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sábado, 30 de agosto de 2014

ANÁLISIS Y RESEÑA SOBRE “EL HOMBRE DE LA MULTITUD” DE POE




                                                                                  Por Carlos Valdés Martín

Este breve relato aumenta en notoriedad con firmeza, siendo elogiado por artistas y, después, enaltecido por sociólogos[1]. Aunque no es una obra sociológica, sus rasgos obligan a considerarla para ese tema, pues enfoca la gran ciudad del siglo XIX y propone un concepto clave para la sociedad moderna: la multitud o masa. El enfoque y escenario afortunados poseen un enorme eco hacia su futuro (nuestro presente) porque se convirtió en “sociedad de masas” y Londres fue el paradigma (múltiple cultural-teórico-literario) de esa masificación[2], reflejada en la crítica social signada por Karl Marx[3].

El misterio inalcanzable
Con expresiones retadoras, Poe comienza la narración indicando que hay impedimentos para el saber, la frase “άχλϋς ή πριν έπήεν” se traduce como “una niebla que antes nos cegó”, con un doble sentido evidente en idioma inglés: la palabra “mist” es sustantivo (niebla), verbo (empañar) y la raíz de la situación misti-ca o misti-ficada en el más allá inalcanzable. En este cuento, tal bruma marca el principio: la imposibilidad de leerse, “er lässt sich nicht lesen —no se deja leer—”. Y esa lectura imposible se asocia con el secreto espantoso del moribundo acosado por espectros de su culpa e incapaz de confesar; entonces esa barrera anuncia algo terrible. ¿Dónde se coloca esa barrera en esta narración? Esa muralla no se levanta en ningún sitio pues el personaje se mueve entre el espacio público, recorre las calles de la populosa Londres, sin ningún impedimento para desplazarse. El mérito de Poe es convencernos de que en ese paseo tan cotidiano y libre surge un impedimento invisible, obligándonos a beber el secreto que esconde un personaje ominoso: “el hombre de la multitud”.

El ejemplar y su género
Tomar un caso —o unos cuantos— y convertirlo en lo genérico representa un primer reto del saber y su exceso —elevar arbitrariamente un caso en ejemplar— es una tentación, lo cual se plasma de modo diáfano en Platón. Este cuento refiere a los filósofos griegos al señalar a Gorgias, célebre por un diálogo platónico[4]; sin embargo, la intención del artista es diametralmente opuesta a la del filósofo, por cuanto lo singular no desaparece en la obra artística. El famoso mito de la Caverna, paradigma del procedimiento platónico, nos anuncia que nuestra realidad es una pálida sombra y nos incita a descubrir una luz suprema en el “mundo de las ideas”; en cambio, el artista Poe insiste en proyectar luz hasta el fondo de nuestra sociedad que en sus sectores perturbadores semeja a la gruta. Poe prefiere dirigir una iluminación hacia un sector que estima sórdido y fantástico en la cueva de la conciencia humana, para destellar la luz del arte y revelar el claroscuro de las emociones. Este efecto “filosófico” lo anuncia con claridad el inicio del cuento y se confirma con nitidez al final, cuando el atractivo y sórdido personaje, caracterizado con un diamante y puñal escondidos, resulta encarnar un ente genérico: “el hombre de la multitud”. En ese sentido, este es un curioso “cuento filosófico”, que esquiva la pesadez al utilizar misterio, ironía social y acción persecutoria.

Fulgor y terror de la ciudad
El ambiente de la gran ciudad impregna sólidamente al habitante —pegándose a modo del exoesqueleto del insecto—, en efecto, esa “atmósfera urbana” posee características que sobrepasan al individuo, por eso atrae tanto cuando bajo las plumas deslumbrantes se vuelven terror, en citas inesperadas sobre la encrucijada del espacio-tiempo, por ejemplo en situaciones de pánico masivo o crueldad multitudinaria. La gran ciudad moderna en su geografía incluye una segmentación emocional, acumulando zonas de alegría y confort, separadas de otras con tristeza y miedo; los ambientes barriales han variado con tantos tonos como emociones hay en la paleta colorida del corazón humano. Poe elige acentos marcados y contrastantes para empezar el relato con una avenida ordinaria. Mirando esa calle —sitio con mucha agitación y gente variopinta— describe el torrente de la actividad febril, para descender en una escala de oscuridad e inquietud crecientes. El estado de ánimo comienza con ímpetu alegre y un juego de hacer caricaturas mentales con los personajes que desfilan rápidamente ante la mirada del protagonista. Dentro del mismo torrente de viandantes ya aparece la diversidad de personajes desastrados y desastrosos, mezclando a los simples trabajadores y dueños, con los carteristas, mendigos y prostitutas. En ese inquietante torbellino de rostros fugaces surge lo extraordinario con uno singular: amalgama de lo demoníaco y turbador. Una vez atrapado por el anzuelo del personaje oscuro, nuestro protagonista lo sigue cual cazador de emociones, entonces la tónica se va ensombreciendo y la urbe londinense muestra su lado más tétrico.

Estratos y ecología de la ajenidad
Las agudas y breves descripciones de Poe sobre los “oficios” urbanos son memorables por su aguda ironía y confección provocadora. Ahí se desprende, por la ebullición de la noción de “clase” más allá del oficio, un significado más hondo y mordaz, preludio de la “teoría de clases opuestas” cual destino, en Manifiesto Comunista[5]. La lectura de esta gran descripción sobre una muchedumbre que mezcla los extremos del arcoíris urbano debe provocar el mayor interés para quien estudia la sociedad, por ser la primera de este tipo[6]. En el texto hay sutiles dardos de ironía contra los seres adaptados por su seriedad y pretensión; crueles descripciones donde un detalle caricaturesco muestra taras por el trabajo repetitivo: “la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente separada”.  Otras descripciones se mantienen en la superficialidad jocosa para provocar una sonrisa sobre quienes se disfrazan con la moda obsoleta de la temporada extinta. Con claridad parece dibujarse el perfil de la “clase social” a manera de una escisión más honda que el sello de las simples “profesiones” (amanuenses, oficinistas, carteristas…), lo cual es un tema inaugural para el concepto social moderno. Pero mantienen relevancia las simples estratificaciones “profesionales” (si es que resulta viable colocar esa etiqueta) de actividades, en especial, las antisociales del tipo carteristas, mendigos y prostitutas. Para el protagonista encandilado y malicioso tales variedades forman una especie de zoológico humano[7] sobre el cual otear con aires de suficiencia. Al inicio, el protagonista mira tras un vidrio, separado por una distancia cómoda que impide cualquier interacción con ese entorno tanto trivial (la escena diaria de la ciudad) como hostil (la amenaza del truhán que transgrede). Ese panorama variopinto y caótico implica un elogio de la soledad, con una invitación a mantener la distancia individualista ante tal flujo de gente; planteando un tema anunciado desde el epígrafe: “el gran mal es no lograr estar solo”[8].

Confrontación sutil: seguir al enigmático
Una persecución sigilosa posee algo de lucha y batalla, cuando el simple movimiento de la presa se convierte en un juego de cautela y acoso. Lo único que está buscando obtener el curioso es un secreto de su perseguido. Sin embargo, esa empresa está próxima al fracaso, pues el movimiento mismo amenaza con convertirse en escape, o bien, la mirada del perseguido sería capaz de descubrir al acosador. En el seguimiento existe una mutua determinación entre las dos partes, en un proceso semejante a la batalla, sin que la hostilidad culmine, difiriendo de la guerra por su objetivo discreto[9].  Por su objetivo más cauteloso, la intensidad inicial de este proceso de persecución termina por perder intensidad y obliga al desenlace. Al igual, que el verdadero seguimiento ordinario, esta persecución literaria termina en cansancio.

La escala hacia abajo: el espectador mirando al abismo
El arte de Poe —sublime artista— fascina al lector con una perspectiva que ofrece algo más abajo en sentido emocional y escala social. Los barrios (espacios de “fauna” urbana) van en decadencia y cada vez son más sórdidos[10], pero la persecución del cuento regresa al centro, hacia un hotel D. (la evasión del nombre útil para la identificación vaporosa): la espiral emotiva del torbellino que jala hacia el fondo, hacia un punto invisible pero sensible —sutil geografía de la emoción magnificada, un terror casi erótico. En este cuento el viaje termina sin un susto y concluye en una delicadeza mental sobre el concepto del “hombre de la masa”.
Ese movimiento en círculos por las calles de la ciudad posee una cualidad casi musical, marcando un ritmo que transcurre a lo largo de dos jornadas. El simple desplazamiento y vuelta de tuerca al mismo sitio indica una fuga, la aparición de algo adicional al definir ese “hombre de la multitud” en el sentido de un fantasma: emanación de la entidad colectiva.

Superioridad del narrador
Un resultado del mover el cuento en una espiral descendente es que el centro permanece a flote, y por comparación relativa, se eleva. Mientras el relato más nos convence de las miserias presente en la masa de la gran ciudad, el sentido de individualidad debe adquirir más vigor. El efecto emotivo y psicológico de este tipo de viaje resulta en una sensación de bienestar por comparación; conforme la masa urbana es más baja, el observador siente un confort ante esa bajeza. Conforme termina el relato, el narrador se convierte en quien ha obtenido una revelación; él es quien sabe de la masa y su vileza. Ese tipo de superioridad posee un nivel ilusorio, pues las desgracias del entorno no dan un bien directo, sino indirecto a modo una satisfacción silenciosa, por las desgracias ajenas; además que esa satisfacción se disfraza de conmiseración por los más desfavorecidos. Esta superioridad no posee una jerarquía precisa, es un simple oponer al “yo” frente a los “otros”, con lo cual se dibuja el programa sencillo del individualismo.

Perplejidades y molestias de la modernidad temprana
Nuestra modernidad —esta etapa histórica que comienza entre disparos tecnológicos, atisbos racionalistas y engranajes industriales— ha sido acompañada por disgustos y desazones variados. La conciencia moderna ejerce una crítica contra su propia circunstancia que es distinta a la Antigüedad y Medioevo, pues se abre un periodo en el cual nuestro entorno dejó de ser natural, para convertirse en artificial. Y eso artificial se estima posible de ser modificado, mientras lo natural semeja obra divina[11]. La crítica social con la modernidad se extendió y afinó hasta cuestionar las raíces del orden social, dando paso a periodos de reformas y revoluciones sin parangón previo.
Edgar Allan Poe se coloca en el periodo de la modernidad temprana más influido por la crítica romántica y las aspiraciones liberales por lograr un sitio más justo para todos. Pero la sensibilidad ante los fenómenos de masas era una novedad importante, la literatura anterior desconocía al “personaje-masa”[12], que aquí ocupa el escenario del relato.

Inquietud por el emblema del futuro
En los años de escritura del cuento, hacia 1840, Londres es emblema de futuro, pues esa ciudad parece la capital comercial del mundo entero y cabeza de un impresionante imperio planetario, en el cual no se pone el sol. Esa ciudad rebasa en riqueza e intensidad a las demás capitales, por lo que cabría presumirla como la “cosmópolis” y modelo de globalización decimonónica. Era la ciudad más poblada en el planeta, estimándose alrededor de los tres millones de pobladores, en un contexto de “revolución industrial”. Si ese retrato de la urbe futura es tan inquietante, ¿qué le esperaría al resto del mundo? La inquietud implícita es una característica notable Edgar Allan Poe, tan inclinado a mezclar géneros y señalar el lado oscuro del alma humana.

Hacia una “pasión y horror por la masa”
La actitud del narrador del cuento posee otro rasgo típico de la intelectualidad y gran parte de la población moderna: el aspecto de la masa seduce y espanta. Bajo la sensibilidad de Poe predomina la nota del espanto, pues desde el principio la figura le recuerda un demonio que desborda los términos de cualquier explicación simple, pues no es la tradicional encarnación del mal cristiano sino una ensalada desconcertante: “Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación.”  La caracterización es desconcertante, pues a los dobleces siniestros y censurables (lo diabólico típico) se agregan tintes opuestos como “penuria” y “suprema desesperación”.
El protagonista queda fascinado por esa mezcla e intuye una historia extraordinaria.  Ahí comienza la persecución tras la pista del “hombre de la multitud”, al cual Poe nos lo describa en términos de espécimen añoso. La debilidad del perseguido es engañosa, pues su vitalidad nunca termina y mantener la persecución es imposible, pues el personaje recupera fuerzas conforme se agolpa un gentío. El seguimiento se vuelve perpetuo, de día y noche sin terminar; hasta que al segundo día el protagonista agotado se da por vencido pues comprende la inutilidad de esa asechanza.

De la idolatría por la masa ante el genio artístico
En su juventud, Poe fue acusado de mentir pues gustaba de fingir conocimientos superiores a sus dotes, las cuales eran notables. En la madurez del artista, este cuento finge una persecución para mostrarnos algo distinto, para aproximarnos a una entidad tangible y evaporada que es la colectividad convertida en carne y hueso. En la ficción literaria, además del gusto momentáneo por la lectura, se crea un sustrato de credibilidad: en la narrativa jugamos con creencias de trasfondo. Este breve cuento sugiere la maldad interior y la imposibilidad de atrapar ese ser multitudinario; sin embargo, esto no siempre sucede así. El argumento sobre el disgusto al ser tocado por la masa está presente, pero también asoma la opción contraria, donde ese “el hombre de la multitud” encarna el gusto por permanecer entre la masa y, en el extremo, fundirse en ella. En su destello artístico, Poe se adelantó a las pasiones políticas por la masa, que se perfilaron claramente en el siglo XX, donde a la masa se le embellece e idolatra esperando que su presencia salve a la humanidad[13]. Ese gozo por acodarse entre la masa invita a que sospechamos un autorretrato ¿no seré yo, el lector, quien encaja en ese retrato? Sin embargo, el genio de Poe no acusa a nadie, ni está para despertar conciencias dormidas, simplemente entrega una ficción inquietante como pocas, porque sin recurrir a ningún acontecimiento extraordinario, nos intriga con el lado ominoso de lo cotidiano.


NOTAS:


[1] Por ejemplo, Marshal Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, y los elogios de Charles Baudelaire.
[2] Poe insiste en que Londres es impresionantemente más populosa que cualquier ciudad norteamericana, con una vehemencia que pasaría desapercibido para el lector apresurado: “los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad
norteamericana más populosa”
[3] Esa crítica social toma a Londres también como su escenario predilecto; siendo patéticas las narraciones de la ciudad reflejadas en El capital de Marx.
[4] PLATON, “Gorgias” en Diálogos. Se considera que es al sofista que mejor tratan los Diálogos, afamado también por su sagacidad y longevidad de 109 años.
[5] KARL, Marx, Manifiesto Comunista, donde la historia de la humanidad hasta nuestros días es la “historia de la lucha de clases”
[6] Así lo considera Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire.
[7] Esa perspectiva de Poe, fusiona esa sensación “animal” sin necesidad de utilizar metáforas directas de especies, como las sirenas de la Odisea o el insecto de la Metamorfosis; pero ¿la masa misma no se simboliza en un animal colectivo de mil cabezas?
[8]Ce grand malheur de ne pouvoir être seul”, atribuido a La Bruyere.
[9] Clausewitz, Carl, De la guerra.
[10] El extremo de lo sórdido también es un tema de la crítica social en El capital, donde cita los horrores de Londres y otros rincones tocados por la revolución industrial capitalista:  “… hay 40.000 personas desamparadas, muriéndose de hambre! Esos millares irrumpen ahora en otros barrios; esos hombres, que siempre han estado medio muertos de hambre, gritan su aflicción en nuestros oídos, claman al cielo, nos cuentan de sus hogares abrumados por la miseria, de su imposibilidad de encontrar trabajo y de la inutilidad de mendigar.” Tomo I, “Efectos de la crisis sobre el sector mejor remunerado de la clase obrera”.
[11] LUKACS, George, Historia y consciencia de clase.
[12] BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire.
[13] CANETTI, Elias, Masa y poder. En esa idea, el comunismo y fascismo representarían “cristales de masa”, procurando conjurarla continuamente, cual bálsamo. Un ejemplo de lo mismo, es la mística por la “multitud” de Hardt y Negri, en Imperio.

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