Por Carlos Valdés Martín
Hay destinos marcados por una simple palabra en una página privada. Cuando el régimen es una tiranía, escribir una simple línea que muestra una verdad incómoda, se convierte en temeridad. Una tiranía castiga por todo y por nada. La historia de Aleksandr Solzhenitsyn descube que la palabra —incluso la más recatada— puede convertirse en sentencia sin juicio. Sí, él era un ciudadano soviético que servía fielmente en el ejército, pero dio una opinión privada y recibió una sentencia cruel. Después nacería una implacable radiografía sobre la inmoralidad de la URSS y los falsos sueños del siglo XX.
El 9 de febrero de 1945, mientras servía como capitán de artillería del Ejército Rojo, Aleksandr Solzhenitsyn (o Solzhenitsin) fue detenido por unas líneas sospechosas. Lo había escrito, con cautelosa precisión, en cartas privadas a un amigo. Su trayectoria era de un patriota impecable y servicial. Combatía en el frente, había recibido condecoraciones por su valor y poseía una sólida formación universitaria en matemáticas. Sin embargo, en aquella correspondencia había criticado a Stalin y lo hizo de manera velada, a quien incluso evitaba nombrar de forma directa.
La censura militar interceptó aquellas misivas. No sucedió porque fuera él alguien importante o porque hubiera guerra. La revisión de correspondencia era una práctica masiva del Estado soviético. Se comenzó a imponer desde tiempos de Lenin y con Stalin era lo más común. Ningún ciudadano tenía derecho enviar cartas realmente privadas, el gobernante las abría.
Cuatro meses después, una comisión especial lo condenó a ocho años de campos de trabajo por actividades llamadas contrarrevolucionarias. No hubo un juicio en el acusado que pudiera defenderse ante un tribunal.
Prisionero sin esperanza placa SCH-854
El sistema penitenciario soviético era enorme y voraz. Solo el 1º de enero de 1953, los registros contabilizaban 2.472.247 presos en campos y colonias de trabajo. No todos eran presos políticos, cualquier falta menor podía llevar hasta ese exilio, principalmente hacia los rigores de la helada Siberia. Hubo campos donde la mayoría de los presos terminaban muertos por el hambre y las privaciones, las cifras se cuentas por millones de personas, siendo imposible alcanzar la cifra exacta.
Al principio, su formación le evitó a Solzhenitsyn los trabajos más brutales. En 1946 ingresó a las llamadas sharashkas, prisiones especiales donde científicos, ingenieros y técnicos encarcelados laboraban en proyectos para el Estado. Las condiciones eran menos inhumanas y agotadoras que en los campos ordinarios. Solzhenitsyn pasó por varias de ellas y terminó en una instalación próxima a Moscú.
En 1950 todo empeoró para él. Fue enviado a un campo de trabajo riguroso y agotador en las estepas. Colocó ladrillos, laboró en una fundición y conoció el régimen implacable de un recinto destinado a presos políticos. Los internos llevaban su número de identificación cosido en diferentes partes de la ropa.
Durante un invierno, mientras empujaba una carretilla, Solzhenitsyn concibió que narrar aquella realidad sería importante, la propaganda oficial lo negaba y el mundo lo desconocía. No necesitaba describir una ejecución ni escoger el peor día. Bastaba mostrar un día corriente: un hombre despertando en el campo, trabajando, buscando comida, evitando castigos y tratando de llegar vivo hasta la noche. La idea permaneció con él, tenaz y silenciosa.
Casi libre: exilio interior
Su condena oficial terminó en 1953, pero no recuperó por completo la libertad y fue enviado a un destierro interior, que era una condena permanente en las remotas tierras de Kazajistán. El azar interrumpió su condena, cuando el 5 de marzo de ese año ocurrió una coincidencia. El primer día en que Solzhenitsyn pudo caminar por la calle sin guardias, fue el mismo día se anunció la muerte de Stalin.
Solzhenitsyn permaneció desterrado durante otros tres años. Después del discurso de Nikita Jrushchov contra el culto a la personalidad de Stalin en 1956, pudo regresar a la parte europea de Rusia. Su rehabilitación oficial llegó en 1957. Se instaló en una ciudad provincial y trabajó modestamente como profesor de física y astronomía.
Una narración audaz
Aquella idea nacida en prisión seguía esperando. El ambiente de la URSS relajó la fiscalización policiaca y avanzó hacia una normalidad sin tanto acoso policíaco. En 1959 Alexandr se decidió y escribió la narración de sus vivencias. La llamó Un día en la vida de Iván Denísovich (el título inicial fue SCH-854, placa de identificación del reo). El protagonista era un preso común dentro de un campo soviético. El relato seguía la cotidianeidad en una sola jornada: el frío, el hambre, el trabajo, las pequeñas decisiones y la necesidad constante de adaptarse para sobrevivir.
En 1961, Solzhenitsyn se atrevió a enviarlo a la revista Novy Mir. Algo extraordinario ocurrió. En el nuevo ambiente post-estalinista de Jrushchov, el manuscrito llegó hasta las autoridades soviéticas y recibió permiso para publicarse sin censura. En noviembre de 1962, millones de lectores pudieron leer abiertamente en la Unión Soviética una descripción literaria de la vida dentro de un campo de trabajos forzados.
Una celebridad inesperada
Solzhenitsyn pasó de ser un exprisionero y profesor desconocido para convertirse en un escritor aclamado internacionalmente. Pero la apertura duró pocos años y las autoridades le restringieron el acceso a publicar. Él continuó reuniendo testimonios y escribiendo sobre la represión soviética mediante miles de testimonios reales. Su obra más extensa sobre ese sistema, El archipiélago Gulag, circuló clandestinamente hasta que su publicación en Occidente precipitó el enfrentamiento definitivo con las autoridades de la URSS.
En 1970 Solzhenitsyn recibió el Premio Nobel de Literatura. En febrero de 1974 fue arrestado otra vez. Esta vez no lo enviaron a un campo: le retiraron la ciudadanía soviética y lo expulsaron del país. Habían pasado veintinueve años desde aquellas cartas privadas que desencadenaron su primera detención.
Solzhenitsyn permaneció dos décadas fuera de Rusia, moviéndose como una celebridad. Finalmente, él viviría dos décadas fuera de Rusia antes de regresar en 1994 y permanecer en su patria hasta su fallecimiento por causas naturales en 2008.
La realidad del Gulag
Este inocente —detenido en el sistema penitenciario soviético por unas líneas escritas a un amigo— dedicó su vida a poner por escrito aquello que millones de prisioneros no pudieron contar desde dentro. Solzhenitsyn supo exponer su experiencia personal, para unirla a miles de testimonios de sobrevivientes y hasta de sus carceleros. De esa manera quedó para siempre en la memoria lo que significaron los horrores del Gulag.

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