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lunes, 3 de julio de 2017

SIN PUERTAS… UN CUARTO MISTERIOSO EN EL GUETO DE PRAGA





Por Carlos Valdés Martín

Entre las puertas memorables, merece distinguirse una “puerta que no existe”, nacida de la inspiración de Gustav Meyrink, con una evocación vinculada a Jorge Luis Borges. Un ensayista anota: “un alto cuarto de la Antigua Escuela: aquel cuyo único acceso es una ventana enrejada que da a la calle.”[1]
La novela El Gólem sucede en un laberinto doble que teje la ciudad de Praga centrada en su gueto judío (jewish ghetto) y con un protagonista que suele sentirse otra persona, incluso hasta él mismo creerse la arcilla que cobró vida por el conjuro de un rabino. Insistamos en la observación del ambiente: el cuarto sin puertas resulta un complemento perfecto para una ciudad laberinto, pues inventa una trampa contra la arquitectura ordinaria y humana;[2] mediante su situación ilógica el cuarto sin puertas abre una grieta para lo sobrenatural, para encerrar a la potencia del Gólem. El cierre material sirve durante 33 años, hasta que el calendario abre la metafísica conjura y suelta el prodigio. Lo mismo el laberinto ciudad, que prolonga encierros hasta que se desata una salida inverosímil.

Acceso al Más Allá
El texto fantástico nos ofrece un acceso al Más Allá, aunque —por paradoja—los accesos ordinarios han desaparecido; así esa utilidad desaparecida nos invita a reflexionar sobre la inutilidad que rompe el paradigma de lo cotidiano. Para eliminar el sentido de lo cotidiano el creador literario emplea el recurso de ausentar una puerta o un día o una noche o un año. Una vez que ha desaparecido el sentido de lo cotidiano se aborda el espacio sobrenatural, en este caso observamos una arquitectura desconocida.
Cualquier habitación posee al menos una puerta para su acceso; quitarla implica inventar una entidad contrahecha que pierde su servicio cotidiano. En el caso de El Gólem permanece un acceso irregular mediante una ventana enrejada, que se conjuga con una bisagra temporal representada por el periodo de 33 años. El acceso resulta extraordinario durante una fecha extraordinaria, que indica la datación fuera de lo común, aunque rigurosamente repetitiva, que aparece con el transcurso calendario.

Inutilidad del extremo de la serie
La “serie” resulta un concepto útil para establecer las conexiones, sin requerimiento mayor que una contigüidad, la mera conexión de uno con otro, de tal manera que después se descubra cuál clase de conexión.[3] Borges descubre ese tipo de relación en su poema dedicado a la creación del Gólem: “¿Por qué di en agregar a la infinita serie / un símbolo más?”[4] Un su facilidad de conexión, la “serie” acepta con facilidad agregados, para seguir tejiendo relaciones; aunque —a veces sorpresivamente— tropieza con finales, donde surge el acabamiento de la serie.
¿Para qué sirve un cuarto sin accesos ordinarios sino con una ventana enrejada? La novela nos sugiere que sí sirve para ocultar un prodigio y para provocar la posición del Arcano del Tarot llamado el Ahorcado o Colgado, personaje que está colgado de cabeza. La primera función es ocultar durante 33 años el secreto del Gólem y la segunda es provocar una visión invertida.
¿Qué implica una visión invertida según la carta del Tarot 12 del Ahorcado? Implica el salto del paradigma y adquirir un punto de vista posible pero en extremo inusual. La inversión de las ideas fue preconizada por Marx respecto de Hegel, presumiendo que había vuelto a poner en los pies la dialéctica, pasando del idealismo al materialismo.[5] En esta novela legendaria es el paso de lo físico a lo metafísico: el personaje se sumerge en el código de lo imposible. El argumento de la novela implica que el protagonista pasa a ser el otro en dos versiones principales: su mente se extravía siendo un Gólem y también como el protagonista “Athanasius Pernath” por el pretexto baladí de una confusión de sombreros. A final de cuentas, el protagonista no resulta ser ni uno ni otro, permanece como una sombra que transita entre confusiones metafísicas de personalidad y desdoblamientos laberínticos entre la antigua Praga con sus barrios judíos. En ese sentido, el cuarto sin puertas resulta una especie de Arca de la Alianza pero empotrada y escondida en el laberinto de Praga, donde la alianza más discreta no es con Dios sino con un Más Allá menos pretencioso. El contenido de esa Arca es espantoso pues ese Gólem revivido cada 33 años es capaz de sufrir más que de gozar, capaz de aterrar más que de servir, y resulta una especie de efecto “demiurgo de la torpeza”, advertencia al estilo de Dédalo (fabricando el Laberinto), Ícaro (armando las alas de la caída fatal) o Dr. Frankenstein. En el segundo sentido, también balancear al Ahorcado para que mire en sentido inverso las realidades, otorga un beneficio inesperado, la simple visión de lo radicalmente distinto trae beneficios. Ahora bien, obtener por un instante la visión del Ahorcado resulta en una especie de enceguecer por exceso de luminosidad;[6] el chispazo de Más Allá (o del espejo de sí mismo en otro) no se logra asimilar por el personaje.

La piedra grasa y su antagónico proceso VITRIOL
Asimismo, la metáfora inicial de la novela y la escena correspondiente al Ahorcado se refieren a una desconcertante piedra con textura de grasa o cebo. Esa conversión de la dura piedra (material propio del construcción y más si se trata un masón que busca el alquímico VITRIOL) hacia la engañosa grasa.
Ahora bien, el famoso acróstico alquímico se interpreta en dos direcciones contrapuestas de su serie. Una dirección es la dureza cual ácido más fuerte, por un efecto “vitriólico” donde la acidez es extrema y se interpreta materialmente en ácido sulfúrico. La dirección opuesta busca la piedra más dura mediante un procedimiento reflexivo, visita a la tierra para la encontrar de la piedra efectivamente dura que se representa en el Yo. Cuando se unen las dos direcciones VITRIOL se refiere a la aplicación de una disolución enérgica hasta encontrar el núcleo duro del Yo, en otras palabras, implica el descubrimiento de la Autenticidad.
La trasmutación fallida de una alquimia paradójica de la piedra a la grasa define el tema clave. La novela comienza con esa revelación del tránsito de la piedra hacia la grasa, que resulta desconcertante hasta para el Buda; la visión de la caída arrastra lo mismo y el final de la historia merece esa indicación. En términos de lo arriba señalado, la novela comienza con la falla en la dureza de la piedra interior, la falsificación del descubrimiento del VITRIOL para toparse con grasa blanda en lugar del Yo duro.

De encierros voluntarios: caverna de sabiduría y panza de ballena
Cuentan que Montaigne al envejecer ejerció casi un encierro voluntario en su castillo, aunque presumía que en días de peligro dejaba abiertas las puertas de su propiedad para no tentar a los bandoleros y dando a entender que él no encerraba riquezas.[7] Él ofrece ejemplo del confinamiento que no sea físico sino voluntario… El encierro sucede con o sin paredes, basta trazar un círculo mágico de tiza en el piso para contener a un demonio, o mejor todavía establecer la sutil separación entre los derechos y deberes del individuo civilizado. Resguardarse cada día en una habitación para dormir representa un breve encierro voluntario, que solemos aceptar cual signo universal de merecido descanso.[8]
Las metáforas de la sabiduría y su revelación transitan por las cavernas. El sabio se encierra voluntariamente en una caverna o bien involuntariamente dentro del vientre de una ballena que es la metáfora de una cueva viva y flotante. En el relato de Elías la cueva lo recibe tras la desesperación, cuando siente el fracaso, con el lamento de "Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres".[9] En algunos casos, la cueva implica la preservación del Yo, pero en otros es la hipótesis de su disolución; cualquiera de ambos extremos implica la posibilidad del acceso a la sabiduría o su fracaso definitivo; entre ambos extremos la desesperación resulta lógica. La escena del personaje dentro del cuarto sin puertas (la metafórica caverna) le provoca desesperación y le conduce hacia una posición inusitada, que representa a manera del Colgado del Tarot. En posición invertida la visión cambia, para algunos se alcanza la sabiduría, para otros un evento fuera de lo común que no termina de asimilarse. 

La extraña puerta hermafrodita
 ¿Qué sucedería si al cuarto también le arrancamos su única ventaja? Cual cíclope enceguecido termina por metamorfosearse en tumba, según nos recuerda el Barril de Amontillado de Allan Poe. Clausurar la última abertura convierte al recinto en una tumba, de ahí lo importante que resulta conservar una ventana si ya desapareció la puerta. Sin embargo, esa afirmación de una clausura final no sirve demasiado sino para desenlaces o para terminar personajes, esto es, el cuarto sin puertas ni ventanas deja de ser habitación. Si esta última metamorfosis señala el tránsito del cuarto hasta la tumba, debemos reubicarnos en la literatura fantástico-metafísica de Meyrink. Cuándo la identidad se extravía ¿para qué insistir en la diferencia entre habitación y tumba? ¿para qué insistir en la separación entre este personaje con un sombrero y el protagonista ubicuo Athanasius? La puerta ausente podría ser remplazada con el extraño portal de doble hoja al final de la novela, en el cual una hoja se representa masculina mientras la opuesta es femenina, de tal manera que dibuja un resultado hermafrodita.[10] Siendo tan insólita esa última puerta, sin embargo, no resulta perturbadora porque protege un jardín de perfección, correspondiente al jardín edénico traído a la tierra, donde habita la nueva figura de un Athanasius “auténtico”, ya maduro y sin las agitaciones del protagonista de la novela El Gólem. Al final de la novela han desaparecido los angustiosos antagonismos y se resguarda un jardín edénico.

NOTAS:

[1] Con acierto el ensayista Omar González  anota repetidamente la presencia de esa misteriosa arquitectura de un cuarto sin puerta, para conectar entre Meyrink y Borges alrededor de El Gólem. En http://notasomargonzalez.blogspot.mx/search/label/Meyrink.
[2] Mientras el “cuarto separado” (imagen destacada por Virginia Wolf) marca con acierto la soberanía de la conciencia que busca su fuero interno, al darse un paso más con la imaginación, el “cuarto sin puertas” empuja más allá de esa conciencia lúcida y reflexiva, para encontrar el portento quimérico.
[3] Gilles Deleuze, Lógica del sentido y también Jean Paul Sartre en la Crítica de la razón dialéctica.
[4] Jorge Luis Borges su poema “El Gólem”. Con su descomunal inteligencia, el argentino advierte que lo escandaloso del personaje vitalizado por el rabino está en un pliegue más al infinito, ese agregarse sobre la serie infinita de la divinidad merece el signo de admiración.
[5] Resulta una tesis equívoca, pues los sistemas de pensamiento son tan complejos que resulta imposible la simple inversión, Marx retrocede ante la fase de la Fenomenología del Espíritu de Hegel para simplificar y argumentar que la misma materia ha de progresar cual espíritu; por eso cabe la hipótesis de que Marx se paralizó ante la genialidad de la “Dialéctica del señor y el siervo” (el amo y el esclavo).  
[6] Conforme el inocente aprendiz de brujo abre el caldero o el Gran Libro quedando deslumbrado. “Der Zauberlehrling” de Johann Wolfgang von Goethe. El francés Paul Dukas adaptó el poema a una pieza sinfónica de 10 minutos: “L’apprenti sorcier”. El cinematógrafo volvió a consagrar la pieza, en Fantasía de Disney.
[7] La paradoja entre el encierro y la arquitectura misma de los catillos medievales queda remarcada en ese argumento de Montaigne en sus Ensayos.
[8] Al menos que poseamos el manto estrellado para cobijarnos, cual la leyenda del gaucho Martín Fierro, caso extremo del nomadismo que no sirve para regir las aspiraciones actuales.
[9] Biblia 1 Reyes 19:4.
[10] Gustav Meyrink, El Gólem.

1 comentario:

Ana Granger dijo...

Hola!! Una gran entrada, sumamente interesante. Es la primera vez que me paso por aquí, así que ya me tenéis como seguidora. Os invito a mi blog por os queréis pasar, sin compromisos. Besos!! elaventurerodepapel.blogspot.com.es