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sábado, 15 de enero de 2022

SALVANDO AL SUICIDA MANIERISTA

 



 

Por Carlos Valdés Martín

Cuando regresó de Brasil después de estudiar posgrado, organizaron tremenda fiesta en su casa. Nos lo dijo Renato, su hermano menor, tras el memorable partido de fútbol cuando alcanzamos la final. Fue glorioso llegar a la final, aunque luego quedamos frustrados y con un sabor amargo, pues el árbitro anuló dos goles y marcó un penal en nuestra contra. Aullábamos como campeones sin corona a los 16 años, alborotados con ganas de festejarlo y llorarlo, al mismo tiempo, aunque esa fue otra historia. 

Ese fin de semana, su padre, Tiburcio, juntó dos motivos para celebrar en su casa. A esa edad los padres nos permitían celebrar con cerveza, aunque no era legal para nosotros, los menores de edad. Ahí conocimos al hermano Gabriel Austreberto Díaz Madero que con un piano Yamaha dedicó una melodía. Interpretó “Las Mañanitas”, con un arreglo improvisado de letra para celebrar que el equipo Zair era campeón sin corona en la alcaldía “Benito Juárez”, vituperando al contrincante equipo Huracán.

—Estas son las pataditas que goleaba el Rey David…

Cursábamos el segundo año de escuela preparatoria, cuando al terminar las clases, Renato nos citó a Álvaro y a mí, en calidad de los mejores amigos. Estaba angustiado por el temor de que su hermano mayor se suicidara, pues Gabriel tenía un historial de antecedentes con arrebatos irracionales, depresiones y eso ensombrecía a Renato, quien siempre fue un chico bien comportado. Había husmeado en el cuarto y encontró un diario manuscrito, ahí Gabriel se lamentaba que veía un abismo como una fosa a sus pies, pues lo había rechazado su amor. Cuando él regresó al país entonces Laila, la chica que pretendió en la licenciatura, ya estaba comprometida en esponsales.

En casa de Álvaro vivía una prima cercana a la edad de Gabriel. Surgió la peregrina idea de que ella sería perfecta para enamorar a Gabriel, con lo que él olvidara sus tristezas. Suponíamos que un joven con novia no incubaría salidas desesperadas. Ninguno de los tres amigos comprendíamos qué sucedía dentro de la cabeza de los suicidas y, en principio, nos amoldamos a esas opiniones de Renato. Hasta un año después cursaríamos una clase “optativa” con temas de psicología, así que cada quien compartió sus fantasías y convicciones, con la promesa de que a nadie le comentáramos, cual chivatos delatores.

La prima, de nombre Paloma, sí se interesó por salvar a Gabriel y ella se ingenió un pretexto para visitarlo. Ella inventó que estaba entrando en un negocio y la maestría de Gabriel fue en economía. Paloma usaba minifaldas de infarto, así que no sería viable que él se resistiera a ayudarla, fingiendo que arriesgaba su futuro en un negocio ruinoso.

Que la pariente se involucrara con Gabriel propició una racha de intensa complicidad. A diario nos reuníamos al terminar las clases y procurábamos hacer juntos las tareas. Nos sentimos una especie de súper-héroes de ocasión. Procuramos visitar la casa de Renato que era espaciosa y fisgábamos en dirección del cuarto aislado de Gabriel, para adivinar sobre las visitas de Paloma.

El acercamiento de Paloma con Gabriel funcionó por unas semanas. Después a ella no le agradó lo suficiente y comenzó a coquetear con otro que le gustaba más. Como nunca falta un chismoso ni la indiscreción, después de tres meses Gabriel se dio cuenta de que ella intimaba con un señor; así que primero enfureció, luego entristeció y se encerró en su cuarto.

El amigo Álvaro no jugaba fútbol, esa era la única diferencia importante entre nosotros. Él era más despierto en asuntos mundanos y presumía que ya había transitado por noviazgos apasionados. A mí me daba pavor embarazar a una chica así que huía de compromisos, en ese sentido salir con Martha no era un romance serio, sino un “mientras tanto”. Sin embargo, sentía envidia por las aventuras que contaba Álvaro, por ejemplo, al falsear una credencial para llevar a un motel a su novia. El galán era Renato, quien afirmaba rotundamente que su padre lo presionaba y que hasta terminar la carrera le permitiría tener novia.

Álvaro era más aventajado fuera de la escuela, no solamente con las mujeres. En las vacaciones siempre había tenido trabajos temporales, por lo que sabía arreglar automóviles o cómo pasar la frontera con la cajuela llena de fayuca. Por lo mismo, cuando el romance de Gabriel se terminó, Renato le urgía a Álvaro una nueva solución. No sé cómo logró una oferta para clases en el American, que era un colegio prestigiado. Gabriel tomó esa oportunidad, sin embargo, no disipó su amenaza.

Recuerdo que era un domingo, cuando regresaba de entrenar con el equipo de futbol, que Renato urgió que lo acompañara pues algo raro pasaba en su casa y sospechaba un desenlace con Gabriel. Lo que sucedió fue enredado y telenovelesco. El señor Tiburcio tenía un cuarto con ventana hacia la calle y permanecía atisbando a la espera de los hijos. Antes de llegar gritó con fuerza apresurando para que Renato subiera, como lo iba acompañando, me puso un palmo de narices y mandó a esperar a la sala. Lo primero que imaginé fue una regañina a Renato y no alcancé a entender las palabras que traspasaban la puerta. Unos minutos después llegó a la casa la hermana menor, Asunción, acompañada por un chofer amodorrado, que se retiró de inmediato. La hermana era un año menor a nosotros y saludó con prisa. Subió al cuarto y las voces del padre cambiaron de tono. Luego bajó la chica y pidió que la acompañara a buscar en el cuarto de Gabriel, hasta el final del patio y separado de la construcción principal. En ese cuarto había un buró pequeño junto a la cama, con un compartimento sin llave. Lo abrió y me preguntó si ese objeto era una pistola. Le dije que sí lo era; respondió que evitáramos tocar nada más. Regresamos a la sala, volvió a subir. Cesaron los gritos esporádicos y bajó Renato.

—Gabriel se fue y dejó una carta amenazando de suicidio, pero no se llevó la pistola. Es mejor que te vayas, la cosa está complicada. Mamá se separó de papá, luego te explico.

Al día siguiente supimos que había aparecido un hermanastro de la misma edad de Gabriel, lo cual enfureció a Cristina, la madre. Gabriel había dejado una carta dirigida al padre amenazando suicidarse, pero Renato creía que él se había ido para acompañar a Cristina. Esos días Renato dudaba si buscar a su madre o quedarse en la casa paterna. Pero Cristina no quería recibir a sus hijos, argumentando que se alojaba en un cuartucho provisional arriba del callejón del “Chat”.

Unas semanas después el padre recibió una fotografía a color con el cuerpo de Gabriel cubierto de sangre, donde se conjeturaba un accidente fatal. La imagen mostraba el cuerpo recostado lateralmente con las piernas y manos de tal manera que el cuerpo completo semejaba una letra G estilo gótico; las ropas pulcras y con una variedad de tonos cual arcoíris desde la sangre sobre la cabeza hasta unos calcetines que (detalle raro) parecían morados; el rostro con una sonrisa, incluso daba una sensación de un maquillaje discreto. La fotografía traía escrito a mano: “Su hijo murió”. Llamaron a la policía sin que sirvieran de nada, más que para generar un boletín de personas extraviadas, pues el investigador puso en duda la veracidad de la fotografía y dijo que no había pista verídica: “Despistados como un frutero manido”, sentenció enigmático.

Entonces Renato faltó al futbol y a muchas clases. Sus ojeras se tornaron oscuras y bajó de peso, siempre decía que había perdido el apetito. Cuando asistía a la escuela lo interceptábamos Álvaro y yo para tranquilizarlo, ayudarlo con las tareas y enterarnos de cualquier novedad. La incógnita creció y el cadáver del hermano nunca se encontró. A Renato le entró una obsesión por lograr que Cristina regresara a la casa, aunque ella rechazara que el hermanastro fuera parte de esa familia. Después de unos meses, Renato simpatizaba con su hermanastro que se llamaba Matías y, con énfasis retórico, sostenía que ese joven no era un mequetrefe.

Al comenzar las vacaciones Álvaro tuvo una idea loca que le gustó a Renato: fingir un secuestro. Renato se fascinó con la idea de que un autosecuestro obligaría a su madre a regresar; luego, en señal de que sus planes eran serios, consiguió dinero para pagar tres días en el “Hotel Lemuria”, un sitio inhospitalario. Tuve la impresión de que Renato desistiría y que, al reflexionar, Álvaro empujaría hacia la sensatez. Fingir un secuestro sobrepasaba las bromas juveniles y provocaría hasta deshonra a los ojos del estudiantado. Renato replicaba que él no pediría rescate alguno, que bastaba la angustia que sentiría Cristina, con lo cual “el ave volvería al nido”. Mostró una carta hecha con recortes de periódicos dirigida a la madre. Por la manera en que el mensaje estaba redactado se descubría que lo mandaba su hijo. Lo hice notar burlándome de Renato:

—Te descobijas con tus charadas y lo único que ganarás será una zurra inolvidable. 

No sé si siempre Álvaro chanceó para entretenerse con la resolución e ingenuidad de Renato. Al mirar esos recortes, también Álvaro lo rechazó con tono de burla.

—Ni un zopilote borracho te creería.

Renato estaba tan ilusionado con su tonto plan que echó a llorar. Ante esas lágrimas de desesperación, Álvaro ofreció convencer a Cristina para que volviera al hogar.

Ni tardo ni perezoso, esa misma noche, Álvaro visitó a la madre de Renato con un ramo de rosas rojas, lo cual era un detalle inoperante, pero él insistió que, en sí mismas, son un argumento. De momento la visita y súplica no tuvo el efecto deseado, pero la señora sí accedió a hablar más seguido con Renato y la hermana. Al cabo de unos meses, los papás de Renato se arreglaron y la señora regresó a la casa, condicionado a que el padre alejara al hijastro. Supimos que el padre consiguió para el hijastro un trabajo en la provincia.

El siguiente año Renato dejó de tener ojeras oscuras y recuperó su peso normal. Al finalizar la preparatoria esa familia emigró de la ciudad siguiendo al señor Tiburcio que cambió de empleo, mudándose a Nuevo León.

Cuando estaba cursando la licenciatura Renato le avisó a Álvaro y él a mí. Entonces la verdad salió a la luz: que Gabriel había emigrado a los Estados Unidos en secreto y de manera ilegal. Gabriel fingió su muerte para castigar a su progenitor, por el amorío infiel y reconocer a un hermanastro a quien odiaba intensamente.

Con su larga simulación Gabriel mortificó a la familia. Aunque la madre sí supo que Gabriel fingía su muerte, pero le había jurado no revelarlo y, en su descargo, ella misma quedó furiosa con el señor Tiburcio por lo que fue cómplice de la treta. Cuando la señora regresó con los demás hijos se portaba solícita y cariñosa, más que antes. Al pasar los meses tampoco recibió ninguna noticia y dudó si la versión de Gabriel con la fotografía no sería una tragedia camuflada, donde el hijo inventaba una versión para aligerar su sufrimiento inicial. En la sala de la casa, la señora puso una veladora ante la fotografía de graduación de Gabriel y si se llegaba a apagar reaccionaba con un comportamiento histérico. Siguió pasando el tiempo sin más noticias, Cristina temió que la muerte fingida resultara real, entonces guardar ese secreto fue atroz; así que sus lamentos melancólicos y las lágrimas ante la fotografía de Gabriel eran auténticos. En ese tenor Cristina sostuvo su silencio hasta que el susodicho dio señales de vida. El señor Tiburcio pretendió mostrarse fuerte ante la adversidad, marcando un ceño fruncido que ahondó sus arrugas. A la hermana se le diagnosticó una depresión y en los años sucesivos acudió con un siquiatra. 

Cuando Renato volvió a la ciudad, platicamos y confesó que estaba más que decepcionado hasta perturbado por su hermano y madre. Él había sufrido como una tragedia real esa falsa muerte de Gabriel. Su amargura, primero, la canalizó renunciando a la carrera de ingeniero que le ilusionaba y, después, embarcándose en la marina mercante para alejarse del país y sus recuerdos, rondando por mares y puertos sin un rumbo fijo. El mar le ayudaba a ahogar sus penas igual que el alcohol. Cuando comenzó la nueva vida de Renato, en ocasiones hacía una llamada de larga distancia para reportarse con su padre o saludar a un amigo. Después dejó de llamar, pasaron los años y nunca más supe de él. Cuando Álvaro ya era mayor me mostró la última carta que Renato le compartió, con una parte dirigida a Gabriel, la cual terminaba diciendo que “vengar la amargura de un suicidio fingido con un suicidio verdadero no tiene ningún sentido.” Y, en eso invocó la herejía de que Cristo, siendo Dios, para morir en la cruz debió cometer suicidio, pues ningún judas ni romano ni sanedrín eran capaces de doblegarlo.

 

sábado, 26 de mayo de 2012

MAMÁ NO ME COMPRENDE






Por Carlos Valdés Martín




La señora manoteaba con un gesto desesperado: —¡Mal hijo, desconsiderado, me tenías muerta del susto. No pude dormir en dos días! —grita y solloza, abre los ojos y tensa la garganta— ¡Creí que te perdía!..

La peor pesadilla… El hijo, Epifanio Rosales, la interrumpió con voz suave, casi melosa, rogando disculpas y mirando de lado. Sabía que traía un rastro de aliento alcohólico y el olor agrio de dos días con sus noches sin dormir ni bañarse. Agreguemos el rayo solar del mediodía sobre la plancha de concreto del Zócalo y las horas interminables de la fila, alegre e ilusionada por mirar a Paul McCartney . Sonreía y suplicaba perdón: —Te dejé recado y compré tus medicinas, la dejé en la alacena. Reconozco que tomé un poco de dinero de la alcancía, pero no había tiempo de regresar. Esperé lo que pude. A un concierto gratis tan único no se llega el mismo día, la fila empezó dos días antes. Era la oportunidad de mi vida, sabes que es una estrella y está viejo. Quizá nunca vuelva Paul a México. Discúlpame, anda sí, disculpa.

Ella sentada en una vieja silla de madera en la mesita del diminuto comedor. Por las curvas adornadas de los muebles, se adivina que esa casa hace muchos años no padeció estrecheces, pero luego vinieron años malos. Un foco ahorrador de luz y la penumbra son testigos de la lucha por sobrevivir. Los mantelitos están grises y sancochados tras meses sin lavar: ella no tiene fuerzas para atender el departamentito como desea. Viejos cuadros recuerdan las raíces familiares del padre difunto, contrastados con pósteres recortados de revistas, la aportación de Epifanio a la decoración: cantantes y modelos voluminosas.

 —Casi me muero. No podía dormir, volvió la migraña, peor que nunca, y la vecina de enfrente no estaba. Le llamé, y hasta temo que se haya muerto. Ya ves que anda delicada, pero ella me acompaña. No que tú, me abandonas en los momentos más amargos. Y sabes cómo duele la cabeza con la migraña, parece que estalla, que revienta y nadie está para consuelo. Estoy como prisionera en este edificio.

 —Discúlpame, ya te enseñé que en tu celular está el mensaje, y casi nunca contestas. Y como me quedé día y noche haciendo fila para entrar al concierto. No te imaginas lo largo dela fila, eran cuadras y cuadras de distancia. Si me salía no perdía el lugar y adiós. Hasta pusieron baños móviles cerca para que pudiéramos atendernos.
 —Me hubieras vuelto a hablar.
 —Hasta les pedí a alguno de la fila si me prestaba su fon, pero me miró como a un limosnero, y se contentó con un “No, puedo”. La gente es egoísta. Yo sí estaba preocupado, mamita. Hasta te traje un regalito.

Epifanio saca de su camisa una estampa, con la foto del músico en plástico y un holograma en tercera dimensión. Al moverlo el perfil del cantante se mueve de lado y aparece la leyenda “Band on the Run”. 

Encarnación, viuda de Rosales , comprende el gesto y sonríe, se enternece al imaginar a su hijo perdido en un mar de asistentes, comprando una tarjetita para su mami. Lanza un suspiro y lo disimula.
—¡Júrame que no lo vuelves a hacer! No vuelvas a dejarme, así, tan sola sin avisar. Bueno, pásame un refresco, que tengo la boca seca de los nervios.
—Yo también tengo sed—responde, con un dejo de alegría, cuando se sospecha perdonado con mayor facilidad a la esperada— de un delicioso refresco con hielitos.
Sentados en sendas sillas. Ella enumera sus achaques y describe las malas noches que pasó. Él se sirve una y otra vez refresco, está deshidratado por el sol y unos tragos de ron. El ingenio de los asistentes: contrabandear alcohol en las botas. Era poco, pero esta fiesta musical única merecía ese contrabando.

 Por un momento Epifanio se distrajo recordando a una jovencita de ojos hermosos, que le hizo la plática mientras esperaba en la fila. Ella desbordaba alegría y manoteaba soñando el momento cuando aparecería Paul sobre el escenario. Epifanio muy sonriente, pero con las manos en los bolsillos: una costumbre defensiva que nunca cambiaría, ante desconocidos siempre las dos manos dentro de los bolsillos. Pensó en invitarla a salir luego, pero no lo hizo porque no tenía dinero. Desempleado, uno de tantos que ahora les dicen ninis y no temporal: “Soy un desempleado crónico, eso de sacar unos pesos lavando coches ajenos no cuenta. Si tuviera unos pesos, de seguro esta chiquitita salía conmigo.” Pensó pedirle prestado a su mamá, pero era una mala idea, le preguntaría ¿para qué? Y se enojaría cuando supiera que era para pasear. Sí, el mísero dinero de una pensión por incapacidad y otra por viudez, sumadas a penas alcanza para lo mínimo. Más lavar coches, eso sólo alcanza para pagar la tele de cable y el internet. Se consoló Epifanio, otros están peor: “los viejos del departamento 402 viven sin pensión, venden gelatinitas en la calle. Casi no pueden ni caminar, arrastran los pies para vender un poco en vía pública.” Cuando a él le va bien, hasta les regala una bolsa con panes bolillos.
—Es hora de dormir…
—Sí, mami —replica él con ternura— ahorita caliento la bolsa de agua. Como si fuera un amuleto, ella solicita una bolsa de agua caliente en el estómago para conciliar el sueño. Si no la acurruca bajo su pijama se queja de retortijones. Mientras él se levanta solícito, ella recomienda: —Me harías muy feliz se consigues un buen trabajo, me da miedo imaginar qué será de ti sin una madre.
 —Mami, nunca terminé la escuela preparatoria. Tengo treinta años buscando algo, y sin una mano es nada lo que se consigue— Epifanio levanta el muñón al aire y mira la mano ausente a contraluz del foco—, prefiero seguir lavando coches, ya tengo mis clientes. Es el doble de esfuerzo con una sola mano sana, pero estoy acostumbrado. Con las lavadas alcanza para ir jalando.
 —Mi hijito, siempre tienes que esforzarte; esfuérzate más.

—Claro —mientras Epifanio vuelve a esconder las manos en los bolsillos y se dirige a calentar la bolsa de agua— y, por cierto, de nuevo feliz día de las madres, mamá.

lunes, 14 de diciembre de 2009

LITERATURA CREANDO NACIONES. 5a Parte y Final



Nota aclaratoria: Esta es la 5a. y última parte del ensayo originalmente titulado COMO UNA PAMPA: LA LITERATURA PARA LAS NACIONES, pero como el tema argentino es escaso, preferí cambiar el título electrónico. Esta es la única parte que sí retoma la literatura gauchesca.

Por Carlos Valdés Martín

El proletariado irreal de La madre en la formación de la comunidad proletaria (la URSS: el espejo para el discurso del “deber ser” comunitario en la creación del modelo soviético, luego convertido en discurso de Estado)

El vínculo más estrecho imaginable, luego desemboca en esa pasmosa separación de la madre perdiendo a su hijo. La ruptura del vínculo más estrecho existente, del lazo de la sangre filial, sirve de pretexto para la anécdota donde Gorki ofrece su más agudo perfil como ideólogo comunista. ¿Existe un vínculo más estrecho y superior al maternal? ¿Se presenta de manera más aguda este vínculo cuando aparece la perdida, el arrancar desalmado del hijo por causa de la injusticia? Estas preguntas, y su continuación, me resultan directamente escalofriantes, quizá arrancarle a una madre su hijo resulta más cruel que desarraigarle la vida misma. Así, el vínculo entre las personas adquiere una nueva categoría, precisamente durante una época de disgregación de lazos sociales. Ciertamente, el comunismo como tendencia emotiva implica combatir egoísmo y desunión propugnados por el capitalismo y el mercantilismo, el comunismo se plantea como la opción ideológica más radical para restaurar el milenio de la fraternidad humana, el arribo a una estrecha comunidad de convivencia armónica. Así visto el comunismo parce encarnar la resistencia feroz a la separación de los humanos, combate decidido al aislamiento materialistas del frío capitalismo económico. La nación, ya ofrece un cobijo para reunir a una comunidad, proporciona un marco para la reconciliación y el encuentro, pero el comunismo (más radicalmente, pero también otros matices de ideologías socialistas, anarquistas e incluso hasta los fascistas) ofrece rescatar la unidad social a un nivel más profundo y primordial. Superar el individualismo explica el grito (el emocional, pues el coro político no se reduce a este único lema) de batalla del comunismo. Entonces resulta una fortuna circunstancial que la sensibilidad de Gorki descubra la situación fundamental para animar y alimentar la emoción comunista. El comunismo, busca recuperar la madre-sociedad, bajo las metamorfosis polivalentes de la madre-masa, la madre-patria, la madre-internacional, la madre-camaradería, etc. La novela de La madre pone el personaje adecuado para esa emoción, y ofrece un engranaje simple, pero suficiente: ante la injusticia de la captura por la policía, entonces la causa de la rebelión se engrandece y se justifica. Y en mitad de esta situación de encarcelamiento del hijo y denuncia de la madre, entonces desaparece el egoísmo, emerge una solidaridad esencial como el resorte contagioso. El hijo militante no actúa para su beneficio, sino para el bien de sus prójimos, la madre defendiendo al hijo no pretende su interés, sino rescatar al hijo y a la masa proletaria, la masa proletaria no pretende un ideal egoísta, sino una redención de justicia y verdad. Parece un círculo de desintereses, que intenta conmover y tambalear al egoísmo cotidiano del lector. Entonces en el círculo del desinterés mutuo se desvanece (éticamente, pero no dramáticamente) la figura individual para crear un nosotros de renovados bríos. A través del círculo del desinterés se ofrece un nuevo protagonista mediante el nosotros social, encarnado por la masa desheredada de las grandes ciudades. Entonces, mediante el drama individual del dúo (madre-hijo) trasciende hacia el nosotros social, a diferencia del drama de parejas, donde el círculo termina en los individuos, el terreno del juego se desplaza hacia el nosotros, hacia la entidad social ascendente de los marginados. Ahora bien, este “nosotros” comunitario ocupa una posición completamente paralela (incluso idéntica) al nosotros nacional, ya que integra el conjunto efectivo de los individuos actuando, pero ofrece la diferencia de tinte ideológico de una trascendencia hacia un nosotros mundial, una humanidad de marginados en proceso de sublevación. Entonces, este drama del dúo catapulta la dimensión social, para otorgarle una densidad insospechada.
Esta obra ofrece un modelo ético de acción redentora, en sí ya inmersa en una realidad política y social candente. Esta obra literaria muestra la situación de una creación desde dentro, completamente inmersa. En efecto, descubrimos el contexto preciso de Máximo Gorki en 1907, fecha de publicación de La madre, para entonces la revolución desde 1905 ha cimbrado a Rusia, y un episodio revolucionario más importante espera por venir en 1917. En ese sentido, la literatura ofrece el espejo de una realidad social, expresa la crisis de la sociedad zarista, y la llegada de una nueva sensibilidad, la cual propone el potencial revolucionario del proletariado.
Ahora bien, por regla general el curso de los acontecimiento no genera un colectivo “nosotros” internacional, entonces lo que prevalece es la aparición de un nosotros nacional, y de esa manera sucede la historia de la URSS, donde una gruesa capa de ideología internacionalista, recubrió una absoluta práctica de nacionalismo[1]. Esto significa que el internacionalismo ideológico se convirtió en máscara para un nacionalismo práctico durante las décadas del comunismo en la URSS. En ese país (y luego se ha repetido el esquema) el matiz internacionalista de la ideología devino en máscara ideológica para cubrir una práctica estatal crudamente nacionalista; tal como lo justificó en su momento la línea de acción de “construcción del socialismo en un solo país” o la defensa de la “patria socialista” identificada exclusivamente como la misma URSS.
Si en un primer instante pareciera que Gorki propone una literatura colocada más allá de matriz nacional, se revela como autor de una forja nacional, una red de palabras integrando un nuevo proyecto de nación, bajo un matiz novedoso. Una consecuencia lógica de este fenómeno de nacionalismo recubierto ideológicamente de internacionalismo, es que el proletariado como sujeto social trascendente queda suspendido, y su integración como comunidad, permanece irreal. Así, el proletariado propuesto literariamente por Gorki permanece en un terreno de irrealidad, sin embargo emerge otra comunidad menos sutil y menos trascendente, pero apegada a un nosotros cotidiano, una variedad de nacionalismo “socialista”

El Martín Fierro y el gauchismo en la forja Argentina

La creación de jardines edénicos, espacios cerrados subsistentes en su propia utopía confiadamente imposible, es una de las funciones de la literatura nacional y nacionalizadora. Esta paradoja de establecer un espacio de atracción e identificación de la comunidad, al mismo tiempo que constituye un espacio imposible de transitar, es la creación de un trasmundo, funcionando tanto para identificar como para alejar. El gaucho y su pampa, en la forja de la Argentina, ofrece tanto el referente como el imposible, y conforme se consagra el ideal campirano del gaucho nómada también ya desapareció su modelo carnal, pues la relevancia práctica del gaucho va feneciendo. Cuando se consolida el canto del gaucho independiente está prácticamente desaparecido de la realidad social agraria argentina; sin embargo, un gaucho independiente (el vaquero vagabundo de la pampa) resulta revitalizado y glorificado por los poemas del Martín Fierro, hasta un nivel apoteótico. Esta revitalización del gaucho propuesta por José Hernández impera en el imaginario, mas no en la vida social, donde el gaucho asalariado sustituye al gaucho nómada; claro que en el poema, la situación se dramatiza por la “leva” forzosa, donde el gaucho libre queda temporalmente convertido en recluta contra su voluntad y encerrado en una disciplina que dramatiza la pérdida de la inocencia y del aire libre, así, la pampa ya aparece como un paraíso perdido. La derrota de los movimientos sociales denominados “montoneros” de la argentina del siglo XIX está relacionada con la declinación definitiva del gaucho independiente, dando paso al predominio de los hacendados territoriales y a la nueva existencia del gaucho asalariado[2].
A contrapelo de los acontecimientos sociales, el gaucho nómada ofrece una potencia inusitada de evocación, de expandir el sentimiento, y expandir la imaginación sobre llanuras inmensas, donde la existencia no encuentra limitaciones. La pampa se convierte en la metáfora de lo ilimitado, la aspiración humana profunda, y el vagar del gaucho ofrece el movimiento continuo de la imaginación que avanza sin rumbo, arropada por horizontes sin freno. La pampa de la literatura gauchesca ofrece un mundo sin fronteras, basta el cobijo del cielo y el sostén de la tierra para que los jinetes gauchos avancen sin detenerse. Representa tanto un canto de individualismo como oferta de comunión, entre el ser humano y el paisaje, la naturaleza plena, ideales de libertad que buscan reconquistarse.
La extensión de la pampa ofrece un ideal de nación, con extensión y generosidad, ofreciendo una libertad natural para sus hijos. Estas cualidades literarias de la pampa sirven de fundamento para integrar la imaginación de una república generosa, con una generosidad hasta los límites de lo inimaginable. En esta literatura queda establecido un par, entre el individuo libérrimo (el nómada rural) y la tierra extensísima. El superlativo del individualismo libre corresponde con el superlativo de las planicies sobre las que se mueve. El movimiento físico establece una metáfora material para la libertad anhelada. Las planicies superlativas que permiten moverse ofrecen una metáfora de la nación fructífera permitiendo la existencia libre de sus ciudadanos, la plataforma de una comunidad idealizada, e idílicamente rural.
Ahora bien, el lenguaje popular deslumbra al convertirse en poesía, y ahí radica el talento desplegado en Martín Fierro (caso ejemplar, pero no solitario sino acompañado de una pléyade de obras). El “territorio” expandido es el habla popular elevándose a lenguaje literario, y precisamente sobre este tipo de hazaña se sustenta (a este nivel que no es el único) la construcción de las naciones modernas[3], porque el habla popular (cotidiana) estableciéndose como lengua literaria, amplía su potencial de vínculo, construyendo un puente más firme entre los pobladores. Esto significa que el idioma “español” se argentiniza mediante la poesía gauchesca, y esta habla levanta un gran territorio, plataforma esencial para la convivencia nacional, ya que la comunicación estructura un puente esencial para la coincidencia. El lenguaje gauchesco rescatado y desarrollado por Martín Fierro ofrece un extenso territorio de significados, crea una verdadera pampa para la lengua (unida al pensar y la hacer), que permite la forja independiente de la nación argentina, la cual descubre una pampa sobre la cual moverse, diferenciándose del resto de los territorios con idioma español oficial. Esta independencia del habla gauchesca no se convierte en un rompimiento completo, pues los lectores de las demás regiones hispanohablantes lo entienden y disfrutan, más no lo comprenden a la perfección, entonces el sentido completo se reserva para los argentinos y los amantes del habla gauchesca, quienes descubren un tesoro de sentidos dentro de palabras y oraciones. Aparece una dialéctica compleja entre el habla popular espontánea, la recreación literaria en la novela, la reapropiación en la lectura, y su efecto hacia el conjunto nacional. El género literario de recreación de una lengua local, no siempre se vale de personajes populares y de “hablar popular”, y en este caso sí coincide, por lo que el género implica “costumbrismo” (nacionalismo) también en el contenido de la trama. En este contenido es donde el autor ofrece una materia de ocaso, el gaucho independiente que está en trance de desaparecer como categoría social. No por el hecho de que el gaucho independiente esté desapareciendo resulta menos efectiva su prédica, ahora se mantiene como un emblema que los argentinos urbanos recrean en su imaginación, ayudándolos a fortalecer el vínculo nacional. El habla del país entero se nutre con los modismos locales del campo argentino, el habla gauchesca convertida en la sangre corriendo por las venas del entero cuerpo del lenguaje nacional. Entonces la contribución de una figura de ocaso (un poema de enorme lamento de las glorias perdidas) resulta colosal para la consolidación de una plataforma nacional del idioma; así como los exploradores ganaban nuevas tierras a las agrestes selvas, el escritor gana el habla gauchesca para integrarla al territorio de la comunicación nacional.

A manera de conclusión: las apropiaciones-creaciones nacionales desde la letra perpetuada

Develamos una serie de apropiaciones ofrecida por la literatura en sus vertientes diversas. Esta literatura se remonta hasta los periodos heroicos donde solamente los poemas de los bardos se cantaban de boca a oído, para sobrevivir a los naufragios de la memoria y alcanzar el puerto de la palabra escrita. Antes de la escritura literaria ya la palabra poética ofreció una narración gloriosa y/o gozosa para recordarse por comunidades enteras, atravesando las distancias de embravecidos mares, y crear una plataforma para las mentes que se coaligaban. Las palabras entretejieron versos para vencer al olvido, y ofrecer a los griegos un universo imaginario en el cual reflejarse. Ahí, los griegos sintieron agrado por rasgos propios con los cuales se regocijaron o avergonzaron, cierta astucia recurriendo al engaño salva a los héroes y gana las batallas. Ese mosaico de pueblos separados por montañas y mares peligrosísimos ¿se reuniría lo suficiente para identificarse como una unidad sin sus fenómenos literarios? Seguramente, la intención del poeta homérico no fue “crear patria”, sin embargo, colaboró intensamente para realizar la forja de los metales separados, integrando un único pueblo. El mismo, escritor al hacer sus balances se preguntó ¿hasta dónde alcanza este pueblo y sigue siendo el mismo? Herodoto discrimina a los escitas (los rústicos griegos del norte), pero no adivinaba el advenimiento de Alejandro Magno (un griego del norte). En efecto, el literato y el investigador se equivocan a menudo, pero ofrecen una plataforma de unión de cada población. En el caso griego me enfoqué a un rasgo de carácter aparentemente anecdótico, pero ¿la misma literatura no es también una astucia, un engaño tejido sobre la apariencia, un recurso para convocar a la belleza elusiva?
La apropiación del tiempo simultáneo, por la simple solidaridad de existir como contemporáneos resulta trascendente para integrar naciones. En ese caso, no se cuestiona la belleza del mensaje, basta la convicción de que viajamos montados sobre el barco de un presente común. De ahí la importancia de la institución del periódico. Ahora bien, si de tiempo se trata, las naciones poseen un hambre de inmortalidad, pues no desean perecer. Entonces las profecías escritas donde se establece la sobrevivencia de las comunidades nacionales resultan un elemento básico de unificación. Los Libros Sibilinos posible garantía de una Roma eterna se perdieron, sin embargo la Biblia ha servido como elemento de convicción para conservar la identidad de otro pueblo. Pocos pueblos presumen que un texto les marca un derecho divino, conservado para la eternidad.
La escritura apela a los extremos de la razón o la pasión. La Enciclopedia, apela a la razón y crea una plataforma para una comunidad que rebasa particularismos, pero su primera premisa igualitaria ofrece la mejor oportunidad para imaginar una república. De hecho el enciclopedismo define un fundamento del republicanismo. El otro extremo aparece en la pasión, que existe en estado espontáneo, pero también se logra educar. La literatura ha ofrecido una enorme labor de sensibilización y modificación de las emociones, como lo demuestra la reacción social ante la miseria social nacida durante la Revolución Industrial. Este fenómeno de modificación de sensibilidades también aparece en el movimiento socialista, donde una nueva ideología propone un proletariado ideal para desplazar a la comunidad nacional previa, colocando a una comunidad proletaria.
Por último, la literatura artística puede crear al país mismo, como espacio imaginario, y además integrar una lengua nacional, mediante la fusión del habla popular con el idioma recibido. Este último procedimiento ha sido trascendente para la creación de las lenguas nacionales, donde descubrimos uno de los indicadores más certeros para la emergencia de nuevas naciones. De tal manera la literatura permite una reapropiación de fenómeno nacional, extendiendo sus fronteras interiores, y ofreciendo una especie de radicalización del fenómeno nacional, convirtiendo en más densa la comunicación y la identidad dentro de cada comunidad nacional, tal como lo realizó la poseía gauchesca con la Argentina.

NOTAS:
[1] Para la mirada superficial, las declaraciones de internacionalismo soviético resultaban suficientes, pero la crítica desde la izquierda reveló, casi desde el inicio, que la práctica nacionalista del gobierno soviético se cubría de discurso internacionalista. Cf. TROTSKY, León, La revolución traicionada.
[2] GALEANO, Eduardo, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI editores.
[3] Coinciden, cada cual en su propio marco conceptual, en la importancia del lenguaje como sustento de las naciones: Kautsky (esquema lengua-nación), Engels (la lengua literaria), Benedict Anderson, Chabod (La idea de nación) y Deutch (Las naciones en crisis).