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miércoles, 13 de marzo de 2013

HOJAS DE OTOÑO CAEN CUAL PRENDAS DE MODA



Por Carlos Valdés Martín

Adentro, todo listo en la gran tienda; afuera un tropel de doscientas mujeres que entrará con prisa, buscando comprar primero en el arranque de la nueva temporada. Terminó el verano y ahora deben de imperar el verde y marrón con hojas doradas en relieve sobre vestidos y accesorios. Al filo de la gran tienda espera una masa compacta de mujeres; es una maquinaria humana aceitada y eufórica, lista para lanzarse en tropel sobre los vestidos nuevos. Es una hermosa multitud que se moviliza tras una campanada, y un murmullo alegre la acompaña.
Adentro olor a limpio, fragancia de telas artificiales nuevas y accesorios de plástico; un orden preciso de pasillo con objetos próximos a la vista y accesibles a la mano. El torrente humano se distribuye rápidamente en pasillos inofensivos, y el bramido se reduce a zumbido, casi brisa marina.
Tras la oleada una sola deviene individuo: Horacia entra al frente del tropel y está eufórica; avanza unos pasos y queda tranquila, frente a relucientes anaqueles de última moda. Desde niña prefería asistir al estreno de las películas y colocarse en primera fila: ser la primera entre los primeros. Ella se apodera rápidamente de tres prendas (canto armonioso de verde-marrón-dorado), su tacto absorbe esos colores y una glucosa ficticia alcanza el hipotálamo. Lo que ayer fue tristeza y hastío desaparece. Piensa “valió la espera”, abre los ojos como platos, mueve los labios: hasta la saliva da una sensación dulce. No hay ya a qué esperar y entra al vestidor antes de que esté ocupado por el gentío de compradoras. Maniobra astuta pues estrenará más pronto. La reciente disposición del sitio comercial permite usar primero y pagar la ropa al salir.
Dentro del pequeño cuarto probador, mira el espejo de cuerpo completo y le refleja una princesa, como en fiesta de quince años,  cuando yace una ilusión en la mirada. El tamaño es perfecto, el vestido al borde inferior del muslo, como dicta la temporada. Se acabaron las dudas: el planeta espera ser conquistado con esa nueva imagen. Brinca con gracia, como debería hacerlo Marilyn si hubiese ganado el Oscar.
Luego de dejar el probador siente un viento frío y un desconcierto: le parece que todas las compradoras ya traen un vestido nuevo, conforme a la temporada. No las vio entrar al probador, a lo sumo pasarían unas cuantas ¿Cómo lograron tantas cambiarse con esa prontitud? En cualquier dirección mira una marea verde-marrón-dorada, como un atardecer en el bosque.
De modo maquinal acude a una caja registradora y paga. Pero no abandona el sitio y camina hacia otra zona para calmar su desconcierto. Es extraño: todas parecen haber uniformado estilo, son unos camaleones de sexo femenino. ¿Qué sucedió con ese sentimiento de secreta superioridad al mirar desde arriba a las demás cuando usan prendas fuera de moda? En lugar de eso, Horacia lamenta un ambiente homogéneo a su alrededor.
En otra zona busca maquillaje y una dependienta ofrece armonizar los colores de su cara con la ropa recién estrenada. La maquilladora parece profesional y los tonos sobre el cutis son preciosos, sin embargo, Horacia siente un dejavú. El resultado cosmético le parece ya conocido, pregunta: —¿Este estilo se ha repetido alguna vez?
La maquilladora lo niega enfáticamente y luego ofrece no cobrarle. Termina la tarea y guiña, garantizando que los espejos no mienten. Horacia agradece sin entusiasmo, baja la voz y empieza a sospechar algo terrible. Se aleja.
El modelo que estrena cada vez le parece menos novedoso, como si proviniera de su memoria y no del anaquel reluciente. Se regaña, como quien reconviene a una niña o a una loca: “La moda es novedad, siempre lo más nuevo” Su mente lo repite: con todo y música igual a los comerciales. Lo reitera cual oración y vuelve a hacerlo hasta calmar su temor.
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Sale de la tienda, pero en su corazón se mezcla la alegría con el desconcierto. Es hora de compartir, con quien tanto ha confiado y acude de visita con su mejor amiga, Cecilia. Es cerca, camina unos momentos, los transeúntes no parecen notarla; ella pasa cual leve brisa y no una hembra en plenitud. Al menos, esa multitud de caminantes le parece reluciente, como si la ciudad entera estrenara. El panorama hace eco de su ánimo: alegre y desconcertado.
Con su trofeo puesto y la bolsa de compras bajo el brazo toca en una residencia. La amiga la recibe bajo el umbral y sin más trámite cuestiona: —¿Por qué usas lo de una temporada añeja?
—Me embromas.
Cecilia primero se ríe, pero insiste en que no bromea: —Ridículo estrenar ropa fuera de temporada.
Al ser confrontada, en vez de reconfortada, Horacia se enfurece, clama al cielo esa grosería y sale corriendo sin rumbo fijo.
La multitud antes pareció reluciente y a la última moda; pero ahora hay un vapor turbio sobre los contornos, una capa amarilla sobre las imágenes como fotografías de daguerrotipo. Quizá sean viejos recuerdos invadiéndola desde quién sabe dónde. Cada vez que voltea resulta más opaco ese ambiente. Es misterioso: la ciudad entera parece usada, ajada de tantas puestas. El sol va perdiendo su brillo y el horizonte se torna de harapos.
En ese momento, ella descubre que está soñando y no puede despertar. Vagamente recuerda que el Monopolio de la Moda le canceló sus tarjetas de crédito. Al inicio creyó que era una confusión y trató de aclararlo: fue inútil. Ahora su penuria la persigue en su sueño y eso es un exceso. Cada vez más frustrada, en la ciudad onírica, se topa de frente con un señor distinguido con un fistol en la solapa, quien la molesta al decir: —Su vestido es un vejestorio.
¿Ni en sueños escapa a su condena? Ella le responde, que solamente es la ropa dañada que ella es vejestorio.
Intenta esquivar la señor, pero a cada movimiento suyo él anticipa un rápido paso lateral que no le permite alejarse. La mira con desdén, casi con asco.
Acorralada, se detiene y mira con desafío al caballero. Con deseos de venganza se despoja del vestido puesto. Los transeúntes se detienen y abren los ojos asombrados. Ella retira la ropa interior, la arroja al suelo…
—A mí no me hunden.
Su mano suave protesta contra una superficie rugosa: eso no es más tela sobre su cuerpo sino hojas de otoño.
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En el Departamento Creativo del Monopolio de la Moda (con certeza un lector perspicaz anotará “Monopolio de la Moda” y sonreirá respondiéndose: “Es imposible, no hay tal Monopolio, esto es una ficción”. Respondo: En este mundo nada más monopólico que la moda cuando domina a una persona, hasta en la percepción inmediata; cuando atrapa una conciencia en una red de dependencia, doblegando la autoestima ritmo de cada temporada) ha quedado en guardia nocturna Brunotze, el diseñador en jefe. Sentado en mullido sillón y aislado en su lujosa oficina, pero vencido por el cansancio sufre una pesadilla sobre una mujer llamada Horacia, que se ha desnudado y mira sus creaciones como harapos.
Con angustia observa, entre la multitud, una primera mano arráncandose la segunda prenda y el instinto de manada surge: otro se desnudará a plena calle, a plena luz del día. Luego sueña que ese alguien dejó de soñar para él y agoniza como hoja muerta —seca y solitaria— lanzada a ese vacío que los astronautas llaman el mar oscuro.
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SEGUNDA PARTE
No ha sido una hoja otoñal sino la sábana, el sonido del despertador y el olor de su inútil marido; un bulto con sabor a rancio y ajado a fuerza de tanta repetición. Del amor ya ni se acuerda. Horacia mira el hueco del clóset y ahí el borde de las telas asoma una colección de fracasos y prendas fuera de sitio. No se explica cómo entraron hasta ahí, justo un metro de su intimidad y cómo pretenden pegarse a su piel. Lo recuerda con claridad: ninguna prenda combina con su cintura. No es que su cadera está bofa, que sí lo está, sino que las prendas están estropeadas.
Brinca de la cama para esquivar sus pensamientos tristes y se refugia en cocinar algo distinto, aderezado con una salsa que retire el mal sabor de boca de este amanecer. Con mal intención pone el radio en volumen alta, al nivel de la molestia auditiva, así despertará al marido para que se duche sin pronunciar palabra. Ella no solicita frases, requiere una solución: salvar su crédito.
Termina el desayuno y comienza una estratagema inviable como sería mudarse a un mejor trabajo.
Mientras el marido desayuna ella se interna en la ducha, para tardarse suficiente y no encontrarse con el extranjero con quien comparte el departamento. En la regadera siente que ha recibido una epifanía: su hijo resolverá este drama. Se apura a secarse y observa un nuevo lunar en la pantorrilla, casi se indigna con el destino biológico: no existe la juventud eterna. Quizá su hijo la ha perdonado por correrlo de casa cuando descubrió era homosexual. Se justifica: “Me engañó por partida doble, dijo que traía una novia con serias intenciones y resultó un travesti; era yo el hazmerreír de las vecinas; fui la última en enterarme y perdí la cabeza.”
Al vestirse, mira el espejo, y la combinación, de momento, es tolerable. Cierra los ojos y evoca el último vestido perfecto que ciñó su talle y deslizó sedoso sobre los hombros; las amigas miraron con envidia y el marido encelaba cada vez que ella se alejaba. Han transcurrido años desde esa ocasión.
El teléfono lo consiguió hace meses y no obtuvo respuesta. ¿Por qué sería ahora distinto? Porque ella lo ha decretado, desde que en una revista recortó la sección de auto-ayuda donde le indicaron la nueva actitud: tú pide y se te concederá. Animada repasa ese recorte impreso hasta decidirse.
Teclea un número.
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Brunotze siente una especie de cruda, casi no ha dormido y su mente funciona en automático. Sigue la presión para presentar el inminente desfile de modas. Pero sus modelos para estreno fueron copiados por piratas de las maquiladoras baratas; por más que esta empresa sea dominante, existen eficaces guerrillas empresariales que saturan los mercados con imitaciones baratísimas.  Y esto no siempre es un problema, únicamente cuando sus oponentes actúan con rapidez y calidad se debe reemplazar la colección de temporada. Ahora ese es el problema: a marchas forzadas deben rediseñarse los vestidos de temporada marrón-verde-dorada con nuevos modelos.
Suena el timbre del teléfono y aparece un letrero: “No mala madre”. Brunotze deja que corra la llamada y comience una grabadora.
—Sé que me esquivas…(siguen minutos de reclamaciones)… ayúdame con mi problema, no he podido estrenar en dos años, ya sabes lo importante que es... te dejo mi número… te quiero”
Brunotze escucha el mensaje a medias. Sigue trabajando en las modificaciones urgentes de diseños y la culpa empieza a inquietarlo, cuando opta por una solución.
Llama a su asistente y le ordena enviar un vestido completo a la dirección de su madre junto con una hoja de otoño y un recado: “No me llames nunca al trabajo.”
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El asistente es eficiente y coloca una enorme hoja de maple en el paquete.
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Horacia está desconcertada. La alegría del vestido enviado se contrapone con el recado; la hoja es un enigma que, de momento, no le importa. Ella —luego de darle muchas vueltas en la cabeza al asunto— opta por recibir la alegría y desechar lo malo. Esa recomendación también aparecía en la misma revista y no creía en las casualidades, debía de existir un mensaje positivo. En una hornilla de la estufa quema el recado y moja las cenizas en el vertedero hasta deshacerse de la evidencia. Piensa: “Al contrario, la reconciliación se aproxima”
La hoja de maple seca la coloca bajo el cristal del buró junto a la cama; algún día sabría el significado.
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No es lo mismo recibir un vestido en un paquete que comprarlo en el gran almacén. Para Horacia resultaba un ritual hurgar y escoger su modelo preferido entre cientos de anaqueles; ante un caso desesperado un salvavidas es suficiente, aunque ella preferiría algo mejor.
El vestido es precioso y ella recuerda otros instantes de estreno. Se mira al espejo y éste le sonríe. Es tarde, pronto vendrá el marido. Al menos esta vez sí servirá de algo: para constatar un debut y el regreso de la alegría. Ella se arregla y maquilla, aunque le gustaría contar con una profesional.
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Son las ocho de la noche. El marido es puntual, no suele atrasarse.
Mil ideas pasan por la cabeza de Horacia. Telefonea a la fábrica y le dicen que él salió a tiempo. Lo busca en el portátil y no responde. Insiste y nada. Telefonea a una amiga para quejarse, luego a otra, incluso marca al hijo sabiendo que no le contestará… y la vuelve a hacer hasta que el horario es imprudente, pues avanza la medianoche.
Ella notifica a la policía y al servicio de personas extraviadas. Transcurren más horas.  Está furiosa, triste, enojada, preocupada, despechada, sorprendida… A las cinco de la mañana está cansada, muy agotada y tensa. Empieza a dormitar sobre la cama tendida, cuando la inquieta un ruido en la cerradura. Despierta, se mete rápidamente entre las sábanas. Finge dormir, no quiere que él se dé cuenta de que ha sufrido por su ausencia.
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Unos pasos y él enciende la luz del cuarto. El maquillaje corrido por las lágrimas de Horacia distorsiona su expresión. El marido se ríe como si observara a un comediante de carnaval.
—Y todavía te ríes —le gruñe indignada Horacia.
—No importa, me emborraché porque la próxima semana cierran la fábrica y nos correrán a todos.
—Eres insufrible.
Horacia está demasiado enojada y turbada para sentir compasión por el marido o por sí misma. Le exige apagar la luz y murmura maldiciones contra el destino.
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Ella se acuerda que soñó con las puertas de un enorme almacén para ser la primera en comprar un vestido de moda… al final quedó una hoja marchita. Al menos, eso queda en cada temporada. 

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