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sábado, 14 de diciembre de 2019

"HORACIO COCLES" EN EL PUENTE, ENTRE LA LEYENDA Y LA HISTORIA





Por Carlos Valdés Martín

El personaje es Horacio Cocles, un valeroso romano, quien defendió heroicamente a la ciudad frente a un ataque de los reyes etruscos sobre el puente Sublicio, en la entrada de Roma. La crónica ubica este acontecimiento en el año 508 a. de C. reflejado en las historias de Tito Livio,[1] Plinio el Viejo[2], Dionisio de Halicarnaso[3] y de Polibio.[4]

Nombre y linaje
Comencemos el abordaje por el nombre del personaje. Su apellido es “Horacio” que corresponde a un linaje, considerado dentro de los patricios, es decir, las familias originarias de la ciudad. Esas familias “patricias”, rápidamente se ennoblecieron, pues los ciudadanos libres contaban con el privilegio de obtener posesiones por vía de las guerras. Ese apellido lo recibían los varones de la “Gens Horatia”, que se creyó provenía de las divinidades llamadas “Horas”, consideradas el numen de esa familia. Esto significa que eran nobles guerreros que participaban personalmente en las batalles y adquirían puestos. Según las crónicas un hermano de Horacio Cocles llamado Marco Horacio Pulvilo adquirió la máxima distinción de Cónsul, en ese mismo periodo. El apelativo Cocles fue un apodo que significa “tuerto”, al parecer consecuencia de su misma profesión militar.

La joven Roma
Recién fundada la ciudad los romanos se distinguieron por ser guerreros hábiles y disciplinados, que alrededor de las siete colinas originarias fundaron su ciudad en el año correspondiente al 753 a.C. La ciudad comenzó como una urbanización modesta opacada ante sus los vecinos reyes de Alba Longa y, con el paso de los años, lograron independizarse, pasando ellos a convertirse en factor dominante de la comarca.
El primer periodo de esta legendaria ciudad se relaciona con siete reyes, que aunque eran electos, poseían un mando único. Los últimos tres fueron de ascendencia etrusca, no eran romanos, y finalizó el último en 534 a.C. Después comenzó el periodo de la República Romana, con el predominio de la representación de los ciudadanos, ya fueran patricios o plebeyos (pueblo sin una línea gentilicia propia de la ciudad). En lugar de reyes se eligieron cónsules, que eran dos y duraban dos años, con funciones ejecutivas y de mando militar.  

Constructores romanos
Una de las actividades principales que también distinguió a los romanos fue su dedicación a la construcción. La leyenda de la fundación de Roma se relaciona con la edificación de una pequeña muralla alrededor del nuevo asentamiento, pues Rómulo la acaba de fundar y, en son de burla, su hermano Remo la brincó para desacreditar su efectividad, cuando el vaticinio había predicho que serían imbatibles. Enfurecido o celoso del vaticino, Rómulo estableció que las murallas sí eran imbatibles al matar a su hermano, ofrendándolo a la defensa de la nueva ciudad.
Una aportación específica de los constructores romanos fue dominar el arco con clave, lo cual permitió mejores bóvedas, techos, puentes, etc. En especial, a ellos se debe que se revolucionara la construcción de puentes mediante el ingenio de sus arcos. Como la ciudad se edificó en colinas junto al río Tíber resultaba crucial contar con puentes y la narración señala que el primero de todo fue el llamado Sublicio, el cual comenzó siendo una sólida armazón de madera.  

Ubicación temporal de la narración
Según cuentan la amenaza a Roma ocurrió en el año 508 a.C., por lo que la instauración de la República contaba con unas décadas y el recuerdo de la monarquía era reciente. En otras ciudades de la península itálica seguían gobernando pueblos etruscos o latinos separados, pero Roma estaba progresando en plan de conquistar vecinos. El pueblo etrusco había sido preponderante durante siglos en la Península Itálica, pero estaba declinando, situación expresada en que dejaron de ser reyes en Roma.

La desigual batalla
Los reyes etruscos de Roma cuando fueron expulsados se refugiaron en Clusium, una ciudad cercana donde reinaba Lars Porsenna. Los reyes destronados se quejaron: «Nosotros somos de sangre real, hemos vivido en la abundancia de todas las cosas y ahora estamos abocados a vivir en la pobreza y en el exilio. Este hecho, nunca visto, no debe quedar impune. Si los reyes de Roma han sido expulsados de sus tronos, los demás tendrán que pensar que, tal vez, les pueda ocurrir lo mismo». «Ha sido un cambio de todos los valores  conocidos hasta ahora. ¿Dónde se ha visto que todos, los de alta cuna, llamados a dirigir a los ciudadanos, y los de ínfima condición, sean iguales? Además es la misma institución de la realeza la que está en peligro. Es importante para la sociedad que exista un rey que es el intermediario entre los dioses y los hombres.»
Y los etruscos liderados por Porsenna[5] con un ejército marcharon contra Roma para devolver la monarquía. Al parecer, la mayor parte del ejército romano estaba lejos de la ciudad. Los etruscos avanzaron del otro lado del Tíber y la ciudad estaba amurallada, pero contaba con un único punto débil por el puente Sublicio.
Horacio dirigía la guardia en la entrada del puente, cuando vio que el enemigo había conseguido ocupar la colina del Janículo con un ataque inesperado y contaba con la facilidad de avanzar sobre el puente Sublicio. En aquel  momento todos los que formaban la guarnición del puente, abandonaron sus puestos. Horacio se colocó en medio de la entrada, con tanta resolución que los atacantes se quedaron estupefactos pensando que poseía alguna superioridad. Inicialmente combatieron a su lado Espurio Larcio y Tito Herminio, conteniendo a una fuerza muy superior en número, pero cuando el puente estaba prácticamente destruido, Horacio Cocles ordenó a éstos ponerse a salvo en la ciudad mientras él seguía combatiendo en solitario. Los que se habían retirado recibieron orden de terminar de cortar el puente para proteger la ciudad. Se enfrentó con los etruscos paseando su mirada por todos ellos y les dijo: "Estáis a gusto bajo la esclavitud de unos reyes llenos de soberbia que no se acuerdan de su propia libertad y atentan contra la libertad de otros".
Al término de la demolición, Horacio Cocles se arrojó al Tíber con su armadura y, según informa Polibio, se ahogó. En cambio, según Tito Livio, el heroico soldado consiguió atravesar el río nadando y regresó tras los muros de la ciudad. Con su heroica hazaña, manteniendo a raya a los etruscos sobre el puente, mientras era demolido, salvó a la capital romana.

Acto ejemplar
El desmedido heroísmo de Horacio Colces para los romanos evidenciaba la superioridad de los ciudadanos libres de su República, entonces opuestos a los reyes etruscos.
Esta narración contiene una crítica contra la realeza hereditaria y la esclavitud que ésta implica, asimismo manifiesta una exaltación de la libertad y de la igualdad, que predominaba en la joven República. La Leyenda señala que, en conmemoración de esta batalla tan abnegada, se integró un “colegio” de ciudadanos quienes de modo simultáneo oficiaban como carpinteros y soldados. A este grupo selecto le fue dada la defensa y conservación de los puentes, entonces recibieron un nombre especial, que para ellos resultaba un honor, dándoles el título de Pontífices.
Recordemos que el puente también era un centro ceremonial entre los romanos, donde se realizaban fiestas y sacrificios de la religión local, por tanto la cabeza de esa organización se convirtió en un sacerdocio. Siglos después, durante el periodo del Imperio romano, el propio emperador tomó para sí el atributo de encabezarlos, tomando el título de Pontífice Máximo o Sumo. Con los siglos, la religión oficial romana siguió bajo tal denominación y, cuando el cristianismo predominó entre ellos entonces los títulos se transfirieron. El jefe de la iglesia se denomina desde entonces Sumo Pontífice.

Puente Sublicio y sus rituales
Precisamente el puente destruido durante el sacrificio de Horacio Cocles, fue el primero de Roma sobre el Tíber: “según… Plutarco, el rey Anco Marcio (641-617 a. C.) construyó el puente Sublicio, el primer puente que tuvo Roma sobre el río Tíber… Fue construido con madera, sin hierro ni bronce alguno, por estricta prohibición religiosa ya que fue un puente sagrado vinculado a la vida religiosa de los romanos y al Collegium Pontifices, institución religiosa encabezada por el Pontifex Maximus”[6] El ceremonial romano sobre el sitio era así: “El  puente era escenario … Llevada a cabo en los idus de mayo (día 15 de ese mes) en la cual una comitiva de pontífices, vestales, vírgenes y pretores que previamente habían recogido en 24 lugares … de la ciudad … unas máscaras de ancianos confeccionadas con juncos, las arrojaban al río Tíber, probablemente … (las máscaras figuraban a) antiguos personajes vinculados a los Fabios que habrían llegado, según la tradición, acompañando a Hércules y que mediante ese rito regresarían a su lugar de origen.”[7]

Consecuencias
Un poema de Thomas B. Macaulay recuerda la hazaña del sacrificio sobre el puente con esta pregunta “¿Qué mejor manera de morir puede tener un hombre, que la de enfrentarse a su terrible destino, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?” Esta cita del poema clásico apareció en más de una película reciente[8]

Hay dos versiones de esa narración, en una de ellas muerte Horacio Cocles y en otra se salva. Unos años después se erigió una estatua en honor al acto heroico, por lo que resulta más plausible suponer que falleció. Su hermano fue nombrado cónsul de Roma, obteniendo el puesto más alto dentro de la República. El ejemplo mereció ser recordado, fundándose una orden de carpinteros y soldados que llamaron pontífices, un modelo que ha sido recordado por siglos. La palabra pontífice en sí adquirió un prestigio especial y, transformándose en un término religioso, sobrevive hasta nuestros días, a la cabeza de la iglesia.

 NOTAS


[1] Tito Livio, Ab urbe condita, 2.10.
[2] Plinio el Viejo. «XXXIV.11». Historia Natural. «Fue por muy diferentes y muy importantes razones que se erigió la estatua de Horacio Cocles; su defensa en solitario evitó que el enemigo cruzase el importante puente Sublicio.»
[3] Dionisio de Halicarnaso, Arqueología romana, v. 24, 25.
[4] Polibio, Historia general.
[5] Jorge Norberto, Corjeno, El Gr:. 19°, Gran Pontífice.
[8] Elaborado por Thomas B. Macaulay se titula “Horacio” en su volumen  "Lays of Ancient Rome" (1842). Recordado en películas una sobre Churchill Los días más oscuros y otra Oblivion protagonizado por Tom Cruice.

miércoles, 11 de junio de 2008

HERÁCLITO Y EL RÍO




Por Carlos Valdés Martín




“Dos veces en el mismo río no podrías sumergirte” 
Platón lo atribuye a Heráclito en Cratilo, 402a 9.



Oscuridad, misterio, saber...


El río, abandona su condición natural, para mostrarse bajo nueva luz; deja a un lado sus sensaciones para convertirse en testimonio del misterio indagado por Heráclito, uno de los primeros filósofos. Se levanta la inquietud, contraria a la evidencia de lo evidente. El flujo de agua se convierte en testimonio ajeno a lo conocido, el objeto también resulta oculto y contradictorio. La evidencia de nuestros sentidos trae la tranquilidad, pero la motivación de nuevo conocimiento nunca surge desde presumir con satisfacción que lo observado acapara la verdad.



El conocimiento despierta y se aviva cuando descubre la ignorancia del supuesto, cuando se revela como fallido, pues teme que sus límites han sido tocados, y entonces se dispone a redondearse con más conocimiento y a revelarse como otro conocimiento con más profundidad. El saber nunca será una tranquilidad completa y una satisfacción reposada, sino que impulsa un movimiento que va del sujeto al objeto y viceversa, por eso oscila con inquieta naturaleza.
El conocimiento se incita con su opuesto, se alimenta y es atraído por su contrario, que solamente es denso cuando se revela como misterioso, porque lo misterioso empata con lo oculto que nos indica su penumbra. A diferencia de lo simplemente desconocido e indiferente, lo misterioso levanta un enigma parcialmente resuelto, por lo que la conciencia avanza aguijoneada con el misterio. El misterio es una llamada a la indagación, a resolver el problema y a penetrar en cualquier oscuridad. El misterio agobia con la frustración a toda inteligencia, pero una frustración que invita a ser superada y resuelta. El misterio cava la trampa abierta para aprisionar a la inteligencia...
Con Heráclito el saber queda como misterio, la claridad está atrapada por la paradoja y el nivel de lo misterioso permanece suficientemente interesante, entonces las generaciones de pensadores muerden el anzuelo, mientras efectúan sus interpretaciones. Esto explica que los aforismos de Heráclito son uno de los temas más estudiados de la filosofía y uno de los campos propicios para las interpretaciones más diversas. Bajo esta óptica los aforismos son arcilla blanda para efectuar conjeturas, porque mientras más compleja, breve y brillante sea una metáfora aforística resulta mayor su maleabilidad para reinterpretar. Esta inclinación del pensar, se contrapone a la ofrecida por los pensadores sistemáticos como los filósofos clásicos, y a pesar de todo, también Kant, Hegel y Marx terminan siendo objeto de múltiples interpretaciones; porque hasta los sistemáticos y aparentemente redondeados escritos de los clásicos ofrecen una obra sometida al lente de la interpretación. Si ya la exégesis respecto de los sistemas es enorme, más aún la interpretación sobre una colección de aforismos incompletos e inconexos resulta potencialmente infinita, y con el paso del tiempo debemos agregar la reinterpretación sobre la interpretación. Las exégesis sucesivas recorren el juego de los sabios primeros (apologistas o detractores) que encuentran un abono fértil en el pasado para sus propias teorías. Las teorizaciones posteriores renuevan las respuestas al misterio, levantando un veredicto de claridad sobre el pasado, sin embargo, la misma multiplicación de interpretaciones restablece la condición del enigma, ante la falta de unidad de las versiones posteriores, el misterio se restablece o mantiene en pie, de tal manera, que el oscuro brillo del paradójico velo se conserva y hasta potencia.

Paradoja y complejidad, o la naturaleza de las cosas...
Para andar con mayor seguridad conviene avanzar paso a paso, lo que en el pensamiento equivale a la máxima de Descartes de que se debe abordar un conocimiento al separar claramente cada parte, mediante ideas claras y distintas. En contra de esta conveniencia, está la realidad de lo complejo, que no muestra una relación simple de cada parte, sino una relación expresamente diferente de la sencilla. Y en el amanecer de la filosofía, mediante Heráclito, nos encontramos la propuesta cruda y crítica de abordar la complejidad como al toro por los cuernos: afirmaciones paradójicas en lugar de las afirmaciones sencillas. Lo complejo no solamente encierra a lo grande, sino también incluye a lo paradójico, a los elementos de apariencia o esencia contradictoria, y el paso hacia el contrario (dialéctica de la negación de la negación). El estudio de lo sencillo no es suficiente, su complemento en el estudio de lo complejo, también tiene una carta de ciudadanía directa en el saber, mediante la presentación de la paradoja.

La esfera y la serpiente
Podemos recordar al río, al famoso río, donde Heráclito afirmó que no se podía bañar dos veces en el mismo. El río ya es una realidad compleja, su particularidad fluyente y atractiva ya ofrece una complejidad soberbia, simplemente al observar, su turbulencia acuática formando oleajes irregulares. El río es demasiado complejo para obtener una idea clara y distinta del mismo[1]. Ante la complejidad Heráclito elige una paradoja, la cual alcanza la cúspide de las confrontaciones dialécticas: el río no me permite bañarme dos veces en el mismo, entonces es y no es el río, cambia.
No muy lejos en el tiempo y en el espacio, otro pensador, prefirió la redondez de una esfera como signo de su pensamiento. Parménides afirmó sencillamente: “lo que es, es y lo que no es, no es”. Esa verdad no contenía fisuras ni cambio, no se le podía asir por ningún lado y no variaría en el curso del mundo. Parménides prefirió lo redondo, lo que no tiene variaciones por ningún lado, inventó la perfección del “Ser”[2].
Para morder la esfera intocable con el veneno de la duda el río se debería convertir en serpiente. La serpiente escéptica debería dudar de la redondez de la esfera de Parménides, debería de encontrar una fisura en la eterna esfera que nunca ha variado ni nunca cambiará. La serpiente debería de morder por algún lado la redondez del “Ser” para que las cosas volvieran a rodar, digamos, a serpentear.
Si parecía que la esfera triunfaba en el pensamiento era porque llegaba la etapa invernal, cuando el río se había congelado. Para que deje de cambiar el río debe quedar congelado y esta metáfora del río helado la ofrece Nietzsche para recordar que durante el verano el deshielo del río destruirá los puentes creados para cruzarlo seguramente durante el invierno. Cuando sale el sol el río destruye los puentes del invierno, metáfora del regreso del pensamiento vivo[3].


El barquero y el río
La imaginación del río se conserva tan fresca a través de los siglos porque se balancea en el filo justo y delgado entre el estricto razonamiento y el arrebato emotivo o hasta místico. En el campo lógico formal, la imagen fluida del río con la complejidad de la mecánica aleatoria de los movimientos caóticos de sus oleajes ligeros levanta un desafío que raya en los linderos de lo comprensible. Pese a la dificultad para la comprensión de un fenómeno tan complejo, sin embargo, accesible al sentido inmediato de la vista, sigue maravillando. Su descripción es un fenómeno complejo de mecánica aleatoria por los movimientos caóticos de sus oleajes ligeros. El sentido visual capta inmediatamente, en imágenes oleaje alterándose a cada instante, evento que la mente alcanza a intuir sin descifrar. La inmediatez de la visión hasta pareciera ser más comprensiva que lo obtenido por la mente en sus raciocinios que avanzan paso a paso, sin descanso pero sin una vía rápida para acceder a la complejidad subyacente. Los ojos ven y al mirar captan todo lo que ellos necesitan, la imagen en movimiento de los oleajes en su camino hacia el mar, son agradables y hasta sedantes; para los ojos esa complejidad no presenta un desafío, sino más bien un remanso. Además siendo el agua, al base de la vida, la asociación de ideas entre el río con la vida misma es poderosa; contemplar un río evoca el curso de la vida, para sentir gratitud por el crecimiento o el flujo. El conocido poema medieval de Jorge Manrique con motivo de la muerte de su padre, con claro tino incluye la afirmación que la vida son ríos, que arrastran inevitablemente hacia la mar, que es el morir[4]. La metáfora, en este caso es triste, pero casi siempre la vista del río resulta revitalizante, estimulante para los sentidos, y ya la mera visión ribereña induce una nota de alegría.
La imagen que envía el caudal fluvial a los sentidos es tan plena y merecedora de admiración, que la novela Siddartha lleva el camino de la iluminación mística hasta el oficio del barquero[5]. Una larga vida de aprendizaje místico, conduce al personaje de Hermann Hesse hasta el punto de que la satisfacción mística más plena la obtiene en las labores de barquero por el contacto con el río, que además de la vida, casi es el Aleph del universo. El río para el barquero Siddartha se convierte en el emblema de la totalidad, y anuncia una religión de estilo panteísta. Pero no olvidamos al primer gran admirador del flujo del río; si la profesión de barquero es la misma que la de místico, quizá un alijador en el muelle adquiera la talla del filósofo, cargando las riquezas que ofrece la pesca diaria en el incomprensible río. Al final de la sabiduría surge la mística, al inicio de la inteligencia brota la captación de las sensaciones incomprensibles...al fin de cuentas, el río siempre fluyó antes de Heráclito y siempre cambiará después.




NOTAS:

[1]Muy recientemente la física de fluidos estudia afanosamente los comportamientos caóticos (teorías del caos) para lograr una interpretación de las regularidades en el movimiento del agua dentro de procesos aleatorios (casuales interacciones), pero el tema no está resuelto.
[2]Aunque la perfección misma del “Ser” no mantuvo un lugar estelar en la historia de la filosofía, la pregunta por el “Ser” mantuvo un lugar destacado hasta la obra de Sartre y Heidegger.
[3]NIETZSCHE, Friederich, Así habló Zarathustra.
[4]MANRIQUE, Jorge, Coplas por la muerte de mi padre.
[5]HESSE, Hermann, Siddartha.