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sábado, 21 de enero de 2012

INCENDIO DE BLANCOS



Por Carlos Valdés Martín

Pedroza despertó sudando y con una sensación de calor sofocante, pues sintió un mar de fuego en su centro de trabajo: la Gran Tienda de Blancos. Esa clase de sueño denso y realista lo desconcertaba, casi siempre olvidado con la prisa matinal pero en ocasiones lo recordaba. Conservaba detalles, mas la prisa por acudir puntual lo sacó del carril de los recuerdos y se vistió rápido para conservar un modesto premio mensual por puntualidad. Cuidaba con esmero su puesto como gerente del departamento de ropa para caballeros, así, corrió hasta su trabajo y luego, en el descanso del mediodía, recordó algo del sueño.

Recordar
En el pequeño televisor del supervisor de almacén aparecían las noticias y, como descuidado, se detuvo un minuto a saludar, cuando lo atrapó una nota. La noche anterior otra gran Tienda Departamental, parecida a donde él trabajaba, había sufrido la desgracia de un incendio y la tragedia consistió en que esa misma noche la Dirección decretó una auditoría urgente y seis empleadas anónimas quedaron encerradas para cumplir esa tarea. Cuando el evento se inició la tienda estaba cerrada por fuera y el sitio sin salidas se convirtió en trampa mortal para las empleadas y como el fuego creció paso a paso, una trabajadora alcanzó a telefonear a su madre suplicando auxilio. En el televisor se escuchaban los sollozos de la madre pues los bomberos llegaron demasiado tarde, y cuando forzaron las puertas cerradas las chicas ya habían fallecido. Los locutores de noticias comentaban escandalizados: seis jóvenes muertas por el estricto encierro durante una auditoria: ¿seguridad excesiva o avaricia pura?
Y el sueño de Pedroza tenía relación directa con lo acontecido, así, que intentó acordarse pero con dificultad, pues los sueños se alejan con el trajín diurno.

El incendio de la gran tienda departamental
Transcurría el atardecer, por lo demás mortecino e indolente, pero la flamas crecían hasta alcanzar el alto techo de la gran empresa. El edificio dibujando un rectángulo macizo de ladrillos y concreto, se lamentaba con crepitaciones y sudaba humo por sus ventanas superiores. Los gritos de unos transeúntes y las alarmas del camión de bomberos aproximándose definían el espacio de una desgracia, mientras las miradas se concentraban para descubrir la gravedad del suceso y los más precavidos se alejaban en dirección completamente opuesta. El vigilante de la entrada gritaba para alejar a los curiosos, temeroso pues las llamas avanzan sin un rumbo fijo y sentía una conflagración mayor. El subdirector general se había percatado desde un inicio del avance de las flamas, y revisaba febrilmente a los clientes, para evitar una fuga de mercaderías en mitad del pánico. Las cajeras se abrazaban y lloraba ya afuera del inmueble, mientras clamaban: —¡Hay gente adentro!

Perfil de caricatura
Le decían Pica-piedra porque Pedroza parecía un personaje de caricatura, de talante rudo y robusto. Había salido unos minutos del local por su privilegio de gerente de departamento y cuando regresó con su almuerzo bajo el brazo se desesperó porque los bomberos estaban acordonando “su” Tienda, la Grande de Blancos donde hacía responsablemente su vida laboral desde hacía 30 años. Lo contrataron siendo un mocito, antes de la mayoría de edad, y ganó las simpatías de todos los empleados, incluso la confianza del dueño anterior, don Jacinto, quien falleció hace cinco años. Sin mayores ambiciones Pedroza se conformó y sintió realizado con el mejor puesto para su mínima educación y manejó esa gerencia de la ropa de caballeros durante dos décadas.
Cinco años antes falleció el dueño original y desde entonces Federico, el hijo mayor manejó el negocio, abandonando el estilo de una diaria supervisión personal. El nuevo propietario prefería no involucrarse con la operación diaria del negocio y aprovechar el aspecto financiero de la empresa, así que mandaba traer periódicamente a su mansión a los empleados de más confianza. Entre otros empleados de gerencia, a Pedroza lo mandaban a llamar esporádicamente para informar de detalles insignificantes y de los chismes, tomándolo como termómetro de las actitudes de los empleados.
Y Pedroza se sentía muy honrado por las eventuales y breves asistencias a esa mansión en las Lomas de Chapultepec.

Escena interior
Al regresar con su almuerzo en mano, Pedroza miró a los bomberos lanzando un chorro de agua contra un costado humeante de la tienda, y también una cinta plástica para impedir el paso hacia la puerta principal. Confundido entre su sueño y el shock del presente Pedroza no pensó en las consecuencias, así que aventó su almuerzo y chaqueta al otro lado de la cinta de seguridad como el héroe que lanza su espada tras las filas del enemigo. En ágil silencio simplemente se escurrió bajo la cinta de seguridad y sin pedir permiso, se metió por la puerta principal donde salía algo de humo y se dirigió hacia la zona de almacenes donde estaba concentrado el fuego.
Adentro Pedroza avanza y grita pidiendo a los demás empleados que salgan. El vocerío no es escuchado, porque ya se han escapado los empleados y clientes, excepto Juan Canto, quien sufrió una intoxicación al conducir a la encargada de costuras fuera del departamento de caballeros, entre sacos y pantalones finos de casimir. Juan Canto permanece tendido en el suelo, perdido en un duermevela de gases negros, sin capacidad para moverse, pero alcanza a emitir un quejido

Interior de la “escena interior”
El fuego baila y hace su festejo, con lenguas rojas y tornasoles convierte en humo y crepitaciones lo que fueron contenedores de ropa y telas amontonadas. La máxima alegría de las flamas es contonearse rápidas sobre los encortinados, que vencidos por el arrebato del calor, se desprenden como hojas muertas de un árbol volcánico. Y la belleza de las flamas hipnotiza, pero el calor agresivo engendra miedo y pánico en el espectador; el humo resulta repulsivo y picante. Espectáculo distinto al televisivo, pues las flamas avanzan hacia Pedroza, y la sensación terrible del calor convirtiéndose en quemadura lo invade. Y no resultan heridas efectivas, pues varios metros lo separan de esas llamas vivas, pero el aire transmite el calor y avisa la proximidad de la quemadura. Así, Pedroza invoca a la osadía para alcanzar al amigo caído y rescatarlo con ágiles arrastradas, hasta cubrir los pocos metros que lo separan de la salida de la Gran Tienda de Blancos.

Instante de heroísmo
Por el destino ese leve quejido de Juan Canto traspasa el crepitar de las llamas y entonces con agilidad Pedroza acude con él y lo arrastra rápido hasta la salida, donde acuden los bomberos. En cuanto los profesionales contra incendio se percatan, cuestionan a Pedroza por su imprudencia y atienden al intoxicado, quien con los primeros auxilios recupera la salud.
En sincronía, los otros empleados y los bomberos se dan cuenta del acto de Pedroza. La afanadora de limpieza, Martha, abraza con ternura al héroe del día y le susurra al oído palabras de admiración. Con la adrenalina hasta los huesos, Pedroza se siente purificado como recién nacido y no quiere aplausos ni cariños sino seguir corriendo y volver al interior, pero los bomberos ya alertas se lo impiden junto con un policía, mandándole que se aleje.
El primer periodista en acudir al sitio, con una pequeña grabadora le pide una declaración y sofocado por el esfuerzo y bocanadas de humo, Pedroza sólo alcanza a articular “fue difícil, difícil”. Entonces cruza por su mente que en unos instantes quizá llegarán reporteros de la televisión y siente temor por su cara sin gracia como de caricatura; mira sus manos y las descubre cubiertas de hollín, luego ve la ropa también salpicada con pequeñas manchas. Siente vergüenza anticipada y se imagina que los parientes y amigos se burlarán de su apariencia terrosa en un noticiero de cadena nacional, entonces se aleja con pasos apresurados.

Al escaparse se detiene y descubre que él único un motivo válido para alejarse sería avisarle a su patrón. Se dirige a una cabina telefónica y ahí marca, pero como no recibe una respuesta rápida sino surge la voz de la grabación de contestadota, decide ir a dar un reporte personal con el dueño.

Escena posterior
Por su mente el viaje desapareció, pues angustiosamente imaginaba escenas de incendio, donde el personal quedaba encerrado por causa de un inventario. En efecto, los inventarios se hacían en las noches, y se procedía a encerrar el establecimiento por completo, para evitar que nadie pudiera alterar el estado de las cosas auditadas. Imaginaba una caja cerrada con candados, que se incendiaba desde el interior, y adentro perecían las obreras y las cajeras. Las oleadas de imágenes fuertes hasta con olores a leña sobrepasada se le agolpaban incesantemente. Tenía ganas de gritar, y abría la boca para tragar aire imaginando la sofocación de un encierro entre humo y llamas quemantes: el evento no terminaba en su cabeza.

Al tocar la puerta de la mansión lo recibió un hada madrina del aseo, y lo pasó. Se habían visto antes y la señora con timidez le mandó pasar al baño para lavarse antes de entrevistarse con el patrón. ¡Qué fresca se siente el agua en la cara luego de un incendio! Para Pedroza es mejor que un bautismo y percibe una alegría contenida entrando por cada poro refrescado. Luego la mucama lo dejó sentado una sencilla salita de recepciones, la primera de tres habitaciones que separaban a la verdadera sala de visitas del dueño.
Pedroza esperaba un recibimiento efusivo o alarmado, pero Federico vestía una bata y con señales de dormido, el pelo malplanchado por la almohada, y emanado el calor conservado por las cobijas. La hora no ameritaba esa somnolencia, pues ya transcurría la hora de comer. En fin, Pedroza lamentó sin palabras las extrañas costumbres del rico y, al menos, esperaba alguna efusividad del dueño, pero las explicaciones nerviosas y breves de Pedroza cayeron en una red de molicie. El dueño bostezaba insistentemente, cerraba los ojos lagañosos, no miraba a los ojos del visitante sino hacia la lejanía y bostezó tanto que hasta se disculpó por su narcolepsia evidente.
Al terminar las explicaciones, Federico Robles Junior sonríe como un heredero de fortuna logra hacerlo: con una mezcla de satisfacción y vacío existencial. ¿Por qué algunas fortunas oscurecen el alma de los sucesores? Y al comentar Federico recupera el humor: — Por esto hecho van a bajar las acciones de la empresa, pero antes con una operación financiera tengo unas 24 horas de margen para ventas en la bolsa de valores de Nueva York; luego de que la mala noticia haga efecto, auto-compro en la bolsa mexicana mediante un tercero; pero si cae más allá incluso me apalanco, compenso con una campaña publicitaria para recuperar la confianza de los inversionistas, y así sobre-compenso las pérdidas de inventarios con las ganancias bursátiles, además de cobrar el seguro también compensando inventarios y el tiempo de inactividad de la tienda; al final, ganancias dobles o triples.
Esa explicación, surgida de los magníficos textos de econometría estudiados durante la licenciatura en una escuela privada en el extranjero, Pedroza no la entendió, pero sintió un alacrán vaporoso en el estómago. La sonrisa autocomplaciente y de superioridad de Federico le causó una nausea, que intentó contener mientras duraba la conversación.
Notando la turbación de Pedroza pero sin adivinar el motivo, Federico preguntó si no había heridos graves por el evento, un tanto por cortesía y otro poco por una chispa de humanidad. Luego volvió a su extraña sonrisa al recibir la noticia de que hubo un herido leve y comentó: —El tarugo de mi competidor, tenía encerradas a sus auditoras con el otro incendio de antier, y los noticieros lo están haciendo polvo aunque sin afectar su economía, pero nuestra cadena comercial con un herido leve saldrá beneficiada por las noticias, pues son publicidad gratis.
Y cuando dijo “publicidad gratis” puso cara de niño recibiendo un regalo navideño, pero sólo fue un momento, pues sin disculparse salió corriendo hasta su recámara y en menos de un minuto regresó muy excitado y con la nariz manchada de polvo blanco. Luego, en una especie de monólogo, Federico desvarió sobre los efectos de las acciones bursátiles y las noticias en el stockmarket. En pocos segundos, Federico hablaba a gritos y gesticulaba con las manos, fantaseando con un auge de sus valores bursátiles.
Pedroza descubrió asombrado que no escuchaba más desde una posición inferior, ahora miraba a un igual; por un súbito desgarrón se cayó ese telón social que lo confinaba a su posición inferior de empleadito semi-ignorante y temeroso de perder su sueldo. Estallaba su revolución interior, en silencio desfilaba el igualitarismo de las Revoluciones Francesa, Mexicana y Rusa alimentando los glóbulos vitales de sus arterias, para empujar el resorte inconciente de sus piernas y manos fuertes. Desde esa posición no estaba para aguantar las voces y casi chillidos que lanzaba Federico, además a su descubrimiento se unía una nausea y adrenalina subidas, así que se precipitó y saltó para callar al dueño.
Sin intención violenta ni mediar advertencia Pedroza se abalanzó intentando taparle la boca y como encontró resistencia buscó también atrapar los brazos de Federico, quien se espantó y forcejeó con simples reflejos de juventud, cayendo ambos sobre una elegante mesita de caoba. Esa súbita energía corporal no encerraba violencia ni malicia, al contrario él sentía su acto como un beneficio para el joven dueño pues evitaba el ridículo de más palabras atolondradas. Pedroza manoteaba, jalaba un brazo y empujaba para poner su manaza sobre la boca del anfitrión, quien empezó a gemir para pedir auxilio. Apurado por imponer su decisión y acallar rápido al oponente, Pedroza lanzó una bofetada tan sólida que dejó noqueado a Federico, quien quedó flácido como paralizado sin sentir su humanidad.
Espantado por el cuerpo flácido, el empleado sólo alcanzó a lanzar un tibio “disculpe usted” y depositó rápido a Federico en el sofá, para luego alejarse casi corriendo.
En el siguiente instante, Federico caía en un súbito cansancio mezclado de tristeza con sorpresa, y cuando acudió la mucama por el ruido, él seguía sentado y la despidió con un gesto de mano. Sin comprender lo sucedido se sobaba la mejilla, con vaguedad recordaba la lucha bíblica de Abraham contra el Ángel, mientras ampliaba una estratagema bursátil para sacar provecho del incendio y lamentaba lo que interpretó como una misteriosa ingratitud.
Cuando salió casi corriendo de esa mansión, Pedroza se detuvo y escupió para vaciar un bocado de bilis amarilla.

Retorno al estado de vigilia
En el viaje de regreso ¿a dónde? Pedroza intentaba mezclar el incendio con la imagen ilusa de un ruidoso salón principal en la bolsa de valores: por un altavoz se escuchaba la noticia de una conflagración y se imaginaba a operadores de la bolsa brincando en bandos opuestos de alegría o tristeza, luego ellos sonriendo con muecas extrañas como si fueran propietarios de algo grande pero desconocieran por completo su valor. El gerente de ropa como visitante en un país extranjero cavilaba desconsolado: ¿si en el incendio mueren los empleados afecta al mercado de valores pero si quedan heridos entonces no? En el onírico camino de regreso a la Gran Tienda de Blancos empezó a sonar un timbre como de despertador y le extrañó ese ruido, porque en el transporte público no existen esos aparatos. Procuró ignorar el sonido de la alarma, pero no pudo y al terminar esas ensoñaciones lo levantó un sonido terco de la alarma-reloj junto a su cama.

Alzó el aparato despertador y abajo miró unos recortes de periódico doblados. Por séptimo día consecutivo leyó el recorte de periódico donde anunciaban la noticia de las jóvenes fallecidas en la otra empresa, ahí decía: “el 9 de noviembre de 2011 en la ciudad de Culiacán, México, se incendió el almacén Coppel y murieron 6 empleadas pues esa noche estaban encerradas para efectuar la auditoría de inventarios”. Al terminar la relectura soltaba una lágrima furtiva y recordaba su acción de salvavidas desinteresado. Ahora sí, ya se acordaba del lado oscuro: él contaba una semana desempleado por abofetear al dueño, la ilusión de un empleo vitalicio hasta jubilase se esfumó y ya no tenía sentido ese reloj despertador tan temprano. Luego pensó que sería ese el tiempo justo para comenzar un cambio libre de ataduras, quizá una verdadera iniciación que traspasara otro fuego, uno más sublime.

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