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miércoles, 11 de junio de 2008

UN DESTELLO DENTRO DEL LABERINTO





Por Carlos Valdés Martín


El laberinto dibuja un símbolo cautivador para representar al mundo, mientras el concepto de totalidad anuncia la representación definitiva de la filosofía. El laberinto aclara como símbolo y la totalidad ofrece una idea máxima. Así, el mundo resulta símbolo como laberinto y concepto como totalidad. Entonces el puente entre el laberinto y la totalidad aparece directamente. Claro, el laberinto corresponde en pleno a las figuras de conjunto negativas, como indican el caos original, las peligrosas tierras ignotas, el terrible inframundo, etc. Ciertamente, la totalidad revela el nivel mayor, porque abarca los conjuntos positivos y negativos, reúne las visiones de cielo e infierno, de lo pensado y lo impensado. Sin embargo, la confusa imagen del laberinto resulta reveladora para la visión de la totalidad, como habremos de observar adelante. Resulta imprescindible comprender que permanece ligado a la condición humana, retándonos a obtener la resolución, nos exige alcanzar el final y conquistar la salida. Entre las variadas totalidades, la del laberinto resulta retadora, la que exige una solución, obligando a pasar desde la quietud hasta el combate. Por eso el laberinto presenta la excelente plataforma para conquistar a cualquier conjunto parcial, a una totalidad, e incluso (en la exageración optimista) a todas las totalidades.

Representa la confusión y el peligro
El símbolo del laberinto (al inicio) representa la confusión, en sí indica el estado de perdición del ser humano. Como seres humanos estamos perdidos, no tenemos el sentido y como carecemos del sentido del mundo descubierto, vivimos dentro de un laberinto. A la vida misma la podemos representar como un laberinto y nuestro centro de la existencia lo identificamos como rodeado por un laberinto. Al despertar de su letargo, quien se encuentra perdido decide (por fuerza) encontrar-se.
Al laberinto lo describieron claramente las leyendas griegas del minotauro. Debe estimarse como un curioso paso en la formación de las sociedades, la pretensión de crear un laberinto artificial. El primero artificial fue creado, según dicta la leyenda por un sabio llamado Dédalo, quien así sería el padre de las estratagemas laberínticas. Y si un humano construye laberintos es porque los posee en su interior. Este idearlos y construirlos (o crearlos sin idea) aparece marcado por la formación de las ciudades. Una vez rebasada la vida primitiva, resuena una característica de las civilizaciones: levantar ciudades, y ofrecer el nuevo modelo de complicación. La polis establece la arquitectura de una sociedad completa, identificando sus códigos de relaciones, describiendo su modalidad de convivencia y sus conflictos. A las sociedades complejas y caóticas les corresponden ciudades levantadas sobre el mismo diseño complejo. Ciertamente, no siempre las urbes se edifican como laberintos, muchas fueron planificadas sobre grandes líneas rectas y con avenidas amplias, con edificios claves estableciendo los grandes puntos de referencia. Existen las ciudades-plano armoniosas, ordenadas y no laberínticas, pero también abundan las otras, atestadas de curvas infinitas y mil recovecos donde esconder prodigios o sorpresas y así, entre curvas y recovecos, acallar cualquier sentido. La ciudad caótica erige la estructura arquitectónico-social que reproduce el ambiente estruendoso para la confusión y hasta el extravío completo.
Sin embargo, antes diseñó la naturaleza y prexiste un modelo original de ellos, dominante en los ambientes geográficos, como los bosques y montañas. En efecto, ya un bosque denso o las montañas saturadas de neblina crean laberintos de la naturaleza. Posteriormente los humanos nos apropiamos de este efecto de confusión y extravío naturales, la esencia de lo intrincado, para recrearlos de modo artificial. La creación de ciudades laberínticas nos indica un interior del alma humana forjado con moldes intrincados. Dentro de nuestra cabeza ya sentimos el laberinto y percibimos la vida de forma caótica, pero también existe una parte opuesta dentro del alma, esa parte importante se opone a ellos y quiere alcanzar la claridad de las salidas, quiere obtener siempre un sentido perfecto de sus actos y su mundo. Entonces, nuestro interior anhelante y perplejo contiene al nudo intrincado y al opuesto, el “anti-laberinto”. La visión plena y redonda del laberinto irrumpe unida a la noción de su resolución: de ahí la gran fuerza de esta idea. La leyenda cretense nos indica que el héroe Teseo resuelve el desafío y encuentra el camino del regreso mediante una estratagema, incluso sencilla como adelante se verá. Aún así conviene elogiar al ardid triunfador, pues escapar del peligro vale más que el oro.

La función del laberinto
Su presencia solamente irrumpe con plena evidencia cuando se está perdido, pues mientras no aparece nítidamente definida tal situación de quedar perdido y confundido tampoco está confirmada la presencia de un laberinto. En ese aspecto, los espacios tan abiertos del desierto o el mar terminan convertidos en nudos de perdición y, precisamente, esos territorios planos se “vuelven” laberintos cuando la desorientación apresa a un viajero. Así, la condición indispensable para definirlo es esta: el extraviado, el atrapado, un sujeto perdido en ese territorio. Entonces descubrimos una extraordinaria función indicadora del laberinto (y bastaría esa única función para estimarlo bastante) que es: revelar al ser humano perdido. Estar perdido es caer en un enredo, desorientarse es habitar en ese territorio hostil. Y el perdido se revela además, finalmente, como un personaje solitario[1]. De forma excepcional,  grupos de personas quedan errantes y perdidos, como grupos de náufragos o aztecas cruzando el desierto rumbo a su futura capital. Pero la situación de extravío corresponde mejor al solitario. De preferencia son los héroes solitarios quienes se internan en los dédalos y los únicos capacitados para escapar.
El laberinto revela la perdición como condición humana esencial. Al nacer ya empezamos desorientados sin conceptos y con percepciones limitadas, diversos estudios psicológicos indican que las dimensiones del espacio-tiempo todavía no están integradas en el infante, por tanto el niño pequeño percibe la confusión. Así, cuando somos bebés comenzamos perdidos pero con el crecimiento adquirimos la orientación. Después, ya con el intelecto formado, también regresan las oportunidades para desorientarse. Los padres protegen a los hijos y generan un espacio hogareño armónico colocado en el extremo opuesto de los nudos confusos, pero el crecimiento también permite traspasar hacia éstos. En especial, reconocemos los periodos de crecimiento acompañados de crisis, los pasajes de la adolescencia y la juventud, desembocando hasta las puertas de un enigma. Estos periodos de crecimiento indican a los laberintos también como pruebas de vida, eventos de trasmutación hacia el crecimiento, así definen el camino del héroe. El largo viaje de Ulises describe un tipo de laberinto de viaje armado por mil accidentes geográficos y trampas de los dioses. Mientras los humanos corrientes transitan rutas normales, los héroes surcan los caminos laberínticos, trepan las rutas escarpadas y solitarias para cumplir sus hazañas, remontando hasta donde nadie había osado llegar.
El laberinto separa lo verdaderamente valioso, el territorio trascendente y lo mantiene fuera del alcance de los simples mortales, por lo tanto funciona como un obstáculo de apariencia insuperable. Este territorio inaccesible llama a los héroes con fatalidad, con astucia o con encanto, y dentro de ese agreste lugar están protegidos y ocultos prodigios tales como la fuente de la juventud, la amada, el fuego sagrado y el reino celeste. Y ese lugar de valores o maravillas es, casi por regla, el centro del laberinto, por eso al avanzar el héroe se adentra en el peligro y la perdición. Este camino presenta peligros crecientes alejándose de nuestro mundo prosaicamente real y cotidiano, entonces la senda conduce a los héroes hacia la posibilidad de no regresar jamás, hacia la eventualidad de la muerte y la disolución total. Adentrarse hasta el nudo de dificultadas implica perderse. Y el corazón de tal perdición solamente lo concebimos como una muerte. Al centro de tal nudo asecha la disolución completa de la existencia, en otras palabras, la muerte absoluta.

La resolución de laberintos
Los laberintos se justifican al terminar resueltos por salvadores, por los héroes típicos entre cuyos modelos encontramos a viajeros y navegantes. Los grandes viajes de descubrimiento o conquista que ocurrieron en la historia antes se adivinaron dentro de la mitología. Las narraciones de Ulises emanaron de situaciones reales, pero saturadas de ficción y divulgadas mediante narrativas fantásticas, y con esto la novelística demuestra que el laberinto está en el interior y el exterior del ser humano. Los territorios desconocidos ofrecen uno de los mejores modelos de nudos caóticos, porque representan perfectamente la situación de desorientación y pérdida, rodeada de enormes dificultades. Esos territorios desconocidos retratan verdaderos laberintos por sus comarcas lejanas, bosques densos, sus montañas intrincadas, desiertos sin signos distintivos, enormes mares sin señas de orientación, y también son desconcertantes sus peligros representados por poblaciones hostiles, fieros animales, naturaleza agreste, etc. Basta el desconocimiento de una extensa geografía para recordar a viajeros sumergidos en la situación de confusión.
La resolución de anudamientos intrincados requiere de elementos básicos, donde se distingue la misma característica del héroe (la tenacidad, el arrojo, la perseverancia, la fuerza, la predestinación...) y también el auxilio de medios de resolución. Los verdaderos medios materiales básicos para salvar laberintos han sido los vehículos y las herramientas de orientación. Los vehículos que guían son tradicionalmente caballos y barcos, a los cuales se les reconoce un instinto para resolución de enigmas y les venera como confiables compañeros de viaje. Como las tradicionales herramientas de orientación esenciales para resolver el misterio natural de la geografía destacan las brújulas, astrolabios, catalejos y similares. Por su lado, los mapas merecen un capítulo aparte, porque el plano correcto es la resolución definitiva del territorio anudado, y la tecnología GPS representa el concepto extremo de guía con una orientación instantánea e infalible. De hecho, el mapa detallado significa la muerte del laberinto, pero recordemos que durante los tiempos antiguos los atlas eran aproximados y plagados de errores de cálculo, pues la cartografía resultaba bastante inexacta, por eso cada plano todavía necesitaba de la enorme pericia en la interpretación o la suerte del aventurero.

Sin embargo, contando con el recurso de vehículos y herramientas, la solución del territorio confuso únicamente se cumple cuando se despliega una operación mental. Esta operación mental consiste en la obtención de una diminuta clave (la llave de salida, el hilo rojo de Ariadna) o hasta el completo ordenamiento y la clarificación del espacio enigmático. El mapa representa un resultado final de la resolución del espacio-laberinto. El ordenamiento mental del laberinto nos conduce hasta la solución de una totalidad ordenada, precisamente en un orden indicado por una palabra antigua: “cosmos”.


La brújula, el mapa y el ideal del orden de la totalidad
La resolución de los laberintos terrenales, como los materializados en cadenas montañosas y mares con niebla, fue facilitada por un elemento material, nacido de la observación de la aguja imantada apuntando siempre hacia el Norte magnético. Con la brújula tenemos un primer objeto ejemplar de la resolución de espacios intrincados. La presencia de la brújula siempre nos recordará que permanecemos sometidos al riesgo de perdernos, mientras exista este objeto recordamos la necesidad de escapar de territorios confusos.
El mapamundi ya indica otra situación, porque la cartografía es hija de la resolución del enredo. El mapa es como la disección del nudo de confusiones, y proviene de una resolución tan definitiva que ha matado al laberinto. El macizo montañoso dibujado en el plano deja de levantar un embrollo, se convierte en un curso indudable y un territorio dominado. Aquí, estamos en el final del desconcierto, el problema resuelto completamente (aunque un sujeto torpe pudiera perderse todavía al malinterpretar un atlas), y mediante un paso más allá la tecnología de localización electrónica remota vía satélite se une la utilidad del mapa con las herramientas de comunicación (incluso ya ningún torpe se perderá).
La brújula y el mapa nos indican dos tipos de soluciones ante el laberinto: la de momento y la absoluta. La brújula indica el trabajo constante para superar un espacio misterioso, la oportuna referencia a una posición, que nos facilita salir de la confusión, mientras el planisferio implica la tranquilidad posible, la mirada serena desde un hipotético cielo, cuando contempla las planicies y mares allá abajo, como puntitos resueltos de la geografía humana. La brújula proporciona la acción transitoria y constante para salir, y el mapa encierra la resolución absoluta, para solamente seguir las soluciones definitivamente establecidas.
En ese sentido, el plano terrestre ya indica un ideal de claridades y de solución para cualquier confusión. La obra de cartografía representa el ideal encarnado de un orden sobre la totalidad laberíntica. Este ideal del mapa (y su sucesor el sistema electrónico) es perfecto, pero esconde el inconveniente de la perfección, pues invita a creer que la totalidad está fija y puede contemplarse desde afuera, como una fotografía fija. Esa creencia es inconveniente porque simplifica la totalidad, y simplifica en exceso. Entonces conviene no simplificar (igual a reducir) demasiado a la totalidad y tratar de ubicarla en su complejidad. Por definición la realidad entera implica complejidad, pero lo complejo permanece incapturable y casi incomprensible.

Un modelo de totalidad, un microcosmos
Si reconocemos a la totalidad del mundo demasiado compleja, entonces entenderla y atraparla parecería como esperanza imposible. Esa imposibilidad de acceder al conjunto ha sido negada por el pensamiento humano; el pensamiento cree en la viabilidad de pensar. Decíamos que el mapa indica ya una de las representaciones más clásicas de la totalidad en su forma simplificada. Esta simplificación contiene los siguientes supuestos: la fijeza (el plano no se mueve), la escala (pocos trazos representa grandes extensiones), la regla de conversión (la regla matemática de la escala y la conversión de las coordenadas esféricas a planas), los signos convencionales (representación de puntos cardinales, accidentes geográficos, etc.), la reducción a la dimensión del espacio (la geometría de la tierra es lo único interesante en la cartografía) y que el sujeto del conocimiento está afuera del proceso (como espectador o consumidor pasivo). Aunque exista una larga cadena de supuestos simplificadores, sobresale que sí demuestra como posible un modelo del gran conjunto, mediante el dibujo de un pequeño trozo de papel (el plano) proyectándonos al gran mundo. El mapa nos indica que sí es posible referirse a la totalidad con eficacia, para revelar el contenido del mundo entero. Para acceder a la gran y verdadera totalidad recurrimos a una pequeña escala (en sí misma un conjunto, ya una mini-totalidad), la cual nos clarifica la figura de la gran escala planetaria.
Podríamos objetar que el mapa esconde un artificio y mientras la verdadera gran totalidad permanece inaccesible a nuestra mente, porque nos hemos extraviado en el camino del artificio mental. Tal argumento nos llevaría al escepticismo completo (a un callejón sin salida), y quisiera plantear una respuesta a tal objeción, respuesta peculiar del pensamiento de la antigüedad. En muchas culturas se encontró un modelo previo a cualquier artefacto externo, porque el mapa ya es un artefacto exterior, fruto artificial de observaciones y sistemas. El modelo previo de una totalidad parcial para referirse (develar) a la gran totalidad del mundo fue el microcosmos dentro del ser humano. Por este microcosmos los antiguos entendieron que dentro del cuerpo-espíritu humano estaba reproducido el modelo del universo exterior, porque encontraban una perfecta correspondencia entre el rasgo humano y el rasgo del cosmos. Afuera (entre el cielo y la tierra) observaban el macro-cosmos y adentro del cuerpo percibían el micro-cosmos. Para algún pensador moderno esto indicaría una simple regla de analogía, copia de un orden humano con el natural, y establecer la correspondencia por analogía[2].
Este no es el momento para analizar si las analogías entre el cuerpo-espíritu humanos frente al universo son reducciones analógicas o descubrimientos causales, pero es menester reconocer que en esa idea (variada) del microcosmos se emplea una fórmula definida y astuta para acercarse a la totalidad. Acercarse hasta conocer la totalidad es una exigencia absoluta del pensamiento, ya que la parte sin su conjunto implica una entidad sin sentido ni explicación[3]. La visión antigua de correspondencia entre micro y macrocosmos es una idea de unidad en un conjunto estructurado, de tal manera que dentro del ser humano ya se contenía un modelo para el conocimiento del universo. En las ideas de microcosmos (existen varias[4]) habían encontrado dentro una pequeña estructura el espejo y el modelo para el conocimiento del universo. Esencialmente eso que siglos después ofrece el mapa como modelo de saber, antes ya lo había ofrecido el microcosmos (o sea el cuerpo-espíritu humano estructurado) como modelo inicial del saber: una estructura ordenada.
En ese modelo de conjunto mediante el microcosmos el elemento más sorprendente resulta la conexión inmediata entre el ser humano con los elementos más lejanos, precisamente la conexión con las estrellas y planetas. Al describir de microcosmos referían cada parte del cuerpo con los planetas y sus características, así como relaciones jerárquicas entre ellos. Lo integrado por los antiguos es un pequeño orden universal vinculando desde los planetas hasta cualquier otra cantidad de elementos, mientras fueran estimados relevantes, como eran las vegetaciones estacionales, los metales, la jerarquía política, etc. En la tradición de Occidente, estas relaciones del microcosmos frecuentemente fueron interpretadas como magia o paganismo, por lo que sufrieron persecuciones, y se convirtieron en parte integrante de los saberes esotéricos. Pocos autores occidentales antiguos tuvieron la fortuna de mostrar sus visiones del microcosmos y salir indemnes, como aconteció con Paracelso[5]. En la tradición del Oriente chino e hindú, estas interpretaciones no sufrieron una persecución continua, por lo que se mantuvieron como un “sistema” de pensamiento bastante coherente, y luego de muchos siglos, permitiéndonos recuperar sus características peculiares.
Al igual que comentamos en caso del mapa, podríamos también definir limitaciones de este modelo de microcósmico del cuerpo-espíritu en relación al conocimiento de la totalidad: variaciones de caso a caso (el caso de cada individuo varía respecto del modelo general), indeterminación de las relaciones causales (se desconocen relaciones causales del orden interno), tendencia a lo metafórico en vez de definiciones universales (las relaciones entre órganos y planetas resultan metafóricas como la relación del sol con la cabeza por superioridad de este elemento), etc. Pero este modelo contiene cualidades complementarias y antitéticas al caso cartográfico porque: retoma al sujeto de conocimiento desde el interior (calidad de autoconocimiento), contiene diversas dimensiones superpuestas (los planetas, los órganos, los elementos, las emociones, etc.), permite el movimiento en el tiempo y espacio (es un sistema desenvolviéndose), las correlaciones cualitativas resultan las principales predominando sobre las cuantitativas (poco interesa la medida numérica), etc. Proponerse descubrir desde la interioridad del ser humano y logrando la integración de las cualidades, resulta un proyecto ambicioso y hasta (permitiéndome una temporalidad fantasiosa) muy prematuro para la antigüedad. La interioridad del conocimiento únicamente se recuperó para el discurso científico académico con la creación de la psicología; el tema de la interpretación de cualidades resulta una asignatura pendiente para diferentes ciencias. Sin embargo, pese a sus limitaciones, el modelo de microcosmos resulta una aproximación a la totalidad mediante una integración organizada.

El laberinto contrapuesto al microcosmos
Posiblemente cuando objetamos que el mapa es artificioso y el microcosmos inexacto como representaciones (justamente entonces) nos hundimos dentro del laberinto de nuestra mente, enredados por el nudo incierto del escepticismo. Y cuando desdibujamos el cuerpo-mente integrados del esquema del microcosmos quizá restablecemos el reino de una condición laberíntica en el interior del ser humano. Por la vía de una progresiva digresión de la representación, el individuo puede separarse en cualquier cantidad de estructuras contrapuestas. Esta separación sistemática elaborada por las interpretaciones académicas también ofrece ya un tremendo problema, por la dificultan inmensa para reunir lo separado, escapar del idiotismo de la “parte”, la “religión de la parcela”. La separación se ha convertido un modo de conocer al ser humano y curiosamente las reglas del pensamiento académico y científico nos han acostumbrado a la especialización y separación excesiva. Una vez establecida la parcela, cada academia que estudia un campo especializado encuentra sus propias leyes exclusivas. El psicoanálisis se especializa en los estados patológicos de la mente; luego, la lógica se especializa en las operaciones mentales normales de tipo racional; la lingüística opera en otro terreno, indiferente a si la mente razona o agoniza extraviada, etc. Lógica, psicoanálisis y lingüística son disciplinas distintas, cada una con sus métodos y enfoques, con sus discursos científicos, pero además no están en armonía. Ante una variedad de especializaciones, finalmente resulta posible percibir al ser humano como una colección de entidades separadas, que se interconectan sin orden interno (casualmente relacionadas o sometidas a estructuras especializadas, de nuevo la separación). De esta separación de especialidades se crea un nuevo laberinto, que fue integrado sin resolución dentro de una unidad: esta es la curiosa propuesta de Foucault con su anti-humanismo inicial, quien afirma que la unidad del individuo es una ilusión emanada de la estructura epistemológica moderna[6]. Y esta interpretación no resulta tan excepcional, porque sin un mapa interior o un microcosmos aceptable el exceso de especialización rompe la visión unificada del hombre, de tal forma que se crea y perpetúa un laberinto interior. Ese embrollo artificial reconstituido nos pierde para que ignoremos el contenido completo del ser humano. Ahogados por un exceso de especializaciones nos volvemos a perder, incluso los líderes y talentos intelectuales quedan confundidos, impotentes para integrar los abundantes conocimientos de las disciplinas especializadas. El microcosmos antiguo contenía la ventaja de permitir una integración inmediata de casi todos los campos del saber (la astronomía, la anatomía, la medicina, la herbolaria, la política, la religión, etc.), en contraste ahora el conjunto de las ciencias y las especialidades está poco integrado. Sin integración en el tema del autoconocimiento humano estamos como el antiguo viajero, perdidos en ante el nudo de dificultades, pero ahora las mochilas del viajero están cargadas de conocimientos científicos y de vastas especialidades, el personaje siente más el peso de sus mochilas, se detiene atemorizado ante el pesado fardo sobre sus hombros y las dificultades de una espesura amenazante.

La integración de las ciencias y el infinito
La tarea de integración de ciencias es indispensable para recuperar la claridad y resolver el laberinto, una vez más. Esta integración de las ciencias o de cualquier saber se ha intentado muchas veces, y cada tentativa muestra logros y limitaciones. Generaciones sucesivas de pensadores claridosos han tenido presente la importancia de la unificación misma del saber, así, se encuentra este tema entre los enciclopedistas de la Ilustración, la filosofía clásica alemana, el marxismo, el positivismo, el pensamiento sistémico y otros[7]. Reconociendo la importancia de las tentativas unificadoras, existe un relativismo, pues el proceso de conocimiento está continuamente abierto, y los conocimientos especializados se bifurcan, el tema no queda resuelto de forma completa en cada época histórica. Ante el saber disperso resulta indispensable alentar la acción de los especialistas en el conjunto, integradores del rompecabezas de las ciencias progresando sobre su parcela. La unificación del saber también se puede convertir en una especialización mayor, ya sea mediante la filosofía, el humanismo, la teoría de la ciencia, la epistemología, el estudio de sistemas y estructuras, etc., por eso la solución accesible, en su misma acción parece una paradoja de más especialización para solucionar el exceso de especialización.
Dejando de lado la paradoja, la integración de las ciencias (y de cualquier saber aunque no lo categoricemos como ciencia) resulta necesaria y positiva, como camino para integrar un conocimiento verdadero. Quizá cada especialista por su amor propio no estará de acuerdo en aceptar como un avance establecer generalidades sobre su particular terreno del saber porque su especialidad le parece un campo de verdades precisas donde las interpretaciones generalizadoras solamente causan interferencias. Para el filósofo (o cualquier tipo de pensador de los Conjuntos) que bucea entre las alturas y las profundidades con la bandera de que “la Verdad es el Todo” no existe otro camino para resolver el nudo de dificultades, sino alcanzar las generalizaciones y establecer los puentes entre los saberes aislados. Para el estudioso del campo de lo general, la integración hacia el todo configura la meta de la búsqueda de la verdad y su modelo final. La peor actitud ante un laberinto es ignorar completamente su salida, y la multiplicación de saberes parciales, también contiene una forma embrollada. El conocimiento integrado de una totalidad de saberes entrega la posibilidad del individuo para escapar del anudamiento, usando los modelos de la traza del mapa y la figura del microcosmos. El dilema moderno oscila entre el extremo del ser humano muy informado, saturado de saberes parciales, pero perdido para integrar y controlar su vida (hundido en su laberinto), y el otro extremo, con la posibilidad de una vida a la altura de los tiempos, con acceso a un camino de salida, para nuestras confusiones esenciales. Una vez superadas las oscilaciones, quizá después del laberinto de los saberes especializados aparece abierto y perfectamente accesible el enorme territorio del verdadero infinito tan anhelado por los poetas y filósofos, místicos y sabios.

NOTAS:

[1] De ahí un mérito del título de la obra de Octavio Paz, El laberinto de la soledad.
[2] FOUCAULT, Michael, Las palabras y las cosas, Ed. Siglo XXI.
[3] Más bien visto en detalle nos sorprendería la suposición de que se crea conocer la parte sin el conjunto. En ese punto surge el acuerdo tácito entre la filosofía clásica y las nuevas tendencias del pensamiento sistémico Cf. HEGEL, GWF, Enciclopedia de las ciencias filosóficas. O’CONNOR, Joseph, Introducción al pensamiento sistémico.
[4] Si observamos el contenido, descubriremos que ideas como la del “pentalfa” pitagórico, la estrella de cinco puntas que implica el emblema de la salud, indicando el “quinto elemento”, también corresponden con el micro-macrocosmos.
[5] PACHTER, Henry, Paracelso, de la magia a la ciencia, p. 77-85.
[6] FOUCAULT, Michel, Las palabras y las cosas.
[7] La cuestión de fondo radica en sí esta dispersión adquiere un nivel cualitativo, creando una crisis en sí, o si tiene una imposibilidad absoluta de integración. Muchas teorías fundamentan su autoproclamada importancia en ofrecerse como la opción final para la integración del conocimiento humano. Cf. ENGELS, Friedrich, El Anti-Dühring.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me sorprendio encontrar sentido a los laberintos.

Pancho