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jueves, 28 de agosto de 2025

CANTINFLEO Y MORDIDA: IDENTIDAD NACIONAL ENTRE RISAS Y CORRUPCIÓN

 

Por Carlos Valdés Martín

 

 

 

La formación cultural de México es complicada y ha integrado tendencias dispares, siendo estos temas el motivo de severas críticas y risas destornilladas[1]. Apuntó Roger Bartra, siguiendo el ejemplo de Octavio Paz[2], que la tradicional identidad del mexicano engarzó con fenómenos de corrupción en la vida pública[3]. En especial, se ha mencionado al estilo del cantinfleo como una expresión de la vida tramposa de la élite, que se trasminó a todo el cuerpo social, haciendo tradición entre las capas populares. La mordida es parte del folklore nacional, tan entrañable como el tequila, y ha sido representada en casi cualquier expresión moderna de la cultura del siglo XX y del XXI. Los relatos picarescos se solazaron inventando que el término "mordida" proviene de la dentadura postiza de un virrey de extraña reputación, que pedía respaldo para recuperar su mordida[4]. Sin embargo, acotemos que esta integración de la mordida a la identidad nacional es un asunto relativo y condicionado. El término es jocoso, pero indica también reprobación, rechazo a una práctica que se considera inmoral, pero parte de la gente "intocable".

 

Mordida

El término es pintoresco y agresivo, apuntando hacia una relación orgánica y casi caníbal del poderoso frente a quien carece de poder. Novo señaló la posible leyenda de origen, la cual no está comprobada: "La 'mordida' viene de los dientes postizos del virrey Mendoza, que reputación de extraño tenía por su afán de morder en las bolsas ajenas, dejando siempre su marca en el erario público". Resulta significativo el contenido emocional y casi grotesco que proporciona esta definición sobre la percepción del Estado, al cual se le atribuyen fantasía variadas y carnavalescas. Basta señalar el término mordida para suponer una amplia condena sobre los actos corruptos del Estado, y agregarle una indicación de gesto primitivo, que recuerda las atribuciones psíquicas y fenomenológicas de Deleuze[5].

 

Cantinfleo

Eludir la respuesta correcta, manteniendo un diálogo, que más bien representa un monólogo, donde no se atina a responder la pregunta ni se entabla un contrapunto verbal, sino que se alarga el comentario. El comentario alargado del cantinfleo posee gracia y un nivel de elocuencia conforme mantiene un contacto verbal que escapa a la ruta discreta, señalando una dirección con discreción y manteniendo una reserva de fuerza discursiva. El crítico Monsiváis destacó al cantinfleo como una expresión sublime de la retórica mexicana y, en particular, el discurso nacionalista predominante al final del siglo XX[6]. Desde las interpretaciones anteriores sobre teoría de la nacionalidad, ya se habían observado peculiaridades del “lenguaje nacional”[7], que, por sus giros y cortesías confusas, señalaban en ese sentido; centrado en la figura tradicional del “pelado” como alburero y tramposo, está apuntando hacia un cantinfleo antes de Cantinflas. El actor y su equipo de productores, incluyendo a un director de cine ruso, Arcady Boytler, pusieron en la escena pública ese rasgo. A partir de las películas Águila o Sol (1938) y ¡Así es mi tierra! (1937), se popularizó esa modalidad y Mario Moreno “Cantinflas” adquirió el protagonismo del personaje cómico que representaba al mexicano, al exagerar ese rasgo.

Siguiendo los precedentes y buscando una mayor perspectiva Bartra Bartra define: "El cantinfleo es la dialéctica mexicana por excelencia: un discurso que dice mucho sin decir nada, que envuelve la verdad en capas de ambigüedad humorística. Inspirado en Cantinflas, este estilo lingüístico no solo entretiene, sino que legitima la corrupción al hacerla parecer inevitable y hasta poética"[8].

 

Teorías divergentes

Para Samuel Ramos, primero en tiempo, el cantinfleo está motivado por un agudo sentimiento de inferioridad desprendido desde la situación colonial, que detona una visión del mundo y un ánimo peculiar entre los pueblos del altiplano mexicano, combinación de amabilidad barroca, resentimiento arraigado y huida emocional.  La teoría de Ramos está sustentada directamente en una teoría psicológica, que terminó desusada, la de Adler sobre la dualidad emocional sobre inferioridad/superioridad convertida en psicología nacional.

La otra explicación del cantinfleo en el lenguaje y alma del mexicano es la de Paz quien señala hacia una peculiar dialéctica de la enajenación del alma, derivada de las mismas premisas históricas y una diferente visión psicológica y antropológica. La soledad existencial está centrada en el vaciamiento de una población que sufre un temor permanente a ser nadie, y se enmascara en formalidades que alejan de la autenticidad. En la visión de Octavio Paz, el cantinfleo es una expresión de talento para enmascarar las profundidades de la psique nacional, que abarca de distinta manera a todas las clases, desde un ostracismo silencioso en el indígena, hasta una mascarada estruendosa en las élites.

 

Discurso oficial

Curiosamente, la oleada y moda de globalización desde el sexenio de Salinas de Gortari, no alcanzó a destruir ese estilo del cantinfleo, sino que lo domesticó, tal como se muestra en el éxito de Chespirito y su Chavo del ocho, que popularizó una fórmula sobre ese mismo estilo, el cual fascinó también a Sudamérica. Las oscilaciones del discurso parecieran regresar a la misma orilla, cuando el estilo de López Obrador desde el Palacio Nacional, rescata el humorismo nacional. La retórica popular no muere, al contrario, se oficializa de un modo que el presidente de México, la adapta a sus designios, que ha demostrado ser factor de comunicación efectiva con sus seguidores.[9] Estos estilos renovados de comunicación de masas, señalan que el proceso de comunicación mantiene fuerte continuidad histórica, y que el sistema de poder está obligado a seguir recurriendo a los códigos prestablecidos.

Señalamos que las bases para que la población sea receptiva con estos modelos de retórica son

 

En los países de tradición española se mantiene esta forma discursiva, que derivó desde la cortesía del periodo barroco, ejemplificada en la poesía del Siglo de Oro[10]. Eludir la respuesta correcta bajo la apariencia de diálogo, define un monólogo disfrazado, donde no se pretende responder en directo la pregunta ni se entabla un contrapunto verbal, sino que se alarga el comentario. ¿Qué sucede cuando el alargamiento es la voz desde el Poder? El puro acaparar ya es una declaración política y efecto de jerarquía, pues “se mantiene la última palabra”. El comentario alargado cuando posee gracia produce su propio encantamiento, que se agrega a la seducción del Poder. La fuerza discursiva acontece en la legitimidad de origen del protagonista del discurso, sin requerir de elementos de potencia como una retórica deslumbrante, falacias convincentes ni una lógica espectacular. La posición del protagonista sobre el escenario resulta suficiente argumento y, desde otros modelos, bastaría el silencio para imponer discurso de Poder. Aquí acontece una coincidencia, en el nuevo discurso oficial.

 

Visualización múltiple

La irrupción de las redes y los teléfonos con cámara trastocan los espacios de intimidad del Poder, para que se conviertan en los balcones atisbados por los ciudadanos. El privilegio de la prensa política de contar las entretelas del palacio queda invadido por el empleo masivo de testimonios ciudadanos, pues basta una mínima cámara para convertir en escándalo cualquier gesto de corrupción. El ocultamiento se convierte en un nuevo dolor de cabeza para las élites políticas y una fuente de regocijo para los ciudadanos que se sienten empoderados con las continuas irrupciones.

Los testimonios de mordidas y corruptelas se multiplican exponencialmente de una manera nunca antes vista. De esa manera, la leyenda novohispana de una mordida se ha convertido en testimonios multiplicados sobre funcionarios, que se repiten sin pausa, y continúan las evidencias, como dijera el clásico latino: ad nauseam.

 

Inercias y transformaciones

La teoría de lo nacional está conformada por fuertes inercias y marcada con el rumbo de las transformaciones. ¿Cómo se vuelve compatible una voluntad transformadora con la recurrencia de pautas añejas y hasta obsesivas? Los elementos que, pese a las previsiones o su falta de notoriedad (por ser desestimadas en la academia histórica) se mantiene en el tiempo están en el corazón de las ocupaciones de Braudel. Lo que para otros sería las estructuras, para Braudel comienza por la observación largoplacista. De la mordida señalamos la integración virreinal temprana y del cantinfleo, apuntamos hacia una variación barroca, propia de la península ibérica. Son muchos siglos de presencia. Habría que comprobar la extensión e intensidad sobre ambos fenómenos, así como su capacidad de importación, porque México no es copia de las costumbres españolas, sino una síntesis novedosa. Los teóricos serios como Bartra asumimos que sí hay continuidad largoplacista[11] y los literatos, menos interesados en las honduras, como Novo y Monsiváis coinciden en ese largo aliento. Ante el derrumbe del “viejo régimen” priista, esas dimensiones han pervivido y hasta ampliado su presencia, aunque los cambios tecnológicos suponen un reto mayúsculo. En particular, la multiplicación de las imágenes y testimonios que supone la extensión de la comunicación representa un reto mayúsculo y abre posibilidades para la modificación de las tendencias en la estética popular y las relaciones entre ciudadanía y gobernantes.

 

 NOTAS:



[1] La base de este escrito fue redactada hacia 1998, en el contexto de materiales que resultaron en Las aguas reflejantes el espejo de la nación, del año 2012.

[2] Octavio Paz, El laberinto de la soledad.

[3] Roger Bartra, La jaula de la melancolía.

[4] Una referencia antigua está en es "El Libro de las Palabras" de Salvador Novo.

[5] Deleuze y Guattari respecto del Estado, en sus dispositivos, en Mil mesetas. 

[6] En Escenas de pudor y liviandad (1988) "El cantinfleo, esa destreza para hablar mucho y no decir nada, es el arma secreta de los presentadores de televisión y los políticos que, con una sonrisa y un gesto, convierten la vacuidad en espectáculo."

[7] Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México.

[8] Roger Bartra, en el capítulo "La cultura del cantinfleo", en La jaula de la melancolía, p. 178.

[9] Por ejemplo: "Miren, nosotros, este… vamos a seguir con la transformación, porque es un compromiso, ¿no?, que hicimos, y lo vamos a cumplir, porque yo no miento, no robo, no traiciono, y me canso ganso, porque ya no es como antes, que se decía una cosa y se hacía otra, no, no, no, aquí es palabra, palabra de hombre, palabra de presidente, y se acabó la corrupción, porque se acabó, y punto." Esta cita es de la conferencia matutina presidencial ("mañanera") del minuto 45 de la transmisión del 19 de febrero de 2019.

[10] Sus grandes cumbres son Calderón de la Barca en el teatro (La vida es sueño) y en la poesía de Góngora y Argote (Soledades, Polifemo y Galatea)

[11] Escuela histórica francesa, desarrollada por Braudel, véase El Mediterráneo.


domingo, 20 de noviembre de 2016

SECRETOS DE EL LABERINTO DE LA SOLEDAD






Por Carlos Valdés Martín

“…amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua…
Piedra de sol, Octavio Paz



En retrospectiva, la obra cumbre de Octavio Paz, El Laberinto de la soledad esconde intrigantes secretos y malentendidos que perviven hasta nuestros días. Siendo una de las obras más recomendadas para los estudiantes desde la escuela preparatoria, su incomprensión resulta llamativa. Muchas reseñas y prólogos siguen indicando lo que no es y atribuyéndole características que la alteran, por eso aquí se desvelan la verdad y las breves claves de esta obra crucial.[1] 

Misterio del odio visceral que despertó Octavio Paz
 
Hoy celebrado, el autor casi de inmediato recibió fuertes confrontaciones, quedando incomprendido cual nuevo Quetzalcóatl. En especial, la izquierda mexicana se volvió su detractora casi profesional. Tras la tragedia de 1968 resultaba más extraña la animadversión de la “izquierda promedio” en el país.[2] El autor era acusado incansablemente de criatura de Televisa, con pose aburguesada o insensibilidad. La acusación desde la izquierda quedaba por completo fuera de sitio e injusta, conforme recordamos su gesto militante en la Guerra Civil española, luego el valiente y rupturista ante la masacre de Tlatelolco, cuando Paz renunció a la bonanza de una embajada,[3] quedando al garete económico y permaneciendo fuera del país hasta que el Presidente Echeverría promovió la reconciliación con la intelectualidad nacional para borrar huellas. Un protagonista de tal animadversión durante décadas, Carlos Monsiváis terminó doblando la cabeza y suspirando con elogios hacia este genio. Por más que, repetidamente desde la izquierda, se le acusaba de bufón del sistema y otras necedades,[4] Octavio Paz se mantuvo como una columna imbatible de pensamiento crítico e independiente. En la cúspide del éxito ¿fue seducido por momentos bajo la Flauta de Hamelín del sistema? La pregunta impone una ilusión del Gobierno-Todopoderoso sobre alguien que escapó mediante la cuerda del genio sorteando las trampas habituales. Por lectores e intelectuales del orbe entero fue aclamado, cuanto más que acusado y acosado desde los anti-sistémicos; es irónico, desde el Poder fue tanto elogiado y reverenciado como amenazado, temido y repudiado; pero Octavio Paz se mantuvo aferrado a posiciones en extremo críticas contra aquello que le olía a dictadura e inmoralidad. Su vida privada también fue objeto del escrutinio y cotilleo, cuando la rudeza durante el alejamiento de su expareja, Elena Garro, y su hija, le agregó un clavo al ataúd de las antipatías. A pesar de ese ambiente local de animadversión, su talento se sobreponía y quedó convertido en referente de poesía y ensayo. El premio Nobel de Literatura no lo congratuló con esa intelectualidad local, aunque terminó con las habladurías retadoras y, tras la madurez de las décadas, consolidó el reconocimiento inobjetable y sus antiguos detractores guardaron el silencio o se convirtieron a su credo.[5]
 
La escandalosa irrupción de la “grosería”
 
Sin duda, Octavio Paz se adelantó a su generación al darle un espacio y sentido a la grosería dentro de la cultura nacional. Su magistral estudio de la “chingada” introdujo al lenguaje grosero y al albur dentro del circuito cultural, cumpliendo un ciclo de acercamiento entre la intelectualidad y la vulgaridad, polos complementarios del acontecer visto en su integridad. En 1950, fecha de la publicación de El Laberinto de la Soledad, predominaban las “buenas maneras” del lenguaje, siendo rechazada la inclusión de los términos groseros. Las inclusiones de la “chingada” y sus variaciones dentro de una obra educativa resultaba audaz y escandaloso, y, en ese punto, Paz superó la aduana del descrédito. Mientras la cultura popular era tolerada en sus desplantes albureros, encabezados por la gracia de Cantinflas y el ingenio del compositor Chava Flores, en cambio la cultura seria se mantenía alejada y cautelosa contra esas manifestaciones. Tardarían dos décadas para que la grosería y el humor descarado adquirieran carta de ciudadanía en el “País Intelectual”, por ejemplo, con Carlos Monsiváis.   

La resistencia a abandonar el “complejo de inferioridad”

El análisis de la nación y de la psicología del mexicano, cuando irrumpe Octavio Paz se encontraba en un estado naciente, con únicamente dos grandes libros de referencia para el análisis del tema: El perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos y La raza cósmica de José Vasconcelos.[6] Ninguno de los dos antecedentes formaban un “cuerpo teórico”, sino plataformas abiertas para la discusión, incluso las grietas conceptuales en la obra de José Vasconcelos, resultaban tan patéticas que su delicia retórica no las compensaba. Entonces, aunque Paz abunde sobre temas ya abiertos su posición irrumpe a contrapelo, bajo enfoques vanguardistas para el medioambiente cultural de México en 1950. El principal problema fue que no convencían a Paz las argumentaciones esenciales de Ramos y Vasconcelos, de tal manera que armó su propia trama teórica alterando los elementos recibidos, por más que en la superficie se observen afinidades.
Previamente, la argumentación de Samuel Ramos agradó mucho al sentido común del país, por cuanto elaboró una psicología centrada en la crítica al “sentimiento de inferioridad”, bajo una explicación que tuvo gran aceptación y hasta nuestros días se continua escuchando, en sus tesis más simples: “los mexicanos tienen sentimiento de inferioridad” o “el mexicano está acomplejado”. Contra la simplificación de que los mexicanos son esto o aquello,[7] Octavio Paz recurrió a la cultura, la historia y a una especie de “metafísica de la soledad” para dar justificación a los fenómenos más llamativos y a la sobrevivencia de antiguas actitudes colectivas.
Lo curioso es que Paz para superar a Samuel Ramos,[8] debió emplear sus propios argumentos, así el texto ha sido malinterpretado como si fuese la comprobación de que “el mexicano se siente inferior”. La interpretación correcta resulta más complicada, rechazando la psicología de Adler y proponiendo un modelo —simultáneamente— más arquetípico e histórico,[9] el cual pretende superar el término “inferioridad” con el propio de “soledad”.  

El acabose para la psicología de “tipos” como “el mexicano es…”

Contra la tendencia espontánea y necesaria de captar lo nacional como una particularidad, la obra de Octavio Paz también acentúa el aspecto universal de la ecuación: “Todas las civilizaciones desembocan en la occidental, que ha asimilado o aplastado a sus rivales. Y las particularidades tienen que responder a las preguntas que nos hace la Historia: las mismas para todos los pueblos. El ser humano ha reconquistado su unidad, entonces las decisiones de los mexicanos afectan ya a todos los hombres y a la inversa.”[10] En ese sentido, el libro sobre lo mexicano es una reflexión importante sobre la condición humana universal y cómo nuestro pueblo participa con sus matices en esa misma problemática. Por lo mismo, las reflexiones sobre la peculiaridad nacional en el sentido de gracejadas psicológicas resultan insignificantes, cuando no se contextualizan dentro de una teoría de lo general. En ese sentido, las aportaciones de Paz son reflexiones agudas sobre la condición humana y el curso general de la historia. 

La teoría oculta: desde la explícita soledad hacia la dialéctica

Las tesis explícitas sobre la importancia de la soledad están tejidas con un substrato teórico europeo, recopilación de los muchos estudios de Paz, desde su inquietud juvenil aunada su dedicación intelectual. El capítulo de cierre (agregado en 1959)[11] posee múltiples dimensiones conceptuales que suelen pasar desapercibidas al lector superficial o al estudiante, que obligado por la matrícula, mira con prisa ese texto. Porque hablar de dialéctica es abordar de un modo específico a la lógica y a la ciencia, con tal densidad que ni las lecturas unilineales ni la simple correlación de causa y efecto alcanzan a interpretarla. Iniciada con los Diálogos platónicos la dialéctica ha seguido un amplio itinerario, nutriendo la filosofía clásica alemana y a la crítica marxista. El modo en que lo individual (mi soledad, este sentimiento) se multiplica y vuelve denso en el análisis de Octavio Paz resulta seductor y aleccionador, pero no saca a la luz su sutil aparato teórico. Por eso El laberinto de la soledad se lee de corrido a modo de literatura y testimonio, sin abordarse a modo de teorización, por tanto entra poco dentro de las materias analíticas de la sociología o teoría social, para conservarse como una preciosa descripción fenomenológica del Ser Nacional a mitad del siglo XX. Entonces, esta obra mantiene guardados secretos para su interpretación.
Asimismo, siendo una investigación para develar los mitos que rodean a la nación, juega a la paradoja de establecer el nuevo mito, desde su título; junto con ello despliega el embrujo de su belleza literaria. El mismo, Octavio Paz establece una paradoja al respecto de su labor desmitificadora: “Yo creo que El laberinto de la soledad fue una tentativa por describir y comprender ciertos mitos; al mismo tiempo, en la medida en que es una obra de literatura, se ha convertido a su vez en otro mito.”[12]

Calendario de 1950 y la mitad perfecta
 
Algunos historiadores gustan de analizar lo que llaman “tendencias seculares”, que en términos más sencillos son las dominantes durante un siglo. Esas tendencias de largo plazo han marcado los hitos del llamado siglo XIX o XX con amplitud, cuando al tratar estos periodos, el choque de periodos marca una transición. De forma curiosa, el año 1950 colocado a mitad del siglo XX dio lugar al pulso de su tendencia. Después de los dos horrores de las Guerras Mundiales, se entró en un periodo optimista donde la estabilización de los sistemas contendientes se pacificó, cuando la “Guerra Fría” tuvo menos actos bélicos que el periodo anterior, conjunto con el despertar de las nacionalidades colonizadas, mediante procesos exitosos de descolonización. Bajo ese impacto, la formación nacional redoblaba su interés como objeto de comprensión y de respeto, bajo la óptica de una comunidad de países, agrupados en las Naciones Unidas y con promesas de mutua comprensión, justicia y desarrollo.
Cual perfecto punto medio de la balanza justiciera, el año 1950 se colocaba en la mitad matemática del siglo XX, a la manera de una muesca milimétrica entre lo que fue y lo que será. Esa posición del libro señala la situación de la interrogación de fondo en Paz, que analiza un cúmulo de historia, pero actualizado, hasta su preciso presente, para mirar su futuro. En ese sentido, El laberinto de la soledad es un pasadizo de la mitad exacta que abría el campo para el entero siglo XX, pues hasta el final del ciclo parecía no perder vigencia. Quizá es hasta el siglo XXI, con el peso abrumador de las innovaciones y la vuelta de tuerca de la tecnología informática cuando el discurso nacional se está replanteando, incluso sustituyendo con la “globalofilia”. Entonces el texto se mantuvo vigente, casi de inmediato cristalizado en clásico, tanto de la temática nacional como de un humanismo universal, que abriría el camino hacia el reconocimiento de Octavio Paz. 

Fiesta artística

Entre otros rasgos, El laberinto de la soledad es una larga celebración de la literatura, mostrando las cualidades de distintos poetas, narradores y ensayistas bajo la óptica de una belleza singular y hasta trágica. Una búsqueda primera consiste en arrancar la savia mexicana a los poetas y artistas, de tal manera que se decante superando la particularidad, entonces mixtura que entrega aroma local con los jugos del alma íntegra y universal. Por ejemplo, “Muerte sin fin, el poema de José Gorostiza, es quizá el más alto testimonio que poseemos los hispanoamericanos de una conciencia verdaderamente moderna, inclinada sobre sí misma, presa de sí, de su propia claridad cegadora.”[13] En cierto sentido, el texto es un embriagador caleidoscopio de los siglos del arte mexicano: Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana, Rodolfo Usigli en El gesticulador, Javier Villaurrutia con Nostalgia de la muerte, el Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas Horcasitas, Bernardo Balbuena, Alfonso Reyes, López Velarde, Jorge Cuesta, Ignacio Ramírez, Diego Rivera, José Clemente Orozco… Ese cúmulo de luceros mexicanos acompañados con las ensoñaciones estéticas de otras latitudes: César Vallejo, Reiner María Rilke, Paul Valery, Luis de Góngora, Quevedo, Miguel de Cervantes Saavedra, San Juan de la Cruz, Hölderlin, D. H. Lawrence, Rubén Darío, Luis Cernuda… Sin duda, una impresionante travesía entre el arte y sus frutos maduros.  
Comenzó apareciendo en modalidad de ensayo, y por la calidad estética, junto con la fuerza de su discurso, El laberinto de la soledad terminó siendo reconocido como un gesto estético, obra de literatura que bordea entre el análisis y el deleite poético. Esa ambigüedad final a Octavio Paz le ha deparado un reconocimiento especial que sigue colocando a esta obra en los aparadores y el gusto público. 

P.D. La salida del laberinto

De modo automático, el laberinto nos invita a soñar una escapatoria que atraviese por peligros y peripecias, hacia una salida que brinde una satisfacción de la “prueba superada”. Casi con crueldad, el genio de Octavio Paz no ofrece una salida para la soledad, pues la comunión permanece como un anhelo que únicamente el arte o el amor, en ocasiones permiten, pero la soledad permanece cual trasfondo ontológico de los individuos y las sociedades. Más bien denuncia a la “salida” como una ilusión y hasta una tendencia atroz que alimenta un gregarismo de masas aborregadas y da materia prima para dictaduras y establishment homogeneizadores. Sshhh. Díganlo en voz baja, como un susurro secreto para que no escuche la soledad: Aquí no hay salida. Por eso el final original indica: “Si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y pensar de verdad. Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres.”[14]

NOTAS:

[1] Resulta fácil confundir y fusionar a Samuel Ramos con Octavio Paz, la memoria suele ser traicionera, por ejemplo “En El Laberinto de la Soledad, el premio Nobel ahonda en lo que considera son las características del ser del mexicano; establece que se trata de un ser que se siente inferior y se aísla en un laberinto, se mantiene solo e incapaz de externar sus sentimientos.” Por  Angélica Beltrán “Dossier Político”, Día de publicación: 2007-09-17. Aunque otros sí observan la diferencia con claridad “su tesis sobre la soledad que estaría en lugar del sentimiento de inferioridad que Samuel Ramos manejaba” en Yoon Bong Seo “En torno a El laberinto de la soledad, de Octavio Paz”, Ed. UAdeG.
[2] La crítica directa a las ilusiones socialistas motivaban la primera de rechazo de la izquierda, por ejemplo: “Nadie duda que el "socialismo" totalitario puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo único que nos interesa y lo único que justifica una revolución.” El Laberinto de la Soledad, p. 77.
[3] También recibió ataques febriles desde posiciones gobiernistas como señala Roger Bartra en la revista Letras libres, “Octavio Paz en la picota”, 12/02/2015.
[4] Los otros inteligentes, como Monsiváis y Blanco no resistían la tentación de arremeter contra la “estatua de éxito” levantada por Paz, él les respondía vitriólico: “Está bien, pero hay que distinguir entre el picapedrero iconoclasta que las derriba y el perrito incontinente que orina a sus pies.” En la revista Nexos, “Paz-Monsiváis: polémica”
[5] Cabe destacar la plausible rectificación de Carlos Monsiváis que tras el debate, se comportó como su admirador sincero desde la izquierda, por ejemplo con la biografía que pone los términos en justa perspectiva, mostrando un enorme aprecio. En Adonde yo soy tú somos nosotros. Octavio Paz: crónica de vida y obra por Carlos Monsiváis (2000).
[6] Esta obra de Vasconcelos posee una característica especial, quedando subyugada al personaje y su arco sorprendente entre el patriarca de la cultura iberoamericana hasta el erudito hispanista resentido, católico y cripto-nazi, donde sus rasgos oscilantes merecen un estudio peculiar. Carlos Valdés Martín, “Reseña crítica de José Vasconcelos”.
[7] La primera tesis de Octavio Paz sobre las máscaras ataca a la simplificación, indica que no es cierto lo que aparece en la mexicanidad superficial.
[8] “Se dice que El perfil del hombre y la cultura en México, primera tentativa seria por conocernos, padece diversas limitaciones: el mexicano que describen sus páginas es un tipo aislado y los instrumentos de que el filósofo se vale para penetrar la realidad —la teoría del resentimiento, más como ha sido expuesta por Adler que por Scheler— reducen acaso la significación de sus conclusiones. Pero ese libro continúa siendo el único punto de partida que tenemos para conocernos.” El laberinto de la soledad, p. 66-67.
[9] “La existencia de un sentimiento de real o supuesta inferioridad frente al mundo podría explicar, parcialmente al menos, la reserva con que el mexicano se presenta ante los demás y la violencia inesperada con que las fuerzas reprimidas rompen esa máscara impasible. Pero más vasta y profunda que el sentimiento de inferioridad, yace la soledad. Es imposible identificar ambas actitudes: sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto. El sentimiento de soledad, por otra parte, no es una ilusión —como a veces lo es el de inferioridad— sino la expresión de un hecho real: somos, de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos”. El laberinto de la soledad, p. 5. Nótese que “arquetipo” e historicidad son contrarios en la línea del tiempo, el primero señala eternidad y el segundo modificación.
[10] El laberinto de la soledad, p. 72.
[11] El Capítulo final “La dialéctica de la soledad”, se agregó en la Segunda Edición de 1959.
[12] Entrevista de Claude Fell a Octavio Paz presentada como “Vuelta al Laberinto de la soledad”, p. 176. Cabe adicionar, que la estructura del tiempo nacional requiere de la temporalidad eterna, compartiendo con el mito y recreándolo. Cf. VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.
[13] El laberinto de la soledad, p. 25.
[14] El laberinto de la soledad, p. 81. No es el pesimismo ontológico advirtiendo que nunca habrá salida, sino la interrogación, el “acaso”, así es la frase final del capítulo añadido: “Al salir, acaso, descubriremos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces. Quizá, entonces, empezaremos a soñar otra vez con los ojos cerrados.” Op. cit., p. 89. El final original era más crudo aunque con una chispa de esperanza, este agregado invita a mantenerse dormido.