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martes, 9 de marzo de 2010

EL MAGNETISMO DE LA NACIÓN


Por Carlos Valdés Martín

Puede esa irradiación dibujarse con una línea invisible, más aún es mejor cuando su emanación permanece invisible, como las órbitas planetarias que durante milenios ocultaron su secreto de una fuerza gravitatoria enlazando al sistema solar. La irradiación de la nación, potencia oculta como motivación eficaz de los ciudadanos modernos, encierra un tema fértil para ricas discusiones. Sea como sea, existe una motivación gravada muy hondo hasta el nivel inconsciente de los ciudadanos, que hace de sus nacionalismo una pasión; sentimiento emocional vivaz y fácil de transformarse en actos, incluso en violencia y hasta guerra.

A nivel sicológico, la nación opera en el terreno colectivo, como el ser de “nosotros”. Existen diferentes “nosotros” a los que puede recurrir el ciudadano moderno, entre los cuales debemos mencionar a la familia, el barrio, la raza, la religión, el partido político, el grupo de aficionados deportivos o de pasatiempos, etc. Para la sicología el terreno estricto de la indicación nosotros aparece interesante y muy cuestionable. En cierto extremo se podría desechar el nosotros sicológico como una fantasía y su experiencia descartarse como la falsificación originada por una proyección del yo. Para Sigmund Freud también la experiencia del nosotros es esencialmente falsa, fruto de una proyección del yo individual. Un ejemplo típico, de esa proyección es cuando el aficionado a un deporte siente que "su" equipo ganó un encuentro, entonces debe de sentir una satisfacción porque "nosotros" ganamos; aquí se trata de una afinidad arbitraria, donde el aficionado proyecta su emoción hacia su equipo favorito y se imagina como si él fuera una parte integrante. También para algunos filósofos la percepción de un “nosotros” resulta equívoca, mientras que el individuo sí es realidad esencial, así, para J. P. Sartre en El ser y la nada la percepción del "nosotros" es una experiencia ilusoria ante la verdadera experiencia, ubicada en el yo individual; el nosotros es una experiencia para mí, no se puede acceder a una simultaneidad real, no hay conjunción eficaz de la otredad que indique un nosotros en sentido verdadero.
Sin embargo, sí existen situaciones diversas donde existe una vinculación real y el "nosotros" queda definido en una práctica, al mismo, tiempo la teoría social nos enseña que una de las determinaciones más importantes del capitalismo es el dominio de una enajenación social, que es un proceso por el cual se rompen los lazos sociales y la definición de un "nosotros" se convierte en conflictiva. Por ejemplo, la empresa es una organización económica real, que tiene un funcionamiento cotidiano que depende de actos materiales particulares de todos sus integrantes, desde el nivel inferior hasta la dirección general; en ese sentido, los involucrados pueden decir que nosotros "somos la empresa". Al mismo tiempo, la empresa es una institución económica capitalista, donde el mando está perfectamente delimitado y entonces la obediencia de los niveles inferiores el obligada; en el extremo, por motivos económicos las decisiones superiores se deben acatar y si existe una crisis las medidas correctivas incluyen los recortes de personal. La empresa deja de ser "nosotros" los empleados y se convierte en "las decisiones de ellos", que son propietarios o dirección general. Sin embargo, la dependencia del simple empleado hacia su trabajo en una empresa es completa y la fragilidad de su existencia está marcada por la posibilidad del despido, que rompe la imagen sicológica de "nosotros" y le regresa la soledad, que es uno de los significados de la enajenación. La situación de la empresa es ejemplar para mostrar la estructura de las relaciones prácticas del capitalismo.
La posibilidad de pérdida de las condiciones de vida está presente constantemente en la sociedad mercantil, donde la libertad se entiende también como abandono, como fragilidad. Sin embargo, la independencia del individuo en el sentido de no tener relaciones de dependencia con su entorno es imposible. Incluso las aparentes potencias exclusivas del individuo dependen de su vida social, como lo puede ejemplificar el idioma, que es una posesión privada de la persona en tanto él ha aprendido su uso, lo recuerda, lo habla, piensa en sus palabras, sueña en sus palabras; al mismo tiempo, es evidente que no existe un idioma privado, éste siempre ha sido el fruto de la comunicación entre personas, la simple existencia del idioma surge de la vida social.
La importancia para cada individuo de mantener el vínculo social, como la fuente de sus potencias particulares y universales, se refleja en la importancia que se le otorga a ciertas dimensiones colectivas, en las que se asume que somos "nosotros".
Desde el punto de vista sicológico, la primera relación que indica el nosotros es la compleja relación entre madre e hijo, que rápidamente pasa a complejizarse en relaciones familiares. Para el hijo pequeño la dependencia hacia una madre es completa, por lo que una persona (objeto-sujeto totalizador) está representado la integridad de las relaciones con el mundo. Quizá sea difícil aceptar o comprobar las especulaciones sobre la integración de la conciencia infantil que se concibe como unidad con la madre, y en ese extremo el nosotros sería anterior al yo , pero de cualquier manera queda la huella de cierto desbordamiento del yo hacia el nosotros, como lo ejemplificamos en las pasiones deportivas. En especial, se debe comentar que en las relaciones emotivas de los ciudadanos con sus naciones existen fuertes huellas afectivas de la relación con la madre y el padre. Podemos afirmar, que por la integración paulatina de los individuos y por la influencia del grupo sobre cada uno, es que el nosotros existe conflictivamente en la sociedad moderna, y “existencia conflictiva” no significa inexistencia.

PATRIA, LEGADO, PODERÍO.
Las huellas afectivas de la nación, como totalidad que inunda la conciencia son dos vías, son las dos caras de la moneda. Pero una larga historia milenaria de dominio, práctico y legal de los varones ha implicado que el término común haya sido el de patria, que es el derecho paterno entre los romanos. Este derecho era ley de la legitimidad de los hijos, la línea de la herencia, la recepción de los nombres. La mayoría de las sociedades más antiguas privilegiaron el derecho materno, la descendencia por la línea de las mujeres, sin embargo, por la posición económica superior de los varones en las sociedades agrícolas y la institucionalización de la propiedad privada, crearon las condiciones para que la herencia masculina se privilegiara. Establecer el apellido del padre era lo mismo que definir una línea de herencias materiales por el lado paterno, así que ambos procesos se acompañan, y esas instituciones se ligaban al establecimiento económico de la monogamia femenina.
Ahora bien, que la nueva generación reciba condiciones de reproducción es vital, y en las sociedades de clase se consideró que ese era el legado del padre, por eso lo que reciben los hijos es la patria, el derecho que otorga el progenitor varón para poseer su tierra, aquí entendiendo "tierra" como el conjunto de condiciones materiales para su vida, el arsenal de la existencia.

MATRIA, RAÍCES, LEALTAD.
Bajo la evidencia material y empírica de un mundo recibido para apropiarse queda un trasfondo, algo velado quizá, pero igualmente poderoso. El mundo que se puede heredar posee un eco efectivo, y afectivamente más poderoso, nos referimos a la raíz, a la fuente nutricia de la existencia. Ahí está el poderío afectivo que tiene la nación sobre los individuos, su sentido maternal. Si bien las mujeres, por milenios han sido el polo socialmente oprimido, en las relaciones de reproducción las hembras son el eje inmediato e irremplazable, así el fondo emocionalmente más fuerte. Por lo mismo, con el paso del tiempo, la "patria" de origen semántico en el padre, se transforma para convertirse en imagen de mujer; invariablemente la figura imaginaria de patria es de la mujer original, de la madre global de un pueblo. El papel masculino queda restringido a la mitología particular de ciertos próceres, convertidos en los padres de la patria. De modo contundente la patria se convierte en una mujer global, equivalente de las míticas diosas del mundo, como Maya la elefanta simbolizando el mundo, o las madres originales de los dioses.
Sobre ese fondo magnético, más allá de la materia concreta del legado de bienes terrenales, es que se erige una exigencia de lealtad avasalladora. La lealtad a la patria no es la defensa de ciertas casas y terrenos que se reciben como herencia, sino la pasión por un ente metafísico, más allá de lo sensible, que se desea mantener intocado. Podemos dar mil argumentos elegantes sobre el amor a la patria, por los infinitos dones que proporciona a sus habitantes, pero el psicólogo desconfiado agregará otro matiz. El tabú del incesto se transfiere en fiereza vengativa contra cualquier extranjero que mancille a la madre patria y no por casualidad Fromm considera que existe una asociación entre nacionalismo irracional y tendencias incestuosas inconscientes . El tabú está en la patria, su suelo es sagrado, y la afrenta se lava con sangre, pero como en un delirio de neurosis, la relación entre el crimen y el castigo está fuera de proporción, y trágicamente, la afrenta del extraño que mancilla a la patria se lava con sangre. Basta la existencia de extranjeros diferentes del “nosotros” nacional para que operen mecanismos de violencia delirante y militarismo.

LA TRASCENDENCIA EN EL NOSOTROS COLECTIVO
La conciencia, aunque sea ordinaria incluso, posee una función trascendente, un continuo escape y remisión hacia las dimensiones mayores. Respecto de la sencilla captación de los objetos, se observa el fenómeno llamado de la captación "sintética a priori", por lo cual el objeto inmediato, en su aquí y ahora, ya se presenta como una generalidad. Por ejemplo, el "aquí", la simple indicación de este lugar indicado, remite a la definición de un espacio. No puede existir un "aquí" sin su espacio, sin su ubicación como punto del espacio. La conciencia humana está preparada de tal modo, que la referencia hacia lo inmediato se dispara hacia lo general, pasa de la indicación precisa y sin desdoblamiento, hacia una determinación con línea de fuga, con salidas por varios horizontes. Esto no significa que las categorías ( propuestas por Kant) sean predeterminaciones de la conciencia, implantadas antes del saber, sino que éste por su estructura se orienta hacia la generalización y la lógica, por tanto, su función incluye sintetizar para conocer, generalizar para captar.
Pero también la conciencia presenta la reflexión, la captación de quien entiende, de quien está efectuando el pensamiento. Esta función también encuentra importantes resultados con su captación trascendente. Ciertas observaciones empíricas de la historia social revelan que el nosotros es anterior al yo, pues la comunidad primitiva es anterior a ciudadano. El asunto tiene diversas raíces, pero desde un punto de vista de la captación, parece atinado suponer que la trascendencia del yo hacia una indiferenciación colectiva sea una operación primaria, incluso anterior a una clara separación del yo respecto del mundo. El nivel más sencillo de pensamiento, como lo revela la Fenomenología, es también el más abstracto, abstracto en cuanto indiferenciado, pero las mismas conceptualizaciones que se usan para esto valen para aquello, así, cualquier lugar y cualquier tiempo es el "aquí y ahora". La primera autoconciencia se puede aceptar en términos de que "yo soy este mundo", como unidad de quien percibe y lo percibido. De esta manera, la conciencia colectiva (el sentimiento de nosotros en sicología hijo-madre) es muy primordial y previa a un sentimiento de separación entre yo y los otros. Ese sentimiento (conciencia) de nosotros es muy primitivo, pero en esa misma característica primigenia es que se debe considerarla como una percepción difusa, en ese "nosotros" cabe la madre, la familia, la hermandad, la pareja, la agrupación, la colectividad, la multitud, la tribu, la población, la nación, etc. Ahora bien, las dos formas modernas socialmente más aceptadas son la familia (consagrada por una aceptación privada, religiosa, etc.) y la nación (legitimada por una aceptación pública, política, etc.). Por lo mismo, en el lenguaje popular estas aceptaciones de "nosotros" deben ser comunes, entendiendo como "nosotros" desde esta familia hasta los compatriotas, los mexicanos.
Además, quizá, la designación moderna del "nosotros" es la más tensa de la historia. Este secreto ya lo había observado el joven Marx , cuando indicaba que ciertas épocas resultaban titánicas, por el desgarramiento entre la sociedad y el individuo, con las tensiones extraordinarias que traían aparejadas. Épocas titánicas caracterizadas por grandes dramas y grandes creaciones. En la modernidad, el lado social, el nosotros es tan difuso, pero tan poderoso, que tiene un magnetismo desquiciante. El lado individual, es tan concreto y tan acentuado, pero tan frágil que tiene una vitalidad angustiante. El "nosotros" como representación, tan inmediata como fantástica de la vida social, de continuo parece que se escapa o se subleva.

UNA IMAGEN PARA EL CONJUNTO
La consideración de que existe una imagen plástica para cada conjunto nacional, está plasmada con elegancia en Masa y Poder de Canetti. En ese texto, Canetti indica que las naciones deben contar con una imagen colectiva, que sintetice su identidad, entendida como esa complicidad que reúne un sentimiento nacional. Como artista que es el autor, indica que conviene la síntesis de una imagen plástica, una especie de metáfora adecuada al grupo, de tal modo que el grupo mismo se describa a nivel de imagen visual; algo así como una fotografía adecuada al inconsciente. Con esa fotografía del grupo nacional se revela una posición esencial ante la existencia por parte del mismo grupo. La simplicidad de la misma fotografía del grupo permite su continuidad en el tiempo, porque no se trata de la existencia de individuos particulares o la situación histórica coyuntural, sino de plasmar una posición de grupo ante la vida, que pude permanecer durante siglos. Este concepto nos llevaría hacia una imagen visual colectiva de la identidad nacional. Propone como ejemplo a Estados Unidos, a Inglaterra y a Suiza. Los suizos le parecen que se identifican con su entorno natural, de tal modo que ellos están identificados con los Alpes y el conjunto humano se percibe como un grupo de montañas, de tal manera que asumen como sus rasgos la fuerza, la estabilidad, la pureza y una cohesión inalterable; entre las montañas puede haber separación, una individualidad fuertemente independiente, pero que como cordillera encierran un acuerdo, que no pone en peligro su individualidad. Según Canetti ese es el retrato sicológico de la nación suiza, un caso peculiar de unidad entre gentes provenientes de razas diferentes y con distintas lenguas, que respetan su individualidad en la colectividad. Los ingleses le parecen que se identifican con los tripulantes de un barco, con su isla como el barco mismo, y los habitantes fuertemente unidos contra los elementos hostiles, desplegando una gran disciplina ante la naturaleza peligrosa, y desplegando a confianza ciega de devotos marineros para sus capitanes y así arribar a puerto seguro. Los estadounidenses le parece que se identifican con lo mismo que revela su bandera nacional, ellos se perciben como un conjunto de estrellas, porque el individualismo extremo de ese pueblo le hace desear que “everyone star”; a pesar del egoísmo estelarista, se mantienen coligados en un pacto de unión de estrellas; entonces se retrataría una interpretación de la nación acorde al “american way of life”. Además podríamos agregar que las estrellas son estimadas como las luminarias más elevadas del firmamento, lo cual los colocaría en una aspiración de supremacía mundial, por estar destacando en el cielo entero, sin conformarse con brillos locales. La peculiaridad extrema de esta interpretación es que la bandera del país efectivamente estaría captando el mensaje inconsciente del pueblo, que desea el firmamento como su estilo de vida.
Dejemos a Canetti para volver la mirada al caso de México, donde el problema de las secuelas de la conquista y la imagen negativa basada en una forma de inferioridad debe haber afectado esta imagen colectiva. En este caso, como en muchos otros, es más fácil apresurar un juicio sobre los territorios extranjeros y extraños, porque estar adentro y autodefinirse implica la doble tarea de pensar y actuar. La situación histórica de la conquista, sin duda nos llevaría hacia una imagen colectiva de una masa de vencidos, hacia la colectividad de prisioneros. Si nos dirigimos hacia el periodo independiente, entonces las imágenes colectivas más poderosas brotan de masas en ebullición que luchan por su libertad, como la plebe independentista y la masa de los revolucionarios; pero ambas masas, en sentido inmediato fueron derrotadas. Si relacionamos ambas masas estaríamos ubicados en una tensión, dualidad entre la masa de prisioneros y la de sublevados; más todavía, el sublevado es una tensión metamórfica entre la ruptura de su cadena (negación del prisionero o del colonizado) y la vía hacia la superación definitiva del estado de no-libertad o el regreso hacia el mismo, pues la sublevación es un estado dinámico, inestable, de rápido tránsito. En cierto sentido, la imagen de la masa revolucionaria fue la imagen oficial siglo XX de la consolidación de la nación, pero esta imagen oficial implicaba una derrota de las masas sublevadas y la conversión hacia lo contrario, por lo que la “revolución institucionalizada” era el regreso hacia la obediencia. Permitiéndonos una hipótesis veloz, indicamos que los acontecimientos que condujeron a la masacre de estudiantes de la plaza de Tlaltelolco eran una clara indicación, de que la objetividad de la integración nacional (modernizadora y exitosa) conducía hacia una nación obediente, como de prisioneros, signo de una identidad nacional traumatizada por un Estado muy opresivo, sin interés profundo por la libertad social. Sin embargo, aquí el sujeto de la identidad colectiva debe ser la masa poblacional misma de una nación, el Estado solamente es una anécdota, una indicación de la situación de la masa profunda.
La hipótesis de la identidad nacional cuajada en una imagen colectiva de masa de prisioneros tiene otro emblema, en una anécdota histórica extraña e inquietante. La arquitectura austera, rayana en la fealdad del Palacio Nacional de México, cuenta como explicación una anécdota, que narra una simple coartada o la frontera de una leyenda. Según esta anécdota el Palacio Nacional de México y la Cárcel de Lima se diseñaron conjuntamente en tierras ibéricas por reconocidos arquitectos, quienes enviaron al Nuevo Mundo los planos originales por barco en un largo viaje trasatlántico, con la curiosa y traviesa casualidad de que los planos se confundieron. El resultado, si la narración fuese verídica, sería que el sombrío diseño de una cárcel colonial quedaría albergando la sede típica del poder político en México, de tal manera la cúspide gobernante tendría como sello distintivo asentarse dentro de un diseño carcelario. Pero ¿quién confunde el habitar con el encarcelar?
Debo indicar que la imagen de la masa de prisioneros, que nos emparentaría tan de cerca con los judíos del holocausto, señala una hipótesis extrema que no corresponde con el fenómeno completo de la identidad nacional mexicana. Afortunadamente, ese lado oscuro del sometimiento de la masa nacional en condiciones de opresión, constantemente es desafiado. Utilizo esta hipótesis extrema como un llamado de atención ante las enormes taras que siguen ahogando nuestra vida nacional. La imagen colectiva de la nación mexicana posee elementos antagónicos en el signo carcelario. Nuestra imagen colectiva ha ido cambiando con el paso lento de la historia y tendrá que transformarse radicalmente con avance del siglo XXI. Este argumento no se refiere a una conjura de fechas cabalísticas, sino a la necesaria transformación de una identidad colectiva, en base a las luchas sociales y a los cambios en la base. La gesta de Independencia corresponde a una tentativa por transformar a una masa de prisioneros cautivos producto de una conquista y colonización, la gesta heroica se repite con la Revolución como tentativa redentora del sector más oprimido de los peones acasillados (de nuevo la imagen cercana al esclavo), y ante cada extremo de opresiones las aspiraciones por una mejor imagen colectiva se manifiestan. Superar un pasado de oprobio se mantiene como motivación esencial y la dirección única posible a lo largo de siglos. La metamorfosis positiva parece postergada, pero no pierde su fuerza de evocación. Plantear que aspiramos vagamente a mejoras en el país no es suficiente, es también necesario convencernos de que debemos escapar, como de una peste, de las posibilidades negativas impuestas en el pasado, como la imagen nefasta de integrar una masa de esclavos, conducidos como reces al sacrificio inútil ante la avidez del sinsentido. El magnetismo de la nación también se forja como una huida hacia adelante escapando y remontado el vuelo (como el águila) sobre lo que nunca queremos ser, nunca jamás. Y con alegría descubrimos el efecto de un magnetismo propio de una metáfora celeste, el cual nos eleva como nación, sobre alas metafóricas hacia un espacio sublime, también un espacio propio de las imágenes nacionales.

1 comentario:

josé javier dijo...

El artículo es redondo, Carlos. Me ha gustado especialmente tu enfoque del nosotros como un conflicto permanente de cada individuo. Y también me ha impresionado tu visión del tabú como elemento emocional motor del nacionalismo. La idea de un nosotros sagrado, corporeizado en la patria, es muy iluminadora. La parte sobre la fenomenología no es mi preferida, dado que esta corriente de pensamiento nunca me ha convencido, y me llama la atención como la alternas con consideraciones de psicología primitiva. Mas que de generalidad o abstracción, en la conciencia primitiva yo preferiría hablar de inespecificidad, de imperfección, en suma, al igual que decimos de una imagen, cuando es borrosa, no tanto que es abstracta como simplemente indefinida. Para mí el secreto del conflicto está sobre todo en la necesidad de certeza inmediata, personal, que el hombre que se mira a sí mismo necesita. El final del artículo es magistral, muy logrado literariamente: Ese intento de generar una imagen de México que permita la certeza personal e inmediata que necesita tanto la nación como el conjunto de sus habitantes. No ocultas que es algo muy difícil, pero lo muestras como un ideal deseable, y ahí está el logro; uno termina de leer con una sensación esperanzada. Nada raro en tus escritos, pero sin duda digno de alabanza.