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domingo, 23 de febrero de 2025

CABALLO MUERTO O LA TEORÍA DE LA NECEDAD

 



 

Por Carlos Valdés Martín

 

“Estaba muerto, pero nadie se lo había contado” dice el refrán de los abuelos. La empresa estatal fracasada es el Caballo Muerto más grande que pueda soportar cualquier país… El hecho de que existan otros caballos vivos no anula que este caballo (la empresa estatal) sea un enorme monumento al desperdicio inútil. Además la tendencia a cuidar a un caballo moribundo, nacida de la bondad y la caridad no hace que el caballo muerto reviva y sea eficiente.

El Caballo Muerto apesta después de fallecer, pero hay quienes se aprovechan con ese enorme cadáver: funcionarios, sindicatos, publicistas, etc.  Los beneficiarios proponen o imponen una serie de medidas para "salvar" y hacer crecer al Caballo Muerto:

Inyectar un presupuesto millonario de emergencia que implique un rescate, donde todo el país aporte su “granito de arena” hasta formar una avalancha de ayuda inmediata.

Premiar con unas vacaciones pagadas a los mejores destinos turísticos para el Caballo Muerto, acompañado por sus más fieles representantes.

Decretar una Ley que prohíba a los caballos morir y establecer multas para quien levante tumbas para esos animales.

Lanzar una campaña contra los periodistas que hablen mal de los Caballos Muertos…

Cuando el fracaso de los intentos por revivir al Caballo Muerto y volverlo un gran éxito alcanzan el límite imaginable, entonces llegan los voceros a gritar: “Son traidores a la Patria los que no quieren revivir al Caballo Muerto. Esos antipatriotas son los que no quieren revivir al Caballo Muerto, que con su resurrección solucionaría todos los graves problemas del país”.

Sin duda, doña Estulticia estará orgullosa de los adalides que siguen exigiendo mayores presupuestos para el Caballo Muerto.

 

 

martes, 2 de julio de 2024

TERMOELÉCTRICA A MANSALVA


 

 

Por Carlos Valdés Martín

 

Entre penumbras y humedad de cavernas, los espíritus chocarreros de antepasados gruñen para invitar a la nueva generación hasta su purgatorio panteonero. El atracón de muertos frescos de la “Covideada” había terminado. El huesudo y altivo Moctezuma II reclamaba a Tezcatlipoca, que apremiaba un nuevo barullo en el inframundo bajo la gran ciudad.

—Aún no termina el ciclo de aire. La muerte por fuego está reservada para las provincias tributarias, para los señoríos chichimecas, ahora gobernados por narcos.

La calavera con penacho de Moctezuma apretó y rechinó los dientes. Ese penacho subterráneo conserva mejor sus colores que los quetzales vivos. Al rechinar los dientes salió su lamentación:

—Los ciclos cósmicos no interesan, lo que me retuerce es la soledad y la falta de bullicio. Los muertos viejos se vuelven aburridos y dejan de moverse. Los viejos muertos se vuelven hojas secas o han encontrado su camino de regreso al aire. Y aquí este rey antiguo, que siempre les sirve de su pincheeee (alarga la última vocal, para enfatizar) , porque no quiero volver a la superficie, por el desmadre que se organiza cada vez que “regresa el rey”. Me purgan las genuflexiones de los súbitos, desde que una pedrada me reveló que eran falsas sus alabanzas.

A las puertas del inframundo azteca, el poderoso Tezcatlipoca siempre idea la mejor solución. Agita su espejo humeante que descifra las pasiones más oscuras de los vivos. Sus mejores siervos siempre han sido los gobernantes, dispuestos a enloquecer con sus egolatrías y vanidades. Con rencor ancestral tatuado en su rostro, Tezcatlipoca late de envidia ante los inventos. Eso viene sucediendo desde que su hermano luminoso, Quetzalcóatl compartió regalos para los humanos: textiles y huipiles con el último grito de la moda mesoamericana; aromáticos copales que fueron la fruición de Teotihuacán; artísticas vasijas para disfrutar el chocolate recién descubierto… Tantas novedades de Mesoamérica antes de la tormenta de los caballeros barbados y su nuevo Dios con cortejo de santos y vírgenes. Y Tezca (como le llaman ahora) no se debía quedar atrás, estaba listo para darles los regalos de la civilización a sus pueblos, pero debía mantenerse oculto bajo el manto de los nuevos dioses públicos. Que el cigarro sea el regalo más emblemático a Tezca no lo acongoja. En su corazón divino está el ansia por otros portentos.

La exacta confluencia del humo provoca las carcajadas silenciosas de Tezca. Y mirar una termoeléctrica desprendiendo millones de toneladas métricas de humos tóxicos es para él una fiesta indescriptible.

Para los humanos del altiplano es una fea restricción por contaminación, en cambio, para Tezca ese es un día de fiesta. Así, que el dios Tezcatlipoca (por última vez lo digo completo) encarna en un guapo doncel con piel de bronce. El portador de su espíritu es el júnior de un poderoso gobernante, que maneja su Ferrari, dejando al chofer como acompañante. Le gusta manejar y sentir que es un corredor implacable, pero los baches frecuentes lo disgustan. Toma el segundo piso del periférico para dirigirse hacia la termoeléctrica de Tula.[1] Le frustra al joven Barry que haya cámaras de control de velocidad en el segundo piso. Ya en la carretera se desbocará un poco más, aunque tenga que tomar una ruta más larga. Se dirige hacia su chofer-guarura colocado en el asiento del copiloto:

—Carga el vapeador con cannabis “medicinal” y no me rezongues, que ya sé que papá tiene prohibido que yo maneje y mezcle, pero en la caseta de Tepozotlán te dejo el volante. Nada más daré dos jaladas para relajarme.

Cuando Tezca se encarna temporalmente no se pierde la personalidad del receptor. De hecho, con Tezca sucede como si llegaran dos visitantes a un mismo departamento y tuvieran una larga amistad, cuando ambos presumen lo bien que les ha ido ese año.

—Te voy a contar de la Karen que decías no aflojaba, pues sola se alocó. Fueron los celos, en cuanto le llegó la noticia de que andaba saliendo con una modelo de Monte-negro.

Barry se ríe ostentosamente para que el copiloto entienda que fue un juego de palabra sobre el Monte de Venus negro.

—Hay güey, ni tan negro. Como sea, la imposible curvilínea Karen, en “fa” se descolgó a altas horas de la madrugada y se soltó como fiera. Lo único malo es que ya se me había bajado la calentura. Acepté por curiosidad, con eso de que presumía de virgen de las vírgenes. Nada, nada era tan cierto con ella.

Detiene el automóvil en una gasolinería después de la caseta y se cambian de sitio. Se detienen frente a una cafetería, donde Barry compra dos frapuchinos con triple crema batida y toque de leche de almendras.

Voltea la mirada hacia el Valle de México:

—¡Qué guau está la nata de mierda contaminante! —que a Tezca le fascina el humo, mientras más tóxico más matizado—. Lo bonito —ahora habla la mente de Barry— que es tener colección de vehículos, así circulas más sabroso, mientras los jodidos se quedan en casa o andan en Metrobús.

En el estacionamiento, Barry alterna entre el vapeador y el café capuchino. Está de muy buen humor y en su cabeza transcurren diálogos entre fiestas de discoteca, viajes lejanos, pirámides adornadas, negocios por asignación directa y guerras floridas.

El chofer no sabe el motivo para visitar un sitio tan poco turístico como la termoeléctrica. Imagina que es por negocios. El comportamiento de Barry no es el usual. Por un resorte de urgencia aborda a una joven morena que despacha gasolina bajo el quemante sol del mediodía.

—Te interrumpo un momento para afirmarte que eres la misma princesa Donahí, debes dirigirte a Oaxaca, allá te volverás gobernante. Dedícate a la política. Le das de referencia al Gobernador, este que es el teléfono de mi tío y te dejo el mío.

Ella piensa que es un chico muy guapo y millonario excéntrico que le pedirá una noche gratis. No cree en nada de lo que él dice.

—Es más te doy dinero para el viaje. Se me olvida que en esta tierra con dinero baila el perro. Con lo que te voy a mandar te alcanza para irte allá unos 6 meses, mientras organizas tu vida, princesa Donahí.

Por la cabeza de ella pasan noticias de trata de blancas, secuestros y desapariciones, mientras él comparte una cuenta bancarizada, donde le depositará dinero con abundancia. Luego ella piensa en los milagros de la Rosa de Guadalupe.

Él se despide muy amistoso:

—Soy Barry para los amigos y —suelta un guiño de coquetería— para las chicas guapas. Estamos en contacto.

Tezca no concuerda con Barry cuando coquetea con Donahí, pues ella no ha reencarnado en un cuerpo bello.

El trayecto a la termoeléctrica cruza en las proximidades de la refinería de Tula. La refinería a Tezca le resulta agradable, da órdenes para pasear por la cercanía, antes de alcanzar el destino final. Que tienen tiempo sobrado. Mira los silos y tanques enormes; los laberintos de tuberías expuestas al inclemente sol del mediodía; disfruta el tramado de escaleras y quemadores expuestos; las grandes chimeneas y los vidrios reflejantes; grandes extensiones de láminas corrugadas y expuestas al óxido de las lluvias. Barry recuerda un relato urbano de Héctor de Mauleón que le hace más simpática la tosca estética de la refinería. A la distancia, Tezca disfruta el aroma a tóxicos azufrados que se desprenden hacia el ambiente, pero sabe que desprende una fumarola mediana cuando se compara con las turbinas gigantescas de la termoeléctrica. El escape rugiente del Ferrari es una diminuta insignificancia comparada con las bocas humeantes de la refinería, oleadas tóxicas de vapores, precedidas de borborigmos metálicos. Y, bajo la relatividad de las emisiones, a su vez la refinería palidece ante las imponentes chimeneas múltiples de la termoeléctrica, que lanzan millones de partículas suspendidas, que se mantienen viajando para esparcirse sobre el Valle de México, el territorio de la civilización náhuatl que lo adoraba entre hogueras y ofrendas de copal mezcladas con yerbas aromáticas. Es la nostalgia de dios viejo, es Tezca convertido en un adorador de los humos que llevan a las almas hacia su región del inframundo.

El chofer pide una escolta a la Guardia Nacional y de inmediato le mandan un jeep con soldados en las proximidades de la refinería para acompañarlos.

En la garita de entrada a la termoeléctrica no conocen a Barry.

—Es que siempre llego en camioneta blindada con polarizados. Y no me gusta que los macuarros me reconozcan en el camino. ¡Estás muy güey, pero muy güey!

Barry le marca a la secretaria privada de su tío para franquear el paso. Margarita, es eficiente y tiene el directorio con los celulares de todos los accesos a las plantas eléctricas. En un minuto ha sacado las autorizaciones.

En cuanto traspasa las rejas le ordena al chofer:

—Les invitas a los sardos unos refrescos o hasta cervezas si hay en la tiendita sindical. No se nos vayan a deshidratar.

El gerente Salomón (extraño nombre de pila) no está de buen humor para trabajar. Su semana fue infame y el no circula lo obligó a utilizar el transporte público. El taxi Didi lo había boletinado por subirse borracho y manchar las vestiduras de un servicio, y ese es el único autorizado para taxear alrededor de la termoeléctrica, según amenazas de los mañosos.

Se reúnen en privado en la oficina austera del gerente.

Barry ostenta su heráldica familiar que surca desde las altas esfera del Ejecutivo hacia atrás para llegar a los marineros de carabelas en las Islas Canarias y los caballeros de Santiago en Asturias. El gerente adora la historia y objeta mentalmente sobre “carabelas” que son más portuguesas y piensa que lo correcto son “galeones” más españoles, mientras asienta con la cabeza.

—Lo que voy a decirte es muy confidencial, así que saca tu celular aquí arriba de tu escritorio, como lo hago yo. Que nada esté grabando.

Ante el titubeo de Salomón, Barry golpea con su celular en la mesa. Ante el sobresalto del interlocutor, Barry suelta una risotada. Que Salomón responde torciendo la boca mientras saca lentamente su celular de la funda y se imagina un duelo de vaqueros al sol, dejando las armas a la distancia antes de comenzar el duelo.

—El combustóleo se va a consumir hasta arriba, más arriba y más allá —mientras levanta la mano sobre su cabeza—. Alguien salió con la memez ecológica de que más gas y menos combustóleo. Eso se acabó. Así, que a ver cómo le hacen, pero van a garantizar la mezcla más alta en combustóleo posible. Los camiones lo sacar de aquí junto de la refinería.  Si la mezcla llega al 100% hasta te sacar una rifa de departamento nuevo en Polanco; que si me sales con la tarugada de que no se puede hacer nada te vas a sacar la “rifa del tigre”. Grrrr —simula una garra de gato con la mano y vuelve a ronronear— grrrr. El tigre que come, pero antes te desgarra.

Salomón no puede creer lo que escucha. Intenta reprimir el asombro y el asco que el provoca el júnior Barry, con su aire prepotente y dando órdenes, soltando amenazas y ofreciendo corruptas recompensas. El primer pretexto que se le ocurre es verdadero:

—Es que yo no me mando solo, hay un Director de administración aquí.

—Eso no es problema pensé que ibas a salir con el pretexto de un ingeniero pelagatos que objeta tecnicismos, de que el diésel de enchapopotado contamina mucho. Esos imbéciles para el control de calidad ambiental.

El gerente Salomón no resiste e interrumpe:

—El imbécil de Control de Calidad aquí soy yo y no voy a permitir excederse en los estándares de combustóleo.

Barry anda envalentonado, alegre y relajado. Además, su Tezca interior disfruta ser amenazante. Tezca mira el semblante con el labio tembloroso, recuerda el anillo de casado en la mano de Salomón y suelta triunfante:

—Es mejor que te quedes sereno moreno. Lo que te voy a soltar es muy serio —respira Barry hondo para poner más grave su voz—. Que no te quiero perjudicar, que eso lanzar a tus hijos a sufrir por las adversidades no va con mi ánimo. Si por una desgracia tienes que meter a tus niños a una escuela pública donde los halconcitos los obliguen a consumir droga, eso no te lo perdonarás. Sé que eres un buen padre.

—Es que… —Salomón pensaba responderle que ese joven, al amenazarlo con sus hijos, resultaba ser un canalla.

—Ni me interrumpas, que con una llamada —levanta el dedo índice para enfatizar que fue una sola llamada— a un pelmazo de Cadereyta lo integraron un expediente por robo y desfalco ante el Ministerio Público. Le acumularon más años que a Lozoya, y ya hasta me estoy arrepintiendo. Como que le cargamos la mano. Diez años de cárcel al funcionario petrolero por oponerse a unos embarques de combustóleo. ¿No te parece demasiado?... Pero no me respondas. Quizá no me crees, mira en Google.

Barry saca una pluma marca Montblanc y en un papel escribe un nombre, mientras con la otra mano pone un dedo en su boca en señal de silencio.

Con movimientos rápidos por el nerviosismo, Salomón revisa el nombre y en la búsqueda de computadora le resulta el caso de un gerente de compras acusado de múltiples desvíos que está en prisión. Esa noticia tiene unos meses. Al ingeniero se le retuerce el estómago con un dolor desconocido.

Barry continúa:

—No debes responder algo terminante, pero el lunes te llega un oficio en ese lenguaje ambiguo de los burócratas que habla de optimizar la operación de los combustibles de la termoeléctrica y en tres días van a comenzar a llegar aquí las pipas de combustible. 

La mirada del interlocutor se ha clavado hacia el sueño y su mano izquierda delata un ligero temblor:

—Es que…

Barry vuelve a la carga, con alegría de haber derrotado al adversario:

—Lo que platicamos aquí es muy confidencial. Acuérdate del tigre y aguántate hasta el lunes. Si llega el oficio que te digo, ya sabes lo que sucedió. Como sea ya me tengo que retirar.

Barry recupera su celular, mientras el gerente Salomón se derrumba en el asiento, cargando el peso insoportable de las amenazas.

El visitante se despide con un ademán rápido. En el pasillo, la cabeza de Barry se sorprende con Tezca sobre el caso de Cadereyta. Piensa: “Eso no tenía ni idea. ¿Quién lo hizo y por qué? Los jefes se pasan de ojetes.”

Al salir de la termoeléctrica a Barry lo invade una somnolencia tremenda. Se acomoda en el asiento del auto. La voz de Tezca dentro de su cabeza le pide que comparta unas inhalaciones profundas.

—Soy un fanático del humo y los espejos, por eso mi hermano Quetzalcóatl me puso el apodo, que no ha cambiado desde hace siglos.

—Con todo respeto, señor divino Tezcatlipoca, es como diversión de niños. Reconozco que soy casi un chavorruco, que me quedé en la adolescencia tardía y hago mis tarugadas, de una que otra droga vaciladora. Esto del cannabis es lo más inofensivo que consumo y andar tras las faldillas de morritas de buenas curvas, correr los carros y andar de fiesta. Eso está cool en humanos, pero qué eso de buscar más humo en la tierra. Como que una divinidad se espera que ande más en sus propias nubes y no que comparta nubes tóxicas con estos humildes seres terrenales. Digo, eso del combustóleo es uno de los negocios familiares y sí lo he hecho, pero casi sin darme cuenta. Hasta ahora caigo en cuenta que la termoeléctrica es el principal contaminante de la gran ciudad.

—Antes de que te sigas divagando, aquí mismo te diré como está esta jugada. La muerte no la inventé; eso ya nos viene desde un orden superior. Los humanos van a morir y sí me toca regentear su tránsito al otro mundo. Cuido de cómo vienen y algunos que van regresando, como esa Donahí. De que se mueren, pues siempre se mueren, pero sí importa qué tan rápido se van al inframundo. Por motivos que no entenderías, ahora conviene morir por el influjo del aire. ¿Qué mejor que el aire ahumado de humaredas?

Barry sigue con curiosidad insatisfecha, así que Tezca opta por explicar el sacrificio violento, que —según sus argumentos— forma parte del destino del fuego:

—Predomina el Aire, pero hay un espacio para el fuego. En los siglos aztecas era la guerra florida y el pedernal, representantes del fuego de Huitzilopochtli las expresiones del fuego, que entra rápido en la carne y abre la puerta del inframundo. Ahora son las armas. Desde que llegaron los señores de Castilla, habita el fuego entre los mortales. El desequilibrio estaba en una ausencia de muertes por aire, que no se llenaba desde las epidemias que llegaron con los mismos de Castilla. Con el Covid y esta contaminación se restablece el equilibrio entre los tipos de muertes.

Con las explicaciones Barry termina por quedarse dormido. Al terminar la frontera interestatal, el soldado al mando del contingente de apoyo, señala con las manos que van a abandonar la custodia. El chofer-guarura saca la mano para despedirse. En cuanto los soldados de la Guardia Nacional se despiden, un grupo de narcos espera tras la curva. A manera de emboscada, dos camionetas se incorporan a la carretera y dos cierran el paso hacia el frente. El chofer se da cuenta de inmediato que vienen por ellos. Extiende la mano para intentar despertar al joven:

—Vienen por nosotros, pida ayuda. Rápido.

Barry cree que sigue soñando y se mueve con lentitud. Pregunta sin entender la respuesta. Hay resaca en la resequedad de sus labios.

Cuando las dos camionetas enfrente cierran completamente el paso:

—Voy a frenar, no veo escapatoria.

Desde el inframundo, Tezca anticipa una balacera. Barry lo alcanzará y volverá a preguntar qué sentido tiene el modo en que una persona muere, por ejemplo, él por las balas de sicarios criminales.  A su jefe se le antojó el vehículo que manejan, sin importar quién sea su dueño.

—Intenta por el terraplén, veo un espacio junto al talud.

—No alcanzaremos a esquivarlos.

Uno de los forajidos lanza balazos de advertencia, pero no al aire, sino contra el vehículo en movimiento. Sin un respaldo armado caería acribillado a mansalva. Cuando los sicarios comenzaron a disparar, Barry no entendió cómo era que la visita de Tezca anunciaba el final por la vía del fuego, cuando su explicación suponía asfixiado de cualquier contaminante o gaseado en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias.

NOTAS:

[1] Planta termoeléctrica Francisco Pérez Ríos, contiene cinco unidades generadoras que en total pueden producir hasta 1,606 MW. La planta aporta aproximadamente 3% del total energético del país y es el origen del 50% de la contaminación ambiental de la región. Información pública.

sábado, 15 de enero de 2022

SALVANDO AL SUICIDA MANIERISTA

 



 

Por Carlos Valdés Martín

Cuando regresó de Brasil después de estudiar posgrado, organizaron tremenda fiesta en su casa. Nos lo dijo Renato, su hermano menor, tras el memorable partido de fútbol cuando alcanzamos la final. Fue glorioso llegar a la final, aunque luego quedamos frustrados y con un sabor amargo, pues el árbitro anuló dos goles y marcó un penal en nuestra contra. Aullábamos como campeones sin corona a los 16 años, alborotados con ganas de festejarlo y llorarlo, al mismo tiempo, aunque esa fue otra historia. 

Ese fin de semana, su padre, Tiburcio, juntó dos motivos para celebrar en su casa. A esa edad los padres nos permitían celebrar con cerveza, aunque no era legal para nosotros, los menores de edad. Ahí conocimos al hermano Gabriel Austreberto Díaz Madero que con un piano Yamaha dedicó una melodía. Interpretó “Las Mañanitas”, con un arreglo improvisado de letra para celebrar que el equipo Zair era campeón sin corona en la alcaldía “Benito Juárez”, vituperando al contrincante equipo Huracán.

—Estas son las pataditas que goleaba el Rey David…

Cursábamos el segundo año de escuela preparatoria, cuando al terminar las clases, Renato nos citó a Álvaro y a mí, en calidad de los mejores amigos. Estaba angustiado por el temor de que su hermano mayor se suicidara, pues Gabriel tenía un historial de antecedentes con arrebatos irracionales, depresiones y eso ensombrecía a Renato, quien siempre fue un chico bien comportado. Había husmeado en el cuarto y encontró un diario manuscrito, ahí Gabriel se lamentaba que veía un abismo como una fosa a sus pies, pues lo había rechazado su amor. Cuando él regresó al país entonces Laila, la chica que pretendió en la licenciatura, ya estaba comprometida en esponsales.

En casa de Álvaro vivía una prima cercana a la edad de Gabriel. Surgió la peregrina idea de que ella sería perfecta para enamorar a Gabriel, con lo que él olvidara sus tristezas. Suponíamos que un joven con novia no incubaría salidas desesperadas. Ninguno de los tres amigos comprendíamos qué sucedía dentro de la cabeza de los suicidas y, en principio, nos amoldamos a esas opiniones de Renato. Hasta un año después cursaríamos una clase “optativa” con temas de psicología, así que cada quien compartió sus fantasías y convicciones, con la promesa de que a nadie le comentáramos, cual chivatos delatores.

La prima, de nombre Paloma, sí se interesó por salvar a Gabriel y ella se ingenió un pretexto para visitarlo. Ella inventó que estaba entrando en un negocio y la maestría de Gabriel fue en economía. Paloma usaba minifaldas de infarto, así que no sería viable que él se resistiera a ayudarla, fingiendo que arriesgaba su futuro en un negocio ruinoso.

Que la pariente se involucrara con Gabriel propició una racha de intensa complicidad. A diario nos reuníamos al terminar las clases y procurábamos hacer juntos las tareas. Nos sentimos una especie de súper-héroes de ocasión. Procuramos visitar la casa de Renato que era espaciosa y fisgábamos en dirección del cuarto aislado de Gabriel, para adivinar sobre las visitas de Paloma.

El acercamiento de Paloma con Gabriel funcionó por unas semanas. Después a ella no le agradó lo suficiente y comenzó a coquetear con otro que le gustaba más. Como nunca falta un chismoso ni la indiscreción, después de tres meses Gabriel se dio cuenta de que ella intimaba con un señor; así que primero enfureció, luego entristeció y se encerró en su cuarto.

El amigo Álvaro no jugaba fútbol, esa era la única diferencia importante entre nosotros. Él era más despierto en asuntos mundanos y presumía que ya había transitado por noviazgos apasionados. A mí me daba pavor embarazar a una chica así que huía de compromisos, en ese sentido salir con Martha no era un romance serio, sino un “mientras tanto”. Sin embargo, sentía envidia por las aventuras que contaba Álvaro, por ejemplo, al falsear una credencial para llevar a un motel a su novia. El galán era Renato, quien afirmaba rotundamente que su padre lo presionaba y que hasta terminar la carrera le permitiría tener novia.

Álvaro era más aventajado fuera de la escuela, no solamente con las mujeres. En las vacaciones siempre había tenido trabajos temporales, por lo que sabía arreglar automóviles o cómo pasar la frontera con la cajuela llena de fayuca. Por lo mismo, cuando el romance de Gabriel se terminó, Renato le urgía a Álvaro una nueva solución. No sé cómo logró una oferta para clases en el American, que era un colegio prestigiado. Gabriel tomó esa oportunidad, sin embargo, no disipó su amenaza.

Recuerdo que era un domingo, cuando regresaba de entrenar con el equipo de futbol, que Renato urgió que lo acompañara pues algo raro pasaba en su casa y sospechaba un desenlace con Gabriel. Lo que sucedió fue enredado y telenovelesco. El señor Tiburcio tenía un cuarto con ventana hacia la calle y permanecía atisbando a la espera de los hijos. Antes de llegar gritó con fuerza apresurando para que Renato subiera, como lo iba acompañando, me puso un palmo de narices y mandó a esperar a la sala. Lo primero que imaginé fue una regañina a Renato y no alcancé a entender las palabras que traspasaban la puerta. Unos minutos después llegó a la casa la hermana menor, Asunción, acompañada por un chofer amodorrado, que se retiró de inmediato. La hermana era un año menor a nosotros y saludó con prisa. Subió al cuarto y las voces del padre cambiaron de tono. Luego bajó la chica y pidió que la acompañara a buscar en el cuarto de Gabriel, hasta el final del patio y separado de la construcción principal. En ese cuarto había un buró pequeño junto a la cama, con un compartimento sin llave. Lo abrió y me preguntó si ese objeto era una pistola. Le dije que sí lo era; respondió que evitáramos tocar nada más. Regresamos a la sala, volvió a subir. Cesaron los gritos esporádicos y bajó Renato.

—Gabriel se fue y dejó una carta amenazando de suicidio, pero no se llevó la pistola. Es mejor que te vayas, la cosa está complicada. Mamá se separó de papá, luego te explico.

Al día siguiente supimos que había aparecido un hermanastro de la misma edad de Gabriel, lo cual enfureció a Cristina, la madre. Gabriel había dejado una carta dirigida al padre amenazando suicidarse, pero Renato creía que él se había ido para acompañar a Cristina. Esos días Renato dudaba si buscar a su madre o quedarse en la casa paterna. Pero Cristina no quería recibir a sus hijos, argumentando que se alojaba en un cuartucho provisional arriba del callejón del “Chat”.

Unas semanas después el padre recibió una fotografía a color con el cuerpo de Gabriel cubierto de sangre, donde se conjeturaba un accidente fatal. La imagen mostraba el cuerpo recostado lateralmente con las piernas y manos de tal manera que el cuerpo completo semejaba una letra G estilo gótico; las ropas pulcras y con una variedad de tonos cual arcoíris desde la sangre sobre la cabeza hasta unos calcetines que (detalle raro) parecían morados; el rostro con una sonrisa, incluso daba una sensación de un maquillaje discreto. La fotografía traía escrito a mano: “Su hijo murió”. Llamaron a la policía sin que sirvieran de nada, más que para generar un boletín de personas extraviadas, pues el investigador puso en duda la veracidad de la fotografía y dijo que no había pista verídica: “Despistados como un frutero manido”, sentenció enigmático.

Entonces Renato faltó al futbol y a muchas clases. Sus ojeras se tornaron oscuras y bajó de peso, siempre decía que había perdido el apetito. Cuando asistía a la escuela lo interceptábamos Álvaro y yo para tranquilizarlo, ayudarlo con las tareas y enterarnos de cualquier novedad. La incógnita creció y el cadáver del hermano nunca se encontró. A Renato le entró una obsesión por lograr que Cristina regresara a la casa, aunque ella rechazara que el hermanastro fuera parte de esa familia. Después de unos meses, Renato simpatizaba con su hermanastro que se llamaba Matías y, con énfasis retórico, sostenía que ese joven no era un mequetrefe.

Al comenzar las vacaciones Álvaro tuvo una idea loca que le gustó a Renato: fingir un secuestro. Renato se fascinó con la idea de que un autosecuestro obligaría a su madre a regresar; luego, en señal de que sus planes eran serios, consiguió dinero para pagar tres días en el “Hotel Lemuria”, un sitio inhospitalario. Tuve la impresión de que Renato desistiría y que, al reflexionar, Álvaro empujaría hacia la sensatez. Fingir un secuestro sobrepasaba las bromas juveniles y provocaría hasta deshonra a los ojos del estudiantado. Renato replicaba que él no pediría rescate alguno, que bastaba la angustia que sentiría Cristina, con lo cual “el ave volvería al nido”. Mostró una carta hecha con recortes de periódicos dirigida a la madre. Por la manera en que el mensaje estaba redactado se descubría que lo mandaba su hijo. Lo hice notar burlándome de Renato:

—Te descobijas con tus charadas y lo único que ganarás será una zurra inolvidable. 

No sé si siempre Álvaro chanceó para entretenerse con la resolución e ingenuidad de Renato. Al mirar esos recortes, también Álvaro lo rechazó con tono de burla.

—Ni un zopilote borracho te creería.

Renato estaba tan ilusionado con su tonto plan que echó a llorar. Ante esas lágrimas de desesperación, Álvaro ofreció convencer a Cristina para que volviera al hogar.

Ni tardo ni perezoso, esa misma noche, Álvaro visitó a la madre de Renato con un ramo de rosas rojas, lo cual era un detalle inoperante, pero él insistió que, en sí mismas, son un argumento. De momento la visita y súplica no tuvo el efecto deseado, pero la señora sí accedió a hablar más seguido con Renato y la hermana. Al cabo de unos meses, los papás de Renato se arreglaron y la señora regresó a la casa, condicionado a que el padre alejara al hijastro. Supimos que el padre consiguió para el hijastro un trabajo en la provincia.

El siguiente año Renato dejó de tener ojeras oscuras y recuperó su peso normal. Al finalizar la preparatoria esa familia emigró de la ciudad siguiendo al señor Tiburcio que cambió de empleo, mudándose a Nuevo León.

Cuando estaba cursando la licenciatura Renato le avisó a Álvaro y él a mí. Entonces la verdad salió a la luz: que Gabriel había emigrado a los Estados Unidos en secreto y de manera ilegal. Gabriel fingió su muerte para castigar a su progenitor, por el amorío infiel y reconocer a un hermanastro a quien odiaba intensamente.

Con su larga simulación Gabriel mortificó a la familia. Aunque la madre sí supo que Gabriel fingía su muerte, pero le había jurado no revelarlo y, en su descargo, ella misma quedó furiosa con el señor Tiburcio por lo que fue cómplice de la treta. Cuando la señora regresó con los demás hijos se portaba solícita y cariñosa, más que antes. Al pasar los meses tampoco recibió ninguna noticia y dudó si la versión de Gabriel con la fotografía no sería una tragedia camuflada, donde el hijo inventaba una versión para aligerar su sufrimiento inicial. En la sala de la casa, la señora puso una veladora ante la fotografía de graduación de Gabriel y si se llegaba a apagar reaccionaba con un comportamiento histérico. Siguió pasando el tiempo sin más noticias, Cristina temió que la muerte fingida resultara real, entonces guardar ese secreto fue atroz; así que sus lamentos melancólicos y las lágrimas ante la fotografía de Gabriel eran auténticos. En ese tenor Cristina sostuvo su silencio hasta que el susodicho dio señales de vida. El señor Tiburcio pretendió mostrarse fuerte ante la adversidad, marcando un ceño fruncido que ahondó sus arrugas. A la hermana se le diagnosticó una depresión y en los años sucesivos acudió con un siquiatra. 

Cuando Renato volvió a la ciudad, platicamos y confesó que estaba más que decepcionado hasta perturbado por su hermano y madre. Él había sufrido como una tragedia real esa falsa muerte de Gabriel. Su amargura, primero, la canalizó renunciando a la carrera de ingeniero que le ilusionaba y, después, embarcándose en la marina mercante para alejarse del país y sus recuerdos, rondando por mares y puertos sin un rumbo fijo. El mar le ayudaba a ahogar sus penas igual que el alcohol. Cuando comenzó la nueva vida de Renato, en ocasiones hacía una llamada de larga distancia para reportarse con su padre o saludar a un amigo. Después dejó de llamar, pasaron los años y nunca más supe de él. Cuando Álvaro ya era mayor me mostró la última carta que Renato le compartió, con una parte dirigida a Gabriel, la cual terminaba diciendo que “vengar la amargura de un suicidio fingido con un suicidio verdadero no tiene ningún sentido.” Y, en eso invocó la herejía de que Cristo, siendo Dios, para morir en la cruz debió cometer suicidio, pues ningún judas ni romano ni sanedrín eran capaces de doblegarlo.