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sábado, 23 de agosto de 2014

SENDEROS BIFURCÁNDOSE SOBRE EL ALEPH




Por Carlos Valdés Martín



El Aleph es un relato de ficción de Borges sobre el punto privilegiado del universo desde el cual se observaba simultáneamente todo lo que acontecía en este mundo. Bastaba recostar a la persona en el escalón decimonoveno de cierto sótano para que se vertiera sobre el espectador esa abrumadora presencia: las imágenes simultáneas de todo lo que sucede. El Aleph es un símil de lo que supone la religión sobre el ojo de Dios, que todo lo mira sincrónicamente. La del Aleph es visión abrumadora, por la variedad e intensidad de imágenes que ofrece al espectador, de tal manera que se capta el vértigo, de tal modo que es imposible asimilar ese torbellino de información e impresiones. La riqueza de imágenes genera tensión interior en el espectador, quien llega al extremo y los efectos podrían resultarles irresistibles[1].

Enfoques sobre este Aleph
Pero vayamos por partes, pues en este cuento se mezclan más elementos antes de ofrecernos al prodigio entero. Primer aspecto, es una historia del amor imposible, la muerte de Beatriz Viterbo, en fin la imposibilidad pasional. Después es una comedia entre literatos rivales, porque el Borges de la primera persona se burla del poeta Carlos Argentino, quien finaliza galardonado con un Segundo Premio de Literatura. Tercero, es una ficción sobre la casualidad: por azar estaba el Aleph ahí. Cuarto, es una paradoja inventada por el mejor escritor ciego conocido, lo cual lleva a otra paradoja (los ojos del ciego) y a un sueño compensatorio (ver más que nadie en el mundo). Quinto, el destino del evento Aleph es una tragedia, porque es destruido en la demolición de una casa y en esto encierra una curiosa culpa de la primera persona del relato, el mismo Borges[2]. Sexto, es una teoría del poder: la posición y sitio exacto trasciende y, al descubrirse, cualquiera deseará acapararlo en una tarea inútil. Séptimo, es metáfora de la futilidad, nada útil acontece al verlo todo. Octavo, es ejemplo de economía: todo cabe en un Aleph, sabiéndolo acomodar. Noveno crítico, es una metáfora de la Divina Comedia con su Beatriz inaccesible, su Virgilio-Dante, su infierno y paraíso. Noveno infinito: es una ficción sobre la visión de las visiones, para pensar el límite de esa facultad y la plenitud de la existencia… sirve para pensar en infinitos y perderse habitando en ellos.

Amor inaccesible
El cuento comienzas con la nostalgia ante la imposibilidad de la amada muerta, la triste certeza de que el universo sigue su marcha mientras el corazón de Borges sigue anclado en una adorada e imposible Beatriz Viterbo; cuando el ordinario cambio en los anuncios publicitarios de cigarros rubios le hace notar que el mundo continua avanzando.  
El amor se revuelve de impotencia contra la muerte, el enamorado nostálgico recurre a bálsamos anestésicos; la simple imagen visual de la amada, como una fotografía o un recuerdo se convierte en objeto de veneración, que no deja de vislumbrar la herida causada por la distancia. Aquí la imposibilidad está arraigada en las emociones, por lo que es desgarradora, a diferencia de las imposibilidades frías que no afectan el corazón, la imposibilidad del amor es una daga clavada en el centro. El extraño objeto mágico, que es el Aleph, pareciera un camino, pero la visión nunca es suficiente y resulta que no se llega a nada, sino que el dolor se incremente, la apariencia de cercanía por una mirada voyerista sobre la amada muerta incrementa el efecto de la pérdida. Además el descubrir un amorío inconfesable entre Beatriz y Carlos Argentino (su incesto escondido) conlleva a más dolor y hacia una venganza cómplice, al no intervenir para la demolición del sitio.

Torneo de egos literarios
El contrapunto entre el narrador escritor, el mismo Borges, y el aspirante Carlos Argentino, tocado por un aliento mágico, primero debe mover a risa y desprecio; porque ese poeta alterado es aprendiz de brujo, patentemente incapaz de transcribir lo que ha visto, pues su palabra es torpe, y a mayor grandeza del objeto descrito se exhibe más la ineptitud del aspirante a poeta. Más de la mitad del cuento se dedica al tema de esa mala poesía, plagada de cacofonías y oscuridades que pretenden obligar a tragar barroquismos y retorcimientos en cada estrofa; sumado a las pretensiones de incluir al orbe entero en una especie de “Canto General”[3] que describa en estrofas todo lo existente. Esa burla sobre “mala poesía” es un exhibicionismo sobre los temores del creador, acosado por los fantasmas de la torpeza o la presunción, que en el acto de mostrarlos se disipan con esa iluminación.
Sin embargo, por el conjuro de este cuento se cruza el puente imposible y transcribe en palabras esa cualidad mágica del punto que observa todos los puntos; advirtiendo que esa explicación es una pálida sombra comparada con lo “real”, al estilo de la Caverna de Platón. Ahora bien, con la cura de la distancia el observatorio universal transfiere al poema una cualidad insoportable.

Significados universales y particulares del Aleph
El objeto mismo de la anécdota es un gran acierto, pues combina la universalidad y la particularidad inmediata de la visión. Poder inmenso, pero discreto que no se puede utilizar, mera vista a la distancia. Indica un desbordamiento completo, por lo cual remite a la divinidad. Se conserva en el terreno de la metáfora literaria porque no pierde su carácter concreto y se le describe mediante un deslumbrante catálogo de visiones. Como símbolo de la omnivisión es muy propio de la modernidad, época tecnológica que posibilita la efectiva confluencia de miles de mensajes visuales y comunicaciones profusas a velocidades impresionantes[4]; supongo que para culturas antiguas, aunque esta metáfora misma provenga de un lejano pasado, no causaría una impresión concreta, bien especificada, sino que solamente se asociaba con la cualidad divina: el ojo de dios. Con ironía imita a las moscas, de muchos ojos y poco cerebro; efectivamente la mirada del Aleph es un torbellino, carente de modo de asimilación y se rechaza explícitamente la digestión de tal marejada de visiones.

Nos preguntamos de qué es fruto esta metáfora, pues pareciera sembrada en la encrucijada entre la abundancia y la miseria absolutas. Con la modernidad se dan las condiciones crecientes para la eficaz avalancha de imágenes jamás antes captadas por ojos humanos. Mientras el espectáculo visual de la modernidad va creciendo, como mundo show, del lado contrario también está la complejidad y el proceso de ocultamiento múltiple de un sistema social, cada vez más indescifrable (digamos oscureciendo la nota). Esta tendencia doble, es captada por el genio singular de Borges: individuo de carne y hueso. Al momento de escribir El Aleph los problemas de salud quebrantada ya lo habían precipitado hasta la ceguera. De esta manera, las riquezas del espectáculo visual de la modernidad, son apreciadas en una dimensión inconmensurable, precisamente, por una persona en trance de perder la vista. Esta desgracia personal, daría más fuerza a su percepción como artista, de tal modo que su vista intelectual-sensible, le permite una más intensa valoración sobre la relevancia de las imágenes visuales. Esto recuerda al fenómeno sicológico de la compensación, por medio del cual quien sufre una carencia real imagina que la supera enormemente, por ejemplo existen sueños de omnipotencia durante convalecencias por parálisis. Así, El Aleph es sueño sobre la omnipotencia del ojo cegado. Pero no es un sueño privado, sino una imaginación para compartirse, quizá todos somos un poco ciegos por excesos de vistas deslumbrantes y no por oscuridad[5].

Lamento por la pérdida del Aleph
En tanto ficción rigurosa, embozada en un estricto realismo casi costumbrista, el Aleph se pierde como objeto delimitado en el espacio tiempo. La anécdota de la destrucción inminente de la casa que lo albergaba es muy consistente, como si se tratara de la revelación del ocaso. La destrucción ya es una tragedia, por si fuero eso poco, además ocurre en secreto, nadie lamentará a una maravilla desconocida. El autor comparte una culpa cómplice por la pérdida al negarse a auxiliar a su poseedor, pero ya no hay remedio. En vez de solución queda un misterio con la suposición de que existe un Aleph más verdadero, un mejor mirador en el cual se capta el universo y ese otro sería la puerta suprema del infinito.

Imposibilidad de alcanzar el mirador supremo
Una reflexión filosófica de fondo se trasluce porque es vano intentar controlar un tal Aleph, al mismo tiempo, que la conciencia aguzada sería capaz de poseerlo, y ese es el sentido del epígrafe citando a Shakespeare: “O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite Space” — Dios mío, podría confinarme a una cáscara de nuez y considerarme Rey de un espacio infinito.

Queda abierta una interrogante entre la potencia del Aleph y la limitación de nuestra conciencia. Si este mirador multiplica la visión al  infinito pero permanece inmediata, entonces lo que ofrece como residuo para la conciencia es que ésta permanece pobre, es un procesador de míseras capacidades para asimilar esa avalancha de percepciones[6]. Por lo  mismo, por la falta de asimilación de la conciencia es que el Aleph persiste aislado como objeto deslumbrante pero inútil, así no integra los sueños ordinarios de la humanidad (riqueza, poder, vida, amor) sino que permanece como una metáfora de infinito que nos rebasa a todos. La complicidad del autor en la destrucción del este sitio es acusación sobre la mediocridad de la condición humana, fechada en ese tiempo espacio —del aquí y ahora— incapaz de conservar el mirador supremo.




[1] Otro cuento con una hipótesis opuesta y complementaria es Zahir, especulación sobre el objeto singular pero deslumbrante que va acaparando la mente del protagonista; donde lo particular se transfigura en universal para un individuo que no se lo saca de la mente.
[2] La omnipotencia imaginada conlleva una complicidad entre el lector que siempre podrá más que el autor leído: el veredicto del lector. Por el contrario, el autor se refugia en su dificultad o en “fórmulas secretas” tras su escritura que solamente descubrirá el lector fiel. Cf. STEINER, George, Sobre la dificultad.
[3] No parece posible que este cuento incluya una ironía en contra de la obra de Neruda, pues es anterior a la publicación del Canto General de 1950.
[4] Aquí Borges, sirve de profeta del siglo XXI. Bien indicó Ortega y Gasset que el historiador es un profeta con la cara volteada al pasado; el relator fantástico, es un profeta disfrazado con ropa estrafalaria. Cf. El tema de nuestro tiempo.
[5] Es una cultura de flashes, impresiones que distraen. Cf. Alvin Toffler, La tercera ola.
[6] Por eso el relato sospecha de otro objeto más prodigioso, un “verdadero Aleph” que permanece inaccesible, incluso dentro de una columna de piedra, y jamás percibido. 

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