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viernes, 15 de mayo de 2026

AUTODIDACTA CON MAESTRO, AULA CON FLOTADORES

 

Por Carlos Valdés Martín 

El adagio señala que “el necio experimenta en cabeza propia y únicamente el sabio experimenta en la cabeza ajena”. Quienes contraponen la educación formal a la autodidacta no han entendido ninguna de las dos modalidades del aprendizaje. Cada ser humano está destinado a seguir la ruta de la evolución que comenzó desde los ambientes más hostiles y sin elementos de comprensión, por lo que la educación formal se organiza para proporcionar los procesos de aprendizaje conforme a los promedios esperados. La educación formal ofrece métodos pedagógicos y espacios adecuados, bajo el cuidado de profesores profesionales; sin embargo, debe delimitarse en tiempos y calendarios. El esquema ordinario se limita a estándares y promedios, alejándose de las diferencias individuales o, peor aún, intentando comprimir esas diferencias. El problema es que el alumno termina acostumbrándose a nadar con flotadores, cuando su existencia es nadar en el océano de la vida, donde no hay un aula para detallar qué estudios convienen. En el océano cambiante de la vida no hay una guía de estudios predeterminada que nos espere en un ambiente controlado. En ese océano de la existencia está presente el descontrol, el reposo y la distracción.

El comportamiento autodidacta no es una novedad ni una categoría especial, sino la situación de quien decide aprender, conforme surjan las situaciones de la existencia. El auténtico autodidacta es un entusiasta del saber y enamorado del conocimiento; en esos términos, es un filósofo. Como él siempre comienza a aprender es el aprendiz del sabio. En infinidad de ocasiones un autodidacta estará extraviado y tropezará, lo cual puede ser un elevado riesgo, pues si se combina el error con algún tipo de egolatría, entonces permanecerá entre sus equivocaciones como el clásico lechón entre el lodazal. El autodidacta que sale del error lo hace con más fuerza que el estudiante regular, pues no ha requerido de un mentor, sino de la realidad que lo ha golpeado hasta despertarlo y enderezar su camino. 

Grandes genios de la humanidad han sido y seguirán siendo autodidactas por convicción. Elogiar la actitud y tenacidad del autodidacta no es despreciar a los magníficos maestros.  La mayor potencialidad de invenciones suele estar entre quienes han combinado la educación formal y la condición autodidacta, pues se ahorran la ruta de los errores más típicos.


domingo, 7 de septiembre de 2025

CURIOSIDAD 3, 2, 1... DESPEGUE

 

                Por Carlos Valdés Martín 

La curiosidad surge en la infancia, aunque casi siempre se va diluyendo con la edad, cuando decrece ese vigor de los primeros años. Muchísimos pueblos y religiones han castrado ese impulso de la curiosidad, por ejemplo, el dicho de que “la curiosidad mató al gato” muestra cómo se inhibe agresivamente ese sentido de investigación. Algunos lograron la afortunada canalización de la curiosidad cuando se refinó y se convirtió en escuelas, investigación, libros, etc. Las naciones más prósperas se han caracterizado por patrocinar a su talento científico mediante laboratorios de investigación en todas las materias.

Con el internet y sus maravillas, resulta habitual que la curiosidad se enrede en tareas inútiles, cuando el ímpetu curioso “quema su pólvora en infiernitos” enfocándose en la simple morbosidad por divagar. La curiosidad hay que hacerla más fuerte y no desperdiciarla con búsquedas frustradas que no concluyen. Dedicar tiempo en hacer preguntas interesantes y dedicar un tiempo suficiente para responderlas y anotar los resultados, es un buen hábito para fortalecer la curiosidad y conservar beneficios.

Una curiosidad vigorosa y bien canalizada se convierte en una virtud, que siendo impulsada con método y estudios se consolida en saberes. Así, la curiosidad bien cultivada es motivo digno de elogio y la semilla de la ciencia. La curiosidad es una luz entre las tinieblas.  

 II

En una misión espacial de la NASA, se diseñó un “astromóvil” para explorar el planeta rojo, denominado “Mars Science Laboratory” (abreviado como MSL). A través de un concurso infantil y juvenil, se seleccionó el nombre Curiosity (Curiosidad en español). La elección del nombre fue brillante, resultado de un proceso participativo. El nombre ganador vino acompañado de una emotiva explicación escrita por su autora, Clara Ma, de 12 años: “La curiosidad es una llama eterna que arde en la mente de todos. Me hace levantarme de la cama por la mañana y preguntarme qué sorpresas me deparará la vida ese día…”.  

Una definición filosófica de esta cualidad es la de “hambre de conocimiento”. Este singular apetito no se satisface con facilidad, debido a cierto reflejo de humildad entre quienes saben mucho y, por lo mismo, citan a Sócrates con frecuencia: “Sólo sé que nada sé”.  Esa modestia del hambriento por obtener más conocimiento es un ardid para no interrumpir un diálogo recién comenzado.

Quien ha perdido esa hambre de conocimiento está en riesgo de que envejezca su cerebro y su proceso de aprendizaje se paralice. Quien recupera, por alguna circunstancia afortunada, esa sed de saber más está en camino de ser más productivo y quedar más satisfecho.

El inglés posee la ventaja de que la palabra “wonder” aplica tanto al preguntar como al encontrarse con algo maravilloso. Lo mejor que sucede al curioso es tropezar con aquello que le asombra tan positivamente. El propio Einstein consideró esta cualidad como su única notoria, cuando dijo: “No tengo talentos especiales. Sólo soy apasionadamente curioso.”