Música


Páginas vistas en total

martes, 1 de mayo de 2012

OCTAVIO PAZ Y LA NACIÓN 2a parte
















 Por Carlos Valdés Martín


3.- Enajenación en el fondo.

En el modo de abordar la cuestión nacional Paz supera a sus predecesores. El enfoque de Vasconcelos lo alejó de la sociedad y la historia concreta, para aproximarlo a la biología y a la religión, donde la construcción de un mito racial de integración de 32 razas inventa la clave de nuestra identidad. El enfoque de Ramos lo aleja de la vida social, para centrarse en la psicología y en la cultura espiritual, donde la identificación de cierto trauma primario en el alma colectiva de nuestro pueblo devela la clave de nuestra identidad. En cambio, Paz ya no está imbuido de un enfoque filosófico netamente espiritualista ni fútilmente idealista. Eso le permite entender complejas determinaciones históricas y materiales, planteando como su espacio de análisis la historia: "El mexicano no es una esencia, sino una historia" . En este nuevo enfoque, nuestra historia es entendida con la lente de una teoría general de la enajenación humana. Se trata de una teoría de la enajenación aplicable a toda la humanidad y en todo su recorrido. Esa teoría nos la presenta como "dialéctica de la soledad", en su “Apéndice”: "La soledad es el fondo último de la condición humana" . Aquí nos presenta el fundamento final, que explícitamente está más allá de todas las otras determinaciones. Sin duda la soledad es el término clave del libro. La soledad señala el sentimiento del individuo aislado. Y ese sentimiento es negativo, y exige la búsqueda del otro, la comunión. La sociedad humana define una íntima necesidad de encontrarse al prójimo. En la interpretación de Paz se nos presenta una dualidad básica del siguiente modo: • individuo - sociedad • soledad - comunión • alteridad - identidad Debe quedar claro que en esta concepción lo originario está del lado del individuo. En el argumento escuchamos algo parecido al eco de la voz de J. J. Rousseau, para quien el encuentro de personas inicialmente dispersas genera el pacto del contrato social. El polo de la individualidad, además de fundar el lado originario resulta ser una condición eterna, el núcleo permanente de cualquier historia. "Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos y morimos solos" . El nacer lanza hacia la caída en un ámbito extraño. Entonces se trata de una condición natural, que el individuo esté aislado, solitario. La consecuencia obligada de tal soledad es el deseo de salir de sí, alcanzar la comunicación, reunirse. De ese modo la vida social es acompañante indispensable de toda la odisea de la individualidad. La vida social existe, eso es un hecho. Mas si Paz arranca su narración desde el aislamiento original, su temática consecuente tiende un cable al lado opuesto, sobre cómo se restablece la unidad. El modo de cohesión entre las personas gravita en el centro de su atención. Entonces se preguntará sistemáticamente por la forma de reunión de los seres humanos en diversos niveles. Entonces nos presentará la historia social sosteniendo que hay en el fondo una carencia de socialidad, la cual estima condición eterna. La posibilidad de que el solitario establezca la comunión le preocupa de una manera multifacética. Explora insistentemente las diversas vías mediante las cuales se logra tal comunión, o al menos se intenta, entre las que destacan el amor, la religión, el comunismo tribal, la familia, el arte y la nacionalidad. Veamos brevemente, cómo se abordan estos diversos aspectos. Comunidad tribal: indica a la cohesión en sí, huida paranoide de la incomunicación, donde el sistema de reglas y ritos protege al hombre de su soledad. Sociedad moderna: pretende suprimir la dialéctica de la soledad aplicando los métodos de producción en masa al sentimiento, y aboliendo autoritariamente las excepciones. Religión: el sacrificio y la comunión son modos de integrar a las personas, meterlas a la sociedad. Aunque la religión es vista como proceso de socialización, puede convertirse en el eje de la síntesis social. No la rechaza como una mayor enajenación humana, sino como un alivio de la misma. Arte: es comunicación, el encuentro de la feliz Forma que reúne a los hombres en el gozo. Familia: nudo problemático donde se forja la soledad en el tránsito de la infancia a la juventud. Trabajo: es una fórmula moderna para evadirse de sí mismo, vivir inundado en los afanes, pero el trabajo moderno sin finalidad real engendra soledad. Amor: es la forma cumbre del deseo de comunión, es la "forma clandestina y heroica de la comunión" . En esta sociedad el amor parece casi inaccesible, mil obstáculos se le imponen. Aún Así, para el autor se trata de la única comunidad real, y fuera de ésta queda la simple utopía de comunión. Utopía: evoca la pervivencia del ancestral mito de la edad de oro, que sería la promesa mítica de una comunidad humana plena. De elegante manera, Paz remata su texto dejando claro, que para él la utopía social demuestra un bello sueño, y que es preferible reconocerlo como un sueño y no como esperanza efectiva. De ese breve cuadro de la búsqueda de comunión obtenemos tres resultados. Hay una polifacética aplicación de su idea del proceso de enajenación. El arranque y recaída en la separación antagónica se desdobla como una explicación general y comprensiva, la clave del proceso histórico humano. Su óptica, en el fondo, tiene un corte nihilista, pues no hay esperanzas efectivas. En lo profundo de la naturaleza humana se encuentra la enajenación, como radical separación entre los humanos. Ahí siempre estuvo y estará. Además siempre será una pesada carga. "Todas las civilizaciones son civilizaciones de la enajenación y todos los civilizados se rebelan contra la enajenación" . Existe un nivel de crítica en Paz, pero esa crítica está un paso atrás de los autores del socialismo utópico, pues su premisa suprema acepta la impotencia de la crítica. Por eso Paz se mueve dentro del pensamiento básicamente positivo. Su crítica es una reflexión de tal naturaleza limitada, donde la propuesta de fondo es refinar la enajenación humana, mediante el Arte y el Amor dar alientos de belleza a quienes sean capaces de captarla, mientras la vida cotidiana de la humanidad ordinaria padece al carecer de comunión efectiva y mantenerse en el pantano de la soledad. Por ese fondo tan pesimista y a contraviento de sus demás méritos el Laberinto de la soledad puede quedar integrado, con todos los honores, dentro del acervo de la ideología oficiosa mexicana, en el periodo de mayor despotismo práctico. El pesimismo permite que una carga tan corrosiva de verdades se pueda digerir dentro del sistema de la ideología oficinista del periodo, la cual evitaba cualquier tipo de crítica. Los aciertos y toda su dimensión de la historia viva del texto de Paz quedan neutralizados con un horizonte de pasividad y pesimismo; el pesimismo de fondo convierte en neutrales tantos magníficos pasajes donde Par denuncia las atrocidades de este mundo, y sus revelaciones no llaman a nadie a ninguna acción. Por eso Paz pudo convertirse en una especie del santo patrono de la intelectualidad nativa inteligente pero casi resignada y casi conformista. Además ese discurso pesimista de la impotencia nació enraizado en una situación histórica de mediodía del nacionalismo burgués y también de la situación estratégica de geopolítica, donde gravita enormemente que México sea la frontera con la mayor potencia imperialista mundial.


4.- Descripciones de lo mexicano.

Lo mexicano a los ojos de Octavio Paz nos exige poner unas líneas iniciales de alerta. El pueblo mexicano está en trance de crecimiento y atraviesa por una etapa reflexiva. La reflexión corresponde a la minoría poseedora de una conciencia de sí. Entonces El laberinto es parte de esa empresa. Mas eso no sólo define la pertenencia del libro, sino también a su objeto. El texto abarca sólo a un grupo social concreto de aquéllos con una conciencia de su ser en tanto mexicanos. Fuera de ellos queda un abigarrado mosaico componiendo al país. Además, la minoría de los mexicanos con conciencia de sí "cada día moldea al país más a su imagen. Y crece, conquista a México" . Sin necesidad de vocear, el autor sabe que su obra contribuye a esa “conquista de México”, esa es una función del texto: acrecentar la conciencia de sí de los mexicanos y contribuir a esa empresa de conquista interior. Sin embargo, desde a distancia esta denominada por Paz “conquista” parecía constituir ya una inercia de integración nacional, el proceso semiautomático de nivelación de las regiones, expansión del sistema educativo estatal, perfeccionamiento de los circuitos mercantiles; la simple inercia devoraba las regiones marginales y anómalas. La idea de una conquista interior, para ir moviéndose del mosaico abigarrado de momentos históricos, costumbres, sensibilidades, etc., a la conciencia de ser mexicanos nos conduce a otra idea implícita. En el fondo está la totalización práctica en el camino de la historia. La actividad humana, que llamamos totalización práctica, toma a los objetos y sujetos del entorno para convertirlos según sus propias finalidades, imponerle su huella. Paz nos dice que una minoría activa está nacionalizando al país. Esa minoría está actuando sobre el mosaico abigarrado, lo cambia para que todos lleguen a sentirse mexicanos y ser tales. Esa idea presente de totalización práctica le permite ver que la mexicanidad no queda rota en su ser esencial por la pervivencia de otros modos de existencia distintos dentro del país. Y esto le permite a Paz convivir con el análisis particular. La noción implícita de totalización en Paz, parece ser una mezcla entre Hegel y Marx. En la descripción de las denominadas máscaras mexicanas, Paz intenta encontrar un denominador común para el mexicano. Para encontrar ese punto en común se debe saltar por encima de las edades, los sexos, los oficios, las clases. Se busca un punto común denominador que de tan común parece mínimo. Ese punto encarna en la máscara. En la definición del autor el mexicano está cerrado ante el mundo, vive como un desollado pues todo puede herirle, se aleja cualquier contacto. En tal ideología hipersensible se odia a lo abierto como rajado y femenino, mientras la virilidad valiosa es la agresión de lo cerrado. La desconfianza mutua y el mantener las formas dan el tono de la convivencia. El enmascarado es sinceramente mentiroso o simulador. La simple mirada de los otros ofrece el peligro. El extremo de esa actitud vital se describe como el mimetismo del indio. Entre las relaciones humanas enmascaradas se practica el ninguneo, las personas se valoran como nada. Las magníficas descripciones de las mascaradas mexicanas resultan endebles, como ciencia social respecto de su punto medular. Reitero las descripciones resultan magníficas, memorables y salpicadas de estilo magistral, pero el trasfondo teórico flaquea. Basta adelantarnos a las conclusiones del texto, para ver que lo descrito como la esencia de lo nacional son circunstancias universales. La enajenación mexicana "se trata de una situación universal" . "Pese a nuestras singularidades nacionales (...) la situación de México no es distinta ya a la de los otros países" . La historia nacional aparece ya universal. Bajo la máscara mexicana no se espera encontrar al ser auténticamente nacional, como esperaba Samuel Ramos, sino al hombre universal, la autenticidad existencial bajo la costra de la impostura. En estas descripciones Paz es capaz de ver más allá del individuo, apreciando el modo de convivencia. "El solitario mexicana ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse," . La fiesta es el único lujo de este país pobre. El sentido esencial que el autor le encuentra a la fiesta es el religioso, interpretándola como un gesto ritual y un sacrificio donde el derroche fortalece. Las fiestas son ceremonias donde el mexicano momentáneamente se abre al exterior, pero de tal modo que hay un estallido, y esa apertura es exceso, y "Más que abrirnos nos desgarramos" . Entonces la fiesta ritual encierra una tentativa de comunión fracasada, debido a la misma violencia desplegada del intento. La muerte entrega el espejo oscuro de la vida. El mexicano es indiferente a la muerte, y esa actitud se nutre de indiferencia a la vida. "Todo está lejos del mexicano, todo le es extraño, y en primer término, la muerte extraña por excelencia" . Y esa indiferencia ante su ocaso agrega otra forma para cerrarse ante la vida. Con la obsesión de un autor de novela policíaca, Octavio Paz va desentrañando cada víscera, y en cada hueco desentrañado, encuentra una y otra vez, siempre lo mismo: soledad, incomunicación, aislamiento, extrañamiento, enajenación. Lo verdaderamente sorprendente está en su diagnóstico negativo de la fiesta, expresión directa del deseo de reunión. Ahí Paz condena a la festiva reunión en vistas de su vehemencia o de su violencia. Ese juicio nos deja el sabor de un desliz. La evidente reunión festiva, el acto material de la convivencia, finaliza anatematizado en vista de algunos de sus efectos ocasionales, como son su vehemencia y violencia. El sentido religioso atribuido también queda relegado. Antes de finalizar este capítulo, conviene reconocer el acierto de Paz para rescatar la potencia de las metáforas como medio para captar la naturaleza del fenómeno nacional, pues el tema en sí de las identidades ya implica el simbolismo y sus metáforas. El título de la obra la encierra una metáfora ejemplar, motivadora de las más hondas evocaciones. El laberinto nos abre el camino para la captación de la totalidad, pero bajo su figura problemática, encierra al encierro, y basta evocar la palabra “laberinto” para sabernos perdidos o candidatos a la perdición. Asimismo, el laberinto por rebote hacia la contradicción nos indica el camino del héroe, el despertar de las potencias dormidas, indica el tiempo de la semilla. La unión de laberinto con soledad ya revela un programa completo de dramatismo, el paso desde la crisis de aislamiento hacia su drama de superación. En ese sentido, el teórico del mediodía nacional es justo que sea un poeta y un artista, pues la pincelada poética es tanto la revelación como el antídoto para las agonías nacionales. Y para mantenernos dentro del terreno de la brevedad, bastará estimar el potencial evocador de la máscara como doble lenguaje del rostro, que nos indica el ocultamiento y la revelación. Enteras las revelaciones sobre la falsedad y la mentira ya aparecen con la simple mención de una máscara, palabra tan poderosa como compleja, porque enmascarar ya implica revelar, indicar la identidad nueva hacia la que viaja el enmascarado. Y las naciones implican un juego potente y eficaz de identidades, una deriva individual y masiva hacia las identidades elegidas, y viceversa, las identidades en fuga también se indican con el término de las máscaras. Resulta cierto que el tema de la compleja identidad nacional rebasa el ámbito de la máscara, pero aquí simplemente quiero indicar su fuerza evocadora.

No hay comentarios: