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domingo, 10 de noviembre de 2013

LAS MENINAS Y LAS RELACIONES LEJANAS ACERCÁNDOSE (Fragmento)



                                                                                              Por Carlos Valdés Martín

Lo que sigue abajo es un fragmento del ensayo sobre Las Meninas y relaciones entre la reproducción material (la economía ejemplificada por los esquema de reproducción de Marx) y la existencia a niveles en aparente lejanía como el arte, la revolución, el tabú, la angustia y demás. La elección es menos azarosa de lo que pareciera, aunque por extensión opté por solamente presentar el fragmento inicial. 
Las relaciones lejanas
Cuando nuestras impresiones quedan separadas entonces percibimos este color rojo, escuchamos ese sonido descascarado, saboreamos una manzana, viene a la mente una escena de ayer o suenan las noticias con su hilo de tragedias cotidianas. Pero después las percepciones no quedan vinculadas, más que por sucesiones y yuxtaposiciones. Luego descendemos a un río navegable de imaginaciones. La imaginación ya es una forma poderosa de vinculación, facilita el viaje y hasta montarse sobre nubes. La palabra trae otra forma de conexión: las palabras se ligan en frases y sostienen sus relaciones internas (su gramática) Pero las palabras también cobijan sus nexos interiores: la palabra “sonrojo” trae dentro de sí la palabra “rojo”, las cual existe adentro evidentemente. Aunque también hay parentescos ocultos, como la voz “subasta”, que proviniendo de una lengua muerta no nos evidencia que deriva de abajo= sub y de lanza= asta, refiriéndose a los remates del botín de guerra en Roma, entonces anunciados y delimitados por las lanzas militares. La razón trae vinculaciones de los conceptos, por ejemplo, relacionando el peso con la gravedad, así en una síntesis genial, Newton unió la caída de los sólidos, las órbitas planetarias y las mareas estableciendo una ecuación matemática (simple relación de magnitudes).  La caída, la órbita planetaria y la marea eran puntas lejanas sin conexión hasta que arribó Newton. En este caso se demuestra que las lejanías son falsas apariencias, y abajo de esa apariencia hay un parentesco esencial a demostrarse por el pensamiento. Sin embargo, los seres humanos (y algunas Academias) tendemos a establecer territorios aislados para el pensamiento, así aislando los números obtenemos matemáticas, separando los planetas tenemos astronomía, acotando las mareas educamos al navegante, aislando a Newton formulamos la física. Al final, la verdad está en el conjunto, la verdad radica en el todo y no en la parte aislada, por eso debemos seguir la ruta de las distancias acercando las puntas lejanas. Algunas polaridades ya evocan un vínculo marital como la noche invita al día, pero existen en nuestra mente regiones todavía lejanas, bloqueadas rígidamente como por el dragón que cuida las manzanas doradas de las Hespérides. Y esas regiones descuidadamente las dejamos inconexas.
Conviene ejercitar la relación entre las puntas lejanas, ya que de esa forma el pensamiento supera sus limitaciones. Solamente en la conexión de la gran red de las puntas lejanas, el pensamiento empieza a viajar hacia su infinito, hacia esa totalidad viva, en la que cada parte asciende hacia su remota profundidad y baja hasta sus cumbres casi celestes.

1) Sobre Las Meninas de Velázquez, el “cuadro de pintura” cuadrado, la perspectiva, el mapa y el teorema de Pitágoras (la hipotenusa del sujeto espectador)
En pleno “siglo de oro” de la dominación de un imperio mundial, se desenvuelve el célebre pintor español Diego de Silva Velázquez. Protegido en la corte de Castilla, se convierte en pintor de la familia real, desempeñando diversos encargos de confianza. Pintor de genio y trazos firmes, recupera el aliento renacentista de la pintura y desarrolla sus propios vuelos. Hacia 1656 pinta Las Meninas, donde muestra a la hija del Rey, la Infanta, con sus damas de honor denominadas “meninas”, armada sobre una composición, compleja y hasta desconcertante[1]. El cuadro merecería títulos de alabanza dispares tales como “fuegos artificiales”, “barroco”, “planos sobre-puestos”. A alguien solamente le llamará la atención el excelso realismo del retrato, o una aparición dentro del grupo de las damas de honor, pues estridentemente destaca una pequeña mujer fea con figura enanoide. Éste no es el único retrato de la familia del Rey acompañada con enanos. Extraña mezcla, la de juntar, por un lado, a la cabeza de la aristocracia, que reina por derecho de sangre y la deformidad de la naturaleza, por el otro. ¿Qué secreto temblor recorría el espinazo de un español del siglo XVII cuando se aproximaba a un enano? Quizá volteaba la mirada con discreción o se reía con esperpento, pero obligado resultaba el referirse a un castigo divino, porque en ese siglo, la religión católica era un océano espeso y extenso, que saturaba la conciencia social. La religión era una obligación del Estado y un orgullo de ese pueblo ibérico. Y bajo, la piedad cristiana (que no excluía la guerra y la tortura pública) cierta luz cultural y religiosa irradiaba la existencia de los enanos. Por fuerza, las frases como “castigo divino” o “misterio de la providencia” salían de los escaparates eclesiásticos para definir la condición vital de los enanos. ¿Y esos reyes, de una fe católica tan pública, qué podían hacer con los enanos? ¿Encerrarlos en lejanas mazmorras, ignorarlos para que deambularan como limosneros, exhibirlos en ferias o protegerlos en la cercanía del Palacio aristocrático? Al menos un par de retratos de Diego de Silva Velázquez nos revelan que la familia de Felipe IV colocaba a los enanos cerca del poder. ¿Era un acto de piedad o de poder? ¿Fue un gesto de religiosidad espontánea o una declaración pública de un gobernante, como declara su generosidad al repartir pan entre los pobres?
A una mentalidad menos emotiva no le llamarán la atención esos enanos acurrucados en el círculo del poder, sino que se impactará con el complejo juego de perspectivas y miradas. Las miradas de Las Meninas representan personas, ya como actores, ya como cuadros, ya como reflejos. Esta variedad de miradas nos deja atónitos y admirados. Al centro de la escena, como foco de atención, está la Infanta de pié mirando como hacia el vacío de las preocupaciones principescas (preocupaciones que deben ser inexistentes como un vacío). La Infanta queda tranquila recibiendo la mirada de dos damas que la ayudan con su arreglo personal. Al lado, una enana y un enano acompañados como jugueteando, con los ojos entretenidos. Abajo, por si faltaran sujetos mirando, un perro con la mirada clavada hacia el suelo, como naturaleza que descansa y no se interesa en ninguna mirada. Atrás, en un segundo plano pictórico, un par de cortesanos de pié, intercambiando seriedad y piedad. Un poco más atrás, una figura de pié, con mirada escrutadora y activa, indicándonos el verdadero interés y la actividad mental, ahí descubrimos el autorretrato del pintor. El pintor parado frente a un lienzo, en pleno momento creativo, observa adelante de la Infanta y sus ayudas para no perder el mínimo detalle. Ya la relación entre pintor y el retrato acabado indica un pormenor de realismo, sorprendente dentro de la fantasía del cuadro (la fantasía de la realidad misma), pero todavía falta una vista trascendente. El cuadro que pinta el autor lo observamos de espaldas, cuando al fondo existe un espejo, y sobre este espejo alcanzamos a ver una pareja. Esa pareja reflejada en el cristal son los Reyes, como lejanas presencias destelladas, que miran la escena. Culmina con una representación realista de triple mediación: vemos el reflejo de un retrato sobre un retrato. Por si fuera poco, la dirección del enfoque de miradas, del autor, un cortesano y la infanta coinciden con la línea del espejo, por lo tanto los reyes están colocados fuera del cuadro, unos pasos adelante, donde ahora debe estar el espectador actual. ¿Puede existir un concepto más barroco en la pintura? La curvatura de las representaciones múltiples y las referencias cruzadas ha alcanzado ya su máximo esplendor. Para redondear, y perdernos la pista, todavía se coloca una figura mirando desde unas escaleras, en posición de bajar. Estamos ante una verdadera selva de miradas, ojos y modos de ver que se ramifican en múltiples sentidos y direcciones. Todavía, falta por considerar una visión esencial, que para ese cuadro debe haber un espectador, que juega en esa selva de miradas, y se obliga a descubrir las curvas implicadas por esa maravilla, un espejo que “refleja” un cuadro dentro de otro cuadro. Vemos ese espejo que refleja un retrato del fondo como si existiera para reflejar ese otro cuadro supuesto. Donde los reyes miraron ahora observa un espectador disfrutando Las Meninas. Pero no existen ni el espejo ni el cuadro dentro del cuadro, todo es este único cuadro de Las Meninas que nos transporta por las curvas de la imaginación, sin embargo, respetando las legalidades de la mirada y de la óptica.

NOTAS:


[1] Cf. FOUCALT, Michael, Las palabras y las cosas, Ed. Siglo XXI, contiene una estimulante interpretación del cuadro, pero existe una gran variedad de discrepancias en la interpretación de sus significados y el contexto al que remite.

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