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lunes, 25 de julio de 2016

EL OJO DE LA AGUJA MIRÁNDOTE






Por Carlos Valdés Martín

A mitad de esa muralla etérea, reposa la única aguja de resplandor diminuto que —discreta y espléndida— muestra el cielo y cómo se bloquea el pase hacia allá. La muralla no está formada de piedras ordinarias, al contrario, fue ensamblada tramo a tramo con resplandores nubosos, los cuales son resistentes al olvido y fijos hasta la obsesión, por tanto, sus materiales son mejores que el granito y el cemento.
Desde este lado, su utilidad no resulta evidente y, al parecer, desde el otro, sus servicios nunca son requeridos. La tesis obvia de que nadie traspasa el ojo de la aguja creció hasta ser leyenda y, de tan sólida reputación, el sitio quedó como curiosidad. Una puerta por la que nadie cruza sería inútil visitarla. 
Paseando y por casualidad, del otro lado oí a un rico desconocido —esforzándose y graznando— con sus dedos puntiagudos de tanto esmerarse contra el ojo angosto de esa aguja.
Desde acá se le escuchaba pujar, jadear y refunfuñar. Al principio supuse un capricho y luego me parecía que él no cejaría bajo ninguna circunstancia. La brisa de eternidades avanzó con calma hasta que perdí la noción del tiempo y el esfuerzo que oía me arrulló.
De este lado del muro etéreo, no parecía suceder “más nada” que una luminosidad celeste acalorando a las almas puras. Últimamente los arcángeles me perecían excéntricos y su plática, cuando se prolongaba, era difícil de atender. Así que la curiosidad me mantuvo ante ese espectáculo del pujar y refunfuñar que mostraba algo conmovedor.
Tomé una posición cómoda y permanecí sin moverme. Escuchando con atención me di cuenta de que solamente era uno. Nada más que uno, lo cual me provocó curiosidad, pues alborotaba como una legión. ¿Uno solo tentaba atravesar por el ojo de la aguja? Un antiguo cuento árabe narraba de una legión adoctrinada para combatir hasta abrir el orificio celestial, pero fracasaron y el resultado fue que ellos se convirtieron en los granos de arena desértica y hoy las dunas son su limbo. Cuentan que las tormentas de arena son esa legión que despierta nuevas esperanzas de colarse en el más allá, pero vuelven a caer al recordar su necia impiedad.
En la puja del rico su figura resultaba difícil de ver, siendo demasiado tenue para aglomerar carne y demasiado densa para definir a un fantasma.
En estricto sentido antes no había notado la importancia de la aguja para bloquear el paso hacia las regiones etéreas. Comprendí que poseía un enorme significado esa humilde aguja, como suspendida entre la trama de resplandores nubosos. 
Vi un arcángel en las proximidades y lo perseguí para que explicara más sobre la aguja. Después de instarle, Hamaliel accedió, sonriendo casi con coquetería y  silbó una frase:
—Para el espíritu el tamaño no importa, para medir distancias o proporciones está la materia dura.
Su tono era tierno y un halo luminoso lo rodeaba antes de desvanecerse.
Volví a mi puesto de observación insatisfecho con ese comentario. Cuando el rico cejó en sus esfuerzos miré hacia su lado: se había dormido profundamente y sus manos hinchadas denotaban la pelea: migajas de resplandores incrustadas entre la dermis cerosa y las uñas irisadas. A contrapunto de que yacía dormido, la boca conservaba un rictus de enfado. Al observar con más detalle su estatura, noté que menguaba, pero con un efecto casi imperceptible, decrecía un milímetro o menos.
Me alejé y perseguí a otro arcángel en busca de explicaciones y esta vez topé con Gabriel:
—El agua al acometer contra el mínimo orificio lo traspasa, lo mismo el aire que desinfla un globo, pero la voluntad que se supone férrea, cuando no obtiene lo que desea, luego ¿se mantiene firme?
Lo último no era una pregunta ni una respuesta, siguió una pausa (de esas que anuncian eternidades) y siguió absorto en elucubraciones insondables.
Lo abandoné y volví hacia ese ruido interesante. De nuevo en mi posición de observación, con palabras intenté cuestionar al excavador que se esforzaba, pero no hizo caso. Pujó, jadeó y refunfuñó. Cuando pareció menguar su esfuerzo, insistí en interrumpirlo con argumentos. Él no estaba dispuesto a esa plática, así que grité contra las costumbres del espacio etéreo.
Más que un simple grito, fue una descarga eléctrica que turbó el firmamento y un rabo de nube se convirtió al color gris.
De mala gana, el rico se detuvo. Ante mi cuestionamiento, confirmó que él buscaba conquistar el lugar más valioso. Intenté disuadirlo que este lado del universo permanecía ajeno a sus esfuerzos. Procuré tranquilizarlo y descubrir qué lo había conducido hasta ese borde amurallado. Luego él justificó que en el cielo debería encontrarse a su esposa y que en algún lejano futuro llegarían sus hijos.
Le respondí que no había visto a la mujer que él buscaba y que cavar sin herramientas un agujero imposible no daba méritos para acceder al cielo:
—Lo que no sea tuyo, no lo forzarás cavando.
Descansó y dejó de pujar contra el pequeño orifico, en lugar de eso se quedó mirando. No pareció convencido y solicitó un favor. Accedí y quedé en darle noticias sobre su finada esposa.
Antes de acceder a sus ruegos, tuve que interrogarlo para comprobar si la anhelada consorte era un alma con merecimientos celestiales o, por infortunio, era una belleza pueril que lo mantenía hechizado después de la muerte. Con sinceridad me convenció que ella era un alma destinada a las regiones más sublimes.
Antes de dedicarme a una búsqueda que podía ser infructuosa, pedí más consejos. Encontré a Gabriel entretenido aceitando una espada flamígera y le expliqué ese caso:
—Si él contempla a su amada, desde donde él esté ese será su cielo; si no la encuentra, descenderá derrumbado...
—Pero si por imprudencia vas a convencer al rico que su amada no mora entre los cielos, de inmediato él habitará un infierno. Además, luchar contra un pequeño orificio no es un castigo para quien busca la recompensa, recuerda a Sísifo… Recuerda y promete que no dañarás a quien permanece del otro lado.
“Dañar” es un verbo escalofriante para los habitantes de las alturas. Me retiré pensativo.
Después de meditarlo, concluí que “posponer” es un verbo más aceptable que “dañar”, aunque cuando un mal se perpetúa para quedar siempre pospuesto, se define como un mal eternizado.
Miguel, el arcángel se dedicaba a inventar un reloj con carátula, donde cada mitad abarcaba una eternidad. Antes de saludar, elogió su propio esfuerzo argumentando lo inútil de ocuparse sobre años o segundos por referencia a los periodos terrestres, pero “¡Qué gran objetivo el pautar las eternidades!” Él brillaba como un dios Cronos benévolo, que, a la inversa del devorador de hijos, se entretenía con el arte de desafilar la guadaña.
Le plantee mis preocupaciones y él dio su respuesta:
—En el firmamento la Verdad es un derecho, pero en la tierra la ignoran dentro de su Ley, en cambio reclaman cualquier reglamento de protección y beneficio. Moverse en la ignorancia es nadar en un pantano, mientras más te agites en lodo más te hundes… Sí, dañar es terrible; pero la Verdad es el aire de las alas y el oxígeno de los pulmones, lo demás son palabras al viento.
Cuando le objeté que primero debes poseer la Verdad para compartirla después, agitó las alas con desesperación, para alejarse y alcanzar una “luz jactanciosa”, una de esas luminarias que advierten el futuro con integridad. A penas parpadee él ya había desaparecido en el horizonte.
¿Cuál era la Verdad? Que yo era incapaz de revolver y esculcar entre todos los infinitos para garantizar que ahí no vagaba la esposa amada. Quizá ahora ella no estaba, pero en el momento mismo de afirmar “no está” también era posible que la amada esposa se corporeizara, en un parpadeo al franquear el último peldaño de la Escalera al Cielo. Curioso que si hay un acceso franco no se encaminen las multitudes por su sendero, quizá porque el primer peldaño deba llamarse “fuerza” a modo de una cualidad tan poco comprendida y que el siguiente escalón implique un salto cuántico tan veloz como saltar de Marte a Venus, el planeta de la belleza, en un pestañeo.
Cuando regresé al muro, tras el ojo de la aguja adivinaba la mirada ansiosa, plena de interrogantes.
Fui convincente y el rico quedó tranquilizado al explicarle que ninguna búsqueda exhaustiva le garantizaría que ella no estaba ahí. Cualquier “no” representaba un paréntesis y el equivalente a un “no sé”.
Luego preguntó, pletórico de ansiedad, sobre cómo se prodiga el amor en las alturas y lanzó su interrogatorio:
—¿Si el amor abandona su carácter sensual, no acaba por desdibujarse? ¿Para dejar los rencores debemos olvidarlo todo, incluso la pasión? ¿La ausencia de carne termina las sensaciones hasta desvanecerlas? ¿El espíritu alcanza a densificar su propia dermis?
Las preguntas sin respuestas señalan un paréntesis ante la inmensidad traslúcida de los reinos celestes. En mi condición de alma novata comencé a formar un remolino alrededor del orificio de la aguja. Era un remolino que se empequeñecía, cuando vinieron a mi mente fragmentos de poema Muerte sin fin: “radiante atmósfera de luces… alas rotas en esquirlas de aire… red de cristal… desnudez de agua tan intensa… orbe tornasol soñando… azules botareles de aire…
Sin alcanzar a regocijarse, el rico se tranquilizó con esas frases.
Volvió la calma y él miró en silencio, sentado sobre sus rodillas. Un cansancio antiguo vaciaba su mirada.
Para entender el sentido de sus pupilas agotadas, intenté acercarme. A final de cuentas, al carecer de cuerpo, yo era capaz de traspasar el ojo de la aguja en sentido inverso. Desde esa pequeñez observé con detenimiento al personaje incapaz de entrar: vestidos de lujosas sedas, joyas en las manos y, en fin, los vestigios de sus doradas cadenas terrestres.
Cuando él me miró asomando la cabeza empequeñecida, de pronto comprendió y sonrió:
—Para un camello, el paso ha de ser viable.
Entonces comenzó su conversión.

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