Por Carlos Valdés Martín
El siguiente es un relato breve de la impotencia frente al destino.
Quizá fue el Presidente más popular de México, pues gobernó durante un periodo en extremo favorable. Pero la tragedia le llegó de improviso a Adolfo López Mateos y sin manera de impedirla.
El sistema se había consolidado y habían quedado atrás las penurias de la Guerra Mundial. La rápida urbanización y la innovación tecnológica daban un ambiente moderno al país. Los edificios proliferaban hacia lo alto y las calles se llenaban de automóviles y camiones. Las ciudades se sobrepoblaban y las fábricas se multiplicaban en los alrededores. Los medios de comunicación eran novedosos, a la radio pujante (simbolizada por la XEW) le comenzaba competir a la televisión todavía más cautivadora (representada por lo que se llamaría Televisa). El periodo se llamó el “milagro mexicano” por la combinación entre crecimiento constante y estabilidad de la moneda.
Adolfo López Mateos, durante su mandato, padeció tremendos dolores de cabeza. Los médicos creyeron que eran las típicas migrañas, esos dolores súbitos. A pesar de que el Presidente tenía todos los recursos de la medicina a su alcance, esa misteriosa enfermedad no recibió un diagnóstico oportuno.
El asunto era mucho más serio y se reveló que sufría siete aneurismas cerebrales, pero esto se descubrió hasta después de terminar su mandato, en el año 1965. Los aneurismas severos llegan a derramar sangre dentro del cerebro y causan terribles estragos.
En esos años, las operaciones para ese tipo de padecimiento eran peligrosas e invasivas, con un pronóstico difícil. El 26 de noviembre de 1965 el neurocirujano estadounidense James Leonard Poppen lo operó en el Sanatorio Santa Fe, sin mayor éxito. La operación no detuvo el deterioro generalizado del expresidente.
La parálisis avanzó de forma progresiva: primero un párpado, luego una pierna, una mano, un pie. Luego utilizó aparatos ortopédicos para moverse.
El deterioro creciente se mostró de manera súbita, cuando en una cena, un trozo de carne se le atascó en la garganta. Adolfo López Mateos se estaba asfixiándose por un simple trozo de comida y, de emergencia, le practicaron una traqueotomía. La secuela fue terrible y perdió la voz para siempre.
¿Por qué fue terrible? Porque él había sido un orador magnífico y quedó sin hable. El don de la palabra que le permitió escalar su carrera política hasta la cumbre se terminó y nunca volvió. Quien había sido un orador notable quedó mudo.
Pronto se agravó.
El 31 de mayo de 1967, mientras visitaba a su hija adoptiva, sufrió un ataque por probable hemorragia en la zona subaracnoidea, en lo profundo del cerebro. El accidente vascular cerebral lo dejó inconsciente y, ante el esfuerzo de sus doctores, permaneció en estado vegetativo. López Mateos jamás se recuperó. Sobrevivió en ese estado lamentable por dos años más y en la madrugada del 22 de septiembre de 1969, a los 60 años.

No hay comentarios:
Publicar un comentario