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viernes, 16 de marzo de 2012

ANÓNIMO EN EL CIBERCAFÉ



Por Carlos Valdés Martín

Mira de reojo hacia un lado, anhelando que ninguno lo observe, y, si sonríe la diosa Fortuna, quizá ellos no lo siguen. Él espera haberlos despistado, porque su destino para liberarse o morir está en un espacio tan breve: una pieza de memoria móvil con el enjambre de información contenida en su chip. En ese discreto chip está la salvación, más no la celestial ni la egoísta, sino una generosa. Al menos eso cree él, y lo cree con una fe temblorosa, como si escapara perseguido por fieras de la selva.
Ante un ruido súbito salta hacia atrás y cambia de dirección, la calle se oscurece y no le conviene dejar rastros. También están las cámaras de la ciudad, esos grandes angulares como ojos que se instalaron en la cúspide de algunos postes, desde hace décadas con el pretexto de detener la delincuencia. Mientras vuelve a torcer el camino cavila: —¡Maldición de país! Los delincuentes son los más confiados, asaltan y salen de la cárcel con una mínima fianza, o por alguna influencia de esos rufianes que se apoderaron del gobierno —concluye sus argumentos con una palabra importante dominando la última frase corta— Malasangre los crió.
No puede decir su verdadero nombre cuando se presenta, ahora su credencial es falsa. Espera que con eso despiste y borre huellas. ¡Qué costumbre tan extraña esa de solicitar identificaciones en los cibercafés! Él intuye que no es una idea, sino una villanía de los dueños del mundo. Eso acabará pronto, pero se requiere de héroes. Ya ninguna máquina computadora es segura, y eso va a cambiar. Rescatará el anonimato a cualquier precio. ¿Quién diría que hoy sea una gran causa rescatar el anonimato? Antes era tan odiado, las personas detestaban ser entes anónimos, y ahora, con tanta identificación y fiscalización, unos cuantos decididos han optado por recatar su falta de identidad: volver al silencio, regresar a la calma sin que ninguna agencia del gobierno lo moleste a uno.
Repasa mentalmente los códigos que protegen la gran base de datos con las identificaciones de los cibernautas, las cien millones de identidades en este país. Hoy rescatar el anonimato para este país, y mañana rescatar el mundo.
Entra a la gran boca subterránea que lo lleva al tren. Al bajar las escaleras se pone unos lentes oscuros: ahí abajo hay cientos de cámaras, entre los pasillos y junto a los cajeros. Son tantas las precauciones tomadas. Cuando salga del subterráneo, se pondrá un suéter oscuro con capucha, imitará a los muchachitos “emos”, los deprimidos y tristes. En especial, no le agradan esas fachas de suéteres bombachos y colores sórdidos, pero es camuflaje y este día es decisivo. Cualquier recurso es válido.
Emerge a la superficie, viste el suéter con capucha y mira el cielo oscurecido. Avanza sobre la acera de una avenida ancha y la primera oscuridad provoca el encendido automático de algunas farolas. Unos pocos transeúntes escuchan el rugido de vehículos rápidos. En eso él escucha el chirriar de unas llantas a su lado, bajan corriendo dos trogloditas armados. Algunos peatones voltean y corren sin pensar en las consecuencias. Los trogloditas, levantando las armas corren y gritan: “Todos al suelo”. A su lado hay un matorral y él se tira de bruces. Mira de reojo y piensa: “No los veas a la cara, es peligroso”. Se acercan, pero pasan de largo en dos segundos. Y él piensa: “No parecen policías, se diría que son secuestradores”. A unos metros alcanza a ver que ellos agarran por el cuello a un señor trajeado, que grita desesperado: “¡Les daré el dinero que quieran, no me dañen!”.
Aunque no iban tras de Neonald, le falta la respiración, está temblando, casi le resulta imposible caminar. Se detiene con la pared de una casa verde, y escucha con alivio cobarde el motor de los captores alejándose. “Esta vez no fui yo, ¿es una señal?” Sus pies no responden y trastabilla, una señora añosa que chilla y manotea, indignada por lo que acaba de ver, se apiada por un momento de él, y lo toma del brazo. Se siente avergonzado: ayudado por una dama mayor, él debería ser quien la socorriera, pero su organismo casi desfallece y necesita de un bastón humano por unos instantes. Como las ondas agitadas por la piedra en el estanque tranquilo, poco a poco su corazón regresa a su sitio. En cuanto sus pies recuperan la firmeza, se despide de la dama desconocida, con un apretón de manos. Levanta la cabeza y mira al horizonte lejano, con una sensación que nunca antes vivió: una euforia callada lo recorre. Como si la adrenalina del miedo destilara alcohol se descubre audaz y, en un sentido figurado, hasta invulnerable. La semilla del orgullo lo empuja a seguir adelante, sin importar riesgos. Descubre que perdió las gafas, no es grave: ya no son indispensables.
El cibercafé queda a unas cuadras, piensa que no es un día seguro para cumplir su misión, pero se siente osado. De cualquier manera irá al sitio, se dice: “Sólo para reconocerlo, mirar si no hay vigilantes ocultos.” Otra vez sigue un rumbo zigzagueante, cambia de acera, tuerce la calle, mira hacia atrás, hasta sentirse más confiado.
El local por afuera es ordinario: una puerta metálica y un ventanal grande. Desde afuera se mira una fila doble de aparatos en mesas, como una pequeña caballeriza para cibernautas. Al interior, hay un pasillo estrecho que conduce hacia un segundo salón, además los computadores están separados por biombos estrechos de madera. El sitio es poco concurrido, al final del pasillo, casi siempre se está en solitario y no se alcanza a mirar desde la calle. La delicada misión le exige estar aislado y luego borrar huellas de sus actos.
La encargada del cibercafé es joven y de pelo oscuro; con certeza debe ser una estudiante universitaria. Rasgos un poco rudos, complexión fuerte y mirada que esconde una furia velada, pero destila deseo. Son ojos hermosos con forma de almendra, por ese atractivo él desvía la vista, aunque no pierde detalle. La ropa casual y un libro en el mostrador la delatan. En fin, ella no sospecha lo que vendrá, pero la policía tiene informantes; algo así, como una sombra de maldad, persigue hasta las acciones más nobles, por ejemplo, hasta Santa Claus posee una larga fila de detractores. Él deja la credencial falsa y ella muestra una sonrisa angelical, además la mirada es directa y cristalina. Si no estuviera tan apurado intentaría conversar, hacerse el gracioso. Piensa: “Uno nunca sabe si caerá en la gracia de una chica mayor; ¿soy uno? Cifra de anonimato; en el fondo soy alguien y algún día verá mi nombre en la pantalla de luz.”
Ante la tranquilidad de la máquina vuelve a ser él, a recordar su nombre y hasta su sobrenombre. Sentado ante la máquina se descubre como ante un espejo mágico. Abandona los restos de su personalidad temerosa y débil, se levanta un elocuente y vigoroso cibernauta, no cualquiera. Él es Romualdo Pérez en las listas escolares y en la banalidades, pero su carisma ante la pantalla electrónica es tan singular, que sería imposible reconocer el desdoblamiento, el nombre por el cual es reconocido en el ciberespacio, se adecúa más a esa nueva faceta: Neonald Pointset, juego de palabras entre el personaje de Matrix y un juego de tenis.
El adolescente aburrido y amedrentado por la ciudad y la adversidad deja el paso a una mente brillante, con amplios conocimiento del ciberespacio. Él mismo no reconoce la intensidad de ese desdoblamiento, simplemente se siente a gusto, gozando ante el teclado y navegando sin moverse de lugar. Desde hace años, él anhela poseer una máquina potente en su casa, pero se conforma con un modesto cibercafé, le basta un dispositivo de memoria para estar conectado y guardar los resultados. Ha insistido tanto a sus padres que sería un excelente alumno si le financiaran una computadora de última generación; pero esos ruegos lastimeros quedaron en el pasado, junto con los juegos de niño dependiente. Parece que fue ayer ese actuar tan infantil y hasta indigno. Ahora se sabe distinto, elegido para cumplir una misión que para él resulta casi simple; un tanto riesgosa, pero técnicamente sencilla.
No está decidido a cumplir su misión, así que se conforma con recordar y se adentra en el pozo de los recuerdos: fue en otro cibercafé, el grande de la Plaza Mayor donde conoció a Sandro. Un encuentro casual, como todo en la gran ciudad, y luego aquél lo elogió por su habilidad para descifrar un programa, le dijo que eso solamente lo podía hacer un pirata informático. Quizá Neonald era un pirata natural, con intuición para superar bloqueos informáticos, y hábil para recomponer programas. Para él mismo esa habilidad le parecía nada del otro mundo, pero en la escuela no lo entendían, hasta sospechaban que se metía entre la fichas de calificación electrónica. No lo hacía, le hubiera resultado inmoral. Lo que sí encontró fueron imágenes pornográficas en computadoras de la dirección escolar. Es una mala idea encontrar secretos que no se pueden revelar jamás. Por experiencia sabía que revelar eso de las ciber-fotos terminaría en oídos del director. Pensó: “Eso es malasangre, un secreto que nos quema las entrañas y nos daría un enorme gusto revelarlo, pero nunca hacerlo; eso es el millonario perdido en el desierto, sin un vaso de agua” De ahí salió la plática con Sandro:
—¿Nunca has tenido un secreto que desearías contarlo más que nada en el mundo? Pero no lo harás, porque tú terminarás perjudicado por la gente chismosa.
Como Neonald se negó a revelar los detalles, a Sandro le dio enorme gusto que supiera guardar secretos. Cultivó su amistad y lo invitó a su departamento de estudiante. Ambos colegiales, uno terminando la preparatoria y el otro la maestría. Esa mirada hacia lo alto, de quien admira sin comprender de qué está hecho el pedestal del admirado es fuente de extrañas desgracias. Sandro sintió escrúpulos al principio, pero terminó confiándole tareas de Anonymus a Neonald. El maestrante pensó: “Al fin que es menor de edad, si caemos en algo ilegal, a él lo sueltan rápido”. Y le dijo: —Esto no lo puede saber ni tu hermana, mucho menos tus papás o amigos.
La mirada recia y los ademanes determinados de Sandro embelesaron a Neonald. Desde ese momento no quiso ser más Romualdo adolescente ni Neonald cibernauta, sino un tercer personaje de película, con muchas vidas para arriesgarlas. Sin embargo, optó por Neonald como su seudónimo, pues ese sobrenombre ya brillaba como espejo, su otro yo.
Al terminar las explicaciones, Neonald preguntó: —¿Nos pueden matar por esto?
Sandro movió la cabeza en sentido afirmativo: —¿Tienes miedo?
El adolescente lo negó, aunque el centro del estómago le punzaba.
No sabía nada en concreto, pero su amigo era militante de una organización ilegal y supuso que era importante. Algo había escuchado antes, pero se imaginaba que era una leyenda urbana, un invento eso de una agrupación mundial de piratas. Cuando Neonald empezó a hacer preguntas, el amigo le respondió: —Por tu propia seguridad no debes saber demasiado; yo te enviaré un email cifrado con la palabra “malasangre”, la cual es la primera pieza de un rompecabezas. Si es indispensable la cambiaré, pero recuérdala como a tu madre y tendremos un sistema para comprobar que no me hayan atrapado y obligado a soltar mensajes para delatar a los demás dentro de la organización. En caso de que tú sospeches algo en mis mensajes, colocas en tus textos la palabra “malasangre” y yo te debo contestar “siempreviva”. Si no respondo incluyendo esa palabra debes huir, romper cualquier contacto, destruir cualquier archivo computarizado que tengas, y, si puedes, salir del país. Si a pesar de enviarte mensajes con alertas discretos o evidentes, no me mandas una señal adecuada, yo te enviaré la palabra “aguafuerte”, para que sepas que debes huir. Con toda certeza he caído y debes romper cualquier contacto, quienquiera que pretenda contactarte como Anonymus se trataría de un delator y debes fingir ignorarlo todo, no importa quien sea. Deberás huir.
En ese punto objetó Neonald: —No tengo a donde ir, solamente está la casa de mis papás.
Concluyó Sandro: —No te preocupes, soy muy cuidadoso; pero esto que te digo es para mantener todavía más cuidado.
Desde entonces, quedaron en verse solamente una vez al mes, el primer sábado. En cada visita acordarían un cibercafé diferente. Así acudió al de la Alameda, que estaba en un segundo piso, con una vista agradable hacia los árboles: una rareza, estos sitios evitan mirar hacia la naturaleza, pues su vocación ama el espacio de luz artificial y concreto. En cada reunión, Sandro parecía más desvelado y nervioso; sus ojeras se oscurecían, parecían cargadas de ceniza volcánica, mientras los ojos se enrojecían ligeramente. Desprendía un olor a cigarro acumulado de noches en vela. A la quinta reunión mensual también su tez parecía ceniza. En voz muy baja, Sandro revelaba a su amigo que la situación del país se tornaba espantosa, que dentro de algún tiempo todavía sin definir, él pensaba escapar y pasar a la clandestinidad completa, alejarse de “ellos”.
Además de las visitas, Sandro enviaba algún email con los protocolos convenidos. Entre esos mensajes, con alegría Neonald descubrió su primer y único encargo tipo pirata: encontrar unos archivos pertenecientes a un banquero de quien se sospechaba manejaba negocios corruptos. Por suerte, la computadora personal del banquero estaba en una red sin protección. Neonald copió completa esa computadora, y se puso a ojear los archivos plagiados: nada interesante, pero muchas cifras y balances contables. Pensó: “Un especialista en finanzas descubrirá negocios turbios con facilidad”.
En la siguiente reunión intentó entregar el archivo en un pequeño chip. Sandro lo rechazó con un ademán rápido y le susurró al oído: —Así no se hace esto, nunca lo vuelvas a hacer así.
Instruyó con precisión a Neonald para colocar el dispositivo en una bolsa de plástico y dejarlo en un jarrón de un parque público, luego de haber tomado un complejo trayecto en zigzag para garantizar que nadie lo siguiera.
Al día siguiente, Neonald se sintió frustrado porque había decenas de jarrones en el parque indicado y no estuvo seguro de depositarlo en el correcto. Pasó un mes para saber si su entrega había sido acertada. La respuesta desconcertó a Neonald, aunque no se atrevió a pedir aclaraciones: —El reporte del financiero lo rescató la florista; pero el código de encriptado era indescifrable, un virus corrompió los archivos y fueron irrecuperables.
Para Neonald esos archivos no estaban encriptados. ¿Sabía más que “ellos”, los otros piratas de la organización?
* *
Esta vez había terminado la espera, entraba a una misión importante.
Los recuerdos pasados volaron en un segundo. Ya estaba sentado frente a la pantalla electrónica, con el dispositivo en la mano, aunque no pensó que lo usaría: tras el susto de los trogloditas esa debía ser una visita de inspección. Y cayó en cuenta de que al entrar no había mirado alrededor, con suficiente cuidado. El susto de los falsos policías secuestrando a un desconocido todavía lo tenía excitado y aturdido; olvidó un procedimiento de seguridad elemental que le enseñó Sandro. Había sido imprudente, pero no se levantaría de su asiento, pues sería sospechoso salir y mirar la calle sin ningún pretexto. No se le ocurrió ningún pretexto. Al fondo una música de radio. La jovencita de pelo negro y sonrisa de perlas se distraía con el libro del mostrador. La tarde se ha convertido en noche; el sitio está muy vacío, no hay más cibernautas. La identificación falsa ha funcionado, la dependiente no sospecha nada, y cuando la guardó ni siquiera la revisó.
Al fondo del negocio está la puerta del baño. Un sitio pequeño, apenas para un usuario, con un foco de bombillo barato; no se espera más mobiliario de un cibercafé en un sitio popular.
En eso suena un portazo al frente, y un grito masculino: —Policía.
Ante varias voces rudas, la muchacha grita. Mientras los intrusos están distraídos con la encargada, como si sirviera de algo, Neonald avanza dos pasos silenciosos y se encierra en el bañito, con una astucia brillante para deshacerse del dispositivo de memoria: bastó jalar el retrete y desaparece como un excremento. De inmediato se enjuaga las manos y empieza a inventar una coartada.
Golpean la puertita del baño: —Policía sanitaria, este sitio será desalojado, pues está violando las reglas de fumigación periódica decretadas por el Ministerio de Salud.
Neonald entreabre la puerta despacio y temblando. De nuevo hay alegría en su corazón, casi no puede creer que por segunda vez no ha sido un operativo policiaco en contra de él.
La chica grita y solloza, al mismo tiempo, reclama: —¡Sí, lo he fumigado, pero no encuentro el maldito papel!
—Es un certificado —le corrige un policía y luego deletrea despacio, mientras sonríe como si hubiera descubierto algo importante— c e r t i f i c a d o o o.
Son cuatro uniformados y el que está al mando repela: —Sin papeles te lo cierro de inmediato.
—Certificado, mi jefe —corrige el mismo uniformado, aunque esta vez clava la vista en el suelo— es el certificado de fumigación.
La encargada irradia una belleza escondida mientras se enfurece. Neonald hubiera querido abrazarla y protegerla de la desgracia inminente, pues un cierre de negocios tarda meses en ser resuelto, pero otro uniformado lo empuja para obligarlo a salir del sitio, ya tiene bastante lío con la dependiente resistiéndose a las órdenes. Mientras disimula no ver nada, de reojo alcanza a percibir un movimiento obsceno del jefe, que inclina la boca como si fuera un vampiro. El hombre, hosco y con una sonrisa impúdica, avanza hacia el cuello blanco, como lo haría un vampiro a la medianoche. La observación ha durado un instante, el aire de la calle domina a la indignación y Romualdo se aleja pensando: “Las libertades nadan bajo el retrete”. Prefiere abandonar la credencial falsa, no quiere voltear, apresura el paso. Doscientos metros lo separan de una boca al subterráneo. En unos segundos devora la distancia; está descendiendo y alcanza a mirar que un policía sale por la puerta del cibercafé y le grita: —¡Chico, regresa!
Desobedece la orden sin voltear la cara atrás. Con vaguedad recuerda que un personaje bíblico se volvió estatua de sal por mirar atrás y baja las escaleras aprisa. Él ya ha descendido, apura más el paso. Supone que lo siguen. Quiere correr, pero se contiene y únicamente camina de prisa para no volverse sospechoso. Entra al primer vagón del tren subterráneo. El ambiente asfixiante del vagón subterráneo lo hace sudar. Sale en la primera estación y toma el sentido opuesto, trasborda y vuelve a trasbordar. En la calle aborda un colectivo, se mueve en zigzag entre las callejuelas del barrio hasta estar por completo seguro de que nadie lo siguió. Está a salvo ante la puerta hogareña.
Neonald se duerme ansioso y deseando contarle a Sandro lo sucedido, siente pena por la empleada y remordimiento por abandonarla a su suerte.
Al día siguiente, cuando abre su correo encuentra una línea que repite sin cesar: “aguafuerte, aguafuerte, aguafuerte....”
La luna pasa por sus cuatro fases y ya no hay duda: Sandro nunca volverá. Desde entonces ha revivido Romualdo y ahora es quien merodea los cibercafés, uno distinto cada vez, y busca que en el reflejo de la pantalla sea imposible distinguir a Neonald. En cada ocasión se identifica con la credencial propia, la de Romualdo y finge que únicamente es él mismo, un alumno más; mientras el héroe que soñó poseer una máscara hiberna como los osos septentrionales entre la nieve de la derrota.
Pasan las semanas, con tristeza confirma su soledad pero se cree a salvo. Con sigilo y rencor hackea el contenido de las computadoras de la policía sanitaria, y entre los reportes de arrestos no encuentra la cara de la dependiente.
Entre las penumbras de su soledad, encripta mensajes con la clave “malasangre” y lo siente en sus venas, pronto aparecerá alguien que comprenda la tinta sangre que corre por las carreteras del ciberespacio.

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