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miércoles, 16 de enero de 2008

Y GRACIAS POR RUTH MARTIN


Por Carlos Valdés Martín

Solamente puede permanecer un sentimiento de gratitud grande, incluso un sentimiento enorme, por la existencia de Ruth. Ella se ha ido de esta tierra, pero conocerla, escucharla y convivir durante tantos años resulta en una bendición.
Queda agradecer al principio más supremo, más secreto, más alto y más sublime el haberla recibido. Los altos designios de la divinidad más alta y sutil, a esa entidad inconmensurable que denominamos como Dios, nos regalaron una vida entera a su lado.
La fortuna de que Ruth fuera madre y amiga resulta difícil de medir, porque tantas fueron sus atenciones y dádivas que resulta ocioso establecer su escala.
¿Porqué cada madre encierra entraña de volcán y respiración de lago? ¿Hasta dónde alcanzan los misterios opacos de su fertilidad? ¿Qué tan lejos viaja el eco de una voz maternal, permaneciendo como cápsula del tiempo, cuando reconforta en cada encrucijada de la vida, y alienta ente los momentos difíciles? Las respuestas parciales son fáciles, y las repuestas completas son casi imposibles. Cada quien, en el fondo de su corazón, posee la primera respuesta, la diaria, la respuesta de este preciso momento.
Especialmente brillante a la distancia, resulta la discreción del amor maternal, sentimiento que no se manifiesta en palabras ni en gestos vanos, en cambio se manifiesta constantemente, perpetuamente, sosteniendo a enormes distancias el ánimo de quien lo ha recibido, aunque sea una sola vez. Esa acción perpetua, discreta y a la distancia recuerda el misterio metafísico que propuso Descartes cuando creyó que el tiempo se entrecortaba y era una gracia de Dios la que volvía a unir el tiempo universal segmentado.
Cada madre preserva la vida, da continuidad a sus maravillas. Con eso bastaría para justificar su entera existencia. Pero algunas, como parafraseando el poema de Bretch, lo hacen siempre (perpetuamente preservan la vida: con una sonrisa, con paciencia, con atención, con los detalles que pasan inadvertidos para el observador descuidado) y así resultan indispensables, el sostén de la existencia.
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El más Alto Arquitecto debe poseer un diseño maravilloso en su universo para incluir una persona como Ruth Martín, quien decidió mantenerse en el terreno de la discreción y la generosidad permanentemente. Tanta discreción no permitió que suficientes personas la conocieran y apreciaran. Ella siempre conservó un aire de niña, un estilo infantil, cuando prefería mantenerse en un rincón, acodada en una discreta esquina, mientras distribuía una dosis de buenas acciones, sentimientos generosos, aliento sin pedir nada a cambio. El rincón, ciertamente, ese lugar tan mágico de la existencia infantil, tan discreto y adecuado para crecer, luego lo olvidamos de adultos. Pero el rincón siempre existe en el alma, en la geografía personal de cada uno, permitiendo una fracción de refugio. En el rincón descubrimos la fuerza imbatible de lo pequeño. El rincón es la esencia de lo pequeño que nos arropa y protege. Efectivamente Ruth siempre prefirió lo pequeño, lo mínimo que se mide en palmos y no por metros, por esa (y con toda) razón me hizo ver que nuestro país es tierra de diminutivos. México entero es una nación de diminutivos, así los coleccionaba con una sonrisa, y me recordaba cuando le indicaron en un restaurante: “el chico traerá su cafecito con un poquito de azuquítar, en un momentito”. Ciertamente, coleccionaba diminutivos en el habla mexicana, y nunca terminó de reunirlos, porque los diminutivos jamás terminan, siempre se pueden empequeñecer, expresando el anhelo por un rincón para cada palabra, donde cada término se encoge como un diminutivo.
El rincón personal no se piense que fue el lugar de los miedosos y los abúlicos. Ese lugar discreto no le impidió cumplir con actos de arrojo y desafío tremendos. Una persona, que como Ruth prefiere el rincón de la existencia, también tuvo la entereza y el valor de luchar contra la persecución política y por las libertades para sus conciudadanos. Durante años, incluso Rosario Ibarra de Piedra, la líder-emblema de la lucha por las libertades y contra las prácticas de la desaparición forzada y la tortura, la aceptó y estimó como una “mano derecha”, su colaboradora incansable. Ciertamente, por convicción Ruth decidió permanecer durante muchos años al lado de Rosario Ibarra, sin intenciones de protagonismo ni pretensiones de remuneración. Durante veinticinco años colaboró como miembro activo del Comité Eureka y jamás pretendió aparecer en primera fila, siempre prefirió mantenerse en el rincón de la eficiencia, de la solución de los problemas, del aliento para las compañeras más desafortunadas. La obligación moral por defender la causa de los Desaparecidos la colocó ante situaciones de riesgo contante, asistiendo a cientos de marchas y mítines, donde la amenaza de represión resultaba constante. Permaneció firme frente a los contingentes amenazantes de policías, soldados y granaderos que pretendieron callar al Comité Eureka, y ese es el valor tan extremo ofrecido por una madre cuando estima que su causa es completamente justa.
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Para ciertas personas el trabajo resulta una bendición, y aman constantemente el trabajo cumplido, ya sea envasar una crema, hacer una carta, traducir del inglés, renovar un seguro… Siempre trabajó Ruth, constantemente lo hizo, desde lo quince años. Cumplió sus faenas con dedicación y hasta cierto exceso de responsabilidad. Le enojaba discretamente el imaginar que pudiera fallar en su tarea o que faltara exactitud en sus labores.
Ciertamente, su primer trabajo lo consiguió a los 15 años y no le parecía que fuera demasiado joven para tomar responsabilidades, pues sus demás hermanos y hermanas también iniciaron una vida laboral sumamente jóvenes. La situación familiar los orilló por la muerte prematura de su padre, Salvador Martín. El fallecimiento del padre trastocó la situación familiar, que antes había sido desahogada, y obligó a que los muchachos participaran temprano en las responsabilidades de los adultos.
Ese primer trabajo fue el sencillo de una simple empleada, a nivel de asistente operativa para una empresa que fabricaba la conocida marca de pomada de La Campana. Ya desde ese primer empleo mostró que no doblegaba su dignidad a cambio de dinero, me contó que a ella a y otra empleada no les pagaron su parte proporcional del aguinaldo, pretextando su poco tiempo en la empresa. Ella investigó y se enteró que el aguinaldo era un derecho legal. Así, pidió le hicieran el pago adeudado de ley y la administración de la empresa se negó. Entonces ante la arbitrariedad del patrón decidió renunciar.
Rápidamente demostró una enorme habilidad con la máquina de escribir y el idioma inglés. Tuvo un empleo en un despacho de abogados y se encargaba de transcribir largas actas, sin permitirse ningún error durante la mecanografía. Siempre se mostró orgullosa de su habilidad con la máquina de escribir. Para ella constituía un orgullo ser calificada como “secretaria”.
Por su dominio casi instintivo del idioma inglés generó una mancuerna de traducción excelente con su marido Carlos Valdés Vázquez. Durante décadas tradujeron decenas libros de autores. La totalidad de los créditos quedaron bajo la firma de su marido. Desde mi punto de vista eso contiene cierta injusticia, pero a ella nunca le pareció esencialmente injusto. Resultaba natural que su marido (con una trayectoria intelectual, dominio del arte de la escritura y reconocimientos) fuera la cabeza de las traducciones y que ella permaneciera a la sombra. Claro, fueron un equipo extraordinario, siempre armónico y capaz de entregar una serie de traducciones ininterrumpidas de gran calidad. Después de la muerte de su marido, no se interesó en seguir realizando traducciones pagadas. Únicamente realizó algunas traducciones de artículos de temas económicos, en colaboración conmigo, para la revista de Economía del Instituto Politécnico, y además se entretuvo permanentemente realizando su versión personal para un proyecto de traducción casi imposible que es la novela Finnegans Wake de James Joyce. En efecto, este texto de Joyce se ha estimado como una traducción imposible, por la mezcla intrincada de palabras inventadas y de temas confusos. Ella estaba empeñada en generar un texto legible en español a partir de un texto ilegible del inglés. No pudo terminar este proyecto de traducción, porque esta imposibilidad le parecía muy atractiva, aunque de los dos primeros capítulos ya estaba suficientemente satisfecha.
Otra gran incursión en las responsabilidades del trabajo fue como secretaria del Gonzalo Martínez Corbalá, un político reconocido de la “era dorada” del priísmo en México. Este personaje ocupó diversos puestos. Ella colaboró en periodos intermitentes cuando este político fungió como diputado federal, Director General del complejo industrial de Ciudad Sahagún, Director del ISSSTE, subsecretario, etc. No estuvo siempre acompañando tal carrera política, pues no participó cuando este político tuvo la gobernatura de San Luis Potosí ni durante el episodio más interesante de esa carrera, que fue el puesto de embajador en Chile, cuando aconteció el golpe de estado en 1973. A manera de resumen, vuelvo a insistir en la discreción de quien trabaja sin pretensiones. Ella jamás se sintió parte de la élite política ni detentó pretensiones de soberbia.
Uno de los trabajos que más le gustó fue una empresa dedicada a la instalación de jardines, proyecto dirigido por su amiga de la vida entera, Sonia Campanella. En esta actividad mostró su afinidad por la plantas. Le encantaba demostrar que aprendió los nombres latinos de muchísimas plantas, así como los cuidados y manejos de las plantas. Su actividad de jardinería era la administrativa y no operativa, pero requería de un conocimiento detallado para integrar los jardines con las especies adecuadas a cada situación.
Su última actividad, en la que participó más de quince años fue el despacho de seguros, donde fue mi mejor colaboradora. A esta actividad se fue acercando paulatinamente, casi como por inercia de quien mantiene la relación familiar. Ahí volvió a mostrar sus habilidades largos años cultivadas. Sus clientes, por si fuera poco, siempre la creyeron mucho más joven, incluso, varios creían que ella era mi hermana y no mi madre. Los compañeros de oficina la respetaban por su entereza, y porque jamás maltrató a nadie, el buen trato era uno de sus lemas prácticos. En la oficina de seguros convivió sus últimos años y su oficina era como su segunda casa.
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Mujer de un único romance en su vida. El encuentro con Carlos Valdés Vázquez fue el chispazo de amor que la marcó definitivamente. Si existe el amor a primera vista este parece ser una de sus confirmaciones plenas.
Mi padre era diez años mayor que ella, viviendo una soltería laboriosa y estrecha en la ciudad de México. Sobrevivía con la ambición de convertirse en escritor, plasmando en palabras artísticas realidades insospechadas. Entonces compartía un modesto departamento con Salvador Pinoncelly, otro artista en ciernes. Una amiga en común, Sonia Campanella, propició el encuentro. El instante del encuentro quedó descrito en el cuento “El nombre es lo de menos” bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. No es una ficción, sino la recreación del descubrimiento del amor desde el punto de vista del marido.
Para ella no existieron dudas, ni reticencias. El flechazo se convirtió en matrimonio y rápidamente en maternidad. No existía otro hombre ni otro marido ni otro destino, su Carlos era completamente su fe y su credo. Permanecieron juntos en compañía y armonía, como el dicho fatal “hasta que la muerte los separe” en el año de 1991. Ciertamente, su marido murió de manera intempestiva, sin avisos ni anticipaciones, de un infarto fulminante. Y luego, Ruth jamás tuvo espacio en su mente para imaginar rehacer su vida, ni suponer amoríos posteriores. Vida amorosa de una sola pieza y de un único capítulo. Asumía con gusto su nombre “de casada”, como “señora Valdés” o “Ruth Valdés”, con esa denominación sintética tan usual en el matrimonio.
Formaron, luego de ese flechazo amoroso el nuevo tipo de pareja moderna que fue prevaleciendo entre las clases medias mexicanas. Ambos colaboraban, ambos aportaban. En la mente de Ruth no existía el modelo de una mujer destinada a permanecer en casa. Únicamente lo hizo en el primer año de su maternidad y luego volvió al ritmo de sus faenas dobles, una parte en la oficina y otra en casa.
Durante esos años, no recuerdo disputas, ni rencores ni enojos en la vida matrimonial. Resulta inusual descubrir relaciones donde no existen rencillas ni conflictos agudizados. Esto no implica una vida perfecta, el lado de los problemas se cargaban con mi padre, quien sufría repetitivamente su sensibilidad de artista y caía en estados de angustia y depresión, ocasionalmente se mostraba un poco achacoso o necio. Constantemente Ruth tenía ese conocido papel femenino de consuelo para el afligido, y mi padre lo agradecía reiteradamente. Así, en los altibajos de la existencia de pareja siempre prevaleció en entendimiento, el amor mutuo sobre cualquier adversidad.
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Al pasar los años Ruth se fue volviendo más apegada al contacto con sus hermanas. Afortunadamente este contacto más estrecho se relacionó con una obra altruista y organizada. Originalmente una sobrina, Laura Fernández de la Reguera Martín, enfermó gravemente del riñón. Los riñones de Laura perdieron completamente su funcionalidad y la situación no tuvo remedio. Estaba obligada a una diálisis constante para limpiar su sangre y mantenerse viva. Dos veces se intentó el trasplante de riñón donado por sus familiares consanguíneos, pero el desenlace fue el rechazo del órgano recibido. Después de una década y media de enfermedad y lucha, esta sobrina falleció, pero en el proceso impulsó la creación de una Asociación humanitaria para apoyar a personas con problemas renales graves. Así, nació la AHPRIAP que ha sido impulsada básicamente por Xóchitl y Judith Martín Sosa, y esta Asociación se ha mantenido cumpliendo una importante labor para personas con problemas renales. Actualmente, la AHPRIAP está dedicada casi exclusivamente al apoyo de niños en la fase post trasplante de órganos.
Esta Asociación ha sido el motivo para que las hermanas Martín Sosa, incluida claro Ruth, se mantuvieran unidas y activas en torno a un ideal de beneficencia, cumplido con puntualidad y discreción. Durante años se reunieron semanalmente para sacar adelante las tareas de la Asociación, situación que reforzó los lazos familiares de afecto que siempre mantuvieron.
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Para Ruth tener una nieta fue el último gran tesoro de la existencia. Se adaptaba perfectamente al papel de abuela. Le agradaba quedar en ese papel de abuela, no le espantaba la vejez, porque mantenía un ánimo y un trato joviales, pero constantemente se colocaba en el grupo de “las viejitas”, diciendo que “las viejas somos…” de tal o cual modo.
Su nieta Aralia, ofrecía contrapuntos importantes con la abuela Ruth. En especial el tema de la música no deja de resultar sorprendente. Ruth poseía un sentido especial antagonista a la música, en general no le resultaba su arte preferida, y el mejor músico le parecía resultar el músico callado. A este esquema vino a contraponerse su nieta, quien manifestó un gran instinto musical, incluso con talento para interpretar y hasta componer. En ese misterioso contrapunto, la única persona que convenció a Ruth para asistir a un concierto fue su nieta. Incluso lograba su colaboración para componer canciones. Esto muestra una convivencia entre generaciones opuestas, poco usual, pero armoniosa.
Vivieron juntas en la calle de Jordaens de la Ciudad de México. Limaron sus divergencias generaciones, y la abuela (a veces a regañadientes) respetó la independencia de Aralia. En privado, Ruth admiraba a su nieta, le admiraba esa sensibilidad artística que demostraba, y en público la reprendía por sus descuidos juveniles (ninguna casa permanece ordenada cuando se habita durante los años mozos).
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Finalmente, para la biografía de Ruth Martín el significado “único hijo” encierra gratitudes, las cuales no estoy calificado para indicar con justicia. Hoy en el penúltimo día del año 2007 me basta con ser aquí el último eslabón de una gratitud iniciada hace muchísimo, el eslabón de una alegría que sigue repercutiendo en cada respiración.

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