana tendemos a mirarla con los anteojos de Marx y Engels, también por implicar esta última una versión más cercana a la mentalidad moderna y laica. La puesta de la dialéctica “sobre sus pies” como afirmaban los fundadores del socialismo científico, implicaba que se superaba su idealismo. Pero esta superación también implica algunos cambios importantes en la dialéctica misma. Por ejemplo, un “principio” de la dialéctica propiamente hegeliana tan importante como el indicado por “la verdad es sujeto” desaparece completamente del horizonte, y no se comprende de qué se trata. La afirmación de “la verdad es sujeto”, porque implica un concepto tan poco usual como que la verdad misma opera moviéndose, entonces la verdad se desenvuelve según un designio definirse en plenitud. En nuestra visión espontánea creemos que el sujeto es la persona que encuentra verdades en su proceso de conocimiento, pero resulta que para Hegel la verdad misma genera un movimiento y este movimiento implica verdadero sujeto, significa la expresión directa de la conciencia cambia al conocer, conduciéndolo desde la indeterminación hacia el conocimiento. Decir sujeto indica movimiento, fase activa. La verdad impulsa al movimiento, porque ella es movimiento, el error siempre contiene su contradicción, su fase negativa impulsando a salir del error, la verdad se mueve y desenvuelve mediante errores para alcanzar su esencia. Dicho de esta manera parece describirse un procese arbitrario y nos debemos remitir a la forma de operación del “sistema hegeliano” para observar lo que él llama el desenvolvimiento de la verdad. Porque unos conceptos remiten a otros. Por ejemplo, la luz remite a la oscuridad como su complemento, la luz se percibe mejor en contraste con la oscuridad, y el concepto de la luz se concibe más precisamente cuando tenemos a su opuesto en la oscuridad. A su vez, esta unidad de luz y oscuridad nos debe remitir hacia otros conceptos; por ejemplo, en su estudio de la naturaleza Hegel encuentra una relación muy significativa entre la naturaleza de la luz (movimiento en expansión) y la fuerza de gravedad (caída del movimiento hacia un centro dado, referencia fuera de sí), mientras para la vida cotidiana estas dos series parecen muy ajenas. Sorprende que un filósofo especulativo en un rincón alemán establezca una conexión que después la física teórica la habrá de elevar como un problema teórico importante, y de hecho una puerta para elaborar la teoría de la relatividad se presenta en la existencia de una interacción gravitatoria con la luz (teoría general de la relatividad donde la gravedad se piensa como el espacio curvándose, y aunque la luz no debería afectarse por la gravedad pues no posee masa, la luz sí es afectada y desviada por una curvatura del espacio). El motivo del filósofo para relacionar luz con gravedad, en principio, simplemente implica la integración de los conceptos, el mero remitirse entre unos y otros, de tal modo que la verdad se va formando como un entramado total.

La verdad es totalidad

La verdad en movimiento, mediante la cual unos conceptos remiten a otros, trae aparejado que el resultado parcial de la verdad conduce hacia la integración en una totalidad de la verdad. Esta aceptación de que la verdad transita hacia la totalidad de la verdad misma es aceptada intuitivamente desde los inicios de la filosofía, lo cual resulta claro con Parménides, cuando nos indica que el Ser forma una esfera perfecta y sin fisura, y esa unidad perfecta es la Verdad. El problema posterior es que este acierto parcial conduce hacia el problema político-intelectual de la Verdad cerrada del Sistema. Porque si con un cúmulo de verdades se crea un sistema de saber (que disfraza de no-sistema, o pretender no establecer un sistema como lo buscó Engels), un resultado directo es hacia su fosilización y defensa por principio, con lo cual el sistema de pensamiento se cierra a la crítica y se estanca. Debido a la existencia de la remisión de las verdades parciales hacia la totalidad cuando se tiene integrada una totalidad como sistema de verdad entonces las “nuevas verdades” ya no son bienvenidas, porque alteran el sistema de modo que cada fragmento nuevo de verdad puede encontrar resistencias enormes por parte del “sistema de verdades”. El asunto se vuelve muy problemático cuando el sistema de verdades sirve también como el pilar de un poder establecido de tipo religioso o político. A la lejanía parece hasta ridículo que las investigaciones de ciencia pura de los astrónomos causaran el espanto y la persecución de la Iglesia católica durante los siglos XVI al XVIII. Las simples observaciones astronómicas cuando revelaban que la tierra no se ubicaba en el centro del sistema solar parecían a los detentadores del sistema de pseudos-verdad religioso que eso atentaba contra las “sagradas escrituras”, las cuales contienen su “sistema de verdades”. En escalas menos dramáticas, ciertas afirmaciones teóricas contrarias al contexto anterior, de inicio reciben una fuerte oposición del medio académico, y su aceptación sucede forzada. Temas tan sencillos como la desinfección de los hospitales fueron motivo de marginación y escarnio para sus promotores iniciales, quienes atentaban contra el sistema de verdades previo. La resistencia, evidentemente, se basa en que una pequeña nueva verdad alterará el sistema de verdades previo, y quienes no quieren cambiar ese sistema combaten con prejuicios esa nueva verdad, por inocente y pequeña que parezca.
Esta resistencia ante la aparición nuevas verdades confirma por vía negativa que la verdad implica sistema, definiendo un conjunto de verdades integradas y entonces una nueva revelación en un campo esencial significa una revolución en el conjunto de las verdades preestablecidas. Por lo mismo, los temas aparentemente intrascendentes levantan tanto revuelo, como sucede con los “ovnis” por las consecuencias prácticas que implicaría comprobar tal “fenómeno ovni”. Para lo que aquí importa, esto confirma que la verdad es sistema, pero también nos alerta sobre la cerrazón de cada “sistema de verdad”, y que con cada avance parcial el conjunto previo resulta un poco obsoleto, lo cual es paradójico. Por esta tensión (entre un “sistema de verdad” previo y un fragmento de verdad opuesto), una gran parte de los científicos tienden a preferir el mantener a la verdad como pequeños trozos de saber sin conexión, y los científicos naturales creen que basta una comprobación experimental para obtener verdades científicas parciales. Lo afirmado hasta aquí no contradice a los experimentos científicos y a cada avance parcial, sin embargo, siempre deriva hacia una totalidad de verdad, aunque quien descubra algo pequeño o grande no tome en consideración las consecuencias. En la ciencia, donde resulta más palpable tal tensión entre el hecho experimental y la estructura de una totalidad de conceptos (el telón de fondo de todos los hechos conocidos) me parece que es la física, por cuanto la teoría debe integrar los hechos, y cuando nuevos hechos contradicen a la teoría, ésta debe avanzar para alcanzar nuevas verdades, modificando sus conceptos.

Tesis, antítesis y síntesis

El conocido camino espiral arrancando desde la proposición, que pasa a su negación y llega a un estado superado (auberfung) revela el ritmo de la dialéctica hegeliana, y esa es la reconocida tríada del movimiento. Efectivamente una infinidad de estructuras de movimiento operan bajo este ritmo, por tanto representa un ritmo universal. Se puede discutir si existen procesos integrado por más partes, o si acontecen formas más circulares que espirales y otras cuestiones. Sin embargo los procesos de movimiento poseen esta figura peculiar del triple evento consistente en ponerse, contraponerse y reponerse. Decir sí, luego decir no y finalmente decir un más allá de sí y no. Decir bien, decir mal y arribar más allá del bien y el mal. Cada fragmento de la vida captada se puede apreciar luminosamente bajo este cristal, y este cristal del movimiento además contiene un efecto liberador de la consciencia porque viaja más lejos, pero siguiendo el detalle de la materia viva, el detalle de lo real existente en el exterior y el interior de la mente.
Después de establecer la figura de la tríada hegeliana del movimiento se pueden abordar muchos ejemplos donde el movimiento natural así funciona y el pensamiento humano sigue esa pauta cuando no se detiene falsamente, cuando no se paraliza en una etapa limitada. Permanece y queda la pregunta de ¿porqué esa forma de movimiento? Quizá se requiere de la tríada porque con el binomio todavía no está presente el movimiento, pues con un par simplemente observamos un equilibrio estático o dualidad sin resolución, por lo tanto la fase anterior al movimiento corresponde a la dualidad; en cambio con la tríada fácilmente captamos la figura del movimiento. El movimiento físico mismo requiere para su descripción al menos de una tripleta: momento inicial, trayectoria y momento final. Sin tres momentos no describimos la noción de movimiento y podemos contentarnos con una paradoja de Zenón, en la cual Aquiles jamás alcanza a la tortuga porque considerando los extremos entonces el momento medio (el movimiento entre la tortura y Aquiles) se escapa como agua entre las manos.
La tríada entonces no implica con Hegel un resabio religioso de la Sagrada Trinidad, de las tres personas divinas en una del cristianismo medieval, sino expresa un concepto sobre la necesidad del movimiento, un ciclo triple para comprender el movimiento.

Toda tesis es ya antítesis

Pero si la forma general la representamos como tesis-antítesis-síntesis entonces se afirma un concepto adicional más, pues las afirmaciones afirmadas contienen su semilla de negación, su caída en contradicción. Se afirma que no existe la afirmación pura mantenida en su pedestal sin que encuentre a su negación, tropiece con su lado contrario. Esto puede evidenciarse en los conceptos cuando se determinan polarmente, como el bien y el mal, la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, la belleza y la fealdad, etc. Estos conceptos se redondean mediante su contrario. El bien no puede remitirse solamente a sí mismo para la definición moral, sino debe acudir al expediente de su opuesto, y referirse a la existencia de un mal, para que ese concepto resulte más concreto que una mera afirmación; y luego la moral como totalidad abarca a ambos conceptos (bien y mal) y los supera como se ejemplifica en la narración tradicional del Juicio de Salomón, donde la mentira del rey-juez amenazando con matar al niño sirve para descubrir la verdad de las madres. La enfermedad no puede ser captada en sí misma sin referirla a un concepto de salud, incluso la enfermedad se define como la negación, la perdida o la alteración de la salud; incluso se puede observar que la enfermedad resulta un concepto derivado, inviable de concebir aisladamente sin la existencia de una noción previa del bienestar del cuerpo, o sea de la salud. Sin embargo, la salud no establece un concepto redondeado, perfeccionado mientras no aparece en el horizonte su negación mediante la enfermedad. Ahora bien, la condición del cuerpo humano implica la unidad entre salud y enfermedad, una continua batalla entre estas dos condiciones, el paso desde un situación a otra. Incluso la enfermedad debe verse como parte del proceso de curación del cuerpo, entonces la unidad entre la salud y la enfermedad está presente en la curación del cuerpo, y nuestro metabolismo integra la unidad de los dos estados. Además, en buena medida (evidencia que no asumimos) nuestra salud de obtiene por medio de las enfermedades, y esta afirmación extraña, luego resulta una evidencia cuando explicamos cómo funciona el mecanismo de las vacunaciones y nos invita a pensar que el sistema inmunológico (base de nuestra sobrevivencia) se forja bajo el fuego de las enfermedades; pues la efectividad del sistema inmune del cuerpo se desarrolla captando millones de microbios que al desafiarlo lo fortalecen.

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