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sábado, 26 de octubre de 2024

ASNO DE BURIDAN: BROMA SOBRE UNA IGUALDAD FRACASADA

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

El Asno de Buridan logró fama al dibuja una broma culta, que surgió de una polémica sobre el racionalismo y el componente de igualdad en las decisiones. Contra la afirmación del libre albedrío hubo contrincantes del filósofo escolástico Jean Buridan (1300-1358), quienes plantearon el ejemplo absurdo de un burro que nunca se decide a comer entre dos opciones de idéntico valor, por lo que muere de hambre. En sentido estricto esta fábula es absurda, y su procedimiento lanza una falacia mediante a una “reducción al absurdo”. Imaginar una fábula absurda del burrito que muere de hambre frente a su comida, porque sus opciones son iguales no implica una discusión insensata.

Veamos más en detalle como al considerar las decisiones entre dos opciones empatadas y su racionalidad no hay un desatino, aunque al plantear una equivalencia perfecta aparece una paradoja. Cualquier elección se puede simplificar para señalar dos opciones únicas. Por ejemplo, si miras a un tipo amenazante con quien tienes agravios y te quedan dos opciones básicas: el acercarte para pelear o el huir. Conforme las partes del dilema sea extremosas tomar las decisiones será más sencillo, pero si el dilema se aproxima hacia una equivalencia, el valorar la decisión resultará cada vez más difícil. Por esa aproximación hacia la equivalencia en las decisiones se ideó el argumento del asno de Buridan. El polemista observó que emerge una detención de fuerzas opuestas como con el platillo de la balanza con pesos iguales; entonces cuando se alcanza la igualdad entre dos opciones podría acontecer alguna parálisis. Aunque detenerse a reflexionar no implica la parálisis perpetua, como supone la fábula del burro de Buridan.

Hay que reconocer que sí hay alguna tendencia de las personas para caer en parálisis, aunque no haya una tal equivalencia absoluta de opciones. Hay almas que se paralizan por temores, indolencia o por un defecto que se llama un prurito, que significa un exceso de escrúpulo[1]. Con el caso del burrito, se pone esto a manera de fábula y con el ejemplo de comida se hace más sencillo. El animal tiene dos montones de comida idénticos a la misma distancia, y eso termina por paralizarlo, pues la indecisión se apodera de su ser. El equilibrio en espejo del valor entre las dos decisiones provoca la parálisis.

Este ejemplo, muchos siglos después del escolástico Buridan, se ha retomado entre las teorías económicas, provocando ruido en la teoría subjetiva del valor y las preferencias del consumidor. Es un hecho que procesos de consumo se van reduciendo en el proceso. El famoso ejemplo de la economía subjetiva es un consumo de alimento[2]. El primer bocado es muy valioso, pero conforme se avanza en una alimentación continua, en algún momento se pierde el apetito o el gusto por ese alimento, hasta que el gusto desaparece por completo y se deja de ingerir. Una cucharada siempre es aproximadamente igual a otra desde el punto de vista de la cantidad de comida, pero la sucesión del consumo presenta una caída del gusto, que pareciera generar un súbito “burro de Buridan”, que no se suele observar. Cuando se deja de comer, eso no significa que el sujeto sea incapaz de meterse más comida en la boca o que el estómago le esté dando retortijones de tan lleno. Se deja de comer mucho antes de tal sensación de completamente satisfecho o lleno, la acción cesa en algún punto donde no hay la certeza de que el próximo bocado sea “conveniente”.

La economía subjetiva analiza el consumo como una sucesión de actos en un continuo, donde la satisfacción se va aplanando, de tal manera que pierde valor subjetivo. Conforme el consumo ha aplanado la curva de la satisfacción, entonces debe cesar por completo. La situación es distinta, pero sería semejante al burro cuando se pone en simultáneo las dos cucharadas finales. La cuestión es que con una única chuchada nunca hay una disyuntiva, mientas que con los dos montones de alimento, siempre hay disyuntiva. ¿Cómo se convierte esta sucesión de cucharadas en parálisis real? Haciendo trampa al decir que la última cucharada inexistente es igual a las cucharadas siguientes que tampoco existieron. El consumidor comió hasta la cucharada 30 y ceso de comer en la 31, y tampoco se come la 32 y las siguientes. A partir de la cucharada 31 el consumidor está paralizado y deja de alimentarse; mientras el burro de la polémica lo hace desde la mordida cero.

¿Dónde fracasa la igualdad? Aquí en que la cucharada 31 en adelante son las únicas exactamente idénticas para el consumidor, pues su apetencia resulta cero. Las demás cucharadas son diferentes (al menos en hipótesis) pues van reduciendo un poco el apetito y el gusto. Mientras haya desigualdad hay movimiento.

Ahora bien, es sabido que la paradoja del Asno contiene un poco de trampa, pues la parálisis entre dos opciones, implica una tercera opción que es el detenerse. La parálisis misma se vuelve un problema y los montones de comida en equilibrios no son suficientes para explicar la parálisis. La parálisis del burrito es una broma que llega a imaginarlo que muere de hambre al no poder decidirse. En cambio, el ejemplo preferido de la teoría subjetiva del valor que es una alimentación a cucharadas o bocados que van perdiendo valor conforme se consume más, la detención resulta por entero razonable. El consumidor deja de alimentarse porque está satisfecho y el abusar de comida se vuelve dañoso; entonces eso no es parálisis, sino una detención razonable para procesar el alimento y volver a comer en el siguiente periodo.

 

NOTAS:

[1] El celebrado artista Michel Ende imaginó una “trampa de la libertad” donde una enorme o infinita cantidad de puertas de opciones llevan hacia la parálisis, en su cuento La prisión de la libertad.

[2] Esto se relaciona con un concepto amado por la economía mediante la propensión marginal a consumir y también en las escuelas de teoría subjetiva del valor. Paul Samuelson, Macroeconomía.  

domingo, 1 de octubre de 2023

BESO DE JUDAS AL COMUNISTA KALININ

Imagen

  

Por Carlos Valdés Martín

 

Parece un beso eufórico y lleno de camaradería entre dos alegres funcionarios soviéticos, pero hay un sesgo desconcertante. Detrás de la imagen hay realidades escondidas. En la fotografía, en el primer plano, están Nikolai Yezhov que besa a Mikhail Kalinin. El segundo ha recibido la Orden de Lenin el 17 de julio de 1937. La narración completa es intrincada y siniestra; lo que revela esta imagen. De un lado, en la parte activa del beso, el jefe de la policía política Nikolai Yezhov y, del otro lado, recibiendo el beso está Kalinin. Quien recibía un máximo honor por una trayectoria de buen comunista y había ascendido por atinar al apoyar siempre a Joseph Stalin.

Al fondo se observan a los funcionarios comunistas, disfrutando de los reflectores y la fotografía, están para demostrar que aplauden y lo hacen con entusiasmo fingido. De pie celebran el único detalle del evento público que escapa del protocolo, porque el Jefe de la Policía Política, Yezhov tiene permiso para excederse más allá del formalismo ceremonial. ¿Estaba borracho Yezhov? Sin duda alguna lo estaba, pues bebía con frecuencia para esconder un hedor nauseabundo.

¿Qué hacía a diario Yezhov, el jefe de la NKVD, como para recurrir al alcohol? Repartir detenciones, interrogatorios con tortura y establecer juicios sumarios. Era una práctica que en estos días nadie llamaría juicios: se reúnen tres “camaradas” del Partido Comunista, incluyendo al policía político de NKVD, para revisar rápidamente las confesiones arrancadas ese día. Únicamente cuando el inculpado tiene más rango comunista estarán presentes funcionarios de mayor nivel y se consultará. Lo cotidiano era que, en una sola sesión, sin presencia de ningún abogado defensor y sin escuchar la defensa personal del inculpado, una “Troika” de comunistas decidía sobre la culpabilidad del detenido. ¿Los policías juzgadores eran imparciales? Se desmiente cualquier imparcialidad, básicamente porque la velocidad de procesamiento era de vértigo: había que encausar y condenar a cientos de miles de personas. Por si faltara algún detalle siniestro, la directiva de la NKVD tenía preestablecidas cada año cuotas por región para mandar a fusilar y a encarcelar en los Gulag.

Yezhov, jefe de la temida NKVD, que en esos años ya estaba encaminado para "purgar" a todos los opositores, incluso los imaginarios. En ese año, Kalinin ya era un cuadro con mucha trayectoria y se le descubre como un hombre avejentado, que en unos cuantos años morirá de enfermedad. Por cierto, la esposa de Kalinin también era una reconocida militante comunista.

Pero ¿saben que Stalin mandó aniquilar medio millón de sus seguidores en unos cuatro años entre los cuales está el año 1937 de la fotografía? Y sistemáticamente Yezhov era el brazo ejecutor de la represión. Esa fotografía hace pensar en el "beso de Judas". El esposo recibe la medalla y el cruel verdugo parece eufórico con el reconocimiento para un supuesto amigo.

Transcurrió menos de un año, cuando la esposa de Kalinin, de nombre Ekaterina fue enviada a un Gulag en el año 1938[1]. Ella simplemente tenía opiniones propias y pasó a manos de la policía política de Yezhov. Cualquier pretexto era bueno para enviar a cualquiera a un campo de trabajos forzados, en la helada Siberia.

Ekaterina también había sido una destacada comunista y tenía un puesto alto en la Corte Suprema. Según los rumores Ekaterina criticó en privado a las políticas de Joseph Stalin y sus subordinados delataron esa opinión. Así, el 25 de octubre de 1938, Ekaterina fue arrestada bajo cargos de ser trotskista. En el momento de su arresto, Ekaterina y su esposo Mikhail Kalinin no vivían juntos. Ella fue torturada en la prisión de Lefortovo, y el 22 de abril de 1939 fue sentenciada a quince años de prisión en un campo de trabajo en Chemal.

La prisión de un inocente es una crueldad, aunque en este caso hay una gota de “justicia poética”, pues los perseguidores políticos también caían bajo la misma “picadora de carne”. Al finalizar el año 1938, Yezhov cae de la gracia de Stalin, entonces pronto fue alejado del NKVD, para luego ser juzgado de la misma manera implacable que él aplicó y, finalmente, fusilado el 4 de febrero de 1940.

 La comunista Ekaterina cumplió su condena en campos Gulag hasta el 14 de diciembre de 1945, cuando un decreto especial del Presidium ordenó su liberación, que fue firmado por el secretario del Presidium. El esposo Kalinin no pudo hacer nada, sino hasta 1945 cuando estaba agonizando de cáncer y, en una carta de clemencia para Stalin, logró que liberaran anticipadamente a su esposa del Gulag. Su liberación transitoria ocurrió poco antes de la muerte de Kalinin.

Sin embargo, el perdón no fue completo y ella fue enviada al exilio interno poco después de la muerte de su esposo. El exilio interior no era tan riguroso como el Gulag y las prisiones anteriores, por lo que ella sobrevivió. La rehabilitación oficial de Ekaterina tardó ocho años más, y finalmente recibió un documento que declaraba que "no había pruebas en su contra por sus actividades antisoviéticas"[2]. Ekaterina murió el 22 de diciembre de 1960 a la edad de 78 años.

Las nieblas del tiempo y los intrincados archivos de la policía soviética no recordaban los complejos significados de esta fotografía pública, durante los premios Lenin de 1937.  

NOTAS:

[1] Larisa Vasiliev (1994). Esposas del Kremlin . Nueva York: Arcade Publishing. pag.  116.

[2] Melanie Ilič (2006). «El cinco por ciento olvidado: mujeres, represión política y purgas». En Melanie Ilič (ed.). El terror de Stalin revisitado . Londres; Nueva York: Palgrave Macmillan. p.  120

jueves, 12 de enero de 2023

LO INEFABLE PUESTO EN PALABRAS

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

Hablar de lo inefable es una paradoja, como mover lo inamovible, aunque sí está permitido hacerlo; esto lo demuestran importantes tradiciones filosóficas y religiosas que nos invitan a pronunciarnos al respecto. Grandes tradiciones religiosas como la judía se han preocupado por el problema de la reverencia que impide pronunciar directamente el nombre de Dios, por lo que cualquier nombre sería una referencia secundaria o sobrenombre. Cuando el concepto de Dios resulta tan trascendente y superior a la condición humana, se llega a considerar una profanación el pretender designarlo con un nombre real, por lo que cualquier designación será una aproximación, por lo que algunos, prefieren utilizar una grafía evidente de esa prohibición como en d-s. Si asumimos alguna imposibilidad absoluta para atrapar el nombre divino, entonces cualquier modo humano será una aproximación limitada.

La mente no se paraliza ante la anterior imposibilidad parcial o trascendente, cuando el término de lo inefable implica un contenido positivo, que señala hacia lo sublime.[1] Así, como el Dios monoteísta no es menoscabado por la limitación al escribirlo, el amor hacia su Dios de quien evita escribir su nombre no mengua. Dicho de otra forma, para el creyente su amor a Dios resulta una experiencia inefable.

Cuando se califican de inefables las experiencias concretas resulta que las palabras no las pueden atrapar, lo cual no exige que no se pueda o deba hablar del asunto, sino que su descripción queda lejos de “atrapar” esas vivencias.

En la masonería filosófica escocesa los diez primeros grados se denominan inefables, conforme este ciclo posee características específicas. Un aspecto del llamado “secreto masónico” se relaciona con las experiencias subjetivas que permanecen dentro de la categoría de lo inefable, conforme una explicación ordinaria nunca las alcanza a mostrar. Es necesario distinguir lo inefable respecto de lo secreto, ya que lo inefable está protegido por su propia naturaleza y no por decisiones de mantener silencio. Hay filósofos que han interesado por los límites del pensamiento al estudiar lo infinito,[2] cuando dentro de la subjetividad la experiencia de lo inefable está rodeada de infinitos.

Los estados sublimes del ser humano poseen rasgos de inefabilidad cuando nos referimos al amor y al crecimiento espiritual. Lo inefable es amigo de la felicidad y como tal lo apreciamos.

En conclusión, lo inefable se vive en ocasiones felices, cuando hay una intensidad que afirma la existencia más allá de las definiciones.[3] En la masonería esto sucede con la iniciación y al ahondar en el filosofismo. Para los no masones una vida feliz descubre sus momentos inefables, por más que no encuentre las palabras correctas para explicarlos, precisamente, porque éstas no existen.

NOTAS:

[1] El origen es latino, formado con “in”, que significa negar, “ex” que es sacar, convertido por el uso en “ef” y “fabilis”, que es expresar, el hablar.

[2] Por ejemplo, en Kant, La crítica de la razón pura, y en Sartre, El ser y la nada.

[3] La paradoja situaciones difíciles o hasta dolorosas cuando, al recordarlas, se descubren fuente de felicidad corresponde con lo inefable.