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domingo, 8 de octubre de 2017

CONFESIÓN POR UNA MARIPOSA





Por Carlos Valdés Martín

Una mascarilla de barro volvió notable su excentricidad. Antes había sido un joven alegre y entregado a placeres, incluso él era “el alma de la fiesta”, cuando rasgaba las cuerdas de la guitarra para deleitar con temas sentimentales: “un guerrero es como una blanca mariposa… hoy recuerdo mariposas que ayer sólo fueron humo…”
A él lo extravió un efluvio intoxicado, pero una istmeña, más joven que él y dispuesta a consentirle insistió en rescatarle, jurándole amor eterno. Entre miles de detalles de enamorada, le procuró una cantina en una esquina, donde se patrocinaba a los crudos y le llamaron “Mañanita”. La taberna con su puerta abatible verde y un letrero escarlata invitaban a refrescarse, con una aclaración de beneficencia: dotaba de licor gratuito desde la salida del primer rayo de sol. Señalaba la letra pequeña del aviso: “Chupe gratis”.  
Antes él fue un chico estudioso, pero su vida se volvió regalada.
Él presumía su cutis —tersa perfección, oscuro recipiente del alma—, pero un triste día surgió un grano y después vino otro. Su madre le sugirió una mascarilla de barro publicitada en una revista. Él sintió que el remedio mejoraba siendo permanente así que conservó la mascarilla.
A Marisol no le molestó un novio excéntrico.
Pompeyo abandonó los estudios y puso en un estuche su instrumento musical. Se levantaba temprano y abría lo que llamaba negocio que, pues claro, que nunca fue negocio por el detalle del “chupe gratis”. Durante unos meses Pompeyo entró a la Universidad local y estudió con un profesor rojo que le inculcó sobre la maldad capitalista. Aleccionado e ingenuo, de ahí provino que en su local nunca discriminaría a los sedientos sin dinero.
Él se ufanaba ser el propietario, porque el amor concede; ella se conformó con las canciones de Silvio Rodríguez: “Qué maneras tan curiosas de recordar tiene uno, que hoy recuerdo mariposas…”. Pompeyo le dijo que ella era todas las mariposas de la galaxia. Por eso, Marisol usaba su herencia para mantener Mañanita, sin lamentar el refugio de los vagos y miserables ni las cuentas sin pagar.
Pompeyo presumía su resistencia al mezcal: se trasnochaba y amanecía animado, regresaba temprano el negocio.
Bajo la excentricidad de la mascarilla se daba las mañas para conquistar pretendidas. Tras muchas infidelidades, Marisol sufrió y lloró es cierto, pero su amor derivó en obsesión, entonces decidió que se dedicaría a “salvarlo”. Usaba unos zapatos con suela de goma y un vestido pardo para disimularse en las noches, cuando lo seguía para comprobar que él se enredaba con alguna falda floreada; al comprobarlo, enojada le lanzaba un guijarro desde la distancia o daba media vuelta para llorar en los rincones. Luego, ella terminaba perdonándolo, cada vez que él regresaba con serenatas: “Ya viene a ser como la cuarta vez que espero…”
Al principio supuse que él la amaba, luego cuando ella engordó como un tonel, creí en el interés monetario; cuando terminaron los fogonazos juveniles afirmé que era una obsesión mutua; cuando él se perdió en los delirios, concluí sin lugar a dudas: fue una maldición compartida, a la manera de “Romeo y Julieta” sin Shakespeare ni poemas.
El letrero de Mañanita se ajó y volvió ilegible; las sillas y mesas terminaron rotas, así que los visitantes se sentaban en cajones de madera y bultos de trapos malolientes. Cada vez perdió las pretensiones de cantina, hasta menguó el dispensario salvador de la miseria alcohólica, algo del recuerdo permaneció tras la puerta verde abatible. Acudían los peores borrachos, vestidos de harapos, y desesperados. Marisol cada vez regalaba menos damajuanas de mezcal o dotaciones de aguas de sabores que dosificaba entre los asistentes, casi fantasmas de la madrugada, alegres por regresar al néctar de sus vicios. Antes del mediodía la bodega ya estaba vacía, el lugar caía en el letargo a menos que algunos visitantes trajeran su propio mezcal, con regularidad de la peor calidad. Después ni damajuanas ni aguas frescas, quedó un grifo de agua simple y el recuerdo.  
Tenía un solo hermano varón, un arquitecto exitoso, que aborrecía cual nuevo Caín. Las preferencias de la madre se fueron acentuando hacia el otro. Cuando la madre al enfermar se mudó donde el hijo exitoso, entonces el corazón de Pompeyo se agitó y su ánimo empeoró, tornándose irascible. Pronto Marisol pagó las consecuencias de maltratos y maldiciones vicarias, dirigidas contra el hermano pero sufridas en carne de la istmeña. Pero Pompeyo, después del agravio la consolaba cantando: “yo ni respiro para que duermas y no te vayas…”. Sí, después de estallidos de ira, él se portaba mansito.
Por su parte, Marisol compartía la morada con su única hermana, Camila que desde antes aborrecía a Pompeyo, por lo que no permitió traspasara ni un pie en su hogar. La solución temporal fue armar un tapanco en Mañanita, ahí volvía con sus notas: “mariposas que emergieron de lo oscuro, bailarinas silenciosas…”
En una ocasión, la administración municipal clausuró Mañanita. El alcalde dijo la subalterno: “Es refugio de malvivientes, apesta a orines”. Pero del viejo fuego pervivían las brasas, entonces sí hirvió la sangre de Pompeyo, demostrando destreza natural para la agitación. Un sello de clausura fue roto y juntó a los borrachines desperdigados por la ciudad, luego les suplicó que acarrearan a cuanto familiar y amigo encontraran. Para atemorizar al alcalde reunió una multitud animosa que repetía: “siglos atrás inundaron un segundo, debajo del cielo, encima del mundo”, mientras Pompeyo se paraba sobre una silla gritando su canción favorita, simulando al director de un coro monumental. Corrió el rumor de que era pariente de Súperbarrio, un agitador temido en la lejana capital y el alcalde recapacitó: ordenó que no molestaran ese refugio.
Después del punto más alto, queda el camino descendente… El colapso de Pompeyo sucedió así: Camila intervino, consultó con un chamán, quien mezcló yerbas adormecedoras con el temido toloache. La botella semejaba a una dama gorda, bajo el pretexto de proporcionar nueva vitalidad reproductiva. Marisol rabió y maldijo cuando supo que ella fue el vehículo inocente que dio un brebaje, creyendo que curaría tanta infidelidad. Pompeyo sintió un sabor dulce y amargo, nada que lo alarmara, pero unos minutos después su hígado protestó, combatió con el páncreas, los intestinos vibraron, la sangre espesó, y los ojos quedaron en blanco. A la hora de las convulsiones, Marisol culpó a su estupidez y juró que, si su amado se salvaba, le perdonaría todo.
Eclipsada la vitalidad, Pompeyo balbuceaba con incoherencia, alternando con lucidez en oscilación desesperante. En ratos lúcidos Marisol lo incitaba para que sonara: “cabecita blanca, delgada nerviosa; siglos atrás inundaron un segundo…”
A pesar de la decadencia física y mental, que invitaba a la misericordia, Camila nunca aceptó que Pompeyo se quedara a vivir con ellas. Así, Marisol contrató en un hospicio de monjas, pero él prefería dormitar en Mañanita. Contrariada ella dejó de surtir mezcal y aguas frescas a ese sitio.
Una mala madrugada arribó a la ciudad un desconocido fornido y agresivo proveniente de la Sierra, que decidió apropiarse de Mañanita. La primera noche lo usó como dormitorio, pero un día después ya había sacado a golpes a los otros residentes y colocado una puerta con chapa. La decadencia mental de Pompeyo no le sugirió una nueva protesta; nada más se quedó junto a la puerta repitiendo su canción favorita: “…así eras tú de furibunda compañera. Eras como esos días en que eres la vida y todo lo que tocas se hace primavera.” El invasor salió y le soltó un bofetón en el rostro. Pompeyo, muy sorprendido, se alejó sin más ruido.
Lo alimentaban en el hospicio pero salía en cuanto se aburría y permanecía entre los callejones oscuros. Se acostaba en las banquetas, extendía una mano de limosnero. A veces otros borrachines lo reconocían y convidaban.
Perdido entre los callejones, Marisol se preocupaba por sus ausencias. Aún, en el estado deplorable, Pompeyo levantaba arranques de dignidad:
—Muévete de una vez que me tapas el Sol.
Luego le ganaba el cansancio y la inconsciencia, se dejaba caer cual un fardo. Con alarma ella descubría heridas cada vez más difíciles de cicatrizar, pero Pompeyo se resistía a las atenciones. Descansaba en el hospicio, luego de recuperarse salía para sus andadas.
Con los años, la diabetes había avanzado demasiado, así que terminó amputado de las piernas infectadas. Después de la hospitalización Pompeyo se habituó a las monjas. Él correspondía con su canción favorita y es que las demás terminaron por olvidársele: “tú eres el alma de los guerreros que aman y cantan, y eres el nuevo ser que se asoma por mi garganta”.
Marisol lo visitó con regularidad y pagó por sus gastos. Pompeyo baldado, nunca más quiso salir del hospicio y luego olvidó cómo tocar guitarra, pero con una pista musical, él se acordaba de la única canción favorita: “así eras tú de furibunda compañera”.
**
Camila miró al espejo después de que Marisol le suplicara recibir a Pompeyo amputado de las piernas y envejecido. El mismo espejo empotrado en caoba del Istmo, con su filigrana alrededor del cristal, donde miraba a su madre y sus gestos de niña; sus primeras muecas. Un poco de herrumbre había ajado las orillas, pero el centro seguía reflejando con fidelidad. La imagen de espejo le devolvía arrugas en la frente y alrededor de los párpados. Intentó un poco de labial para volver hacia años mejores, y sí, cuando niña el primer dibujo de labial le evocaba al mismo personaje y recordó: “Condujo el caballo por los senderos, me recogió bajo el árbol ciruelo a la orilla del pueblo; nunca antes había montado, la primera vez sobre una bestia tan imponente y amigable. La silla de montura sin espacio para dos, me acomodé en ancas, con la flexibilidad de niña con trece años y él un mozo un poco mayor, pero creído y pretencioso; presumía que cantaba lindo, al son de ‘una blanca mariposa, delgada nerviosa…’ y otras canciones que sabía, pero esa la repetía tanto y después de décadas, la repetía. Las piernas casi niñas tensas sobre el caballo, temblando para no caer y abrazando con firmeza, mezclada con pena, el pecho del jovencito; que repetía canciones y eso de dejar el miedo que confiara en él, que el sitio de la fiesta quedaba tan cerca. Desde la cita sabía que había locura y diversión, pero más estupidez y desatino; por eso de creer en un hombre, que prometía matrimonio siendo casi niños; que la fiesta era un grupo de extraños que no se interesaban en quién entraba o salía. Poco a poco se juntaron tantos adultos que perdí de vista; luego supe que se escondió, por otra chica, que ya era su novia; pero qué le importaba, buscaba sumar una conquista. Lo miré alejarse despacio en el mismo caballo y con otra chica atrás, en el anca de la montura, él cantando y fingiendo que no me escuchaba. Regresé idiotizada por lo visto y encontré a unos conocidos que prometieron regresarme a la casa; el resto de la noche aguanté las lágrimas. Después juré por todos los santos que ninguno me volvería a engañar así y cumplí. Mejor vestir santos de madera que desvestir borrachos de carne.”


**
La primera visión fue grandiosa.
Miraba Marisol el esplendoroso atardecer, cuando un trino sonoro estremeció el espacio… “como una mariposa, cabecita blanca, delgada, nerviosa…” Con el pasmo de un acontecimiento único, el anuncio de una tormenta o un eclipse definitivo, permaneció en su sitio, como petrificada. Llamó a su vecina con la mano para interrogarla en voz suave y temblorosa sobre el origen de ese prodigio. Ni siquiera lo había mirado y su corazón ya latía queriéndose escapar.
—Es el Pompeyo, el hijo de la otra vecina que regresó de la Gran Ciudad —la miró desde lo hondo de sus ojos cafés sospechando el amor— pero se cree muy muy galán, ten cuidado.
Los años adolescentes no respetan barreras y ella quedó prendada a esa voz surgida de un dueño jovial y sin oportunidad para doma.
Desde ese día se llevó las estrofas en su corazón: “Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno, hoy recuerdo mariposas…” En su mente, Pompeyo la acompañaba a cada momento y no existía un joven más guapo en el planeta.
A las amigas les presumía: “Me traerá serenata, otra vez me la traerá.” Bastaba una serenata para arreglar los días opacos y las noches lluviosas: “siglos atrás inundaron un segundo…”
Le hubiera gustado recibirlo en su propia casa, casarse y parir muchos hijos con Pompeyo, pero su hermana era de un carácter difícil, capaz de controlarla sobre el resto de su vida, con excepción de lo relacionado con su amado. Ahí Marisol se apasionaba y sacaba su carácter: “Como sea lo quiero y hasta daría la vida por él”. En lo demás congeniaba y seguía las indicaciones de la hermana mayor: “Esta casa se respeta… invirtamos para un puesto en el mercado municipal… vayamos a la fiesta de la sobrina”.   
Cuando se enteró de la primera infidelidad sufrió, lloró y decidió dejarlo, pero lo perdonó y descubrió que él estaba enfermo. Se prometió: “Lo salvaré”.
Planes de matrimonio sí llegaron a platicarse, antes de que se perdiera la mente de Pompeyo. Nunca se concretaron.  Los días se volvieron meses y los meses, años… Cuando ella se dio cuenta, ya él tenía el cuerpo de un anciano sin piernas, sujeto a su caridad; en ratos de lucidez él cantaba sus estrofas favoritas y nada más interesante atravesaba su existencia.
Marisol sintió que surgía una bola en su propio pecho y pagó a un artesano del mármol para un epitafio en la tumba de Pompeyo que decía: “mariposas, mariposas que emergieron de lo oscuro bailarinas, silenciosas…” La lápida estaba adornada por dos siluetas: una mujer esbelta y un hombre junto con una máscara, ambos bajo el signo de una cruz. Él todavía no moría, pero ella lo previó y ahí había espacio para los dos.

**
Recostado en el camastro del hospicio, Pompeyo despertó y con los ojos cerrados miró su vida transitar rápida y agitada. Supo que venía la lucidez, ahora sí abrumadora, impaciente cual rayo del cielo, enviado por Jehová, el Dios de los ejércitos y del Armagedón, preparándolo para un final próximo.
Su cuarto era el extremo de una habitación mayor, separado por una cortina, pero iluminado por una ventana alta que desembocaba en el limonero sembrado en un patio interior, que era un cuadrángulo de luz, insertado al capricho de una vieja hacienda. Un cuadro de Cristo con su sagrado corazón, viejo y enmarcado en madera lo vigilaba día y noche, con cara triste, invitando al arrepentimiento.
Permanecía en la cama por el problema de las piernas, sumado a la debilidad múltiple que trae la diabetes con final ceguera y abatimiento.
Esa mañana su corazón revoloteaba en aclaraciones, un despertar tan poco usual en él, no recordaba que sucediera antes, así que presagió su final. Se dijo: “Unos pocos detalles absurdos y el mundo te juzga; por habitar en un tapanco los miasmas de borrachines perdidos te contagias de su peste y las narices finas te repudian. Un tanto de barro hace olvidar el rostro bajo la máscara y el alma queda oculta, capa bajo capa. ¿A quién le reclamo si yo mismo juré no carecía de alma? ¿Aproveché el día en verdadero carpe diem? No, nada de eso, me atraganté en los descarríos de la carne, que vistos a esta distancia me parecen imposibles. ¿Cómo desnudar a una desconocida con tres canciones y anticiparlo presumiendo con los amigos? La misma desconocida que ya casada te mira como perro sucio, cuando duermes en la calle cubierto de ropas sucias. ¿Bastan los harapos para calificar las almas? Se niega, pero de qué me quejo si yo mismo desprecié a todos y, más a las hembras bellas. Nada más se ha quedado Marisol, como fuera por lástima, como si fuera su castigo. Y nunca le confesé que la arrastré conmigo por el recuerdo de Camila, que siempre me gustó y la seguí importunando con mensajitos. Mandar un mensajito, un papel escrito, destilando deseo o veneno; reconozco que he sido propasado. Pero en mis últimos sueños sé que alguien me observa, desde arriba, listo para arrastrarme hacia lo más lejano. ¿Mereceré el Infierno? Sor Marita dice que no es así, que ya sufrí bastante castigo, que pagué en vida los males. Y si la eternidad existe, y si el cielo se cae a pedazos, y si desde el averno salen los cornudos para arrastrar y si viene el torcedor eterno sin que le explique lo que no me explico a mí mismo. Siento comezón en donde no tengo piernas y nunca lograré rascarme, ni volver al pasado. Al menos supe lo que significaba una mariposa blanca y la respeté, quizá una mariposa frágil es un ángel, por eso seré perdonado. Descubrí que las mariposas importaban cuando mi padre me golpeó y, ese parece el último recuerdo, luego él desapareció y mamá dijo que había muerto, pero los tíos dijeron que se escapó, nada más por gusto. Así, que mi padre puso un matamoscas entre mis manos y señaló a una blanca mariposa, dijo “Mátala”. La luz de atardecer se filtró entre la ventana y una revelación interna detuvo mi mano; en lugar de lanzar un golpe como hacía contra las moscas, la agité como abanico para advertir a la frágil mariposa. Ella entendió y aleteó hasta el borde de la ventana para desaparecer por la abertura. Despertó la ira de mi padre:
—Pompeyo… niño idiota.
Dio dos pasos y jaló ese matamoscas que seguí agarrando. El jalón hizo perder el equilibrio, caí de bruces.
—Niño idiota, ni llore que lo friego.
Mordí la boca, sin poder evitarlo comenzó un sollozo y recibí una patada en las nalgas.
—Niño idiota.
Él se fue y seguro de quedar solitario, volví la cabeza y miré cómo regresaba la blanca mariposa al borde de la ventana: ella movía las alas con gentileza y, así lo creí, con gratitud. De mi padre, lo peor es que fue su último recuerdo.
Reconozco que nunca fui mucho mejor que ese niño caído que tuvo compasión por una blanca mariposa. Como si con eso fuera bastante, luego intenté salir por la ligera, no estudiar ni aprovechar, ni comprometerme con hijos ni con damas. Sí, las utilicé y me emborraché tanto, tanto y tanto. También tuve compasión por los borrachines perdidos, que eran como las frágiles mariposas, próximos a la orilla fatal, tan cerca del vertedero. Y estoy triste por haberme portado tan indiferente con Marisol, si hubiera podido la habría amado, pero nada más he sido su compañía, lo más que fui un arlequín que le alegraba sus soledades con mi mejor canción. Le di ratos de alegría, a cambio de soportar esta carga de un inútil y bueno para nada. No sembré ni un libro, ni coseché un hijo ni escribí un árbol… Ja… eso decía en algunas fiestas cuando me gustaba contar chistes, cambiar el sentido de las palabras, arrancar las sonrisas con tarugadas y canciones. Si eso pesara en la balanza de la muerte. Como sea no es justo que por un poco de lodo en la cara se juzgue a alguien; las blancas mariposas deberían ser los jueces de esta tierra y del cielo.
Después Pompeyo sintió que un rayo atronador bajaba de los cielos y creyó escuchar el aleteo de una mariposa, que dicen que así como aleteo de mariposa suena el alma cuando asciende.  


 




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