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lunes, 1 de febrero de 2010

NARCISO Y ECO, LA DENSIDAD DE LA REPRESENTACION


Por Carlos Valdés Martín


Entre las graciosas ondulaciones de la leyenda de Narciso y Eco se muestran los extremos hipotéticos para el individuo antiguo o moderno. A la Grecia clásica le reconocemos una primera luz para la comprensión del alma y en esta leyenda descubrimos los extremos ante los cuales nos debatimos. Para el individuo sano resultan desconocidos tanto un egoísmo enloquecido, como un desprendimiento ilimitado. Así, conviene observar los pliegues de la leyenda para comprender mejor nuestras posibilidades extremas.

Narciso y Eco: la seriedad de la metamorfosis humano-natural, la flor y el fenómeno
Para una mentalidad fresca e ingenua la metamorfosis parece una posibilidad efectiva, quizá extrema y extraña pero viable para cumplirse en la imaginación. Las mentes ilustradas se reirían de las narraciones contenidas en los mitos, pero la gran masa entre los antiguos vivía sus leyendas como una realidad legada. Y como nos demuestra la larga saga de relatos recopilados y embellecidos por Ovidio[1], los eventos de metamorfosis formaban un componente esencial de tales leyendas. Los humanos convertidos en árboles o piedras, los dioses cambiados en toros o cisnes, tales acontecimientos fantásticos nutren el relato y dibujan su geografía íntima, describen su peripecia in-creíble.
El relato mítico ofrece un “drama-génesis” para los fenómenos naturales, así tal árbol no proviene de una fría casualidad o un capricho natural incomprensible, sino de una personalización. En su conjunto, el pensamiento primitivo prefiere comprender a la naturaleza como un “tú” mejor que interpretarla como un “eso” (neutral), le confiere el pensamiento primitivo o antiguo a la naturaleza un estatuto de personalidad[2], tal como el pensamiento religioso le confiere al principio supremo una personalidad (Dios como un “él”) y no una superioridad tan abstracta, distante a cualquier psique. Entonces al griego antiguo para entender una flor no bastaba relacionarla con sus formas y utilidades, su comprensión arrastraba hacia una personalización, lo cual acontece perfectamente con la flor del narciso, la cual adquiere su sentido mediante una leyenda. La flor encerrando a una persona, indica una interpretación y una identificación entre los griegos y su entorno, el evento de un diálogo imaginario entre las almas y las cosas.

Narciso y Eco: el complemento de las representaciones desgraciadas entre los griegos
En esta leyenda, la imaginación creativa descubre la concordancia de una doble desgracia, la coordinación de una falla gemela, engarzando dos fracasos, para unirlos en un único relato figurando como emblema. ¿Un amor imposible es peor que dos amores imposibles? La inviabilidad del amor, lo inalcanzable se convierte en el motivo del relato, la invitación a colgarse del viaje de la lejanía, seguir esa nube imaginativa. Para Narciso lo inaccesible es su propia imagen, excedida en la belleza física, pero engañándolo con las suaves alteraciones del agua del río, prometiéndole un mancebo distinto, escondido bajo el flujo del agua. Para Eco lo inasible es el joven indiferente y perdido dentro de un egoísta amor propio, y ella misma termina caída en una locura de amor, despechada y convertida en aire.
El amor dramático o romántico no se aproximaba a los gustos griegos, pues ellos preferían las satisfacciones inmediatas, la sencillez de una satisfacción directa desde la belleza hasta el abrazo o bien la caída absoluta de la tragedia del amor imposible entre humanos y dioses. El romanticismo sostenido durante las largas noches en vela, resulta una excepción, como la fiel esposa Penélope esperando a su querido Ulises mientras teje y desteje esa única prenda. Entonces el emblema griego del amor parece oscilar entre las parejas felices, incluso si reciben amoríos fugaces, y las trágicas imposibilidades.

Narciso como pesadez: la espalda corvada y la mirada hacia la tierra
La pesadez encorva la espalda cuando señala hacia la dirección de la gravedad. Las asociaciones profundas de la tierra, indican el recinto del Hades, una especie de infierno, sin tintes de maldad, sino de simple caída por la desgracia de la muerte. La gravedad de su pasión imposible encorva la espalda de Narciso, y aún cuando no se da cuenta de que su posición resulta reprobable. En vez de una reprobación moral directa, Narciso indica la curvatura de su espalda, se coloca en la pose típica de la tristeza, ya no manifiesta esperanzas ni movimientos posteriores. Por interpretación fisiológica, la espalda curva se asocia con la tristeza y la debilidad; esto revela que Narciso denota la anemia de la decadencia física (inmovilidad, encorvado, palidez) y espiritual (obsesión, irrealidad, melancolía) a penas oculta por su juventud.

Narciso como derrota: arrodillamiento y desaparición del mundo externo
Además de la espalda curva aparece el arrodillamiento de Narciso, para alcanzar las condiciones de una imagen escondida dentro del agua. Perseguir al otro Narciso imaginario exige una rendición, tal como lo muestra la rodilla en el suelo, signo típico de las rendiciones incondicionales. Narciso se ha rendido, abandona el mundo, es un derrotado del amor propio y ya nada le importa. Si a la Victoria la esculpieron con alas, la Derrota se representa arrodillada.
El amor rinde a Narciso y el lado externo se evapora. El personaje yace marginado, arrinconado en una orilla discreta y sin pretensiones. Este Narciso es un desertor de la existencia, consumido por un arrinconamiento extremo, donde la orilla semeja al abismo.

Narciso como opacidad: el trasmundo bajo el espejo del agua
Queda colocado en un rincón, pero Narciso busca un espacio enorme, un más allá fantasioso, atrapado debajo del agua. El espejo del agua es engañoso, encarcela la metamorfosis alrededor de un mismo punto. El joven pretende rescatar su imagen, pero el agua fluyendo no entrega un espejo frío y único, sino el vibrar de las aguas danzarinas. Las aguas claras se convierten en la opacidad de la distorsión y el Narciso busca su amor absoluto en una especie de idealidad de la bajo-agua, la distorsión de sí inventa un falso otro, regresándole un movimiento sutil (la imagen propia movida por el flujo acuático). Bajo la superficie adivina un universo entero de plenitud, únicamente como promesa, jamás como realización; un cosmos suave y distinto a la dureza de la existencia material. Ese otro mundo sutil y evasivo ha cautivado a Narciso, preso de su nostalgia por obra de los reflejos imposibles y fluidos.

Narciso como auto-sexualidad: la auto-erotización como desgracia.
El drama de Narciso nos revela el fenómeno de la auto-erotización restringida y restrictiva, así la expansión amorosa se convierte en su contrario, en una implosión, una caída hacia el interior de sí mismo. Es un drama de homosexualidad peculiar sin género, sin pareja ni satisfacción; porque esta auto-erotización de Narciso no pretende alcanzar una satisfacción, materia o respuesta, sino permanece hechizado en un más allá ideal, una evocación anti-material encerrada en el misterio bajo las aguas.
Incluso esta erotización de Narciso difiere grandemente del onanismo (otra leyenda mítica) porque pretende alcanzar un trasmundo, no intenta un placer activo, sino mantenerse hechizado. Ese hechizo permanece enteramente pesado, completamente gravitante, y muestra una inversión del sentido de los ideales típicos. Los ideales típicos buscan la lejanía y la altura[3], pero Narciso busca su pseudo-ideal en el “interior” de la superficie, y ese demasiado adentro termina abajo en el submundo de la ilusión.

Narciso como condena a la belleza masculina: un anti-emblema de Afrodita
Este personaje no puede ni debe ser femenino, porque indica una ironía o condena sobre la visión de la belleza masculina y esto no refiere un rechazo frontal. Para los griegos la belleza resulta preferentemente femenina, y así lo plantea su diosa del amor y la belleza. En el imaginario de las leyendas griegas resulta natural que Artemisa, Afrodita, las Ninfas y Náyades disfruten de un baño discreto en los claros manantiales protegidos por el bosque y sus imágenes sensuales se duplican entre las aguas. Este Narciso opera como dúplice masculino de una Ninfa y tal copia crea una nueva cualidad. El asombro y magnetismo de la belleza femenina resulta aceptado bajo la imagen de la Ninfa y entonces esa aceptación contiene su complemento en la desgracia de Narciso. Con el traspaso de lo femenino a lo masculino acontece el mismo flujo convertido en parálisis, la admiración convertida en burla. En fin, bajo el texto de la leyenda descubrimos una repulsa relativa para la admiración de la belleza masculina y una sátira escondida.

Eco como ligereza: ninfa del aire, lo inasible, la opacidad de la transparencia
En la lejanía de una montaña, el entonces cotidiano gruñido de la cacería nos indica el ajetreo de los hombres; en contrapartida, como un alejamiento y escape se presenta el eco, ese fenómeno sonoro tan explícito como esquivo. Y a través de un acontecimiento “evidente y esquivo” se descubre, mediante la sorpresa que la transparencia también esconde su misterio ¿cómo permite el aire viajar al sonido? ¿cómo el aire distorsiona el sonido, duplicándolo sobre la lejana montaña? El fenómeno del eco debe contradecir la experiencia cotidiana del sonido viajando rectamente, tal como nos acostumbra, para que surja la duda y la interrogación. Con los pensadores griegos el espacio adquiere una opacidad primera[4], y luego de esa incomprensión pareciera superada esa opacidad por el sabio Euclides, revelando la pureza de la geometría plana y la diáfana interpretación primera del espacio.
Cuando con el eco el sonido regresa duplicado entonces se convierte en una paradoja, trastocado desde ser un útil para convertirse en una entidad como animada y autónoma, que regresa a capricho, únicamente en circunstancias peculiares, pero como efectuando un antojo. Ese aparente capricho del eco motivó su identificación con una entidad animada, femenina pero enloquecida, errática en su comportamiento e inalcanzable en su sentido montaraz.

Eco como imposible: la desgracia del amor, la condena en la época clásica.
En la distancia, la cultura actual al confrontarse con la cultura griega, las diferencias no saltan suficientemente a la vista, y tal discontinuidad entre culturas abarca temas tan universales como el “amor”. En el periodo moderno el amor está aceptado, posee ciudadanía, y no se identifica como causa primera (directa, esencial) de desgracias y desventuras. En el pasado, el amor excesivo parece asentado en la plena mitad de la desgracia. Con un significado de terapia psicológica “ligera”, ahora se emplea el término de “mujeres que aman demasiado”, pero la desdichada ninfa Eco las representa y supera, pues surge completamente perdida entre una pasión sin correspondencia, irracionalmente decidida a reflejar a otro y así elevando el sentido de la dependencia hasta un extremo insuperable.
Entonces con Eco el amor resulta una desgracia directa, un golpe que devasta la existencia y por tanto hasta convendría evitarlo. Esta ninfa define el modelo extremo de “mujeres amando demasiado”, como una especie de arquetipo fijo, ya sin dinámica ni movimiento, engolfado dentro de un furor estático (con su repetición causada por una pasión no correspondida).

Eco como montaña y abismo: el susurro de las distancias convertido en silencio.
La ninfa se identifica con dos accidentes geográficos extremos: la montaña y el abismo, de tal modo que no resulta viable ninguna manipulación externa. Ante tales majestades geológicas resta la veneración o el temor. Respecto de la montaña recordemos que los griegos las veneraban como morada de los dioses como Olimpo y sitio de los rituales supremos, escondite de lo sagrado. El abismo, por el contrario implicaba el riesgo y el castigo, injustamente Prometeo queda encadenado sobre el acantilado para su castigo eterno, y el canto de las sirenas rugía entre los farallones marinos, otra modalidad del abismo mirado desde el mar. A un nivel ingenuo el eco parece conquistador de tales espacios, como si una pasión rebasase los imposibles, tanto montañas como abismos. El susurro del eco parece vencer de un salto las distancias y sus riesgos, sin embargo, se debilita sucesivamente, ofreciendo el discreto espectáculo de un desvanecerse escalonado del sonido. El eco repite pero en menoscabo, hasta concluir en el silencio. ¿Ese silencio desplegado después del eco revela la mudez esencial de la alta montaña o del profundo abismo? El sonido perdiéndose pareciera recordarnos que la elevación y el precipicio, en su majestad exigen un mutismo respetuoso, una afonía de orígenes y un silencio para recordar las eternidades desde las cuales provienen y hacia las que arribarán.

El imposible persiguiendo al imposible: argumento para crear una realidad mediante la imaginación. Quien escucha la triste leyenda de Narciso descubre, con un gesto de superioridad, a un joven persiguiendo un absurdo; entonces el personaje de leyenda adquiere densidad mediante su “actuación” fantasiosa. El lector y el narrador de la leyenda son personas cotidianas, y por contraste, el personaje narrado adquiere sustancia cuando demuestra una acción fantasiosa. El gesto fantasioso aparece en Narciso mirando el espejo de las aguas, y por rebote el narrador ya parece realista; el oyente burlándose de las quimeras del Narciso o condoliéndose de su destino se sabe todavía más realista. En este relato acontece una condensación, donde la fantasía denunciada esconde la ilusión actual del relato. Y ocurre una operación igual con el amor desgraciado de la ninfa Eco, pues su comportamiento “irracional” merece piedad del oyente, y es una piedad sobre una enamorada ilusa, sometida a una fantasía de repetición. Si fuera viable acercarse a la ninfa durante un lapso de razón, convendría reconvenirla e invitarla a cejar de tales repeticiones sin sentido. Y cuando mira el espectador de la leyenda una flor de narciso junto al arroyo cristalino recuerda al enamorado extraviado, o cuando grita sobre el abismo de la montaña rememora a una ninfa enamorada. Entonces los devaneos de la fantasía dan materia a los personajes, los recordamos cuando miramos accidentes de la naturaleza, ya por siempre unidos a actitudes humanas fracasadas por inviables, tristes por autodestructivas.  Sobre el telón de la tragedia se ha creado una nueva realidad mediante la imaginación, pues la flor y el eco han quedado emparentados con los sentimientos humanos, tejidos con sus sinuosidades y precipicios.

Las dos figuras extremas de la individualidad en el terreno de la leyenda.
En una misma leyenda antigua descubrimos perfectamente delineadas dos caras antagónicas de la individualidad. El personaje Narciso, quien ha trascendido hasta convertirse en una clave psicoanalítica, muestra una posición cerrada y absoluta, casi una frontera del encierro. El triste Narciso se ha encerrado en sí mismo, se retira del mundo y en esa operación se aleja de cualquier contacto humano para engancharse únicamente en su imagen. El individuo encerrado en sí mismo, pierde su contacto externo para hundirse en un mundo interno, donde su propia imagen se ha vuelto su droga amorosa. Esa posición encorvada muestra una derrota y una debilidad extrema. Pero además de una tendencia psicológica nos muestra una frontera de la existencia misma del individuo, difícil de argumentar para los griegos todavía tan sociables[5], pero mucho más visible en la modernidad. El individuo-átomo encuentra su frontera en una idea narcisista, una frontera donde el exterior social desaparece, para convertirlo en el fantasma de sí mismo. 
La posición de la ninfa Eco se coloca en el extremo representativo de una sociabilidad compulsiva, un deseo de agradar hacia fuera que vacía a la persona durante su esfuerzo por agradar. De hecho, en parte el papel social de condición subordinada de la mujer correspondía con esa imagen tan extrema, pues una educación en la dependencia, convertía a la mujer en un “segundo sexo”, de tal manera que se colocara en una “inexistencia-individual”, porque los papeles sociales de hija, esposa y madre estaban destinados a servir a otros, anulando la propia individualidad. En este caso, aparece una posición de dependencia constante hacia los otros, que en la sociedad presente se está superando gracias a una gran revolución entre los roles sociales. Pero, para lo que interesa en este argumento, ha existido tal subordinación en un largo periodo histórico, sin que por eso deba aceptarse como natural.
 Ahora bien, si analizamos la relación general del individuo con su entorno descubrimos que esta sola leyenda demuestra las dos posiciones extremas. La pretensión de que el individuo puede disociarse de su entorno, declarándose completamente independiente, nos conduce hacia un emblema de Narciso, convertido en una planta aislada. La pretensión de que el individuo únicamente responde a sus determinaciones exteriores, nos conduce a interpretarlo como un simple eco de sus causas externas, y como tal marioneta de las circunstancias. Curiosamente, incluso hasta el presente varias influyentes concepciones sobre el individuo y la sociedad caen en los mismo extremos inviables, que hace milenios denunciara la leyenda griega. Los partidarios de una libertad casi absoluta (ya sea como hecho o como derecho) nos transportan hacia el confín del arroyo donde Narciso yace hipnotizado con su imagen. Los adeptos de una determinación casi absoluta (ya sea como hecho o como derecho) nos arrinconan en la pasión de la ninfa Eco, quien se contentaba con repetir la palabra recibida. 

NOTAS


[1] Ovidio, Metamorfosis.
[2] Adorno y Horkhaimer, Dialéctica de la ilustración.
[3] BACHELARD, Gastón, El aire y los sueños.
[4] Por ejemplo, le concepto de Ser de Parménides como la esfera impenetrable contradice la experiencia inmediata del espacio.
[5] Por eso la interpretación aristotélica tan famosa sobre la imposibilidad de un individuo separado de su ciudad, la definición de “zoon politicón”, Cf. Aristóteles, Política a Nicomaco.

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