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martes, 8 de febrero de 2011

MAQUIAVELO INAUGURA EL SABER DEL PODER SIN DISFRAZ



















Por Carlos Valdés Martín


De la suspicacia a la separación (la autonomía de la política)
La suspicacia ante cualquier político inunda el ambiente; los ciudadanos desconfiamos y creemos que esa actividad es maquiavélica. Y digo “maquiavélica” en el sentido ordinario del término, de tenebrosa amoralidad, donde la finalidad de imponer representa el todo y los medios para lograrlo son torcidos. Sin embargo, las crónicas revelan que Maquiavelo mismo no era “maquiavélico”, y en lo personal fue un funcionario dedicado y preocupado por las graves tribulaciones de su ciudad natal, la República de Florencia. Sin embargo, como escritor él abordó las cosas políticas descaradamente (sin recato) y con sinceridad (sin ocultamiento). Dejando de lado las preocupaciones éticas, tan en boga en su época, Maquiavelo inaugura un nuevo modo de abordar la realidad, entonces inventa la política como ciencia autónoma, como estudio descarnado de poder, con los medios para obtenerlo y conservarlo. A partir de esa sinceridad la pregunta dominante de la política aparece como funcional y vacía de contenidos de valor moral, porque abandona la posición central esta pregunta ¿cómo se gobierna mejor o conforme a elevados valores? para interesarse por estas nuevas interrogantes: ¿cómo se encumbra el gobernante y conserva su poder? ¿por qué caen los gobernantes y los reinos? ¿cómo se gobierna sin adjetivos? Maquiavelo escribió en sintonía con la renovada mentalidad del Renacimiento, cuando el interés tradicional y exclusivo por la “suprema o mejor” forma de gobierno (conforme a tradiciones o la mandato de Dios) decayó, aunque el tema de una “mejor forma de gobierno” no desapareció, incluso se intensificó la búsqueda por otro sistema de gobierno, porque aparecieron las contribuciones posteriores con las tesis de la separación de poderes, teorías de la democracia liberal, la tolerancia, los derechos humanos, etc. Además el tema de la mejor estructura de gobierno (y del sistema legal correspondiente) adquirió la importancia crucial desde las luchas de los liberales en contra de las monarquías durante las llamadas revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX, y luego también en las revoluciones sociales de principios del siglo XX, bajo nuevas perspectivas de justicia social o de corte socialista.
Pero con independencia de las modas o gustos de cada época nos preguntamos si la ciencia política se puede estudiar sin la intromisión de la pregunta por el "buen gobierno" y la ética (el tema de la justicia). Si la política fuese una ciencia natural, entonces en sus métodos de investigación se justificaría por completo la ausencia de declaraciones sobre lo bueno o malo, pero la política es una ciencia social, por eso las preocupaciones éticas acosan a esta ciencia. En las ciencias sociales existe interioridad entre el estudioso y el objeto estudiado, por tanto el interés para definir qué es bueno (ético) para nosotros aparece dentro del objeto de estudio y sus enfoques.

La separación efectiva entre política y economía
Quizá la primera condición de posibilidad para una ciencia autónoma de la política surgió en la autonomización práctica de esta actividad. En las sociedades del medioevo el aspecto político quedaba por completo ligado con el factor económico, pues el acceso a la riqueza era un privilegio del poder. El feudo (la unidad productiva básica del periodo) provenía de un reparto pues nacía de un acto político-militar de conquista o “donación”, y en ese entonces el feudo territorial era la fuente más importante de riqueza. Antes del Renacimiento, la afluencia principal de la riqueza se daba en la tierra cultivada unida con los siervos, la consecuencia era que la posesión de la tierra los aristócratas señores feudales garantizaban tanto el ingreso económico mediante tributos como la posición política, ya que el señorío otorgaba la legitimidad misma. La cadena entre el poder y la riqueza era una sola y la misma entidad, porque la condición de señor feudal sobre las tierra proporcionaba los ingresos, y esa misma condición de señor aristócrata sobre las tierras también otorgaba el mando sobre las personas, una posición sobre la vasallos ante quienes impartía justicia y una posición dentro de una jerarquía de aristócratas o cadena de mando feudal. Esto implicó que durante el feudalismo clásico la “clase explotadora” y la “clase política” eran una misma y única agrupación (el grupo de los aristócratas feudales). En la cadena de mando feudal, la posesión de las tierras también implicaba relaciones de homenaje ante los superiores, entrega de tributos, participación en las guerras y demás vínculos. Poseer un feudo obligaba a una relación de homenaje ante un aristócrata superior, quien se entrelazaba en una compleja trama de lealtades, con lo cual estaba ya inscrita la propiedad de la tierra dentro de una compleja estructura política. En esta estructura, la Iglesia Católica, como principal superestructura ideológica de la época, estaba integrada, porque el señorío se santificaba mediante la religión, y en ese periodo también las órdenes monásticas y los obispados participaban de la propiedad de la tierra. De tal modo, la Iglesia Católica funcionó como un reino feudal enredado en una densa red de sistemas de señorío-vasallaje de la Europa medioeval.
Para que la vida política se separara del terreno de la economía (y entonces también se desgajara de otros campos como la cultura y la religión) debía de crecer el mercado. El mercado es una forma de metabolismo económico que separa a productores de consumidores, a unos productores de otros, y en general disgrega la vida económica en células separadas por propiedades privadas con decisiones autónomas. Cuando la estructura económico-social del mercado deviene estructura principal, entonces surge el terreno propicio para operar esta separación de la actividad política. Con el crecimiento del mercado, las operaciones económicas quedan en manos de agentes privados, que prefieren estar separados de fiscalizaciones políticas molestas. Una sociedad mercantil además es altamente individualista, porque cada ciudadano prefiere su interés privado a espaldas de los intereses comunes. En las sociedades agrarias, el crecimiento del mercado desde le comercio marginal hasta alcanzar la primacía requirió de un proceso de muchos siglos. Además el mercado exclusivamente adquiere su completo dinamismo cuando se inicia un predominio de las formas capitalistas de mercado, la generación de empresas privadas como la fórmula preferente de operación del mercado. En el Renacimiento italiano crece el mercado dentro del contexto feudal pre-mercantil, y en algunas ciudades prósperas las relaciones económicas y culturales adquieren un nuevo estilo, basadas en la adaptación de la mentalidad al mercado.

Florencia
Precisamente Florencia fue una de las ciudades italianas que mejor demuestra el ímpetu renacentista, pues ella cristaliza un mercado pujante con ciudadanos inmersos en una mentalidad ajena al feudalismo previo. Esa urbe ofreció el marco adecuado para iniciar el estudio moderno de la política, ajeno al estudio medieval de la política. Además el estudio moderno de la política como entidad autónoma, debió revalorar y enlazarse con aportaciones de la Antigüedad grecolatina, porque esas civilizaciones esclavistas también conocieron una operación mercantil y una notable privatización de la existencia. De esa manera, fue posible que escritos históricos, políticos y del derecho grecorromano fueran retomados para la nueva interpretación renacentista de la política. Pero en la Florencia que conoció Maquiavelo, las nuevas relaciones colectivas estuvieron ligadas a crudas lides por el gobierno. Desde el periodo previo al Renacimiento, ya la cuidad estaba dividida por conflictos entre los bandos güelfo y guibelino, que inició como una confrontación de partidos por conflictos dinásticos, típicamente medievales, pero derivó hacia formas de política más modernas, como la creación de una República en la comarca florentina. En un contexto de fragmentación de poder y guerras continuas en la Península Italiana, entonces no resultaba extraña la creación de unidades territoriales independientes a partir de ciudades con éxito comercial y rápida urbanización, como sucedió con Florencia, Pisa y Venecia. Pero crece el interés, cuando durante la vida de Nicolás Maquiavelo, Florencia adopta un gobierno republicano, y ahí él sirvió varios años, ocupando altas responsabilidades. En el contexto europeo (entre 1494 y 1512 cuando fue funcionario de alto nivel en la República de Florencia) las repúblicas son rarezas en la manera de gobernar; son eventos aislados que no pretenden anunciarse como los heraldos del una nueva época. La república Florentina sobrevive algunos años entre muchas dificultades, pues era acosada por adversarios y enemigos en un contexto marcado por continuas guerras dinásticas o territoriales, así como por conflictos religiosos intensificados por la cercanía del papado en Roma.
El final de la República de Florencia también señala la caída de la carrera política de Maquiavelo. Al contrario de su fama, este escritor nunca fue el consejero de los príncipes, sino funcionario de una frágil república. El famoso llamado a un príncipe para que conduzca los destinos de la Península Italiana mediante un gobierno de mano dura es una ficción literaria con apariencia realista, pero tan realista esa ficción que se suele creer que el autor sí era un consejero de príncipes déspotas. En cierto sentido, como agudo analista, Maquiavelo anticipa el ascenso de una figura estelar europea: el ascenso de las monarquías absolutas, que concentraron el poder en Europa durante los tres siglos siguientes, hasta que cambió la marea con el ascenso del liberalismo. La descripción que ofrece El príncipe (escrita en 1513 y publicada en 1532) resulta más adecuada a los rasgos del absolutismo durante el siglo XVII, y en ese sentido el florentino escribió una obra de anticipación. Claro, en ese momento ya existían monarcas despóticos, pero la concentración final del poderío de la aristocracia en manos de los monarcas no se había cumplido en Europa, las obligaciones feudales entre los diferentes niveles de la cadena señorial impedían la plena concentración del mando en el centro del Estado.

El escándalo y la fascinación
Por la manera descarnada de abordar la esencia del poder monárquico, sin consideraciones sobre el bienestar público y sin vínculo con las consideraciones religiosas tan agradables al periodo medioeval; en fin, la obra de Maquiavelo, titulada El Príncipe, por tan novedosa y escandalosa se convirtió en un éxito motivado por sus adversarios. La crítica de sus enemigos y la incomprensión de un trasfondo estratégico, trazó un corto camino a la fama. Quizá afortunadamente para el éxito de la obra, pero en su época y también ahora no se ha comprendido que existía una bienintencionada búsqueda de estrategia en ese texto. En el fondo, el interés directo de Maquiavelo era la unificación del Estado en la Península Italiana, bajo un modelo de creación de un Estado nacional. El fortalecimiento de un Estado central despótico lo imaginaba Maquiavelo como el medio único adecuado para generar la paz interior y hacer que los italianos contaran con medios políticos y militares para defenderse del exterior, superando la trágica condición de un territorio para guerras extranjeras y saqueos de mercenarios. Pero el tema de la unificación de Italia tardaría tres siglos en madurar dentro de la conciencia y la agenda regional. Por lo mismo, los medios que propone Maquiavelo en El príncipe resaltan y escandalizan. Los medios que propone Maquiavelo son la concentración de poder y el uso descarnado de la fuerza y el engaño para sostener al gobernante y su reinado.
El Estado medieval siempre estuvo consagrado por la religión. Las consideraciones propias de la religión fluían hacia la cuestión del gobierno, y los teólogos también eran los politólogos de ese entonces. El hecho de que la moral empapara la vida política mediante la religión no era una garantía para que la actividad política siguiera un curso moral. La misma crudeza de las continuas guerras civiles dentro de Europa, indica que las consideraciones éticas se rompían cuando los intereses materiales estallaban violentamente. Las crueles decepciones de muchos años con guerras civiles, y la actuación de personajes como César Borgia, quien se apodera del papado mediante hábiles maniobras políticas, son la base para una frialdad analítica de Maquiavelo en el tema político.
Sin embargo, en el contexto del siglo XVI abordar descarnadamente el tema de los intereses políticos y de sus actuaciones eficaces resultaba escandaloso. La práctica había empezado a especializar la política, separándola de la esfera económica, pero también la estaba profanando, por la práctica continua de las acciones inmorales (incluso con la máscara o en nombre de la moral). El camino diferente de rechazar las consideraciones éticas como el principio y guía de la actuación política escandalizó a los contemporáneos de Maquiavelo. Pronto término maquiavélico se convirtió en un calificativo para indicar las actuaciones en las cuales el fin justifica los medios, pero con más precisión: se busca el fin por cualquier medio.

La fama duradera no dependió del escándalo, pues luego de acallada la oleada de cuestionamientos, la obra permanece pues Maquiavelo es perspicaz; él delinea perfectamente y con suficientes ejemplos de la actuación política desde la Antigüedad, que el poder político se separa de las líneas de lo correcto. Por lo mismo, El príncipe da la apariencia de contener un mapa del tesoro, como una especie de guía fácil y práctica para acaparar el reino. El poder mismo, ya entonces, es presentado como un tesoro y un botín, como un trofeo en sí mismo. La lectura de El príncipe genera un doble efecto, aunando la censura moral con el camino para el tesoro, y ese doble efecto lo comparamos con el atractivo de la pornografía, cuando la prohibición de la mirada signa una tentación para mirar. En definitiva creo que Maquiavelo no esperaba personalmente ese doble efecto de su obra. La escribe en una reclusión temporal, en difíciles condiciones y su intención era más clara y didáctica; de momento pretendía congraciarse con Lorenzo II de Médici, para garantizar su libertad y posición personales, pero su objetivo estratégico (ese sí discreto) estaba en la esperanza de unificar a la Península Italiana.

Sistematización de las formas políticas en un campo autónomo y validez de esta operación
Para elaborar un esbozo de ciencia se necesita observar regularidades, situaciones o estructuras que se repiten, las cuales en su movimiento circular obedecen a las mismas causas aparentes. Los reinos antiguos y nuevos, para Maquiavelo operan bajo los mismos principios y formas; las actuaciones de los gobernantes antiguos y nuevos semejan; las operaciones de adquisición y conservación de los principados se vuelven. Esa repetición de las operaciones políticas enfoca su mirada y Maquiavelo quiere cautivar la atención del gobernante (su interlocutor requerido, Lorenzo II) sobre esa constancia de las fórmulas de éxito y de fracaso.
Con estas regularidades, con estas repeticiones en las operaciones políticas se definen las herramientas mentales para lograr un análisis especializado en la materia. Sin herramientas mentales adecuadas el análisis de cualquier materia resulta imposible. Las partes constitutivas de la vida política del principado van adquiriendo la dimensión propia. Sobre este terreno, como es evidente, existían antecedentes y el territorio de la “polis” ya se iniciaba en sus definiciones desde los antiguos griegos clásicos , sin embargo, la autonomía del campo político se hace más patente durante el Renacimiento.
La existencia de una autonomía real en el campo político no es imaginaria, viene de hechos e implica que las regularidades operativas que observa Maquiavelo contengan precisos e importantes elementos de verdad objetiva. El tema del principado se estabiliza, y las relaciones de poder se hacen más diáfanas y claramente circunscritas a una naturaleza definida. El perfil del gobernante como un especialista en detentar y usar el gobierno se hace preciso, dejando de lado las consideraciones religiosas que pesaban tanto en ese entonces. El contorno de lo súbditos como una masa sometida al imperio político, se eterniza en su desgracia, que sólo oscila entre diversos males, dejando de lado la idílica imagen del gobernante providencia y el reinado por la gracia de Dios repartiendo la gracia del cielo entre sus súbditos. En especial, la voluntad de Dios vestida transmitida por la divina providencia queda expulsada de la consideración política, un discurso más práctico (un discurso ateo de facto) sustituye las especulaciones de los teólogos escolásticos. Empieza la firmemente dibujada separación entre las funciones de consenso y de coerción de los gobiernos.
Las diversas consideraciones concretas encerradas en El príncipe tienen una catadura tan armada y realista, que todavía en el siglo XXI siguen consideradas como observaciones estrictas. Políticos prácticos tan exitosos como Lenin tomaron en cuenta a Maquiavelo como maestro de la estrategia, y otros estudiosos recuperaron con cuidado la reflexión de fondo de Maquiavelo, tal como lo hizo Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. Nos sorprende todavía que una obra horneada en una mente del año 1513 siga siendo estimada como una guía teórico-práctica, dotada de elementos realistas y pragmáticos.

Regreso de la ética a la política
Como contrapunto a la obra del florentino, queda el tema de las relaciones entre la ética y la política. Mientras tanto la propuesta en El príncipe es clara: dejemos las consideraciones morales de lado, permitamos que el gobernante opere como jerarca absoluto, usando con descaro los mecanismos de mando a su alcance. Pero, al igual que el derecho, y por más que se aleje de consideraciones morales, para la política las estimaciones éticas regresan con ímpetu. El tema de la ética en la política es indispensable, aunque la objetividad científica requiera de darse una pausa y no ponga a las estimaciones éticas en el principio. Es correcto que cada ciencia social pregunte primero por el ser (la cosa misma), antes de abordar el deber ser (de la cosa misma); en cualquier terreno, es acertado que la investigación social encuentre la existencia objetiva de los fenómenos (los hechos desnudos, sin adjetivar mucho) y luego revele medidas correctivas para mejorar los fenómenos humanos. Al mismo tiempo, la tentativa radical de abordar la ciencia social con completa objetividad descartando por completo las preguntas por el deber ser ha terminado (y seguirá acabando) en una tentativa fracasada; porque las personas existimos dentro de la sociedad y tendemos a buscar el sentido y la mejoría. Además, la colectividad nunca es inalterable , está sometida a leyes de transformación, y en ese movimiento el conocer también implica cambiar. Y el autoconocimiento ya incluye una modificación del sujeto observador, pues en sentido estricto “el observador pasivo no existe” para el ámbito donde el discurso se refiere al sujeto que conoce, pues cuando hay interioridad : siempre conocer es cambiar.
Entonces la ética no regresa a la política como un extraño, sino íntegra, desde su interior mismo e incidiendo en lo básico. La pérdida de objetividad de las consideraciones políticas es una eventualidad que a veces acompaña el regreso de la moralidad, pero no marca una anomalía porque la vida política es también análisis dinámico, y como análisis dinámico exige una continua elección. La elección dinámica de la política consiste en tomar alternativas, y para las alternativas entra la consideración ética (lo mejor, lo conveniente, lo justo) y no sólo la eficacia o facilidad. Para elegir el cuestionamiento implica cuál de las opciones de la vida política es mejor: ¿qué cambiar y qué conservar? Esas preguntas son continuas a partir de la aceleración del fenómeno colectivo, ocurrida desde la irrupción de las sociedades modernas.

La aceptación de la ética dentro de la política también acontece como la exclusión de “otras” consideraciones morales del gobierno o el Poder. En especial, para el avance de formas democráticas ha sido trascendente, la separación del Estado respecto de la Iglesia, porque la existencia de una Iglesia “de Estado” apuntala un monopolio estatal sobre las ideas, por tanto, una estructura de dictadura sobre el pensamiento. En este caso, el discurso moral del Estado, revestido de ideas religiosas oficiales, trae aparejada la mayor inmoralidad, es decir, trae la inmoralidad típica de la existencia de un gobierno que intenta dominar hasta en el sutil campo de las ideas, obligando al conjunto de ciudadanos a profesar una misma fe religiosa; donde el Estado convierte a la creencia religiosa en un instrumento servil al mandato material, con lo que también desvirtúa las intenciones morales de la misma religión. En este caso, la irrupción de una manipulación (disfrazada de moral religiosa) sobre la política ha deformado la práctica de Poder durante los muchos siglos, y esta irrupción ocurre desatando violencia y situaciones trágicas. Sin el recurso de la moral o con la inmoralidad de la fuerza desnuda, el Estado se muestra descarnado y amenazante, pero el mismo aparato estatal cuando es revestido de falsa moral se exhibe como una maquina destructiva e intolerante.

Al final, la evaluación de los sistemas políticos debe medirse a la luz (directa o indirecta) de consideraciones que acarrean (al menos de manera implícita) temas éticos, como son el bienestar de la comunidad, el respecto a las libertades de sus ciudadanos, la relación entre el gobierno y sus ciudadanos, etc. Pero estas consideraciones morales no deben colocarse a priori, sin estudiar los sistemas políticos mediante categorías emanadas de la propia actividad como son Estado, partidos, gobierno, consenso, coerción, legalidad, etc. Para estudiar sin falsas ilusiones a la vida política recibimos las aportaciones de un florentino desde hace cinco siglos, quien comenzó a develarnos la esencia del poder: ahí permanece Nicolás Maquiavelo.

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