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viernes, 12 de abril de 2013

MOCTEZUMA: —CORTÉS, TU TÁCTICA VICTORIOSA, MI ESTRATEGIA PARA LA ETERNIDAD



Por Carlos Valdés Martín

El emperador Moctezuma murió apedreado por su gente cuando se presentó ante la multitud indignada e intentó evitar que atacaran a los soldados del conquistador Hernán Cortés. Los aztecas se habían enardecido luego de una artera matanza contra pobladores desarmados quienes celebraban una festividad en el Templo Mayor. Esa masacre fue orquestada por el capitán Alvarado cuando estuvo algunos días al mando de las fuerzas de Cortés en la Tenochtitlán ocupada.

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“Lo mío no es inocencia, ni entrega idiota. Te imaginas, Hernán, que mis actos son torpezas y debilidades fruto de superstición y crees que nuestros dioses nos conducen hacia el fracaso. Pero esto no sucede como imaginas, tu sueño es un fragmento de mi pesadilla; tu sueño es el triunfo, mi pesadilla es un sacrificio sin medida. Para mi pueblo ya había sonado la hora del sacrificio supremo para caer ante extraños y doblar la cabeza, como el venado flechado por cazadores. Era inevitable apurar la derrota y postrarse ante el ganador. La mayoría de mi gente ignora el verdadero plan, no sabe que debemos inmolarnos. Ellos ignoran el fondo y creen que los traicioné. Ese odio de mi propia gente duele más que mi próxima muerte. No es necesario adivinar el futuro para anunciar mi sentencia de muerte y ahora mismo siento una tumba alojada en el frío de mis huesos”
Bajo el manto de la noche silenciosa Moctezuma mira hacia la inmensidad. Su interlocutor está ausente, Cortés ha salido para buscar nuevos aliados entre tribus vecinas que aborrecen a los aztecas. Tenochtitlán, la ciudad en medio del lago, en su completa extensión huele a cadáveres insepultos y hambre. La brisa fresca cada noche viaja desde la montaña y atraviesa el lago que rodea la ciudad, pero ya se ha mezclado con el olor del miedo. El rey prisionero mira por una pequeña abertura dirigida hacia la región celeste donde atraviesa la estrella de Quetzalcóatl. Afuera un guardia duerme parado, apoyándose en su enorme lanza para soportar el peso. Un pequeño cuarto del palacio de Tenochtitlán sirve como prisión improvisada para el rey azteca.
Las lágrimas ruedan por su rostro, mientras Moctezuma repite un argumento discutido tantas veces con los sacerdotes supremos cuando ellos adivinaron el futuro: “Sacrificarse es el mejor medio para sobrevivir; es infinitamente mejor caer ante los soldados de León y Castilla, que resistir otro siglo para luego terminar aniquilados ante la siguiente oleada de invasores. Ese es el destino: ha de perecer la mayoría para que unos cuantos sobrevivan, no existen salidas sencillas. Quienes no aceptaron ese destino huyeron hacia los desiertos y a las selvas, ahora son peregrinos de su perdición, obligados a refugiarse en desfiladeros y olvidar el esplendor de estas pirámides de Tenochtitlán. Un plan tan osado y de largo aliento jamás lo comprenderían los jóvenes. Los sacerdotes lo previeron todo a detalle y, en ceremonias solemnes, ellos propagaron la profecía del regreso del dios Quetzalcóatl Serpiente Emplumada para que el pueblo reverenciara a los invasores sin conocerlos y sin saber que serían sus verdugos. Los sacerdotes lo repetían cuando surgían luces misteriosas en el cielo: ‘Viene el dios desde Oriente’. En las festividades ellos mismos colocaban joyas y espejos dentro de los animales ofrendados para gritar que eso era un prodigio y convencer a los escépticos de algo increíble. Cuando tuve las primeras noticias sobre teules comprendí que los días tormentosos habían llegado, pues era verdad todo lo previsto por los adivinos. Antes los preparativos hasta parecían un juego, como preparar el festejo para un invitado que no confirma su asistencia a la gran fiesta. Seguí con la representación y envié embajadores para que pusieran cebos en tu camino, no fuera a ser que desviaras de la ruta segura hacia mi Tenochtitlán. Con regalos preciosos cebé tu ambición. Y objetos prodigiosos con que me correspondiste sirvieron a nuestros fines. Yo mostré los extraños cascos y espejos que enviaste, de ese modo los dudosos calmaron su aprensión y los últimos desconfiados creyeron que sí venía nuestro dios Serpiente Emplumada.”
Moctezuma hace una pausa para clavarse una espina de maguey en una coyuntura, un sitio donde no sangra y nadie lo notará. Vuelve a sus cavilaciones atrayendo a su interlocutor imaginario: “Mucho antes de la llegada de tus hombres barbados, como gobernante debía ofender a nuestros vecinos, por ejemplo, atacando a los tlaxcaltecas y mixtecos para que nos odiaran con vehemencia. Nuestros vecinos se arrojaron en los brazos del extranjero. Su alianza contigo, Cortés, no fue por traición, pues no les dejamos alternativas y debían aborrecernos. Cumplí el plan al pie de la letra sin descuidar esfuerzos ni omitir minucias. La profecía de los sacerdotes se cumplió, sin embargo, es terrible cargar con esta culpa. Hoy mismo los jóvenes guerreros se agolpan exigiendo un guía valiente y escupen sobre mi nombre diciendo que soy un cobarde. Las mujeres esconden entre los brazos a sus críos temiendo la muerte que ronda por toda la ciudad; ellas tienen razón, el eco de sus gritos me persigue y no duermo. Sus lamentos confundidos con el viento que baja desde las montañas me perseguirán hasta el Inframundo. Recuerdo a mi hermosa nuera intentando arrancarme la verdad con desesperación: —¿Es cierto lo que afirma la adivina que mis hijos varones morirán y mi hija calentará el lecho de un teul blanco y barbado? ¿Demolerán nuestros templos sagrados?”
El emperador suspiró, clavó sus ojos en las estrellas intentando contener el llanto. Había conducido a su pueblo al borde del precipicio y faltaba lo peor, todavía deberían lanzarse y caer cual enjambre de insectos en un pozo, separando sus miembros como lo indica la enorme piedra de la Luna: brazos descoyuntados y separados del tronco. A la distancia escuchó el rechinar de las ropas de Pedro de Alvarado, a quien Hernán Cortés confiaba las tropas en su ausencia; ese olor y sonido le eran inconfundibles, mezcla de cuero y metal. El capitán español tampoco dormía, temiendo que una sublevación de los aztecas le tomara por sorpresa. El monarca era su rehén y garantía contra el pueblo ofendido, pero Alvarado olía el descontento y deseo de venganza entre los jóvenes nativos.
—Despierta guardia, que los idólatras están al acecho, si sigues dormido puedes despertar con la garganta cortada.
—Sí, señor, fue un pestañeo —tembló el guardia, mientras sentía la sombra de su jefe avanzar con paso decidido.
Alvarado traspasó la sencilla cortina del umbral; encontró al emperador de pie mirando por una pequeña ventana y contra el reflejo de la luna creciente observó lágrimas corriendo. Escupió el sabor amargo de la boca hacia un costado: —Majestad de los aborígenes, no vaya a decir que le maltratamos; esas lágrimas podrían molestar a su gente; de por sí, los suyos traman ideas alocadas; a ellos no quiero verlos levantar hachas y macanas.
El capitán acostumbra mantener la mano diestra sobre la empuñadura de su espada. Ante el silencio del emperador indígena, el capitán llamó a la intérprete que lo seguía pero no había traspasado el umbral, pues la antigua ley no permitía a los nativos acercarse ni mirar al gobernante. Desde la llegada de los extranjeros, las añejas reglas estaban quebradas, pero la gente seguía acostumbrada y reverenciaba a Moctezuma.
Con paso suave y cabeza agachada para no ver al Gran Señor de Tenochtitlán, la intérprete se colocó a un lado de Alvarado, quien dijo: —Debes hablar con tu gente poniendo una mejor cara, nada de lágrimas ante el pueblo.
Y la joven repite.
El emperador pasa el dorso de la mano por sus mejillas, suspira y medita un instante. Ya sabía que Alvarado era un animal salvaje, listo para lanzarse contra cualquier presa. El rey desea tranquilizarlo, sin embargo, el cansancio doblega sus párpados. Explica su tristeza al fiero soldado, quien no cree ni una palabra de lo dicho.
Mientras la temblorosa doncella traduce, el sueño asalta y se apodera del emperador que da un traspié. Con los ojos cerrados su mente vuela y en un instante contempla las estelas destruidas, el rugido de cañones haciendo temblar la tierra y una turba de enemigos degollando a su familia noble. Sueña al volcán que domina el Valle de México en erupción y sus propios esfuerzos vueltos ceniza; por si algo funesto faltase: una multitud maldiciendo su recuerdo y pisando su tumba. En la niebla del caos un fiero ocelote acecha y lo persigue; ese animal también es persona, efecto del nagual que mezcla gente y bestia. El ocelote-persona con figura de invasor empuña una daga y avanza rápido, mientras el emperador está agotado. Moctezuma da un paso hacia atrás y abre los ojos: en la semioscuridad distingue a Alvarado avanzando con furia y alzando la mano con un acero.
—¡Ni un gesto en falso! —grita Alvarado al reaccionar contra un movimiento inesperado y blande su arma— Ni se te ocurra nada, que este filo toledano anda hambriento.
El rey murmura: —Tu sueño también es un fragmento de mi pesadilla.

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Cuando los teules llegaron por primera vez a Tenochtitlán hubo un temor revuelto con inquieta curiosidad y hasta alegría por suponerlos dioses. Ellos fueron alojados en los recintos reales y rodeados de mimos, pero no estuvieron satisfechos. Esas primeras impresiones quedaron pronto aniquiladas por el comportamiento violento de los soldados, el maltrato hacia los nativos y la insistencia por acabar con la religión local.
Hernán Cortés está afuera de la capital azteca, viaja sin descanso para buscar refuerzos entre los indígenas de la zona. Sus soldados temen una sublevación por el descontento de los aztecas.  Cada día el Capitán General se entrevista con distintos caciques y los compromete a enviarle más tropas, él tampoco confía en los aborígenes, pero sabe que el odio entre las tribus es grande y muchos imaginan que la caída de los aztecas los beneficiará.
En Texcoco no han aceptado apoyarlo contra los de Tenochtitlán, pues su alianza centenaria los obliga a seguir fieles. Cortés consigue un pacto con otros caciques, pero recibe noticias inquietantes que lo apresuran a moverse más lejos. En un par de jornadas localiza a un contingente militar enviado desde Cuba con intenciones hostiles. Tras un golpe de fortuna, Hernán Cortés logra convencer a la tropa de Pánfilo Narváez para unirse a su causa y obtiene más soldados y armas.
Mientras tanto el capitán Alvarado, a cargo de Tenochtitlán, ha atacado una enorme reunión festival y masacrado a los asistentes sin respetar a mujeres ni a infantes. Apresurado y temiendo una sublevación, Cortés debe volver a la capital azteca.

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Un augurio espantoso se extiende a modo de enfermedad, a diario los aztecas de la capital caen enfermos por centenares y, sin medios para seguir los rituales funerarios, algunos dejan caer los cadáveres al Gran Lago que rodea la ciudad.
Con un numeroso contingente de indígenas aliados regresa Cortés a Tenochtitlán. Poniéndose el sol tras las montañas la oscuridad desciende con su manto y enciende las estrellas sobre las aguas serenas del Gran Lago. En el centro de la ciudad, las calles están casi vacías cuando las mujeres se alejan corriendo y los jóvenes se quedan ocultos.
No es necesario que le reporten a Cortés del comportamiento salvaje de Alvarado y sus soldados durante su ausencia, siempre lo ha sabido: ese hierro ardiente se refrena por poco tiempo.

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Moctezuma está sentado en cuclillas, según una estricta disciplina, descansa el cuerpo sobre los tobillos, con la cara entre las piernas y los brazos arriba. Curioso ovillo humano, para ocultarse del ambiente y escapar de la tragedia, por fin una breve siesta en paz que es interrumpida.
Acompañado de su fiel Malintzin, entra Hernán Cortés al pequeño cuarto de cautiverio, saluda y continúa con una disculpa: 
—Siento una gran pena por las acciones de mis soldados, no han obrado conforme a las enseñanzas de nuestro único y grande Dios, lo cual no excusa que tu gente caiga en idolatría y sigan empeñados en sus rituales demoniacos.
Cada palabra es traducida con un murmullo dulce de doncella.
Moctezuma levanta la cabeza y aleja la neblina del cansancio: 
—Nada justifica la matanza de Alvarado, tu gente no fue agredida; los asistentes estaban inermes en el Templo Mayor; pero no vienes para lamentarnos de los muertos. Tus motivos suelen ser urgentes.
—Deberás excusarnos ante los tuyos, habrás de calmar los ánimos.
El monarca habla con pausas para dar tiempo a la comprensión: —Lo haré como me lo pides pero será inútil. Abrí las puertas de la ciudad y entregué a mi pueblo, para que el dolor no fuera tan prolongado. Nuestros dioses aconsejaban el sacrificio y sometimiento. Comprendo que debemos darles hasta nuestra sangre; pero no de ese modo, no acepto que destrocen a tantos inocentes; en ninguna guerra se debe perseguir a mujeres y niños. Ya sé que ese Alvarado siembra el miedo hasta paralizar los corazones. Tú tejes alianzas, prometes… —el rey indígena duda mientras aprieta discretamente una espina de maguey entre sus manos, según una costumbre de penitencia para dominar el dolor— en fin, posees el don de mando. Esa otra bestia hambrienta cercena y descuartiza… Siempre he cumplido mis promesas para que ganes… Pero, señor Hernán, aún sigues desconfiando, cada vez traes a esta ciudad a más enemigos y me refiero a tantos caciques enardecidos. Bien sé que esos caciques nos odian, yo mismo los provoqué durante años. Sin embargo, yo que tú no jalaría tan fuerte de la cuerda que ata el cuello de mi pueblo…
—No tomes a mal que siga trayendo refuerzos, es un tema de táctica militar para juntar más fuerzas aliadas. Eso lo debes comprender.
—Entiendo, Cortés, tu táctica es para la victoria, mi estrategia para la eternidad. Una victoria la merece el fuerte y audaz, la eternidad es manto de estrellas cubriendo el honor de los justos y su pueblo. El Quinto Sol renació tras un cruel sacrificio. Ahora es temporada de agonía, pasado mañana para renacer; la semilla de maíz muere en la tierra y renace en cada estación.
El gobernante prisionero volvió a sentir el peso del cansancio y guardó silencio. Hernán Cortés sabía escuchar y antes de cualquier decisión medía las posibilidades de sus oponentes. Moctezuma era una pieza muy valiosa de su arsenal, pues quizá volvería a calmar los ánimos rebeldes de los aztecas que anhelaban vengarse luego de la matanza: —Debes calmar a tu gente, muchos resultarán dañados si se dejan conducir por sus impulsos; ya he elogiado tu prudencia y he prometido respetarte, así como a tus familiares.
Cortés, conocía la valía de la cautividad de rehenes en guerras de conquista, una astucia sabida desde hacía siglos.
—Lo haré, calmaré a mi pueblo, sin embargo no lo haré por tus promesas, sino porque así está marcado. Mientras más breve sea la entrega, menos dolorosa será la agonía. Intercederé, una o cien veces, suplicaré a los guerreros que dobleguen las lanzas ante ti cuantas veces sea necesario.
Cortés rasca su barba crecida, mientras sonríe con superioridad y, en un atisbo de predicador, comenta: 
—Lo equivocado con tu pueblo es la religión idolátrica; mí gente ganará por la Providencia, para limpiar estas tierra de efluvios diabólicos y abrirles el camino del cielo a ti a tu gente.
El azteca mira al conquistador como si permaneciera al otro lado de una montaña de cristal:
 —Mis dioses no odian a los tuyos ni están abandonándonos; sí es cierto que ellos nos castigan con dureza y desde tu lado este castigo nuestro resulta absurdo. Hay un motivo en los glifos que no te había dicho. Tu palabra se esconde en pequeños garabatos, que perdurarán en el frágil amate; en cambio, esculpidos en piedra y dibujados en códices, nuestros hermosos signos mañana serán un enigma. Nuestra caída empezó hace mucho cuando los seguidores de Tezcatlipoca expulsaron a Quetzalcóatl, así, nuestro guía dejó su obra inconclusa y quedamos como huérfanos. ¿Qué importan esos signos que ustedes atesoran? Desde Aztlán, nuestros antepasados cruzaron el desierto y la agónica travesía se transmitió de boca en boca desdibujándose cual nube que se aleja; después cuando levantamos con orgullo nuestros monumentos de roca quedó un detalle pendiente. ¿Quién nos comprenderá mañana? Es suficiente agonía entregarnos ante tus lanzas y hogueras con la esperanza de que sobrevivirán los aztecas cautivos para repoblar estas tierras. Pero eso no es todo. Con los pequeños garabatos la memoria regresa. Esta triste noche quedará fija en tus signos, con más dureza que en códices y piedras; así, alguno conservará esta desgracia en esos garabatos. Después alguien más soltará este recuerdo como un ave que regresa al nido —la voz del rey se quebraba— y en otra noche lejana un desconocido sabrá del corazón acongojado de Moctezuma ante el Capitán General Cortés. Una noche el pájaro estará regresando al nido en forma de garabatos. Esto lo previeron los sacerdotes y si en lo demás han acertado ¿por qué habría de desconfiar de otro augurio? Aunque el gran Hernán no crea en la palabra sincera de este prisionero y mueva la cabeza negándolo.
El conquistador interrumpió y lanzó una mirada de incredulidad: 
—Ahora no interesa platicar de signos ni augurios ni aves que vuelvan a sus nidos, interesa sobremanera confirmar tu promesa de que calmarás a la gente.
El emperador decepcionado por la inutilidad de su explicación: 
—Ni la palabra honesta ni la lágrima furtiva traspasan tu coraza de guerrero, pero no tengo nada que hacer con la más justificada de todas mis tristezas. He hablado en demasía, te bastará mi palabra que es de honor...
A lo lejos sonó el caracol que atravesó completo el Valle de México y los interrumpió. Según una costumbre ancestral, desde las remotas costas los mercaderes traían piezas de caracol marino casi del tamaño de una cabeza. Al soplar con precisión sobre una incisión central, se crea un sonido bajo y potente, que se expande y obliga a voltear las miradas como si anunciara la proximidad de un temblor de tierra. Según su tradición ritual ese estruendo servía para proclamar eventos solemnes y abrir las grietas del trasmundo.
Cortés levantó la cabeza y pidió atención, sospechando que eso anunciaba una convocatoria para sublevar a la gente.
El caracol volvió, pero no aislado, vibró un coro proveniente desde los cuatro puntos cardinales:
 —¿Qué es eso que escuchamos?
Malintzin contestó a Cortés: 
—Son los caracoles ceremoniales, pero hoy no celebran ritual alguno.
El monarca inclinó la cabeza a modo de despedida: 
—Los caracoles al sonar anuncian el final, después viene una noche profunda con oscuridad sin estrellas y en su pozo sin fondo dormirá la semilla esperando amanecer. Nada quisiera más que apurar ese amanecer cuando el ave regrese al nido, ya que para mí todo lo demás es silencio.

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