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viernes, 9 de diciembre de 2011

EXTREMIDADES DE UNA AMISTAD


Por Carlos Valdés Martín

Cuando recibí la noticia salí como enloquecido para encontrar a un amigo de la infancia. Un telefonazo anónimo me había alarmado indicando su accidente: “No sé bien, pero creo fue una quemadura gravísima, al parecer”. Pregunté con ansiedad, sin embargo la mujer ignoraba cualquier detalle relevante, así que abandoné mi trabajo habitual y tomé el vehículo aguijoneado por la urgencia. Luego de una lejanía de varias décadas el aguijón de la preocupación me impulsó. El frío de la mañana y el aire entrando por las ventilas calaba los huesos, aún así bajé más la ventanilla para despertar de un mal sueño. Entre mil ocupaciones y el tráfico de la gran ciudad no nos habíamos frecuentado durante años, sin embargo, la amistad venía de la infancia, anclada a esos sentimientos enterrados que reviven con el mínimo soplo de una adversidad.
La distancia hasta su domicilio era pequeña; el tiempo se hizo agua entre la preocupación y algún recuerdo de esa casa, que brindó tanta hospitalidad en los días de infancia y juventud.
De pronto ya estaba frente a ese portón de madera y herrería oxidada que permanecía entreabierto, así que sin llamar pisé el patio. El olor intenso a vegetación y el crujido leve de las hojas del otoño abrían una máquina del tiempo que me transportaba a días lejanos. Hoy las copas de los árboles parecían mucho más altas.
También la puerta principal estaba entreabierta, así que continué sin detenerme, mientras temía una fatalidad y pronunciaba su nombre en voz baja. Procurando descartar lo peor, imaginaba que él convalecía en su cama, así que no me detuve en la sala, donde el vistazo de reojo revelaba un desorden de libros empolvados; como si el Doctor Fausto hubiera pasado los últimos meses revolviendo y hurgando entre la biblioteca del abuelo. Repetí su nombre como cuando un centinela levanta un salvoconducto para cruzar un país extranjero y lo dije con un poco más de fuerza, esperando despertarlo.
Escuché el sonido de una respuesta en su cuarto y sentí algún alivio, pues reconocí su voz, que decía: “Por acá, disculpa ese tiradero, estoy adentro”.
Tras la puerta de su cuarto ese sonido era indudable. La manija parecía atorada, y forcejé contra ella, dando pequeños jalones. Del otro lado escuché: “Disculpa, ya me muevo”. La manija cedía poco a poco y comprendí que del otro lado existía un bulto que dificultaba el paso. La voz del amigo seguía reiterando: “Disculpa ya me muevo”.
Poco a poco, la rendija fue creciendo y la penumbra de su cuarto dio entrada a una fotografía de los años pasados. Miré su perfil a nivel de mis rodillas. Estaba sentado en el piso, pero sonreía con pena, como disculpándose por el tiradero, mientras seguía jalando la puerta. Me extrañó mirarlo sentado en el suelo y la mitad del cuerpo cubierto con una alfombra persa.
Reiteró sus palabras: “Disculpa si te atiendo aquí sentado, la cirugía está reciente”.
En ese golpe de vista, la situación resultó clara. La informante se confundió eso era una amputación de las dos piernas a nivel de muslo.
Esa visita resultaba por completo lastimera y la plática embarazosa. Después de años de ausencia, encontrar al amigo ahí tirado, en el suelo ocultando las piernas faltantes con un tapetillo, como si esconder las piernas inexistentes hiciera menos patética la situación. El tapete sólo cubría en parte, se asomaban vendas blancas y la silueta caída de la alfombra señalaba la carencia de los pies.
Un candor de juventud salió de sus ojos cuando aclaró que me mandó el mensaje con una vecina pues le apuraba emprender una acción muy importante. Repitió e insistió que su idea era urgente. No presté completa atención a sus explicaciones, pues mi mente se distraía imaginando a un ferrocarril enorme que pudo arrancarle las piernas o si otro evento había obligado a la amputación.
Asomó con sigilo una señora de blanco, identificándose como enfermera y se alejó para no distraer. Continuaron las explicaciones. Luego de muchos minutos le pedí al amigo una síntesis de sus planes. Él deseaba deshacerse de una herencia y adquirir un terreno para construir una cancha deportiva en beneficio de los niños pobres de la zona. Siempre tuvo un alma generosa y, en vez de lamentarse, el amigo ahora sentía deseos de ayudar. Asentí ante cada petición, con culpa y nostalgia; lo hice con el corazón acongojado y sin comprender porqué yo era el destinatario de esas peticiones.
Sus peticiones me resultaron imposibles de rechazar y una gran pesadez creció en mi estómago. Una llamada urgente al celular exigiendo que acudiera al trabajo me sacó del trance. Nos despedimos y prometí visitarlo pronto, en cuanto fuera posible.
Esa casa sin alteraciones como fotografía de sí misma y la urgente petición se mezclaron en mi recuerdo. Cuando me alejé comprendí que esas no eran peticiones, sino el testamento de quien permanecerá eternamente bajo los álamos del hogar que lo vio nacer.

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