Por Carlos Valdés Martín
El adagio señala que “el necio experimenta en cabeza propia y únicamente el sabio experimenta en la cabeza ajena”. Quienes contraponen la educación formal a la autodidacta no han entendido ninguna de las dos modalidades del aprendizaje. Cada ser humano está destinado a seguir la ruta de la evolución que comenzó desde los ambientes más hostiles y sin elementos de comprensión, por lo que la educación formal se organiza para proporcionar los procesos de aprendizaje conforme a los promedios esperados. La educación formal ofrece métodos pedagógicos y espacios adecuados, bajo el cuidado de profesores profesionales; sin embargo, debe delimitarse en tiempos y calendarios. El esquema ordinario se limita a estándares y promedios, alejándose de las diferencias individuales o, peor aún, intentando comprimir esas diferencias. El problema es que el alumno termina acostumbrándose a nadar con flotadores, cuando su existencia es nadar en el océano de la vida, donde no hay un aula para detallar qué estudios convienen. En el océano cambiante de la vida no hay una guía de estudios predeterminada que nos espere en un ambiente controlado. En ese océano de la existencia está presente el descontrol, el reposo y la distracción.
El comportamiento autodidacta no es una novedad ni una categoría especial, sino la situación de quien decide aprender, conforme surjan las situaciones de la existencia. El auténtico autodidacta es un entusiasta del saber y enamorado del conocimiento; en esos términos, es un filósofo. Como él siempre comienza a aprender es el aprendiz del sabio. En infinidad de ocasiones un autodidacta estará extraviado y tropezará, lo cual puede ser un elevado riesgo, pues si se combina el error con algún tipo de egolatría, entonces permanecerá entre sus equivocaciones como el clásico lechón entre el lodazal. El autodidacta que sale del error lo hace con más fuerza que el estudiante regular, pues no ha requerido de un mentor, sino de la realidad que lo ha golpeado hasta despertarlo y enderezar su camino.
Grandes genios de la humanidad han sido y seguirán siendo autodidactas por convicción. Elogiar la actitud y tenacidad del autodidacta no es despreciar a los magníficos maestros. La mayor potencialidad de invenciones suele estar entre quienes han combinado la educación formal y la condición autodidacta, pues se ahorran la ruta de los errores más típicos.

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