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domingo, 4 de marzo de 2018

RESUMEN DEL CAPÍTULO X DE LA REPÚBLICA DE PLATÓN







 Por Carlos Valdés Martín

En este capítulo final de La república, Platón trata sobre la estética, la recompensa de los justos y la inmortalidad del alma. Su abordar al arte resulta curioso porque el filósofo lo expulsa definitivamente de la ciudad ideal. El motivo proviene de su división entre la parte material y el mundo de las ideas, recién argumentado. Arranca considerando el modo de apropiación presente en el arte, con el ejemplo de la pintura, considerando que resulta una mera imitación de algo real, pero que resulta muy versátil. Quien fabrica una mesa, debe crearla a partir de un modelo ideal o quien domina una actividad convertirla en una realidad, en cambio el pintor puede imitar con igual precisión una mesa, que a un carpintero o múltiples escenas, cual si un espejo se girara en muchas direcciones. Apretando el argumento, Platón concluye que la imitación del pintor o el poeta en nada aporta al alma; incluso la desprecia pues tal imitación satisface a los sentidos, pero resulta un alimento de mala calidad para el alma, que se intoxica de emociones indebidas, como sucede con la representación dramática.[1]
Con certeza su referencia a Homero,[2] —siendo tan admirado por los todos los griegos— resulta llamativa y su rechazo tan tajante a cualquier aportación debió ser estridente; mientras elogia a quienes hicieron constituciones (sistemas de leyes) como Licurgo o a los generales que condujeron batallas exitosas, aclara que los largos poemas homéricos que deleitan alrededor de tan variados temas nunca han sido guías a seguir por ninguna persona y menos por las ciudades. Concluye, de moto terminante que en un Estado perfecto la imitación del arte en nada aporta al alma, pero sí complace al vulgo. Si dividimos la manera de abordar las cosas en sus tres principales modalidades tenemos el hacer,[3] el utilizar y el imitar, resultando las dos primeras indispensables y la última desechable. La imitación del arte reproduce y da gusto, pero le parece que nada proporciona como no sea satisfacción ilusoria. 
La recompensa de los justos no se debe pensar limitada a la existencia en la tierra, pues para Platón el alma es inmortal. Establece una relación entre cada cosa y su propio mal, que para el cuerpo corresponde el mal de la enfermedad; pero argumenta que los males del alma (los morales) no logran disolverla, con lo cual plantea su argumento sobre la inmortalidad del alma. Quienes imaginan que los males disuelven al alma es porque la confunden con el cuerpo, que si pudieran verla en su pureza no dudarían en su perpetuidad, para lo cual pone el ejemplo de un cadáver rescatado de un naufragio que está cubierto “de conchas, algas y piedrecillas”.[4] Además estima que los justos son premiados con buena fortuna terrestre y honrados por su reputación.
Para redondear el tema de la inmortalidad del alma, Platón ocupa la segunda mitad del capítulo X con un relato que cautivará al periodo cristiano siguiente (recordemos que el filósofo escribe en el siglo V antes de la Era Cristiana), sobre las recompensas del más allá, aunque reticente ante sus afirmaciones sobre la rencarnación. En esta parte dibuja los rasgos de los mitos sobre cielo e infierno, plasmados desde una visión religiosa anterior al cristianismo. El autor recurre al relato de Er, un personaje descrito como un “panfilio” (región al Sur de Anatolia y con la anotación de hijo de Armenio) que fue sacado entre muchos cadáveres en descomposición, pero el suyo no daba signos de carne pútrida. Según costumbre se le preparó para la pira funeraria y un poco antes de ese desenlace el citado Er regresó de la muerte[5] para contar los prodigios que observó.
Estando muerto Er recibió el juicio de las almas,[6] reconoció el camino dividido según comportamientos, miró los castigos y beneficios recibidos por las almas, es decir, es un relato sobre cielo e infierno, claro antecedente de la Divina Comedia de Dante[7]. Expone castigos de diez años por cada injusticia cometida y a los excedidos de males no se les permitía renacer en mil años y todavía padecían al ser enviados al Tártaro por hombres de fuego[8]. Expone con detalle fantasioso y engalanado, el sitio donde se reúne la diosa Necesidad con sus hijas las Parcas, elaborando el hilo del Destino mediante uno huso rodeados de esferas (la traducción usa el término “torteras”) de colores, transparencias y movimientos diferentes, provocando un espectáculo singularísimo, aderezado con Sirenas cantarinas y una especie de música de las esferas[9]. En ese escenario se genera una especie de magia cósmica, en base a la cual se define una lotería para la reencarnación, organizada por un Adivino. Los “lotes” son azarosos y los reciben todas las almas que están en proceso de encarnarse. Lo único que se reparte es la posición para que cada alma elija libremente el tipo de cuerpo y existencia que adquirirá. Resulta curioso y hasta desconcertante que en paralelo, este relato incluya una noción de predestinación, mediante el hilado de las Parcas, bajo el signo de Necesidad, donde el Destino ya quede predeterminado; pero, luego aparezca un acto de elección, un instante de libre albedrío como veremos.
Conforme se elige después se van acabando las oportunidades, aunque el filósofo insiste que hasta las opciones últimas son buenas y que la final tocó turno a Ulises el más popular héroe griego, quien quedó muy satisfecho[10]. Recibir el sitio primero no resulta una ventaja, cual le aconteció a un alma que seleccionó a un tirano destinado a subir y luego caer para devorar a sus hijos[11].
Es notable que esa elección de cada vida terrestre será el momento más trascendente y, digamos, libre para cada alma, por lo mismo Platón se cuestiona con fuerza sobre la importancia de estar preparados para ese momento de regreso, donde radica “todo el peligro para el hombre”[12] de acertar o fallar su nueva existencia. 
Es de recalcar que el momento de la elección es libre y lo decidido no está limitado, incluso se permite cambiar de especie animal. Tras esa elección suprema seguía el destino de las personas, pero también de animales mezclados, por lo que implicaba una palingenesia. Nótese lo opuesto que es este concepto de transmutación de especies frente al rechazo de la “mezcla de razas” como decadentes para la ciudad ideal. En el proceso de retorno a la existencia, cada alma también elige un Hado (guardián de su vida[13]) para acompañarlo en su existencia terrenal. Luego su destino es tejido por las Parcas para hacerlo definitivo. Para redondear el proceso de reencarnación, las almas viajan a un desierto campo del Olvido y tras cruzarlo, acaban su jornada y para saciar su sed beben aguas del Leteo para borrar recuerdos, y de esa bebida habría una medida pero algunas se exceden. Platón describe un ciclo de muerte-preparación-elección-hado-renacimiento, donde el olvido es un elemento clave para explicar ese regresar sin saber. También ese mismo argumento sirve para fundamentar el arte pedagógico de la mayéutica, concebido como un parir las ideas, sacándolas del olvido donde habitan en cada mente. Ese alejamiento mental que es prerrequisito del renacer para borrar memorias, el texto lo llama aguas de Despreocupación —en términos budistas sería el paso del desapego radical.
Pero Er no tuvo permiso de beber y debió recordar completa su visión del más allá, con sus nociones celestiales, infernales y de reencarnación. Al final las almas terminan su preparación y  ascienden cual estrellas, entonces  renacen.
No parece casual que el primer y más famoso texto sobre una utopía política finalice con el tema de cielo e infierno. La visión de una vida eterna y la rueda de la existencia es el otro gran “objeto” trascendente y de reflexión que se enfrenta a la sociedad y su moral. En la reflexión filosófica un extremo conduce hasta su opuesto, entonces el conjunto material del más acá, implica elaborar su espejo del más allá. Tocando cielos e infiernos culmina esta reflexión del filósofo griego, dejándonos con un extraño sabor de boca al terminar su lectura. ¿Resulta forzoso para la reflexión de la polis perfecta el acabar en la discusión del más allá? Paradójicamente, esta visión del más allá de Platón prefigura la teología cristiana que dominó el panorama los siguientes dos milenios en Occidente[14] y, por si fuera poco, la activa intervención de la religión y sus conceptos de salvación operó para la reconfiguración de la sociedad después de la caída de Roma.


NOTAS:


[1] Anotemos que no en todas las obras de Platón existe un marcado desprecio por el arte, que aquí se manifiesta por su inutilidad para la república perfecta. Se comprende que este enfoque además es la antípoda de la corriente romántica, que planteó la salvación por medio del arte y la pasión que despierta, a manera del sucedáneo de la religión.  
[2] Es el autor al que se atribuyen la Ilíada y la Odisea, los poemas cruciales en la formación de la poesía y el arte griego clásico. No se ha podido comprobar su existencia real y su autoría sigue siendo motivo de controversias.
[3] Recordemos también que el producir mismo era despreciado por los griegos, ya que muchas actividades eran relegadas a los esclavos o a clases vistas con desconfianza como el comercio, quedando delimitada la parte aceptable a lo intelectual, saludable, administrativo y militar.  
[4] La república, p. 357.
[5] La hipótesis de “regresar de la muerte” resultaba muy interesantes para las leyendas griegas, considerándose un raro privilegio ese volver de entre los muertos, reservado para algunos héroes o dioses marcados, tal como señalan Hércules, Perseo y Perséfone.
[6] El tema del “juicio de las almas” resulta más importante entre la mitología egipcia, donde ante Osiris, el dios Anubis pesaba en una balanza el corazón que representaba la trayectoria de vida de los recién muertos. El concepto de “juicio de las almas” proporciona un sentido racional al pasaje hacia la muerte. A su manera está presente en la noción cristiana de un Juicio Final, como reinserción de un sentido al final de los tiempos.
[7] ALIGHIERI, Dante, La divina comedia. El detalle del sitio indica dos aberturas en el suelo y dos en el cielo, sirviendo para entrada o salida en exclusiva, a modo de doble escala que garantiza que la salida sea irreversible, como señala la leyenda de Cerbero.
[8] “hombres salvajes, y según podía verse, henchidos de fuego”, La república, p. 362.
[9] Ese escenario tan colorido e imaginativo, pareciera ser la inspiración para la Apocalipsis bíblica.
[10] La república, p. 367, al ganar la elección de renacer en un hombre ordinario. Lo cual nos señala que este argumento de la metempsicosis termina siendo de cuño “democrático”, por lo que balancea las tesis aristocráticas de la ciudad perfecta de Platón.
[11] La república, p. 366. La leyenda de Atreo citada por Poe en La carta robada contiene ese trágico argumento, del tirano que, engañado, se merienda a sus hijos en un banquete.
[12] La república, p. 365.
[13] La república, p. 367, entregado por la Parca Láquesis, sancionado por Cloto y vuelto irreversible por Atropos.
[14] En El tema de nuestro tiempo, Ortega y Gasset afirma que la historia funciona como un profeta volteado en la otra dirección, por lo que las tendencias mentales de cada época predicen los acontecimientos del siguiente periodo, pues el pensamiento se mueve adelante que las otras realidades históricas.

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