Música


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lunes, 25 de marzo de 2013

PRESERVAR EL DETALLE: UNA FUNCIÓN CULTURAL DE LA NACIÓN



Por Carlos Valdés Martín




Visto desde una cómoda distancia, todo caduca y por lo tanto el basurero del proceso social es enorme; entonces; en términos del mito griego, el terrible Cronos jamás fue derrotado. Aquello que fue vital “aquí y ahora” se pierde en la sombra del Hades, como soldados muertos en una batalla olvidada y sus almas anónimas permanecen cual sombras de un pretérito irrelevante: triunfa la crueldad de Cronos[1]. Sin embargo, cada existencia singular (la tuya, la mía, la nuestra…) siempre acontece en un breve “aquí y ahora”; desde el rincón de cada existencia sólo alcanzamos un estrecho espacio para ver alrededor, y cada segundo se escurre como el agua entre las manos[2]. Acotados en ese “rincón” del alma ¿qué tanto guarda esta percepción fugaz? Sin duda conservamos momentos concretos y contextos precisos[3]. Esa natural fugacidad del momento se identifica más con el alimento que con el trabajo. La labor ardua deja una cosa tangible: ahí está la obra en forma de leño cortado o frase escrita. En cambio el consumo alimenticio se hunde en un ámbito de oscuridad y silencio (el metabolismo interior) en cuanto el delicioso bocadillo se ingiere para no regresar.
Los fragmentos de contenido valioso no son simples partes o piezas, adquieren un rango mayor: son detalles, con el sentido afectivo y valioso que otorga esa palabra a cualquier fragmento[4]. En este caso, consideraré los detalles de creaciones culturales como lenguaje, literatura o música ya sean arte o expresión de gusto popular. Las obras de la cultura necesitan de un código para conservarse, requieren de un espacio de significados que es su ambiente. Un aspecto evidente de la contextualización cultural sucede con los textos de lenguas muertas mientras no existe el desciframiento de su lenguaje. Según los estudiosos, la escritura maya quedó sin posibilidad de traducción durante los pasados cinco siglos, y hasta fecha reciente los esfuerzos para comprender los jeroglíficos en las estelas están rindiendo fruto. Ahí estaban las piedras y se admiraba a esa civilización, pero eran rocas mudas, sin palabras ni significados precisos. Conforme las inscripciones con caras de mono y grecas de caracol han sido comprendidas se logra proximidad con esos siglos pretéritos. En sentido opuesto, cuanto menos se entiende de ese pasado y mientras más mudo es su código, entonces resulta incomprensible cada uno de sus detalles. Si miramos unas curvas que parecen un caracol cortado a la mitad ¿qué significan?  Sin interpretación vemos una imagen pero su significación está perdida, nos quedamos en una visión lejana y sin detalles; con interpretación obtenemos una mirada nueva.
Con certeza la existencia individual está formada de detalles, con figuras concretas que son las marcas y heridas de los recuerdos y aspiraciones. El modo de pronunciar frases posee su sentido, pero a la distancia o desde la ajenidad no se percibe ese sentido preciso. Para los ingleses la pronunciación de frases posee una entonación adecuada, y ese subir y bajar el tono de voz durante las frases de los británicos no está marcada en las líneas escritas. El detalle de la entonación parece irrelevante, al menos sí lo es para un texto escrito; pero si hablamos ante el anglófono sin esa entonación, de inmediato percibirá que fallamos y no hablamos su “buen inglés”, el propio de las Islas Británicas. Al interpretar desde naciones distintas surgen muchas diferencias, y desde ese aspecto se ha llegado a interpretar el fenómeno nacional como un tema de estilo. Aceptemos que el fenómeno nacional incluye el detalle (estilo, modalidad, peculiaridad, concreción[5]), aunque el tema de lo nacional no se reduce al detalle o estilo. Una de las funciones de la nación es preservar el arsenal de destalles o estilo típico, y en ese sentido, sirve como el gran recipiente de los productos culturales.
Debido a que la música es continuidad de sonidos, sirve para dar ejemplo del cultivo del detalle. Por ejemplo, en el “recipiente” México, se conserva el estilo musical del mariachi, el cual es una colección de minucias engarzadas como el conjunto instrumental. Existe unidad en sincronía caracterizada por miles de señas específicas, como los mexicanísimos gestos y textos machistas de José Alfredo Jiménez, el gran genio creativo de ese estilo. La creación, difusión y preservación de un estilo musical requiere de cierto espacio social; por ejemplo, se requiere de instrumentos, medios de reproducción y difusión, educar musicalmente a intérpretes y mantenerlos, entregar la obra a un público y conectar con sus gustos. No es tan sencilla esa relación entre el gusto de cada nación[6] con sus “productores de música”, además que deben encontrar un modo de vida, siendo útiles en las fiestas populares o encontrando un medio mercantil para mantenerse[7]. El estilo del mariachi expresa el tránsito de una sociedad agrícola hacia una urbana, con una dotación importante de instrumentos, y su gran éxito dependió de la reproducción comercial y la profesionalización de autores, junto con la identificación de ese estilo como algo típico del país. Esa compleja mezcla favorece la preservación de ese género como un “valor entendido” de la mexicanidad y obliga a su conservación como blasón del país. Es un caso extremo de complicidad entre detalles (el estilo peculiar de esa música de grupo) y esa bolsa-vitrina que lo conserva pleno de sentido[8].

“La nave del olvido no ha partido”
Para reforzar el argumento, de esta complicidad entre un “detalle” preservado y el conjunto nacional conviene el ejemplo de un músico aplaudido, por ejemplo, José José ídolo de la balada romántica durante décadas en México. Como estrella del espectáculo el intérprete depende del sistema comercial de comunicación y de las variaciones en el gusto del público. La forma misma de “canción” —breve pieza de unos tres minutos de duración— se liga a las exigencias comerciales para ofrecer productos de rápido consumo. La posición de “estrella” se vincula a la reproducción masiva del producto (discos con ventas millonarias) y a su proyección en radio y televisión de masas (el cantante convertido en estrella popular). Sin embargo, el cantante popular representa una transición entre el artista musical (periodo clásico, sometido a los supuestos de la academia del arte) y el “comediante” (no en el sentido de cómico, sino de comunicador ante un auditorio que se divierte), por tanto, el público espera consumir un producto de “arte popular” en una mezcla de calidad con accesibilidad. Como mercancía y como producto con aspiración al arte, las canciones son objetos universales, en ese sentido, rebasan con facilidad las fronteras nacionales, en especial, durante un periodo cuando ya se han desarrollado medios de comunicación globales (comunicaciones públicas vía satélite comenzadas en 1962). La producción musical del baladista José José tuvo gran difusión, sobre todo, entre los hispanohablantes, pero no creo que nadie se engañe sobre su cuño nacional, marcado por frases, tonalidades, palabras, estilos… Pequeños detalles que no lo hacen tan diferente de otros autores musicales en el mismo idioma y estilo, sin embargo, reconocer su “tono mexicano” resulta sencillo. Ahora, que tenemos nuestros referentes resulta sencilla esa identificación. ¿Para personas formadas en ambientes lejanos les resulta difícil distinguir ese sello nacional? Sin duda así es. En ocasiones lo confundirán con cualquier tema español o americano: efecto de la distancia[9]. Al cambiar el receptor final, el contenido peculiar de esas baladas ha muerto o está como momificado. La melodía es más universal, así que gusta en otras latitudes sin relacionarse con una nación; por ejemplo, la canción de “Bésame mucho” se ha reproducido en distintos idiomas y es popular. Esto significa que el gusto es transitivo, la música se desplaza entre zonas y se readapta, mueve y viaja, pero en ese tránsito pierde su sello nacional directo (cabe desaparecer ese sello o quedar como referencia indirecta, cuando se escucha en ruso el “Bésame mucho” se establece la referencia a lo mexicano, con lo que ellos interpretan como un exotismo cálido). Conforme una pieza musical se conserva dentro de su ambiente, todas sus peculiaridades son observables (aunque no todos las verán, solamente unos pocos), en cambio afuera serán imposibles de captar. Así, los detalles del ámbito cultural dependen de un ambiente para ser percibidas y fuera de ese sistema-ambiente resultan imposibles de apreciar.

La escritura maya recuperada y el albur
Los jeroglíficos mayas quedaron mudos durante siglos y la recuperación de ese lenguaje escrito nos alegra, pero nada garantiza que sabremos los detalles de lo que los escultores mayas escribieron sobre piedras. Rescatarán los sabios arqueólogos lo básico, pero ¿el detalle del maya? El recuperarlo parece una misión imposible, porque su matriz nacional[10] quedó rota en el siglo XVI y crear el puente de comprensión es una tarea titánica, quizá inalcanzable. En cambio, la agradable situación de disfrutar una balada romántica resulta sencilla y comprender sus muchas evocaciones también lo es. En ese sentido, los sistemas de referencia nacionales son un medio para preservar un conjunto gigantesco y único de producciones culturales.
 Un dicho conocido indica que “el diablo está en los detalles”. Según una amplia creencia, durante décadas nuestro México fue el territorio por excelencia del albur. La asociación es evidente, pues el albur se consideró un lenguaje procaz y casi diabólico para las generaciones anteriores[11]. La distensión moral y la extensión del relajo desde la segunda mitad del siglo XX, permitió la recuperación de ese lenguaje travieso y soez, que luego circula como moneda corriente en otros ámbitos de comunicación. Así, los detalles marginales de la famosa Picardía mexicana[12] y otros discursos picarescos se mantuvieron en un “arcón” nacional singular, hasta que se dispersa como un evento globalizado y corriente. Otros recipientes más puritanos o victorianos habrían destruido esa expresión por su “bajeza”, en el ambiente popular mexicano se conservó y floreció[13]. Sin alcanzar el extremo de elevar al albur como un valor universal, sí existe un interés por la picardía y se conservará entre los pliegues indiscretos de la “cultura popular”.

Rulfo y lo mexicano fantasmal
El valor literario de la obra de Juan Rulfo es inseparable de una visión sobre lo mexicano-popular. Sin que sea posible meter un bisturí para separar el aspecto mexicano popular de las obras de Rulfo, es evidente que todas acontecen dentro de ambientes rurales y populares, donde la temática y problemática está sellada por la formación nacional. En especial, la novela Pedro Páramo agrega un ingrediente de fantasía, que convierte el ambiente pueblerino también en fantasmal, en ese sentido genera una audacia sublime sobre el costumbrismo previo (la típica novela de la Revolución Mexicana) y ofrece un giro en la creación literaria. Estimo pertinente anotar que el éxito internacional de esa obra se liga a su valoración como una señal distintiva de lo mexicano; todas las lecturas posibles desde el extranjero señalaban la singularidad de este país, donde un estilo de atraso rural se mezcla con la ficción fantasmal y el drama. Además de que esta obra sería imposible de surgir en otras coordenadas, su captación local depende de la captación vernácula de lo que somos (el complejo código de lo mexicano) y de lo que otros miran que somos (el código simplificado de cada país vistos desde afuera). La obra de Rulfo presenta una perfecta amalgama entre esos dos códigos (interno-complejo y externo-simplificado) durante un periodo que se abrían las puertas internacionales del mercado editorial para las producciones latinoamericanas, en el llamado periodo del boom. Curiosamente, la gran literatura de Rulfo es un reflejo mediado de la cultura nacional popular —donde el mismo artista es un crisol que reúne lo popular— con flujos universales del arte, juntando costumbrismo y vanguardia literaria[14]. Para remachar la tesis de este ensayo, en este caso el marco nacional sirve para crear, conservar y catapultar este singular obra literaria, donde su deuda con el modelo clásico nacional mexicano (el de mitad del siglo) es múltiple.

Objeción de la nación conservadora y la revolución
Contestando el argumento contrario, se podría objetar que la nación es una estructura conservadora (y con esto se insinúa que es obsoleta) precisamente y por eso permite la preservación de antigüedades disfrazándolas de folclore[15], cuando un impulso revolucionario (incluso como tabla rasa) sería lo sano para extirpar esas bagatelas (intrascendencias del pueblo) para sustituirlas por un futuro luminoso (la hipótesis utópica). Para este argumento utilicé un enfoque superficialmente marxista-progresista, el cual interpreta la revolución en el modo equívoco que cuestiona el mismo Marx sobre la Revolución Francesa, cuando opina que es una ficción pretender aniquilar al pasado de modo arbitrario. El argumento preciso de Marx sobre la naturaleza de la revolución futura (la socialista-comunista que él esperaba) se encuentra en El capital, cuando establece la relación general entre trabajo vivo y muerto, lo que es lo mismo, entre trabajadores y medios de producción, los cuales siempre son su premisa[16]. Volviendo a ese argumento, el pasado entero es un mega-medio de producción sobre el cual se actúa y cobra vitalidad, cada día[17]. En ese sentido, el trabajo presente conserva el pasado y crea el futuro en un mismo acto; la deficiencia del proceso productivo es lo que provoca una contaminación (no ecológica) y un exceso de basura[18]. Por tanto, el ámbito nacional es un espacio de mega-medios de (re)producción (cultura, lenguaje, poder…) que permite actuar sobre ellos y consumirlos, sin ese sistema-nación sobre el cual trabajar-consumir se perdería la relación con el pasado vital, pues la relación global directa no existe como tal, para decirlo de modo abrupto y tajante[19].
Además, el proceso vital de cada individuo posee un nivel de conservación estricto, que ahora sabemos está controlado por el mecanismo biológico del ADN. El sistema genético en cada persona impide que se altere mientras se alimenta y metaboliza con el ambiente; cada día se alimenta distinto y respira miles de veces, sin embargo, sigue siendo el mismo. La materia del cuerpo cambia con los años, pero sigue siendo el mismo individuo biológico, pues existe un delicado sistema que lo conserva. Algo parecido sucede con la percepción del ambiente, que requiere un complejo sistema de marcos de referencia, entre los cuales destacan los nacionales. Más bien resulta extraño que las comunidades adopten modalidades y estilos tan semejantes entre sus miembros hasta en los detalles (vestidos, alimentos, modos de hablar), pero es un hecho, por eso se ha buscado alguna explicación metafísica, como el “espíritu de pueblos”[20] o el dominio de un “estilo” para explicar la relativa homogeneidad de las naciones. Esa misteriosa similitud hasta en detalles es la operación concreta de la nación, al mismo tiempo que es su rasgo y su utilidad. Una especie de código-ADN cultural (elaborado, artificial, pensado, hablado, codificado) permite esa interpretación del estilo, que con sentido gregario-tribal-imitador los miembros de una comunidad nacional repiten con facilidad y destreza asombrosa. La complejidad de ese código radica en que no se forma por un único elemento (ni solo lenguaje ni solo tradición ni solo etnia ni solo economía…) sino por un sistema complejo de reproducción (trenza de cinco ramas). Esa complejidad se forma mediante una reproducción humana, donde importa el detalle concreto, por ejemplo el lunar coqueto en el rostro de la Doña[21] o el sombrero de ala ancha en Emiliano Zapata. El artista costumbrista sabe que esos pequeños garabatos no sirven aislados y la conciencia despierta que interpreta nos exige colocarlos en su marco de plata, donde cobran vida y significado. Resultaría ocioso contraponer la lucidez del espectador que aprecia las Meninas de Velázquez desde un ambiente extranjero[22] frente al ejidatario que siente correr por sus venas la sangre del Caudillo del Sur. Goce estético frente al linaje difuso: ambos son modos de apreciación saturados de significados. En estas palabras, se muestra la relevancia de ese marco nacional para dotar de importancia a los detalles de la existencia; de otro modo, quizá todos y cada uno deberíamos acceder al nivel de conciencias privilegiadas con sensibilidad de artista para apreciar esos detalles que se pierden entre la selva de lo cotidiano o adoptar la lucidez del filósofo para recrear el marco perfecto de conceptos que sitúa cada detalle.

Autoritarismo nacional destructivo
Aclarando una tercera objeción, también nos encontramos con el autoritarismo nacional (fascismo e imperialismo vestidos de colores nacionales) donde se persigue a lo que escapa a su red. Sin embargo, el autoritarismo es capaz de disfrazarse con cualquier color (religioso, étnico, ideológico, novedoso, arcaico…) y la nación es uno más de sus ropajes. En su versión agresiva, el autoritarismo tiránico persigue a lo diferente (que es fácil de inventar, no es requisito que pre-exista) hasta el nivel de la violencia y la guerra, en ese sentido es por entero válida la crítica a la guerra de agresión disfrazada de nacionalismo (caso típico en las Guerras Mundiales). No es una novedad que los tiranos utilicen a las personas honorables para difundir sus decretos deshonrosos, pues la naturaleza del doble discurso tiránico consiste en parapetarse tras cualquier causa respetable o consagrada; así, utilizan de pretexto a su nación o credo, ya que la Patria y Dios no poseen una boca propia para encuerar las fechorías del sátrapa. El acto  de violencia, definido como acción que rompe con la regla moral básica de integridad de la persona, destroza la existencia y, por tanto es un medio ciego que no se detiene ante detalles[23]. Debido a que los detalles preservados (folclor, cultura…) dan contenido vital a las naciones, su destrucción mediante violencia marcan una falsedad, por ejemplo el nacionalismo de Hitler es una falsificación interna (hacia las propias tradiciones alemanas) y externa (intentando destruir naciones completas y subyugando a las demás); es decir, el fascismo hitleriano mientras más escandalosamente se declara nacionalista más demagógico resulta. El sobre-nacionalismo es una mascarada para esconder la hipocresía, por ejemplo, una guerra de agresión implica mandar hacia la muerte ¿A quiénes? A los hijos de esa patria y a los de las otras, significa una doble masacre que se disimula con un escándalo. Ese sobre-nacionalismo se ha llamado chauvinismo, aunque es una operación acontecida en distintas latitudes y varios periodos históricos[24]. Y para este tema, ese sobredimensionar la nación como sobreactuación nacionalista, tiene efecto de aniquilar los detalles, para simplificar; en otros términos, es una aniquilación de los detalles de significado nacional en favor de una mala retórica de Estado, donde la tiranía pretende monopolizar la nacionalidad, lo cual es burda demagogia[25]. La demagogia es evidente cuando se pretende que la nación está por encima de todo, incluso por encima de los derechos de los nacionales, su bienestar e intereses concretos; en ese punto, la nación se intenta convertir en fetiche, objeto de culto que domina al creyente y lo obliga a postrarse insensatamente. En fin, según estas afirmaciones el dogmatismo destruye el pensamiento, el fanatismo a la espiritualidad y el chauvinismo a la nación. A diversos niveles se han puesto de relieve las dos primeras afirmaciones (el dogmatismo contra el pensar y el fanatismo contra la religiosidad) la tercera, donde el sobre-nacionalismo es enemigo de las naciones resulta escasamente observada pero importante. A modo de observación psicológica Fromm notó que el narcisismo excedido se presenta en ese sobre-nacionalismo agresor[26], de tal modo que el psicólogo social define la correspondencia entre narcisismo enfermizo y sano amor propio; de tal modo, que un “sano” sentido nacional es amor propio (capaz de conservar la existencia concreta en sus detalles relevantes), pero un narcisismo colectivo de tipo fascista es un narcisismo patológico. La satisfactoria visión colectiva del sano nacionalismo —por ejemplo, el de un Gilberto Bosques, arriesgando la vida para salvar a extranjeros de la persecución fascista[27]— es un baluarte contra ese nacionalismo chauvinista y patológico, que ha permitido una mezcla entre amor propio de una colectividad (patria que se ama y respeta) con el afecto por lo grupos extranjeros. Un momento virtuoso de esa situación se puede marcar durante la lucha dentro de las metrópolis contra su propio colonialismo (en Gran Bretaña por la descolonización a través del gradualismo de la Commonwealth[28], dentro de EUA contra la guerra en Vietnam, dentro de Francia contra la ocupación de Argelia, etc.) donde una identificación nacional positiva no acepta oprimir a los extranjeros.

Minucias insignificantes y basura
Como una última objeción queda distinguir entre el detalle relevante y las minucias insignificantes. Dentro de la captación individual de la vida, muchos fragmentos resultan irrelevantes, o hasta imposibles de percibirse en su fugacidad o pequeñez. La capacidad humana de captación posee un límite, una memoria demasiado detallada rebasaría la condición antropológica, como la advierte Borges con su Funes, pues conservar hasta la posición de cada una de las hojas de los árboles en cada instante supone un absurdo y un límite en la captación, finalmente no separar lo valioso de la basura[29]. Lo mismo supone cualquier metabolismo físico, cuando desaparece el alimento y el residuo es imperceptible. De entre la experiencia destacan algunos aspectos y momentos sobre lo demás y mantienen su significación especial, la memoria y el arte van de la mano en esa perspectiva de rescatar lo relevante. Los detalles que sobreviven en la memoria no son irrelevantes, poseen una conexión significativa; sin embargo, necesitamos una llave para abrir el cofre de los recuerdos. El proceso de rescate de significados depende de distintos procesos, pero sus condiciones de posibilidad son el sistema de referencias que sirve de mapa para encontrar el cofre donde se aplica la llave. Ese sistema de referencias (un habla coherente, una cultura nacional…) facilita encontrar esos cofres, alrededor queda la arena y el vasto mar incógnito. Si todas y cada una de las personas poseyeran una bodega inmensa para acumular todos sus recuerdos de infancia ¿tendrían cómo compartirlos? Sucede lo mismo con algunas colecciones de porcelana de las abuelas que los nietos no desean heredarlas: nada significan para ellos. Para conservarse, el detalle debe de ser significativo y mantenerse conectado con algún impulso vital. La simpleza de una manaza envenenada ha sobrevivido como un detalle pleno del relato de Blancanieves y no es por casualidad, pues evoca la mentira y el deseo, dentro de una obra dedicada a rescatar el folclore alemán; no importa que el evento de la manzana no sea originario sino que es representativo y verosímil en su marco de fantasía[30]. Anotemos que la obra de los hermanos Grimm poseyó un sentido de rescate patriótico de las fuentes culturales alemanas, es decir, la colección de relatos aclamados vinculó las tradiciones populares con un romanticismo nacionalista y progresista, capaz de captar dimensiones del conflicto humano mediante sus detalles[31].

El noticiero y la derrota de Cronos
En ese sentido, adquiere otra dimensión el término la “era de la interpretación”, donde la formación de las figuras modernas de la nación van de la mano de un periodo donde existe ya una urgencia de informarse, de ahí la curiosa necesidad de “estar al día” y el surgimiento del periódico. A partir de la modernidad, los ciudadanos estamos hambrientos de percibir esos trozos reales (los fragmentos noticiosos) y los devoramos cada día, al lado de nuestros alimentos físicos; esa necesidad llama la atención y ya un autor notó que va de la mano con el tema nacional[32]. El sistema de referencias nacional nos capacita para adquirir detalles de un modo distinto a lo que hacía el griego cuando escuchaba los relatos de Homero; aquéllos satisfechos con la estructura general de la leyenda, nosotros más urgidos de eventos reales, bajo un flujo de realidades complejo y presuroso. Conforme el flujo de información crece, la capacidad para distinguir entre significativo y accesorio se hace mayor; conforme saltamos de la era noticiosa (existen diarios desde hace siglos) hacia una “era de la información” crece la presión para rescatar y distinguir nuestros detalles[33]. ¿Qué rescataremos y qué desecharemos? Recordemos que nuestros grandes relatos de vida y su sentido está tejido de detalles, los cuales al acumularse y establecer su diseño dibujan el único legado.
El contexto de nuestra comunidad establece un criterio, aunque con seguridad no lo reconocemos plenamente[34]. Cuando no poseemos ninguna intención ni proyecto para conservar los detalles valiosos terminamos atrapados como los hijos de Cronos. Conforme descubrimos un criterio y logramos rescatar los detalles valiosos contra la herrumbre del tiempo, entonces repetimos la osadía de Zeus y sus olímpicos quienes burlaron la pesadilla de Cronos.

NOTAS: 


[1] Con certera crudeza, Francisco de Goya y Lucientes retrata a un gigantesco Cronos tiránico devorando a sus hijos, en una de sus representaciones más escalofriantes. En términos del Sartre pre-marxista es la nada en el corazón del hombre disolviendo su mundo, lanzándolo hacia lo irrelevante. Cfr. El ser y la nada.
[2] La importancia estético-universal del espacio del detalle, que está arrinconado en el espacio del alma, la rescato del Bachelard en su La tierra y los ensueños de la voluntad.
[3] Hegel sabe que los filósofos preservan lo acontecido en el “templo de Mnemosina”, la divinidad de la memoria, Cfr. Introducción a la Filosofía de la Historia.
[4] Por tanto, cabría ubicar el tema dentro de las posibilidades de análisis, tan evidentes para un Descartes o problemáticas para un Kant.
[5] Para la teoría estético dialéctica de Lukács, lo que importa es lo típico, como vértice entre lo universal y singular, cruce exacto entre lo individualizable y la tendencia general-trascendente. Pero aquí no evalúo el valor mismo del detalle (el irrelevante vs. el trascendente). Cfr. Significación actual del realismo crítico.
[6] Un fenómeno paralelo se presenta con las regiones cuando son capaces de generar estilos musicales y conservarlos.
[7] También existe una relación entre la nación y sus regiones, tema en extremo importante para una estricta teoría, por ejemplo para la definición de lo “profundo” o “popular” de cada nación, sin embargo no lo desarrollo aquí para no complicar el tema. Cfr. BARTRA, Roger, La jaula de la melancolía.
[8] A su manera, de modo más radical, para Manuel García Morente, “La nación, pues, es un estilo.”, planteando una relación crucial entre nación y estilo, entendido como una expresión esencial y libre que surge desde el centro del ser. GARCÍA MORENTE, Manuel. ¿Qué es estilo?
[9] Un ejemplo típico de esto: al pasar la frontera los mexicanos o salvadoreños son vistos como hispanos o latinos, es decir, son interpretados en un escalón de más generalidad. Cfr. RIDING, Allan, Vecinos distantes.
[10] Aquí nacional en el sentido pre-moderno, de agrupación de tribus y ciudades reino con una clara unidad cultural.
[11] Corresponde algún mérito a Freud de buscar una explicación sistemática a la risa provocada por los chistes: El chiste y su relación con el inconsciente (1905).
[12] Otro ejemplo, en Teoría y práctica del insulto mexicano, bajo el seudónimo de Juan Lomas, de la autoría de Carlos Valdés Vázquez. Es bastante conocida la “literatura de la onda” de Armando Ramírez quien logró popularidad desde Chin chin el teporocho.
[13] De modos distintos, Samuel Ramos y Octavio Paz consideran ese tipo de expresiones como parte de lo auténtico popular de México; el primero se refiere al “pelado” como figura clave, el segundo revalora el lenguaje del insulto como una expresión auténtica y hace una investigación clave sobre la “chingada” para interpretar el alma conquistada. El laberinto de la soledad y El perfil del hombre y la cultura en México.
[14] Resultará interesante redondear un análisis con los fenómenos de asimilación de productos culturales o de consumo de masas extranjeros, que se consumen pero no por ello se conservan en ambientes distintos.
[15] No es casual, que en la antropología ligada al estudio nacional-popular el término folclore resultara importante para un enfoque de rescate.
[16] La queja de varios teóricos sobre los otros seguidores de Marx es que nunca comprendieron la dialéctica de Hegel y su complejo proceso de superación, bajo la tríada de tesis-antítesis-síntesis que es lo mismo que inmediato-mediato-absoluto, que siempre se debe comprender bajo la clave del término superación. O a su manera como “praxis”, Cfr. SÁNCHEZ VÁZQUEZ, Adolfo, Filosofía de la praxis.
[17] Por ejemplo, VERAZA, Jorge, Karl Marx y la técnica desde la perspectiva de la vida, Ed. Itaca.
[18] En el fondo, serían las fuerzas productivas de la escasez. Cfr. SARTRE, Jean Paul, La crítica de la razón dialéctica.
[19] La dificultad de esa apreciación directa se presenta en la temporalidad del mito, cuando se pretende enlazar sin mediación alguna, el presente con un pretérito fundador. Cfr. VALDÉS MARTÍN, Carlos, Las aguas reflejantes, el espejo de la nación.
[20] En Hegel esa explicación es bastante clara y resultaba común para el idealismo del siglo XIX, pero quedó en completo desuso para la ciencia social.
[21] La llamada “Doña” fue la actriz María Félix. Por su situación privilegiada y de proyección mundial, las estrellas comerciales son lo más próximo a la aristocracia cosmopolita de antaño, por tanto, su movimiento presenta la bisagra entre lo nacional y mundial con suma facilidad.
[22] Con la elegante reflexión del lugar ausente del monarca en la composición del cuadro cumbre de Velázquez comienza la reflexión de Las palabras y las cosas de Foucault. También esta nota sirva para aclarar que existen diversos niveles de apreciación, también la “extranjería” sirve para darle intensidad al exotismo, escapar de la rutina familiar que embota la percepción.
[23] BENJAMIN, Walter, Para una crítica de la violencia. Si bien, Benjamin comienza con una definición general correcta, se extravía y acepta la gran excepción para dejar pasar la violencia.
[24] El nacionalismo desde 1780 hasta 1914 fue preferentemente progresista, pero en el contexto de la Primera Guerra Mundial, “el nacionalismo sufrió así una mutación y dejó de ser un concepto asociado con el liberalismo y la izquierda para transformarse en un movimiento chauvinista, imperialista y xenófobo de la derecha, o, para ser más exactos, de la derecha radical” HOBSBAWM, Erick, Naciones y nacionalismo desde 1780, p. 130.
[25] Precisamente, la nación no es idéntica al Estado, se identifica con el pueblo. De igual manera, la soberanía radica en el pueblo y el Estado autoritario pretende expropiarle la soberanía.
[26] FROMM, Erick, El corazón del hombre.
[27] VARIOS, El poder de la masonería en México, Ed. Romel.
[28] Como un gesto significativo Carlyle anticipa el fin del imperio británico, pero señala que Shakespeare ha conquistado el mundo de manera permanente, pues existe una dimensión universal del arte que rebasa fronteras, combinando la conservación de un sello nacional y un disfrute sin fronteras. Cfr. Los héroes.
[29] Dice el personaje: “Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras”, donde encontramos una reflexión aguda entre la memoria y la relevancia de lo percibido. BORGES, Jorge Luis, “Funes el memorioso”, en Ficciones.
[30] BETLEHEIM, Bruno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas. El envenenamiento es un miedo universal y ese acto sí ocurre ocasionalmente.
[31] GRIMM, Jacob y Wilhelm, Cuentos del hogar y la infancia.
[32] ANDERSON, Benedict, Comunidades imaginadas.
[33] Cfr. TOFFLER, Alvin y Heidi, El cambio del poder. Crece exponencialmente la información y su manejo, los grupos que dominen ese “arte” son los contendientes por el futuro.
[34] Descubrir el sistema de clasificación y sus códigos ocultos es el apasionante tema del primer Foucault en Las palabras y las cosas, ahí el sistema de clasificación es una red que atrapa a los sujetos y los obliga a pensar en cierto sentido. La radicalización de su teoría de la episteme lo obligó a desecharla, sin embargo, posee un fragmento interesante de tino: cada periodo va forjando sus marcos de referencia intelectuales y hasta de percepción, sin establecer moldes tan precisos. Las naciones definen algunos de esos moldes colectivos de pensamiento. A su manera, Marx había establecido a las clases sociales como el molde colectivo de la ideología, también con parte de acierto. Cfr. MARX y ENGELS, La ideología alemana.  

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