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domingo, 16 de octubre de 2016

TERCER LIBRO DEL MIEDO DE MARK TWAIN






Por Carlos Valdés Martín


Nota introductoria: lo que sigue pertenece al género literario, mejor que al de análisis literario, según lo descubrirá el lector atento. La exactitud para recabar fuentes y descubrir el legado de los libros se tropieza con curiosos efectos, cuando se trata del cosmos fantasioso; entonces surgen algunas complicaciones y varias licencias como sucede con el recolector de anécdotas bibliófilas cuando queda adormecido en la faena diaria. Luego despierta recordando que siguió leyendo pero un volumen distinto que no encuentra en ningún sitio de la gran biblioteca.   


La serie publicada de Tom Sawyer y sus secuelas presentan un aspecto del miedo adolescente —digamos infantil, hasta naif— que ahora resulta esterilizado y no nos afecta. Su segundo gran libro, en dado caso estremecedor por tan discreto, el Diario de Adán y Eva, cuando el jardín del paraíso quedó habitado por esas dos figuras tan opuestas. El tercer gran libro dedicado al miedo de Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens) nunca se ha encontrado y, rascando entre las memorias de las bibliotecas extrañas que visité en la adolescencia, se apareció entre sueños para explicar que ahí Twain escribió una evocación del Apocalipsis de Juan, pero bajo otra panorámica. No trata del final del mundo, sino del final de los afanes humanos. ¿Qué se termina en el próximo minuto sin pena ni gloria? ¿Las horas muertas cómo que no encuentran su tumba? ¿Las esperanzas perdidas escapan de los mausoleos? Ese sueño mostró que fue un libro completo y que el autor optó por destrozarlo. El motivo para destruirlo fue que se cumplía con excesiva frecuencia en detalles insignificantes, por ejemplo la vez que escribió: “3 o’clock Mrs. Mary Wallace will arrive with cookies. I order dont open, if that happens in that very moment.” El escritor quedó descorazonado cuando ella llegó puntual y debió permanecer impasible obligado por su predicción a no abrirle. Miró discretamente tras la ventana a Mrs. Wallace alejarse con la charola de galletas entre las manos, entonces ese miedo visitó su corazón y no lo abandonó ni en el lecho de muerte.

Entonces ¿por qué terminó el libro? En las primeras páginas del libro estaba escrito el vaticinio de que sería terminado. No había opciones para Twain y las noches de quinqué (según la tecnología luminosa antes de la eléctrica) se prolongaron en una loca carrera hasta terminar con ese volumen. Aunque, cabe señalar que para los géneros literarios existen estantes misteriosos como uno que se rotula: “LIBROS DESTINADOS A NO SER PUBLICADOS”. Algunos manuscritos se rescatan post-mortem y se materializa ese estante de ficción; incluso existe otro que son “LIBROS CITADOS POR OTROS AUNQUE NO LOCALIZADOS” y todavía existe un tercer estante de “LIBROS CITADOR POR AUTORES REALES QUE SOSPECHAMOS LOS INVENTARON”. En esta última categoría hacía visitas Jorge Luis Borges, pero cabría suponer que él afirmaba habitar en la tercera casilla, porque la presencia de la segunda y la primera someterían a sus lectores a tareas fatigosas a modo de Hércules literario, pero el argentino sintió conmiseración por sus lectores. 

La importancia del Apocalipsis en la Biblia ha implicado tentativas, más o menos, lúcidas para reordenar la clasificación de los libros inventados,[1] más aún para continuarla o refutarla. Este caso fue un libro intermedio que al escapar a una clasificación se convierte en un caso singular. Si el texto saltó del horror final al horror sin fin, ya que se sustenta en la ausencia de un final para una multitud de almas eternas que nunca encuentran ni un Dios ni un paraíso, entonces el efecto es un sistema caótico de eternidades disparadas contra el tiempo; más preocupante sería la supuesta superioridad de un Juan visionario (¿o un apóstol concedamos a sus fans?) sobre Cristo, con herejía incluida. Herejía de ambición pues ¿cómo osaría un discípulo a revelar las últimas verdades en lugar del Hijo? Dejemos esa duda para volver a lo principal.  

La pasta verde olivo del Libro de Twain da espacio al rótulo “3th Y/Fear Book”. La genialidad tipográfica para combinar la F con la Y define la clave a modo de truco del ministro D, en la “Carta Robada” de Poe. El lector distraído cree tropezar con un almanaque anual, en la modalidad inaugurada por Franklin en América, con la recopilación práctica de recomendaciones para los granjeros, recetas de cocina y los acontecimientos más notorios del ciclo anual, aderezado con anécdotas simpáticas y viñetas locales. El lector distraído creerá que el genio de Twain-Clemens se entretuvo con la nostalgia de las granjas alrededor del Mississippi y obtuvo un pasatiempos cualquiera; solamente el investigador perspicaz descubrirá que la F de Fear predomina sobre la Y de Year, casi para confundirse en Tear. Resulta fantasiosa la hipótesis de un error tipográfico colosal, operado por un linotipista vengativo mancillando un título, que obligase a repetir la impresión de la Y mayúscula, para sobreponerse a la original F. Aunque es aceptable suponer la animadversión del gremio tipográfico, pues debemos recordar la desastrosa incursión de Twain en la tecnología de la impresión que le costó una fortuna y el descrédito práctico entre el gremio de los impresores. 

¿A qué le puede temer una persona suficientemente instruida y perspicaz? Aunque usted no lo crea, el elitista le teme a lo mismo que cualquier otro, aunque envuelto en sus complejidades. El hígado del aristócrata procesa el alcohol de la misma manera que el mozo que hurtó su cuartillo de champagne. El corazón del escritor laureado se atormenta con la misma noche que le ofrece una tumba fría o ante la vista del hospital de inválidos, por más que este personaje hubiese enfrentado repetidamente la experiencia del ahogamiento o la pistola suicida durante una mala racha depresiva.

La clave del argumento terrorífico de este tercer libro de Twain fue que él mismo era una invención y criatura colectiva del “genio de la joven América”. El autor resultaba por el haz de yoes colapsados en una empresa de síntesis creativa, así que a su fallecimiento los múltiples talentos se dispersarían entre los cielos. El argumento provenía desde una herejía (del “Soy el que Soy” de Jehovah al “Soy legión” demoniaco) y derivaba en la disolución esquizofrénica de la identidad. 

Existe una comprobación trivial de esa disolución de yoes este gran personaje: entre las fotografías del joven enérgico y rubicundo hasta el anciano de cabello blanco que fue filmado por Alva Edison la transición es evidente. Entre el punto de origen y la parsimoniosa vejez una infinidad de seudónimos surgieron en el camino, pero fueron hábilmente reprimidos; pero en esos años resultaba un recurso suficiente salirse del propio pueblo natal y luego alejarse de la patria en un periplo multianual. El complemento fueron los diversos seudónimos y la opción de publicar bajo personalidades múltiples, jugando a que se está disfrazado literariamente, cuando ha surgido una personalidad distinta para escribir. Si uno de los yoes escribió Bear, el siguiente saltó a Dear, el siguiente se instaló en Fear, para culminar decenas de personalidades adelante con Wear. Esa larga inestabilidad se refleja en la elección ambigua para un solo título y terminar empalmando entre la F y la Y, como si dos brazos pulsaran fuerzas entre la inocencia del anuario y el Libro del miedo. Por salud mental debía ganar un libro publicable que tratara de las cotidianeidades pero revestido de humor, eso sí sutil y abundante humor.
El miedo habitando entre los otros —aislado y estéril, no el contagioso— nos provoca un mínimo temor, en compensación sentimos la superioridad y el control sobre nuestros yoes; por eso las películas de terror son mercancía de consumo. A modo del miedo ajeno se dibujó la Y griega. La misma legra Y, junto con su significado disyuntivo fue dibujada intencionalmente a modo de un camino bifurcándose; eso lo sabía bien Twain, cuando describió un recodo del río Mississippi a modo de meandro protector para los chicos aventureros Tom y Huck. Al terminar con un punto final, el lector y el escritor tomaremos —cada uno— una senda distinta, un brazo diferente de la Y, hasta que una futura bifurcación nos cruce inesperadamente. 

En sentido inverso, el libro está prestándole existencia al autor, así el Juan (indefinido, no identificable) es procreado por el Apocalipsis, libro misterioso y colorido. El Juan-autor (del que refutamos su existencia por lo herético de su pretensión de saber más que el Hijo) es una cifra última del 666, que se vierte en su origen, alimentando con tras trompetas a un escritor fantasma. A su manera, el 3er. Libro del miedo cumplía una función antagónica al Apocalipsis, porque el autor definido y reconocido opacaba al texto, pues el afamado creador de literatura alegre y juvenil andaba inmune entre una incursión ominosa. Los críticos contemporáneos supusieron que el 3er. Libro del miedo se carcajeaba en una broma larga, como en esas sesiones cuando el payaso finge permanecer inmune a las cosquillas y a los baldes de agua, motivo para que el público ría con más ganas. A estas alturas, con tanto descrédito acumulado, también estoy sospechando una especie de broma o fraude en la autoría de tal texto. Quitarnos un libro de la espalda, nos libera de más peso que abandonar un costal de cemento, aunque la lectura del paraíso perdido por Adán y Eva contiene una premonición inquietante en voz de Eva: “Observando, sé que las estrellas no van a durar. He visto algunas de las mejores fundirse y bajar por el cielo. Si una puede derretirse, pueden derretirse todas; si todas pueden derretirse, pueden derretirse la misma noche. Esa pena llegará: lo sé. Pienso sentarme todas las noches y mirarlas todo lo que pueda mantenerme despierta; y dejaré impresos esos campos centelleantes en mi memoria, para que pronto, cuando sean llevados, pueda devolver con mi fantasía esas miríadas encantadoras al cielo negro y hacerlas refulgir otra vez y duplicarlas con la humedad de mis ojos.”[2] Un alma capaz de temer por la caída de todas las estrellas ¿alguna vez desechó el último de los miedos?


NOTAS:

[1] La categoría de los “LIBROS DE AUTOR INVENTADO” merece un estudio aparte, porque los hijos siempre poseen madres, aunque sean abandonados al pie del hospicio en una isla habitada únicamente por varones. En ese caso, el testimonio del Libro da a luz a un autor o, incluso a varios. ¿De quién es el Kybalion? Se atribuye en el prólogo a tres maestros, pero un libro no es una mezcla homogénea, debió uno ser el genio auténtico tras ese clásico del esoterismo.
[2] Esta primera dama imaginada por Twain en sus elucubraciones finales le gana en ternura al atemorizado Engels, cuando alega sobre el ocaso de las estrellas, planteándose el consuelo de algún misterioso regreso de materia, conforme luego indagaría, desde otro ángulo, Nietzsche.

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