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viernes, 9 de octubre de 2015

ESTO NO ES UNA HISTORIA DE LAS GROSERÍAS





Presentación: Nuestro invitado especial de origen norteamericano, Juan Lomas Jr., nos deleita con el siguiente relato donde expone el habla ríspida y los tropezones del idioma. Desde la lejanía cada palabra se mira con otro cristal y adquiere nuevas tonalidades. El relato contiene informes desde dónde vienen y hasta dónde escapan groserías e insultos que circulan y no se dejan atrapar; aunque las alimañas y virus lingüísticos han quedado estériles, sobrevive el ardor. Ya se dijo lo que esto no es, queda por exponer lo que sí es. Carlos Valdés Martín.


Por Juan Lomas Jr.

Un caracol escalaba por el espinoso tallo de una rosa, cuando Santiago Sotavento nos recordó insultos de los años de infancia:
—Pendejo atómico, bobo de capirote…
Mientras me acomodaba en una butaca escolar, vi por la ventana un rosal en primer plano, cuando Santiago escribió con gises blancos sobre un pizarrón tradicional verde oscuro. Eran gises auténticos con olor a cal y hasta palmeó el borrador, saturado de polvo para comprobar su despecho contra las pantallas inteligentes e imágenes tridimensionales de tecnología “no touch”. Luego que palmeó el borrador, Santiago tosió y resonó su eco ligero atravesando los patios solitarios.
Era una reunión amigable y nostálgica, para respaldar su preparación de una conferencia titulada: “Tres veces tonto: el ocaso y renacimiento del insulto”.
Esa escuela permanecía cual una cápsula del tiempo: en mitad de la gran ciudad renovada con rascacielos de puntas plateadas y vidrios cromados que resplandecían al atardecer. En contraste, ese plantel permanecía chato y a ras de suelo, con barandales escoltando escaleras mínimas y aulas aisladas, rodeadas por pasillos de pastos y cemento. Según comentó Santiago Sotavento, el sitio era hostigado por el ayuntamiento y una enorme constructora que ansiaba sustituirle con edificios comerciales.
De cuerpo compacto y ojos risueños, Santiago se caracterizó desde su infancia por buscar la elocuencia, sin embargo, no era arrogante; siempre se aconsejaba para afrontar algún reto, así adquirió un prestigio de concienzudo y buen investigador. Su carrera académica en la Universidad Nacional fue tardía, pero avanzaba sin tropiezos. En ese periodo se encontraba ante un dilema: empujar las investigaciones filológicas fuera del añejo carril del significado de las palabras por sus raíces y la cita de libros viejos, para incursionar en una novedosa sociología del lenguaje, con una síntesis que habría agradado al filósofo Ortega pero desconcertado a Wilkins y al Consejo de la Real Academia. Aunque Santiago no pretendía redescubrir la interacción entre lenguaje y sociedad, pues todos conocemos la tesis materialista de que el mono se volvió humano por el lenguaje y que la palabra compartida es la única existente; entonces esas serían plataformas y él volaría desde ahí su cometa de ideas.
Completaba la asistencia Rimbaldo Rivadeneira, el amigo aficionado a la heráldica, distinguido por su memoria portentosa y meterse en problemas sin proponérselo. Así, que éramos tres los asistentes: añosos cómplices de infancia. Recordamos siempre la ocasión en que Rimbaldo se encerró en un casillero metálico, guardando la llave al interior. Entonces era joven y cabía en el casillero, pero eso de guardar consigo la llave, cuando solamente hay acceso a la cerradura desde el exterior. Su travesura fue una caricatura de Houdini, que mantuvo en vilo a la directora de la escuela, pues temía que él terminara asfixiado. Al principio el niño dramatizó y acentuó esa impresión pues —fingiendo una vocecilla de actor— se quejaba de asfixia progresiva. Conforme pasaban los minutos Rimbaldo empezó a creer que su broma terminaría en tragedia, pues su encierro se complicó con la torpeza del cerrajero contratado, quien estropeó la chapa. Al final de su encierro, por las rendijas se deslizaban sinceros gritos de desesperación y llanto cual neonato saliendo del vientre materno. Cuando recordábamos esa anécdota, él negaba enfáticamente que hubiera caído en pánico y sostenía que siempre fue una odisea fingida.
El interés de Santiago se centraba en la escalada de los insultos y su expansión hacia todas las clases sociales, que alcanzaban un “máximo sociológico” para terminar ahogados en su creciente ineficacia y su esterilidad al convertirse en banalidades. El tema resultaba extenso y necesitaba acotarlo, para obtener conclusiones aceptables dentro de la academia. Para ordenar sus materiales pretendía ajustarse al criterio de las generaciones como corte en la sucesión del tiempo y en las clases sociales como corte en la escala de valores; porque el insulto se define por una valoración, la palabra misma es contenedor que se actualiza con los significados e intenciones. Recordó cuando descubrió con sorpresa que los insultos temerarios de nuestra infancia sí existían dentro del Diccionario, pues suponía que el mundo adulto era decente y sin espacio para la grosería.
En su perspectiva, el ámbito del insulto, se mueve con los siglos y, en lejanos tiempos, palabras con sentido positivo, se convirtieron en injurias, como “idiota” que aludía al interesado en sus cosas privadas, o como “imbécil” que se refería a quien usaba bastón. Al final del siglo XIX, la sociedad mantenía soterradas las malas palabras, dejándolas para uso exclusivo de las clases bajas. La “alta sociedad” mexicana se debía contentar con los eufemismos, como “hijo de María Morales” para indicar pecado sobre la progenitora del susodicho. Bajo esa capa de decencia decimonónica se escondía una honda tradición del albur, alimentado con la fuente de un ingenio singular. Con la guerra y revolución a principios del siglo XX, afectaron la efervescencia y el conflicto, pues si las armas habían insultado con su brutalidad, ¿por qué las palabras debían permanecer bajo el suelo y no convertirse en trincheras? Aunque esto no es una historia de la grosería, su explicación desemboca en el sorprendente resultado.
A veces criticamos la repetición por desprecio al pleonasmo; sin embargo en otros contextos, el simple eco de un término sí ha mantenido vitalidad. Se intuye que es un rasgo primitivo la repetición de un término, cual eco de la caverna; pero las simples repeticiones dan énfasis a una palabra, al igual que decirla despacio o gritar.  Santiago subrayó debajo de dos palabras para explicar, que esa unión implicaba algo muy tonto. Luego puso un ejemplo contrario, el título de una película cómica “Tonta, tonta pero no tanto” protagonizada por la cómica India María; donde la repetición prepara la negación, su objeción por una palabra parecida con la permuta evidente entre la “a” y la “o”. La iteración, por tendencia natural, desemboca en la acentuación del efecto y su corolario, cabe en los relativos a ejemplo de otra película “Dumb & Dumber”, donde una pareja cómica compite en sucesión de idioteces. 
Continuó Santiago que el lenguaje es un carril de doble vía enlazando al emisor y receptor. Quien triplica su emisión está encerrando su mundo a una única palabra que además posee una trama bastante simple, ya es la repetición de “to” tras de una “n” intermedia; lo cual implica un lenguaje pueril.
En esos momentos el pequeño caracol, había conquistado la cumbre del tallo y sonreí al suponerlo un alpinista en su Everest celestial. Santiago no se resistió en darnos su etimología de raíz latina, por donde “tonto” proviene de “a-tonare”, del que no tiene sonido, que se extravió la “a” de negación y se modificó el “tonare” (ruido fuerte) para terminar en lo que utilizamos. Por tanto, en su origen el tonto es el que calla o permanece pasmado. Emerge la paradoja de la palabra sonora para expresar ese silencio próximo a la estupidez.
Las raíces grecolatinas y sus paradojas no las expondrá Santiago, sino el matiz de su uso colectivo y más reciente. Le interesa la proliferación del insulto hasta su completa esterilización. Cuando era niño el agravio habitual era “pendejo”, el cual creció en el habla juvenil hasta el tamaño de plaga de langostas. Que un chico le grite “pendejo” a su mejor amigo para saludarlo sería singular, que lo haga varias veces al día sería una manía, pero que todos los chicos lo hagan es un fenómeno social. Ante la proliferación se requiere de giros para mantener el sentido de ofensa, transitando desde el “cualquier pendejo” al “grandísimo pendejo”.
En nuestra generación vivimos una gran marea de escarnios, los vituperios se abarataron tanto que se prodigaban sin motivo; entonces las “palabras fuertes” se devaluaron con tanto empleo. En esos días el término “baboso”, tan asociado al diminuto caracol, ya no se usaba, por ser un término inofensivo. El escarnio desgastado que se expandió hasta convertirse en un ambiente que permeaba a la sociedad entera. En ese ambiente es que surgió el tri-tonto cual banderola de una nueva generación, por la importancia de repetir el insulto devaluado para que adquiriera una densidad perceptible, pues ya cualquiera estaba vacunado contra una designación de “tonto” o “re-tonto”. Entonces se recurrió a sus variaciones como “re-quete-pendejo” que indica la tripleta en una sarta.
Lo curioso es que para la generación intermedia la grosería se convirtió en afecto, entonces vino la designación “güey” para referirse a las amistades. Los jovencitos varones se designaban alegremente unos a otros de esa manera, incluso las señoritas comenzaron a emplear ese término. Al parecer perdió su eficacia, pues su redacción en los mensajes de texto para redes sociales era complicada, por la difícil grafía de la “ü” y la repetitiva corrección de los procesadores de texto. Además la conversión de “güey” en wey semejaba una modificación al chino-mandarín, que terminaba desconcertando al interlocutor. Entonces el término entró en decadencia.
Se interrumpió Santiago indicando que eso conducía hacia una narración triste:
—Meditaba hondamente en temas de gran profundidad cuando contesté una llamada de mi esposa, con gran sorpresa no escuché palabras sino una serie de quejidos inconexos; creí que la estaban secuestrando; así que no colgué y corrí…
Nos explicó el detalle de cómo el celular de su exesposa se había disparado accidentalmente. Por resumir y saltar los detalles mórbidos, ventilamos que la descubrió acometiendo un trío de infidelidad, con su “santa” esposa convertida en ícono de perdición. De inmediato asocié la noción del tres cual una seña carnal elevada a espacio analítico: la tríada filosófica intentando sobreponerse a la tripleta carnal. En cuanto pude desvié el tema en el sentido que me interesaba:
—Es la tesis, antítesis y síntesis concentrada en un término. El triple tonto en lugar de ser el simple eco cavernario es una espiral; la cuestión es si nos conduce hacia arriba, abajo o nos deja cual burro de noria, girando en el mismo sitio. En ciertos casos, el insulto es mascarada, en otros es descarga, en un extremo revela el juego de ingenio. Te recomendaría que lo vieras bajo la óptica del juego de ingenio que encubre la inteligencia bajo la careta soez, lo cual arrastró una tradición de la picaresca en varios países; en general, los latinos adquirieron ese matiz. En clave oculta, las naciones con alguna condición adversa comenzaron a reírse mucho de su destino y a ofender a sus amos con esa forma de humor corrosivo, donde movían su inteligencia en ese desfiladero oscuro que es el escarnio velado.
Rimbaldo intervino:
—La espiral sería una voluta barroca, sobre campo de gules encarnados, para que adquiera más sentido…
Después explicó una anécdota en los orígenes del apellido Rivadeneira que implicaba alguna infidelidad y el número tres.
Comencé una objeción para entretenerme:
—En el espacio muerto de la heráldica no hay sitio para una tesis-antítesis-síntesis; todo queda resuelto en el pretérito y sus blasones.
Rimbaldo comenzó a defenderse y nos enzarzamos en una esgrima mental, que impacientó a Santiago Sotavento, que objetó:
—Me recuerdan a la tontería filosófica y la babosería tradicional, que paso a explicar. Un filósofo tonto se la pasa preguntándose por qué es tan lerdo; uno tradicional ya está acostumbrado a la tontería desde las más antiguas raíces con un tatarabuelo baboso fundador, seguido por una larga fila de tarugos de prosapia, hasta alcanzar la veneración y la más arraigada de las tonterías.
—Protesto —resopló Rimbaldo—, tu humor está subiendo de tono.
Como sea la discusión no se detuvo y comenzamos a molestarlo, para empujarle hacia la definición de un bobo cornudo. Entonces Santiago demudó el rostro al límite de lo amargo; sus labios temblaron junto con una vena en la frente que se ensanchó. Manoteó contra el pizarrón y luego miro al techo; después pateó el piso una vez, sus ojos se inyectaron de rojo y dejó de responder ante nuestras palabras. Ese cambio causó espanto, intentamos calmarlo y desviar la conversación, en lo que yo me adelanté:
—Los comentarios eran en broma, tu conferencia es sobre insultos con un sentido lúdico, supongo…
—Más que nada me refiero a que los insultos se destiñen, pierden su filo y son inútiles, la tercera generación después de nosotros terminó asimilándolos cual comida chatarra del idioma: engordan sin nutrir.
El pequeño caracol estaba quieto, cual infante en la cuna: rodeado de pétalo de rosa, aunque su flor se bamboleaba con sutileza. Imperceptiblemente el atardecer se deslizó entre los ventanales, con los tonos dorados y una brisa fresca acompañada de un curioso rugido. El sonido se mezcló con una vibración casi imperceptible, por lo que ninguno comentó y seguimos nuestra charla. Me enredé con la demostración de que una triada de palabras idénticas era capaz de encerrar significados:
—La crítica de un personaje señalado como “malo, malo, malo” no implica repetición, sino el extremo, la búsqueda del absoluto presentado bajo una torpeza de expresión. Primero expresa lo malo ordinario, luego lo más malo, que es peor, y en el extremo quedaría lo pésimo; definido en el escalón extremo. En ese sentido la tripleta nos indica una figura extrema, incluso, absoluta de la situación.
La vibración creció y nos asomamos juntos por las ventanas para mirar con asombro: bajo los dorados matices del ocaso, el acercamiento de un tractor destruyendo setos. Rimbaldo gritó una especie de “yeald” y agitó la mano para detenerlos o amenazarlos.
Los de alguna constructora ¿están invadiendo la escuela? Salimos al pórtico para observar mejor y decidir qué hacer.
De inmediato comprendí que estábamos como abandonados en el sitio; los vigilantes de la entrada debían haber escapado, con probabilidad de haber sido sobornados o amedrentados previamente. Tras el tractor avanzaba una cuadrilla de albañiles y un camión de carga, con una chimenea que humeaba diésel; más allá de la barda perimetral se escuchaba otro ruido, cual si la invasión contra la vieja escuela fuese a incrementar.
La distancia de un patio nos separaba del tractor, que era el objeto hostil más cercano. Sin advertencia alguna Santiago Sotavento tomó una piedra del suelo y la lanzó alcanzando el brazo mecánico del vehículo. Sonó un eco metálico y el chofer gritó un improperio indescifrable, cual un “Recarajaputo”. Para mis adentros disfruté suponiendo un insulto triple que aprovecharía Santiago para ilustrar su conferencia.
Enojados y parlanchines, soltamos la lengua en un coro de improperios.
De inmediato Santiago Sotavento buscó otra piedra que alcanzó el cofre inmóvil del tractor. El chofer volvió a gritar, pero pidiendo auxilio a su superior: “¡Ingeniero!”
Comencé a practicar mis insultos mientras buscaba una piedra grande: “Culero, cornudo, hideputa…”
Desde el grupo de los peones de a pie voló una piedra que rozó sobre mi hombro izquierdo, así que mis groserías crecieron de lo festivo a lo iracundo. El dolor fue cubierto por la enjundia y lancé mi proyectil.
Los contrarios se agruparon tras el tractor inmovilizado, mientras el chofer corría a pie cual si estuviera espantado. Otros estaban gritando por su ingeniero, con certeza el jefe que los había metido en ese lío, porque ellos eran simples obreros y no un grupo de choque.
Conté unos seis tras el vehículo que lanzaron una andanada de piedras. Rimbaldo y yo esquivamos, pero una rozó la frente de Santiago Sotavento, que empezó a sangrar con un hilo rojo poco perceptible.
Corrimos de regreso al salón de clases, mientras los contrarios hacían un coro diciendo: “Rajones, putitos, culeros…”
Mientras Santiago Sotavento movía la mano y mascullaba indicando que el golpe era menor, Rimbaldo corrió hacia un portafolio que traía y sacó un revólver. La aparición del arma nos sorprendió mucho pues lo creíamos un tipo alérgico a la violencia. La levantó por lo alto y la asomó por la ventana para advertir:
—Se muere el primero que se atreva a...
Los contrarios no lo escucharon o no le creyeron y arrojaron más piedras que sonaron en el techo.
Mientras un tipo alto con un casco comenzó a gritarles que se calmaran. Salió Rimbaldo al umbral para alardear de su arma y gritarles. Unos que estaban encima del tractor volvieron a lanzar piedras y él no se resistió más a cumplir su amenaza. Extendió la mano, entrecerró lo ojos y surgió un estallido. Imaginé al caracol parapetado en la rosa, observando en todas direcciones para descubrir el origen de esa explosión.
El balazo único atravesó la cadera de uno de los rijosos y creímos que había caído muerto. En un instante se terminaron el griterío y los alardes, sustituidos por preocupación y congoja.
Debo resumir la complicada situación legal que se desató. Pasamos dos días seguidos en la Comisaría, con la presencia de los dueños de la escuela, abogados de la constructora, los del sindicato de obreros, familiares del herido y autoridades del ayuntamiento. El asunto se complicó, pero el joven albañil sobrevivió a la operación de emergencia y logró recuperarse tras meses de terapias.
De esos dos días de tensión, recordaré el festival de mofas inventadas por Santiago Sotavento que nos hicieron más llevaderas esas jornadas agotadoras, cuando todos éramos simultáneamente indiciados, acusadores y testigos de hechos, así que no podíamos alejarnos del proceso legal y sus gestiones repetitivas. Asimismo, aparecieron los dueños de la escuela que demandaban a la constructora y al ayuntamiento por invasión de su propiedad.
Después quedamos en libertad pero comprometidos en el proceso legal, así que regresamos varias veces a las declaraciones ministeriales y a juntas con abogados.  
Unos días después, por encargo del abogado, visité al albañil convaleciente y éste de lo que más se quejó conmigo fue por las injurias que le lanzamos en el campo de batalla. Por lo demás, él se declaraba inocente y enviaba sus más atentas disculpas, jurando que nunca intentó asestarnos ningún rocazo. Esa tarde de visita en el hospital, acudí con los sentimientos intensos, empujados más allá de la ecuanimidad por el alcohol ingerido durante la comida. Así, que hablé con gran énfasis y hasta diríase con elocuencia para ganarme su confianza. Una vez lograda esa confianza, de su lado brotó un curioso torrente de quejas:
—Lo que dolía eran sus insultos; palabras fuertes de personas tan educadas…
El asunto me interesó, así que lo motivé a ser más explícito y siguió:
—Es que uno tiene sentimiento y tantas ofensas que casi ni entendíamos, como que nos enchiló…
El peón convaleciente comenzó a llorar cual niño regañado y terminó por disculparse, confesando que sí lanzó rocas:
—Es que entre nosotros nos insultamos como compañeros.
Asomada su culpa, fue sencillo lograr que firmara una declaración de abogados que yo traía preparada. Una declaración otorgando el completo perdón a nuestro imprudente amigo, a cambio de una indemnización pactada. Él únicamente preguntó por la cantidad y sonrió; en su escala era mucho dinero y, comparé la posición socioeconómica de Rivadeneira, concluyendo que no era tanto. Cada parte quedaría contenta con su lado del trato. Al calce de la declaración, sobre su nombre Juan Tompanzin, de inmediato garrapateó con manuscritas. Le sugerí que leyera lo que acababa de firmar y se negó. Atesoré ese pacto legal dentro de una carpeta y, no sé cómo me vino a la cabeza el lento avance del caracol.
La plática terminó con la entrada de una enfermera con cara redonda, quien gruñía una frase incomprensible en lugar de contestar. Ella ocupó el escenario combinando un ademán de brazos extendidos y más gruñidos; acaparada la atención del paciente y sin interesarse por nada más se dedicó a revisar sus signos vitales. La enfermera revisaba con una lentitud pasmosa y recordé al caracolito atrincherado sobre el rosal, quizá el único beneficiario temporal de tanto lío.

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