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viernes, 9 de noviembre de 2012

LA UNIFICACIÓN POR CONQUISTA, LA MUTILACIÓN TERRITORIAL Y LOS HÉROES DE LA PATRIA




Por Carlos Valdés Martín

Unificación paulatina 
La unificación nacional puede observarse desde varios puntos de vista, por ejemplo, el filosófico y el ideológico. La unificación de la nación en el momento de la Conquista es una simplificación cuando se aplica al caso indoamericano, pues las tribus locales no se sometieron a coro cuando los gobernantes aztecas o incas fueron derrotados. La caída de Tenochtitlan no garantizó la dominación de los cientos de pueblos dispersos en el territorio. Además los pueblos aliados al europeo recibieron un trato especial y, al inicio de la ocupación, mantienen una autonomía dentro del nuevo reino. La Conquista no finaliza con ese acto único de la derrota militar de los vencidos; sin embargo, la visión filosófica de lo Uno exige simplificar, reducir a un acto de fuerza (la guerra, la conquista) ese largo proceso de formación, que es más amplio. La teoría histórica nos indica que cuando el pueblo conquistador posee un nivel de civilización (en el sentido de base tecnológica, pero no moral o cultural) menor, termina por asimilarse al pueblo vencido, como sucedió con las hordas de mongoles en Persia e India que se mimetizaron con la cultura local. Sin embargo, también sería una simplificación (y hasta una aberración) aceptar la superioridad de los conquistadores europeos sobre los indígenas americanos, pues las culturas son irreductibles a un poder externo o una nivelación. En el caso de México, para empezar la Conquista no termina con un evento, sino que la resistencia local se mantiene durante la Colonia, de tal manera que los grupos más apartados mantuvieron su modo de vida casi inalterado, tal como lo atestigua la sobrevivencia de los lacandones. En sentido estricto, la unificación de la población local (aborigen, indígena, sometida) bajo un sistema externo (molde de Conquista o imperio, sistema importado, trasplante de realidad) es imposible, forma un objetivo ideal del conquistador, al cual este busca acercarse con la ilusión de la línea asíntota, la cual se aproxima (unas veces oscilando y otras veces en curva simple) hacia otra, y la oscilación se va reduciendo, pero no desaparece. Esa unificación de los pueblos bajo la espada es un evento inicial, que no define a la comunidad sometida de manera precisa. La masa indígena queda como grupo derrotado, pero ¿en qué se convertirán? En la punta de la espada, los vencidos no adquieren un nuevo modo de vida; son las órdenes del gobierno advenedizo (de su raíz, “advenir”, que significa lo que viene) donde se marca el sello de la nueva comunidad. La verdadera unificación comienza después de la Conquista, donde la nación (eslabón a eslabón) adquiere un cuerpo complejo y hasta dinámico. Algunos grupos escapan a la conquista y se resisten a la integración en los márgenes territoriales, en las regiones más inaccesibles; bajo la nueva religión permanecen antiguos ídolos y creencias. La nación comienza, primero bajo la figura de territorio sometido, con dependencia política y económica bajo la Corona conquistadora, hasta terminar formando una textura completamente nueva, de comunidad nacional independiente.


Territorio desmembrado
Sin alguna clase de territorio no existe espacio nacional, pero su formación puede ser contradictoria. La mutilación territorial de México, como atinadamente ha señalado Arturo Carrasco, resulta insostenible desde muchos puntos de vista, y, en especial, desde el legal[1]. Antes de la Independencia de México, inicia el proceso histórico de las “ventas territoriales” de los reyes “españoles”, desmembrando ilegalmente los enormes territorios de Luisiana y Florida (con un gigantesco territorio adicional y no sólo los estados que actualmente llevan ese nombre). Corresponde a un proceso de “territorialización” por reducción de espacios que coloca a la nación mexicana en su figura clásica. 
Aquí, cabe hacer alguna observación en su nivel más abstracto. ¿La relación entre las naciones y el territorio es unívoca y exclusiva? Como base de la existencia material, el territorio (que implica a las aguas) es fundamento esencial de la existencia nacional. Cada nación vive y se identifica con un territorio; el caso de naciones sin territorio corresponde a la demostración de una sobrevivencia extrema, como la travesía por el desierto y la diáspora. Quitar el territorio o exiliar es una de las agresiones más extremas que se pueda desplegar contra las naciones, por eso el derecho moderno plantea la soberanía territorial y exige el respeto más estricto a este principio de exclusividad territorial para cada pueblo[2]. La mutilación masiva al territorio de Nueva España y luego de México independiente tras la guerra de 1847, pareciera una excepción por la relativa ausencia de traumatismos posteriores, en cuanto el país pareció recuperarse con rapidez a las heridas y prosperar con una identidad propia. Debo subrayar que los traumatismos posteriores no son de manifestación escasa, ya que la guerra de 1847 causó un enorme impacto en los hechos bélicos y en la conciencia inmediata del país. Las explicaciones más sencillas para esta rápida normalización y la casi inexistencia de “nostalgia” nacional  por lo perdido, corresponden que esos eran territorios escasamente poblados (a la distancia se imaginan vacíos sin serlo en sentido estricto) y a la situación de sometimiento imperial durante el virreinato (pues no había despertado la nación mexicana antes de 1810). Por enormes que fuesen las pérdidas territoriales, el proceso de conformación de la comunidad e identidad nacional pareció no quedar alterado, y siguió su curso con un vigor normal, sin paralizarse por un dilema interior, como parece ser la situación de los periodos de división en Alemania o Irlanda. Incluso, por una especie de paradoja, las tendencias centrífugas de algunas regiones se esfumaron como resultado de éstos y otros riesgos externos[3].  


Panteón nacional: personificación nacional
Los héroes de la patria sirven como construcción y fundamento. Los líderes de una comunidad encaran muchas tareas y  entre sus más destacadas tareas está la forja de la nación. Este evento, que por tan reiterado, parece una estructura forzosa, se repite en las distintas latitudes y vincula con la formación de la nación moderna. La historia (en su nivel general) nos ofrece estos dos procesos: personificación y despersonalización. Algunas situaciones se convierten en personajes, como el rayo rugiente y el viento ululante se convertían en Zeus y Eolo. La mente nos provoca para que formemos perfiles de personajes en las nubes o conchas de cangrejos[4], de modo espontáneo jugamos a descubrir caras y cuerpos. La actitud opuesta para despersonalizar la naturaleza es una tendencia bastante moderna, la ciencia antigua no soportaba un universo sin rostro, y nuestros ancestros han observado esos rostros y figuras de animales en las montañas, troncos leñosos y estrellas.

El caso de los héroes describe el camino singular de personas destacadas que imprimen sus rasgos en la historia. En particular, los personajes que dan nacimiento a una nación o la salvan del enemigo amenazante son quienes dan rostro a la patria. La costumbre de venerar y darle estos rostros a cada patria es  universal. La dificulta consiste en separar el lado estricto del aspecto mítico, pues la tensión en esa herida del independizar o de la nación en peligro, facilita las deformaciones. Por ejemplo, la prisa por dar una explicación sencilla al nacimiento del México nos empuja a pensar que Miguel Hidalgo gritó “Qué viva México”, cuando la nación aún no recibía un bautismo de nombre y la gesta independentista todavía estaba en una fase primera, donde el objetivo de independencia no se había fijado. Que el proceso de surgimiento de una nación sea complejo, y la nueva comunidad esté mezclada con la vieja sociedad no implica un demérito moral, sino que trae aparejado un problema de justeza en el análisis.

Ahora bien, la comunidad nacional (por tendencia republicana) es una sociedad entre iguales, que para el caso de la Nación es una igualdad de nacimiento, ya sea por evento biológico o por ambientarse bajo los aires de la Patria adoptiva. Y, al mismo tiempo, por esa igualdad de nacimiento existe la interrogante de la “persona” originaria, y eso conduce hacia los “padres de la patria” y los “héroes que nos dieron patria” como el vínculo personal. Un conglomerado nacional sin perfiles precisos o sin héroes-persona no resulta suficientemente cálido y satisfactorio para la comunidad. Entonces los héroes-padres (y más feministamente, también madres) de la patria resultan un componente indispensable en la ardua forja de la nación. Si para el proceso sociológico (la estructura objetiva) el personaje que abre la puerta al proceso nacional parecería resultado de un conjunte casualidad, pues si no lo hace alguno lo haría otro, pero a nivel de la experiencia concreta los héroes de carne y hueso (primero, luego de mármol y bronce) resultan indispensables. Que el segundo salvador de la patria sea un Presidente de sangre indígena resulta crucial para el rápido mestizaje y sincretismo cultural, que alimentó al nacionalismo mexicano desde el siglo XIX. La presencia indígena y popular del Presidente Benito Juárez alimentó un sentido de justicia e inclusión en los sucesivos periodos del país; tras el largo plazo y la persistencia de la estructura social de la desigualdad (el mercado, el capitalismo, las trasnacionales y las finanzas planetarias) que se repite la imagen del mismo Presidente renace como un acicate en la arena política: el acicate que exige la igualdad. En su momento, el grupo liberal decimonónico, con Juárez a la cabeza implicaba la vanguardia para construir a la nación, sin embargo, este evento (en su 1867 como restauración de la nación independiente al derrotar al Imperio) luego pasa a ser una piedra de fundamento, que permanece en la red social y política del país. Después de siglo y medio, la estructura de igualdad ante la ley de un sistema republicano liberal sigue sirviendo como referencia y base legal al país. Algunos, filósofos de la nación como Ramos[5] y Paz[6] estiman que esta trama legal constitucional representa una unificación ilusoria, pues la desigualdad real sigue extendida en el país, sin embargo, cualquier espacio humano se moverá entre contradicciones, contraponiendo lo que sí es y su “deber ser”, su perfil de facto y la cara legal. El deber ser de legalidad donde se define una igualdad ante la ley es tanto un supuesto de comunidad nacional como un mecanismo para cohesionar esa comunidad, y, quizá no sea la única posibilidad, pero sí corresponde a la figura moderna de nación.

La distancia entre el héroe y la gente común genera una perspectiva mejor y también sirve para la narrativa, con el barniz del tiempo los personajes toman el matiz de héroes y sus defectos desaparecen en la distancia, pareciéndose más a montañas y metamorfoseando su envoltura de entes carnales. De ahí se levanta un panteón para la patria que mezclando la narración histórica real con algún ingrediente de necrofilia[7] y la necesidad de mantener referente fijos (míticamente eternos). Una vez definido este panteón nacional sirve para definir de manera más precisa a una comunidad. Las comunidades del periodo premoderno se contentaban con personajes más próximos a la magia o la religión como Moisés y el Príncipe Amarillo, para el periodo moderno exigimos personajes históricos revestidos del silencio sepulcral del panteón patriótico. Debemos reconocer que este panteón representa un territorio especial, ese espacio donde la muerte y el pasado ya no nos permiten tocar, y únicamente la memoria favorece a la referencia. En ese espacio singular, los mausoleos y las estatuas sustituyen a las personas, las conmemoraciones remplazan a las acciones, y, a pesar de sentido rutinario de las fechas conmemorativas, esos perfiles del pasado siguen sirviendo bien para mantener el espacio de una nación.

Con el tema de los héroes de la patria colocado en el panteón nos encontramos con una contradicción (evidente y hasta “natural”) del fenómeno nacional, pues esas figuras petrificadas en mármol sirven para indicar un punto sin cambio, y ese punto invariable (un “landkmar” señal de frontera en inglés) marca una unificación. La unificación de los héroes indica lo que ya no cambiará de la nación (su historia invariable, junto con sus costumbres), que se contrasta con que cada nación es una entidad viva, y que sin vitalidad cesa de existir.  Esta unificación, tema con el cual inicia este texto, posee ingredientes reales pero una parte de su material es ilusorio, pues la unificación jamás es completa[8], siempre está sometida a las leyes de transformación de los grupos vitales. Como el árbol, nunca será suficiente con raíces, el complemento está en sus extensiones celestes: las ramas que señalan al cielo del mañana.


NOTAS:


[1] CARRASCO BRETÓN, Arturo, Conferencias sobre la ilegalidad de las separaciones territoriales de México, textos en preparación, 2012.
[2] Este tema tiene dos interrogantes. La interrogante histórica pues los sistemas feudales permiten un control asimétrico de los territorios en base a soberanías parciales (falsas soberanías) de los aristócratas vinculados. La interrogante legal en cuanto los sistemas de derecho entregan al Estado (el órgano político) la soberanía, aunque reconozcan al pueblo como depositario legítimo de tal soberanía.
[3] Al parecer el riesgo de la sublevación indígena en la guerra de las castas eliminó las aspiraciones autonomistas en Yucatán.
[4] Por ejemplo, Sagan Carl, Cosmos, cuando se refiere a la reverencia de los pescadores tradicionales del Japón hacia un tipo de cangrejo al que creían la rencarnación del príncipe Heike ahogado en el río, pues la parte baja de su concha les recordaba los rasgos del personaje. Esta narración se estima fue el motivo para una selección artificial pues los pescadores respetan a los cangrejos que tienen parecido con el rostro del príncipe samurái. 
[5] RAMOS, Samuel, El perfil del hombre y la cultura en México.
[6] PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad. “Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una  constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los  Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente. El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad.”, p. 11.
[7] Como cualquier tendencia humana, el exagerar esa veneración al pasado, encierra un rasgo enfermizo, como lo marcó Freud en Totem y tabú, y remarcó Fromm en El corazón del hombre. El salto del amor al pasado hacia una necrofilia marca la caída en la enfermedad, y una cadena con el pasado.
[8] Según la estructura ontológica del ser, la totalización del individuo-sociedad jamás es completa. Unificación es hacer de lo múltiple la unidad; y el proceso se detiene en un punto previo a su grado supremo. En un punto dado, el fundamento está en la práctica y la libertad, que se mantiene como corazón del proceso. En este ejemplo, el culto a los héroes debe servir a los vivos, de lo contrario se cae en una enajenación extrema. Cf. SARTRE, Jean Paul, Crítica de la razón dialéctica

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