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domingo, 15 de septiembre de 2013

FALSEDAD DEL “PRINCIPIO WILSON” IGUAL A LENINISMO



Por Carlos Valdés Martín

Resulta sorprendente que autores reconocidos de la izquierda académica identifiquen al leninismo con el wilsonismo en el tema nacional. De hecho proponer un binomio Wilson-Lenin para explicar la ideología de la liberación colonial es un completo disparate de Wallerstein, para acomodar los hechos a su sistema-mundo[1]. Es evidente que los giros de la historia, convirtiendo a los ganadores de ayer en los derrotados de hoy, implica un cambio curioso de perspectivas. La perspectiva de Marx ha sido el fundamento para la izquierda práctica y también para la académica de los siguientes siglos. Si bien, el marxismo práctico sufrió una debacle y el teórico quedó marginado, todavía el eco del “viejo topo” sigue resonando en diversos ámbitos. En la historiografía de izquierda Hobsbawm[2] y Wallerstein son dos importantes puntos de referencia para sus visiones. De Wallerstein resulta sorprendente que empareje a la interpretación radical (bolchevismo ha sido sinónimo de radicalismo), con el centro liberal. Quien conoce en detalle las posiciones marxistas, sabe que la propuesta práctica de Lenin sobre la “autodeterminación de las naciones” no esun objetivo en sí, sino representa una propuesta transitoria, donde se establece una alianza entre el proletariado y las clases de un país oprimido (un bloque popular, que podría incluir a la burguesía local) en contra del imperialismo (la burguesía externa, opresora y militarista). A diferencia del “programa de Wilson”[3], donde la nación misma es un objetivo deseable, para Lenin el tema nacional pertenece a la táctica política y no la búsqueda de un “principio nacional” superior al principio socialista.

Existe una curiosa armonía entre los opuestos del drama histórico. Para el marxismo Wilson como gobernante de Norteamérica ha representado el bastión del imperio en versión moderna: sostenido por la industria, amurallado por una democracia formal, con dientes de armamentismo y garante final de la desigualdad mundial. Lenin como artífice de la primera Revolución Socialista exitosa ha sido admirado por ser quien culminó la ciencia social marxista y la convirtió en práctica revolucionaria: quien aterrizó la teoría para convertirla en la crítica de las armas. La contradicción entre Wilson y Lenin es la más obvia para el marxismo clásico. Sin embargo, el tema nacional siempre ha generado curiosas polémicas y una marxista ortodoxa, Rosa Luxemburgo protagonizó una áspera polémica, cuando Lenin todavía era visto como un aspirante. La militante alemana fue brutalmente asesinada por la derecha de su país, mientras Lenin levantaba la victoria del “Octubre Rojo” y se definía como el faro de las aspiraciones revolucionarias. El ruso se convertía en el paladín de una estrategia victoriosa y la alemana era respetada por su heroísmo, pero olvidada como estratega práctica. Así, que la polémica en torno a las tácticas nacionales se resolvió de modo práctico y sin meditarlo demasiado, se desechó el “internacionalismo abstracto” de Luxemburgo, quien no aceptaba la bandera de la autonomía nacional dentro del programa socialista, por considerarlo como una concesión al programa burgués. La discusión sobre el tema nacional (en su lado operativo) se detuvo y se creó el prejuicio de que Lenin siempre tenía la razón práctica, por lo que la autonomía nacional se integró como una demanda de izquierda marxista, sin más dudas.

Al pasar las décadas, algunos académicos de izquierda se han quedado perplejos y le colocan un letrero extraño a Lenin para colocarlo junto con Wilson, su antagonista. En el curso de los sucesos, el fenómeno de la oleada de independencias nacionales y el fracaso en la construcción del socialismo terminan por confluir. Ya no quedan los grandes contendientes que reclaman al socialismo-comunismo como una sociedad alternativa. Permanecen muchos Estados nacionales como recuerdo de las luchas pasadas.

Debemos recordar el trayecto anterior, donde parecía claro que la “autodeterminación nacional” de Lenin representaba un escalón en el trayecto de la federación de repúblicas socialistas, y de hecho, el mentado derecho a la autodeterminación de las muchas nacionalidades oprimidas se convirtió en integración dentro de la URSS. Esto significó que el tránsito hacia el estalinismo aplastó las autonomías nacionales bajo la mano de hierro de la dictadura, de tal modo que la autonomía legal quedó como una ficción, bajo el manto del Estado “socialista”. Quienes interpretan las historia a partir de intenciones (lo cual casi siempre es absurdo) cuestionarían si el leninismo no es una zanahoria nacionalista para disimular el palo estalinista. De todas maneras, incluir a Lenin dentro del nacionalismo a secas es más que una injusticia y, al menos, significa confundir el tránsito (ofrecer hasta independencia total a la nación oprimida) con el objetivo de unificar en un solo organismo estatal socialista. Para el marxismo esto era bastante elemental al inicio del siglo XX, pero al final del siglo pareciera ser un argumento complejo.

Para Wallerstein, la posición del Presidente Wilson es un eje del liberalismo[4], por cuanto remitiría a un principio de soberanía popular como fundamento y además representaría la afinidad con el principio nacional. Sin embargo, también el socialismo de los siglos XIX y XX termina asimilado a variedades del liberalismo. Para eso construye un concepto de liberalismo que no es ortodoxo ni estricto, sino invento propio: adaptación al cambio que se acepta como la norma, asumir que la soberanía residen en el pueblo, algún concepto de libertades, pero finalmente favorecer el poder del Estado. Ese concepto, para Wallerstein termina coincidiendo con los conservadores y socialistas, que solamente serían acentos de la misma ideología de fondo (una respuesta al cambio como normal, desde el final del siglo XVIII, iniciado con la Revolución Francesa).

Basta una mirada ligera para observar que las acciones y doctrinas de Woodrow Wilson no expresan una pureza de principios nacionalistas (de “a cada nación debe corresponder un Estado”), sino una mezcla inestable y adaptada a una época. Wilson no fue un gobernante o ideólogo puro en el sentido de respetar el derecho de las naciones a la autodeterminación, sino cuando ese principio parecía coincidir con "su propio” interés nacional (incluso de grupo gobernante). De ese modo, él promovió invasiones en México y Haití. La posición de la Primera Guerra Mundial y su desenlace resultó favorecedora para una interpretación “benévola” del wilsonismo, favoreciendo creer que sí establece el principio nacional, sin embargo, eso es impreciso. En la práctica política, Wilson también transige o favorece el mantenimiento del sistema colonial; en cambio, Lenin sí fue enemigo de las colonias imperiales de ultramar. En ese punto crucial, los líderes políticos presentaron opciones tan contrarias y distanciadas que es un sinsentido proponer su unificación.



NOTAS:


[1] Véase la síntesis en WALLERSTEIN, Immanuel, Después del liberalismo.
[2] También Hobsbawn utiliza el término de Wilson-Lenin para señalar la unidad del principio nacional que identifica como deseable el Estado-Nación como programa político. Cfr. Naciones y nacionalismo desde 1780
[3] Colocar al Presidente norteamericano Wilson a la cabeza de la oleada de liberaciones nacionales es una injusticia histórica, casi una aberración. El “principio” de independencia de las naciones fue planteado antes, por muchos y con gran notoriedad. Por ejemplo, Benito Juárez en México. En cambio el programa de Wilson fue muy timorato al respecto y adaptado a las necesidades de los ganadores de la 1ª. Guerra Mundial.
[4] WALLERSTEIN, Immanuel, Después del liberalismo. 

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