Música


Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Resumen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Resumen. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de mayo de 2020

PROMETEO CON SUS BUITRES, CADENAS Y LIBERACIÓN





Por Carlos Valdés Martín

Según las narraciones, entre los pueblos griegos los dramas de Esquilo provocaban una impresión tan honda que las mujeres abortaban espontáneamente durante las representaciones. Además de una capacidad narrativa, la propia leyenda de Prometeo resulta un gran reto para la imaginación. Estamos demasiado acostumbrados a pensar que la jerarquía celestial es un coro armonioso, que entre el Padre divino y su Hijo únicamente existen relaciones de cordialidad y devoción sin límites, por lo que resultaría ilógico y escandaloso señalar que la Cruz fuese un castigo del Padre ante una desobediencia del Hijo al redimir a la humanidad. Sin embargo, algunos cristianos devotos y profundos también han dado interpretaciones escandalosas a su religiosidad. Ya decía Kierkegaard que el cristianismo original era un escándalo que permanecía adormilado por las iglesias oficiales…[1] Un argumento interesante, pero nuestro tema es el singular destino de Prometeo, el dios que entregó generosamente el fuego a la humanidad.  

Prometeo representa…
Se conocen algunas cualidades de esta deidad, las cuales ayuntaré como hacen los campesinos con sus mejores bueyes para arar. La primera que él era astuto y burlón, que —tantas veces— significa lo mismo, esa risa irónica de los inteligentes. Su otra cualidad era una bondad arrebatada y el don profético,[2] como quien dice que el obrar bien rompe la cadena del Karma y fertiliza el porvenir. Esto último, el don profético resultó un problema en sí, pues él era el único que sabía el secreto de quién destronaría y sería el sucesor de Zeus. Si se recuerda las monarquías antiguas, la costumbre era que quien derrocaba[3] al rey se quedaba con el Poder, creyéndose que “así en la tierra como en el cielo”.[4]  

Si un dios representa bien a la filantropía desinteresada es Prometeo quien entregó todos los bienes a la humanidad y sufrió un castigo por todos y cada uno. Si se habla de darlo todo sin obtener nada a cambio más que la injusticia en carne propia, para los griegos no era Cristo sino su favorito era Prometeo. Este griego resultó un dios redentor de cuerpo entero que no se amilana ante el peligro y transita desde la osadía hasta la temeridad.
El castigo en principio pertenece al cálculo inicial de este relato, por tanto no sería una temeridad. Además el relato no pretende una hazaña impune, Prometeo no huye para ganar una ventaja adicional. Él posee la visión profética y bien adivina lo que le vendrá encima por su buena acción.
Su gesto responsable, de pagar el precio por su donación, implica que los dioses celosos no les arrancarán ese regalo a la humanidad. Entonces por el don del fuego no se imagina un intercambio gratuito sino un pago muy costoso, representado en pérdida de libertad y tortura eterna.
El cuento señala que Prometeo robó el fuego en el sitial del Olimpo, guardándolo dentro de un carrillo hasta bajar con el trofeo, para entregarlo y contagiar a la primer hoguera. Y de la hoguera vendría el hogar para los humanos, entonces tan necesitados de una calefacción artificial. El relato supone que con este fuego primigenio comenzó la carrera de la civilización, con su confort, beneficios, deleites, medicinas, palacios, viajes y perplejidades.

Enterado de la falta, Zeus dicta una sentencia inmediata y manda a encadenar al infractor. ¿En realidad sufre Prometeo encadenado? Según un drama teatral antiguo, la obra de Esquilo que se conservó parcialmente,[5] sus dolores son inenarrables, son la mortificación de una carne divina sin comparación entre los terrestres. Con ello los dones materiales de la civilización poseen una culpa primera (un pecado original) de la cual no cabría arrepentirse pues fue un regalo y, además, imposible de devolver. En segundo, lugar esos dones posee un valor metafísico fruto de una “sangre de dioses”, donde curiosamente la “teoría del valor trabajo” de Marx implica una continuación de la culpa metafísica unida a la valuación también metafísica.[6]

En otra variante de la narrativa —ahora harto polémica por colocar en mal a la mujer—, señala que la venganza de Zeus implicó armar a Pandora, con la Caja llena de regalos envenenados, de tal manera que un único don que llenaba de fuerza el empuje civilizador, era neutralizado con un “exceso de falsos regalos”.  

Zeus representa…
Resulta muy tentador señalar que Zeus sí representa el castigo divino, pues un poder superior ataca las transgresiones. Sin embargo, hay una interpretación mejor pues Zeus puede encarnar la Ley Impersonal donde cada quien se somete a su castigo (auto-decidido). Por su parte, Prometeo ha tomado la decisión más noble para socorrer al necesitado, desafiando una Ley, sin embargo… ¿Era ya el tiempo? Las cadenas implican una parálisis, y el dios Prometeo no es destruido por el rayo, sino detención.
En una versión importante, Zeus sí representa el castigo y posee un rasgo de injustificada violencia contra el heroico Prometeo; una injusticia de tal calado que obligará a un crepúsculo de los dioses y el fin de su reinado. Bajo la crítica, Zeus sería un doble pecador: al imponer la prohibición de auxiliar a la humanidad y al castigar terriblemente al benefactor, por tanto trastocó el curso de la ética aceptable. La injusticia de Zeus erosiona su propio Poder, hasta que prepara su caída.
Si Zeus resulta la Ley impersonal, entonces Prometeo toma la senda del auto-castigo y por esa vía dolorosa, se purifica en su “astra per áspera”.  

El corazón arrancado
Adelantamos que el corazón es una representación de la individualidad profunda, pero cuando se puede arrancar resulta falsa. Los antiguos consideraban que el asiento del Alma era el corazón, por eso se siente como arrancado por la pérdida amorosa. Cuando distinguimos alma de espíritu, la primera es la parte afectiva y sentimental, que sigue afectada por los acontecimientos mundanos, mientras el espíritu representa el lado más mental y fácil de separar de las preocupaciones terrenas.[7]
Como sea, arrancar la víscera es algo íntimamente doloroso, por más que ese Corazón sea falaz y debilitado, todavía no queríamos abandonarlo, pues sigue siendo parte de la intimidad. Entonces se requiere de un esfuerzo súbito para arrancar y lanzar al abismo tal centro de la vitalidad anímica.
Una de las mayores acusaciones de crueldad que hicieron los conquistadores a los indígenas aztecas se relacionaba con los sacrificios y la manera brutal de realizarlos, arrancando en el cautivo vivo su corazón. La explicación de tales horrores ha sembrado dudas y suponemos que hubo un relato interesado, como cuando hablaban de la existencia de gigantes, porque encontraron un hueso antiguo.[8]
Sin embargo, la dimensión narrativa de Prometeo agrega un rasgo más sobrecogedor, pues las entrañas volvían a regenerase cada noche; así que el castigo seguía un ciclo diario, terrible y sin piedad. Entonces, el sacrificio rebasa la Cruz que sucedió una vez,[9] para repetirse día a día, con crueldad precisa.

Los buitres o águilas negras son…
Hay un significado simbólico de los buitres, semejantes a la leyenda de Prometeo con aves desgarrando cada día al héroe. Las aves carroñeras son el “pensamiento negativo que atormenta su corazón”,[10] siendo un híbrido entre el sentimiento negativo (carroñero) y el anhelo de libertad (el volar), entre gozo por la podredumbre (incluso la indignación moral eso es) y la expectativa de la trascendencia respecto del mal. En algunos relatos dramáticos quien devora la entraña es un águila negra y no buitres, pero su funcionalidad es la misma.  
Recordemos que no en todos los pueblos se habla mal del buitre y entre los lamas tibetanos sirve para limpiar el cuerpo y llevar el espíritu a los cielos. Al atacar a la falsa individualidad y a la materia, los buitres hacen un gran favor.[11] El buitre al atacar la podredumbre representa con claridad a un sentimiento que se ha vuelto muy popular en la actividad política y las redes: el indignarse. En redes sociales la indignación hasta pareciera un mérito enorme, cuando también implica una especie de hipocondría moral de quien ve pajas en todos los ojos ajenos, hasta que el mundo entero le parece un pajar listo a incendiarse.[12] La indignación moral también es una trampa, por lo que el buitre levanta el vuelo después de comer para no corromperse junto con la carne putrefacta. Esto implica que una dosis de indignación ante el mal es indispensable, pero habitar dentro de esa indignación es convivir con el Infierno de la corrupción.

Las cadenas de Hefesto y la roca bruta
El dios Hefesto griego (popularizado como Vulcano de los romanos) el forjador de cadenas representa las cualidades ordinarias que esclavizan, que diseñando sistemáticamente los dispositivos dejan de servir para lo útil y se convierten en las limitaciones de lo ordinario. La acción sistemática del metal impresionaba a los antiguos en varios sentidos, ya sea como elaboración de las principales herramientas, pero con particularidad la cadena poseía un sentido fuerte, pues señalaba al esclavo. Recordemos que esos pueblos se separaban entre los libres y los esclavos, por lo que encadenar era un gesto de cruda rudeza.

Según el relato, Hefesto actúa contra su intención, cómplice forzado de los designios de Zeus y, aun así su dispositivo funciona perfectamente. Las cadenas por sí mismas resultarían débiles entre dioses, por lo que se anclaron a una mole montañosa. Una montaña enorme o un farallón en la región al norte de la Grecia clásica, quizá entre las costas de Escitia, sirvió para reforzar el encadenamiento de Prometeo. Así, lo imaginamos clavado en un farallón de rocas del Dardanelo donde Prometeo está atado a la Roca bruta, representativa de la soledad y la fatalidad. ¿Una montaña es la Piedra convertida en un gigante natural sin forma ni sentido? Sí, en este caso además configura un cadalso simbólico, el sitio de la ejecución de la pena contra el héroe mítico y benefactor.

La liberación de Prometeo…
Ya que el acto original de Prometeo trae el beneficio y la liberación de la humanidad, a la larga, tras su purificación por el sufrimiento, también él ha de obtener la máxima presea.
El libertador Hércules es el héroe, que supera las dificultades para separar con fuerza prodigiosa la cadena material, por dura que sea. A su vez, recordemos que Hércules se impuso una cadena voluntaria, esto al someterse a los dictados de un rey injusto, que se burlaba de sus servicios y conspiraba en secreto para abatirle. En cierto sentido, Prometeo es el espejo divino del Hércules, semi-divino, pues el primero había cumplido con una única hazaña el mayor de los logros imaginables; en cambio, el vencedor del León y el Cerbero debe cumplir múltiples hazañas para cumplir su ciclo.
En el relato de las hazañas de Hércules, la liberación de Prometeo queda disimulado como un acontecimiento casual, incluso sin ser considerado uno de los famosos 12 trabajos. Esto anterior nos permite suponer que ese liberarse de las cadenas físicas y escapar a la tortura no significa la redención de Prometeo. Cabría suponer una tregua de sus sufrimientos, porque su redención debería acontecer con el ajuste de cuentas con su gran antagonista, con Zeus mismo.  

 NOTAS:



[1] Kierkegaard, Diario de un seductor.
[2] Esquilo, Prometeo encadenado.
[3] Singular término, la etimología de derrocar implica tirar de la roca, como despeñar, con la anotación de que la primera estirpe del rey David judío, se coronaba sobre una piedra, relacionada con el pacto con Yahvé. Véase Capt, El templo de salomón.
[4] Frazer, La rama dorada, muestra cómo la muerte ritual del rey era la regla entre los pueblos antiguos.
[5] Esquilo, Prometeo encadenado.
[6] A diferencia de los antiguos griegos, Marx creía en una culpa presente en el sistema capitalista, que merecía ser removido por tal motivo. Véase El capital, tomo I, etc.
[7] Denis de Rougemont, Amor y Occidente.
[8] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
[9] Aunque Nietzsche con la noción del Eterno Retorno le devuelve esa dimensión sobrecogedora pues la crucifixión se repetirá en los tiempos futuros, y se repetirá por siempre. Así hablaba Zaratustra.
[10] Lavagnini, Manual del compañero.
[11] Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones.
[12] Fromm, El miedo a la libertad, explica que la hipocondría moral forma parte del arsenal fascista.

domingo, 6 de octubre de 2019

RESUMEN DE “GERMINAL” NOVELA DE EMILIO ZOLA










Por Carlos Valdés Martín

                                                                     A la memoria de Enrique Bustillo Hansen

                                       “No soy más que un convencido soldado de lo verdadero.                             
                                      Si me equivoco, mis juicios están aquí, impresos, y dentro de 
                                      cincuenta años se me juzgará a mí, se me podrá acusar de 
                                       injusticia, de ceguera, de violencia inútil. Acepto el veredicto
                                        del porvenir.” Emilio Zola.

La novela Germinal ha logrado fama y se ha conservado en el gusto del público por varios motivos. La prosa realista de su autor es clásica y convence que lo expresado con minucia revela la pura verdad, es decir, incita a creer. Su rigor ahonda tan al detalle que a su estilo se le denomina “naturalismo”, siendo una escuela de estricto realismo, tan apreciada en el siglo XIX por sus variedades nacionales francesa y rusa. El tema reflejó una gran sensibilidad social, resultando casi una profecía sobre la importancia del movimiento obrero al final del siglo XIX y principios del XX. Además el drama de los mineros y sus riesgos mortales se sigue repitiendo a lo largo y ancho del mundo; esa profesión sigue enfrentando enorme precariedad y cada año fallecen personas en accidentes que sacan a la luz otro drama. 

Protagonista y personajes
Por si fuera poco, los personajes están delineados con perfección y las situaciones resultan conmovedoras, por eso es importante observar con más detalle esta novela. El hilo de la trama lo conduce el personaje principal Esteban (Étienne) iniciando con su traslado al pueblo minero, su inmersión en la existencia miserable del trabajador manual, su participación en una lucha reivindicativa, las aventuras mortales y morales que acontecen, hasta la derrota y el último viaje del protagonista a París buscando lograr eco para su lucha.
Existe un co-protagonista colectivo en la masa obrera del sitio. El argumento de cómo y por qué esa colectividad levanta un “personaje” está en la maestría de Zola, quien no agita un panfleto para inventar un “sujeto colectivo” abstracto, basándose propaganda. Es cierto, que el escritor conoce lo básico de la teoría social, pero su perspectiva es plástica y concreta, mostrando cómo se mueve su escenario desde lo individual separado (los conflictos entre los obreros individuales y sus familias) hasta las agrupaciones episódicas en contingentes laborales, mítines, huelga, confrontaciones, accidentes masivos… y de nuevo el disgregarse. En ese juego, la población entera funciona como un actor colectivo que se coagula y disgrega al ritmo de la trama. Esta dualidad resulta interesante por la oposición entre el individuo con ideales (Esteban) y su entorno, donde se identifica con la masa mediante la unidad de experiencia vívida y teorías sociales.
La trama incluye a muchos trabajadores y familiares, pero el personaje crucial para el movimiento es Toussiant Maheu, quien encarna el sufrimiento, dudas, decisiones e imposibilidades del colectivo. El sufrimiento durante la extracción del carbón encuentra una descripción magistral en él, cuando Zola nos cuenta que: “Maheu era el que más sufría. En la parte de arriba, la temperatura subía hasta treinta y cinco grados, el aire no circulaba, y a la larga, el ahogo y la sofocación se hacían mortales. Para ver bien, había tenido que fijar la linterna en un clavo cerca de su cabeza; y aquella linterna, que le calentaba el cráneo, acababa de hacerle arder la sangre. Pero su suplicio aumentaba principalmente a causa de la humedad. La roca, por encima de él, a pocos centímetros de su cara, chorreaba agua, gotas gruesas, continuas y rápidas, que corrían, produciendo una cadencia acompasado al caer siempre en el mismo sitio. Por más que torcía el cuello y volvía la cara, las gotas le caían en la frente, en los ojos, en la boca, sin interrumpirse ni un momento. Al cabo de un cuarto de hora estaba mojado y cubierto de sudor al mismo tiempo. Aquella mañana, una gota que le había caído en un ojo le hacía jurar. No quería dejar el trabajo; golpeaba incesantemente con el pico, que hacía chocar contra las dos rocas, como una pulga cogida entre dos hojas de un libro y amenazada de que la aprieten para estrujarla.”[1]
La entera familia Maheu enfoca y aglutina esta trama, sus miembros resultan los más cercanos emocionalmente con Esteban y, de modo dramático, representan los padecimientos por su condición social. Esta familia es un conjunto complejo, arrastrando los extremos de la miseria social, incluyendo una hija jorobada e inútil para enfrentar esa existencia.  La simple descripción de la casucha donde viven ya nos muestra la “máquina colectiva” que los integra, con sus camas hacinadas, los harapos colgados a la pared y la precariedad generalizada. Conozcamos esa casa: “En la casa de los Maheu, en el número 16 del segundo cuerpo, no se había movido nadie. Espesas tinieblas envolvían la única habitación del primer piso, como abrumando bajo su peso el sueño de los seres que se adivinaban allí, amontonados, con la boca abierta, destrozados por el cansancio. A pesar del frío intenso del exterior, el aire enrarecido tenía un calor vivo, ese aliento caluroso de los cuartos que huelen a ganado humano. Las cuatro sonaron en el cucú de la sala del entresuelo. Pero nadie se movió; continuaba oyéndose la respiración de los que dormían, acompañada de sonoros ronquidos, hasta que de pronto se levantó Catalina. (…) La vela alumbraba ya la habitación, que era cuadrada, con dos ventanas, y estaba ocupada con tres camas. Había también un armario, una mesa y dos sillas viejas de nogal, cuyo oscuro color se destacaba fuertemente del fondo de la pared, pintada de amarillo claro. En la pared se veían ropas colgadas de clavos, y en el suelo un cántaro junto a un cuenco de barro que servía de palangana. En la cama de la izquierda, Zacarías, el hijo mayor, mozo de veintiún años, estaba acostado con su hermano Juan, que acababa de cumplir once; en la de la derecha, dos pequeñuelos, Leonor y Enrique, la primera de seis años y el segundo de cuatro, dormían uno en los brazos de otro, mientras que Catalina compartía la otra cama con su hermana Alicia, tan pequeña y endeble para tener nueve años, que ni siquiera la hubiera sentido, si no fuese porque se le clavaba a menudo en las costillas la joroba de la enferma. La puerta vidriera estaba abierta, y por ella se veía el corredor y una especie de antesala, donde el padre y la madre ocupaban otra cama, junto a la cual había sido necesario instalar la cuna de la más pequeña, Estrella, que tenía tres meses no cumplidos.”[2] El espacio miserable comprime a la familia, la presiona para resaltarnos todavía más su unidad; quedan todos amasados en una agrupación forzosa de compactación, a la que también contribuye la miseria, la urbanización (es una casucha en un conjunto obrero), la mina (comprimiendo en socavones a los carboneros), etc. A su manera, el texto implica una teoría precisa sobre la conversión del individuo en una masa[3], suficiente para sugerir cualquier tesis socialista, que dibuja un trasfondo explícito de esta novela.
Los muchos personajes se resisten a quedar simplemente achatados por esa especie de molino de carnes que nos presenta la novela, y esta metáfora es muy explícita: la mina material es devoradora de hombres y la empresa económica es su cascarón. ¿Crueldad de la naturaleza vengándose de ataque humano a sus entrañas o avaricia humanas organizada en empresa que remonta hacia lejanísimos accionistas y un mecanismo económico desconocido? El autor parece dejarnos con nuestra duda al filo del realismo propuesto. El anciano o la señorita despertando al amor se resisten a quedar como simples cifras en una catástrofe colectiva; los adultos inquietos alrededor de Esteban encarnan ese mismo plan, incluso en el filo del absurdo como Souvarine, el anarquista dispuesto a sabotear por desesperación y rencor. A su manera, cada cual intenta escapar al cruel destino, el cual se resiste y sigue con su crudeza e ironía derrotando las esperanzas, las cuales no quedan por entero clausuradas y de ahí el viaje de Esteban a París, el centro de poder, que cierra la novela. Cada personaje se enfrenta al ambiente y, en el bando perdedor colectivo, cada quien padece diferentes pérdidas (muerte, salud, pobreza, etc.) y así describen el tétrico panorama de la “condición obrera” al final del siglo XIX. 

La mina actuando
La mina principal también adquiere el nivel de personaje, es mina-objeto-empresa que se describe bajo una naturaleza amenazante y hambrienta: “La Voreux iba saliendo como de un sueño ante la vista de Esteban, que mientras se calentaba en la hoguera sus ensangrentadas manos, miraba y distinguía cada una de las partes de la mina, el taller de cerner, la entrada del pozo, la espaciosa estancia para la máquina de extracción y la torrecilla cuadrada de la válvula de seguridad y de las bombas de trabajo. Aquella mina, abierta en el fondo de un precipicio, con sus construcciones monótonas de ladrillos, elevando su chimenea de aspecto amenazador, le parecía un animal extraño, dispuesto a tragarse hombres y más hombres.”[4] En la novela esa cualidad tan hostil de la mina no se atribuye exclusivamente al aspecto natural (la maldición de la materia) ni al económico y social (la avaricia humana o al sistema social defectuoso). La mina hostil es fuente de vida y riqueza, a la vez que de dolor y muerte; recuerda la divinidad terrestre de los aztecas en su aspecto de terror mortal: falda de corazones y cráneos arrancados.  

Despertar y búsqueda
La trama refleja la inquieta búsqueda de una explicación y el valeroso arrojo para intentar cambiar un destino van de la mano. En un sentido explícito, es una novela que se alimenta de la ideología socialista creciente de la segunda mitad y la realimenta. Desde el siglo XVIII el crecimiento explosivo de la miseria urbana en las principales naciones europeas propició el surgimiento de ideologías y explicaciones socialistas, las cuales continuaban el ideario liberal en su aspecto de igualdad. La pobreza masiva era evidentemente producida de modo artificial y fruto del progreso tecnológico, de tal manera que el crecimiento de la riqueza y la miseria se tomaban de la mano. De ahí creció un clamor creciente para aplicar medidas de justicia social y la idea de un nuevo sistema social, que superara los límites del capitalismo naciente. El movimiento interno de la novela nos muestra las causas y explicaciones del ideario socialista, exponiéndonos al núcleo teórico y práctico del socialismo, en una clase obrera concentrada y explotada, junto con el despertar mental de sus personajes ideólogos. La virtud de esta trama es que todo ocurre desde abajo, las nociones de justicia surgen desde los eventos prácticos, como la falta de alimento y vestido, de tal modo que no es un esquema inventado sino un evento concreto naciendo desde la narrativa de lo cotidiano. En esos procesos de despertar y búsqueda ocurren muchas aventuras, en especial las luchas individuales y colectivas contra la precariedad, la huelga y su fracaso, el accidente catastrófico y el regreso a la normalidad. 

La tierra y los ensueños[5] terribles de la tumba.
El suelo convertido en panteón representado por la mina de carbón encierra la metáfora dominante en la novela completa. No es una casualidad que las materias duras despierten la voluntad y la virilidad para conquistarlas, la dureza de la roca ofrece el medio para una batalla singular entre el humano y la naturaleza. En este caso no es el carbón aislado donde yace la dureza, sino en el conjunto de la mina que representa la fiera resistencia natural en contra de cualquier designio humano. En la novela surge una lucha implacable entre la tierra difícil y recóndita que mantiene al carbón en un ambiente de hostil peligro subterráneo. La férrea voluntad de lucha entre los obreros es un canto a la virilidad casi derrotada, de la cual se aprovecha la empresa, de ahí el segundo coro con notas tristes: la gran injusticia. El minero del carbón semeja un sucio guerrero en contra del seno terrestre, que es herido o muerto en el intento. Alrededor de ese eje belicoso, se sobreponen los otros escenarios belicosos: en la cumbres, una batalla entre empresas que buscan aniquilar al competidor; entre los obreros y el capital una guerra de clases, que se extiende hasta sus familias, en especial sus mujeres, como señala este tenso pasaje de la novela: “Y la muchedumbre de huelguistas invadió la llanura, blanca de escarcha a la pálida luz de aquel sol de invierno, y se alejó desbordándose por la carretera a través de los sembrados de remolacha. Esteban había tomado el mando. Sin que nadie se detuviera, daba sus órdenes, organizando la marcha. Juan galopaba a la vanguardia, haciendo sonar la bocina. Luego, en las primeras filas, caminaban las mujeres, algunas armadas con palos; la mujer de Maheu, con una expresión salvaje en los ojos, miraba como buscando la prometida tierra de la justicia; la Quemada, la de Levaque, la Mouquette, alargando el paso cuanto podían, bajo sus andrajos, como soldados que parten para la guerra. En caso de tener un mal encuentro, verían si los gendarmes osaban hacer fuego contra las mujeres. Luego seguían los hombres en una confusión indescriptible, armados de barras de hierro y palos, dominados todos por el hacha de Levaque, cuyo acero brillaba a los rayos del sol.” El conflicto entre los grupos llega al máximo, en su agudeza se convierte en fuerza bruta: palos y balas. La organización conducida a la desnudez amenaza resolverse en la fuerza brutal y mortal, por eso acuden las mujeres como un último posible valladar moral contra la temida desgracia.[6]
Siendo que la guerra merece llamarse así es porque esconde la amenaza terrible del final, donde el hueco de la tierra lo representa perfectamente. Para la cultura occidental el interior de la tierra representa siempre la tumba y el destino universal que eso implica. En contra de la resignación está la lucha, y el cara o cruz de la guerra es sobrevivir o no. En este relato, la situación de que los mineros trabajen en peligrosísimas condiciones agrega un acaso adicional: la posibilidad del encierro en vida. Si bien aporta un tema para cuento de horror, los relatos realistas y hasta las noticias abordan esa perspectiva. Cuando para cualquier ciudadano aporta un tema imaginario, en cambio para el minero del carbón el entierro en vida es una ominosa posibilidad, que sucede en ocasiones. En esta novela se describe un pasaje sobre ese drama, que contiene sus matices memorables. 

El despertar de la razón desde el subsuelo
La guerra, con su violencia y estruendo, no es simple acto material, incluye un pensamiento; con más razón, una singular guerra entre civiles que solamente están buscando su bienestar material, donde derechos iguales deben ser dirimidos a la fuerza. Este relato de luchas entre los factores de la producción conduce por la senda de un despertar y el intento de elaborar un concepto adecuado. El personaje Esteban y sus amigos combatientes también buscan atrapar esa serie de verdades que les expliquen su situación y cómo superarla. Al final de la cruel lucha obrera, que en el relato no trae ningún beneficio económico, queda un remanente muy importante. Para finalizar la novela, cuando Esteban está listo para alejarse, pero no escapando sino por un propósito esperanzador: “La mañana era magnífica, y a propósito para inspirar esperanzas. Esteban las tuvo, y acariciándolas, acortó el paso, mirando a derecha e izquierda, para disfrutar de aquella alegría primaveral. Pensaba en sí mismo; se consideraba fuerte, madurado por su triste experiencia en el fondo de la mina. Su educación era ya completa, y salía de allí armado, como soldado razonador de la revolución que declaraba la guerra a la sociedad tal como la veía, tal como la condenaba. El gozo de reunirse con Pluchart, de ser, como Pluchart, un jefe considerado, le inspiraba discursos, cuyas frases hilvanaba en alta voz. Pensaba en ensanchar su programa; el refinamiento burgués, que le había sacado de su esfera, lo lanzaba a un odio más grande a la burguesía. Él mostraría a aquellos obreros, cuya vida miserable le repugnaba ahora, como algo grande y glorioso, la única parte noble y sana de la humanidad. Ya se veía en la tribuna triunfando con el pueblo y respetado por él.”[7] Sin embargo, en la novela no es una ambición simple de beneficio personal, sino un deseo de reivindicar a sus hermanos de sufrimientos y mantener viva una lucha. El campo de la acción cambiaba de escenario, pero se abría un horizonte más prometedor. Ese escenario mejor depende de un espacio, pero también de una comprensión, en la cabeza de Esteban se han afianzado ideas y razonamientos para una sociedad mejor, que anuncia a las revoluciones socialistas que estaban por venir y donde el preclaro literato se metamorfosea en profeta[8]. Si anotamos que Zola es un naturalista convencido, también descubrimos que su descripción sociológica está próxima al materialismo histórico, al cual comenta brevemente en el relato, donde los resortes de los intereses son importantes y la agrupación en clases corta con su bisturí analítico.   

Integración de un microcosmos nacional
De gran interés literario y sociológico es que el relato entero forja una pequeña nación en el pueblo, de tal manera que se observa entera a la Francia contemporánea de entonces. Esa sociedad-pueblo aparece detalle a detalle, con cada característica laboral, familiar, generacional, económica… hasta armar el conjunto apretado y asfixiante donde se enmarcan las opciones para las personas. En este esquema se dibuja un realismo de situación donde las posibilidades concretas del individuo se restringen con precisión, dando las pautas psicológicas y los resultados en la acción, entonces cada personaje surge con una veracidad pasmosa. Este procedimiento para cada personaje, también funciona con el conjunto, el pueblo entero opera bajo pautas muy definidas, y ofrecen un panorama verídico al momento de divertirse en una taberna o de acudir a una lavandería, revelando a las instituciones a nivel particular, como gobierno local, lavandería local, etc. Entonces este microcosmos de nación posee un dinamismo que pugna por salir de la miseria, pero se retuerce en contradicciones que deben olvidarse para mantenerse unidos, de tal manera que Germinal refleja a la Francia entera de su época. 

El desenlace trágico
El movimiento es liderado por Mahue y Etienne, quienes intentan alcanzar un acuerdo con la empresa, pero no reciben una oferta positiva, por lo que exasperados intentan extender la huelga a los poblados cercanos, donde sí los aceptan. La extensión del movimiento desencadena en una intervención policíaca y que la patronal contrata a extranjeros belgas. Los obreros se enfrentan a la policía intentando restablecer la huelga, pero hay forcejeo y represión, donde muere Toussaint Maheu. El hambre hace estragos en el movimiento, y una parte de los inconforme responde con sabotajes, por lo que muchos quedan atrapados, y algunos quienes intentan el rescate, como el hijo de los Mahue, mueren también. El abuelo enloquece de dolor, descargando su furia contra la hija de uno de los patrones. Etienne sobrevive al accidente y se volverá un líder político. El relato termina con la derrota completa del movimiento y el regreso al empleo en condiciones miserables, aunque se advierte que esa lucha ha sembrado una semilla, que algún día germinará.



NOTAS

[1] Germinal, p. 18.
[2] Germinal, p. 6.
[3] Sin duda, una fuente literaria de inspiración en una perspectiva tipo Canetti en Masa y poder.
[4] Germinal, p. 2
[5] Véase BACHELLARD, Gastón, La tierra y los ensueños de la voluntad.
[6] Germinal, p. 154.
[7] Germinal, p. 239.
[8] Incluso adelanta, en la imaginación de Esteban, una profecía para su futuro próximo: “Pero una idea repentina disipó sus dudas; la de interpretar aquella teoría la primera vez que hablase en público en el sentido de que si alguna clase debía comerse a otra, sería ciertamente el pueblo, que al fin y al cabo era vigoroso y joven, y no la burguesía, caduca y pervertida. La sangre nueva engendraría una nueva sociedad. Y en aquel esperar una invasión de los bárbaros que regenerase las viejas nacionalidades caducas, reaparecía su fe absoluta en una revolución próxima, la verdadera, la de los trabajadores, aquélla que hacia fines del siglo arrollaría todo lo existente en estas sociedades”. Germinal, p. 340.