Por Carlos Valdés Martín
Ocurrió una vez que
encontrarse era imposible, cuando descubrimos que cada persona —en su mínima expresión
ésta es un punto— se mueve sobre una trayectoria arbitraria y sin sentido.
Por otro lado, siempre ha sido posible el encuentro de personas moviéndose como
puntos en el espacio;
y es tan viable el encontrarse que sucede a cada rato y hasta el cansancio, habitando
en las ciudades populosas. Me pareció una contraposición divertida esta
dificultad de coincidir y la frecuencia del sí coincidir.
¿Por qué es
divertido? Porque sin encuentros no existimos, sin ese espejo en el otro,
resulta que la mirada divaga en desiertos y en mares inacabables. Más aún, el
solitario extremo es imposible, porque deja de ser humano, para convertirse en
bestia o en divinidad.
Primero hay que argumentar
la imposibilidad, para que no parezca una arbitrariedad de quien se esfuerza en
pensar rarezas:
Un punto es ese
objeto que tiene posición, pero no dimensión en el espacio y se puede
conceptuar mediante un par ordenado en el plano. Un punto, bajo este aspecto es
lo mínimo pensable en el espacio. Luego viene la línea como la sucesión infinita
de punto, cuya manera más sencilla de percibir es la línea recta. Y resulta que
la línea recta tiene dimensión solamente sobre sí misma, ya que carece de cualquier
grosor hacia los lados. Entonces que coincidan dos líneas rectas en le espacio
es una casualidad infinitamente remota, ya que los planos son también infinitos
y cada plano tiene extensiones infinitas.
Imaginemos a dos
personas en puntos distantes del desierto deambulando sin brújulas ni mapas, andando
sin caminos ni GPS, entonces su encuentro resulta imposible práctico.
Luego supongamos que sobre cada desierto se extiende una infinidad de desiertos
encima y abajo, sobre alguno de esos infinitos desiertos cae un viajero y en
otro cualquiera cae un viajero distinto. De nuevo deambulan sin indicaciones
por esos desiertos, y tienen tiempo para caminar. Transcurren años y luego
siglos, pasan milenios y no se encuentran. Bajo tales condiciones el encuentro
es imposible.
Ahí, el relato se
pone triste, ambos puntos-personas se mueven indefinidamente sin esperanza
alguna de coincidir.
Veamos las cosas
desde otro punto de vista, pero también con puntos, líneas y dimensiones menguadas.
Imaginemos un punto donde pasan líneas sin dimensión y que se están empeñando
en pasar por ese punto. Supongamos que desde cualquier punto en el universo una
línea mira hacia ese punto y toma instantáneamente dirección. La línea llega y
une ese punto con el de su origen. Se sigue cumpliendo el requisito de la línea
recto que une dos puntos cualesquiera. En principio, cualquier punto de Universo
entero puede lanzar su línea hacia ese punto central y conectarlo. Hemos
llegado a un resultado inverso: todos y cada uno de los puntos del Universo
entero pueden lanzar una línea hacia ese punto que comentamos. A ese punto llegan
líneas de comunicación con todos los puntos del Universo; entonces ese resulta
ser un Punto central o rey que recibe las líneas de todos. Entonces todos los
puntos del universo pueden coincidir con ese punto.
En vez, de la triste
idea de los puntos-personas vagando por el desierto sin rumbo ni oportunidad de
encuentro, aquí está el resultado contrario, como de la estrella que recibe las
líneas radiantes desde cada punto del Universo.
Luego, todavía más
alegre y abrumador es que todos y cada uno de los puntos del universo cuentan
con esa posible conexión con todos los demás puntos del universo. En esta
perspectiva, efectivamente todo se conecta con todo
y brilla una noción de unión de todos los rincones del espacio.
Todos los caminos
llegan a Roma
Resulta que no
existimos en un espacio perfecto, sino que nos movemos una topología por eso se
inventaron los caminos y los puentes para garantizar la coincidencia de la llegada.
Los viajes sin caminos eran proezas con riesgo de perderse para siempre como
amenazaba la enojada diosa Hera al atrevido Ulises.
Los diligentes
romanos decidieron que habían de evitar las penalidades de Ulises, su lejano
antepasado, colocando los caminos y entrelazándolos hasta que todos llegaran a
la Roma, capital del mundo conocido.
Dado que hay camino —aunque
las rutas no sean rectas, sino curvas y sinuosas— la oportunidad de llegada es
máxima, a menos que surja una desviación y encrucijada. Cada cierta distancia,
los romanos clavaban una cabeza que miraba en dos direcciones. Esa cara doble
representaba al dios Jano, quien cuidaba las puertas, incluso las del tiempo.
El regresar a la
capital representaba un privilegio, pues en Roma se concentraba el poder y las
oportunidades.
Comenzamos señalando
que en el espacio puro cualquier punto tiene la oportunidad de conectar linealmente
con todas las rectas y por ello hacia el universo; pero como la tierra es
accidentada y la geografía se entrecorta con montañas y riberas, entonces no
todos los puntos tienen la misma oportunidad de ser visitados. La capital se
vuelve el centro de las comunicaciones y los caminos fueron el fundamento
material del Imperio Romano.
Lex dura lex
Es una puerilidad
creer que la supremacía de Roma se limitó a una ventaja militar, pues la
superioridad de varios planos fue la que permitió que venciera por siglos a sus
rivales y establecer la Pax Romana, alrededor del Mediterráneo. A diferencia
del militarismo simple, el proyecto de supremacía romana se cimentó en una
asimilación cultural.
Resulta curioso que
la superioridad cultural romana se basó mucho en su humildad para asimilar a
los griegos. Aunque crecieron de manera autónoma, los romanos creyeron ser
descendientes de una tribu griega derrotada en las míticas jornadas de la Ilíada.
Cuando la joven república romana crecía, se ocuparon de restablecer lazos con
la zona griega y aprender lo posible para estar a la altura de los tiempos.
En su momento, los
romanos lograron volverse el pueblo que mejor asimiló la filosofía y las
técnicas provenientes de Grecia, de tal manera que consolidaron su comunidad,
que sí era militarista, pero no atrasada.
En el Foro
El arte de la
integración entre los romanos dependió de varios aspectos, entre los que
destacan el manejo de la política de tal manera que se integrara la población bajo
un régimen de leyes, el cual era inusual en esos tiempos. Asimismo, los líderes
romanos se distinguieron por un estudio cuidadoso de la retórica, elemento
formativo para integrar a las personas en un mismo proyecto.
El pueblo romano (originalmente,
únicamente la élite y luego los demás que se integraron) solía reunirse en el
Foro, el sitio de las discusiones. Cuenta una leyenda que de una grieta
insólita surgió un hoyo imposible de tapar que amenazaba con devorar al Foro, edificado
en el corazón de la ciudad.
Era como un signo oprobioso de la caída, como si el punto central de esa
geometría abismara un vacío para devorar a la comunidad entera. Los
intentos de llenar con piedra y tierra el hoyo creciendo eran inútiles, hasta que
un oráculo señaló que un noble sacrificio sería la única solución. La leyenda
romana cuenta que un joven inocente se inmoló con todo y su corcel en ese sitio,
por lo que fue permitido rellenar el hueco.
Mientras estuvieron
en apogeo, los romanos entendían que el sacrificio y las virtudes republicanas
eran fuego moral que los mantenía unidos. Los caminos físicos, a partir
de la famosa “Vía Apia”, permitían mover tropas y mercancías por un enorme
territorio, sin embargo, las fuerzas morales eran las que movían los corazones
y los mantenía unidos alrededor de sus famosas siete colinas.
La geometría pura
permite que un punto potencialmente conecte con todos y esotéricamente también “todo
se conecta con todo”, sin embargo, la efectiva reunión de voluntades resulta en
esa maravilla: “el coincidir”. El mejor modo de coincidir requiere de artes
específicas como la retórica y de actividades de diseño político, tal como lo
diseñaron los primeros romanos, antes de que la pesada estructura del Imperio
los sofocara.