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martes, 2 de julio de 2024

TERMOELÉCTRICA A MANSALVA


 

 

Por Carlos Valdés Martín

 

Entre penumbras y humedad de cavernas, los espíritus chocarreros de antepasados gruñen para invitar a la nueva generación hasta su purgatorio panteonero. El atracón de muertos frescos de la “Covideada” había terminado. El huesudo y altivo Moctezuma II reclamaba a Tezcatlipoca, que apremiaba un nuevo barullo en el inframundo bajo la gran ciudad.

—Aún no termina el ciclo de aire. La muerte por fuego está reservada para las provincias tributarias, para los señoríos chichimecas, ahora gobernados por narcos.

La calavera con penacho de Moctezuma apretó y rechinó los dientes. Ese penacho subterráneo conserva mejor sus colores que los quetzales vivos. Al rechinar los dientes salió su lamentación:

—Los ciclos cósmicos no interesan, lo que me retuerce es la soledad y la falta de bullicio. Los muertos viejos se vuelven aburridos y dejan de moverse. Los viejos muertos se vuelven hojas secas o han encontrado su camino de regreso al aire. Y aquí este rey antiguo, que siempre les sirve de su pincheeee (alarga la última vocal, para enfatizar) , porque no quiero volver a la superficie, por el desmadre que se organiza cada vez que “regresa el rey”. Me purgan las genuflexiones de los súbitos, desde que una pedrada me reveló que eran falsas sus alabanzas.

A las puertas del inframundo azteca, el poderoso Tezcatlipoca siempre idea la mejor solución. Agita su espejo humeante que descifra las pasiones más oscuras de los vivos. Sus mejores siervos siempre han sido los gobernantes, dispuestos a enloquecer con sus egolatrías y vanidades. Con rencor ancestral tatuado en su rostro, Tezcatlipoca late de envidia ante los inventos. Eso viene sucediendo desde que su hermano luminoso, Quetzalcóatl compartió regalos para los humanos: textiles y huipiles con el último grito de la moda mesoamericana; aromáticos copales que fueron la fruición de Teotihuacán; artísticas vasijas para disfrutar el chocolate recién descubierto… Tantas novedades de Mesoamérica antes de la tormenta de los caballeros barbados y su nuevo Dios con cortejo de santos y vírgenes. Y Tezca (como le llaman ahora) no se debía quedar atrás, estaba listo para darles los regalos de la civilización a sus pueblos, pero debía mantenerse oculto bajo el manto de los nuevos dioses públicos. Que el cigarro sea el regalo más emblemático a Tezca no lo acongoja. En su corazón divino está el ansia por otros portentos.

La exacta confluencia del humo provoca las carcajadas silenciosas de Tezca. Y mirar una termoeléctrica desprendiendo millones de toneladas métricas de humos tóxicos es para él una fiesta indescriptible.

Para los humanos del altiplano es una fea restricción por contaminación, en cambio, para Tezca ese es un día de fiesta. Así, que el dios Tezcatlipoca (por última vez lo digo completo) encarna en un guapo doncel con piel de bronce. El portador de su espíritu es el júnior de un poderoso gobernante, que maneja su Ferrari, dejando al chofer como acompañante. Le gusta manejar y sentir que es un corredor implacable, pero los baches frecuentes lo disgustan. Toma el segundo piso del periférico para dirigirse hacia la termoeléctrica de Tula.[1] Le frustra al joven Barry que haya cámaras de control de velocidad en el segundo piso. Ya en la carretera se desbocará un poco más, aunque tenga que tomar una ruta más larga. Se dirige hacia su chofer-guarura colocado en el asiento del copiloto:

—Carga el vapeador con cannabis “medicinal” y no me rezongues, que ya sé que papá tiene prohibido que yo maneje y mezcle, pero en la caseta de Tepozotlán te dejo el volante. Nada más daré dos jaladas para relajarme.

Cuando Tezca se encarna temporalmente no se pierde la personalidad del receptor. De hecho, con Tezca sucede como si llegaran dos visitantes a un mismo departamento y tuvieran una larga amistad, cuando ambos presumen lo bien que les ha ido ese año.

—Te voy a contar de la Karen que decías no aflojaba, pues sola se alocó. Fueron los celos, en cuanto le llegó la noticia de que andaba saliendo con una modelo de Monte-negro.

Barry se ríe ostentosamente para que el copiloto entienda que fue un juego de palabra sobre el Monte de Venus negro.

—Hay güey, ni tan negro. Como sea, la imposible curvilínea Karen, en “fa” se descolgó a altas horas de la madrugada y se soltó como fiera. Lo único malo es que ya se me había bajado la calentura. Acepté por curiosidad, con eso de que presumía de virgen de las vírgenes. Nada, nada era tan cierto con ella.

Detiene el automóvil en una gasolinería después de la caseta y se cambian de sitio. Se detienen frente a una cafetería, donde Barry compra dos frapuchinos con triple crema batida y toque de leche de almendras.

Voltea la mirada hacia el Valle de México:

—¡Qué guau está la nata de mierda contaminante! —que a Tezca le fascina el humo, mientras más tóxico más matizado—. Lo bonito —ahora habla la mente de Barry— que es tener colección de vehículos, así circulas más sabroso, mientras los jodidos se quedan en casa o andan en Metrobús.

En el estacionamiento, Barry alterna entre el vapeador y el café capuchino. Está de muy buen humor y en su cabeza transcurren diálogos entre fiestas de discoteca, viajes lejanos, pirámides adornadas, negocios por asignación directa y guerras floridas.

El chofer no sabe el motivo para visitar un sitio tan poco turístico como la termoeléctrica. Imagina que es por negocios. El comportamiento de Barry no es el usual. Por un resorte de urgencia aborda a una joven morena que despacha gasolina bajo el quemante sol del mediodía.

—Te interrumpo un momento para afirmarte que eres la misma princesa Donahí, debes dirigirte a Oaxaca, allá te volverás gobernante. Dedícate a la política. Le das de referencia al Gobernador, este que es el teléfono de mi tío y te dejo el mío.

Ella piensa que es un chico muy guapo y millonario excéntrico que le pedirá una noche gratis. No cree en nada de lo que él dice.

—Es más te doy dinero para el viaje. Se me olvida que en esta tierra con dinero baila el perro. Con lo que te voy a mandar te alcanza para irte allá unos 6 meses, mientras organizas tu vida, princesa Donahí.

Por la cabeza de ella pasan noticias de trata de blancas, secuestros y desapariciones, mientras él comparte una cuenta bancarizada, donde le depositará dinero con abundancia. Luego ella piensa en los milagros de la Rosa de Guadalupe.

Él se despide muy amistoso:

—Soy Barry para los amigos y —suelta un guiño de coquetería— para las chicas guapas. Estamos en contacto.

Tezca no concuerda con Barry cuando coquetea con Donahí, pues ella no ha reencarnado en un cuerpo bello.

El trayecto a la termoeléctrica cruza en las proximidades de la refinería de Tula. La refinería a Tezca le resulta agradable, da órdenes para pasear por la cercanía, antes de alcanzar el destino final. Que tienen tiempo sobrado. Mira los silos y tanques enormes; los laberintos de tuberías expuestas al inclemente sol del mediodía; disfruta el tramado de escaleras y quemadores expuestos; las grandes chimeneas y los vidrios reflejantes; grandes extensiones de láminas corrugadas y expuestas al óxido de las lluvias. Barry recuerda un relato urbano de Héctor de Mauleón que le hace más simpática la tosca estética de la refinería. A la distancia, Tezca disfruta el aroma a tóxicos azufrados que se desprenden hacia el ambiente, pero sabe que desprende una fumarola mediana cuando se compara con las turbinas gigantescas de la termoeléctrica. El escape rugiente del Ferrari es una diminuta insignificancia comparada con las bocas humeantes de la refinería, oleadas tóxicas de vapores, precedidas de borborigmos metálicos. Y, bajo la relatividad de las emisiones, a su vez la refinería palidece ante las imponentes chimeneas múltiples de la termoeléctrica, que lanzan millones de partículas suspendidas, que se mantienen viajando para esparcirse sobre el Valle de México, el territorio de la civilización náhuatl que lo adoraba entre hogueras y ofrendas de copal mezcladas con yerbas aromáticas. Es la nostalgia de dios viejo, es Tezca convertido en un adorador de los humos que llevan a las almas hacia su región del inframundo.

El chofer pide una escolta a la Guardia Nacional y de inmediato le mandan un jeep con soldados en las proximidades de la refinería para acompañarlos.

En la garita de entrada a la termoeléctrica no conocen a Barry.

—Es que siempre llego en camioneta blindada con polarizados. Y no me gusta que los macuarros me reconozcan en el camino. ¡Estás muy güey, pero muy güey!

Barry le marca a la secretaria privada de su tío para franquear el paso. Margarita, es eficiente y tiene el directorio con los celulares de todos los accesos a las plantas eléctricas. En un minuto ha sacado las autorizaciones.

En cuanto traspasa las rejas le ordena al chofer:

—Les invitas a los sardos unos refrescos o hasta cervezas si hay en la tiendita sindical. No se nos vayan a deshidratar.

El gerente Salomón (extraño nombre de pila) no está de buen humor para trabajar. Su semana fue infame y el no circula lo obligó a utilizar el transporte público. El taxi Didi lo había boletinado por subirse borracho y manchar las vestiduras de un servicio, y ese es el único autorizado para taxear alrededor de la termoeléctrica, según amenazas de los mañosos.

Se reúnen en privado en la oficina austera del gerente.

Barry ostenta su heráldica familiar que surca desde las altas esfera del Ejecutivo hacia atrás para llegar a los marineros de carabelas en las Islas Canarias y los caballeros de Santiago en Asturias. El gerente adora la historia y objeta mentalmente sobre “carabelas” que son más portuguesas y piensa que lo correcto son “galeones” más españoles, mientras asienta con la cabeza.

—Lo que voy a decirte es muy confidencial, así que saca tu celular aquí arriba de tu escritorio, como lo hago yo. Que nada esté grabando.

Ante el titubeo de Salomón, Barry golpea con su celular en la mesa. Ante el sobresalto del interlocutor, Barry suelta una risotada. Que Salomón responde torciendo la boca mientras saca lentamente su celular de la funda y se imagina un duelo de vaqueros al sol, dejando las armas a la distancia antes de comenzar el duelo.

—El combustóleo se va a consumir hasta arriba, más arriba y más allá —mientras levanta la mano sobre su cabeza—. Alguien salió con la memez ecológica de que más gas y menos combustóleo. Eso se acabó. Así, que a ver cómo le hacen, pero van a garantizar la mezcla más alta en combustóleo posible. Los camiones lo sacar de aquí junto de la refinería.  Si la mezcla llega al 100% hasta te sacar una rifa de departamento nuevo en Polanco; que si me sales con la tarugada de que no se puede hacer nada te vas a sacar la “rifa del tigre”. Grrrr —simula una garra de gato con la mano y vuelve a ronronear— grrrr. El tigre que come, pero antes te desgarra.

Salomón no puede creer lo que escucha. Intenta reprimir el asombro y el asco que el provoca el júnior Barry, con su aire prepotente y dando órdenes, soltando amenazas y ofreciendo corruptas recompensas. El primer pretexto que se le ocurre es verdadero:

—Es que yo no me mando solo, hay un Director de administración aquí.

—Eso no es problema pensé que ibas a salir con el pretexto de un ingeniero pelagatos que objeta tecnicismos, de que el diésel de enchapopotado contamina mucho. Esos imbéciles para el control de calidad ambiental.

El gerente Salomón no resiste e interrumpe:

—El imbécil de Control de Calidad aquí soy yo y no voy a permitir excederse en los estándares de combustóleo.

Barry anda envalentonado, alegre y relajado. Además, su Tezca interior disfruta ser amenazante. Tezca mira el semblante con el labio tembloroso, recuerda el anillo de casado en la mano de Salomón y suelta triunfante:

—Es mejor que te quedes sereno moreno. Lo que te voy a soltar es muy serio —respira Barry hondo para poner más grave su voz—. Que no te quiero perjudicar, que eso lanzar a tus hijos a sufrir por las adversidades no va con mi ánimo. Si por una desgracia tienes que meter a tus niños a una escuela pública donde los halconcitos los obliguen a consumir droga, eso no te lo perdonarás. Sé que eres un buen padre.

—Es que… —Salomón pensaba responderle que ese joven, al amenazarlo con sus hijos, resultaba ser un canalla.

—Ni me interrumpas, que con una llamada —levanta el dedo índice para enfatizar que fue una sola llamada— a un pelmazo de Cadereyta lo integraron un expediente por robo y desfalco ante el Ministerio Público. Le acumularon más años que a Lozoya, y ya hasta me estoy arrepintiendo. Como que le cargamos la mano. Diez años de cárcel al funcionario petrolero por oponerse a unos embarques de combustóleo. ¿No te parece demasiado?... Pero no me respondas. Quizá no me crees, mira en Google.

Barry saca una pluma marca Montblanc y en un papel escribe un nombre, mientras con la otra mano pone un dedo en su boca en señal de silencio.

Con movimientos rápidos por el nerviosismo, Salomón revisa el nombre y en la búsqueda de computadora le resulta el caso de un gerente de compras acusado de múltiples desvíos que está en prisión. Esa noticia tiene unos meses. Al ingeniero se le retuerce el estómago con un dolor desconocido.

Barry continúa:

—No debes responder algo terminante, pero el lunes te llega un oficio en ese lenguaje ambiguo de los burócratas que habla de optimizar la operación de los combustibles de la termoeléctrica y en tres días van a comenzar a llegar aquí las pipas de combustible. 

La mirada del interlocutor se ha clavado hacia el sueño y su mano izquierda delata un ligero temblor:

—Es que…

Barry vuelve a la carga, con alegría de haber derrotado al adversario:

—Lo que platicamos aquí es muy confidencial. Acuérdate del tigre y aguántate hasta el lunes. Si llega el oficio que te digo, ya sabes lo que sucedió. Como sea ya me tengo que retirar.

Barry recupera su celular, mientras el gerente Salomón se derrumba en el asiento, cargando el peso insoportable de las amenazas.

El visitante se despide con un ademán rápido. En el pasillo, la cabeza de Barry se sorprende con Tezca sobre el caso de Cadereyta. Piensa: “Eso no tenía ni idea. ¿Quién lo hizo y por qué? Los jefes se pasan de ojetes.”

Al salir de la termoeléctrica a Barry lo invade una somnolencia tremenda. Se acomoda en el asiento del auto. La voz de Tezca dentro de su cabeza le pide que comparta unas inhalaciones profundas.

—Soy un fanático del humo y los espejos, por eso mi hermano Quetzalcóatl me puso el apodo, que no ha cambiado desde hace siglos.

—Con todo respeto, señor divino Tezcatlipoca, es como diversión de niños. Reconozco que soy casi un chavorruco, que me quedé en la adolescencia tardía y hago mis tarugadas, de una que otra droga vaciladora. Esto del cannabis es lo más inofensivo que consumo y andar tras las faldillas de morritas de buenas curvas, correr los carros y andar de fiesta. Eso está cool en humanos, pero qué eso de buscar más humo en la tierra. Como que una divinidad se espera que ande más en sus propias nubes y no que comparta nubes tóxicas con estos humildes seres terrenales. Digo, eso del combustóleo es uno de los negocios familiares y sí lo he hecho, pero casi sin darme cuenta. Hasta ahora caigo en cuenta que la termoeléctrica es el principal contaminante de la gran ciudad.

—Antes de que te sigas divagando, aquí mismo te diré como está esta jugada. La muerte no la inventé; eso ya nos viene desde un orden superior. Los humanos van a morir y sí me toca regentear su tránsito al otro mundo. Cuido de cómo vienen y algunos que van regresando, como esa Donahí. De que se mueren, pues siempre se mueren, pero sí importa qué tan rápido se van al inframundo. Por motivos que no entenderías, ahora conviene morir por el influjo del aire. ¿Qué mejor que el aire ahumado de humaredas?

Barry sigue con curiosidad insatisfecha, así que Tezca opta por explicar el sacrificio violento, que —según sus argumentos— forma parte del destino del fuego:

—Predomina el Aire, pero hay un espacio para el fuego. En los siglos aztecas era la guerra florida y el pedernal, representantes del fuego de Huitzilopochtli las expresiones del fuego, que entra rápido en la carne y abre la puerta del inframundo. Ahora son las armas. Desde que llegaron los señores de Castilla, habita el fuego entre los mortales. El desequilibrio estaba en una ausencia de muertes por aire, que no se llenaba desde las epidemias que llegaron con los mismos de Castilla. Con el Covid y esta contaminación se restablece el equilibrio entre los tipos de muertes.

Con las explicaciones Barry termina por quedarse dormido. Al terminar la frontera interestatal, el soldado al mando del contingente de apoyo, señala con las manos que van a abandonar la custodia. El chofer-guarura saca la mano para despedirse. En cuanto los soldados de la Guardia Nacional se despiden, un grupo de narcos espera tras la curva. A manera de emboscada, dos camionetas se incorporan a la carretera y dos cierran el paso hacia el frente. El chofer se da cuenta de inmediato que vienen por ellos. Extiende la mano para intentar despertar al joven:

—Vienen por nosotros, pida ayuda. Rápido.

Barry cree que sigue soñando y se mueve con lentitud. Pregunta sin entender la respuesta. Hay resaca en la resequedad de sus labios.

Cuando las dos camionetas enfrente cierran completamente el paso:

—Voy a frenar, no veo escapatoria.

Desde el inframundo, Tezca anticipa una balacera. Barry lo alcanzará y volverá a preguntar qué sentido tiene el modo en que una persona muere, por ejemplo, él por las balas de sicarios criminales.  A su jefe se le antojó el vehículo que manejan, sin importar quién sea su dueño.

—Intenta por el terraplén, veo un espacio junto al talud.

—No alcanzaremos a esquivarlos.

Uno de los forajidos lanza balazos de advertencia, pero no al aire, sino contra el vehículo en movimiento. Sin un respaldo armado caería acribillado a mansalva. Cuando los sicarios comenzaron a disparar, Barry no entendió cómo era que la visita de Tezca anunciaba el final por la vía del fuego, cuando su explicación suponía asfixiado de cualquier contaminante o gaseado en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias.

NOTAS:

[1] Planta termoeléctrica Francisco Pérez Ríos, contiene cinco unidades generadoras que en total pueden producir hasta 1,606 MW. La planta aporta aproximadamente 3% del total energético del país y es el origen del 50% de la contaminación ambiental de la región. Información pública.

martes, 1 de septiembre de 2020

EL CÁRCAMO CONTADO POR CÉSAR

 



Por Carlos Valdés Martín

 

Aunque fue expulsado de la escuela primaria, su familia lo consintió asignándole al chofer de la empresa. En lugar de tomar clases, César visitaba el enorme espacio público del Bosque de Chapultepec, donde ahora se llama la “Segunda Sección”. Corría el año 1940 y que un padre asignara un chofer con automóvil era un lujo; además, comisionarlo a diario para que jugara al explorador en el enorme parque era una excentricidad. El hijo no acudía al colegio porque su carácter travieso provocó su expulsión, así esperaría hasta el final del ciclo escolar para reinscribirlo.

Esa parte del Bosque queda en una elevación, desde donde se ha proveído agua a la Ciudad de México. Antes de la Conquista los aztecas levantaron un acueducto, que fue conservado durante tres siglos del periodo novohispano. Después instalaron obras hidráulicas subterráneas, con grandes pozos y bombas mecánicas que se llamaron cárcamos, que poseen utilidad hidráulica, aunque en la superficie son adornos anticuados. El parque da recreo a la población desde hace más de un siglo, mientras la parte funcional quedó bajo suelo y rodeada por la zona de diversiones. A principios del siglo XX se adornó a los cárcamos con unas torres estéticas y lucieron alrededor unas fuentes públicas. En ocasiones se reparaba y mejoraba la ingeniería, pues bajo el suelo tendían tuberías y depósitos enormes que encausaban aguas del Río Lerma hacia la ciudad.

En el año de esta narración, esa zona del bosque entre semana permanecía casi sin visitas. A los alrededores se llegaba en automóvil y donde aparcaban seguían las extensiones boscosas, que empezaban junto a los cárcamos y sus fuentes.

El niño César se entretenía armando aviones de papel, empujando pequeños carros enllantados con baleros, lanzando pelotas, girando trompos y pirinolas, escavando agujeros... Recordemos que eran días de escuela y él quedó sin amigos con quienes explorar entre los árboles. El chofer Nemesio jugaba con él y hacía de compañero a ratos, pero se aburría del niño cuando transcurrían las horas, así que inventaba pretextos para alejarse.

En el día que todo ocurrió, el chofer llevó a César hacia la zona de los cárcamos, en lo que se volvió una visita habitual, pues la habían visitado ya durante varias semanas anteriores. Esa vez el niño llevó un barco de madera que puso a flotar en una fuente pública y después jugó al trompo con el chofer. Pasando el mediodía sacó unos soldaditos de plomo y les cavó unas trincheras de su tamaño. Cuando arreció el sol, Nemesio descubrió que habían olvidado llevar líquidos. También César tenía sed, aunque no quería dejar de jugar. Acordaron que el chofer iría hacia unos locales de comida en la proximidad, lo cual exigía manejar el automóvil, por unos minutos, comprar y regresar. El niño era travieso, pero Nemesio confiaba en que cumplía su palabra de comportarse bien cuando lo dejaba solo. En esos años, la ciudad era tan segura que dejar a un niño en solitario durante un rato en un parque era lo usual.

César sintió de súbito una viva curiosidad por una torre de cárcamo, pues esa construcción le pareció un cuartel más digno para sus soldados de plomo. Juntó sus juguetes en los bolsillos y salió corriendo en dirección de esa construcción. Esa construcción semeja un faro a modo de torre delgada, con un adorno en cúspide con repujados metálicos; protegido con paredes rocosas y pardas por los cuatro costados. Al pie del sitio, calculó la altura como de dos pisos, que no era mayor a la residencia familiar. Observó unas ventanas superiores y escaleras de ascenso atrás de una puerta negra. Sin embargo, la puerta negra no cedió ante un empujón de manos y permaneció cerrada. El niño rodeó la torre del cárcamo por si encontraba otra entrada. A espaldas de la edificación descubrió una zanja abierta por remodelaciones recientes. La abertura quedaba vallada por unos maderos improvisados para evitar el paso. Alrededor no se veían ni escuchaban más personas. Un niño ágil cabía bajo los maderos. César siguió su curiosidad, pasó bajo el tronco y curioseó hacia la orilla de esa zanja, donde había pastos crecidos que la rodeaban. Él se paró en la orilla y decidió que era imprudente avanzar más. Ya se había convencido de alejarse, pero avizoró una rana verde y lustrosa en el otro lado de la zanja. Pensó que alcanzaría a la rana si estiraba la mano y se colocaba un poco más hacia la orilla, sobre el pasto.

Se aproximó lo más que pudo hacia el pasto de la orilla y su pie resbaló en un vacío. El movimiento de caída fue instantáneo. Entró de cabeza por un estrecho túnel en ángulo de 45 grados, dando con los brazos entre el lodo. Su cuerpo trompicó y avanzó sin resistencia hacia un montón de tierra que lo recibió amortiguando el golpe.

—¡Nemesio!— gritó y luego siguió con una llamada de ayuda.

Por unos segundos el contraste de oscuridad súbita no le permitió ver nada. No se quiso mover y siguió gritando:

—¡Auxilio!

Empezó a llorar y de inmediato intentó controlarse. El hueco por donde cayó  indicaba una luz, aunque no alcanzaba a mirar el punto de entrada. Estiró las manos y sintió la pared húmeda, bordeando un hueco hacia arriba, justo casi sobre su cabeza. Trató de subir por el hueco por donde cayó pero era imposible escalar por ahí, no había manera de detenerse ni de trepar.

Sintió que la tierra blanda bajo sus pies era un montículo y debía desplazarse con sumo cuidado para no tropezar. Frustrado miró hacia el lado contrario, algunas pequeñas grietas en el techo filtraban una tenue luz. La oscuridad daba la sensación de una caverna amplia, acariciada por hilos luminosos.

Volvió a gritar pidiendo ayuda sin respuesta de afuera. Pasaron los minutos y le vino la terrible idea de que había caído en un hueco de donde nadie lo encontraría jamás. Volvió a gritar, cada vez más bajo, como perdiendo la esperanza. Pensó que quizá había otra salida, pero el sitio era demasiado oscuro y tétrico como para aventurarse. Imaginó lo útil que sería contar con una linterna, una vela o cerillos. Guardó silencio intentando escuchar y percibió un rumor maquinal, que correspondía a una bomba hidráulica, sin precisar en qué sitio estaba. Intentó pensar qué haría un adulto, pero no se le ocurría nada sensato. Intentó ver en la oscuridad, por si descubría otra salida. Volvió a gritar pidiendo auxilio y lo que escuchó le sorprendió. Era una voz ajada que decía:

—Hacia el otro lado, pisando con cuidado.

La voz era de mujer, algo gruesa. Desde el lado donde venía ese sonido, Cesar percibía la tenue luminosidad y respondió:

—Ayúdeme a salir, no veo desde aquí.

—Con calma, acostúmbrate a lo oscuro y luego avanza con cuidado.

—Es que no hay nada acá abajo.

—Poco a poco verás mejor.

El niño dialogó un rato con la voz antes de animarse a dar pasos tambaleantes, arrastrando sus pies y tocando una pared con la mano. Sintió un muro de piedra y lo fue siguiendo con lentitud pues temía tropezar y caerse. Adelante las filtraciones de luz desde el techo dieron más confianza, pero no se despegó de la pared húmeda. Para César transcurría mucho tiempo, aunque era una impresión por el temor y la oscuridad. Cada vez que él se detenía, la voz de la vieja lo seguía llamando y dando indicaciones para animarse.

Después de avanzar un trecho divisó el contorno de una indígena vestida con un ropón humilde, con una falda ancha y parda, el pelo entrecano y calzando huaraches.

—¿Hay una salida?

—A la izquierda el inframundo, a la derecha regresas al sol.

Ella permanecía parada a la izquierda.

—No la entiendo, señora, ¿falta mucho para salir?

—Si nada más quieres salir falta poco, aunque a tu izquierda brilla la máscara fúnebre de Moctezuma que te está llamando.

Adelante el muro presentaba una bifurcación y el niño César miró primero hacia la izquierda donde brilló un bulto dorado y luego otro se encendió hasta sumar una asamblea de reflejos que laceró su mirada. De momento no distinguió si eran reflejos o lámparas incandescentes, de lo cual desconfió. Con resolución viró hacia la derecha, desde donde una luminosidad suave hacía suponer la próxima salida. Tocando la pared y avanzando despacio alcanzó una salida, una oquedad de tierra rodeada de ramas y pastos crecidos. Desde afuera no se alcanzaba a distinguir. La intensidad del sol le hizo soltar lágrimas, no de susto ni de sorpresa sino por algo más mecánico. Con el dorso de la mano cubrió el sol de mediodía y miró hacia la torre del cárcamo. Estimó que la distancia era de unos sesenta metros, por un ejercicio mental que le enseñó Nemesio. Se descubrió enlodado en las rodillas, manos y asentaderas. Buscó sus soldados de plomo guardados en sus bolsillos, con tristeza descubrió que sobrevivía uno y se extraviaron cinco.

Pensó que Nemesio lo iba a regañar, si lo encontraba así de sucio.

Alrededor el Bosque de Chapultepec seguía sin visitantes. César corrió para meterse de cabeza a la fuente pública donde había navegado su barquito. Dentro de la fuente se quitó la camisa, pantalones y zapatos. Con apresurados tallones le quitó el exceso de lodos a su ropa hasta que le pareció medianamente limpia. Se volvió a vestir para esperar a Nemesio.

—¡Tenía tanta sed que me di un chapuzón!

—Disculpe la tardanza joven César, de una vez encargué tortas calientes para el hambre, aquí le traje una con pierna de cerdo, como le gusta.

El niño agradeció la torta y el chofer reconvino que estaba demasiado mojado, que lo mejor sería exprimir la ropa con las manos para apurar el secado.

—Mejor la exprimo un poco, no vaya a que se enferme, anda algo pálido. Además su papá se enojará si mojamos su automóvil.

El chofer exprimió torciendo la indumentaria y colocó las telas sobre unas ramas. El sol del mediodía hizo su tarea secando primero la camisa. El niño se metió a la parte trasera de vehículo para comer y descansar.

—Voy a dormir una siesta, de pronto me cansé. De favor me avisas cuando quede seco el resto. En cuanto quede mejor nos regresamos. ¿Sabes?… Estoy triste se perdieron unos soldados, hoy ya no quiero seguir jugando.