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martes, 17 de noviembre de 2015

EL IDEAL EN EL CAMBIO









Por Carlos Valdés Martín


No se entiende bien qué es... 
Hoy no se entiende bien qué es liberalismo, cuando esta corriente ha sido malinterpretada por las urgencias y la falta de información del público. Desde su surgimiento hace tres siglos, el liberalismo levantó un claro ideal que no se conformaba con las cadenas y opresiones contra individuos y pueblos, por eso se identificó con tal fuerza en la libertad, que fue sellado con fuego sobre esa única idea. El éxito del pueblo alentado por el liberalismo al terminar con regímenes monárquicos en Europa y coloniales en América, Asia y África fue tan colosal que se malinterpretó que él había cumplido su misión histórica por entero[1]. Por si fuera poco, el movimiento obrero también malinterpretó al liberalismo como una ideología acomodaticia al servicio del gran capital; la misma confusión privó cuando la idolatría del mercado se bautizó como neoliberalismo[2]. Además, malinterpretan quienes miran al pasado y como en el presente no se tropiezan con el Presidente Benito Juárez García ni con el Presidente mártir Francisco I. Madero, entonces imaginan que hoy nadie es auténtico liberal, pero se equivocan.

La dificultad del verdadero liberalismo. 
Consecuencia de ello ha sido que o bien todos se creen más o menos liberales, o bien todos imaginan que es un credo desdibujado, o bien que es una propiedad privada de los partidos que se rotulan bajo ese nombre… Nada más alejado de la verdad, pues el liberalismo surgió desde los anhelos más hondos de la humanidad, por lo que nació con la amplitud para abarcar los diversos ideales que no caducan con el tiempo ni son mascaradas para amparar a los ambiciosos ni idolatran un becerro de oro. El verdadero liberalismo es difícil de alcanzar por completo porque es exigente contra la mezquindad humana, cuando no se vende a los ambiciosos ni se rebaja a los hipócritas y está obligado a jamás transigir con la ignorancia tan perniciosa para los pueblos. 
Descontento. 
Hoy nuestra sociedad padece malestares y hasta indignación, pues observa que la injusticia campea de tantas maneras grotescas, incluso existe hambre en las aldeas y barrios, mientras una minoría goza de riquezas casi ilimitadas. También observa que el esfuerzo digno del trabajador o del estudiante es poco recompensado, que seguir el camino de la legalidad es más difícil que plegarse a las rutas torcidas de la tranza y la corrupción. Seamos sinceros, la actividad política está desprestigiada por la noticia repetida de políticos corruptos y enriquecidos; hasta parecería casi una utopía revivir la austeridad republicana de un Vicente Guerrero o un Ignacio Manuel Altamirano.  

Condiciones para cambiar… 
Para adelantar en la ruta del cambio se requiere, al menos, de cuatro condiciones cumplidas hoy, que son: injusticia, crisis, voluntad e ideal[3]. El estado de cosas se caracteriza por injusticia, donde la mayoría siente opresión; incluso el statu quo está debilitado, dándonos la cara de una futura crisis; luego, para avanzar se requiere la voluntad de cambio y generar movimientos alternativos; y por último está el ideal hacia el cual dirigirse a modo de brújula con un Norte certero[4]

La triple consigna.  
Por cuestiones de espacio no analizaré más las premisas del cambio actual, sino que me enfocaré hacia el ideal. Cierto que los ideales propuestos por el liberalismo son varios, por eso debemos enfocarnos aquí en la clásica triple consigna “libertad, igualdad y fraternidad”. Esta llamada, levantada en el firmamento por la Revolución Francesa, es un ideal equilibrado por cuanto limitar estas ideas fácilmente se desliza hacia el exceso y pierde su virtud. Si la libertad se excede y hace unilateral, caemos en el libertinaje o el beneficio de unos cuantos libres sobre los demás oprimidos. El ideal de la libertad íntegra está adquiriendo mayor dimensión en la actualidad, en especial, al redondearse con la exigencia de que el Estado sea laico y que la educación cumpla su función científica y des-fanatizadora[5]. La igualdad es fácil convertirla en una noción simplista y opresiva de homogeneidad sobre los ciudadanos, intentando obligar a que cada uno sea tazado con el mismo racero y obligándolos a soportar una tiranía del Estado, disfrazada de igualdad socialista. El ideal de la igualdad es hermano del sentimiento de justicia social, que no se contenta con un destino de miseria para la mayoría[6]. La fraternidad sería esterilizada al reducirla a un sentimiento tierno que se queda en el hogar y no influye en los destinos colectivos, cuando hoy es tan urgente demostrar la hermandad con acciones concretas. 

El idealismo social
Aquí no nos referimos a una doctrina filosófica particular, sino a la enérgica acción en contra de las situaciones inhumanas imperantes, donde el ideal es esa condición superior hacia la que tendemos y estamos convencidos de alcanzar mediante nuestro esfuerzo cotidiano. Ese idealismo se alimenta de la ética y los valores, pues la sangre vital nos demuestra que entre lo ordinario y lo excelente se abre un abismo, que nuestra voluntad está dispuesta a saltar[7].
Ese idealismo social no es una vana utopía que le exige al futuro una perfección extrema o imposible ni se contenta en pintar un panorama maravilloso que ni siquiera nuestros nietos verán. Ese idealismo es progresista porque está convencido que el futuro brindará los frutos de lo que hoy se siembra, y cuenta con el optimismo de asumir que nuestros hijos serán más capaces que nuestra propia generación[8].
Si analizamos con cuidado, esos ideales sociales no son tan distintos de los existentes en la humanidad desde hace milenios. 

De la mano con todos… 
El idealismo social del auténtico liberalismo no se nutre de envidias, por tanto no se preocupa que los más diversos movimientos y partidos retomen sus mismos ideales, con los cuales prometan una solución de los problemas sociales; lo cual es positivo aunque a veces desconozcan el modo de aplicarlos. Al contrario, el auténtico liberalismo es generoso y le extiende la mano abierta a todos los movimientos y tendencias política, por ese motivo Avanzada Liberal Democrática en su años de existencia no sustituye a los partidos actuales ni pretende competirles con prepotencia[9]. El auténtico liberalismo deja florecer la variedad de ideas y únicamente repele y es repelente en contra de la hipocresía, la ignorancia y la ambición que combinadas se convierten en tiranías.
Las organizaciones políticas nacen y mueren, pero los verdaderos ideales políticos son permanentes y, cuando son bien explicados, esos ideales perviven en el corazón de los pueblos.  

Clave para avanzar y consolidar: más educación.  
Conforme buscamos un avance continuo, manteniendo un entorno de libertades, mejorando las condiciones de igualdad para no sufrir injusticias y promoviendo una efectiva fraternidad para abatir las carencias colectivas, entonces requerimos de cumplir diversas tareas. Pero si no queremos caer en dispersión ¿dónde está la clave para que toda sociedad avance? La tarea crucial, sin la cual lo demás se desmorona, es la educación, pues sin ella los esfuerzos se vuelven prédica en el desierto[10]. ¿De qué sirven excelentes leyes si los ciudadanos las ignoran? ¿Quién recibirá el legado de cualquier progreso si no está educado y no lo entiende? ¿Quiénes apreciarán su propia libertad como un tesoro si no están educados? 
Ciudadanos cultos y educados serán capaces de levantar sus propios ideales, poniendo en alto su propia virtud, con la amplitud de criterios para conservar lo bueno que heredasen y la fuerza para cambiar lo censurable.
En este punto pareciera que nos hemos alejado de la definición del liberalismo, pero no… Cuando analizamos la triple consigna de libertad-igualdad-fraternidad, su legado lo interpretamos como una actividad educativa permanente. La libertad respeta la individualidad; la igualdad reconoce las identidades de origen, necesidad y destino; la fraternidad concreta lo más positivo de la convivencia. La buena educación respeta a los individuos desde la más tierna infancia; ante la inocencia como punto de partida, la educación al alcance de las mayorías ofrece el cúmulo de conocimientos y habilidades desarrolladas por la humanidad, entregando al esfuerzo individual el despegue y éxito de cada quien; y, por último, la educación representa al acto más fraternal entre las generaciones al pretender entregar el tesoro más valioso a la nueva generación, pues ese tesoro es el saber. En fin, educación es libertad del individuo y el grupo, igualdad entre quienes superan la ignorancia y despliegan sus capacidades, y fraternidad entre quienes son herederos del pasado y vanguardia del porvenir.

Conclusión: tres tareas permanentes del liberalismo en el México del siglo XXI.
Primera, seguir fortaleciendo su propio idealismo para entregarlo generosamente a todas tendencias políticas e ideológicas que estén interesadas en el progreso del pueblo.
Segunda, alimentar este periodo de cambios con el verdadero idealismo social que transciende, como lo ejemplifica la triple consigna de libertad-igualdad-fraternidad.
Tercera, el convertir los logros pasados y presentes del liberalismo en cuerpo vivo de las futuras generaciones, se alcanzará mediante una educación con altitud de miras y alimentada por nuestros ideales, que son casi los mismos para la humanidad entera desde hace milenios. 

Post Data: 
Lo anterior fue presentado a modo de ponencia, para el XVI Congreso de Avanzada Liberal Democrática de San Luis Potosí, México, noviembre de 2015. También podría llamarse "¿Qué es el liberalismo en el siglo XXI conforme a sus principales ideales?" Es claro que el tema daría para mucho más que una presentacion tan breve, que sí logra exponer la pricipal consigna y la función hacia el cambio continuo de la sociedad, deslindándolo del reduccionismo. 

NOTAS: 


[1] Por ejemplo, Immanuel Wallerstein en Después del liberalismo, supone que ya se cumplió con el programa liberal, porque la caída del socialismo real desde 1989 supone que el liberalismo triunfó, pero sin cumplir sus promesas, porque sería limitado a una ideología al servicio del capital.
[2] Es típica la operación del disimulo, donde se disfraza el plomo con una delgada capa de plata; en este caso, la filiación con el gran capital, recubierta con la capa de la libertad bajo el rótulo de “neoliberal”, que omite el típico precepto del liberalismo que es “justicia”. Por ejemplo, Noham Chomsky en El beneficio es lo que cuenta. Neoliberalismo y orden global.
[3] Se debe recordar, que el liberalismo nació aliado con visiones de cambio social, como se muestra en visiones ligeras del positivismo que creía cumplido el cambio en su “etapa positiva del desarrollo”. Cf. COMTE, Augusto, Curso de filosofía positiva.  
[4] Esto refleja la teoría de la revolución política analizada por Lenin, derivado de Marx, en varios textos, Cf. LENIN, V.I. Entre dos revoluciones.
[5] Para la complejidad del concepto de “libertad” obsérvese el análisis en El Ser y la Nada de Jean Paul Sartre.
[6] Gran parte de la evolución de los movimientos políticos desde la mitad del siglo XX, ha dependido de la reinterpretación de la igualdad, para no quedarse en homogeneidad, como lo muestra el feminismo y los derechos de minorías sexuales e indígenas.
[7] Esta visión del “ideal” se desprende del estudio filosófico y ético del concepto de trascendencia, plasmado desde G.W.F. Hegel y recuperado en las interpretaciones dialécticas. El romanticismo europeo empleó ampliamente el término de “ideal” para indicar esa tensión moral por transformar su mundo; lo cual requiere de su comprensión dialéctica para mantenerlo actualizado.
[8] Aunque se consideró a sí mismo progresista, el marxismo malinterpretó al “progreso” como una brújula vacía del periodo burgués, cuando es un concepto clave para orientar el cambio. Cf. LUKÁCS, Georg, Historia y consciencia de clase.
[9] Cabría repetir, que un “verdadero partido” en el sentido histórico no son las siglas de un instituto político sino toda la agrupación humana que está en esa misma condición; en ese sentido, por “parido liberal” se entiende a la humanidad que está bajo las banderas de la libertad, mientras su contraparte, el “partido anti-liberal” son los tiranos surgidos de un privilegio temporal, mezcla de ambición e ignorancia.
[10] Fundamento de la modernidad es la educación básica universal, que ahora avanza hacia el nivel medio es fundamento para la integración de las comunidades. Cf. ANDERSON, Benedict, Comunidades imaginadas.

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