Por Carlos Valdés Martín
Para el
mexicano promedio resulta imposible de arrancarle su mexicanidad, basta una
ráfaga de viento para que descubran su raíz y motivo, ligado al México profundo.
Esta nación está engarzada con raíces fuertes cual cadenas unidas al pasado,
presente y futuro. En cambio, la anti-mexicanidad es una actitud volátil (con
el aire inflado de los aristócratas), una (anti)selección para escapar del
destino común, colocándose en un (aislado y) frágil globo aerostático durante
la tormenta. Con la imagen de esa minoría antimexicana recordé al Titanic, con
sus pasajeros millonarios disfrutando un baile de gala, dedicados a festejar
mientras ignoran el iceberg fatal acercándose a la colisión.
La
mirada interesada hacia el exterior no se tiene por qué considerar un mal, una
tentación o una caída. Las atracciones de lejanas coordenadas del planeta no
son dañinas por inicio. Lo irónico es una suerte de hambre de exotismo y
extranjería, una anhelo que solamente se colma con productos importados. El
apetito por productos importados es singular, para algunos es un reflejo
interior, una ansiedad que no se resuelve con shoping en Houston ni en París.
Tras una compra viene la siguiente, el estrenar se convierte en una manía, y el
mismo producto obtenido pierde brillo cuando se adquiere dentro de la frontera.
Delirio por productos
extranjeros. ¿Cuándo comenzó ese delirio por los productos
extranjeros? Nadie lo sabe con certeza y tampoco es una característica única de
mexicanos o subdesarrollados, también los europeos desde el siglo XV deliraban
por las especias del Oriente. Los chinos —en una minoría— del siglo XIX se
interesaban por el opio, producto que el Emperador de Pekín consideraba nocivo,
y los ingleses invadieron los puertos, para doblegar al Emperador y garantizar
su comercio de droga. Extraña memoria e ironía: los europeos obligaban a los
chinos a legalizar la droga y bombardeaban los puertos cuando se negaban. En
fin, el gusto por mercaderías extranjeras se repite durante siglos. ¿Es una
preferencia arbitraria? Me temo que no. Además un sistema comercial a nivel
planetario, provoca que las marcas y productos lejanos adquieran un halo de
maravilla. Según el juicio y prejuicio de cada región lejana suponemos, por
ejemplo, que lo francés es lujoso, por tanto sus perfumes maravillan; lo
británico es eficiente, así sus casimires perduran; lo suizo es exacto, luego
sus relojes no fallan; etc.
Nos
queda un consuelo: en la actualidad ninguna isla extraña se resiste al canto de
las sirenas extranjeras y en cada rincón los consumidores se arrebatan
mercancías globalizadas.
Balance nutricional. Si
el atractivo producto extranjero fueran carbohidratos, su pasión morbosa se
compensaría con sanas proteínas nacionales, ecológicas verduras emanadas de la
propia tierra, sin conservadores ni químicos de trasnacionales. Una parte de la
población si mantiene su balance nutricional de un modo consciente; otros más
lo adquirimos de modo automático. La
alimentación es un signo típico de ese metabolismo nacionalista: ponerle chile
y limón a tantas cosas parece un reflejo de defensa de la patria, aunque sea a
nivel elemental. Y ese metabolismo nacional se condimenta de miles de productos
y recetas típicas de país tan variado: moles y chiles en nogada, quesadillas y
tlacoyos, carnitas y pozoles, etc. Ni fuera de fronteras desaparece el
metabolismo alimenticio mexicano, pues nuestra comida típica invadió el territorio
gringo, y cuando ahí se populariza algo, pronto está en el mundo entero.
El
pecadillo de comprar lo de afuera sería insignificante (una completa nulidad,
por la suma cero), si se complementara con un gusto y amor por la propia
tierra. Sin embargo, todavía no surge un Einstein para darnos la ecuación de
equivalencia, para sumar el tequila y el chile comprado en un tianguis
compensando un auto de lujo y un viaje a Las Vegas.
La clase alta ¿es un grupo tránsfuga? Para algunos malintencionados y
para otros serios, la clase alta es la punta de lanza de una negación de lo
mexicano (y mientras más elevada sea más aguda). Si leemos los comentarios
sinceros —y sin ningún antinorteamericanismo— de Alan Riding[1],
nos convenceremos que la clase alta mexicana manifiesta vocación
antinacional. Sin que se culpe a todos, ni se vea en esto una conspiración,
este autor estima que la alta burguesía se ha formado en modelos mentales
mirando hacia afuera, aspirando a parecerse a los extranjeros, consumiendo más productos
extranjeros, abrevando de esa cultura exterior y mandando a sus hijos a
estudiar fuera. No quisiera mirar esto como un enamoramiento, sino como una
situación específica, donde existe una fuerza trasnacional de relaciones; la
clase dominante mexicana no existe fuera de las relaciones mundiales, sin
vinculaciones importantes con el mercado mundial no serían la cúpula del país.
En un primer momento el término es neutro: clase con vínculo mundial, al menos
cuando la gran empresa ya opera con lo trasnacional o lo hace de modo pleno.
Incluso, el fuerte empresario y su
familia amando su patria (en la emoción), su “contexto” de intereses está
emplazado en el mercado mundial, y necesitan entender economía mundial y flujos
financieros globales. La falta de comprensión del financiamiento externo, por
ejemplo, llevó al fracaso espectacular a un grupo que había sido líder interno,
el llamado Grupo Alfa de Monterrey; tomaron préstamos externos desconociendo el
riesgo del tipo de cambio y quebraron con la devaluación del peso. En el extremo, los individuos con suficiente
dinero encuentran la opción de renegar de su país, expatriarse y resultan
asimilables en otras latitudes. El dinero mismo no es extranjero en ningún
lugar. El conjunto de la case alta no se
debe calificar como tránsfuga, aunque sí sea viable cuestionar su nacionalismo
y la falta de sagacidad estratégica
para defender intereses nacionales. Más que tránsfuga yo pienso en un tema
ideológico: la seducción del esquema neoliberal que desde 1980 nubló las posibilidades
de acción nacional(ista) de las élites locales o bien nacional-lista (en
inglés: Smart-national) de los dirigentes del país. Al respecto, falta
una escuela de pensamiento estratégico de la defensa del interés nacionalista,
que no se limite a un (mal) pensamiento nacional-chovinista, que grite lo
hermoso de la patria, pero ignore la complejidad el mercado global y los
intereses compartidos con los norteamericanos, descubra el tema de la
mega-frontera, afronte el reto de las trasnacionales, etc.
La élite antinacional. Si bien la clase socioeconómica superior se
divide en miles de opiniones y prácticas personales —incluso podían aparecer
ahí algunos de los mexicanos más sinceros y amorosos con su patria— entre sus
pliegues aparece al filo más antinacional.
Por la escalinata del penthouse —ese departamento privilegiado del
rascacielos imaginario del país— nacional se escurrieron las acciones y
políticas más depredadoras de esta nación (o de cualquier otra). Desde la
cúspide arribaron las teorías y prácticas que hundieron a la moneda local en la
impotencia de la hiperinflación (por tanto, en la reverencia hacia el dólar) y
abrieron las fronteras comerciales de un modo imprudente y servicial. Por esa
misma vía, hoy mismo se privilegia al monopolio trasnacional frente a la
pequeña y mediana empresa mexicana, proponiendo la insensatez de una competencia ruinosa, por ejemplo, con
las facilidades dadas a Wallmart, cuando obtiene permisos mediante corrupción,
mientras arruina al modesto comerciante nacional. ¿Sería ético perdonar a una
empresa extranjera que confiesa actividades de corrupción para instalarse en
nuestro país? ¿No se les debe aplicar el artículo 33 constitucional del
“extranjero” pernicioso y aplicar la misma política que reciben nuestros
indocumentados? Resulta increíble la ternura de los antimexicanos, cuando se
trata de perdonar las violaciones a la ley del gran capital extranjero.
Una élite es un grupo separado y exclusivo,
que ocupa una posición superior o de privilegio, de tal modo que se distingue
del entorno. El término no resulta siempre negativo, pues existe una élite
científica distinguida por su mejor pensamiento y su acumulación de saberes.
Pero una élite de poder, de entrada resulta sospechosa, motivo de suspicacias y
hasta de rencores gratuitos. El tema es más espinoso, cuando la élite posee un
signo de comunidad ajena al país, sello de pertenencia a circuitos exóticos, ya
sean textuales o implícitos. En especial, el neoliberalismo acunado en escuelas
norteamericanas, nos resulta un eco molesto de la malafama del positivismo afrancesado el periodo porfiriano. El
grupo de los llamados tecnócratas del priísmo que se encumbraron claramente en
el sexenio de De la Madrid, se distinguieron por su educación superior en
Estados Unidos. Colocados en puestos claves de la decisión económica de México.
A cierto nivel el fenómeno resultaba trivial: los hijos de los políticos
importantes y otros jóvenes destacados de las clases altas acudían a formarse
en el extranjero. Estos jóvenes educados en Estados Unidos estaban destinados a
ocupar puestos destacados en la administración pública y sus competidores de la
burocracia nacional los miraban con recelo y hasta impotencia, pues estos
nuevos cuadros tecnócratas tenían habilidades y conocimientos para el manejo de
áreas claves del gobierno. El problema era encontrar si los estudiantes de
Harvard y demás colegios extranjeros, que se encumbraron, tenían una identidad de grupo. La suspicacia
y la triste experiencia nos empuja a decir: esto parece un complot. Aunque no
existiera una unidad de fondo entre tales personajes ni un complot en sentido
textual, en pocos años las tendencias neoliberales alteraron la práctica política, y el viejo nacionalismo
revolucionario (a nivel económico expresado en un keynesianismo local tan
notorio por el éxito del “milagro mexicano” con todas su variaciones) cayó en
pedazos. Aunque muchos de los protagonistas del neoliberalismo mexicano,
afirmen que son contrarios a esa tendencia (en tanto químicamente pura), de
cualquier forma desmontaron el sistema previo (de fronteras cerradas, de Estado
interventor, etc.). El cambio de sexenios y de partidos gobernantes no ha roto
la inercia neoliberal y sus híbridos dominaron el panorama nacional, incluyendo
el debilitar al sentido nacionalista. Por los frutos del capitalismo salvaje,
amoroso con las finanzas y rudo con las personas, los neoliberales deben ser
considerados los antimexicanos de tiempo completo.
El triste caso del bicentenario. Por sus raíces conservadoras,
el panismo resultó el peor organizador de los festejos de la Independencia y
Revolución. La mala conciencia los coloca en el bando enemigo, aunque ningún
panista le cargó el arcabuz a Calleja ni dictó sentencia en los juicios contra
Hidalgo y Morelos. Además el gobierno de Felipe Calderón omitió la celebración
del 150 aniversario de la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, es
decir, omitió la Reforma liberal del
calendario histórico. En fin, para mantenernos en el tema, estas
celebraciones anunciadas con años de anticipación quedaron en el rincón de los
“actos fallidos” (en el sentido de Sigmund Freud: revelaciones de tendencias
inconsciente, que no se confiesan), de tal manera que terminaron en la
tragicomedia de la “Estela de Luz”. Esta broma involuntaria del sexenio de
Calderón, comenzó con un concurso, entregado a modo, pues se concursó el
proyecto de un “Arco de Luz” y el premio se desvió hacia una “Estela”. El
lector malicioso se preguntará ¿Y qué tiene cambiar un arco a una estela? Tiene
de malo que un concurso público sigue reglas y lo convocado debe ser lo
premiado. Aunque si decimos seguidito dame un-arco-de-luz, se convierte en u-narco-de-luz.
Esa broma involuntaria debió horrorizar al equipo de Calderón cuando se dieron
cuenta. De cualquier manera, torcieron el concurso hacia algo no convocado y
premiaron un proyecto. Luego de
premiarlo generaron un proceso de corrupción tan tortuoso que hasta el
Presidente tuvo que reconocer que sí hubo corrupción en su creación. Además, al
ser levantado de modo escandaloso y puesto en frente de la monumental Torre
Mayor, ese homenaje bicentenario quedó como pequeño recuerdo de una mala broma.
En lugar de una obra espectacular para alegrar el ánimo nacionalista, quedó la
señal para criticar la medianía de un sexenio y el sitio pasó a ser reconocida
como “monumento a la suavicrema” (una marca de galleta con cuadritos) o la
“estela de corrupción”.
Si con
la triste historia de la Estela de Luz no bastara para mostrar la “actitud”
hacia la independencia del sexenio 2006-2012, debemos complementar con la
improvisación y el derroche de los “festejos”. Si bien los desfiles y shows
multimedia fueron alegres y vistosos, habrán de quedar como combinación de
elementos sin fondo, muy cuestionados por su falta de sentido histórico y
ausencia de patriotismo. El emblema de tal tipo de cuestionamientos fue un
gigante móvil, que parodiaba a un personaje revolucionario. La buena fe de los
creadores de este gigante y de los shows multimedia no resistió el efecto de la
crítica informada. Así, sucedió con los demás detalles del espectáculo popular,
poco culto y sin intención de aportación histórica: merecen el olvido. Todavía
más significativo es comparar al régimen (relativamente pobre) de Porfirio Díaz
y su enorme gasto en monumentos dedicados al centenario de 1910. La Ciudad de
México sigue tachonada con obras arquitectónicas notables y estatuas levantados
hasta el año 1910; en comparación, las paupérrimas acciones del bicentenario
2010 demuestran desmemoria y falta de homenaje para quienes nos dieron patria, resultan como caricatura. La falta de acciones
significativas fue la demostración de la falta de apego a nuestras Independencia
y Revolución por parte del Gobierno Federal.
Entregar las piezas clave de la
economía nacional es el eje de la incultura del derrotismo. Para la mayoría Salinas de
Gortari es un destacado neoliberal que privatizó las propiedades públicas. Sin
embargo, este ex Presidente en uno de sus libros protesta y dice que él no es (estrictamente)
neoliberal, proponiendo un argumento de defensa (desesperada y, diríase,
inútil)[2].
Explica que en su sexenio cuidó de no extranjerizar (pero sí de privatizar) el
sistema financiero, pues que fue después (en particular ataca a su sucesor,
Ernesto Zedillo) cuando se entregaron los bancos nacionales al extranjero y que
él no está de acuerdo (en la comodidad de la retrospectiva). Desde cualquier
punto de vista los grandes bancos privados son una pieza clave de cualquier
economía y más cuando la banca pública (casi) nunca financia al público.
En
efecto, los grandes bancos fueron privatizados (concepto de por sí cuestionable,
en nuestro caso rayando en una “compadrización”) hacia grupos empresariales
mexicanos y rápido pasaron a manos extranjeras en los periodos de Zedillo y
Fox. Con esto, los recursos que pertenecieron al país (periodo estatal) y los
enormes subsidios del rescate bancario (FOBAPROA) pasaron a control extranjero,
además de que las ventas accionarias prácticamente no pagan impuestos. En pocos
años, solamente un banco importante quedó en manos nacionales, y cinco de seis
grandes bancos reportan a metrópolis extranjeras: Banamex, BBVA-Bancomer,
Scotia, HSBC, Santander. El agravante es que la banca mediana nacional tampoco
existe, así recibimos una variedad de monopolio financiero externo.
Efecto
de una incultura de la pérdida (corolario de un neoliberalismo anti nacional)
este proceso de pérdida del sistema financiero se realizó sin tropiezos. Ni
siquiera se cobró una cantidad interesante de impuestos por las ventas de la
élite nacional a la extranjera. Y luego se queja el gobierno neoliberal de que
no alcanza con la recaudación de impuestos.
Este
triste episodio, tan poco señalado de la pérdida de soberanía nacional,
recuerda el 1848 con la separación de la mitad del territorio. En este caso,
quedó amputada cualquier posibilidad de una “soberanía financiera” (en
cualquier situación que signifique este término). Pareciera que sí existen unos
antimexicanos profesionales (full time para que ellos entiendan), con poder
suficiente para hacer cirugías mayores a nuestra economía, sin necesidad de
disparar un solo tiro ni arriesgar ningún soldado.
La pequeñez del grupo
antimexicano de tiempo completo. Cuando revisamos el tema con sentido
estricto, esta élite antimexicana resulta un grupo pequeño. En la distancia
histórica, me recuerda a la alta aristocracia y su sistema dinástico que dominó
Europa durante siglos, cuando los reyes y sus cortesanos dominaron el panorama
del poder durante siglos. Para derrumbar al sistema dinástico bastó la
formación de una alternativa creíble y práctica: fecundada por los talentos de
los grandes ilustrados, levantada por los burgueses liberales, alimentada por
un sector medio audaz y cumplida por el pueblo llano con hambre de justicia.
El tamaño
de la élite neoliberal es pequeño, quizá la mayoría de sus partidarios lo son
por conveniencia de momento y por falta de opciones. Los políticos de alto
nivel se suman al neoliberalismo por falta de alternativas (imaginan que los
Tratados de Libre Comercio son la única opción y que el Sistema Financiero
Mundial es sagrado); unos pocos lo hacen por convicción (derivados de estudios
en universidades extranjeras y locales que juran bajo el credo del libre
mercado); la mayoría opera con ignorancia del principio y fin. De hecho, la
mayoría de los políticos de alto nivel están alarmados por los malos resultados
de las gestiones económicas, pero creen (con fe y no con razón) que la única
manera de mantener la “estabilidad macroeconómica” es someterse a una disciplina
neoliberal, que incluye el permiso para entregar el sistema financiero a las
trasnacionales, junto con otros sectores estratégicos.
El
único grupo que es y debe ser neoliberal por destino y conveniencia son los
altos funcionarios de trasnacionales específicas (sector financiero e
industrias clave) y los representantes de algunas instituciones internacionales
que se benefician de este sistema (los propios representantes de los acuerdos
comerciales y financieros). Debo precisar que no todos los organismos
internacionales se benefician del neoliberalismo, muchos lo padecen y están
ansiosos de encontrar alternativas al “capitalismo salvaje”. Lo mismo sucede con
dirigentes de trasnacionales que divergen del credo neoliberal y hasta se
muestran altruistas. Incluso importantes especuladores financieros toman
distancia del neoliberalismo y anuncian su quiebra estrepitosa, como George
Soros[3].
De modo cuantitativo el grupo antinacional es pequeño, pero su fuerza económica
y política resulta grande; por fortuna, tampoco tienen modo de emplearla a su
antojo.
Cuidar al país del fracaso. Si medimos el tamaño del “grupo
duro” neoliberal solo suma a pocos miles de personas; la demás élite cae en el
neoliberalismo de manera circunstancial y sin conciencia de ello; muchísimos
más se dejan arrastrar y creen que ante la opción antinacional no existe
alternativa. Al final de día, los más de cien millones de mexicanos de tiempo
parcial, quedan sometidos a unos pocos miles de antimexicanos de tiempo
completo. Por lo mismo, de modo creciente los países eligen gobernantes que se
inclinan contra el neoliberalismo, ya sea bajo programas de izquierda o derecha.
Incluso los mismo Estados Unidos con Obama no se ajustan a la receta neoliberal,
sin embargo, la alternativa para superar de manera definitiva al neoliberalismo
parece estarse formando. Diversas regiones, tras optar por modelos de gobierno
más sociales, caen en crisis y recaen en el neoliberalismo, donde la cura es
tan mala como la enfermedad. Otras
regiones se levantan amargadas de la medicina neoliberal, descubriendo que el
remedio del capitalismo salvaje no arregló nada. En fin, el contexto planetario
nos indica que los países tienen la opción de arrinconar a las élites
neoliberales y explorar nuevas rutas para su propia felicidad, saltando los
linderos del capitalismo salvaje. En ese sentido, los más de cien millones de
mexicanos de tiempo parcial, poseen el interés y la fuerza para arrinconar a
los pocos miles de antimexicanos de tiempo completo. ¿Utilizaremos nuestro tiempo
parcial para cambiar de rumbo?
Cuando
escribo esto recién han terminado las elecciones de 2012. El proyecto ganador
—el PRI, vestido en los colores de la bandera— prometió eficacia y
cumplimiento; ya no asume el credo del neoliberalismo, pero tampoco presenta
una alternativa integral al neoliberalismo (que es la economía de la
injusticia). El gran derrotado, el proyecto de la derecha del PAN, había
aplicado un neoliberalismo sin radicalidad (simplemente dejando que siguiera la
inercia de las medidas neoliberales de las tres últimas décadas) El proyecto
perdedor —el Movimiento Progresista de izquierda— usó un discurso fuerte contra
el neoliberalismo, aunque no definió las palancas claves y recurrió poco al
discurso nacionalista. Gran parte del
priísmo está decepcionada de sus presidencias de 1982 a 2000, cuando el dogma
neoliberal los llevó a perder el Poder Federal (lo que más importa al político
profesional). Por su parte, los neoliberales imaginan que fabricar fracasos no
trae consecuencias, con la inocencia del niño que lanza la piedra y esconde la
mano; ellos creen que esta nueva transición no alterará sus perspectivas. Sin
embargo, las promesas rotas del neoliberalismo (crecimiento, abundancia,
solución a la pobreza y las crisis, entrar al primer mundo) lo condenan. El
nuevo milenio está madurando para propuestas mejores y más integrales ante los
desafíos globales. Los mexicanos de tiempo parcial tenemos la palabra; además,
somos mayoría en sentido cuantitativo y ético.
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