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miércoles, 11 de junio de 2008

HERÁCLITO Y EL RÍO




Por Carlos Valdés Martín




“Dos veces en el mismo río no podrías sumergirte” 
Platón lo atribuye a Heráclito en Cratilo, 402a 9.



Oscuridad, misterio, saber...


El río, abandona su condición natural, para mostrarse bajo nueva luz; deja a un lado sus sensaciones para convertirse en testimonio del misterio indagado por Heráclito, uno de los primeros filósofos. Se levanta la inquietud, contraria a la evidencia de lo evidente. El flujo de agua se convierte en testimonio ajeno a lo conocido, el objeto también resulta oculto y contradictorio. La evidencia de nuestros sentidos trae la tranquilidad, pero la motivación de nuevo conocimiento nunca surge desde presumir con satisfacción que lo observado acapara la verdad.



El conocimiento despierta y se aviva cuando descubre la ignorancia del supuesto, cuando se revela como fallido, pues teme que sus límites han sido tocados, y entonces se dispone a redondearse con más conocimiento y a revelarse como otro conocimiento con más profundidad. El saber nunca será una tranquilidad completa y una satisfacción reposada, sino que impulsa un movimiento que va del sujeto al objeto y viceversa, por eso oscila con inquieta naturaleza.
El conocimiento se incita con su opuesto, se alimenta y es atraído por su contrario, que solamente es denso cuando se revela como misterioso, porque lo misterioso empata con lo oculto que nos indica su penumbra. A diferencia de lo simplemente desconocido e indiferente, lo misterioso levanta un enigma parcialmente resuelto, por lo que la conciencia avanza aguijoneada con el misterio. El misterio es una llamada a la indagación, a resolver el problema y a penetrar en cualquier oscuridad. El misterio agobia con la frustración a toda inteligencia, pero una frustración que invita a ser superada y resuelta. El misterio cava la trampa abierta para aprisionar a la inteligencia...
Con Heráclito el saber queda como misterio, la claridad está atrapada por la paradoja y el nivel de lo misterioso permanece suficientemente interesante, entonces las generaciones de pensadores muerden el anzuelo, mientras efectúan sus interpretaciones. Esto explica que los aforismos de Heráclito son uno de los temas más estudiados de la filosofía y uno de los campos propicios para las interpretaciones más diversas. Bajo esta óptica los aforismos son arcilla blanda para efectuar conjeturas, porque mientras más compleja, breve y brillante sea una metáfora aforística resulta mayor su maleabilidad para reinterpretar. Esta inclinación del pensar, se contrapone a la ofrecida por los pensadores sistemáticos como los filósofos clásicos, y a pesar de todo, también Kant, Hegel y Marx terminan siendo objeto de múltiples interpretaciones; porque hasta los sistemáticos y aparentemente redondeados escritos de los clásicos ofrecen una obra sometida al lente de la interpretación. Si ya la exégesis respecto de los sistemas es enorme, más aún la interpretación sobre una colección de aforismos incompletos e inconexos resulta potencialmente infinita, y con el paso del tiempo debemos agregar la reinterpretación sobre la interpretación. Las exégesis sucesivas recorren el juego de los sabios primeros (apologistas o detractores) que encuentran un abono fértil en el pasado para sus propias teorías. Las teorizaciones posteriores renuevan las respuestas al misterio, levantando un veredicto de claridad sobre el pasado, sin embargo, la misma multiplicación de interpretaciones restablece la condición del enigma, ante la falta de unidad de las versiones posteriores, el misterio se restablece o mantiene en pie, de tal manera, que el oscuro brillo del paradójico velo se conserva y hasta potencia.

Paradoja y complejidad, o la naturaleza de las cosas...
Para andar con mayor seguridad conviene avanzar paso a paso, lo que en el pensamiento equivale a la máxima de Descartes de que se debe abordar un conocimiento al separar claramente cada parte, mediante ideas claras y distintas. En contra de esta conveniencia, está la realidad de lo complejo, que no muestra una relación simple de cada parte, sino una relación expresamente diferente de la sencilla. Y en el amanecer de la filosofía, mediante Heráclito, nos encontramos la propuesta cruda y crítica de abordar la complejidad como al toro por los cuernos: afirmaciones paradójicas en lugar de las afirmaciones sencillas. Lo complejo no solamente encierra a lo grande, sino también incluye a lo paradójico, a los elementos de apariencia o esencia contradictoria, y el paso hacia el contrario (dialéctica de la negación de la negación). El estudio de lo sencillo no es suficiente, su complemento en el estudio de lo complejo, también tiene una carta de ciudadanía directa en el saber, mediante la presentación de la paradoja.

La esfera y la serpiente
Podemos recordar al río, al famoso río, donde Heráclito afirmó que no se podía bañar dos veces en el mismo. El río ya es una realidad compleja, su particularidad fluyente y atractiva ya ofrece una complejidad soberbia, simplemente al observar, su turbulencia acuática formando oleajes irregulares. El río es demasiado complejo para obtener una idea clara y distinta del mismo[1]. Ante la complejidad Heráclito elige una paradoja, la cual alcanza la cúspide de las confrontaciones dialécticas: el río no me permite bañarme dos veces en el mismo, entonces es y no es el río, cambia.
No muy lejos en el tiempo y en el espacio, otro pensador, prefirió la redondez de una esfera como signo de su pensamiento. Parménides afirmó sencillamente: “lo que es, es y lo que no es, no es”. Esa verdad no contenía fisuras ni cambio, no se le podía asir por ningún lado y no variaría en el curso del mundo. Parménides prefirió lo redondo, lo que no tiene variaciones por ningún lado, inventó la perfección del “Ser”[2].
Para morder la esfera intocable con el veneno de la duda el río se debería convertir en serpiente. La serpiente escéptica debería dudar de la redondez de la esfera de Parménides, debería de encontrar una fisura en la eterna esfera que nunca ha variado ni nunca cambiará. La serpiente debería de morder por algún lado la redondez del “Ser” para que las cosas volvieran a rodar, digamos, a serpentear.
Si parecía que la esfera triunfaba en el pensamiento era porque llegaba la etapa invernal, cuando el río se había congelado. Para que deje de cambiar el río debe quedar congelado y esta metáfora del río helado la ofrece Nietzsche para recordar que durante el verano el deshielo del río destruirá los puentes creados para cruzarlo seguramente durante el invierno. Cuando sale el sol el río destruye los puentes del invierno, metáfora del regreso del pensamiento vivo[3].


El barquero y el río
La imaginación del río se conserva tan fresca a través de los siglos porque se balancea en el filo justo y delgado entre el estricto razonamiento y el arrebato emotivo o hasta místico. En el campo lógico formal, la imagen fluida del río con la complejidad de la mecánica aleatoria de los movimientos caóticos de sus oleajes ligeros levanta un desafío que raya en los linderos de lo comprensible. Pese a la dificultad para la comprensión de un fenómeno tan complejo, sin embargo, accesible al sentido inmediato de la vista, sigue maravillando. Su descripción es un fenómeno complejo de mecánica aleatoria por los movimientos caóticos de sus oleajes ligeros. El sentido visual capta inmediatamente, en imágenes oleaje alterándose a cada instante, evento que la mente alcanza a intuir sin descifrar. La inmediatez de la visión hasta pareciera ser más comprensiva que lo obtenido por la mente en sus raciocinios que avanzan paso a paso, sin descanso pero sin una vía rápida para acceder a la complejidad subyacente. Los ojos ven y al mirar captan todo lo que ellos necesitan, la imagen en movimiento de los oleajes en su camino hacia el mar, son agradables y hasta sedantes; para los ojos esa complejidad no presenta un desafío, sino más bien un remanso. Además siendo el agua, al base de la vida, la asociación de ideas entre el río con la vida misma es poderosa; contemplar un río evoca el curso de la vida, para sentir gratitud por el crecimiento o el flujo. El conocido poema medieval de Jorge Manrique con motivo de la muerte de su padre, con claro tino incluye la afirmación que la vida son ríos, que arrastran inevitablemente hacia la mar, que es el morir[4]. La metáfora, en este caso es triste, pero casi siempre la vista del río resulta revitalizante, estimulante para los sentidos, y ya la mera visión ribereña induce una nota de alegría.
La imagen que envía el caudal fluvial a los sentidos es tan plena y merecedora de admiración, que la novela Siddartha lleva el camino de la iluminación mística hasta el oficio del barquero[5]. Una larga vida de aprendizaje místico, conduce al personaje de Herman Hesse hasta el punto de que la satisfacción mística más plena la obtiene en las labores de barquero por el contacto con el río, que además de la vida, casi es el Aleph del universo. El río para el barquero Siddartha se convierte en el emblema de la totalidad, y anuncia una religión de estilo panteísta. Pero no olvidamos al primer gran admirador del flujo del río; si la profesión de barquero es la misma que la de místico, quizá un alijador en el muelle adquiera la talla del filósofo, cargando las riquezas que ofrece la pesca diaria en el incomprensible río. Al final de la sabiduría surge la mística, al inicio de la inteligencia brota la captación de las sensaciones incomprensibles...al fin de cuentas, el río siempre fluyó antes de Heráclito y siempre cambiará después.




NOTAS:

[1]Muy recientemente la física de fluidos estudia afanosamente los comportamientos caóticos (teorías del caos) para lograr una interpretación de las regularidades en el movimiento del agua dentro de procesos aleatorios (casuales interacciones), pero el tema no está resuelto.
[2]Aunque la perfección misma del “Ser” no mantuvo un lugar estelar en la historia de la filosofía, la pregunta por el “Ser” mantuvo un lugar destacado hasta la obra de Sartre y Heidegger.
[3]NIETZSCHE, Friederich, Así habló Zarathustra.
[4]MANRIQUE, Jorge, Coplas por la muerte de mi padre.
[5]HESSE, Herman, Siddartha.

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola: ¿y si el rio desaparece, entonces Heràclito deja de existir?
Atte
Colosus