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jueves, 5 de enero de 2012

FUNDAMENTALISMO Y CONSUMISMO ENFRENTADOS A LA FELIZ NAVIDAD



Por Carlos Valdés Martín


Los marineros que viajaban a la Sicilia romana, debían pasar entre dos torbellinos que devoraban sus barcos ante la mínima falla del timonel; así, la única dirección cruzaba por un justo medio. Las experiencias del consumo se mueven entre dos extremos: inanición y despilfarro, por eso dos ideologías resumen este limitado dilema mediante el fundamentalismo y el consumismo. Las ideologías, por definición son mitad verdad con error y mentira , así que no poseen una ciencia completa, entonces ninguna presenta una visión de fondo al problema humano del consumo, pero veamos qué ofrecen en cada caso.

Inanición casual y voluntaria
La adaptación natural del cuerpo humano resulta paradójica; de un lado, es débil e inadaptado al medioambiente, especialmente durante su larga infancia, y del otro, es la especie más exitosa en base a su mecanismo de adaptación, mediante la inteligencia aplicada al trabajo. Debido a esa acomodación singular al entorno natural, entonces la escasez —incluso, hasta el extremo de inanición— es una posibilidad para cualquier historia. Una escasez desastrosa pudiera suceder: a escala de un país por una sequía y a escala personal por la orfandad o un accidente.

Ascetismo de cuerpo: pobreza natural y artificial
Hay un abismo entre el hambre casual y el ayuno, porque el hambre supone la derrota del individuo . La pobreza del ambiente humano, para las mayorías ha significado una serie de privaciones de distinto tipo, aunque a nivel mundial se supera el hambre estricta, quedan insatisfechas muchas necesidades. En especial, la estructura de concentración de riqueza hace que en el capitalismo, por primera vez en la historia, se genere una aguda miseria artificial; una miseria donde no decide la falta de recursos, sino la mala distribución de bienes y factores productivos abundantes . Los pueblos sumidos en la miseria se convierten en los ascetas involuntarios, población amenazada con la desaparición .
El ayuno en su versión ligera es muy popular a manera de dieta; en su versión rigurosa, el ayuno es un recuerdo de la falta de alimentos y una demostración de la capacidad para afrontarla; con la ventaja adicional de que ayunar es rechazar una situación, y controlar el escenario voluntariamente. El hambre es derrota ante el medioambiente; el ayuno es un triunfo de la voluntad.

Ascetismo de la existencia y tabú parcial
El ascetismo estricto en la alimentación, ejemplificado en un régimen de hambre y desnutrición autoimpuesto es una curiosidad o un desorden psíquico, pero culturalmente se ha extendido sobre la dimensión crucial, que es la misma existencia . Para restringir de un modo ascético la existencia la palanca es limitar la libertad sobre aspectos clave. El caso típico de ascesis sobre la existencia opera sobre el sexo y, por asociación, el deseo. La noción de que cualquier erotismo es desperdicio, y su condena como pecaminoso, resulta crucial en las religiones antiguas de sello represivo; en esa ideología religiosa el sexo debería anularse y sólo permitirse cuando es consagrado para una finalidad útil y filtrada por una purificación . En el pensamiento monoteísta dominante el placer se consideró un pecado y hasta asunto diabólico, por lo que fue condenado . Entonces, por extensión las religiones condenaron cualquier terreno de disfrute, levantando gran cantidad de tabúes y favoreciendo un ascetismo sobre la existencia. Sin embargo, el deseo mismo (el placer más allá del acto sexual) es incontrolable, y las restricciones generan intensificaciones ; por tanto, el ascetismo moral recomendaba anular el cuerpo y la existencia, vaciándolo de placer y deseo, como si fueran el enemigo de la salvación. La fórmula arquetípica fue el ermitaño, escondido de las tentaciones, incrustado en una caverna o una ermita aislada, para vaciarse de sí mismo y entregarse a un único dios, mediante el abandono de él. Sin embargo, el ascetismo material y moral decayó con la sociedad mercantil; y las posiciones religiosas más importantes sobre el tema están modificándose .
La proliferación de tabúes no sólo se basa en una condena al placer . ¿Por qué proliferan los tabúes? Una respuesta es que la libertad (potencialmente extrema) es encausada estrechamente por el camino de los códigos de prohibiciones, medio económico que simplifica las decisiones y estabiliza una forma en la vida social .

Tabú total: fundamentalismo
El tabú parcial es un medio para encausar la libertad y establecer una forma social determinada, como ejemplifican las reglas de parentesco ; en contraste, el tabú total es un medio para encorsetar por completo la libertad personal, ya que impone un código entero del comportamiento, que define todos los actos y subjetividades aceptables. La organización del tabú total a veces es sistemática y asfixiante, de tal manera que únicamente es adecuada para sociedades relativamente inmóviles, como las tribus o comunidades agrarias; incluso, es casi indispensable para inventar una micro-sociedad inmóvil, como sucedió con las comunidades en monasterios católicos . Pero en la vida urbana y, especialmente, en la sociedad capitalista la expresión moral, religiosa o política del tabú total es contradictoria con el movimiento social y también con la estructura de la praxis . El código global de restricciones rápidamente es desbordado por el movimiento social, ante lo cual los adeptos a tales sistemas-tabú encuentran esta disyuntiva: ignorar la realidad o combatirla. Ignorar la realidad social o contentarse con rozarla es una orientación adecuada a las religiones, que prefieren dedicarse al más allá y mantenerse dentro de una prédica moral tradicional, como ha sido la interpretación católica esencial. Pero en ocasiones, los portadores de tales tabúes toman una línea militante en contra del mundo y empiezan a convertirse en fundamentalistas, decididos a que sus códigos religiosos se impongan e, incluso, para intentar imponerse los convierten en sistemas-tabú más rígidos.
El fundamentalismo islámico se ha politizado, pero como movimiento conservador anti-occidental ha acentuado sus tabúes (arreglo personal, alimentación, costumbres) y actividades militantes contra un mundo que devalúan como infiel o satánico. Sin embargo, la batalla del fundamentalismo es una causa perdida, pues quieren detener la agitación de la vida moderna, cuando ellos mismos representan otra convulsión y nunca serán la reencarnación de antiguos jeques .

El ahorro y la riqueza
La limitación del consumo y la costumbre del ahorro han tenido una importante justificación práctica por el beneficio económico que reportan. En los albores del capitalismo, cuando amasar fortunas y crear negocios presentó una relevancia social inusitada, las obras de economía recomendaban encarecidamente abstenerse de placeres mundanos como el camino directo para la riqueza. Incluso Malthuss explicaba el origen del capitalista exitoso, en base a una virtud moral que, al evitar embarazos, generaba ahorros y permitía una acumulación originaria .
La posibilidad misma del ahorro indica la estructura de la sociedad mercantil, donde la riqueza se acumula como dinero. Desde el punto de vista individual es importante contar con recursos para contingencias o lograr un ingreso garantizado para la vejez. Pero el culto al tesoro por el tesoro mismo encierra una fantasía, pues la verdadera riqueza no está en el atesoramiento (valor de cambio) sino en el disfrute (valor de uso) .

Capitalismo actual y ahorro
En el capitalismo, el esfuerzo para lograr un ahorro personal pierde relevancia desde inicios del siglo XX. El volumen global de ahorro de las naciones no depende de la frugalidad del ciudadano sino del sistema financiero y las grandes empresas productivas, las cuales renuevan capitales (amortizaciones) e invierten en expansión. El ahorro es clave para acumular capitales, pero rebasa las costumbres individuales; en vez de la frugalidad ahorradora, una legislación sustituye y obliga a convertir en ahorro una parte del consumo o previsión. Los fondos de pensiones se integran a la tecnología financiera para que el movimiento del capital nacional se beneficie de esos ahorros forzosos de los ciudadanos, y ese mecanismo legal-financiero no depende de la vieja narración del infante que ahorró su primer dólar para jubilarse rico. Por ese lado, en la economía actual la alabanza del ascetismo convertido en ahorro mantiene un espacio muy reducido, se queda en el espacio del individuo .

El trabajo como sufrimiento y el gasto como disfrute
En una economía dominada por limitaciones de las fuerzas productivas —y todas hasta el presente lo han sido— el trabajo contiene la negación del trabajador, contiene enajenación. Aunque el trabajo sea el núcleo afirmativo de la vida humana, su rasgo enajenado implica que trabajar sea un sufrimiento, una limitación de la existencia. Ya que el rasgo enajenado está acentuado en la sociedad, las personas se sienten más a sus anchas fuera de la actividad laboral. De ese modo se acentúa el contraste entre empleo obligatorio y aburrido frente al consumo voluntario y divertido. El consumo se presenta como compensación de las condiciones adversas del proceso de trabajo y los vacíos emocionales de la cotidianeidad, de tal modo que a la sociedad se la tilda como “de consumo” .

La obligación de consumir, producción de necesidades
El producto se debe vender y luego consumirse para mantener el ciclo productivo, por lo que el aumento de las fuerzas productivas capitalistas impele al crecimiento del consumo. En alguna medida, las empresas pueden promover un crecimiento de las necesidades, manipulando los apetitos por medio de la publicidad, que alteran el concepto de lo que se ha considerado la "necesidad humana".
El economista Galbraith ha insistido en la creación autónoma de necesidades desde la producción como un fenómeno de gran alcance . Si la producción es la creadora de necesidades, éstas pueden crecer indefinidamente, alentadas por una tendencia al aumento del producto global. Pero si es una fuerza exterior la que crea las necesidades de los sujetos, entonces hay un vaciamiento, una maleabilidad indiferente de la persona . Desde esta consideración el consumo personal no es una limitación al sistema económico, lo que limita es su restricción presupuestaria, y hasta ésta se relativiza con el aumento del crédito.

El consumismo como compulsión psicológica y compensación
Si las necesidades iniciales (originales o básicas) se moldean, esto se debe a un proceso de sustitución o alteración de necesidades, para adecuar nuevos consumos más ad oc a los requerimientos de la producción.
Mientras el carácter psicológico ahorrativo y metódico era el más apropiado para la adaptación social del individuo en los albores del capitalismo, en la fase madura del capitalismo es menester apoyar una compulsión por consumir; es la llamada tendencia oral, receptiva la más adecuada a repetir los rituales del centro comercial. La boca como órgano y eje del placer lactante es la más adecuada representación de esta actitud .
Las necesidades son un sistema, la deformación de un extremo empuja en direcciones diversas . La psicología clínica ha demostrado que la insatisfacción (erótica y sexual) favorece las compulsiones de consumo. Una represión en el sistema individual de necesidades inicial del sujeto provoca y mantiene un sistema de sustitución de necesidades; por ejemplo, la compra compulsiva de adornos y vestidos nunca satisface las necesidades de amor y reconocimiento insatisfechas. Para la retórica o discurso de la publicidad lo ofrecido en los comerciales visuales necesita de protagonistas hermosos, modelos que exponen su físico y sirve de un sucedáneo del erotismo, una sustitución del contacto directo con personas bellas.
La retórica comercial de la mercadotecnia es altamente incitante, pero poco satisfactoria. El vouyerismo light (en el sentido de mirar rostros y cuerpos bellos) no satisface , pero sí incita, por eso sirve y se ha convertido la retórica masiva, que puebla los espacios publicitarios. La sociedad se convierte en un gigantesco centro comercial, sin embargo, no se favorece la satisfacción de erotismo mostrado de mil maneras, crece la ansiedad erótica.

La carencia desmedida
La mesura para el consumo debería de resultar evidente, definiéndola el cuerpo humano y los objetos consumibles; sin embargo, como derivación de una estructura (el requerimiento del capital) el consumismo pierde su medida . Por ejemplo, el zapato sirve para cubrir los pies y adaptarse a distintas superficies; pero la medida se extravía en una ansiedad consumista, porque el objeto está sometido a condiciones del mercado. ¿Para qué unos zapatos útiles cuando se pueden estrenar y poseer cientos en variedades y marcas diferentes? Bastan unos pocos para separar al zapato de uso, de trabajo, de fiesta, deportivo y descanso. Pero un guardarropa suntuario puede reunir cientos de zapatos con variedades de formas y colores, incluso habrá los que jamás se usen. La variedad de estilos y modas de zapatos es casi ilimitada, pero sus usos no lo son.
Esa desmesura del consumo lo aleja de las necesidades básicas para aliarlo a la imaginación insatisfecha y el poder de compra. ¿Cuántos zapatos son consumidos? Los que se puedan comprar y hasta donde el comprador se imagine que le agradan. Incluso los rasgos de utilidad (comodidad del calzado, protección al ambiente) se alteran y se generan modelos caprichosos. El otro lado de la desmedida del consumo, proviene de las operaciones mercantiles, pues las ventas deben seguir para que se mantengan los negocios, sin importar si los pies de los consumidores ya están calzados, la venta requiere encontrar nuevos productos que adquiera el comprador.

El fundamentalismo: reacción irracionalista ante el consumismo
En más de un sentido el consumismo es ansiedad ante el aparador, porque el consumismo es vértigo frente a la variedad de objetos, el abanico de posibilidades, semejante al vértigo de Soren Kiérkegaard ante la nada. Porque para el fundador del existencialismo la conciencia (en libertad) es un vértigo entre posibilidades incumplidas, por tanto, desesperación entre respuestas que no han recibido su pregunta.
En su extremo, el fundamentalismo es repetir una respuesta única frente a la infinidad de preguntas, porque procura reducir las opciones existentes a una sola, a la monótona indicación de "no". Su código está plagado de la palabra "no" porque intenta abatir las tentaciones y turbaciones del alma, alejándola del “sí”. El fundamentalismo imagina alcanzar un camino hacia la pureza; pero se vuelve el sendero más angosto; pues lo tentador y deseable está afuera y adentro de la conciencia.
La economía y cultura del consumismo traen la multiplicación de focos de atracción y la invasión de las seducciones tentadoras. Frente a la eficacia psicológica de las imágenes publicitarias, lo que imaginaban los cristianos medioevales como tentación de Satanás, resulta juego de niños.
La seducción del consumismo, para la perspectiva de los marginados, presenta imágenes de lo inalcanzable, que traducidas en un lenguaje pseudo-religioso son una emanación con tintes demoniacos. Algunos códigos religiosos cerrados son un antídoto contra el consumismo sin brújula; pero esta cura encierra su lado tóxico cuando impiden percibir y comprender el mundo en que se vive. Quizá sirven para adaptarse a un destino cruel, pero la respuesta fundamentalista desconoce cuál es el motivo de su dolor, ignora cómo curarlo y, en suma, ignora qué es el mundo.

Las necesidades falsas y la recuperación de las esenciales
Cuando la falsa necesidad grita que ella es como el juramento judicial anglosajón “toda la verdad, nada más que la verdad y solamente que la verdad”, entonces el mundo está de cabeza, pues la máscara grita que es la cara. ¿La máscara es la verdad de rostro? Jamás. Más allá de la necesidad artificial está la falsificación . Sin embargo, la falsificación es una exigencia masiva que las empresas y los ciudadanos aceptan; tras un complejo proceso social y de publicidad aceptamos el extremo de necesidades falsificadas como una urgencia. La exigencia de un aroma agradable se convierte en deseos de marcas prestigiosas. ¿Importa la fragancia misma? No, lo importante es que sea una fragancia de marca, rodeada por una compleja mercadotecnia del glamour. La discusión se vuelve compleja, porque los testigos para la veracidad de necesidades se encuentran dentro del caracol de las incongruencias . El consumidor es acusado y jurado. ¿Necesidad falsa? Pero si el consumidor ha pagado por ella; entonces las críticas a las falsas necesidades parecen un capricho de los intelectuales. Los consumidores declaran sobre su "marca favorita", pero cambia la marca y el modelito cada temporada; el ejercicio de la moda es un juego de gustos momentáneos y, al final, aparece la frustración.
Claro, la batalla de cada quien por encontrar su necesidad verdadera es, en gran medida, sencilla y accesible. El poder del consumidor está cercano a su presupuesto. Basta usar la máxima socrática de “conócete a ti mismo” para restablecer el contacto con las necesidades auténticas. La mercadotecnia pone trampas y quien no está dispuesto a educarse y atender lo importante, seguirá metido en las urgencias de la moda, y casi siempre con el bolsillo vacío, porque ningún dinero alcanza para perseguir el ritmo de las modas caprichosas. Pero quien se dedique con interés y tiempo a reconocer sus relaciones con las personas y su propio cultivo personal, obtendrá satisfacción para las necesidades más esenciales.

El prójimo y ejemplo del jipismo
Por buena fortuna, el productos humano por excelencia está en la convivencia directa, y ésta carece de marca registrada. Las relaciones inter-personales implican saltarse las trancas de inter-mediaciones de cosas (el dinero, las mercancías), y aunque una relación personal comience en el mercado, la presencia personal logra encuentros cara a cara, persona a persona. El medio técnico de comunicación inmediata (telefonía, carta, email, videoconferencia, red-social) dispersan en aspectos (únicamente voz, texto, imagen), dan formas (formatos de cómputo) o saltan el espacio (en esencia, muchas son telecomunicaciones) pero no destruyen la relación persona a persona (o en grupos). Los otros medios reproductivos, como la representación de televisión, el videoclip musical o el comercial de propaganda forman los duplicados fantasmas de las relaciones interpersonales. La calidez y el efecto poderoso de las personas inmediatas nunca es superada por la duplicación técnica, aunque los televisores tengan perfección en las imágenes (como en la tercera dimensión audiovisual). Por eso reacciones culturales han tenido éxito en apelar a las relaciones humanas sencillas, directas y naturales, como ocurrió con el jipismo desde los sesentas. Apelar a las relaciones personales como una guía superior de los valores morales, implica rupturas importantes con el mundo del consumismo, enfrentarse contra alteración mercantil de las necesidades; porque para el consumismo asumir la moda se convierte en un valor práctico impresionante, obligando hasta agotarse en un estilo “workholic” (adicto al trabajo) y ganar lo que la moda exige. En un sentido moral la sencillez hippy se opone a la seudo sofisticación consumista, sumergida en las marcas y sus valores aparentes. Esa sencillez se dirige hacia lo básico, que son las personas. La necesidad del prójimo es una carencia que sí se sacia, mientras los apetitos de moda son insaciables y evanescentes. En las personas radica lo importante. Claro, se requiere de objetos modernos y nadie en su sano juicio propone deshacerse del agua y electricidad en los domicilios; las estufas y las licuadoras han permitido una alimentación abundante y sencilla. Pero nadie logra la felicidad al abrir el grifo del agua; la aportación de objetos consumidos es trascendente si el sistema de necesidades de cada quien está relacionado con las personas. El consumo por el consumo mismo es un círculo bordado en el vacío; y los mercadólogos se dan cuenta de ello, por eso nos incitan a vincular el consumo con nuestros seres queridos. Gran parte de la venta se sustenta en el amor filial o de pareja; por lo mismo, el concepto mismo de Navidad se relaciona en dos polos que confluyen en el regalo: consumo y relación generosa.

Regalos, Navidad y frustraciones
La gran fiesta era un largo regalo que duraba varios días hasta que se aniquilaban los recursos que el jefe local había aportado, porque el regalar era parte integral de la solidaridad entre las viejas comunidades. Era una práctica de democracia económica espontánea, porque por tradición los ricos debían aportar a la colectividad, de tal modo, que los gastos en ofrendas y fiestas ayudaban a mitigar las distancias sociales, pero a confirmar las jerarquías . Además, esta costumbre evitaba la acumulación de capitales, pues ciertos medios de consumo agrícolas y medios de producción eran sacrificados en aras de una alegría pasajera. El nivel de dilapidación de esos pueblos sería considerado una irracionalidad económica bajo los criterios capitalistas, por ejemplo, ciertos nobles aztecas para tomar posesión de un cargo debían de acumular alimentos (muy apreciados como guajolotes) por dos años hasta contar con la cantidad suficiente para invitar a la gran fiesta que debía acompañar a su solemne posesión.
Un gasto “en exceso” está incluido en la noción de dar regalos y eso es importante; porque en el regalo se supera el frío cálculo económico del tráfico de mercancías. Las normas de etiqueta del regalo incluyen borrar el rótulo del precio y nunca revelarlo al destinatario. La lógica última de reglar es unilateral, por eso contraría al sentido común de reciprocidad mercantil, que es un continuo doy para recibir. Incluso, cuando los regalos son estrictamente recíprocos, como en un intercambio de regalos, por otra norma de etiqueta se conviene en envolverlos y, así, ocultarlos. Una envoltura presta servicios tanto a la emoción por misterio, como a remachar la lejanía con el precio. El regalo escapa del circuito de las mercancías y, cuando se abre la envoltura, no contabilizamos dentro del PIB, sino que sumamos expansiones del ego.
La regla de expansión del ego dice que mientras más damos es mejor, porque eso demuestra nuestra potencia, el “dar” suena a generosidad. Y viceversa, también mientras más recibimos el ego crece, porque eso demuestra cuánto somos queridos. Esto sería idílico si no fuera porque la situación de regalo es excepcional, pues tras las fronteras del regalo sigue la restricción de presupuesto.
La carencia de medida objetiva del regalo se adapta y sirve para los fríos cálculos de mercadotecnia. La enorme producción industrial moderna requiere de un volumen impresionante de ventas, y las tradiciones del regalo están integradas a los requerimientos de mecanismos comerciales. La publicidad propone los objetos seductores, candidatos idóneos del regalo, y convierte la generosidad en una asfixiante presión sobre los bolsillos. Al amor por los "seres queridos" es ilimitado, el deseo de agradar a quien se ama no acepta restricciones presupuestales, y por lo mismo las tentaciones tras el aparador se convierten en un suplicio. ¿Un suplicio? Con frecuencia: la amorosa madre quiere que su niña reciba la más impresionante muñeca parlante; el tierno esposo quiere para su mujer un automóvil del año, y hasta los niños intentan regalar durante la euforia navideña. Por desgracia para la absoluta mayoría, el presupuesto de Navidad está limitado a un aguinaldo para repartirlo entre regalos, cena y (en ocasiones) viaje. Cada persona quisiera (también yo) dar y recibir los regalos más espectaculares, más sorpresivos, más inusitados, y darlos hasta el exceso y recibirlos sin merecerlos; dar y recibirlos en exceso gratuito, así nada más, regalados. Por desgracia ahí está la barrera final del presupuesto limitado y en esta frontera incluyo el crédito al consumo, donde ya no hay un más allá.
La mayoría no parece sufrir decepciones navideñas, pero es un hecho conocido la frustración invernal. Muchos deseos fracasan en Navidad. Quizá no aprendimos a convivir con la frustración y nos ponemos “de malas”. Y tras la frustración vienen las carotas. Las expectativas sin cumplir pasan del malogro al enojo. De ahí viene ese fenómeno tan curioso entre algunas familias cuando se reúnen a cenar al final del año. A la decepción y al enojo, debemos sumarle el efecto emocional del alcohol, que desinhibe y hace perder la templanza. No ha terminado la reunión familiar navideña cuando empieza, sin saberse cómo, un pleito familiar. A veces, tanto esfuerzo trabajando un año completo, para obtener un aguinaldo, usarlo en comprar regalos, dedicarse a buscar el adecuado para cada cual, envolverlo gratamente y preparar una cena que sea el marco adecuado a una fiesta. ¿Y todo para qué? Si antes no se han saneado las buenas relaciones entre los familiares, el ritual del regalo resulta hueco y es un gesto vacío. Cuando los familiares mantienen buenas relaciones y no guardan rencores ni “cuentas pendientes”, entonces los gestos de brindar regalos y comilonas resultan sinceros. Habrá mucho para festejar, aunque los objetos envueltos en celofán sean modestos, porque los entregan corazones honestos y deseosos de compartir.


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