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martes, 7 de abril de 2015

TRIPLE SALTO MORTAL SIN COLUMPIOS






Por Carlos Valdés Martín

Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda.Hölderlin


Recuerdo el patio de preprimaria fresco y divertido con altos columpios para entretenernos, aunque unos niños mayores los acaparaban durante los recreos. Un día antes, por reclamarles que acapararan los juegos me gané una patada en el trasero y lloré.
Después esperamos pacientes hasta que ellos abandonaran los columpios. Usamos de escondite el hueco entre dos bancas, donde el sol de mediodía crea sombra y no nos descubren desde la distancia. Ocultos hasta que ellos terminen el recreo y se vayan a su salón.
Estoy tomado de la mano derecha, con Rocío, niña de trenzas doradas, y otra mano en el piso embarrándose con pasta dulce de un caramelo caído y olvidado. ¡Qué precisos son algunos recuerdos, como ese caramelo líquido del suelo! Para ella no hay gusto mayor al columpiarse, pero es lerda y suplica ayuda para ensillarse: “Por favor, niño Sóstenes”.
Ha sonado la chicharra y los demás regresan hacia los salones, pronto saldrá una prefecta con lentes gruesos cual fondo de botella antigua para revisar que no permanezcan niños en el patio. La espalda de la prefecta desapareciendo tras una puerta es la señal y corremos en silencio hacia el columpio. Ayudo a Rocío a subir, luego la impulso a dos manos y le explico entre susurros lo de estirar los pies, aunque ella no se esfuerza. Apuro para subir a su lado y hacer el truco de los pies adelante y atrás.
Mover la nuca y con cada impulso coronar el aire: eso vale más que los regaños que vendrán, con la voz agria de la prefecta: “Niño, entra a clase ya… que ya… o te castigaré el doble.”
Pasaron pocos días y de nuevo quedo escondido entre el hueco bajo las bancas del patio; esa vez otro temor me acompaña: el de nunca volver a ese patio. Al tiempo ese presagio se cumplirá; los papás llamarán y me sacarán de esa escuela. Lo determinó papá: se acabó la escuelita pagada; aunque dice que es por falta de dinero; también sugiere al oído de mamá que es por tantas malas calificaciones y travesuras.
Secundaria. Habían transcurrido varios años. En la escuela “Héroes de la Patria”, unos amigos salimos de escapada y alcanzamos el parque público tras cubrir varias cuadras. Me flanquean dos cómplices delgados, sudando por los nervios de escaparse. El patio de juego, en mitad del parque, casi está por completo vacío. En mitad de la alameda hay unos columpios enormes formados con típicas vigas de hierro redondo sosteniendo la trabe superior y los sillines, también metálicos, colgados por cadenas. Un dispositivo elemental y eficiente, amarrado con gruesos tornillos al suelo, donde los infantes experimentamos la oscilación y el viento fresco al empujar esos sillines. Estos aparatos levantaban tamaño doble de los normales en los que jugué en preprimaria. Corremos y gritamos:
—A que llego primero.
En los columpios, yo me impulso parado, sin respetar un letrero que indica sentarse. Critico a Pablito por su mala técnica que lo mantiene casi inmóvil. Les grito y presumo, subo y bajo con fuerza en amplias oscilaciones. Mi cabeza flota en ese sueño sin gravedad mientras perdura la diversión. Podría hacerlo siempre, olvidarme de tareas fatigosas y de mamá llorando porque papá nos dejó. En las noches ella desdobla una carta de separación, la relee y suelta nuevas lágrimas cada vez.
De regreso a los amigos les explico que algún día lograré un giro en redondo, que basta aligerar el cuerpo y balancearse con la mente en blanco, sin preocupación alguna.
La prueba definitiva ocurrió en otra visita solitaria al viejo parque, el mismo sitio de la escapada de la secundaria que seguía dotado con columpios con el doble del tamaño normal. Me subí e impulsé un largo rato; disfruté y hasta intenté un salto con movimiento. El aire de la tarde alegraba las mejillas y la frescura del ocio invitaba a un reto. En lugar de sentado coloqué los pies sobre el asiento y adquirí más impulso. De pronto sentí ganas imperiosas de saltar en el aire; lo dudé primero y terminé por lanzarme. Sentí el vuelo, junto con temor y desesperación instantáneos, pero un miedo placentero al alejarme de las ataduras terrestres. La caída fue dolorosa, aunque no tanto, me partí el tabique nasal y jamás olvidé ese gusto por volar.
Años después conocí a una hermosa ojiverde descendiente de la dinastía Atayde —apellido con ADN circense—, ella se impresionó con mi relato de la nariz partida y por su diestra (mientras acariciaba mi palma) descubrí el arte de los malabaristas expertos. Me dediqué a trapecista con dedicación y esmero; el vuelo sobre delicados trapecio se convirtió en mi vida.
Profesional. Entré en carnes y en posesión de habilidades lejos de la patria, tan distante de la matriz y pequeña urbe natal. Aprendí lenguas extranjeras sin olvidar las vocaciones de infancia ni el nombre de las calles polvosas donde crecí.
Transcurridos los años, he regresado al menos una vez al año —en anhelo de perihelio, según el modo de los peregrinos con devoción y nostalgia— si no fuese un gesto inútil me arrodillaría al volver. Aunque el último retorno fue peor: un turbio funcionario manda a arrancar de raíz los columpios en nuestros parques; uno a uno, todos desaparecen de nuestra madre-común y queda su faz desfigurada… Él argumenta que los vaivenes son peligrosos para los chicos y, además, también extiende la prohibición de balancines hasta los colegios. Para colmo a él lo eligieron de alcalde, ahora impera y se pavonea: desde el retrato de un afiche el mandamás brinda con alguna estrella imaginaria. Un periódico local ha divulgado una versión que recorto y guardo dentro la cartera para nunca perderla ni olvidarla. El impreso denuncia que ese alcalde, en realidad los arranca y remata para basura reciclada; eso no es negocio corrupto, pero se rumora le financian algunas corporaciones japonesas de videojuegos para alejar a los infantes del espacio abierto y confinarlos en los departamentos cerrados. Cada año veo menos niños en los parques de nuestra ciudad, y corre otro rumor de que prohibirá las bicicletas, triciclos, patines y patinetas porque —dice ese lema tenebroso— son temibles para menores de dieciocho.
Ahora que soy trapecista no me quedo con los brazos cruzados, al contrario, he aprendido a provocar expectativas y el auditorio nunca se retira decepcionado.
Fue sencillo conseguir los permisos para colocar trapecios y redes de seguridad entre los dos edificios más altos de nuestra ciudad. El conurbado sufre de aburrimiento casi crónico y, por supuesto, un espectáculo que ganó prestigio en giras internacionales siempre es bienvenido. El entretenimiento será gratuito y los volantes indican: “Sóstenes Amauta Riva… trapecista de fama mundial… regresa al terruño que lo vio nacer… para brindar sus más atrevidas ejecuciones y también su famoso triple salto mortal… por único día… espectáculo gratuito… cortesía del mundialmente famosos en el orbe, Circo...” Sigue elogiando el salto mortal que pocas veces se presenta en un escenario y, de facto, se ha prohibido el tentar sin red por su peligrosidad.
En la mañana previa al evento, el paseíllo del vehículo que perifonea fue exitoso. El evento quedó citado para el mediodía de un feriado. Ya la multitud se agolpa a los pies de dos edificios y busca las sombras. El ayuntamiento colocó sillas plegables y quedan ocupadas todas. La prensa también acude convocada, incluso varias cámaras de televisión toman acercamientos. Espero sobre la azotea, miro a los demás en agitación de hormiguero y eso enternece el ánimo. El mejor aprendiz ha revisado la tensión de las cuerdas, entretejidas en una robusta telaraña artificial y comienza a pasearse en el columpio contrario. El público palmea impaciente. Está congregada la mayoría de la población, en la sillas reservadas se colocaron los distinguidos y, al centro, el alcalde con su comitiva.
El locutor desde el altavoz pronuncia su guion y acrecienta la intensidad: “Vuelo de pájaros convertido en humano…” La música en altavoces es vibrante y sigue la voz dramática inundando el espacio: “Un solo error sería mortal…”
La multitud sigue agolpándose abajo, visualizo muchos rostros volteados hacia el cielo y comentarios —ora de admirados, ora de escépticos. El locutor anticipa los interrogantes: “Suplicamos su silencio, pues la siguiente parte eleva la dificultad hasta lo indecible.”  Esa frase no me gustó pues lo indecible nunca se dice. Sigue la ronda del payaso trapecista y las risas se esparcen cada vez que se tropieza y finge caer. Al final, en la ronda definitiva se ordena retirar la red de protección y se le advierte al público: “Nuestra estrella internacional lo hará sin ninguna protección… así que guarden silencio… pues cualquier error, puede resultar fatal… pero antes demos un aplauso y escuchemos unas palabras de hijo pródigo de aquí mismo —la voz subrayando aquí mismo con lentitud cual nombre propio y mayúsculo— que regresa a casa.”
Allá abajo, un puntito más entre la multitud, descansa sentado el alcalde lóbrego que ha arrancado los columpios de los parques y planteles, pero aquí se agacha ante el más alto de todos los trapecios. No se imagina lo que yo sé y menos sospecha que lo diré. Esta vez no improvisé, practiqué el discurso cien veces antes de pronunciarlo:
—Es un honor volver a mi terruño, esta hermosa ciudad de… —aplausos—, gracias los quiero tanto, los llevo en el alma y cuando viajo por países lejanos, los añoro y siempre están en mi corazón —más aplausos—, pero además del gusto y gratitud estoy obligado a compartirles de cómo nuestras niñas y niños… ahora ya no pueden gozar de ese entretenimiento sano e inocente que me elevó hasta las alturas… sí, mis queridos vecinos, ahora es la hora de decir en claro que les saquearon sus columpios a los niños y debería de regresarlos el mandamás de aquí…
El discurso sube de tono y los aplausos son más rabiosos conforme más hostigo al alcalde. Después, ya descargada y sosegada la conciencia, sigue una concentración plena, abstrayéndose de sonidos y molestias exteriores. Ni la mínima distracción se permite. Esa sesión de vuelos malabares fue magnífica, incluso cumplí con el triple salto mortal sin red. En gesto dramático y anunciado, fue retirada la red para el salto final. Por un instante se exigió al público el más absoluto recato y, en silencio, prometí jamás repetir esa temeridad.
Al terminar, el locutor llamaba con insistencia a mantener la calma y yo no distinguía el motivo de tantos gritos y clamores a ras de piso. Al continuar el alboroto descubrí el motivo. El discurso había causado más efecto que el esperado y el público comenzó a reclamar al alcalde por sus actuaciones, sin delimitarse a lo comentado.
El barullo se alejó de los edificios, entonces bajé a firmar autógrafos y compartir fotografías.
Pronto supe que el alboroto surgió más lejos cuando el alcalde huyó del lugar con torpeza. Por esas ironías de la justicia poética, un tornillo grueso yacía en una banqueta frente al portón del palacio municipal y era un humilde símil de los agarres de tubos para juegos infantiles, aunque esa vez resbaloso cual una cáscara de fruta. Lo seguían gritos y gestos hostiles cuando resbaló con el tornillo enfrente del portón barroco, el impulso de su cuerpo lo balanceó en extraño giro y se golpeó la nuca. Los vecinos variopintos lo rodearon, ninguno lo auxilió suponiendo que fingía pues su tropezón fue cómico[1] y no notaron sangre ni heridas; como sea, lo trataron cual cachivache y siguieron maldiciendo en voz alta… todavía no comprendían.
Ese final excusó al alcalde con irónica justificación: para él sus balanceos sí lindaban en el acabose.
De súbito sobrevino el silencio y la agitación de ánimos cesó al comprender el desenlace.
NOTA

[1] Montaigne creía que morir ante una puerta poseía una rara comicidad. Véase Ensayos de Montaigne.

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